sábado, 2 de septiembre de 2017

El regalo más grande.


A las 6:40 am terminó la estancia en Burano, al menos para Carlota Liukin. Después de salir por la ventana como en la fiesta del sábado, su padre la llevó a la Fondamenta dei Squeri a tomar el vaporetto junto a Yuko inseguro de dejarlas solas. El sol apenas se asomaba.

-Si no entiendes algo, sólo haz lo que veas.
-Está bien, papá.
-Yuko dejará este sobre en la dirección mientras tu conoces a tus profesoras y tus compañeras, no te separes de ellas en el cambio de salón por favor.
-Eso es seguro.
-Te veo a las doce en el hotel Florida.
-Llegaré.
-Te llamaré cuando salgas de clase de todas formas.
-¿No veré a Marat, verdad?
-Su tren sale a las doce.
-Despídeme de él, por favor.
-Por supuesto.
-Nos vemos.
-Ven aquí.

Ricardo abrazó a Carlota igual a la primera vez que la llevó a la escuela  de pequeña y la ayudó a subir al bote sin querer que se fuera. Ella no había desayunado pero él le había dejado un panino en la cartera y cepillo de dientes, mismos que la joven descubriría mientras se hacía el peinado de coleta con listón obligatorio y se aseguraba de que sus ballerinas negras relucieran. Con su uniforme de vestido recto azul y su suéter amarillo, ella creyó recordar el casi idéntico estilo de Judy Becaud al ir a misa.

-Creo que deberías comer.
-Eso haré, Yuko.
-Tu padre también me preparó un panino, es muy considerado.
-¿A dónde irás luego de dejarme en el colegio?
-Al casino a trabajar.
-Creí que estarías en un hotel.
-Me terminaron mandado a las apuestas.
-Suerte.
-Igualmente.

La Laguna di Venezia lucía muy solitaria y mientras ellas desayunaban, la tripulación se notaba un poco desconcertada. El hermano de Elena Martelli había vuelto al trabajo y miraba a Carlota Liukin con insistencia desde que abordó en el muelle, en parte porque su padre seguramente volvería a verla.

-No sonrías mucho - aconsejó Yuko y la chica se limitó a ver el paisaje mientras se preguntaba como llegaría a la escuela. Lo único que sabía era que no iría a la que estaba junto a Santa Maria di Gesuati y que debía tomar un segundo vaporetto para el barrio San Marco en donde Yuko la llevaría a algún portón verde o gris y entregaría la recomendación que la secundaria de París había tenido la gentileza de enviar.

Al distinguir Murano, Carlota y Yuko dieron un último vistazo a sus pertenencias y luego a las cúpulas rojas que anunciaban la cercanía de Venecia mientras los vaporetti iban trasladando a unos pocos burócratas todavía. En la Fondamenta Nove iniciaban las actividades diurnas de la guardia marítima y en la distancia le asignaron al bote el atracadero seis, junto a un vehículo de la polizia.

-Siamo arrivando! - anunció el capitán - Buona fortuna a tutti!

Carlota se puso de pie y cuando el vaporetto se detuvo, saltó fuera muy contenta. Yuko prefirió tener cuidado y enseguida la llevó de la mano a la taquilla para adquirir tarjetas recargables y los billetes a San Polo. Para sorpresa de ambas, su bote estaba por partir y darían un enorme recorrido por la Fondamenta a la izquierda para navegar por el Canale di Cannaregio y el Gran Canale, dándole a Carlota entre quince y diez minutos para llegar al colegio si no se perdía. Luego de correr y provocar que las esperaran un poco, ambas se quedaron de pie casi en el borde y la marcha del bote inició con cierta velocidad, probablemente porque a las ocho el lugar se llenaría y el Canale di Cannaregio era el primero en congestionarse. En ese vaporetto viajaban ya algunos clientes del Mercato Rialto y las dos procuraban no ver a nadie para evitar devolver saludos. No había más niñas abordo.

-Me sé este camino de memoria - sonrió Carlota.
-¿De verdad?
-Lo recorrí con Marat el día que llegamos.
-¿Él te cayó muy bien, verdad?
-Lo voy a extrañar.
-No llores.
-No estoy llorando es que no dormí bien.
-El tren a Mónaco sale a las doce.
-Y yo de clase a las once y media.
-Eso pasa.
-Yuko ¿Por qué no me contaste antes lo de Marat?
-Porque es muy personal.
-¿Te puedo confiar algo?
-Sí.
-Tengo otro vestido abajo del uniforme y me aprendí el horario del vaporetto para llegar a tiempo.
-¿Vas a despedirte de Marat?
-Lo quiero mucho.

Yuko sabía que esa información valía oro y que el general Bessette esperaba algo así.

Cuando el vaporetto rebasó la parada del Mercato Rialto y se introdujo al Gran Canale, Carlota reconoció su propio destino muy cerca del Ponte di Rialto, en el Fondaco dei Tedeschi. Según la dirección que Ricardo le había anotado, debía dirigirse al Campo Salvatore y ubicar un edificio de ladrillo rojo con muchas ventanas. Incluso le decía que lo más rápido era irse por Riva del Ferro, Calle Larga Giuseppe Mazzini y Calle del Lovo

-Fondaco dei Tedeschi! - exclamó el capitán y Carlota y Yuko salieron corriendo a la izquierda, con el temor de que sus minutos de sobra se agotaran de ir con cautela. Riva del Ferro era una calle muy amplia junto al Gran Canale y aun vacía pese a la fila que comenzaba a formarse para tomar los vaporetti a Giudecca o Lido.

-¡Carlota, voy a romperme los tacones!
-¡Luego te compras otros!
-¡No gano tanto!
-¡No voy a llegar!
-¡Dobla a la izquierdara!
-¿Voy derecho?
-¿Ves otra calle?
-¡Hasta el fondo!
-¡En esa te vas también a la izquierdara!
-¡Sólo a mi padre se le ocurre meterme en cada escuela tellnotelliana que encuentra!

Carlota presentía que no llevaba prisa y de pronto, se topó con que el resto de la gente de Venecia estaba por salir de sus casas.

-¿A qué hora entra todo el mundo al trabajo?
-A las nueve.
-¿Perdóname?
-Tu padre quiere que pases más tiempo en casa, por eso no te inscribió en ningún colegio italiano.
-Lo peor que te puede pasar en Tell no Tales es llegar tarde a clases.
-En Japón también.
-¿Y los ponen de castigo a lavar retretes?
-¡Corre más rápido!

Carlota hizo lo que pudo y llegó al Campo Salvatore pronto, ubicando la escuela también a la izquierda, con ayuda de un letrero que decía "Istituto Marco Polo, scuola di educazione pubblica tellnotelliana".

-¡Llegué! - dijo Carlota muy contenta y aguardó de pie a Yuko que batallaba con sus zapatos. Había dos profesoras pasando asistencia junto a una puerta pequeña de madera que lucía ridícula con el enorme edificio que custodiaba y contemplaron a Carlota sin saber quien era, intrigadas por el sobre verde claro que la otra mujer después de unos traspiés les extendía jadeante.

-No sabía que coría bien con zapatillas - ironizó Yuko y las profesoras optaron por verificar si la chica rubia era parte del alumnado.

-Come ti chiami?
-¿Qué?
-Tuo nome, per favore.
-Nome... se parece a name... ¡Ah mi nombre! Carlota Liukin.

Ambas docentes revisaron un par de veces el apartado de la letra "L", encontrando "Liukin" pero acompañado de tantos nombres que enseguida la hicieron pasar a la dirección, que era una oficina bajo una escalera.

-Lamento la inconveniencia - dijo Marcella Mariani, directora del colegio - ¿Es usted Giulietta Eglantine Charlotte Jacqueline Bérenice Cleménce Léopoldine Liukin - Cassel et Alejandriy, la alumna recomendada por el Colegio Tellnoteliano de Francia?

Carlota pasó saliva.

-Soy yo.
-Entonces se entiende la confusión de hace un momento.
-No me acostumbro a un nombre tan largo.
-Comprendo ¿cómo suelen referirse a usted?
-Como Carlota Liukin.
-Carlota, así nos dirigiremos a usted.
-Gracias.
-El idioma será un problema pero aprobó el examen diagnóstico de la Unión Europea, eso ayudará.
-¿En qué grupo me toca?
-No manejamos ese sistema, únicamente establecemos horarios para cada estudiante.
-Qué diferente.
-Dada la hora, lo mejor será que entre a su lección de historia en el salón veintisiete .
-De acuerdo, gracias.
-Benvenuta, signorina Liukin.
-Grazie?

Carlota salió a buscar el aula y Yuko se quedó en la oficina, quizás para tratar otra cuestión a nombre de Ricardo. En aquel lugar la confidencialidad era imprescindible.

Algo se entendía al poco tiempo de andar por la escuela: ubicarse era tan fácil que por lo mismo era inadmisible asistir con retraso a las lecciones. Carlota no fue la primera en firmar su entrada al aula pero si en elegir un lugar en la segunda fila y constatar que su profesor no era precisamente el favorito de las chicas. Atendiendo el consejo de su padre, la joven copiaba del pizarrón, levantaba la mano y abría su libro cuando las demás lo hacían pero el maestro deliberadamente la ignoraba o le revisaba las notas, inhibiéndose de mirarla con tal de ser tan exigente como con las demás.

Luego de esa primera experiencia, Carlota tuvo lección de matemáticas con un docente bastante más amable al que sorprendió resolviendo un par de ecuaciones con comprobación y clases de física y química con profesoras que constantemente ponían a las chicas delante del pizarrón para reforzar lo que se exponía en clase. En la última media hora, se realizaban las pruebas para la materia de Cultura Física y Carlota lanzó dardos una y otra vez mientras recordaba que en Tell no Tales era una pesadilla siquiera pensar en integrar el equipo. Las niñas más insoportables siempre se reunían en los dardos y en Italia era la misma historia. Todas las chicas de la escuela serían seleccionadas para algún conjunto deportivo y la entrenadora del club de dardos anotó a Carlota entre sus candidatas.

-"Todo menos dardos, todo menos dardos" - cruzó dedos la joven Liukin y pronto se enteró de que se había perdido las pruebas para gimnasia y bádminton de la semana anterior.

Una campana sonó en punto de las once y media y las chicas formaron una fila inmediatamente. Si algo habían aprendido los cuerpos docentes de Venecia con Elena Martelli, era que ningún menor de dieciséis podía irse sin que alguno de sus padres o hermanos mayores se presentara y Carlota fue la primera en recibir su salida, sorprendiéndose de ver a Miguel y a Tennant esperándola. Al menos no era Ricardo.

-¿Qué tal las clases? - saludó Tennant.

Carlota lo ignoró.

-Miguel, me alegra que hayas venido.
-Gracias, señorita.
-¿Marat se fue?
-A juzgar por la hora, aun se encuentra en la estación.
-¿Crees que podría llegar a despedirme?
-Si quiere llegar en vaporetto, no lo encontrará.

Carlota no quería desalentarse y comenzó a caminar rápidamente pero optó por echarse a correr rumbo al Fondaco dei Tedeschi, esperanzada de que la parada no estuviera saturada pero en Venecia el mediodía significa ver el Gran Canale muy lleno. Los turistas de los interminables cruceros eran los responsables y se decía que del lado de Giudecca navegaba uno que no había podido quedarse en el canal San Marco.

-Voy a llegar - susurró Carlota y desató su cabello, cambió sus zapatos y se quitó el uniforme escolar, descubriendo un vestido verde pastel de manga corta, atrayendo varias miradas, entre ellas las de su profesor de historia, que aguardaba por su turno en el vaporetto.

-¡Señorita, no se adelante tanto! -exclamó Miguel.
-¿Como veré a Marat en la estación?
-Hay tráfico y el puente está saturado.
-¿Alguna idea?
-¿Ir volando?
-¡Miguel!
-Es posible.
-Si no pasa un milagro, dejaré de ir a misa todos los días.
-Le conseguiré un bote enseguida.
-¿Cómo harás eso? ¿Pagarás una góndola?

