miércoles, 8 de marzo de 2017

Los adornos para la novia

 

Tell no Tales.

Micaela Mukhin salió del espejo el domingo a mediodía y llegó pronto a una cafetería en la calle de Dubrova en donde Bérenice la esperaba con un vaso lleno de té. Era muy extraño que se citaran fuera de casa y Micaela creía que su hija se traía entre manos algo raro.

-¡Te compré un cha lat!
-¿Chai latte?
-Eso creo.
-La gente y sus cosas raras, es mejor un simple té.
-Yo me compré uno verde con leche.
-Bérenice, no importa, está bien. Ahora ¿me puedes explicar porque saliste de casa temprano y me pediste que viniera?
-Compré un broche de pluma.
-Es bonito.
-Bueno, no le he dicho a papá pero necesito ayuda.
-¿Tiene que ver con el broche?
-Me caso el martes.
-¿Qué?
-Y no tengo vestido.
-¿En dos días?
-Es que ayer me avisaron que me daban esa fecha en la alcaldía.
-Tu padre se va a querer morir.
-¿Por qué?
-¿Cuándo pensabas contarme?
-Mañana.
-Ay vida, tu padre te va a matar.
-¿En serio?
-No le gustan las bodas.
-¿Nada, nadita?
-A duras penas llegó a la nuestra.

Micaela tomó su vaso y a la voz de "andando" comenzó un breve interrogatorio mientras intentaba no ver como los bomberos recogían los escombros de las calles aledañas y los amontonaban en la esquina de Dubrova.

-¿Estás buscando vestido sencillo, corte sirena, a lo Lady Di, con corsé o recto?
-¿Qué?
-También hay de corte medieval, falda con holanes, de flores ¿encaje?
-Sólo quiero con falda de plumas.
-¿Plumas? Para un vestido es corriente.
-Me gustan esas cosas.
-Con tantos modelos cambiarás de opinión ¿a qué tienda iremos?
-Me dijeron que en la calle Netrebko se puede comprar uno usado.
-¿No tienes dinero para uno nuevo?
-Quieren 3000 €.
-Es demasiado ¿cuánto cuesta el viejo?
-320 €
-¿Qué clase de tela es?
-Dicen que son los que nadie quiere.
-Encontraremos uno bonito.

Bérenice caminó dócil detrás de su madre y se entretuvo observando a los paseantes del barrio ruso que desfilaban con bocadillos o bebidas de oferta, cual día normal de sol.

-¿Luiz consiguió un traje? - preguntó Micaela al cruzar una calle y Bérenice respondió torpemente que sí.

-¿Sabes cómo es?
-¿El traje? Todo negro.
-¿Corbata o moño?
-Moño.
-Menos mal, elegiremos algo muy elegante ¿de qué color quieres el vestido?
-Blanco o de un color muy claro.
-¡Champagne rosé!
-¿Qué es eso?
-Es un gran color, entremos aquí.

Micaela jaló a Bérenice a una boutique de segunda mano y ésta quedó abrumada enseguida. Había vestidos colgados por doquier, en franco desorden y en un mostrador pequeño se colocaban diversos accesorios, también usados y recién reparados. La mujer que atendía contaba el dinero de la caja despreocupadamente y señaló que estaría con ellas cuando acabara.

-Los vestidos en descuento están junto al aparador - sugirió y Bérenice se tentó de buscar, pero su madre ordenó "quédate aquí", encargándole además su intacto vaso con té.

-Te olvidarás de las plumas con tanto que hay aquí.
-Pero quiero ver.
-Bérenice, quédate quieta.

Bérenice Mukhin tomó asiento en un puff frente a la puerta y ante la mirada de la vendedora, comenzó a tomar el té que le quedaba como si fuera una niña regañada.

-Hay vestidos muy lindos aquí - le dijo para animarla - ¿Qué te parece el del maniquí? Enmarca la cintura, la falda no tiene mucho vuelo y los hombros se cubren bien.
-Parece de enfermera.
-Bueno, hay uno recto con espalda descubierta.
-Tiene muchas flores, yo busco plumas.
-Hay strapless champagne estilo años veinte.
-Parece que tuviera una cortina de flecos.
-Es una cortina de flecos y tiene hilos plateados. Dame 1500 € por él.
-¿Más de mil? No tengo tanto.
-Hay uno similiar, sin flecos pero muchos bordados, se parece a uno que usó Miss Universo, 800 € es un precio justo.
-Tampoco puedo pagarlo.

La chica encogió de hombros pero volteó a todos lados, buscando algo que le gustara.

-¡Mira Bérenice! Encontré un vestido con capa - exclamó Micaela y se le aproximó con una prenda de estilo medieval, con bordados en blanco - ¡El velo es precioso!
-Parece una gorra.
-¡Pruébatelo!
-¿Qué?
-¡Quiero verte con él! ¡Póntelo!

Bérenice se levantó enseguida y se introdujo en el probador, desconcertada por el diseño,cuyo problema era ser demasiado pesado, con un hombreras un poco gruesas y un velo que tapaba su cabeza como gorra de natación.

-Te ves increíble - dijo Micaela y la vendedora parecía admirada, no obstante, trajera en los brazos un vestido de estilo griego que parecía una cortina enredada con tantos pliegues en la cintura. Como era natural, Bérenice también se lo puso.

-¡Parece una musa!
-Podemos deshacernos de este broche, las plumas no se ven bien en ninguna mujer.
-También tengo un traje años veinte divino, con brillos y un tocado de joyería.
-Tráigalo enseguida.
-A la orden.

Bérenice moría por salir de allí y corrió a cambiarse pero su madre insistió en que se colocara el vestido sugerido por la encargada y otro más, en tono champagne rosé, un strapless tan liso y simple que cuando la joven se miró en el espejo de la tienda, le pareció estar envuelta en un trapo o la toalla de baño.

-Ay no - expresó pero su madre y la vendedora no la escucharon y le colocaron la cola del vestido.

-¡Buscaremos un velo con perlas! - se emocionó Micaela y la vendedora fue con ella al fondo de la tienda, en donde había velos sueltos, diademas y otros accesorios que aun no se habían inventariado.

Bérenice ni siquiera se atrevía a moverse por miedo a arrugar tan rígido vestuario y después de un rato sintió que había hecho por fin el ridículo. Un joven entró a la tienda y la observó enseguida, sonriendo apenas.

-Bonito vestido.
-¿Gracias?
-Vengo más tarde.
-Diré que vino.
-No es necesario, con su permiso.

Pero la encargada ya había visto al muchacho y se aproximó para no dejarlo ir.

-¡Juan Martín! Tengo tus arras, permíteme - y Bérenice vio a la vendedora buscando en unos cajones pequeños, sin darse cuenta de que su madre le colocaba un broche con perlas en la cabeza.

-Te ves bonita, Bérenice - dijo Micaela y el chico volteó donde ambas.

-Mamá, siento que me aprieta.
-No lo sentirás mañana.
-No me gusta.
-Es el mejor vestido que hay.
-Parezco envuelta en un trapo.
-Probablemente te falte algo.
-Mamá...
-Iré por una estola.
-Detente, yo...
-Mejor un collar, espérame.

Y Micaela volvía a la búsqueda de un accesorio que a su hija le interesaba poco.

-Juan Martín, aquí están tus arras... ¿Estás viendo a esa chica? - siguió la vendedora.
-Sí, se ve hermosa.
-Tu novia se verá igual.
-Gracias, pero estas no son las arras que encargué.
-¿Cómo que no?
-Las que yo encargué son doradas.
-¡Ay perdón! Las dejé en el mostrador de atrás, permíteme.
-Por supuesto.

La encargada también desapareció entre los vestidos y Juan Martín siguió contemplando a Bérenice.

