jueves, 3 de agosto de 2017

El descanso en Burano: Strani Amore


En Burano había una exposición de esculturas de cristal en la Piazza Baldassare Galuppi y Carlota y Marat la contemplaban durante un descanso de su paseo. Habían tomado demasiadas fotos, varias fachadas les habían atraído y resistían ir la "Casa di Bepi", una de las atracciones principales a cambio de comer gelatti y no abandonar la banca en la sombra que habían obtenido luego de esperar bajo el rayo del sol mientras los excursionistas iban dejando la isla para seguir uno de esos terribles tours en los que apenas se puede ver algo. Burano se llenaba y vaciaba cada cuarenta minutos al mismo tiempo y los guías aseguraban que Murano estaba peor sin pudor alguno cuando se reunían frente al Museo di Merletto, en donde siempre había programadas visitas para grupos escolares que jamás llegaban a tiempo.

-No salgas en viernes - aconsejó Marat a Carlota y ella asentó risueña, procurando pensar que en algún momento la isla estaría desierta y nadie volvería a plasmarle un lienzo en el vestido.

-No sé tú pero estoy mareado.
-¿Estás bien?
-Es por la pintura.
-Se te pasará pronto.
-¿Tu gelatto sabe rico?
-Te dije que el de menta era el bueno.
-No me repongo del de catsup que te comiste.
-Estaba muy dulce.
-No mejor que el mío.
-Me voy a casar con tu helado de chocolate.
-Se dice gelatto.
-Como sea.
-Es para que te vayas acostumbrando al italiano.
-Se parece al español.
-Pero no te servirá de mucho.
-Tienes razón.
-¿Ya te dijeron a qué escuela vas a ir?
-A ninguna de Cannaregio.
-¿Y dónde vas a entrenar?
-No tengo lugar.
-¿Vas a buscar?
-Encontré un sitio en Lido.
-Qué bien
-300€ la hora.
-No está tan bien.
-Dicen que en San Marco hay otra pista.
-¿Quieres buscarla?
-Me muero de ganas.
-Suerte.
-Gracias Marat.
-¿Estás bien?
-¿Por qué?
-Te ves acalorada.
-Me habían dicho que Italia era muy soleada.
-Tienes las mejillas rojas.
-¡Me parezco a Heidi otra vez!
-¿Heidi?

Marat soltó la carcajada y acabó con su gelatto, sin saber exactamente qué le causaba gracia ni por qué Carlota se preocupaba en cubrir sus mejillas con más maquillaje.

-Asunto arreglado, me chocan las chapitas.
-¿Qué dices?
-Parecía que me habían aventado un jitomate.
-Te veías bien y conozco a muchas chicas en Rusia que no comprarían rubor si fueran como tú.
-Podrían venir aquí, tal vez les salgan colores que no sabían que tenían ¿Qué estoy diciendo?
-No tengo idea.
-No sé que me pasa, digo muchas tonterías cuando me deshidrato.
-¿Quieres agua?
-Dos vasos por favor.
-¿Mineral o de grifo?
-Qué asco, no puedo con estas bromas.
-Necesitamos más sombra.
-Eso es seguro.
-¿Dónde quieres ir?
-La iglesia.
-¿Qué?
-¿Ya viste? El campanario está inclinado.
-Oye, qué curioso ¡No me había dado cuenta!
-No hay que salir de la plaza siquiera.
-¿Estará vacía?
-Vamos.

Carlota se levantó y Marat caminó con ella hasta el templo de San Martino Vescovo, un edificio renacentista de ladrillo rojo cuya entrada de madera estaba despejada y al interior mostraba un piso de mosaico. Al fondo se hallaba un altar muy sencillo y varios cuadros decoraban las paredes; la nave principal era muy austera y el órgano quedaba a espaldas de los feligreses.

-Qué bonito - suspiró Carlota y tomó un lugar cercano a la puerta, con la intención de no inhibir al ensamble que ensayaba para un concierto próximo. El cartel que lo anunciaba estaba pegado en la plaza y se celebraría el domingo luego del oficio del mediodía, dando la posibilidad de que los Liukin asistieran.

-¿Podremos subir al campanario?
-Parece que por seguridad no nos dejarían.
-Bueno, le tomaremos fotos desde afuera.
-Carlota ¿puedo preguntarte algo?
-Sí.
-¿Por qué siempre quieres hablar conmigo?
-No entiendo tu pregunta.
-Si no es lo de la cafetería es lo del casino o es Trankov.
-¿Trankov?
-No se me ha olvidado lo que me dijiste.
-¿Tienes más curiosidad?
-Ah mmmm.... No.
-No te creo.
-Carlota, en serio, eso no me incumbe.
-¿Por qué sacaste el tema?
-Sólo por decir algo.
-Marat, somos amigos ¿cierto?
-Sí, confía en mí, no diré que te derretías de amor en el Métropole.
-¡No! Ja ja ja.
-Te volviste a poner roja.
-¡Eres terrible!
-¿No lloras por él?
-No lo he hecho en tres o cuatro días.
-¿Por qué te sigues riendo?
-Porque me es chistoso, no había pensado en Sergei.

Carlota miró al frente y Marat se encogió de hombros, perdiendo interés en el tema.

-Este lugar es tan tranquilo - mencionó Carlota de súbito.
-Al fin pudimos ver una iglesia.
-También vimos San Geremia.
-Porque está cerca del hotel Florida y tu familia tiene la costumbre de ir diario a misa.
-Todos lo hacen en mi país.
-No lo noté.
-Marat ¿qué hiciste en Tell no Tales?
-Ya te dije, fui al torneo de tenis.
-¿Nada más?
-Al principio sí pero luego me topé con mi ex novia y pasé con ella una semana entera.
-Rayos.
-¿Puedo confiar en ti?
-Tú sabes lo de Trankov, no te puedo traicionar.
-La información es poder.
-Igual te guardo cualquier secreto.
-No fui a la boda de mi ex novia
-Marat...
-Le dije que somos amigos pero me ha dado por no sentir nada.
-¿Deveras?
-Cuando la vi recordé mi primer beso, mi primera cita, el primer regalo que le di a una chica y mi primera pelea por ella.
-¿Fue tu primer amor?
-Carlota ¿has tenido algo de eso?
-La cita es seguro, mi beso fue a los doce años, regalé una insignia bordada y ya tuve unos golpes por un hombre.
-¿Por qué pasó eso?
-¿Los golpes? No lo sé, una mujer besó a Sergei, me puse celosa, me le aventé y huí de la policía en mi cumpleaños.
-¿En el último?
-Hace un mes y algo.
-Mataría por ver eso.
-Puedes pedirle el video a Andreas.
-Lo haré.
-Es lo más tonto que he hecho.
-¿Te castigaron?
-Me enfadé con mi padre.
-¿Por qué?
-Creyó que yo había hecho algo malo.
-Una pelea a golpes es todo un crimen.
-Pero no se refería a eso.
-¿Entonces a qué?
-Nada me pasó pero no me creyó.