Miguel corrió y Carlota lo perdió de vista muy pronto mientras un despreocupado Tennant se le aproximaba revisando el reloj.

-Faltan veinte minutos, tic tac, tic tac.
-¿Cuál es tu maldito problema, Tennant?
-¡Marat ya se va! Acéptalo ¿quieres?
-¡Le tengo que decir adiós!
-¿Por qué?
-Porque nos ayudó ¿no es suficiente?
-Pudiste despedirte ayer.
-Lo hice.
-¿Entonces?
-Tú jamás entenderías.
-No sabes lo que haces.

Carlota recordó que no le dirigía la palabra al joven Lutz y se dedicó a buscar transporte hasta que Miguel le llamó desde el canal. Él venía con, adivinaron, Geronimo que llevaba telas a un taller de Cannaregio.

-¡Carlota, principessa mia! - inició aquél - ¿Dónde vas?
-¡Por Marat!
-¡Ni siquiera debías pedírmelo, sube! Ya sabía que no es tu hermano.
-Somos amigos.
-¿Dónde fue?
-A la estación de tren.
-¿Se va de Venecia?
-Tengo que despedirme.
-¿Vas a confesarle tu amor?
-¿Qué?
-¡Eso no espera, vámonos!

Carlota saltó al bote y Tennant, impresionado hizo lo mismo, Miguel tenía demasiada habilidad para resolver cualquier retraso o anhelo que ella tuviera y Geronimo sólo aceleró para esquivar góndolas, mismas que frenaron la marcha de los vaporetti y despejaron la curva del Canal de Cannaregio, haciendo que la polizia persiguiera a los Liukin por exceso de velocidad.

-¿Cuánto falta?
-Cinco minutos.
-No llego.
-Carlota, te prometo que estarás frente a Marat. Cuando lleguemos comienza a gritar, detendremos el tren.
-Geronimo ¡eso sólo pasa en películas!
-¡Y en Italia!

Carlota se sujetó más fuerte en la siguiente curva y la lancha frenó frente a la estación, dando la oportunidad de que la chica corriera antes de que los carabinieri rodearan a los demás. Los gritos de "¡Marat, Marat!" comenzaron en la escalinata y la joven Liukin se abría paso en la multitud, en donde algunas muchachas, quizás enamoradas, se unieron en su llamado. La gente se contagió de una vibra muy especial y pronto, el grito llegó al andén, en donde el maquinista estaba por iniciar
la marcha. Carlota se asomaba por las ventanillas y pronto, las personas al interior del tren decidieron ayudar, encontrando a Marat en el segundo vagón. Él, asombrado por el alboroto, distinguió a la joven recorriendo el exterior y enseguida salió a recibirla.

-¡Marat! - dijo ella y ambos se aproximaron, estrechándose en el acto.

-¡Pensé que no te encontraría!
-¿Cómo llegaste?
-Geronimo me trajo.
-Qué oportuno es.
-Marat yo tengo algo....
-¿Por qué la gente nos aplaude?
-También me ayudaron.

Carlota estaba un poco nerviosa y Marat expectante, como si los demás esperaran una declaración o un beso. Los dos no sabían qué seguía y el maquinista advertía que se iría si no lo resolvían ya.

-¿Estarás en Mónaco, verdad?
-He de reportarme para Copa Davis.
-Lo siento, por mi culpa no has tomado ninguna raqueta.
-Tengo un mes para eso.
-Gracias por salvarnos allá.
-Oye, no tienes que repetirlo...
-No sé si volveremos a vernos.
-Podemos llamarnos.
-Pierdo el celular a cada rato.
-Te dejé mi mail.
-Cierto.
-Carlota, me tengo que marchar.
-Sí.
-¿Hay algo que quieras decirme?
-Marat, yo te quiero.
-Carlota...
-Gracias por ser mi amigo.
-De nada.

Ambos se abrazaron nuevamente y Carlota, en un arrebato amistoso, le besó la mejilla mientras se le trababan los labios para decirle a Marat que no se fuera.

-Estás llorando otra vez - sonrió él.
-Lo sé, estoy conmovida.
-¿Por qué?
-Las despedidas no me gustan y te voy a extrañar demasiado.
-Carlota, nos veremos algún día.
-Vuelve a prometerlo por favor.
-Prometido.

Carlota extendió su meñique derecho y Marat enganchó el suyo para sellar el pacto.

-¡Cuídate mucho!
-También tú.
-Tengo un regalo para ti.
-¿Qué me hiciste?
-Un retrato - Carlota sacó una carpeta - Lo hice la primera vez que te vi. No había nadie ¿te acuerdas?
-¿En Mónaco?
-Quiero dártelo, es para ti, lo dibujé porque me llamaste la atención y estos días busqué en dónde conservarlo.
-¡Eres muy talentosa!
-Quédate con esto, por favor.
-Por supuesto.
-Suerte con tu torneo.
-Suerte con tus patines.
-Te tienes que ir.
-Ya nos tardamos.

Carlota apretó a Marat de nueva cuenta, sintiendo que al menos tenía que decirle adiós.

-Me pongo en camino.
-Entiendo.
-Retrasamos el tren.
-Van a matar al maquinista.
-Ja ja ja y él a nosotros.
-¡Me alegra mucho haberte alcanzado!

Ella no quería soltarlo y le sostenía las manos, maravillada de lo diminutas que eran las suyas en comparación, percatándose de lo pequeña que era, de que Marat la había rodeado todo el tiempo sobrándole cuerpo e inclinándose para escucharla. Recordó entonces que ese mismo hombre era capaz de protegerla y que a pesar de estar marcado de por vida, valía más que cualquier otro en el mundo.

En algún punto cercano a perderse a sí misma, Carlota se dio cuenta de que el viento olía a violetas y a cerezas. El cielo era rosa como en Mónaco y de golpe evocó lo ocurrido en ese claro luego de que él la hallara intentando cubrirse y con la ropa hecha trizas. No comprendía porque esa escena se escondía en su mente cuando inició una lluvia que le acariciaba la piel. Eran flores de cerezo nuevamente.

"¡Esto es un milagro!" gritó alguien y Carlota y Marat volvieron a carcajearse y lanzarse bolas de flores, a hacerse ramitos y a tomar fotos ¿cada cuánto se veían esa clase de tempestades? Ella adornaba su cabello mientras las lágrimas le brotaban más y más al detenerse a mirarlo.

-¿Pasa algo?

Carlota procedió entonces a persignar a Marat.

-Soy musul...
-Es para protegerte.
-Qué linda, gracias.
-Deseo darte algo.
-No, no...
-Marat, quédate con mi dije.
-¿Qué?
-Es tuyo, llévalo siempre.
-Carlota, siempre lo traes puesto.
-Significa bastante para mí.
-Guárdalo.
-Marat, siento que te pertenece ahora, es Santa María del Mar, cuando la mires piensa que yo te quiero y eres mi gran amigo. A esto quería venir, a regalártelo porque....

La voz de Carlota se ahogó y Marat consintió entonces colgar el dije en su cadena. En ese punto, él optó por no hacer más preguntas, mientras ella, emocionada, se dejaba llevar y jugaba en medio de la lluvia de flores, misma que iba llenando los canales, las cúpulas, las vías,  de una delicada y bella alfombra rosada.

miércoles, 23 de agosto de 2017

Viviendo en 1984: El fin del descanso en Burano

Imagen cortesía de Toei Animation, One piece episodio 391.

Unión del Estado Soviet, dimensión del espejo, año indeterminado.

-"¡Los esclavos se rebelaron! Repito ¡Los esclavos se rebelaron!"

-Apaguen eso - ordenó Elijah Maizuradze y enseguida preguntó por el sector amotinado.
-Son los esclavos del campo cuatro.
-Arrójenles sarín, me avisan cuando hayan recogido el último cadáver.
-El distrito quince rodea el campo cuatro.
-No escaparán.
-Pero alrededor viven los obreros metalúrgicos y sus niños.
-General Brezhnev ¿Acaso pregunté qué hay en la zona?
-Podemos llegar al millón de víctimas si no tenemos cuidado.
-El daño colateral es más persuasivo que el puñado de esclavos que ustedes no pueden controlar.
-Pero ¿qué haremos con los soldados? ¡Hay que evacuar!
-Yo mismo pediré que en el entierro los condecoren.
-¡Le exijo otra solución!

Ilya Maizuradze volteó hacia Brezhnev y lo sustuvo violentamente, ocasionándole la muerte al estrellarlo contra la pared. Los demás fingieron no ver.

-¡Tú! ¿Cómo te llamas?
-¿Yo? Cabo Shibnev.
-Ahora ocupas el rango de Brezhnev, coordina el ataque.
-Enseguida.
-Los demás retiren al gusano y mandan mis condolencias. Con su permiso señores.

Campo siete, Unión del Estado Soviet.

-El nuevo lote de esclavos llega desde el Continente Negro mañana, les asignaron el campo nueve.
-¿Y este qué?
-Marat Safin, dieciocho años, le gustó a la hija del almirante Nakamura. Lo hemos tenido a dieta desde que lo sacamos del campo 11 en Transiberia, con ejercicio y ducha.
-¿A qué se dedicaba?
-Es campeón olímpico.
-¿El de los cien con vallas?
-El de tenis.

Los dos soldados a cargo de vigilar a Marat esa noche leían reportes preliminares sobre la sofocada rebelión del campo cuatro y en un momento dado, se preguntaron si en su sector se lograría experimentar algo así. En el campo siete los esclavos eran en su mayoría niños de las islas chinas y la península del Vietcong así como jovencitas soviet que serían trasladadas a los campos de las lujosas islas exóticas Sutra y Java.

-¿Y este qué hizo para caer aquí?
-Acostarse con la esposa de un almirante.
-Qué imbécil.
-Realizó trabajos forzados en Transiberia y destrozó tigres en el camino.
-¿Cómo sobrevivió?
-Dicen que tiene la resistencia de un buey.

El frío en el campo siete era más intenso que en Transiberia o quizás era porque Marat llevaba un buen tiempo sin hacer nada. Atado de pies y manos, con un collar de hierro en el cuello, un chip localizador recién implantado y una actitud aplatanada por la acción de una fuerte droga, el chico trataba de no caer dormido y enterarse de lo más que se pudiera mientras pensaba que el dichoso campo siete era un edificio circular de acero con puertas congeladas de apariencia inofensiva. No sabía bien a qué lugar lo llevarían pero sí que la señorita Keiko Nakamura cumplía con todos los estereotipos de las hijas de las personas más poderosas: era fea, provocaba rechazo en lugar de lástima y su club de amigos era igual o más repelente; eso se pasaba por alto si se hacía caso de los chismes que decían que la mujer era agradable y de fácil risa.

-¿Le colocaron el código de barras?
-Se lo tatuaron.
-Ja ja ja ¿Quién lo ordenó?
-El almirante cornudo.
-¿Con tinta buena?
-Y lo hizo él mismo.
-Qué gran manera de vengarse.

Los dos hombres contemplaron a Marat fríamente y le arrojaron los restos de sus cigarrillos a la cara.

Kyot, Imperio Oriental de Japón, dimensión del espejo.

Marat llegó a medio día al Palacio Imperial de Kyot mientras una comitiva de la Armada japonesa lo rodeaba para escoltarlo. La marina del Gobierno Mundial reportaba la entrega exitosa y de sólo atravesar las puertas de tan magnífico lugar, fue recibido enseguida por el mismísimo emperador y su esposa. Le removieron las cadenas, lo asearon, maquillaron sus golpes y lo vistieron personalmente al tiempo que le colocaban un brazalete irremovible con un nuevo chip para inhibir más la posibilidad de una fuga exitosa. Cualquiera se habría preguntado qué estaba pasando, menos Marat que atinadamente pensaba que él era un capricho o un regalo de cumpleaños. Por los gestos que le hacían entendió que más le valía fingir felicidad y cuando le anudaron la corbata sintió un escalofrío que por poco le detenía el corazón.