-Su novio va a dar el sí apenas entre a la iglesia.
-¿Me habla?
-Sí, disculpe.
-No se fije.
-¿Cuándo se casa?
-El martes, en la alcaldía.
-Pensé que en la iglesia por tantas cosas que le ponen.
-Sólo me alcanzó para el juez.
-Hay muchas bodas por acá, los derrumbres no han cacelado ni una.
-Hace un mes pregunté por la boda y ya, en dos días es.
-Yo me caso el martes también.
-Buena suerte.
-Gracias.
-¡Estás nervioso!
-Que me poné nervioso, hace un año propuse matrimonio y se me fue todo rápido.
-Luiz y yo lo decidimos hace tres semanas.
-Con el juez es ma' fácil.
-¿Me ayudas a desabrochar el vestido? De verdad me ahoga.
-Ah... Claro, ponete de espaldas.
-Primero quítame el broche, por favor.
-Ya está.
-Me dolió el cabello.
-Está bonito el velo.
-Yo quiero usar plumas.
-Este vestido tiene muchos botone'
-Es una tortura traerlo.
-Mirá que te dejó marcas.
-Ay, gracias.

Juan Martín rozó sin querer la espalda de Bérenice y ruborizó un poco, mientras ella volteaba para abrazarlo.

-Te lo agradezco, es horrible llevar eso puesto.
-De nada.
-Me cambiaré y buscaré un vestido yo misma porque me acabarán disfrazando de forro de sofá.

El hombre se alivió mucho de que Bérenice se introdujera al probador, sin advertir que luego ella saldría en short y blusa de estampado de pacman.

-Sigues aquí ¿no te aburre? - continuó ella.
-No encuentran mis arras.
-Ese es un problema.
-¿Vos irás a otra tienda?
-No tengo ganas.
-Pero todavía querés las plumas ¿no?
-¿Me ayudas?
-En lo que me traen el pedido.

Bérenice y Juan Martín comenzaron a buscar un atuendo con plumas y descolgaron cuanto hallaban, sin muchos resultados. Él la convencía de intentar con otros modelos y ella accedió con uno tan amplio que parecía figurilla de pastel.

-¿Se divierten? - interrumpió Micaela.
-Buscamos algo bonito - contestó Bérenice.
-¿Vas a quedarte con lo que traes puesto?
-De hecho ya me lo quitaba.
-Por lo visto nada te agradó.
-¿Quieres irte?
-Hay otros lugares en esta calle.
-Es cierto ¡guardé tu té!
-Supongo que está bien, quítate ese vestido y despídete.
-Claro.

Bérenice se retiró y su madre miró a Juan Martín con interés.

-¿De dónde saliste, niño?
-¿Hablá conmigo?
-No hay otro.
-Soy Juan Martín Mittenaere.
-Micaela Mukhin, un placer ¿Usted vino por arras?
-Unas doradas que mi novia me pidió.
-¿Las solicita en una tienda de usado?
-Conocen el taller donde las hacen.
-Bueno saberlo, tal vez a Bérenice le interese.
-Me dijo que se casará en la alcaldía.
-Será una boda muy sencilla.
-¿Planearon algo para celebrar?
-¿Por qué el interés?
-Me metí de socio en un restaurante de Láncry.
-Qué conveniente.
-Vendemos comida etíope.
-¿En serio, usted? ¿No le dicen nada por ser el único blanco en un barrio negro?
-No.
-Nosotros tendremos un fondue en el parque, Bérenice y Luiz tienen que regresar a trabajar.

A Micaela le gustaba hacer malas ironías y peores bromas a la gente que le caía bien.

-Bérenice es linda ¿no lo cree?
-Ah, sí.
-Lo vi cuando le desabotonó el vestido.
-Necesitaba ayuda.
-¿Le sirvió de práctica para auxiliar a su novia?
-No, no, eh....
-Se puso rojo.

Micaela se reía del hombre cuando creyó advertir que en un estante se escondía algo que podía ser del gusto su hija. Con bordado de hojas y corte sirena, un vestido viejo y champagne combinaba con el tocado de plumas que Bérenice había adquirido. Era una prenda de espalda descubierta pero primoroso y muy elegante.

-Mamá, ya estoy lista.
-Ve esto.
-¿Qué....?
-¿Era lo que buscabas?
-Tiene falda de plumas.
-¿Te gusta?
-Lo bordaron en oro.
-¿Bérenice?

La joven tomó el vestido y resolvió probárselo enseguida, un poco impresionada por lo refinado de los acabados. Al vérselo puesto, apenas creyó que podía ser suyo y al colocarse su accesorio en el cabello, le pareció estar frente a Luiz, firmando los papeles para ser su esposa.

-¡Mamá, mira qué bien me queda! ¡Este es el que quiero usar!
-Te falta un peinado y nadie va a decirte que no se casa contigo.

Juan Martín, a quien en ese momento le daban su pedido, le entró la curiosidad por saber qué entusiasmaba tanto a Bérenice, sonrojándose otra vez. La mujer lucía preciosa en su vestido de novia, como si en ese momento estuviera por entrar a la alcaldía. Tan distraído se hallaba que tiró su cajita al piso.

-¡Ay Juan Martín, qué desastre! Mientras no se te caigan las arras en la boda, estarás bien - regañó la vendedora, que igualmente reparó en Bérenice.

-¡Qué preciosa novia! ¿Este es el vestido que buscas?
-Sí ¿cuánto cuesta?
-Veré la etiqueta.
-Ni siquiera necesito un velo.
-486 €
-¡Me lo llevo!
-Te lo pondré en una caja.
-Iré a quitármelo.
-Disculpe ¿Tiene zapatillas champagne en talla tres? - intervino Micaela.
-Por supuesto.
-Agréguelos a la cuenta, no queremos que la novia vaya en tenis.
-Por supuesto... Juan Martín, en un momento te atiendo.

La vendedora corrió por los zapatos y Bérenice no tardó en abandonar el vestidor, abrazando a su madre muy feliz.

-Buscaremos un ramo luego.
-Ese lo eliges tú.
-Gracias, Bérenice.
-¿Crees que Luiz se desmaye al verme?

Y Micaela, risueña, le contó al oído:

-Juan Martín estuvo a punto.
-¿Quién es ese?
-El chico de las arras.
-¿De verdad?
-Si él se desmaya, Luiz se muere.

Las dos se rieron y comenzaron a beber té juntas. Juan Martín continuaba tan impresionado que no le quedó de otra más que mirar a Bérenice con una enorme sonrisa.

lunes, 20 de febrero de 2017

The sound of silence


Venecia, Italia, 1:23 pm, día anterior del arribo de los Liukin.

En una callecita del barrio de San Polo, en el número 73, correspondiente a una casa pequeña con jardín en la terraza, vivía Novak Maizuradze, hijo de Elijah Maizuradze, hermano de Viktorette Maizuradze y sobrino del teniente Ilya Maizuradze. Los vecinos le conocían por ser amable y le invitaban a animar las fiestas por su habilidad cómica, razón que mantenía ocupados sus fines de semana con frecuencia. A diferencia de su hermana, Novak tenía ojos aceitunados, de tamaño ordinario y de tanto vivir fuera del espejo, parecía un humano igual de normal, que asistía a una escuela de tenis, no destacaba mucho en la multitud y hablaba ruso con fluidez porque alguna extravagancia caracteriza a cualquier mortal, sin descontar la muy habitual ausencia materna, suplida por una hermana omisa que, esa soleada tarde, le hizo llegar correspondencia.