Marat no preguntó más y sólo vio a Carlota soltar su cabello y quejarse por los zapatos.

-Voy a terminar en tenis, es muy incómodo andar por aquí.
-Te acostumbrarás.
-Para ti es fácil decirlo.
-En Tell no Tales me lastimaba con los adoquines.
-Es súper fácil caminar, es como si te dieran masaje.
-Carlota ¿nunca has pisado suelo plano?
-No, nunca.
-Es muy extraño.
-¿En serio?
-¿Ni en París?
-Marat ¿nunca pisaste suelo adoquinado?

Él negó y ambos cayeron en cuenta de que charlaban sobre una estupidez. No se agotaban los temas de conversación pero Burano los había desilusionado un poco.

-Le prometí a Adrien que lo llevaría a pescar.
-¿Cumplirás?
-Mañana temprano.
-Será interesante verte, los acompaño.
-Eso si tu hermano no pone peros.
-No le agrado mucho.
-A ninguno de los dos.
-Andreas me debe varios favores.
-Eso explica todo.
-Bueno Marat ¿a dónde vamos?
-De regreso si quieres.
-Mis hermanos asaltaron la piscina.
-¿No los vas a acompañar?
-Luego, prefiero ir por ahí.
-Sigamos.

Ambos se levantaron y se retiraron en silencio, irónicamente satisfechos de haber visitado esa iglesia y poder fotografiarla sin esos molestos visitantes que en Venecia arruinaban las postales. Aun daba tiempo de recorrer algo y ambos decidieron ir a Via Giudecca, una calle larga por la que corría un estrecho canal en el que se estacionaban infinidad de lanchas y por el que se cruzaba en puentes más o menos alejados entre sí. En la Via Giudecca las casas presentaban una mayor amalgama de colores y negocios, paseaba más gente y en general, se respiraba un ambiente más festivo, con músicos que volvían amenas las comidas en los restaurantes. Ni Carlota ni Marat planeaban entrar a lugar alguno cuando, en una coincidencia dolorosa, un mesero perseguía a dos clientes por hacer escándalo y no pagar en la Trattoria al Gato Nero, sin fijarse en quiénes pasaban frente a la puerta. Carlota acabó en el suelo pero Marat recibió un fuerte golpe entre el rostro, evitado caer al agua al estrellarse contra las contenciones.

-¿Estás bien, Marat?
-Me va a salir un moretón.
-Necesitas al médico.
-Dame un minuto, Carlota.... Tu bolso cayó al agua.
-Parece maldición, también me pasó en París.
-Tengo tu celular.
-Llamaré a papá.
-No fue nada.

Pero Carlota se incorporó muy molesta y enfrentó a las tres personas que también intentaban reponerse del choque.

-¿Nadie les ha dicho que son unos brutos? ¿Por qué no se fijan?
-No creo que te entiendan.
-¡Cualquiera entiende cuando le llaman idiota!
-Carlota, cálmate, estoy bien.
-¿En qué estaban pensando?

Parecía que la joven Liukin en cualquier momento repartiría manotazos y entonces salió del establecimiento una mujer muy apenada, que enseguida colocó una bolsa de hielo en el rostro de Marat.

-Ma ché cadute! State bene?
-Per questo ma la signorina sta un po nervosa.

Marat y aquella mujer conversaron un poco más mientras el mesero se las arreglaba para que los comensales no intentaran escapar y Carlota a su vez trataba de obtener una disculpa infructuosamente.

-Déjalo ya, nos permitirán entrar un momento a descansar - señaló Marat y la chica lo siguió para no enfadarse más. Poco después ambos se situaron en unas sillas cercanas a la entrada y les sirvieron algo de sangría, dubitativos sobre tomarla. Poco después, otro empleado llegó con la noticia de que había recuperado el bolso de Carlota y lo devolvió, aliviándose ella de que el interior se mantuviera seco.

-Llevamos cinco horas en Burano y compite por estar peor que en Venecia.
-Ahora no te arrojé a un canal.
-Te va a quedar una cara de ciruela seca.
-Ja ja ja, se quitará pronto.
-Marat ¿atraemos la mala suerte?
-Este viaje es un fiasco.

Los dos carcajearon mucho y pronto escucharon un "sono miei invitati" de parte de la mujer así como indicaciones de darles una mesa pequeña junto a la ventana; intrigados ambos siguieron a un tercer mesero y pronto les obsequiaron una nueva sangría.

-¿Qué está pasando, Marat?
-Creo que nos invitan a comer.
-¿Por qué?
-Por lo que pasó afuera.
-Qué bueno que traje dinero.
-Parece que aceptan tarjeta.
-¿Tienes sed?
-Yo sirvo.

Carlota y Marat brindaban con su bebida, preguntándose qué intenciones ocultas había en tanta consideración, percatándose de una gran fila para entrar al local y del hostess que revisaba las reservaciones y asignaba lugares a quienes no contaban con una. El consejo de Geronimo de no ir a un sitio con esas características se había ido con el accidente pero en lugar de arrepentirse aguardaron por una entrada de calamares fritos y recibieron también un risotto alla buranella que no era más que una versión del risotto di gò que les habían recomendado.

-¡El risotto es bueno! - dijo Carlota y Marat lo probó para no dejarla atrás. Ambos parecían encantados con el plato y sentían que estaban prácticamente enamorados del lugar.

-Un rombo al forno per cortesia della casa - les anunciaron poco después y se admiraron de tener estómago para degustar ese enorme pescado con guarnición de papas, tomate y aceitunas negras; luego Marat recibió una copa de vino y Carlota una pequeña compota de fresa.