Cuando lo condujeron por un vestíbulo hacia el jardín, tuvo la última esperanza de que Keiko Nakamura fuera una persona razonable o una chica obligada a comprar un hombre para disimular su escasa fortuna cuando se percató de que el almirante Nakamura parecía ser el verdadero líder del Imperio. El emperador y su esposa le temían al extremo, lo mismo que los funcionarios cercanos a estos y los sirvientes temblaban de sólo haber despertado para empezar a seguir sus órdenes.

Nakamura dio la bienvenida a Marat derribándolo por no bajar la vista y una mano pequeña y robusta lo sujetó para levantarlo. Esa mano era la de la señorita Keiko, que sonrió incluso y saludó cortésmente. En el jardín se hallaba la prensa.

En aquella escena, Marat se convenció por un momento de que quizás no le había ido mal. Si las cosas eran como las concebía, le bastaría con no toparse con los ojos del almirante para estar en paz y decir lo que le indicaran para cubrir a Keiko. Esta última lo tomó de la mano y lo hizo asomarse con ella para darle fotos a los reporteros y luego de cinco minutos exactos, la comitiva entera se retiró al interior.

El almirante Nakamura acarició el rostro de su hija y luego de comentarle algo que Marat nunca entendería, le entregó una tarjeta del Gobierno Mundial. La chica jaló a Marat hasta un auto de lujo y abandonaron el palacio rumbo a un hotel exclusivo.

El distrito cero de Kyot era hermoso, rodeado de pagodas, parques y encantadores hoteles de madera, como si se tratara de una ciudad muy vieja. El agua fresca era un lujo en aquél país y en Kyot corría libremente, podía beberse de las fuentes y disfrutarse en baños calientes y justo eso ordenó Keiko para Marat una vez que descendieron del vehículo. Él no entendía y las chicas del spa se llevaron las manos al rostro, obligándose a cumplir. Una de ellas rompió en llanto al ver el tatuaje del chico y se esmeró en limpiar su piel debajo del brazalete mientras otra exfoliaba su cuerpo y una maquillista elegía alguna base en crema para volver a ocultarle los golpes, sin que alguna otra empleada interviniera. Marat se sentía avergonzado y luego de soportar un sinnúmero de brochas en la cara, fue llevado a otra sala en la que le indicaron que debía recostarse sobre una fría plancha de acero y pronto vio a un equipo de chefs trabajando a su alrededor y colocándole pescado en todas partes; una enfermera además le inyectaba una sustancia que al poco rato le impidió moverse y la temperatura de la habitación fue reducida. Para asegurarse de que no reaccionara, Marat volvió a ser atado con cadenas y los presentes lo dejaron solo luego de colocar en el piso varias alfombras y cojines.

Keiko Nakamura entró con sus amigos poco después y lo contempló como si estuviera fascinada. Entonces Marat entendió que no existe algo más incómodo que acabar expuesto frente a unos desconocidos que se ríen y murmuran mientras sus gestos se degeneran en muecas grotescas.

Los amigos de la señorita Nakamura eran horribles pero no sólo por sus físicos nada afortunados, sino porque varios parecían despreciarlo todo y eran bastante despectivos. A Marat le pareció que incluso el grupo desprendía un fuerte olor a podrido y la hasta ahora gentil Keiko repicó una campanilla y dio una especie de discurso que la transformó de mujer a un demonio demente como el grupo. Ella inició el banquete consumiendo el primer bocado directamente con su boca y succionó la mejilla de Marat hasta dejarle una marca.

El resto del grupo imitó a la señorita Nakamura, lastimando los brazos, el cuello y el pecho de Marat, haciéndose a un lado para que un tipo alto, flacucho, de abundante acné y quizás el de mejor aspecto general decidiera que era su turno y mordió los pies del chico para ingerir algunos trozos de atún. Cuando se incorporó, Marat contempló horrorizado una gran mancha de sangre en la boca de aquel junto con una exhibición de dientes puntiagudos que le daban el aspecto de una lambrea. Keiko aplaudía fascinada y enseguida le colocó al "platillo" unas agujas eléctricas debajo de las uñas, dándole unas descargas que adormecieron aún más los músculos de Marat a quien atacaron rompiéndole los dedos otros comensales al retorcérselos. Entre las mordidas y esos golpes, alguien más comenzó a provocarle cortes con unos palillos afilados y entonces Keiko sacó un pequeño mazo con picos al que ató a una cuerda. Terminado el sashimi, la plancha fue apoyada sobre un muro de madera y quedando Marat de pie, el grupo intentó aterrorizarlo con un pañuelo en la boca. Keiko, extasiada comenzó a arrojar el mazo a sus rodillas y el chico lambrea a intentar cortarle las arterias por la muñeca con sus dientes. El general Nakamura observaba todo sin decir palabra y las mujeres arañaban a Marat mientras planeaban complacerse carnalmente con él cuando los Nakamura aceptaran venderlo.

Luego de esa noche, Keiko sería más ruda: Marat anduvo como un perro por toda Kyot mientras ella realizaba sus compras, recibiría azotes sin aviso, en días de calor extremo lo mantendría desnudo y sin agua, atado a un poste en pleno rayo de sol y en días de frío suplicando por comida como animal callejero, amén de la ya cotidiana tortura en las noches de sashimi en las que Keiko ordenaba pez globo para saber si él se envenaría. Sin embargo, y como todos los sádicos, la señorita Nakamura cometió un error.

Por aumentar el placer de ver a su mascota ensangrentada, Keiko ordenó colocar espejos al exterior de los edificios más elegantes de Kyot y forzó a Marat a pasar por ellos, mientras las personas se detenían a verlo. Otros esclavos en la ciudad fueron forzados en el acto a reflejarse y Marat fue colocado en un sitio donde la luz empezó a quemarlo. Y levantó la cara.

Marat se encontró a sí mismo en un reflejo, despojado de su dignidad, herido, con infecciones y agonizante. Se puso de pie, tocó el espejo, sus pies se plantaron sobre el asfalto como si le devolvieran la sensibilidad y Keiko lo jaló con insistencia.

Esa tarde, la mujer estaba con sus amigos y él reaccionó. Rompió el espejo y tomando un gran trozo, apuñaló a todos en el estómago; el chico lambrea en cambio se desangró por la yugular y a Keiko ... En Kyot la gente se impacta hasta la fecha de recordalo. Marat le arrebató el mazo con picos y la golpeó en la cabeza hasta desfigurarla y dejarla sin vida en el pavimento. Al almirante Nakamura le avisaron enseguida pero Marat se despojó de las cadenas luego de apoderarse de la llave y corrió, corrió sin descanso, sin parpadeos, desapareciendo en el camino.

En la tarde de ese mismo día, las sirenas de alarma, las balas de goma y las tropas de la armada japonesa así como la marina se apoderaron de Kyot y la avalancha no se pudo contener. La gente del espejo miró asombrada como un puñado de hombres y mujeres tomaban las calles y destruían todo a su paso, mientras arrastraban cadenas pesadas y arrancaban sus chips mientras le devolvían el maltrato a sus verdugos y los abandonaban en las banquetas. El sector cero de Kyot se rebeló.

Gran Imperio Británico, sede del Pacto Unificado del Gobierno Mundial.

-Hace dos meses recibimos la información del motín en el campo cuatro del Estado Soviet y luego cambiaron la prioridad de constructores a mineros ¿Qué hicieron con los esclavos que sobrevivieron al sarín? - preguntó la presidenta del Estado Francés.
-Los ilesos fueron llevados a Transiberia; los heridos ejecutados.
-¿Ha habido otro intento por levantarse?
-Ninguno con los soviet y no se registran en otros lugares.
-Entonces este consejo del Pacto debe tomar por sorpresa los disturbios de Kyot ayer.
-En Kyot no establecimos campos.
-Pero la clase alta japonesa suele vivir en ese lugar y comprar esclavos soviet.
-El almirante Nakamura fue fusilado y los disturbios neutralizados.
-Los esclavos escaparon, almirante Maizuradze.
-Hemos capturado a varios.
-¿Serán reubicados?
-Matamos a varios; a los niños los enviaremos al Vietcong.
-El responsable principal no ha sido detenido.
-Yo mismo he planeado su castigo , sé que no puede salir del imperio japonés porque trae código de barras y la gente de los pueblos lo persigue.
-¿Cuánto durará el juego? ¿Antepone una venganza personal por todos conocida a una necesidad de apagar cualquier llama de insurrección?
-Se equivoca, sólo quiero que la gente común lo asesine.
-¿Para qué?
-Para dejar constancia de poder del Gobierno Mundial.

Bosque de bambú de Arashiyama, dimensión del espejo.

Pronto, el hambre y la deshidratación provocaron que Marat sucumbiera y cayó sobre la tierra húmeda mientras escuchaba a decenas, tal vez cientos de personas persiguiéndolo. Los obreros japoneses eran fieles a los lineamientos del gobierno central y creían ciegamente en la disciplina progresista que habría de hacerlos más fuertes y mejores ciudadanos que en los demás países.

Marat entendió que si alguien más veía su tatuaje, sería hombre muerto. Un esclavo podía comprar su libertad únicamente envejeciendo pero con un código de barras era imposible. Un esclavo así era propiedad del Gobierno Mundial para siempre y un paria en cualquier lugar. Los esclavos siempre llevaban la desgracia a casa porque no había checador de precios o control de seguridad que no detectara el código, provocando la movilización de fuerzas que arrasaba con vecindarios enteros. La gente en el mundo era escaneada a menudo para evitar que cualquier esclavo lograra colarse y como se ha dicho, ellos mismos preferían acabar con los rebeldes a sufrir las atrocidades de los saqueos, incendios y violaciones de la marina.

Entonces, la jovencita del spa, la misma que lloró al ver el código de barras, se apareció ante Marat. Si se preguntaban de dónde Yuko Inoue identificaba a Marat Safin, conocen la verdadera respuesta.

-¿Estás bien?.... Taranquilo, no voy a decir nada.
-No me...
-No hables.
-¿Qué haces?
-Un charco - Yuko sacó una cantimplora, escarbó un poco y vertió el agua para tener un reflejo - ¿Ves esto?
-¿Qué es?
-Arójalo al agua, atrápalo y sumérgete.
-¿Qué?
-Sólo así escaparás, confía en mí y ponte esta pomada en las heridas, te las quitará en seis meses.
-Pero....
-Házlo, luego te alcanzo, yo vengo por una misión que no puedo contarte. Vete.

Con un gran miedo, Marat se obligó a tirar un balín al charco y se arrojó a él, saliendo a un sitio exactamente igual pero flotaba en un lago. Sin comprender nada, se sumergió al agua para limpiar su cuerpo y buscar una manera de irse. No escuchaba a nadie siguiéndolo, la joven no estaba.

Bosque de bambú de Arashiyama, dimensión real.

Olía a pescado asado cuando en la orilla, Marat distinguió a un hombre igual a él, de la misma edad, con idéntico corte de cabello y de nombre coincidente. Una tal Anna, novia del desconocido lo llamaba pero aquél, de tan impresionado de ver a su propio doble quedó petrificado y nuestro Marat, por confirmar su huída, le reventó la cabeza con el mazo puntiagudo, arrebató su ropa y lo aventó a las profundidades, suplantándolo en el acto.

-¡Marat! ¿Qué haces?
-¿Nadar?
-¿No te cansa pescar,  verdad?
-No.
-¿Qué te pasó en la espalda?
-¡Nada! Me caí.
-¿Por qué no me quieres contar de tu excursión en Alaska?
-¿Otro día?
-Vamos, seguro que quieres comer.

Dócil, Marat dejó que la desconocida lo guiara de la mano hacia otro sendero con más bambú y una familia le sonrió al verlo. Hambriento, Marat tomó un plato y devoró un pescado sin detenerse, sin usar cubiertos y moliendo los huesos con sus dientes. No quedó ni la cabeza.

-¿Quieres más? - preguntó un hombre al que luego identificaría como Mikhail Safin, padre del Marat difunto.
-Estoy muy cansado.
-Te dije que pescaste demasiado.
-¿Me dan más comida?
-Claro, siéntate junto a Dinara, provecho hijo.