Novak la recibió de propia mano mientras barría la entrada y hasta tiempo le había dado de ofrecer un vaso con agua al cartero, mismo que se quejaba del calor y añoraba el invierno que a veces congelaba lo que se dejaba. El chico le comentaba que de no ser por el cielo despejado, los turistas nunca visitarían Venecia y que después del invierno llegaban las lluvias y peor, el carnaval que volvía intransitables las rutas del Gran Canale, que todos usaban.

-Puede que tengas razón - le replicó el cartero devolviéndole el vaso y Novak se introdujo en la casita, interesado ya en leer la misiva.

Viktorette Maizuradze tenía la molesta costumbre de usar sobres amarillos para todo y mandar una hoja aun más amarilla con el mensaje. Aquello lastimaba la vista si no se era un rápido lector, pero Novak estaba acostumbrado. Desdobló la página y de inmediato se conmocionó, echándose a gritar en el piso.

Día siguiente, 11:00 am, barrio de San Polo.

Novak regresaba vestido de negro y con enorme llanto mientras su hermana Viktorette le abrazaba con silenciosa tristeza. A esas alturas, los vecinos se habían enterado ya del funeral de Elijah Maizuradze y daban sus condolencias mientras depositaban flores en la puerta. Atrás de ellos, venía Ilya Maizuradze que, al enterarse de lo acontecido había decidido ir a Venecia unas horas. Al igual que a sus sobrinos se le notaba afligido y pronto los hizo entrar a la casa, yendo los tres al jardín.

-El Gobierno Mundial me notificará cuando a la Marina se le pegue la gana - inició el teniente Maizuradze.
-Al menos le hicieron honores - replicó Viktorette.
-¿Alguien sabe porque su mujer no vino?
-La desinvité.
-Está bien Viktorette, sólo preguntaba.

El teniente Maizuradze se asomó por la terraza y logró ver a los vecinos murmurar, sin molestarle del todo.

-Sólo a Novak le caía bien esa mujer - había continuado Viktorette y su desdén era tal que su hermano le replicó en voz baja que olvidara el asunto.

-¡Dormías con ella! - dijo la chica bruscamente y el teniente Maizuradze miró a ambos con asombro, más a Novak que siempre había sido muy tranquilo.

-Paren ya, que si van a hablar mal de alguien háganlo en su cara.
-No tengo problemas, si vuelvo a ver a Bérenice Mukhin le diré que es una zorra.
-¡Basta Viktorette! Ten respeto por tu hermano al menos.
-Ay Dios, sólo te falta felicitarlo como papá.

El teniente Maizuradze no pudo contener la risa.

-¿En serio lo hizo?
-Dijo que prefería verla con Novak antes que con Matt Rostov.
-¿Quién era ése?
-Su doctor.
-¿Fue al que le destrozó la cara?
-No, ese fue un tal Marat que después quedó un poquito más guapo.
-¿Te gustaba ese hombre, Viktorette?
-Ahora está prendado de la "princesita Liukin", me da asco.

El teniente Maizuradze recordó la portada de una revista que había visto en la mañana con Carlota Liukin bailando con Marat Safin en una beneficencia y se preguntó por qué esa niña atraía a un montón de gente que resultaba ligada entre sí por cualquier evento del pasado.

-¿Ya te sientes mejor, Viktorette?
-Supongo que sí.
-Discúlpate con Novak.
-Perdón.
-Así está mejor.
-Tío ¿crees que tu esposa pueda ayudarme con unos papeles? No entiendo nada de números.
-Por supuesto, le mandaremos copias.
-Disculpa por hacerte venir.
-Era mi deber, gracias por avisar.

El teniente Maizuradze casi derramaba una lágrima cuando Novak se quebró por completo, necesitando aferrarse a alguien para sobrevivir a esa crisis. Sólo una vez le había pasado lo mismo y Viktorette fue su tabla de salvación. Aconteció el día que Bérenice lo abandonó.

-Llevemos a tu hermano a descansar - Ordenó Ilya y Viktorette obedeció enseguida, ayudando a depositar a Novak en cama, aguardando lo suficiente para que durmiera. El balcón tenía vista al Gran Canale.

-¿Por qué odias a la mujer de mi hermano? - preguntó el teniente Maizuradze en voz baja.
-Porque se acostó con Matt Rostov.
-¿Ese Rostov te importaba?
-Mi padre se puso en sus manos.
-¿Confiabas en él?
-Con todo mi corazón.
-La traición es muy dura.
-Bérenice defraudaba a papá todo el tiempo; si no dormía con Matt, se iba con Marat.
-¿Y Novak?
-Mi padre invitó a Novak a pasar un verano y enseguida se enganchó con ella, luego mi padre los encontró en la cama y nada, felicitó a mi hermano por "satisfacer a su mujer". Casi me vomito.

Ilya Maizuradze entonces procedió a acordarse de Bérenice, de su sonrisa, su figura y sus atrevimientos. Aun le parecía sonrojar de evocarla levantar su vestido y mostrar su ropa interior al pedir un autógrafo a Sergei Trankov.

-¿Berenice te gusta, tío?
-Es muy hermosa.
-¿Habrías dormido con ella?
-No lo sé, tal vez....

La respuesta sonaba ambigua.

-Supe que Bérenice espera un bebé de Luiz Marinho.
-¿Lo conoces?

Viktorette volvió a llorar y su tío se limitó a abrazarla, comprendiendo que la historia con ella era siempre la misma. Al rato le gustaría otro chico y una joven más lista se le adelantaría, dejándola frustrada y a la espera del siguiente.

-Luego veo a Marat con Carlota Liukin y me da envidia.
-¿No hablabas de Luiz?
-Entre Bérenice y Carlota se las arreglan para arruinarme la vida.
-Viktorette deberías conocer más gente.
-¿Para qué?
-A lo mejor hay alguien que no le interesa a ninguna.

Viktorette miró a su tío con irritación y abandonó el lugar azotando las puertas. Ya regresaría más tarde a cocinar la cena o aventar comida comprada en la mesa.

Sin darle importancia a su impertinencia, el teniente Maizuradze permaneció en el cuarto de Novak, precisamente en el balcón, leyendo los documentos que ninguno de sus sobrinos comprendía. Bérenice Mukhin había heredado el dinero, Viktorette las joyas y Novak la casa.

Justo pensando en Novak se le había escurrido la tarde entera. Por alguna razón, Elijah Maizuradze había volcado sus mejores sentimientos a ese chico y todos intentaban descifrar por qué.

-¿Despertaste? - preguntó el teniente Maizuradze al anochecer.
-Soñé con lo de siempre.
-Hice una pregunta tonta.
-Me siento enfermo.
-¿Lo de siempre es Bérenice?
-A Bérenice la quiero.
-¿Tu padre no te quiso matar?
-Esa historia de la cama que le contó a Viktorette es falsa.
-¿Por qué lo hizo?
-Para molestarla, además de que mi padre sabía que su mujer me gustaba mucho y me dejó tener una relación con ella.
-¿Cómo novios?
-Como su mascota.
-¿Te enamoraste de ella?
-Me dolió mucho cuando terminó con papá porque la dejé de ver.
-¿Con ella sueñas?
-No, nunca.
-¿Qué te pasa por la mente entonces?
-Una niña con un abrigo rojo pero nunca la alcanzo.
-¿Qué?
-Siempre que la sueño, me enfermo.

Novak tenía fiebre y comenzó a quejarse de un dolor de huesos mientras su tío comenzó a angustiarse ¿La niña del abrigo rojo? Su hijo Anton también la había visto y entre los Maizuradze, esa era la señal que determinaba al guardián de una sangre pura.