-¡Marat voy a subir de peso por tu culpa!
-¡Te las pasas comiendo!
-Tú siempre provocas que nos hagan masticar cosas.
-Eso es verdad.
-Los calamares son un sueño.
-¿Puedo probar tu postre?
-Adelante.
-Se va a hacer tarde.
-Lo sé.
-Mira afuera.
-¿Qué están haciendo?
-Jugando el hula hula.
-Se ve chistoso.

En la orilla opuesta, un grupo de chicos intentaban llamar la atención sobre un evento por la noche el sábado y detrás de ellos venía un solitario Tennant que estaba de compras. Fácil era deducir que buscaba algún licor local y toparse a Carlota y Marat para hacerles compañía.

-Le gustas mucho a Tennant - dijo Marat mientras intentaba esconderse detrás de una cortina.
-Él no me agrada.
-Se nota.
-No sé cuántas veces tendré que decirle que no.
-Insistirá.
-Mi padre lo corre primero.
-¿De dónde lo conoces?
-De Jamal, fuimos en diciembre de vacaciones.
-¿Y se les pegó?
-Eso fue en Hammersmith, en junio.
-¿Por qué?
-Nos encontró en el aeropuerto.
-No es tu amigo.
-Me ayudó un par de veces.
-También le debes algo.
-En realidad nada.
-Puedo saber la razón.
-Contó cosas que no le importaban.
-Ahora entiendo por qué no te cae bien.

Marat continuó degustando el postre de Carlota y pronto supo que Tennant tenía la certeza de que estaban dentro de la Trattoria.

-Ya nos descubrió.
-No me digas.
-Es por esa nariz que tiene, ya conoce tu perfume.
-No uso.
-No te creo, todo el tiempo hueles a violetas.
-Ha de ser mi shampoo.
-¿Vamos con él?
-No será amable dejarlo solo.
-Averiguaré si hay que pagar una cuenta, espérame.
-Me avisas, por favor.

Carlota se terminó el postre y miró a Tennant por la ventana, quien le sonrió de sólo asomarse aunque ella optó por no corresponder al gesto y atendió la charla de Marat con la gerente, que parecía muy apenada aun con lo sucedido e insistía con su invitación. La joven Liukin no entendía gran cosa pero intuyó que aquél golpe de suerte era por su acompañante, quien no tomaba en cuenta los coqueteos y detalles para no inhibirse o asustarse.

-Podemos irnos - señaló Marat luego de un rato y Carlota tomó su bolso con cuidado, procurando ser lo más sincera posible en sus agradecimientos, notando que la llamaban sorella y a Marat fratello. De no haberlo oído antes, habría pasado por alto la conveniencia de tales palabras (en Italia pensaban que ellos eran hermanos) y se marchó cuando la mujer obtuvo una cita. Si el lector conoce bien a Carlota Liukin, no le hace falta intuir cómo había conprendido esto último.

-La comida fue muy buena.
-Pensaría lo mismo si me hubieran golpeado el rostro.
-Fue un accidente.
-Empiezo a creer que no lo fue.
-¿Por qué?
-¿Te invitan a comer justo después de verte la cara?
-¿Qué?
-En buen sentido.... Si Tennant no hiciera lo mismo creería otra cosa.
-No lo notaste antes, qué casualidad.
-¿Qué insinúas?
-Nada pero pudiste negarte.
-No me di cuenta.
-¿Estás enojada por algo?
-La próxima vez puedes decir que no necesitan quedar bien contigo para que vayan por un trago.

Carlota se cruzó de brazos y se dirigió a un puente de madera que la llevaba a la Calle Giminella donde le aguardaba Tennant para ir al hotel. Marat no se atrevía a pronunciar palabra y notó que ella caminaba varios pasos delante, como si quisiera calmarse por algo. Tennant alcanzó a susurrar que Carlota de repente era posesiva con sus amigos y en un rato se le pasaría el mal genio, causando que ella retrocediera para dedicarle una mirada fulminante y arrebatarle el volante que traía en las manos.

Al llegar a la Fondamenta degli Assasini, Carlota cruzó de nueva cuenta para dar con la Fondamenta San Mauro y a paso rápido, entró de nueva cuenta al hotel Mazzini, yendo directo a la zona de alberca y postrándose al sol sin hablar con nadie. Marat se le acercó en igual silencio y se quedaron un gran rato mirando a Adrien, que se lanzaba al agua una y otra vez.

lunes, 31 de julio de 2017

El descanso en Burano (Primera parte)


El retorno al Hotel Florida por la noche fue muy extraño. Se repetía el desfile de vaporetti y de lanchas pequeñas, las luces estaban prendidas por todos lados y no había forma de concentrarse en los pensamientos propios. Los Liukin aprendieron que los italianos hablan mucho y apoyados por remarcados gestos que para el extranjero común podían ser amenazantes sin serlo, que varios gritan para llamar la atención en las discusiones amistosas y que las riñas resultaban serles extrañas si sucedían por una mujer. Los oídos ya les dolían.

-Dicen que Santa Croce es un barrio silencioso - dijo Ricardo cuando el bote dio la vuelta en Cannaregio y Carlota le preguntó si se instalarían ahí. Él no lo tenía claro.

Su charla era una de las tantas que se perdían ante el escándalo cuando repararon en algo: Habían pasado seis días luego de abandonar París ¿Cuántas personas podían decirlo? De volver a Tell no Tales aquello sería como una hazaña y de presumir los viajes a Mónaco y Venecia seguramente la gente se acercaría para trabar amistad. Los Liukin entendieron desde sus asientos que su país natal era muy chico y que no habían visto el mundo; ni siquiera Ricardo de joven o cuando supo de la casa en Capri. Irse de Venecia iba a ser una cobardía y de repente, él sacó un mapa.

-Niños, invitados y Yuko, no nos queda dinero, estamos en una ciudad cara e iniciarán sus clases el lunes. Estoy buscando un alquiler pero los más baratos están en Cannaregio y no tienen baño, el día de hoy volví a olvidar sus nombres y cuando pagué la cuenta del café le pedí prestado a Marat ¿Les parece mandar todo al diablo e irnos a la isla Burano a pasar el fin de semana? Está aquí mismo pero hay menos gente y por 60€ nos podemos hospedar en un hotel de dos estrellas con piscina.

Carlota miró a su padre con asombro.