Desconcertado, Marat tomó un lugar al lado de un niña que lo abrazó en el acto y hasta besaba su tatuaje sin preguntarle por el código. La familia Safin era lo único que le quedaba en ese momento.

Burano, Italia, 2002.

-Por eso Marat se puso muy mal cuando sonó la alarma de la mercería.
-¿Por qué no me dijo Yuko?
-Carlota ¿qué sentirías si en cada lugar al que vas apareces como mercancía?
-¿Por qué no se quita el tatuaje y ya?
-Porque no sólo es de tinta; a Marat lo quemaron hasta el músculo.

Los Liukin habían ido a misa y al concierto de San Martino Vescovo, habían comido mariscos fritos y pizzas, jugado en la calle y después, hallaron una pequeña mercería en la que habían accedido a vender algunos grandes hilos a Carlota Liukin. Todo marchaba bien hasta que el detector anti robo comenzó a timbrar y los dueños del local se llevaron a un asustado Marat a la comisaría. Ahí se aclaró el malentendido pero el escáner de la tienda le asignaba un gran precio a Marat ante el desconcierto de los demás. Así fue como Carlota supo que él evitaba los negocios grandes, el banco y los detectores del aeropuerto si era posible.

La joven Liukin no paraba de llorar ante la descripción de las torturas y humillaciones que había sufrido Marat y que Yuko conocía por ser funcionaria del Gobierno Mundial, así le hubiera cambiado u omitido cosas algunas cosas en el relato como que los Safin lo habían buscado, el homicidio del Marat Safin real, que la autoridad central nada tenía que ver con el tráfico de humanos y la ayuda de la misma Yuko. De la dimensión del espejo tampoco se mencionó una sola palabra.

Por la noche, Carlota notó que Marat no estaba en su habitación y los chicos lo buscaban tal vez para hablar del asunto. Inquieta y preocupada, corrió detrás de Marat hasta una orilla al sur de la isla en donde él había escapado y notándolo solo se le aproximó sin poder detener las lágrimas.

-Yo te quiero - pronunció ella y se colocó junto a él.

-Valgo 100, 000€
-No es cierto.
-Eso marcan los aparatos.
-¡Marat!
-Me quedé en la puerta y ni así me pude librar.
-Fue un accidente.
-La policía me revisó con el checador de precios, tengo un código universal.
-Tú no vales ese dinero.
-Lo tienen registrado.
-¡Las personas no tienen precio!
-Claro que sí, por eso venden al año a miles de seres humanos ....
-¡Basta Marat!
-Es la verdad.
-¡Cállate!
--Si me quieres son 100,000€
-¡Eres mi amigo Marat!
-¿Y eso qué?
-¡No tienes precio para mí!

Carlota besó el tatuaje de Marat y le abrazó enseguida, derramando ambos bastante llanto.

La amistad, el amor, la gratitud, son como el aire o la salud plena. Nadie puede comprarlos. Y Carlota lo mostraba a Marat en aquél momento. Las cosas nunca serían invaluables pero la vida lo era y él estaba vivo ¿Alguien podría comprarle su vida? Ni matándolo y lo habían convencido de lo contrario. El alma, lugar donde residía la vida era siempre libre y Marat era un hombre libre.

domingo, 20 de agosto de 2017

El descanso en Burano: La fiesta de espuma


Llegó el sábado y los Liukin se reunieron a las once de la mañana en la Fondamenta San Mauro para dar su propio paseo por Burano. Adrien y Marat habían ido de pesca temprano y por ello, a nadie sorprendió que llegaran con cierto retraso y en el caso del niño, Ricardo tuviera que acompañarlo para ayudarlo a vestirse apropiadamente.

-¡Marat sabe atrapar peces grandes! ¡Marat sacó un rombo! - gritaba el niño sin cesar y se oía por toda la calle mientras el aludido saludaba a los demás y contaba como había sostenido un enorme pez con un sólo brazo. Mientras Yuko, Miguel y Tennant comentaban que nunca podrían hacer lo mismo, Carlota apartaba su mirada y prefería cruzarse de brazos, manteniendo un rostro serio que Marat no conocía. Aprovechando esa circunstancia, Tennant Lutz cambió de tema pronto y le preguntó si iría con ellos al Museo di Merletto, recibiendo la negativa por respuesta.

-¿Qué has planeado?
-Tengo una cita.
-¿A dónde vas a ir?
-A Torcello, parece que hay un buen bar.
-Es una lástima que ni Carlota ni yo podamos acompañarte ¿Irás con una chica?
-Sí, una muy agradable.
-¿Cuándo la conociste?
-Ayer.
-Estuviste con Carlota todo el día.
-Fue en el restaurante en el que estuvimos.
-Ya me extrañaba que no te acercaras a nadie, suerte.

La joven Liukin fingió que no le interesaba y comenzó a hablar con Yuko de cualquier cosa hasta que Andreas decidió adelantarse y lo siguió sin más. Ella sólo hizo un gesto de despedida a Marat.

-Andreas, no te separes de mí.
-Ya vas a empezar.
-¿Qué?
-Carlota eres odiosa, además no vengo contigo.
-Pero vamos a estar juntos.
-Si cierras la boca, tal vez diga que me acompañas.
-¡No seas grosero!
-Si no fuera por Ricardo no iba contigo a ningún lado. Qué bueno que Marat puede irse y dejarte sola.

Carlota no agregó palabra y cabizbaja continuó a paso lento un buen tramo, cuando Miguel y Tennant le dieron alcance. Con este último no quería estar.

-Tennant, quiero que sepas que no te queda ser un cretino.
-¿Ahora qué hice?
-¡No te vuelvas a acercar a Marat!
-¿Qué te pasa?
-¡Nunca me hables!

Carlota siguió su camino hasta que su padre se reunió con ella y lo tomó del brazo, calmándose y con disposición de disfrutar el paseo. Miguel únicamente la miraba con la convicción de que algo andaba mal mientras ella aprovechaba para releer el volante que le había arrebatado a Tennant el día anterior, queriendo entenderle algo más allá de las palabras "Mazzorbo", nombre de la isla a escasos minutos de Burano y por la que se podía cruzar a pie por un puente al oeste y "festa" cuyo lógica traducción es fiesta. Los chicos que promocionaban el evento continuaban recorriendo las calles con sus maracas y aros y pronto los Liukin coincidieron con ellos en la Piazza Galuppi, deteniendo uno a Carlota.

-A mezzanotte! - le dijo señalando el papel y ella lo guardó, pensando que si veía a Marat y este no se hallaba ocupado, le preguntaría de qué se trataba.

-Cuando volvamos a Venecia recuérdenme que en Burano hay gente más extraña - comentó Ricardo y Miguel expresaría estar de acuerdo, sobretodo cuando al ingresar al Museo di Merletto, los demás comenzaron a tratar al niño Adrien como si fuera a quebrarse igual al cristal porque algo estaba fuera de lugar.

-La única ventaja es que Adrien no paga - susurró Andreas y Carlota se dedicó a mirar la exposición sin especial interés. Yuko quería acompañarla pero Miguel Ángel se le adelantó para evitar que la tentación por el teléfono la invadiera y de paso, saber si podía ayudarla.

-Hola Miguel.
-¿Se encuentra bien?
-Sí, un poco distraída.
-¿Le gusta este lugar?
-Los encajes son tan bonitos ¿Crees que deba comprar más hilo para hacer los míos?
-Puedo conseguirle varios en alguna mercería ¿Quiere venir?
-Tal vez luego.
-¿Todo bien?
-Sí, sólo esperaba un mensaje.
-El señor Safin ya aparecerá, no se preocupe.
-No, no creo que me llame ¿Cómo sabes que pensaba en el?
-No fue muy cortés con Tennant, señorita.
-Ah, por eso.
-¿Le está pasando algo?
-Es que Marat se fue con alguien que no conozco.
-Puedo buscarlo.
-No es necesario.
-No dude en pedirme que vaya si presiente que algo anda mal.
-Gracias Miguel.

Carlota suspiró con alivio y Miguel volvió a su sitio junto a Tennant, que a ese punto sonreía como si se librara de algo.

-¿Irías por Marat? ¿En serio, Miguel?
-Basta que lo diga la señorita Liukin.
-Él puede hacer lo que quiera, es un adulto.
-Está preocupada.
-Pero lo que Marat decide no le incumbe y a ti tampoco.
-Y lo que Carlota desea tampoco te importa.
-Te equivocas, a mí si me interesa.
-Ella tiene razón, no te queda ser cretino.
-Y a los dos se les olvida que Marat se va el lunes.

Tennant había ganado la discusión y la razón también. Carlota no podía apegarse a un chico que, siendo honestos, sólo había sido de valiosa ayuda y posiblemente nunca cumpliría su promesa de visitarlos en diciembre.

-Carlota defendió a Marat - señaló Yuko a riesgo de ser inoportuna.
-¿Cómo lo supiste?
-Me lo contó Adrien.
-Eso no cambia las cosas, él ya se va.

Yuko calculó que Carlota también había oído y era la primera consciente de las circunstancias cuando esta se adelantó de nuevo para ver ropa antigua en una sala aledaña y se resistía a sacar del bolso su teléfono, repitiéndose que al final del día todo estaría bien. El museo no era muy grande y Ricardo Liukin no tardó en verlo todo junto a Adrien y Andreas, a quiénes les daba igual la exposición, divirtiéndose a costa de la apariencia de Tennant y su nueva actitud de sabelotodo, que desde Mónaco lo tenía instalado en un pedestal por los demás y que ni así impresionaba a Carlota, que daba por concluida la estancia en el museo cuando su padre anunció que la siguiente escala familiar sería la "Casa di Bepi", sitio altamente recomendado para hacer un alto y disfrutar de las fachadas coloridas. Al salir de nuevo a la calle, volvieron a toparse con el grupo que difundía la fiesta de Mazzorbo y los siguieron a la Via Baldassare Galuppi, que según el mapa debía llevarlos a la Calle Daffan, en donde, por mera mala suerte, se toparon con una gran cantidad de turistas, todos formados para tomarse la foto  y que no permitían el paso. Los Liukin eligieron esperar bajo la sombra de un árbol y Carlota creyó ver pronto a Marat pasando cerca. Los demás no le dirigían la palabra.

23:00, Hotel Mazzini.

Los Liukin habían recorrido Burano entera en escasas horas y luego de asolearse buscando licores originales, habían pasado el resto del día jugando en la alberca, viendo el anochecer inclusive. Carlota se había divertido mucho nadando con sus hermanos y ahora se daba cuenta de que no quería dormirse. Cuidándose de que Yuko no la viera, ella disfrutaba asomarse a la calle solitaria y distinguió a Marat arribando al hotel. El chico estaba solo y se topó con que no podía entrar debido a que, por el horario de atención, había un candado puesto del otro lado de la puerta.

-Hola - saludó él volteando hacia arriba.
-Puedes subir hasta acá.
-Se darían cuenta, comparto cuarto con Tennant.
-¿Dónde estuviste?
-En Torcello y navegué por ahí.
-¿Por ahí?
-Sí, nada especial.
-¿No estuviste en esta isla?
-En ningún momento.
-¿No eras tú el que vi en Casa di Bepi?
-Fui a Jessolo.
-¿Dónde?
-Creo que me confundiste.
-Eso debió ser.
-¿Por qué no estás durmiendo?
-Quería asegurarme de que estuvieras bien.
-Gracias.
-Oye, hay algo que quisiera saber.
-¿Qué?
-Ayer le quite esto a Tennant ¿Qué es?

Carlota fabricó una pelota de papel y la lanzó a Marat, que después de atraparla, la extendió y la leyó un par de veces para traducirla bien.