-¿Le contaste a Elijah?
-No le interesó, así que no le dije.
-¿Qué?
-Creo que ha de ser un recuerdo, por eso no le prestó atención.
-¿También lo crees Novak?
-Sí.
-¿Cómo ves a esa niña? ¿Qué hace?
-Corre, hay cadáveres en todas partes y luego la atrapan ¿Sabes qué es lo raro? Que todos se asustan cuando me ven y ella le entrega su corazón a un hombre, me pide que lo proteja y yo sólo acepto. La niña se convierte en sangre después y se escurre por la alcantarilla.
-¿A un hombre?
-Él lo tiene, sólo alcanzo a ver un dije de plata en su cuello.
-¿Cómo es el dije?
-Es una mujer con flores sobre un bote.
-Qué detallado.
-A veces creo que Belgrado me persigue.
-No pienses en eso.
-No le he dado las gracias a Cumber.
-No le hacen falta.
-Me salvó.
-Novak, no le cuentes a nadie de tu sueño.
-¿Por qué?
-Aun no tienes madurez para entenderlo pero si un día ves el dije, avísame.
-¿Qué?
-Novak, hay cosas que la familia ha sabido siempre. Descansa.

El teniente Maizuradze colocó una compresa fría en la frente de su sobrino y salió a la calle a respirar, confundido. Tenía que decidir entre Anton y Novak una cuestión que ninguno de los dos comprendería y temía escoger al equivocado.

Mientras cavilaba al respecto, no se imaginaba que en casa, Novak abandonaba el colchón y dejaba que el viento frío le diese en el pecho. Le gustaba aquella sensación mientras intentaba descifrar el sueño y pensaba que en Venecia los abrigos rojos se ponían de moda al inicio del otoño, en navidad y en carnaval, Viktorette tenía el suyo y Bérenice también. Todavía pensaba que soñar con aquello era normal cuando recordó otro detalle: Hacía poco había hallado una mujer hecha de cristales de hielo que se desvanecía a placer e imprevistamente le había besado la frente; después se le había aparecido la niña del abrigo rojo y la persiguió por Venecia hasta un canal que se teñía de rojo por la sangre de incontables cadáveres llenos de ceniza. La pequeña no escapaba de él pero le pedía cuidar a un hombre.

Novak no quería saber por qué no podía recordar una alucinación de tal clase con más frecuencia y prefería pensar en un trauma de guerra no resuelto que se perdía en los abismos de su inconsciente antes de brotar nuevamente para recordarle de donde provenía.

-"No le cuentes a nadie" - murmuró y se colocó un abrigo antes de salir a recorrer parte del canal, hasta el sitio en donde ahora crecía un árbol y donde tuvo la visión o alucine que de repente lo preocupaba.

-¿Volveré a verla? - preguntó a sí mismo y entendió que nadie más le tendría respuesta. Si se encontraba el dije del sueño, estaba obligado a guardar silencio, casi como condición inmutable e individual.


martes, 14 de febrero de 2017

Por fin, Venecia (Cuento de San Valentín)


Carlota despertó y ahí estaba de nuevo él, Marat.

Había sido un lío meterlo en el tren y esquivar curiosos pero, para sorpresa suya, ambos habían dormido en el pasillo y Ricardo les miraba atentamente mientras el amanecer se asentaba afuera.

-Marat, levántate, es tarde - dijo Carlota intentando mantenerse con los ojos abiertos.
-Es temprano.
-Son las nueve de la mañana jovencito - pronunció Ricardo con voz grave y Marat se incorporó enseguida, ayudando a Carlota a hacer lo mismo.

-Llegaremos a Venecia en una hora,  lávense la cara, los veré en el comedor.

Carlota abrió su habitación y se encerró en ella rápidamente mientras Marat aguardó fuera un buen rato. Cuando ella salió, las maletas de ambos estaban listas.

-Cámbiate, Marat, te veo en el comedor.
-Tu padre está enfadado.
-Sí.... ¿No nos matará?
-Aquí no.

Carlota se retiró de inmediato y fue donde su padre, mismo que permanecía serio en su lugar mientras Tennant tomaba un vaso de jugo y Miguel un café.

-Buenos días - dijo Carlota, tímida.
-Toma asiento, te ordené una ensalada.
-Gracias, papá.
-¿El señor Safin se quedó en el pasillo o te va a alcanzar aquí?
-Se está cambiando de ropa.
-¿En tu habitación?

Tennant y Miguel miraron a Carlota sorprendidos.

-Te duchaste, bien Carlota... Se te está cayendo el tinte.
-Me lo retocaré luego.
-¿También necesitas pupilentes, verdad?
-Me queda un par.
-Te los pones antes de salir.

La extraña conversación provocó que Tennant observara a Carlota con detalle. Aun no se reponía de saber que Marat estaba en el tren cuando supo que ella tenía ojos verdes y no pardos y su cabello distaba de ser castaño.

-Al menos durmieron en el pasillo, me preocuparía si los hubiese encontrado en otro lugar.

Carlota pasó saliva y se sonrojó, Ricardo la estaba castigando con el único método efectivo del momento y luego se le ocurriría algo más.

-Andreas y Adrien te buscaron anoche ¿dónde estabas?
-Tomando malteadas aquí.
-¿Si pregunto me lo confirman?
-Hasta jugué dardos.
-Bueno, supongo que está claro.

Carlota tomó agua para sofocar la sensación de calor y aguardó a que Marat se apareciera para explicar todo.

-Linda playera - ironizó Tennant y Ricardo notó que su hija traía puesta una prenda con un estampado de Homero Simpson rodeado de corazones.

-De menos trae suéter - añadió y Carlota apresuró su desayuno, pasando pena.

-El señor Safin decidió venir después de todo - anunció Ricardo y Marat se aproximó cuando Carlota terminó con su plato. Ella continuó muda cuando lo vio vestido casi igual a ella, con la playera y el suéter gris.

-Buenos días - dijo Marat.
-¿Te pusiste de acuerdo con Carlota?
-¿En qué?
-La ropa.
-Una coincidencia, señor Liukin.
-¿Gustas algo?
-No, gracias. Estoy lleno desde ayer.
-¿Cuántas malteadas tomaron?
-¿Cómo cuatro? No sé, Carlota me ganó.

A la chica le dio risa y se puso a recordar la competencia de la noche anterior en la barra del comedor.

-Me sorprendí cuando llegaste al final.
-¡Tú me ganaste!
-La mayoría no soporta tres malteadas.
-La mayoría se enferma con tres malteadas.
-Tomaste cuatro, Marat.
-Tú cinco ¡y todavía querías más!
-La de coco era buena.
-Esa fue mi favorita.
-¡Basta! - intervino Ricardo - Carlota, trae tus maletas, señor Safin, usted se queda conmigo.

Carlota se levantó nuevamente con las mejillas encendidas y corrió por sus cosas, colocándolas enseguida junto a las de sus hermanos cerca de la puerta. Por el rostro de su padre, intuyó que no le agradaba tener cerca a Marat.

Mientras terminaba el traslado, el teléfono de la joven Liukin no paró de timbrar. Entre llamadas, mensajes y caritas felices, Ricardo no lograba borrar nada y se preguntaba por qué tanta gente se tomaba valiosos minutos para gastarlos en ella, siempre deseándole cosas bonitas. Entre el club de fans con sus caritas felices y recados de amigos, había un mensaje de parte de Alena Bessette, reportándole una aparente mejoría de Joubert.

-Carlota, ven a leer esto - le dijo después de pensarlo un poco y ella reaccionó emocionada al acabar.

-¿Buenas noticias, verdad?
-¿Si Joubert puede mover una mano es que va a despertar pronto?
-Es posible.
-¿Puedo contestar?
-Lo haré yo, diré que te dio mucho gusto.

Carlota volvió a su nuevo lugar junto a la puerta y se quedó reflexiva un largo rato, con una pequeña sonrisa.