-Hay peces, chicas, restaurantes caros y encajes bordados ¿Qué dicen?
-Si voy a ser pobre, que sea con estilo - añadió Andreas y los demás entendieron que pasara lo que pasara, harían ese pequeño viaje. No habría escalas ni en Murano ni en Torcello, nada de comprar souvenirs ni bocadillos y se abstendrían al máximo de hacer otra cosa que no fuera caminar o tirarse al sol. Burano era una isla cercana, a cuarenta minutos desde la Fondamenta Nove y sin salir de la laguna de Venecia. Tres días con sus noches y el lunes el colegio se admiraría de la puntualidad de Carlota. Era un plan simple y perfecto.

-¿Le diste dinero a papá? - susurró Carlota al oído de Marat pero con el bullicio, la respuesta fue inaudible.

Día siguiente, 9:00 am.

Ricardo batalló pero logró que el dueño del hotel Florida entendiera que los Liukin pasarían tres días en Burano y que regresarían a las mismas habitaciones que de todas formas habían sido apartadas y pagadas por anticipado; por tanto quedarían cerradas y no devolverían las llaves. Si no fuera por Carlota, aquella petición habría sido rechazada como la de pintar de nuevo las paredes en los pasillos. En realidad, los Liukin no adivinaban que gran parte de su suerte se debía a que ella despertaba las reverencias y el instinto protector de casi todo el mundo; por tanto, se desvivían en hacerle cualquier favor sin exigirle retribución.

-De menos tienen sitio de regreso - le dijo Marat a la joven y ambos salieron a la calle a preguntar por la línea del vaporetto que los llevaría a Burano. Tennant Lutz los seguía por detrás mientras bebía un jugo y constataba que mientras en París su facha era demasiado formal, en Italia era trendy y para aumentar el encanto se colocó gafas de sol. Las chicas querían acercársele y las volteaba a ver con un poco de arrogancia con tal de mantenerlas cautivas mientras pensaba que si Marat no estuviera tan concentrado en la joven Liukin, seguramente le robaría la atención. Bueno, lo había hecho con la única chica que le interesaba pero de todas formas no duraría. Marat se iría el lunes también.

-Espérennos - gritó Ricardo y aquellos tres vieron a Adrien aferrado a Yuko y Andreas y Miguel yendo a medio bostezar. Había que caminar por Calle Priuli Ai Cavaletti y luego atravesar el Ponte degli Scalzi pero era viernes y los viernes los cruceros atracaban en Giudecca y San Marco a las siete, y los trenes y ferrys desde Italia continental iban arribando.

-¿Otra vez? - preguntó Carlota al ver repleto y guió a los demás por Rio Terá Lista de Spagna, que poco a poco se iba llenando de turistas. Al menos pudo conocer la calle al fin y pasar a una pasticceria a comprar el desayuno para todos. El vendedor incluso le advertía llevar boccate a Burano.

-Parece que la comida es bastante más cara allá- dijo Marat cuando ella repartía panes a los demás y siguieron su camino por la Salizada San Geremia. De no ser por ese camino, los Liukin habrían sufrido para llegar a cualquier lado y poco después, se toparon con Geronimo, el chico del bote del otro día.

-Amici! - gritó éste.
-Ciao, come stai? - Respondió Marat.
-Tutto bene, ché state facendo?
-Vamos a Burano, queremos tomar el vaporetto.
-¿Por qué no piden que los lleve?
-No, no queremos molestarte, no cabemos.
-Pero ¿qué dices? ¡Somos amigos!
-Creo que me niego.
-Voy a Torcello por unos estampados, Burano me queda de paso, tengo combustible suficiente.

Los Liukin no supieron responder hasta que Adrien saltó a la lancha y se puso a jugar con su cubo de rubik. Se necesitaba fuerza sobrehumana para sacarlo de ahí y a pesar de que su padre trató, el niño se encaprichó con el lugar.

-Nos iremos en vaporetto, gracias por el ofrecimiento - señaló Ricardo y le pidió ayuda a Andreas para persuadir al hermano.

-El vaporetto cobra 12€ por persona, yo sólo pediría 30 por llevarlos - prosiguió Geronimo y el semblante de todos cambió enseguida. Era demasiado bueno para ser verdad pero Carlota y Marat ya habían estado en aquella lancha y era muy espaciosa; sobraría lugar pese a llevar casi una decena de personas con cierto equipaje y Tennant y Miguel abordaron enseguida, pagando entre los dos el traslado.

-¿Es en serio? - preguntó Ricardo y se convenció a regañadientes, situándose sin desearlo junto a Yuko y lejos de Carlota y Marat que no paraban de hablar con el tal Geronimo.

-¿Siempere hace lo que quieren los niños? - preguntó Yuko.
-Ellos mandan en mi casa desde que me acuerdo - contestó de mala gana y suplicó porque el vehículo no volcara.

Los Liukin partieron desde el Canale di Cannaregio hacia el Gran Canale y se introdujeron al Rio de Noale, en donde se veían edificios de ladrillos naranjas y un sinnúmero de balcones. A Ricardo le sorprendía que desde la lancha, Venecia se viera mucho más hermosa y el Palazzo Gottardi más cautivante de lo que era a pie.

Poco después se adentraron en el Canale Della Misericordia y el Porto di Venezia los recibió con la escalofriante escena de los cruceros que se aproximaban a los atracadores más populares de la ciudad. Ningún barco había chocado contra el puerto en siglos pero los colosales cruceros habían estado a punto de hacerlo la semana pasada según contaba un Geronimo que entonces prefirió tomar la Laguna di Venezia por la ruta de los vaporetti en la cercana Fondamenta Nove para sentirse más seguro. Era peor en Giudecca de todas formas y ni los vaporetti se metían en el puerto de Lido porque la salida al mar Adriático era peligrosa, con una corriente que sólo resistía otro embarcación de tamaño monstruoso.

-Esta parte es más tranquila - aseguró Geronimo y Carlota pudo constatar que le gustaba ver la ciudad desde afuera, con las cúpulas rojas que desde adentro no eran tan fáciles de encontrar. La misma sensación que había experimentado en el tren la invadía ahora desde la lancha y no paraba de señalar las construcciones con entusiasmo.