-"Gran fiesta de espuma en Mazzorbo a mezzanotte"
-¿Qué dijiste al final?
-A medianoche, perdón.
-¿Cuándo es?
-Mañana en una hora.
-Voy a ir.
-¡No!
-Ya estás afuera, espérame.
-¡Carlota estás loca!
-Sólo me pongo los zapatos.
-No te voy a llevar.
-Contigo o sin ti iré a Mazzorbo ¡es una fiesta de espuma!
-¿No tienes idea, verdad? Vas a acabar mínimo empapada y resfriada.
-¿Tú has ido a una?
-Sí, un par de veces... ¡Oye, no cambies esta plática!
-Sosténme.
-¡Tu padre me va a matar!
-Prometo que llegaremos temprano.
-¿Por qué quieres ir a una fiesta?
-¿Me vas a seguir o qué?
-No entiendo qué estás haciendo.
-Me lo debes.
-¿Qué demonios?
-Te fuiste sin mí a quien sabe dónde.
-Porque puedo.
-¡No conocías a tu cita!
-Hace una semana no sabía quien eras tú.
-Eso fue diferente.
-¿Estás enojada porque me fui con una persona que tuvo el detalle de invitarme?
-Qué fingió que te golpearon.
-¿Tienes pruebas?
-No ¡pero sé que fue así!
-Carlota, vuelve a tu cuarto.
-Voy a irme sin ti, tal vez sea más entretenido.
-¡Carlota te voy a regresar!
-¡Cállate Marat!
-¡Por lo menos quítate las trenzas, pareces una niña y no te dejarán entrar!

Carlota Liukin respondió tomando rumbo por Fondamenta San Mauro y Via Marcello, en donde se podía llegar al puente de Mazzorbo. Marat sabía que no estaba frente a un desplante común y supo que la chica estaba dispuesta a todo con tal de que le permitieran el acceso puesto que volvía a soltar su cabello y pintaba sus párpados con azul oscuro. Con sandalias, bolso, blazer, blusa con estampado de flamecos y short de mezclilla, podía ser probable que la joven causara confusiones y en su interior, lo único que buscaba era llamar la atención de Marat, porque lo más seguro era que no volviera a verlo una vez terminadas esas pequeñas vacaciones y anhelaba pasar con él cuánto tiempo se pudiera y agradecerle en todo momento por lo sucedido en Montecarlo.

El puente a Mazzorbo era muy largo y varias personas transitaban por él. De acuerdo al croquis de la invitación, la Strada del Cimitero y la Fondamenta di Santa Caterina conducían a la Fondamenta Mazzorbo y a un gran terreno detrás de unos trigales; para no tener problemas de admisión, había que pagar una cuota de 10€.

-¡Carlota, no vayas rápido! - exclamaba Marat cuando los adornos flourescentes aparecieron en las cabezas de quienes se presumía, asistirían al mismo lugar. Carlota recibió una corona de plástico amarilla y Marat un brazalete en rojo y había guías indicando por dónde llegar más rápido, aunque la chica prefería seguir las instrucciones del volante.

A mitad del puente, ella se detuvo un momento. El agua estaba calmada y hacía un poco de frío, tal vez llovería un poco y luego de revisar el reloj, se dio prisa. El cruce a Mazzorbo no era seguro de noche y recordar de pronto que Geronimo advertía sobre la mafia la intimidó un poco; sin embargo, la vibra en aquella isla era relajante y al descender, no dudó en correr con Marat hasta lo que parecía un gran parque arbolado en el que se reunía una multitud. Había gente de Venecia, Murano y otras islas de la laguna, los infaltables turistas, invitados desde Mestre y Jessolo y un nutrido grupo de veinteañeros ingleses que repartían lo que Marat distinguió como piercings también fosforescentes. Carlota no tardó en recibir el suyo mientras le cobraban la entrada y lo examinó antes de guardarlo en su bolsa.

-No lo saques de ahí - dijo Marat.
-¿Por qué?
-¿Te parece bien si me encargo de las bebidas y todo eso?
-Bueno.
-¿Quieres un jugo?
-Estaría bien, gracias.

Carlota volvió a sujetar su cabello y decidió brincar en el pasto, como siempre que se preparaba para bailar. Ya había algo de música y la espuma sería lanzada desde unas máquinas que estaban a los costados. Había aerosoles, fuentes, palmeras y albercas de plástico, aros para jugar hula hula, lentes de cartón y un gran surtido de juguetes como pelotas, delfines inflables y pistolas de agua. La fiesta de espuma era en realidad un rave en el que lo mejor para sobrevivir era mantenerse alejado de la multitud cuanto se pudiera.

-Conseguí naranjada con granadina.
-¿No había otra cosa?
-Agua.
-Qué buena bebida me trajiste.
-¿Verdad?
-Tú tienes cerveza.
-Sólo una.
-Marat ¿crees que suban el volumen?
-Nada más que pase la primera hora.
-¿Sirven canapés?
-Algunos.
-¿Qué tienes?
-A las dos de la mañana nos vamos.
-¿Qué?
-¿No entiendes en qué te metiste?

Carlota hizo gesto de extrañeza y el flashback de la fiesta en Jamal le llegó de golpe, sólo que en esta ocasión no iba a correr. Inhibiéndose un poco, dio unos sorbos a su bebida y comenzó a menear su cabeza para entrar en ambiente.

-Ya van a tirar la espuma ¿nos acercamos?
-Bueno, pero quiero mi delfín.
-¿Para qué?
-No me ganarías en una pelea de inflables.
-No te separes de mí.
-Claro que no, Marat.
-Y no hables con nadie.
-Hecho.
-Vamos.

Carlota y Marat se acercaron a la creciente muchedumbre y el volumen de la música aumentó considerablemente, volviendo difícil que se escucharan entre sí. Pronto, la espuma comenzó a caer por todas partes y la gente bailaba frenética mientras el dj cambiaba de ritmo con frecuencia.

"Hasta ese tipo está drogado" pensó Marat y tomó a Carlota de las manos para que nadie intentara arrastrarla al remolino que se formaba ocasionalmente cuando la música ska invadía una mezcla sin sentido. La chica batallaba con sus zapatos llenos de pasto cuando alguien le echó espuma en la cara. Marat no contuvo la risa.

-Me aventaron crema batida ¡está pegajosa!
-¿Quieres limpiarte la cara?
-No te burles.
-¡No te la comas!
-Está dulcísima, sabe a fresa.
-Te acompaño, vamos.

Carlota tuvo que dirigirse a la fuente inflable del lugar y enjuagaba su rostro conteniendo su resistencia al agua veneciana cuando se sintió muy eufórica. Quiso ignorarlo pero inició una pequeña guerra de globos rellenos de agua y sin saber por qué lo hacía, comenzó a tomar jugo de uva de otra mini fuente con frecuencia.

Marat pensaba que Carlota se estaba tornando rara y la sostuvo un momento, notando que sus pupilas se dilataban un poco más de lo normal. Él también comenzó a experimentar un fuerte golpe de energía y entonces notó que los aerosoles de crema batida eran los responsables.

-Nos dieron algo.
-¿Qué dices?
-Carlota, estamos dopados, vámonos.
-Me siento muy bien.
-Yo... Igual.

A los dos los dominó una gran alegría y utilizaron lo que encontraban en la alberca como aros y collares. En un momento dado, alguien levantó a Carlota en hombros y ella se puso su corona fluorescente además de gritar algo que por el ruido no se escuchó. Poco más tarde, la chica resbaló y cayó en una alberca de pelotas, desatando una nueva batalla campal que contagió a la multitud. Los inflables volaban con generosidad y Marat no tardó en obtener el dichoso delfín que ella quería y un flamenco rosa neón de gran tamaño.

La dosis que Carlota había consumido con el merengue había terminado su efecto en una hora. Luego de recibir en mano su delfín, la chica permaneció sentada junto a una fuente de chocolate sintiendo un gran cansancio y pronto se me acercó un mesero con una piña colada que no dudó en aceptar.

-¿Eso tiene alcohol? - le preguntó Marat.
-Parece que no.
-Menos mal.
-¿Qué pasó?
-Nos drogaron, Carlota.
-¿Con qué?
-La crema.
-¿Eso se puede?
-Parece que sí.
-Te guardé una pelota.
-¡Oye! Me diste en la ceja.
-Jajajaja, perdón.
-¿Te vas a dormir?
-Me dan ganas pero tengo mucho calor.
-Te pediré otra bebida.
-Una de color azul.
-Esas tienen vodka.
-Otra piña colada.
-Hecho.

Marat se fue a una barra junto a una bocina inservible y luego de ordenar un par de jugos, observó a Carlota abriendo una botella que la salpicó de espuma.

-¿Qué haces? - le gritó y se acercó, constatando que un par de copas yacían en el pasto y ella las llenaba con champagne.

-¿De dónde sacaste esto?
-De una mesa aquí atrás, nadie las ha tomado.
-Deja eso, traje tu jugo.
-¿No quieres brindar?
-Con esto no.
-Marat....
-Nos tenemos que ir.
-Lo sé.
-Acabas tu vaso y volvemos al hotel.

Carlota asumió que él estaba enfadado y tomó su piña colada velozmente pero al levantarse, eligió llevarse el champagne para no desperdiciarlo.

El camino rumbo al puente estaba desierto y ambos se quedaron sentados en la orilla que estaba junto, viendo a lo lejos a la guardia nocturna y las luces de las islas cercanas. Burano se veía muy oscura.

-¿Trajiste el champagne?
-Los Liukin jamás tiramos el vino.
-Tampoco los Safin.
-Te vas el lunes, Marat.
-Debo reportarme en entrenamientos.
-Quiero brindar por ti.
-¿Por qué?
-Has sido la persona que más nos ha ayudado en estos meses. Sacaste a papá de prisión, te peleaste por mí, pagaste las cuentas....
-Eso no lo hice.
-¿Y todo lo que me invitaste?
-No te fijes en eso.
-No sé cómo devolverte el favor.

Marat abrazó a Carlota y accedió a tomarse la copa.

-Hay que volver a Burano.
-Iré descalza.
-¿De verdad?
-Mis pies son un asco ¿Qué hora es?
-Dos de la mañana.
-¡No es cierto!
-Vámonos.

Carlota siguió a Marat por el puente pero al estar agotada se sentó a mitad del mismo y él la imitó, no sin antes dar un gran trago a la botella.

-En Jamal hice casi lo mismo.
-¿Por eso conociste a Tennant?
-En parte.... Me tiré un martini encima después de asaltar la maleta de mamá; todo porque me retó una rubia tonta que era amiga de Joubert.
-¿Te castigaron?
-No pero no había ido a ninguna fiesta desde ese día.
-No te creo.
-Hubo una en Tell no Tales pero con papá y mis hermanos.
-Oh, entiendo.
-Dame eso.
-¡No lo tomes!
-Está rico.
-El alcohol no nos hará bien.
-¿Qué habrán echado a los aerosoles?
-No lo sé.
-¡No me avientes burbujas!
-¿No te gustan?
-Prefiero las del champagne.

Carlota bebió un gran trago y bailó enseguida. El volumen era tan alto en Mazzorbo que aun se escuchaba la música y como ella no quería volver al hotel, se quedó hasta que Marat acabó el contenido de la botella y le lanzara más pompas de jabón que reventaban enseguida.

-Creo que ya fue mucho, señorita Carlota.
-No hables como Miguel, por favor.
-¿Por qué te llama así?
-No tengo idea pero me auxilia mucho.
-Se nota.
-Últimamente no lo ha hecho tanto pero si necesito algo lo consigue enseguida.
-Lo dejamos así.
-Mejor.
-Pero vámonos aunque no quieras.
-Gracias por traerme, Marat.

Carlota caminó de la mano de él hasta Burano. De vuelta en la Via Marcello, él notó que había otra fiesta en un local de dos plantas y cómo no estaba tan concurrida, el organizador hacía entrar a los que encontraba y prácticamente apeló a la compasión de la chica que no tuvo corazón para rechazarlo.

-¿A qué hora volveremos?
-En un ratito.
-No pongas cara de súplica.
-Marat...
-Quince minutos.
-De acuerdo.

Los dos ingresaron a un lugar iluminado con luz negra en donde la escasa concurrencia bailaba con mucho entusiasmo y al igual que en Mazzorbo, se repartían accesorios fluorescentes.