-Carlota está enamorada de Joubert - comentó Tennant a Marat desde su distancia.
-¿Desde hace cuánto?
-Un mes, creo yo. Prácticamente desde que lo conoce, piensan los demás.
-Desde hace mucho, entonces.
-Tampoco es tanto, como un año.

Marat miró a Carlota con extrañeza, él habría creído que Joubert era una ilusión de niña o similar si alguien le hubiese mentido.

-Ahora que el tipo está en coma, ella finge que no le afecta - terminó Tennant y ambos observaron a Carlota sacar una hoja y ponerse a dibujar algo rápido. Era un paisaje rojo y naranja por lo que se podía apreciar.

-Le está escribiendo a Jouberto que lo quiere - pronunció Adrien para meterse en la conversación y Ricardo eligió saber que se le había ocurrido a su hija.

-¿Quieres enviarle una carta a Joubert?
-Tal vez se la lean y despierte.
-Eso es muy fantasioso.
-¿Crees que se recupere?
-Quiero suponer que sí.
-A veces me arrepiento de haber ido a cenar en lugar de a casa cuando Joubert volvió a París.
-No sabías que pasaría lo que pasó.
-Es un dibujo de África.
-Le escribiste que deseas que se recupere.
-Cuando no me vea con él en el hospital, lo voy a decepcionar.
-Él entenderá.
-¿Terminé con él, verdad?
-Desde hace meses, sólo que no lo aceptabas.
-Espero que le guste mi carta.
-Mira afuera.

Carlota se asomó por una ventanilla y sonrió de nuevo, el tren pasaba junto a uno de los canales de Venecia y la vista era magnífica.

-¡Marat! Ven a ver - exclamó ella de buen humor y el joven Safin se acercó, poniéndose igual de contento.

Cruceros, barcazas y lanchas empezaban a distinguirse en el agua y pronto se vio la ciudad, con sus domos y picos.

-¡Tenemos que conocer todo! ¡Que bueno que viniste, Marat!

Ricardo no estaba tan feliz. La cercanía de Carlota con Marat lo tenía inquieto desde Mónaco y esa amistad que parecían entablar le era tan ajena que pronto imaginó que de continuar, lo marginarían siempre.

-Daremos un paseo en góndola, iremos a San Marcos, comeremos helados y nos hospedaremos en un lugar muy bonito.
-Primero lleguemos.
-Está muy soleado, Marat.
-Nunca he venido aquí.
-¡Las cúpulas son rojas!
-Te emocionas bastante.
-Oye Marat ¿Cuánto tiempo te quedarás?
-Tengo que regresar a Mónaco pasado mañana.
-Te invito a caminar.
-Está bien, pero no pidas malteadas.
-¿Competencia de helados?
-¡Me voy a enfermar!
-Carlota es campeona de comer helado, tiene un trofeo - Presumió Ricardo y Marat se rió desconcertado.

-Gracias por tu compañía, Marat - susurró Carlota y le tomó de la mano, el tren apenas se introducía en la estación.

miércoles, 11 de enero de 2017

Las noches de Mónaco: The path in the wind (Fin de la serie)


Los Liukin miraron el Palacio Real de lejos. Monaco - Ville era un barrio tan pequeño que ninguno atinaba a descifrar las razones del por qué casi nadie se daba tiempo de conocer todo, tal y como habrían hecho de no tener inconvenientes. La parte más alta del país estaba a unos escalones de distancia y el Boulevard du Jardin Exotique estaba repleto de edificios de departamentos y pequeños locales de souvenirs que vendían caro, además de un tránsito ligeramente pesado. Marat relataba que la gente bajaba hacia Montecarlo, Fontvielle, Larvotto y La Condamine para trabajar y que, salvo algunas callecitas de Le revoires, el norte de Mónaco era habitado por la clase media. Los Liukin notaban apenas el contraste; se hallaban en el vecindario de Moneghetti y parecía una extensión de cualquier barrio opulento de Tell no Tales.

Conforme seguían, más gente hallaban que reconocía a Carlota y la paraban para pedirle autógrafos o una foto, sin ignorar a Marat Safin que atraía a las chicas. Adrien se les pegaba para ahuyentar a las coquetas y los jalaba al frente para recordarles que no tenían mucho tiempo. El parque cerraba temprano.

-Oye Tennant, ¿estás bien? - Recordó Ricardo preguntar mientras reconocía la entrada y la taquilla a unos metros de distancia.
-Sí, mucho mejor.
-Hoy te ves un poco decaído.
-No he dormido.
-Creo que nadie.
-Gracias.
-De nada, Tennant.

El joven Lutz estaba tenso y por un momento deseó que su olfato lo engañara. Se estaba llenando de pánico porque no lograba distinguir de donde provenía lo que lo inquietaba.

-¡Carlota y Marat, terminen ya! - ordenó Ricardo y ambos apresuraron sus garabatos para juntarse con los demás en la entrada del jardín y recibir sus boletos. A esas alturas era muy normal que ambos estuvieran riendo sin razón alguna y caminaban uno junto al otro sin adelantarse o atrasarse entre sí.

-Carlota, tú vienes conmigo - ordenó Ricardo y la tomó de la mano, entrando al jardín.

-¡Vamos a ver cactus Marat! - dijo ella con cierta emoción y su hermano Adrien se pegó a él y a Yuko para que nadie se atreviera a apartarlos. Andreas y Miguel no tenían interés y mejor charlaban con Tennant sobre chicas.

-Señor Safin, quiero agradecerle las atenciones que tuvo con nosotros - señalaba Ricardo - Queremos despedirnos de usted.
-No fue nada.
-Respondió por nosotros en la Comisaría, le debemos ese favor.
-Créame, está bien, lo hice porque ¿usted cree que lo sé? No lo sé, sólo pasó y la verdad yo agradezco que me acompañaran a la recaudación. Estamos a mano.

Carlota apretó más a su padre y comenzó a contemplar algunas flores cuyas placas decían que provenían de África. Ella las conocía bien, algunas florecían en Tell no Tales en verano y en su enredadera crecían orquídeas rojas de vez en cuando.

-Me siento en casa - confesó ella y pronto descubrió una rana en una fuente.

-¡Ay por Dios quiten esa porquería! - gritó, causándole risa a su familia.
-Es un lindo animal - contestó Marat sosteniéndolo con sus manos y aproximándoselo a la cara.
-¡Déjalo en donde lo encontraste!
-Tú lo hallaste, hasta se parece a ti.
-Claro que no ¡quítalo!
-Es inofensivo.
-Esa cosa es del diablo.
-Ja ja ja, ¿qué tiene que ver?
-Ahora imagina como se pone cuando ve un sapo - comentó Andreas socarrón y Marat soltó a la rana en la fuente, procurando que Carlota no la viera más.

-¿Por qué te dan miedo? - quiso saber.
-No lo sé, me causan pesadillas.
-No te creo.
-En serio, ni siquiera las tolero en peluches.

Ricardo abrazó a su hija y le susurró que estaban por entrar a la sección de "Cactáceas de África Austral", pidiéndole que se calmara en añadidura y respirara hondo. A partir de ese momento, el jardín se convertía en un relajante paseo en un estrecho puente de madera que conectaba con pequeños andadores y pabellones con cactáceas de todos tamaños, más las que se hallaban alrededor de ese mismo puente. Los Liukin, sin embargo, aun no podían ver nada hasta llegar justamente al siguiente módulo.

-¿Todo está bien con ustedes, Andreas? - consultó Ricardo.
-Tennant se está retrasando.
-Deténganse todos ¿ahora qué?

Era cierto que Tennant caminaba despacio pero aun no manifestaba su resistencia a adentrarse más.