A los diez minutos, la isla Murano estaba muy cerca. Era como una hermana muy pequeña de Venecia, bastante parecida y con olor a quemado. En aquél lugar se elaboraba la cristalería más fina del mundo y el renombrado taller de Lavinia Swire tenía su sede en el centro. Geronimo contaba que no era más que una bodega grande que trabajaba bajo pedido y que los hoteles se peleaban por los escasos lotes de venta libre que salían en diciembre. No existía lugar en Venecia que no contara mínimo con un jarrón de tan notable marca ni familia que no obtuviera el suyo de regalo. Carlota comentó entonces que tenía unos aretes de cisne con tal firma y vio pasar Murano sin interesarse más puesto que volvería pronto.

Burano estaba treinta minutos adelante y se podían ver algunas islas en el camino que curiosamente no formaban parte de la administración veneciana y la Italia continental que era muy tentadora desde la distancia. Jessolo estaba a media hora yendo al este y Padua y Verona a noventa minutos al oeste, Milán a dos horas y Turín a tres; Trieste a cuatro. Geronimo les iba sugiriendo alternativas para viajar barato y algunos consejos sobre Burano: No comer en marisquerías, no comprar encajes bordados baratos, nunca alquilar habitaciones individuales en los hoteles y abstenerse de tomar paseos en góndola por los pequeños canales de la isla. Si una calle estaba solitaria, aprovechar para visitarla y evitar salir de noche si no estaban cerca del centro. En Venecia había rumores crecientes de que la mafia negociaba en Burano así que la gente común se encerraba y nunca se asomaba y en los hoteles la cena se servía en los patios para evitar problemas en los balcones. Sobraba decir que los negocios cerraban temprano y que no convenía entablar conversaciones con los lugareños.

-Sigue siendo un agradable lugar - dijo el mismo Geronimo y recalcó que era una zona libre de cruceros y no tenía playa porque todo estaba rodeado de rocas o muelles.

Los Liukin se repartían el protector solar cuando divisaron lo que era Burano. Era un lugar pequeño y desde lejos se percibía un fuerte olor a pintura mezclado con sal. Conforme se iban acercando, más reparaban en que la gente pintaba sus casas y muchos gatos aguardaban en las orillas, curiosos de los visitantes y cariñosos con los pescadores, que les proveían de camarones y restos de pescado. Como tenían que rodear la isla para llegar a la Fondamenta dei Squeri, vieron a varios felinos esconderse entre las esquinas después de comer, como si fuesen una guardia secreta lista para atacar en cualquier momento.

-¿La alarma de la ciudad es un simple "miau"? - confesó Tennant estar pensando cuando el bote desaceleró y atracó suavemente en el muelle. El capitán del puerto se acercó a Geronimo para registrar su llegada y verificar su permiso y poco después, los Liukin descendían en un lugar muy cercano a la parada del vaporetto. Ricardo sólo atinó a sacar su mapa para buscar el hotel.

-Debemos ir a la calle Galuppi y buscar un letrero del Hotel Mazzini ¿Alguien entiende cómo llegar?
-Creo que yo - contestó Marat - Debemos llegar a la esquina de la Calle II dei Squeri, caminar hasta la Fondamenta San Mauro e ir a la izquierda.
-¿Nos vamos por esa calle tan larga?
-Cuidándonos de no entrar en Babuini.
-¡Sigan a Marat! Si nos perdemos ya saben a quien culpar.

Los Liukin se rieron un poco y caminaron por una calle muy agradable, con piso de piedra y varias fachadas coloridas. Como el olor advirtiera desde la laguna, los buranelli estaban arreglando sus casas y cada familia escogía algún color al azar para su fachada. No tardó Carlota en notar que la habían salpicado un poco con pinturas verde, roja y morado y a Marat también mientras veían a Geronimo pasar con bastante cautela. En la parte de arriba se distinguían muy bien los tendederos y en una mañana de mala suerte, el turista podía encontrarse con que la ropa estaba mojada, no obstante, ese día era una afortunada excepción en la que de todas formas las molestias al pasar eran muchas. La gente tropezaba con los Liukin y no era afable, ni siquiera para pedir disculpas y los niños sin ningún pudor los tocaban para apartarlos. Pronto la marca de una mano en color rosa decoró el vestido con rayas verdes de Carlota y el rostro de su padre exhibía gotas amarillas.

-Benvenuti a Burano ... - susurró Marat con desgano y continuaron su ruta hacia una parte donde un grupo de ancianas tejían encajes que luego se usarían para decorar mesas. Ahí nadie pintaba pared alguna y la joven Liukin paró en seco. Aquellas mujeres usaban grandes bloques de hilo blanco sin otro apoyo y sus puntos eran tan refinados que tardaban días en completar pequeños manteles o servilletas. Las menos, utilizaban moldes pequeños para diseñar cuellos de blusas y Carlota se sentó junto a estas, tomando sin permiso algo de hilo y utilizando su propia aguja para improvisar algunas flores que tal vez colocaría luego en alguna bolsa. Por supuesto, imitaba a aquellas mujeres y estas le prestaron atención al notar que era muy rápida y no cometía errores; incluso comentaban que tenía "técnica de monja" y se preguntaban quien le había enseñado. En Burano, los encajes bordados se vendían en la Piazza Baldassarre Galuppi y Geronimo comentó que justo se dirigía allí y que se separaría en la Fondamenta San Mauro para poder llegar a tiempo al taller donde había pedido unas telas estampadas seis meses atrás. Aprovechando para dar unos últimos consejos: pedir el risotto di gò por ser platillo típico, consumir vino de la casa y nunca ir a los restaurantes que requirieran reservación, Tennant replicaría a Geronimo que contando con él, los demás comerían adecuadamente y no caerían en las trampas recurrentes que varios lugares solían aplicarle a los fuereños. Todos prestaban atención de aquella charla que concluyó cuando las ancianas aplaudieron a Carlota por su diseño y una de ellas le regalaría un gran carrete de hilo como halago adicional. Luego, los Liukin hallaron la esquina y la Fondamenta de San Mauro, siendo guiados al Hotel Mazzini en la calle siguiente.

-Me aparto aquí - señaló Geronimo y los demás lo despidieron con bastante gratitud, más Carlota y Marat que lo habían abrazado y dado la mano. La recepcionista alcanzó a ver aquello y enseguida recibió a los Liukin con enorme cortesía convencida de que, si se topaban de nuevo al muchacho de las telas, hablarían bien de ella. Esa chica llevaba enamorada tres años de él.

-Buongiorno, benvenuti al Hotel Mazzini, posso auitarli?
-Necessitiamo una abitazione doppia e due tripli per tre notti con doccia.
-Per questo, sono 60€ per notte.
-540€?
-Ma questa non e stagione turistica, avete fortuna, 50€ abitazione per notte.