-Me dieron una corona rosa.
-¿Otra?
-¿Y a ti?
-Un aro.
-Genial.
-¿Tienes sed?

Como Carlota asentara, él pidió un par de jugos que se tornaban azules y rojos cuando les añadían un colorante y algo de jarabe de maíz. Los popotes con sus caprichosas formas brillaban y segura de que no volvería a toparse con un dopante, ella tomó un bote de palomitas.

-¿Quieres bailar?
-¿No estabas cansada después de que alocaste en la alberca de pelotas?
-Sólo mueve la cabeza.
-Bien.
-¿Por qué te ríes?
-No lo sé ¿Porque tú lo haces?

Claro que Carlota y Marat no se quedaron el cuarto de hora pactado. Las canciones eran bastante buenas para ignorarse y se las sabían todas mientras brincaban para divertirse. Avanzaba la noche y el sitio empezó a llenarse de aquellos que iban buscando más calma luego de que la fiesta en Mazzorbo se saliera de control y llegaran los carabineri a terminarla.

-Caímos en un buen lugar - comentó Marat y continuaron las horas pasando hasta que salió con Carlota al despuntar el alba. Hambrientos, empapados aun, risueños, cantando y con hambre, terminaron afuera de una pizzería que nunca cerraba, tomando asiento en el borde de un canal de la Fondamenta San Mauro.

-¿Diavola o cipolline?
-¿Qué?
-¿Pizza picante o de cebolla?
-Picante.
-Lo sabía.
-¿Perdón?
-Sólo compré picante.
-Le falta salsa tabasco.
-¿Comes eso?
-Algo pero de todas formas me caso con esta pizza.
-Tú te casas con toda la comida.
-Es la mejor que he probado, sí se nota que estoy en Italia.
-Me divertí mucho.
-Igual yo.
-Ahora sí tenemos que regresar.
-Gracias, Marat.

Carlota estrechó al chico y besó su mejilla, incorporándose luego y corriendo al hotel Mazzini, en donde la recepcionista los vio con sorpresa mientras abría y le hacían la seña de guardar silencio. La joven Liukin entró a su habitación por la ventana y enseguida se cubrió con las sábanas hasta la cabeza, despistando a Yuko que iba despertando y a su padre, que abría para dar los buenos días.

-¿Durmieron bien?
-Sí papá.
-Tennant me dijo que el señor Safin acaba de llegar.
-¿Tan rápido?
-¿Perdón, Carlota?
-Nada, es que pasó todo el sábado afuera.
-Al parecer viene de una gran fiesta.
-Iré a saludarlo más tarde.
-Bueno, las espero para desayunar.
-No nos tardamos
-Nos vemos en el lobby.

Ricardo cerró y Carlota corrió a darse una ducha, aliviada de que no la hubieran descubierto. Tenía cierto dolor de cabeza y ocupó gran cantidad de dentífrico y enjuague bucal para despojarse del sabor a alcohol y pizza. De la ropa se encargaría luego, de todas formas olía al jabón de la espuma y las manchas azules se quitaban con simple agua.

jueves, 3 de agosto de 2017

El descanso en Burano: Strani Amori


En Burano había una exposición de esculturas de cristal en la Piazza Baldassare Galuppi y Carlota y Marat la contemplaban durante un descanso de su paseo. Habían tomado demasiadas fotos, varias fachadas les habían atraído y resistían ir la "Casa di Bepi", una de las atracciones principales a cambio de comer gelatti y no abandonar la banca en la sombra que habían obtenido luego de esperar bajo el rayo del sol mientras los excursionistas iban dejando la isla para seguir uno de esos terribles tours en los que apenas se puede ver algo. Burano se llenaba y vaciaba cada cuarenta minutos al mismo tiempo y los guías aseguraban que Murano estaba peor sin pudor alguno cuando se reunían frente al Museo di Merletto, en donde siempre había programadas visitas para grupos escolares que jamás llegaban a tiempo.

-No salgas en viernes - aconsejó Marat a Carlota y ella asentó risueña, procurando pensar que en algún momento la isla estaría desierta y nadie volvería a plasmarle un lienzo en el vestido.

-No sé tú pero estoy mareado.
-¿Estás bien?
-Es por la pintura.
-Se te pasará pronto.
-¿Tu gelatto sabe rico?
-Te dije que el de menta era el bueno.
-No me repongo del de catsup que te comiste.
-Estaba muy dulce.
-No mejor que el mío.
-Me voy a casar con tu helado de chocolate.
-Se dice gelatto.
-Como sea.
-Es para que te vayas acostumbrando al italiano.
-Se parece al español.
-Pero no te servirá de mucho.
-Tienes razón.
-¿Ya te dijeron a qué escuela vas a ir?
-A ninguna de Cannaregio.
-¿Y dónde vas a entrenar?
-No tengo lugar.
-¿Vas a buscar?
-Encontré un sitio en Lido.
-Qué bien
-300€ la hora.
-No está tan bien.
-Dicen que en San Marco hay otra pista.
-¿Quieres buscarla?
-Me muero de ganas.
-Suerte.
-Gracias Marat.
-¿Estás bien?
-¿Por qué?
-Te ves acalorada.
-Me habían dicho que Italia era muy soleada.
-Tienes las mejillas rojas.
-¡Me parezco a Heidi otra vez!
-¿Heidi?

Marat soltó la carcajada y acabó con su gelatto, sin saber exactamente qué le causaba gracia ni por qué Carlota se preocupaba en cubrir sus mejillas con más maquillaje.

-Asunto arreglado, me chocan las chapitas.
-¿Qué dices?
-Parecía que me habían aventado un jitomate.
-Te veías bien y conozco a muchas chicas en Rusia que no comprarían rubor si fueran como tú.
-Podrían venir aquí, tal vez les salgan colores que no sabían que tenían ¿Qué estoy diciendo?
-No tengo idea.
-No sé que me pasa, digo muchas tonterías cuando me deshidrato.
-¿Quieres agua?
-Dos vasos por favor.
-¿Mineral o de grifo?
-Qué asco, no puedo con estas bromas.
-Necesitamos más sombra.
-Eso es seguro.
-¿Dónde quieres ir?
-La iglesia.
-¿Qué?
-¿Ya viste? El campanario está inclinado.
-Oye, qué curioso ¡No me había dado cuenta!
-No hay que salir de la plaza siquiera.
-¿Estará vacía?
-Vamos.

Carlota se levantó y Marat caminó con ella hasta el templo de San Martino Vescovo, un edificio renacentista de ladrillo rojo cuya entrada de madera estaba despejada y al interior mostraba un piso de mosaico. Al fondo se hallaba un altar muy sencillo y varios cuadros decoraban las paredes; la nave principal era muy austera y el órgano quedaba a espaldas de los feligreses.

-Qué bonito - suspiró Carlota y tomó un lugar cercano a la puerta, con la intención de no inhibir al ensamble que ensayaba para un concierto próximo. El cartel que lo anunciaba estaba pegado en la plaza y se celebraría el domingo luego del oficio del mediodía, dando la posibilidad de que los Liukin asistieran.

-¿Podremos subir al campanario?
-Parece que por seguridad no nos dejarían.
-Bueno, le tomaremos fotos desde afuera.
-Carlota ¿puedo preguntarte algo?
-Sí.
-¿Por qué siempre quieres hablar conmigo?
-No entiendo tu pregunta.
-Si no es lo de la cafetería es lo del casino o es Trankov.
-¿Trankov?
-No se me ha olvidado lo que me dijiste.
-¿Tienes más curiosidad?
-Ah mmmm.... No.
-No te creo.
-Carlota, en serio, eso no me incumbe.
-¿Por qué sacaste el tema?
-Sólo por decir algo.
-Marat, somos amigos ¿cierto?
-Sí, confía en mí, no diré que te derretías de amor en el Métropole.
-¡No! Ja ja ja.
-Te volviste a poner roja.
-¡Eres terrible!
-¿No lloras por él?
-No lo he hecho en tres o cuatro días.
-¿Por qué te sigues riendo?
-Porque me es chistoso, no había pensado en Sergei.

Carlota miró al frente y Marat se encogió de hombros, perdiendo interés en el tema.

-Este lugar es tan tranquilo - mencionó Carlota de súbito.
-Al fin pudimos ver una iglesia.
-También vimos San Geremia.
-Porque está cerca del hotel Florida y tu familia tiene la costumbre de ir diario a misa.
-Todos lo hacen en mi país.
-No lo noté.
-Marat ¿qué hiciste en Tell no Tales?
-Ya te dije, fui al torneo de tenis.
-¿Nada más?
-Al principio sí pero luego me topé con mi ex novia y pasé con ella una semana entera.
-Rayos.
-¿Puedo confiar en ti?
-Tú sabes lo de Trankov, no te puedo traicionar.
-La información es poder.
-Igual te guardo cualquier secreto.
-No fui a la boda de mi ex novia
-Marat...
-Le dije que somos amigos pero me ha dado por no sentir nada.
-¿Deveras?
-Cuando la vi recordé mi primer beso, mi primera cita, el primer regalo que le di a una chica y mi primera pelea por ella.
-¿Fue tu primer amor?
-Carlota ¿has tenido algo de eso?
-La cita es seguro, mi beso fue a los doce años, regalé una insignia bordada y ya tuve unos golpes por un hombre.
-¿Por qué pasó eso?
-¿Los golpes? No lo sé, una mujer besó a Sergei, me puse celosa, me le aventé y huí de la policía en mi cumpleaños.
-¿En el último?
-Hace un mes y algo.
-Mataría por ver eso.
-Puedes pedirle el video a Andreas.
-Lo haré.
-Es lo más tonto que he hecho.
-¿Te castigaron?
-Me enfadé con mi padre.
-¿Por qué?
-Creyó que yo había hecho algo malo.
-Una pelea a golpes es todo un crimen.
-Pero no se refería a eso.
-¿Entonces a qué?
-Nada me pasó pero no me creyó.

Marat no preguntó más y sólo vio a Carlota soltar su cabello y quejarse por los zapatos.

-Voy a terminar en tenis, es muy incómodo andar por aquí.
-Te acostumbrarás.
-Para ti es fácil decirlo.
-En Tell no Tales me lastimaba con los adoquines.
-Es súper fácil caminar, es como si te dieran masaje.
-Carlota ¿nunca has pisado suelo plano?
-No, nunca.
-Es muy extraño.
-¿En serio?
-¿Ni en París?
-Marat ¿nunca pisaste suelo adoquinado?

Él negó y ambos cayeron en cuenta de que charlaban sobre una estupidez. No se agotaban los temas de conversación pero Burano los había desilusionado un poco.

-Le prometí a Adrien que lo llevaría a pescar.
-¿Cumplirás?
-Mañana temprano.
-Será interesante verte, los acompaño.
-Eso si tu hermano no pone peros.
-No le agrado mucho.
-A ninguno de los dos.
-Andreas me debe varios favores.
-Eso explica todo.
-Bueno Marat ¿a dónde vamos?
-De regreso si quieres.
-Mis hermanos asaltaron la piscina.
-¿No los vas a acompañar?
-Luego, prefiero ir por ahí.
-Sigamos.

Ambos se levantaron y se retiraron en silencio, irónicamente satisfechos de haber visitado esa iglesia y poder fotografiarla sin esos molestos visitantes que en Venecia arruinaban las postales. Aun daba tiempo de recorrer algo y ambos decidieron ir a Via Giudecca, una calle larga por la que corría un estrecho canal en el que se estacionaban infinidad de lanchas y por el que se cruzaba en puentes más o menos alejados entre sí. En la Via Giudecca las casas presentaban una mayor amalgama de colores y negocios, paseaba más gente y en general, se respiraba un ambiente más festivo, con músicos que volvían amenas las comidas en los restaurantes. Ni Carlota ni Marat planeaban entrar a lugar alguno cuando, en una coincidencia dolorosa, un mesero perseguía a dos clientes por hacer escándalo y no pagar en la Trattoria al Gato Nero, sin fijarse en quiénes pasaban frente a la puerta. Carlota acabó en el suelo pero Marat recibió un fuerte golpe entre el rostro, evitado caer al agua al estrellarse contra las contenciones.