-Tomé agua, perdón - se excusó.
-¿Te sientes enfermo?
-Descuide, señor Liukin, sólo tengo sueño.
-Controla esos bostezos.
-Sí, perdón - concluyó Tennant, retomando el camino e ignorando el susurro de Miguel de que podía ayudarlo. Entre más se aproximaban al primer módulo del jardín, el olor más alertaba al joven Lutz y sudaba frío mientras la mirada se le extraviaba. Quería correr pero el cuerpo sólo le respondía para ir hacia adelante.

-Tennant - se oyó en un murmuro y éste se apresuró en alcanzar en Miguel hasta el primer pabellón.

-¿Cuándo veré un cactus? - consultaba Adrien antes de callar y percatarse de una sombra detrás de Tennant que parecía a punto de tomarlo por la cintura.

-Papá, tenemos un problema - dijo.
-¿Otro?
-Atrás de ti.

Los Liukin voltearon y contemplaron a un chico abrazar a Tennant para después colocársele enfrente y besarle los labios.

-No se preocupen, los Liukin somos gay friendly - dijo Andreas incómodo cuando el desconocido le guiñó un ojo.
-Tennant, ven aquí - ordenó Ricardo y el chico se le aproximó con la cabeza baja y el rostro alterado.

-¿Quién es? - preguntó Miguel adoptando una posición protectora.
-Veo que no me conocen, juraría que Tennant olvidó mencionarme.

Marat entonces contempló al joven Lutz, advirtiendo que éste intentaba no perder el carácter.

-Soy Stendhal, vine a ver a Tennant.
-Entendemos pero estamos en un paseo familiar.
-Lo siento, señor Liukin.
-Si gusta hablar con él, será más tarde.
-Seré paciente.... ¡Te amo Tennant!

Todos abrieron la boca con sorpresa.

-Qué directo - reaccionó Marat.
-¿No cree que es inoportuno, Stendhal? - continuó el señor Liukin - Podría esperar a que salgamos y luego aclarar lo que guste.
-Tennant es quien debe decidirlo ¿no cree?

Pero el joven Lutz giró sobre sí, intentando recordar lo que había pasado en París.

-Vete Stendhal - musitó y el otro sonrió incrédulo.

-Que te vayas.
-No es en serio.
-Sal de aquí.
-No.
-Si me amas, vete.

Tennant nunca había sonado tan suplicante.

-Yo te necesito.
-No te me acerques Stendhal y no hagas una escena.
-Tú no quieres que me dé la vuelta.
-Es lo mínimo que podrías hacer, estás molestando a las damas.
-¿Esa idiota de China y Carlotita tonta?
-¡Basta, lárguese! - gritó Ricardo.
-¿Qué pasa, Tennant? ¿No puedes defenderte solo? ¿Eres ese cachorrito con el que pasé la noche?
-Suficiente, llamaré a seguridad.
-¡No se meta, Liukin!
-¡Me meto desde que ofende a mi hija!
-Siempre me he preguntado por qué Carlotita tontita es el centro de atención y ahora lo entiendo.
-¡Cállese ya!
-¿Ella les duele, verdad?
-No voy a contenerme.
-¿Qué te hace especial, Carlota? Me tienes celoso por Tennant.
-¡Carlota, adelántate! - gritó Ricardo y la chica sostuvo a Adrien mientras Yuko los cubría.

-¡Fuera de aquí o no respondemos! - amenazó Ricardo.
-Los hombres Liukin se toman en serio su papel. Oye Tennant ¿te adoptaron o qué?
-Puedes meterte conmigo, con Carlota ni con el pensamiento - le respondió el aludido.
-Eso quería escuchar.

Stendhal se descompuso en aquél instante y llenándose de ira, golpeó a Tennant en el pómulo derecho, llevándolo al piso.

-¡La odio, la odio, la odio! - exclamó el enloquecido Stendhal y con tal de llegar donde Carlota, se abalanzó sobre Andreas y Miguel. Por defenderlos, Ricardo se lanzó a atacarlo frontalmente pero fue derribado y Stendhal esquivó a Marat, entrando al pabellón.

Carlota y Adrien corrían sin detenerse mientras Yuko le pedía a los encargados de seguridad que fueran a la entrada a controlar a un desquiciado. Los gritos de los Liukin se percibían por todos lados, Stendhal dio alcance a la mujer y la aventó a un cactus nutrido de espinas. El obstáculo que restaba era Adrien y este determinó enfrentar al otro para ganar tiempo.

-¡Corre Carlota! - gritó y justo Stendhal estaba por pasarlo cuando se le ocurrió aventarle un pescado de plástico como proyectil directo a los ojos. El otro respondió sacándolo del pabellón y arrojándolo por el puente aunque el niño se sostuvo y como pudo se puso a salvo.

-¡Carlota! - vociferó Stendhal y la joven no miró atrás. A ella le parecía absurdo que el desconocido deseara herirla y no se quiso imaginar que había hecho Tennant para enfadarlo así. Al llegar a otro pabellón lleno de turistas, él le sujetó de la blusa, rompiéndola.

-¡Suéltame!
-¡Te odio!
-¡Me estás lastimando!

Stendhal estaba por atizarle un derechazo a Carlota cuando un golpe seco de ella le fracturó la nariz. Lleno de rabia, él le devolvió el empellón y pretendió apuñalarla. Stendhal consideraba una afrenta que alguien le tocara y si podía darle una lección a Tennant y a los Liukin era momento de hacerlo.

-Te odio, Carlota.

La joven Liukin temblaba de miedo y se defendía con sus delgadas manos, sobrepasada por la rapidez de Stendhal que, al decidir en que lugar clavaría su navaja fue sorprendido por un poderoso puñetazo con el que le sangró la boca.

-¡Marat! - gritó Carlota al incorporarse y ver a aquél golpeando sin tregua a Stendhal, hasta dejarlo casi inconsciente.

-Carlota, toma mi suéter.

La chica cobró sentido de que estaba expuesta y se cubrió enseguida. Llena de vergüenza, se echó a correr cuando Marat se distrajo.

-¡Adrien!
-Anda, que Marat sabe pelear.
-¿Todos están bien?
-Ya vienen así que creo que sí.
-Su amiga viene adolorida.
-Le ayudaré con las espinas.
-¿Qué vamos a hacer con este idiota?
-Que lo decida Tennant.

Ricardo, Miguel y Andreas miraron impresionados la escena y Tennant se llevó las manos a la cabeza.

-¡Nadie lo puede tocar!
-¿Qué?
-¡Stendhal no es normal!
-¿Qué dices?
-Marat, este imbécil pertenece al Gobierno Mundial.
-No trae insignias.
-¡Si se entera de que eres ruso te va a usar de advertencia!
-¿Qué tan importante es este tipo?

Tennant susurró al oído de Marat y este comenzó a dar pasos hacia afuera.

-¿Dónde fue Carlota? - notó Yuko
-¡Carlota, Carlota! - llamaron todos y abandonaron el jardín velozmente, seguros de que ella había decidido perderse, tal y como hacía en Tell no Tales.

Marat Safin sin embargo, decidió no ir al mirador del barrio de Saint Michel ni a Roquebrune, en donde los demás suponían que la jovencita se hallaba. Subiendo hasta el borde de un acantilado, imaginó que Carlota estaba en una diminuta pradera de Moneghetti por la que rara vez pasaba alguien, el pasto y la tierra eran resbalosos y la inclinación era de tomar en cuenta.

El viento comenzó a soplar en Mónaco con un poco de violencia y Marat caminó despacio en cuanto vio a Carlota llorando entre las flores y un árbol. El suéter le quedaba tan grande que parecía un vestido.

-Carlota....
-¡Marat! ¿te lastimó? ¿Cómo te sientes?
-Pregúntale al otro, yo gané.
-Gracias.