Marat tradujo al señor Liukin y este de inmediato decidió tomar el alojamiento. Aunque aparecía en la guía turística, el encantador Hotel Mazzini era poco frecuentado y su piscina estaba siempre sola, así que los chicos se retaron a ocuparla primero. Carlota en cambio, reconoció el cuarto que compartiría con Yuko y luego de cambiar su ropa, salió a la calle, dispuesta a dar la excursión a la isla.

-Marat ¿vienes? - preguntó al hallarlo mirando al canal.
-¿Dónde vas?
-A caminar, esta vez traje zapatos.
-¿No tienes que pedir permiso?
-Tenemos que hablar.
-¿De qué?
-¿Es cierto que le prestaste dinero a papá?
-Carlota, no te preocupes, tu padre nunca me pediría nada.
-¿Por qué dijo que lo ayudaste con la cuenta del café?
-Es que Andreas no ha devuelto el dinero...
-¿Andreas qué?
-Nada.
-¿Él tiene nuestro dinero?
-Carlota, creo que es mejor que tu padre lo arregle.
-Pero todo lo que ganó en el casino...
-Mejor quédate tranquila.

Marat sonrió y Carlota prefirió confiar un poco en él, creyendo que tenía razón. De todas formas, se alegraba de que en Mónaco le hubieran devuelto su mesada y recuperando un poco el ánimo, comenzó a caminar, atravesando por un puente la Fondamenta San Mauro. El día era largo y había muchas casitas coloridas por recorrer.

viernes, 21 de julio de 2017

El extraño caso de la niña con las cartas del Tarot


A Elena Martelli le gustaba cantar y le atraía el Tarot. Los espíritus decían que ella misma había predicho su muerte en cuanto aprendió a descifrarlo; su propia madre maldecía aquellas cartas mientras el forense se llevaba el cuerpo para la necropsia y no tardó Italia entera en conmocionarse cuando la noticia apareció como principal del programa matutino nacional a las siete de la mañana. "Gran tragedia a Venezia" se le llamó y al menos por ese día, los canales y el puerto de Giudecca se cerraron a la navegación.

Los Liukin se quedaron varados en el barrio de San Marco y por la ansiedad, encerrados en un café de los escasos que abrieron ese día. Llevaban varias tazas de chocolate caliente y raciones de pan de naranja cuando entró al local una niña idéntica a la desafortunada Elena. Pero no era ella evidentemente, si no la hermana dos años menor, a la que aun no le habían avisado. La acompañaban sus amigas, mismas que fingían calma al tomar una mesa para desayunar lo mismo que los Liukin. Al menos Carlota sintió un gran alivio cuando le llevaron un trozo de pastel de pistache; fácil suponer que era para no sentirse más triste.

-Mangeremo tutte - Pronunciaba imperativa la chiquilla y la encargada de la caja soltó a llorar en silencio, creyendo que sabía lo que pasaría cuando Lionetta Martelli se enterara del destino de Elena. No era la única en pensarlo.

-No sé ustedes pero se me fue el apetito - declaró Tennant y se limitó a beber el resto de su chocolate para luego salir de ahí y sacar el cigarrillo que le sobraba en lugar de salir corriendo. Si alguien detestaba ver a los familiares de los difuntos era él y luego de sospecharlo, desechó la idea de que conocía al culpable. Ninguno de los singulares Lutz podía ser; les asqueaban los niños.

Dentro del café, no obstante, sucedía algo más interesante. Lionetta Martelli había sacado el Tarot de su hermana y pretendía "leer" el futuro de quien se dejara, así sus compañeras no estuvieran de acuerdo. Los comensales mejor le seguían el juego y cuando fue el turno de Miguel, éste se opuso y la niña le contestó que de todas formas existía un "candado" que le impedía revelarle lo que le esperaba. Claro que Miguel no le entendió y los Liukin menos, ni siquiera Marat intentaba traducir media palabra.

-Sò già! Leggerò il tarocco per lei - anunció la pequeña y se colocó junto a Carlota, haciéndole la seña de que eligiera una carta.

-Házle caso - sugirió Ricardo.
-Sugiero que no - intervino Miguel pero la joven, por lástima, accedió.

-Espera, también escogeré una - dijo Marat y luego entre los dos sacaron una tercera.

-Lei ha il "Mondo" - siguió Lionetta Martelli - Si aspetta un gran succeso nel futuro, un trasloco forse? O sei arrivata ad un buon posto.
-¿Qué me dijo? - preguntó intrigada Carlota.
-Qué tendrás éxito o una mudanza... Algo así.
-¿Otra?
-Perdona, no entiendo todo.
-No importa, gracias Marat.

La niña sonrió y luego se dedicó a interpretar la elección de él.

-La Forza! è buona, augura forza fisica e successo.
-La risposta era molto facile.
-Ma predice anche amore.
-Amore? No, no.
-Perchè, non sei innamorato?
-No!
-Come vuole, ma uguale ti manca una lettera.

Marat hizo el gesto de que no podría sorprenderlo y de que se tomaba a juego eso del Tarot. Antes le habían descifrado la mano, leído el café y tirado las runas sin acertar en cosa alguna e improvisando "visiones".

-Voi sceglievate questa lettera -continuó la pequeña.
-No comprendo, Marat.
-Que escogimos esa carta entre los dos.
-A lo mejor nos sale algo bonito.
-De acuerdo, que la muestre.

Lionetta volteó la carta entonces y se echó a reír.

-¿Qué le pasa?
-No tengo idea.
-¿Qué significa la carta?
-Déjame ver, Carlota.
-¿Será buena?
-Está tan gastada que no alcanzo a leer.

La niñita los miró curiosa.

-È la lettera degli innamorati! Siete innamorati?
-¿Qué? A lo que dijo, es no - reaccionó Carlota
-Sei innamorata di lui? - señalando a Marat.
-¡No! A eso supongo que también le digo que no.

El señor Liukin iba a pedir que aquello se detuviera pero Lionetta prefirió continuar conversando con Marat.

-Sei innamorato di lei?
-No, è una ragazzina.
-Ambidue avete scelto gli innamorati.
-Coincidenza.
-L'amore sta nel suo destino.
-Non lo credo, noi siamo amici, c'è una differenza di sei anni.
-Non ci sono incidenti nel tarocco.