-¿Estás bien, Marat?
-Me va a salir un moretón.
-Necesitas al médico.
-Dame un minuto, Carlota.... Tu bolso cayó al agua.
-Parece maldición, también me pasó en París.
-Tengo tu celular.
-Llamaré a papá.
-No fue nada.

Pero Carlota se incorporó muy molesta y enfrentó a las tres personas que también intentaban reponerse del choque.

-¿Nadie les ha dicho que son unos brutos? ¿Por qué no se fijan?
-No creo que te entiendan.
-¡Cualquiera entiende cuando le llaman idiota!
-Carlota, cálmate, estoy bien.
-¿En qué estaban pensando?

Parecía que la joven Liukin en cualquier momento repartiría manotazos y entonces salió del establecimiento una mujer muy apenada, que enseguida colocó una bolsa de hielo en el rostro de Marat.

-Ma ché cadute! State bene?
-Per questo ma la signorina sta un po nervosa.

Marat y aquella mujer conversaron un poco más mientras el mesero se las arreglaba para que los comensales no intentaran escapar y Carlota a su vez trataba de obtener una disculpa infructuosamente.

-Déjalo ya, nos permitirán entrar un momento a descansar - señaló Marat y la chica lo siguió para no enfadarse más. Poco después ambos se situaron en unas sillas cercanas a la entrada y les sirvieron algo de sangría, dubitativos sobre tomarla. Poco después, otro empleado llegó con la noticia de que había recuperado el bolso de Carlota y lo devolvió, aliviándose ella de que el interior se mantuviera seco.

-Llevamos cinco horas en Burano y compite por estar peor que en Venecia.
-Ahora no te arrojé a un canal.
-Te va a quedar una cara de ciruela seca.
-Ja ja ja, se quitará pronto.
-Marat ¿atraemos la mala suerte?
-Este viaje es un fiasco.

Los dos carcajearon mucho y pronto escucharon un "sono miei invitati" de parte de la mujer así como indicaciones de darles una mesa pequeña junto a la ventana; intrigados ambos siguieron a un tercer mesero y pronto les obsequiaron una nueva sangría.

-¿Qué está pasando, Marat?
-Creo que nos invitan a comer.
-¿Por qué?
-Por lo que pasó afuera.
-Qué bueno que traje dinero.
-Parece que aceptan tarjeta.
-¿Tienes sed?
-Yo sirvo.

Carlota y Marat brindaban con su bebida, preguntándose qué intenciones ocultas había en tanta consideración, percatándose de una gran fila para entrar al local y del hostess que revisaba las reservaciones y asignaba lugares a quienes no contaban con una. El consejo de Geronimo de no ir a un sitio con esas características se había ido con el accidente pero en lugar de arrepentirse aguardaron por una entrada de calamares fritos y recibieron también un risotto alla buranella que no era más que una versión del risotto di gò que les habían recomendado.

-¡El risotto es bueno! - dijo Carlota y Marat lo probó para no dejarla atrás. Ambos parecían encantados con el plato y sentían que estaban prácticamente enamorados del lugar.

-Un rombo al forno per cortesia della casa - les anunciaron poco después y se admiraron de tener estómago para degustar ese enorme pescado con guarnición de papas, tomate y aceitunas negras; luego Marat recibió una copa de vino y Carlota una pequeña compota de fresa.

-¡Marat voy a subir de peso por tu culpa!
-¡Te las pasas comiendo!
-Tú siempre provocas que nos hagan masticar cosas.
-Eso es verdad.
-Los calamares son un sueño.
-¿Puedo probar tu postre?
-Adelante.
-Se va a hacer tarde.
-Lo sé.
-Mira afuera.
-¿Qué están haciendo?
-Jugando el hula hula.
-Se ve chistoso.

En la orilla opuesta, un grupo de chicos intentaban llamar la atención sobre un evento por la noche el sábado y detrás de ellos venía un solitario Tennant que estaba de compras. Fácil era deducir que buscaba algún licor local y toparse a Carlota y Marat para hacerles compañía.

-Le gustas mucho a Tennant - dijo Marat mientras intentaba esconderse detrás de una cortina.
-Él no me agrada.
-Se nota.
-No sé cuántas veces tendré que decirle que no.
-Insistirá.
-Mi padre lo corre primero.
-¿De dónde lo conoces?
-De Jamal, fuimos en diciembre de vacaciones.
-¿Y se les pegó?
-Eso fue en Hammersmith, en junio.
-¿Por qué?
-Nos encontró en el aeropuerto.
-No es tu amigo.
-Me ayudó un par de veces.
-También le debes algo.
-En realidad nada.
-Puedo saber la razón.
-Contó cosas que no le importaban.
-Ahora entiendo por qué no te cae bien.

Marat continuó degustando el postre de Carlota y pronto supo que Tennant tenía la certeza de que estaban dentro de la Trattoria.

-Ya nos descubrió.
-No me digas.
-Es por esa nariz que tiene, ya conoce tu perfume.
-No uso.
-No te creo, todo el tiempo hueles a violetas.
-Ha de ser mi shampoo.
-¿Vamos con él?
-No será amable dejarlo solo.
-Averiguaré si hay que pagar una cuenta, espérame.
-Me avisas, por favor.

Carlota se terminó el postre y miró a Tennant por la ventana, quien le sonrió de sólo asomarse aunque ella optó por no corresponder al gesto y atendió la charla de Marat con la gerente, que parecía muy apenada aun con lo sucedido e insistía con su invitación. La joven Liukin no entendía gran cosa pero intuyó que aquél golpe de suerte era por su acompañante, quien no tomaba en cuenta los coqueteos y detalles para no inhibirse o asustarse.

-Podemos irnos - señaló Marat luego de un rato y Carlota tomó su bolso con cuidado, procurando ser lo más sincera posible en sus agradecimientos, notando que la llamaban sorella y a Marat fratello. De no haberlo oído antes, habría pasado por alto la conveniencia de tales palabras (en Italia pensaban que ellos eran hermanos) y se marchó cuando la mujer obtuvo una cita. Si el lector conoce bien a Carlota Liukin, no le hace falta intuir cómo había conprendido esto último.

-La comida fue muy buena.
-Pensaría lo mismo si me hubieran golpeado el rostro.
-Fue un accidente.
-Empiezo a creer que no lo fue.
-¿Por qué?
-¿Te invitan a comer justo después de verte la cara?
-¿Qué?
-En buen sentido.... Si Tennant no hiciera lo mismo creería otra cosa.
-No lo notaste antes, qué casualidad.
-¿Qué insinúas?
-Nada pero pudiste negarte.
-No me di cuenta.
-¿Estás enojada por algo?
-La próxima vez puedes decir que no necesitan quedar bien contigo para que vayan por un trago.

Carlota se cruzó de brazos y se dirigió a un puente de madera que la llevaba a la Calle Giminella donde le aguardaba Tennant para ir al hotel. Marat no se atrevía a pronunciar palabra y notó que ella caminaba varios pasos delante, como si quisiera calmarse por algo. Tennant alcanzó a susurrar que Carlota de repente era posesiva con sus amigos y en un rato se le pasaría el mal genio, causando que ella retrocediera para dedicarle una mirada fulminante y arrebatarle el volante que traía en las manos.

Al llegar a la Fondamenta degli Assasini, Carlota cruzó de nueva cuenta para dar con la Fondamenta San Mauro y a paso rápido, entró de nueva cuenta al hotel Mazzini, yendo directo a la zona de alberca y postrándose al sol sin hablar con nadie. Marat se le acercó en igual silencio y se quedaron un gran rato mirando a Adrien, que se lanzaba al agua una y otra vez.

lunes, 31 de julio de 2017

El descanso en Burano (Primera parte)


El retorno al Hotel Florida por la noche fue muy extraño. Se repetía el desfile de vaporetti y de lanchas pequeñas, las luces estaban prendidas por todos lados y no había forma de concentrarse en los pensamientos propios. Los Liukin aprendieron que los italianos hablan mucho y apoyados por remarcados gestos que para el extranjero común podían ser amenazantes sin serlo, que varios gritan para llamar la atención en las discusiones amistosas y que las riñas resultaban serles extrañas si sucedían por una mujer. Los oídos ya les dolían.

-Dicen que Santa Croce es un barrio silencioso - dijo Ricardo cuando el bote dio la vuelta en Cannaregio y Carlota le preguntó si se instalarían ahí. Él no lo tenía claro.

Su charla era una de las tantas que se perdían ante el escándalo cuando repararon en algo: Habían pasado seis días luego de abandonar París ¿Cuántas personas podían decirlo? De volver a Tell no Tales aquello sería como una hazaña y de presumir los viajes a Mónaco y Venecia seguramente la gente se acercaría para trabar amistad. Los Liukin entendieron desde sus asientos que su país natal era muy chico y que no habían visto el mundo; ni siquiera Ricardo de joven o cuando supo de la casa en Capri. Irse de Venecia iba a ser una cobardía y de repente, él sacó un mapa.

-Niños, invitados y Yuko, no nos queda dinero, estamos en una ciudad cara e iniciarán sus clases el lunes. Estoy buscando un alquiler pero los más baratos están en Cannaregio y no tienen baño, el día de hoy volví a olvidar sus nombres y cuando pagué la cuenta del café le pedí prestado a Marat ¿Les parece mandar todo al diablo e irnos a la isla Burano a pasar el fin de semana? Está aquí mismo pero hay menos gente y por 60€ nos podemos hospedar en un hotel de dos estrellas con piscina.

Carlota miró a su padre con asombro.

-Hay peces, chicas, restaurantes caros y encajes bordados ¿Qué dicen?
-Si voy a ser pobre, que sea con estilo - añadió Andreas y los demás entendieron que pasara lo que pasara, harían ese pequeño viaje. No habría escalas ni en Murano ni en Torcello, nada de comprar souvenirs ni bocadillos y se abstendrían al máximo de hacer otra cosa que no fuera caminar o tirarse al sol. Burano era una isla cercana, a cuarenta minutos desde la Fondamenta Nove y sin salir de la laguna de Venecia. Tres días con sus noches y el lunes el colegio se admiraría de la puntualidad de Carlota. Era un plan simple y perfecto.

-¿Le diste dinero a papá? - susurró Carlota al oído de Marat pero con el bullicio, la respuesta fue inaudible.

Día siguiente, 9:00 am.

Ricardo batalló pero logró que el dueño del hotel Florida entendiera que los Liukin pasarían tres días en Burano y que regresarían a las mismas habitaciones que de todas formas habían sido apartadas y pagadas por anticipado; por tanto quedarían cerradas y no devolverían las llaves. Si no fuera por Carlota, aquella petición habría sido rechazada como la de pintar de nuevo las paredes en los pasillos. En realidad, los Liukin no adivinaban que gran parte de su suerte se debía a que ella despertaba las reverencias y el instinto protector de casi todo el mundo; por tanto, se desvivían en hacerle cualquier favor sin exigirle retribución.

-De menos tienen sitio de regreso - le dijo Marat a la joven y ambos salieron a la calle a preguntar por la línea del vaporetto que los llevaría a Burano. Tennant Lutz los seguía por detrás mientras bebía un jugo y constataba que mientras en París su facha era demasiado formal, en Italia era trendy y para aumentar el encanto se colocó gafas de sol. Las chicas querían acercársele y las volteaba a ver con un poco de arrogancia con tal de mantenerlas cautivas mientras pensaba que si Marat no estuviera tan concentrado en la joven Liukin, seguramente le robaría la atención. Bueno, lo había hecho con la única chica que le interesaba pero de todas formas no duraría. Marat se iría el lunes también.