Carlota se echó en brazos de Marat.

-Tu padre está preocupado.
-¿No le hicieron daño?
-Nada.
-Temí que ....
-Ya pasó.
-¡Me sangró la nariz, me duele mucho!
-Estarás bien ¿todavía respiras?
-Sí.
-Al menos no te la destrozó.
-¡Tennant no me gusta ni nada!
-No fue por él.
-¿Fue por mí?
-Quiso molestarlos contigo, creyó que tú les dolerías más.
-¿Por qué?
-Porque ese tal Stendhal es un prepotente, nadie le ponía un alto.
-No le hicimos nada.
-Él no necesitaba motivos.
-¡Gracias Marat!

Carlota besó a Marat en la mejilla y no lo soltó en mucho tiempo, como si envolverse en sus brazos le hiciera sentir segura. Él no se sentía capaz de despedirla y le permitió tranquilizarse mientras una esencia de violetas comenzaba a hipnotizarlo.

-Tu perfume es ...
-No uso, Marat.
-Hueles a flores.
-Ha de ser mi shampoo.
-Ja, ja, tu cabello huele a cereza.
-Esto es curioso.

Ambos se soltaron y se levantaron pero el viento sopló más fuerte y desde el norte, sin advertencia, una lluvia de hojas y flores rosas comenzó en Mónaco, cubriendo la padrera en primer lugar.

-Marat ¡se parecen a las flores de los cerezos!
-¿Cerezos?
-¡Le dije a Yuko que no sólo se dan en Japón! Toma una, son hermosas.
-Mejor observa el cielo.

Un color rosa, algo intenso, comenzó a verse en todo Mónaco y la lluvia de flores cubrió las calles y el mar, impresionando a propios y extraños que tomaban fotos por lo inusual del suceso.

-Qué hermoso.
-No veo mis pies.
-Tampoco los míos.
-Carlota ¿quieres un ramo?
-Juntemos flores.

Carlota y Marat levantaban ramitos cuando la fragancia de violetas envolvió a los dos y los acercó cara a cara.

La sensación de embriaguez que siempre acompañó a las mujeres Liukin en momentos similares, traicionó a Carlota. Y es que se trataba de una embriaguez que despojaba a su dueña de la voluntad y la convertía en presa fácil de una sensibilidad extrema en la piel.

Carlota perdió la noción del tiempo, de sus pensamientos y de sus nervios, sólo reconocía a Marat frente a sí y a las flores que no paraban de tocarlos al caer.

El viento se percibió por última vez y ella cerró los ojos. Marat, hipnotizado, se le aproximó un poco más. Les bastó un roce de manos.

sábado, 7 de enero de 2017

Las noches de Mónaco: Vamos a conocernos.


¡Feliz Navidad Ortodoxa!

El amanecer iniciaba en Mónaco y Marat Safin caminaba por la playa sin más pretensiones que la de pensar. Iba solo, callado, tan absorto en sí que no atendía los primeros rayos de sol al detenerse para mojar su pies. Bérenice acaparaba su mente e imaginaba recorriendo con los dedos su espalda y sus labios. Contrario a lo que se podía suponer, aquella no era una fantasía nostálgica ni lujuriosa; era una llamada de atención personal de que más valía tener claro que ella lo había abandonado y de una manera un tanto humillante si era honesto. No es pertinente contar la historia, Marat mismo omitía los detalles y hacerse mala sangre con Matt Rostov era lo más estúpido que había hecho. En el espejo los sentimientos suelen durar bastante más tiempo; el amor se agota tan despacio que Marat se había librado sin darse cuenta y justo se hallaba allí para aceptarlo en calma.

Él pasó parte de la madrugada en casa de Anna, terminando con ella definitivamente. Recordaba que después había ido a su apartamento por una ducha y Adrien Liukin le había llamado para invitarlo a pasear en Monaco-Ville y pasar al Jardín Exótico, aceptando en el acto. Eso último le confortaba porque no tenía que lidiar con los Safin, mismos que desde las cuatro lo molestaban queriendo saber que le pasaba por la cabeza. Y de vuelta al asunto de Anna, lo cierto era que Carlota Liukin le había infundido el valor; durante la cena había tenido el detalle de aconsejarle no dar ilusiones. Claro, era una recomendación inocente, ella había tenido una buena intención; él quería agradecerle de todas formas.

Al dar las nueve, Marat se colocó sus sandalias y caminó hasta el hotel Métropole, enterándose por un reflejo que Mikhail Safin lo seguía. Optando por ignorarlo, saludó como si nada a Tennant Lutz y Andreas Liukin.

-¿Han visto a Carlota?
-¿A ti te gusta mi hermana? - se burló Andreas.
-Otro más ¡que no!
-Adrien lo anda diciendo.
-¿Por qué le haces caso?
-Porque es un niño raro.
-Toda tu familia es rara.
-Lo que pasa es que nadie nos veía pelear.
-Adrien me dijo que irán por licor de granada.
-Ese enano es un chismoso.
-Sé dónde conseguirlo.
-¿En serio? - preguntó un irónico Tennant Lutz.
-En la parte vieja de la ciudad hay una o dos calles peatonales en las que vive gente común y corriente.
-Qué novedoso.
-Tennant, hay una puerta verde de madera en la que hay que preguntar, pasaremos por allí.

Marat percibía la hostilidad de Tennant pero no le prestaba atención y mejor se dedicaba a bromear con Andreas sobre el casino, contándose mutuamente las farras. En ese punto, el mismo Tenant se preguntaba por qué sentía envidia y Marat parecía el blanco perfecto de un puñetazo, no obstante, cada que le daban ganas de concretarlo, se acordaba de que aquél había pagado su multa y Carlota intentaba retribuirlo como podía.

-Te debo una, Marat - pronunció Tennant resignado y se cruzó de brazos hasta que Ricardo Liukin apareció con Yuko y Adrien, que se rehusaba a dejarla ir y se aferraba a su cintura.

-Se nota que el enano es hombre - comentó Andreas y Marat y Tennant rieron con él.

-Carlota viene en un momento, está haciendo un drama porque se le cayó un broche del pelo - dijo el niño, que enseguida se echó en brazos de Marat.

-Eres el primer novio de Carlota que me parece un buen tipo ¿cuando le vas a regalar a flores?
-Tu hermanita es muy pequeña.
-¡Pero te gusta!
-¡No!
-¿A Carlota le gustarás igual? Si le compras violetas, será tuya hermano.
-No, no, a Carlota la respeto mucho.
-No te quejes si Tennant te la gana.

Marat y Tennant se miraron en suspenso, incómodos por la impertinencia de Adrien, a quien Ricardo, discreto, comenzó a reprender. En realidad, Carlota se había retrasado un poco a causa de un mensaje que había recibido desde París pero después de un breve instante, se le vio salir hacia la escalinata con el semblante serio.

-¿Todo bien, Carlota?
-Era la mamá de Joubert, llamó para avisar que todo está igual.
-Lo siento pero ¿cómo supo que nos hospedamos aquí?
-Supongo que por la prensa de ayer.
-Puede ser.

Marat y Tennant continuaban mudos, al grado de que, al mirar a Carlota, ambos abrieron ligeramente la boca. No era por su cabello recogido con dos rizos sueltos para enmarcar su rostro, no era su atuendo de shorts y una playera de manga larga amarilla y claro, tampoco eran sus tenis de bota ni su bolso clutch.

-Más tarde te dejaré llamar a París.
-Gracias, papá.
-Bueno, saluda al sañor Safin que amablemente fue invitado por tu hermano Adrien a nuestra excursión.
-¡Marat!

Carlota estrechó a Marat por saludo y Adrien los apretó a los dos.

-¡Abracémonos los tres! Amo a mi cuñado nuevo.