Lionetta Martelli se encogió de hombros e intentó que Ricardo Liukin hiciera una tirada completa con bastante éxito.

Al mismo tiempo, Carlota y Marat se miraron mutuamente y compartían el pastel.

-¿Qué tanto te decía de tu carta?
-Que me irá bien.
-¿Y de la última?
-Una tontería.
-¡Ay no! Cuéntame.
-No vale la pena, Carlota.
-¿Qué te avisó?
-El Tarot es fantasía.
-¿Por qué tomaste una carta?
-Diversión.
-¿Te habló de una novia?
-¡No! ¿Cómo crees?
-Oí que dijo "amore".
-No pienso tener una relación ahora.
-¿O lo del amor era para mi?
-¡Deja de pensar en eso!
-Es que sería increíble saber mi futuro.
-Después reclamarías por enterarte de algo que no te guste.

Carlota asentó como si quisiera contestar "buen punto" y enseguida vio a Lionetta Martelli con pena porque parecía tan contenta y entusiasta como porrista de un colegio. Sobre el Tarot, bueno, Marat oía que la hermana le había enseñado y las predicciones de Elena solían cumplirse con frecuencia.

En un momento dado, Lionetta salió del local al advertir a Tennant en la puerta. Los Liukin se asomaron desde sus sitios como pudieron y por una razón, comenzaron a reírse, quizás porque el joven había intentado esquivar a la niña de manera evidente.

Afuera hacía algo de calor cuando Lionetta se colocó frente a Tennant. Este no fue muy afable.

-¿No te han dicho que no te acerques a gente que fuma, niña?
-Prende una.
-No creo en eso.
-Perché non scegli una?
-No, grazie.
-Come vorrei ma credo che tu hai la curiosità.

Tennant apagó su tabaco e ingresó a local nuevamente. Había empalidecido y reanudó las tazas de chocolate enseguida, sin mencionar palabra. Para él no se lidiaba con circunstancia peor que la gente en luto y Lionetta Martelli, de ser una buena tarotista, seguramente se habría soltado a llorar de preguntarle a las cartas sobre Elena y en lugar de lanzar advertencias adivinatorias sin sentido, estaría tan deshecha como su madre. La niña se quedó al exterior un buen rato arreglando su baraja y regresó para al fin ponerse a desayunar.

viernes, 14 de julio de 2017

Un relato con Cumber


Bar de Colette, Rue de Gay Lussac, París.

Luke Cumberbatch entró y la chica de la barra lo recibió con deseos de arrojarle el tarro que traía en la mano... O eso imaginó porque en realidad, ella le aventó un par de vasos que se quebraron al chocar contra la puerta y la dueña del local alcanzaba a gritar "tú pagarás por eso".

-Con todo gusto - replicó la muchacha que no tardó en colocar una cerveza frente a Cumber de mala gana. Este le dio un sorbo aunque se negó a tomar asiento.

-Al fin te dignas venir.
-¿Pasó algo?
-¡El niño ha estado enfermo!
-¿Ya se curó?
-¡Maldito imbécil!

La joven recogió los vasos de otros clientes y los depositó en el fregadero, con la intención de lavarlos un poco más tarde y observó a Cumber de forma inquisidora.

-Traje unas cosas.
-¿Crees que con unos pañales es suficiente?
-También hay fórmula.
-Ni siquiera es la correcta.
-Creí que sí.
-¿Dónde estabas?
-Consiguiendo trabajo.
-¿En serio? ¿Tanto tiempo?
-Me dieron uno de cocinero.
-No seas cínico.
-De verdad, búscame en la Rue de Poinsettia.
-Tú eres quién debería estar a diario con nosotros.
-Lo sé, Khady.
-¿Por qué no es así?
-Entiéndeme yo... No me siento bien con esto.
-Esto no es de que sientas, Cumber, es de que te hagas cargo de una jodida vez.

Él atinó a beber la cerveza y prender un cigarrillo, mientras miraba el piso.

-No puedes fumar aquí.
-¿Qué?
-Pusimos el letrero por el niño.
-Perdón, no lo recordé.

Ni siquiera Khady creyó que él hubiera olvidado algo; había omitido el aviso y por supuesto, lo seguiría haciendo una y otra vez sin cansarse o hasta recibir un puñetazo; pero ella no tenía las ganas de propinárselo y menos la fuerza. Silenciosamente, optó por recoger los trozos de vidrio y miró a Cumber sin esperar que él dijera algo inteligente o cuando menos bonito. Esa etapa había terminado y ahora, con un hijo en común, él no podía ofrecer más. Correctamente intuía ella que él dormía con otras mujeres, gastaba su dinero en libros y casi seguro en botellas de vino, conformándose con aparecer un momento y dar por lo menos una bolsa con algo necesario de vez en cuando. Lo había aceptado con esas condiciones, no eran amantes ni amigos y él no iba a madurar ni cambiar por nadie.

-Vengo de estar con mi padre.
-¿Te dio remordimiento y por eso viniste?
-Iré al bautizo de Dušan.
-Saint Chapelle el sábado a las once.
-¿Puedo traer un regalo?
-Un peluche estaría muy bien.
-¿Puedo cargar al niño?
-Supongo, dame un momento.

Khady dejó sus guantes sobre el lavabo detrás de la barra y tomó a su bebé de la carriola, depositándolo en brazos de Cumber.

-Es lindo.
-Tiene tu cara.
-Tu piel.
-Te dije que Dušan no podía ser pálido.
-¿Te irás a Tell no Tales?
-Mi madre dice que estaré mejor allí, que están contratando.
-¿Te llevarás ...?
-¡Ay Cumber! Es obvio.
-Pero estás en París.
-No tengo tanto dinero para poder seguir aquí y además, mi hermana se casó y se va a mudar, creo.
-¿Courtney?
-¿De ella si te acuerdas?
-¿La doctora?
-Considero hacerlo por Dušan ¿estamos?
-¿Cada cuándo podría visitarlos?
-Cuando quieras o te acuerdes.
-¿Cuánto necesitas para mudarte?
-¿Quieres que me vaya?
-¿Quién te entiende?
-Te estoy diciendo que me llevo al bebé y hablas de dinero.
-¿Entonces, qué quieres?
-Un "voy a hacerme cargo" sería lo mínimo... No te pido que nos visites pero al menos ayúdame a mantenerlo, hay que pagar biberones, ropa, los traslados a la guardería, comida, jabón y si lo necesitas, hasta recibos te doy.
-Lo que me quieres decir es que te apoye más con Dušan y mejor te vas por las ramas. Con razón terminamos.