-Espérennos - gritó Ricardo y aquellos tres vieron a Adrien aferrado a Yuko y Andreas y Miguel yendo a medio bostezar. Había que caminar por Calle Priuli Ai Cavaletti y luego atravesar el Ponte degli Scalzi pero era viernes y los viernes los cruceros atracaban en Giudecca y San Marco a las siete, y los trenes y ferrys desde Italia continental iban arribando.

-¿Otra vez? - preguntó Carlota al ver repleto y guió a los demás por Rio Terá Lista de Spagna, que poco a poco se iba llenando de turistas. Al menos pudo conocer la calle al fin y pasar a una pasticceria a comprar el desayuno para todos. El vendedor incluso le advertía llevar boccate a Burano.

-Parece que la comida es bastante más cara allá- dijo Marat cuando ella repartía panes a los demás y siguieron su camino por la Salizada San Geremia. De no ser por ese camino, los Liukin habrían sufrido para llegar a cualquier lado y poco después, se toparon con Geronimo, el chico del bote del otro día.

-Amici! - gritó éste.
-Ciao, come stai? - Respondió Marat.
-Tutto bene, ché state facendo?
-Vamos a Burano, queremos tomar el vaporetto.
-¿Por qué no piden que los lleve?
-No, no queremos molestarte, no cabemos.
-Pero ¿qué dices? ¡Somos amigos!
-Creo que me niego.
-Voy a Torcello por unos estampados, Burano me queda de paso, tengo combustible suficiente.

Los Liukin no supieron responder hasta que Adrien saltó a la lancha y se puso a jugar con su cubo de rubik. Se necesitaba fuerza sobrehumana para sacarlo de ahí y a pesar de que su padre trató, el niño se encaprichó con el lugar.

-Nos iremos en vaporetto, gracias por el ofrecimiento - señaló Ricardo y le pidió ayuda a Andreas para persuadir al hermano.

-El vaporetto cobra 12€ por persona, yo sólo pediría 30 por llevarlos - prosiguió Geronimo y el semblante de todos cambió enseguida. Era demasiado bueno para ser verdad pero Carlota y Marat ya habían estado en aquella lancha y era muy espaciosa; sobraría lugar pese a llevar casi una decena de personas con cierto equipaje y Tennant y Miguel abordaron enseguida, pagando entre los dos el traslado.

-¿Es en serio? - preguntó Ricardo y se convenció a regañadientes, situándose sin desearlo junto a Yuko y lejos de Carlota y Marat que no paraban de hablar con el tal Geronimo.

-¿Siempere hace lo que quieren los niños? - preguntó Yuko.
-Ellos mandan en mi casa desde que me acuerdo - contestó de mala gana y suplicó porque el vehículo no volcara.

Los Liukin partieron desde el Canale di Cannaregio hacia el Gran Canale y se introdujeron al Rio de Noale, en donde se veían edificios de ladrillos naranjas y un sinnúmero de balcones. A Ricardo le sorprendía que desde la lancha, Venecia se viera mucho más hermosa y el Palazzo Gottardi más cautivante de lo que era a pie.

Poco después se adentraron en el Canale Della Misericordia y el Porto di Venezia los recibió con la escalofriante escena de los cruceros que se aproximaban a los atracadores más populares de la ciudad. Ningún barco había chocado contra el puerto en siglos pero los colosales cruceros habían estado a punto de hacerlo la semana pasada según contaba un Geronimo que entonces prefirió tomar la Laguna di Venezia por la ruta de los vaporetti en la cercana Fondamenta Nove para sentirse más seguro. Era peor en Giudecca de todas formas y ni los vaporetti se metían en el puerto de Lido porque la salida al mar Adriático era peligrosa, con una corriente que sólo resistía otro embarcación de tamaño monstruoso.

-Esta parte es más tranquila - aseguró Geronimo y Carlota pudo constatar que le gustaba ver la ciudad desde afuera, con las cúpulas rojas que desde adentro no eran tan fáciles de encontrar. La misma sensación que había experimentado en el tren la invadía ahora desde la lancha y no paraba de señalar las construcciones con entusiasmo.

A los diez minutos, la isla Murano estaba muy cerca. Era como una hermana muy pequeña de Venecia, bastante parecida y con olor a quemado. En aquél lugar se elaboraba la cristalería más fina del mundo y el renombrado taller de Lavinia Swire tenía su sede en el centro. Geronimo contaba que no era más que una bodega grande que trabajaba bajo pedido y que los hoteles se peleaban por los escasos lotes de venta libre que salían en diciembre. No existía lugar en Venecia que no contara mínimo con un jarrón de tan notable marca ni familia que no obtuviera el suyo de regalo. Carlota comentó entonces que tenía unos aretes de cisne con tal firma y vio pasar Murano sin interesarse más puesto que volvería pronto.

Burano estaba treinta minutos adelante y se podían ver algunas islas en el camino que curiosamente no formaban parte de la administración veneciana y la Italia continental que era muy tentadora desde la distancia. Jessolo estaba a media hora yendo al este y Padua y Verona a noventa minutos al oeste, Milán a dos horas y Turín a tres; Trieste a cuatro. Geronimo les iba sugiriendo alternativas para viajar barato y algunos consejos sobre Burano: No comer en marisquerías, no comprar encajes bordados baratos, nunca alquilar habitaciones individuales en los hoteles y abstenerse de tomar paseos en góndola por los pequeños canales de la isla. Si una calle estaba solitaria, aprovechar para visitarla y evitar salir de noche si no estaban cerca del centro. En Venecia había rumores crecientes de que la mafia negociaba en Burano así que la gente común se encerraba y nunca se asomaba y en los hoteles la cena se servía en los patios para evitar problemas en los balcones. Sobraba decir que los negocios cerraban temprano y que no convenía entablar conversaciones con los lugareños.

-Sigue siendo un agradable lugar - dijo el mismo Geronimo y recalcó que era una zona libre de cruceros y no tenía playa porque todo estaba rodeado de rocas o muelles.

Los Liukin se repartían el protector solar cuando divisaron lo que era Burano. Era un lugar pequeño y desde lejos se percibía un fuerte olor a pintura mezclado con sal. Conforme se iban acercando, más reparaban en que la gente pintaba sus casas y muchos gatos aguardaban en las orillas, curiosos de los visitantes y cariñosos con los pescadores, que les proveían de camarones y restos de pescado. Como tenían que rodear la isla para llegar a la Fondamenta dei Squeri, vieron a varios felinos esconderse entre las esquinas después de comer, como si fuesen una guardia secreta lista para atacar en cualquier momento.

-¿La alarma de la ciudad es un simple "miau"? - confesó Tennant estar pensando cuando el bote desaceleró y atracó suavemente en el muelle. El capitán del puerto se acercó a Geronimo para registrar su llegada y verificar su permiso y poco después, los Liukin descendían en un lugar muy cercano a la parada del vaporetto. Ricardo sólo atinó a sacar su mapa para buscar el hotel.

-Debemos ir a la calle Galuppi y buscar un letrero del Hotel Mazzini ¿Alguien entiende cómo llegar?
-Creo que yo - contestó Marat - Debemos llegar a la esquina de la Calle II dei Squeri, caminar hasta la Fondamenta San Mauro e ir a la izquierda.
-¿Nos vamos por esa calle tan larga?
-Cuidándonos de no entrar en Babuini.
-¡Sigan a Marat! Si nos perdemos ya saben a quien culpar.

Los Liukin se rieron un poco y caminaron por una calle muy agradable, con piso de piedra y varias fachadas coloridas. Como el olor advirtiera desde la laguna, los buranelli estaban arreglando sus casas y cada familia escogía algún color al azar para su fachada. No tardó Carlota en notar que la habían salpicado un poco con pinturas verde, roja y morado y a Marat también mientras veían a Geronimo pasar con bastante cautela. En la parte de arriba se distinguían muy bien los tendederos y en una mañana de mala suerte, el turista podía encontrarse con que la ropa estaba mojada, no obstante, ese día era una afortunada excepción en la que de todas formas las molestias al pasar eran muchas. La gente tropezaba con los Liukin y no era afable, ni siquiera para pedir disculpas y los niños sin ningún pudor los tocaban para apartarlos. Pronto la marca de una mano en color rosa decoró el vestido con rayas verdes de Carlota y el rostro de su padre exhibía gotas amarillas.

-Benvenuti a Burano ... - susurró Marat con desgano y continuaron su ruta hacia una parte donde un grupo de ancianas tejían encajes que luego se usarían para decorar mesas. Ahí nadie pintaba pared alguna y la joven Liukin paró en seco. Aquellas mujeres usaban grandes bloques de hilo blanco sin otro apoyo y sus puntos eran tan refinados que tardaban días en completar pequeños manteles o servilletas. Las menos, utilizaban moldes pequeños para diseñar cuellos de blusas y Carlota se sentó junto a estas, tomando sin permiso algo de hilo y utilizando su propia aguja para improvisar algunas flores que tal vez colocaría luego en alguna bolsa. Por supuesto, imitaba a aquellas mujeres y estas le prestaron atención al notar que era muy rápida y no cometía errores; incluso comentaban que tenía "técnica de monja" y se preguntaban quien le había enseñado. En Burano, los encajes bordados se vendían en la Piazza Baldassarre Galuppi y Geronimo comentó que justo se dirigía allí y que se separaría en la Fondamenta San Mauro para poder llegar a tiempo al taller donde había pedido unas telas estampadas seis meses atrás. Aprovechando para dar unos últimos consejos: pedir el risotto di gò por ser platillo típico, consumir vino de la casa y nunca ir a los restaurantes que requirieran reservación, Tennant replicaría a Geronimo que contando con él, los demás comerían adecuadamente y no caerían en las trampas recurrentes que varios lugares solían aplicarle a los fuereños. Todos prestaban atención de aquella charla que concluyó cuando las ancianas aplaudieron a Carlota por su diseño y una de ellas le regalaría un gran carrete de hilo como halago adicional. Luego, los Liukin hallaron la esquina y la Fondamenta de San Mauro, siendo guiados al Hotel Mazzini en la calle siguiente.

-Me aparto aquí - señaló Geronimo y los demás lo despidieron con bastante gratitud, más Carlota y Marat que lo habían abrazado y dado la mano. La recepcionista alcanzó a ver aquello y enseguida recibió a los Liukin con enorme cortesía convencida de que, si se topaban de nuevo al muchacho de las telas, hablarían bien de ella. Esa chica llevaba enamorada tres años de él.

-Buongiorno, benvenuti al Hotel Mazzini, posso auitarli?
-Necessitiamo una abitazione doppia e due tripli per tre notti con doccia.
-Per questo, sono 60€ per notte.
-540€?
-Ma questa non e stagione turistica, avete fortuna, 50€ abitazione per notte.

Marat tradujo al señor Liukin y este de inmediato decidió tomar el alojamiento. Aunque aparecía en la guía turística, el encantador Hotel Mazzini era poco frecuentado y su piscina estaba siempre sola, así que los chicos se retaron a ocuparla primero. Carlota en cambio, reconoció el cuarto que compartiría con Yuko y luego de cambiar su ropa, salió a la calle, dispuesta a dar la excursión a la isla.

-Marat ¿vienes? - preguntó al hallarlo mirando al canal.
-¿Dónde vas?
-A caminar, esta vez traje zapatos.
-¿No tienes que pedir permiso?
-Tenemos que hablar.
-¿De qué?
-¿Es cierto que le prestaste dinero a papá?
-Carlota, no te preocupes, tu padre nunca me pediría nada.
-¿Por qué dijo que lo ayudaste con la cuenta del café?
-Es que Andreas no ha devuelto el dinero...
-¿Andreas qué?
-Nada.
-¿Él tiene nuestro dinero?
-Carlota, creo que es mejor que tu padre lo arregle.
-Pero todo lo que ganó en el casino...
-Mejor quédate tranquila.

Marat sonrió y Carlota prefirió confiar un poco en él, creyendo que tenía razón. De todas formas, se alegraba de que en Mónaco le hubieran devuelto su mesada y recuperando un poco el ánimo, comenzó a caminar, atravesando por un puente la Fondamenta San Mauro. El día era largo y había muchas casitas coloridas por recorrer.