Carlota soltó a Marat inmediatamente y miró a su hermano como si no le hiciera gracia, apretándolo en venganza cuando aquél retornó a su fingido autismo.

-Dejense de tonterías y compórtense - señaló Ricardo y Carlota se percató de que se hallaba junto a Marat todavía.

-Quiero que por una vez tomemos un pacífico paseo sin gritos, tirones de cabello, golpes a discreción o recriminaciones, no tienen cinco años - exhortó Ricardo, pero conociendo a sus hijos, advirtió:

-A la primera falta de respeto se quedan sin dinero por tres meses más, nada de chocolates ni clases de snowboard y confisco patines ¿quedó claro?

Los tres chicos Liukin asentaron enseguida y Tennant fue el designado para vigilar a Andreas. En ese momento, Adrien volvió a sujetar a Yuko y comenzó a ir con ella, obligando a los demás a caminar.

En Mónaco la gente no acostumbraba ir a pie y quizás esa diferencia volvía únicos a los Liukin ante los ojos de Marat, sobretodo cuando Ricardo decía que en Tell no Tales la gente vivía para recorrerlo todo con un par de zapatos.

-Es un país más grande, nosotros deberíamos ser los esclavos del semáforo.
-Conocí muy poco, así que no lo sé.
-Señor Safin, usted ya sabe como es Tell no Tales, sólo que no lo ha notado.

Marat se sorprendió un poco por la respuesta y continuó dando pasos hasta el cercano barrio de Monaco-Ville, la parte más vieja del principado y quizás la más bonita, la más clasemediera a momentos. A los Liukin les habían recomendado ir a la Rue Basse y como su tiempo era escaso, únicamente preguntaron a Marat cómo llegar. La Rue Basse era estrecha y por la hora, poco transitada. Era un sitio más de almuerzo que de desayuno pero no pintaba mal y justo al pasar por la pizzería "La tavernetta", encontraron que había una pequeña casa junto, en dónde vivían unos musulmanes ilegales que vendían el dichoso licor de granada sobre una gastada mesa de madera. La mujer que atendía reconoció a Marat y claro, la puerta verde estaba abierta.

-15€ para ti - le anunció y los Liukin lo miraron interrogantes.
-Es para un amigo... ¿Tennant, no estabas interesado?

Tennant se reía burlonamente y se aproximó a la vendedora para pedirle que le permitiera "sentir" el espíritu del licor.

-¡Prueben todos! - declaró la muchacha, extendiendo pequeños vasitos a los Liukin.

-Huele bien, es fuerte, me impresiona el destilado del alcohol, buen balance con el azúcar de caña, la cáscara de naranja y la canela, ¿tiene cardamomo?
-¡Ya entendimos cerebrito! ¿te gustó o no? - gritó Adrien.
-Es noqueador.

Ante tal definición, los Liukin se miraron mutuamente y con excepción lógica de Adrien, lo probaron de golpe.

-¡Quema, quema! - gritó Carlota.
-Tienen prohibido beberlo - declaró Ricardo cuando Tennant extendió un billete y le cubrieron la botella con una bolsa oscura.

-Es una sorpresa verte, Marat - continuó la vendedora.
-Vine con unos amigos a desayunar.
-¿Desayunar? Ese no es problema, mi hermano Yousef trabaja en "Le petit bar".
-Preguntaré por él.

Marat se despidió de la chica y los Liukin lo imitaron, seguros de que se habían enterado de algo que no querían pero no iban a profundizar. Por supuesto, el joven Safin conocía "Le petit bar" y advirtió que la carta era pequeña, además de la dificultad de hallar una mesa. A los Liukin les daba igual, mejor le contaban a Marat las proezas de comer en Tell no Tales.

-¿Todos van a los restaurantes?
-Tres veces al día - aseveró Carlota.
-¿Ustedes también?
-Nos veían raro por tener cocina en casa.
-Es muy extraño.
-Yo iba al local de una amiga por la noche.
-Las filas de restaurante están en nuestro ADN - bromeó Ricardo y recorrieron la calle brevemente hasta dar con un edificio pequeño de cantera, con mesitas en el exterior y un enorme toldo que daba la impresión de cubrirlo todo. El sitio estaba lleno como siempre, la calle no.

-Bonjour, lamentamos hacerlos esperar, bienvenidos a "Le petit bar".
-¿Podría atendernos Yousef? - dijo Marat.
Ma per questo! Un minuto, per favore.

El hostess se retiró un momento.

-¿Qué dijo? - preguntó Carlota.
-Que "por supuesto" y que le demos un minuto"; en Mónaco mezclan italiano con francés.
-¿Sabes italiano?
-Nada pero de tanto vivir aquí aprendí algunas expresiones.
-También sabes español.
-Sí, viví en Valencia ocho años ¿cómo lo sabes? ¿Me escuchaste?

Carlota bajó la voz y comenzó a charlar en perfecto español ibérico:

-Leíste el letrero de un bar que abre en la noche.
-¿Me entiendes entonces?
-Demasiado, no lo digáis, nadie sabe.

Carlota y Marat rieron apenas, siendo interrumpidos por el hostess, que les asignaba una mesa junto a una ventana y se apresuraba en dejarles la carta.

-¿Alguna recomendación, Marat? - consultó Ricardo.
-La entrada de tapas es muy buena y el risotto de remolacha.
-Pediremos eso.
-Sugeriría la carne tártara con un tinto Chateau Montus Cuvée '96 de Madiran - intervino Tennant, sorprendiendo a Marat.
-Nunca he comido carne tártara aquí ¿Cómo sabes que es buena?
-Tengo un olfato original.
-Y eliges el vino porque eres un experto ¿verdad?
-No, ese también me lo indica la nariz.

Marat miró a Tennant fascinado por sus respuestas y mucho más cuando éste último ayudó a Adrien a elegir una hamburguesa para acompañar con agua de rosas. Cuando el mesero tomó la orden, el mismo joven Lutz le indicó como servir cada plato y bebida de forma tan educada que daban ganas de aprender modales.

-Gracias Tennant - dijo Carlota y aguardó con paciencia la llegada de los platillos, platicando con su familia de un disco de jazz que acababa de escuchar. Los Liukin jamás hablaban de sí mismos en la mesa y no tardaron en preguntarle a Marat sobre alguna exposición o curiosidad que hubiese visto, resaltando una vieja anécdota de una serpiente entre sus cosas durante un torneo en Australia.

-¡Qué horror! - exclamó Carlota.
-¿Por qué?
-¿Era venenosa?
-Sí, tuve que llamar al Centro de Control de Animales y me pusieron antídoto, la pasé mal.
-¿Estabas jugando?
-En una práctica del Torneo de Melbourne.
-¿Tienes la cicatriz?
-En el hombro, mira.
-No es necesario, señor Safin - pronunció Ricardo - Le creemos.
-¿Y ese tatuaje? - siguió Tennant.
-El símbolo chino del mono.
-Ese no, el que tienes en el otro brazo, abajo de un ojo.
-Es nada.

Marat no ocultó su desconcierto y se colocó su suéter verde de nuevo, reprochándose por querer mostrar la cicatriz descuidando un detalle inapropiado.

-Disculpe, señor Safin, no queríamos inportunarlo - se excusó Ricardo.
-Nada de eso, es mi camiseta, es muy traicionera.
-Suele ocurrir, ojalá no lo evidencie otra vez.
-No volveré a preguntar, perdón - señaló Tennant y Marat aceptó su palabra rápidamente.

Al percatarse de que su reflejo se distinguía bien en la ventana, Marat se juró ocultar el tatuaje a quienes se interesaran en él. No era un secreto que lo tenía, al menos que él decidiera relatar su significado.