Khady mejor evitó recordarle a Cumber su reacción al saber que ella estaba embarazada y continuó aseando el local.

-¿Cómo están tus hermanos?
-Hugo no sé, Max va de regreso a Japón y los otros engendros, tampoco sé
-¿Y tú hermana?
-Vengo de estar con ella.
-Esa si es una sorpresa, Cumber.
-Estábamos con mi padre.
-¿No se pelearon?
-No pero espero que se le quite pronto su interés en una chica.
-¿Sigue de enamoradizo?
-Nunca aprende.
-Ya veo de donde sacaste todos tus defectos.

La joven volteó a ver a Cumber y él se quedó callado, quizás por recordar que la había deseado demasiado, al punto de intentar quedarse a su lado. El desinterés sin embargo, llegó poco después del sexo y ella lo echó de casa. Luego vino la espera del bebé como punto final.

Él estaba por proponer llevarse al pequeño esa tarde a caminar cuando Svante entró en escena. El chico traía una despensa entera y frente a Cumber, besó a Khady en los labios. Esos dos se habían emparejado en el transcurso del embarazo y aunque no vivían juntos, Svante era el que cuidaba al pequeño Dušan cuando acababa el horario de guardería.

Cumber había omitido ese recuerdo y le incomodaba que su hermano tomara en serio su relación con Khady. El dinero que Svante ganaba en el cabaret y en la calle de seguro se invertía en el bebé y hasta en el bautizo seguramente diría que era el padre del niño.

-Creo que mejor me marcho.
-¿Tan rápido?
-Te veo el sábado, Khady.
-Invita a tu padre.
-Se va mañana.
-Al menos quiero saludarlo.
-¿No quieres sorprenderlo?
-Estaría bien que viera a Dušan.
-No le he comentado de él.
-¿Qué?
-Eso, que no le dicho del niño.
-¿Me mentiste?
-¿De qué?
-¡Juraste que sabía!
-Nunca lo mencioné, yo no tengo intenciones de presentárselo.
-¡Desgraciado infeliz!
-Haré bien en irme.
-¡Eres una basura, Cumber!
-Luego vengo.
-¡No te vayas, imbécil! ¡Cumber!

Luke Cumberbatch atravesó la puerta del Bar de Colette bastante abrumado. Se preguntó la razón de haber dejado a Dušan en brazos de Svante cuándo este llegó y luego se fue a su apartamento, sin darle más importancia al asunto.

martes, 11 de julio de 2017

La ciudad del espíritu sonriente


Venecia, Italia.

Eran las tres de la mañana y la ciudad no olía a sal ni a la fauna de los muelles; se desprendía más bien un aroma a caramelo en medio de una apacible y poco espesa oscuridad en la que la guardia nocturna realizaba sus recorridos en los canales. Curiosamente, sólo había una panadería abierta en Cannaregio y de ahí se desprendía tan amable olor que relajaba a los que si podían pernoctar. Varias ventanas estaban abiertas.

Justo salía de aquel local un joven perteneciente a la Guardia Marítima cuando, a contraluz, vio claramente algo flotando y no era una bolsa de basura o alguna desafortunada mascota perdida. Tampoco era una boya de las que se habían desprendido durante una inundación o una pelota de plástico olvidada. Un poco asustado, prendió su literna e iluminó el agua, encontrando enseguida que se trataba de un cuerpo en una corriente que lo arrastraba a gran velocidad. Sin dudarlo, llamó enseguida refuerzos.

3:20 am

Hanno trovato la ragazzina, hanno trovato la ragazzina! - gritaba un vigilante de Cannaregio y agitaba una campanilla, cuyo repicar se tornaba insoportable. Tan efectivo era que los Liukin se levantaron enseguida cuando aquél llevó la noticia frente al hotel Florida.

-¿Qué pasa? - preguntó Carlota al salir al pasillo.
-Voy a preguntar, intenten dormir de nuevo - señaló Ricardo y Miguel fue detrás, haciendo la seña de que se quedaran ahí.

-"Han encontrado a la niña" - susurró Marat y Carlota lo miró enseguida, comprendiendo extrañamente que debía cubrirse con algo porque la humedad perdonaba menos que el viento.

-Creo que hay que ir - dijo Ricardo al volver.
-¿A dónde? - preguntó Tennant.
-No sé pero gente de toda la ciudad se está reuniendo, el vaporetto nos lleva.

Ricardo procedió enseguida a colocarse un suéter y lo imitaron los demás, con excepción de Marat que aguardó a una Carlota que se aparecía con el cabello sujeto, blusa negra y su abrigo rojo, segura de que se trataba de un asunto muy grande.

-No creo que a esta hora las noticias sean buenas.
-¿Por lo de la niña?
-Porque todavía es de noche.

Ambos bajaron a la recepción y esperaron a los demás unos escasos minutos, coincidiendo con que el dueño del hotel también acudía a tan inesperada cita. Los Liukin, en suspenso, se dejaron llevar hasta el embarcadero adyacente al Ponte Degli Scalzi y un vaporetto, a toda prisa se dirigió al barrio de San Marco.

Cuando algo inusual sucedía en la ciudad, los habitantes se trasladaban hasta el sitio indicado, como si sus rutinas fueran a trastorcarse sin remedio. La madrugada parecía un desfile de embarcaciones y las orillas del Gran Canale concentraban a una muchedumbre que portaba velas, lámparas y cualquier cosa que sirviera para ver lo más posible mientras el alumbrado público se concentraba en un punto muy cercano al Ponte Rialto, en dirección al Fondaco dei Tedeschi.

El vaporetto con los Liukin atracó demasiado cerca de la escena y pronto, un oficial habló con la tripulación del mismo. Por sus reacciones, Ricardo supo enseguida que el asunto era grave y descendió con cautela, sin calcular como siempre que sus hijos serían mucho más curiosos y se meterían entre la multitud, intentando adivinar que era lo que no podía sacar el equipo forense del canal. El cuerpo se había hundido y aquello daba paso a las especulaciones: Si en realidad era un tesoro o el turista suicida de hacía un mes; una falsa alarma o un maniquí; todo había pasado antes y no se descartaba una broma.

-¿Estás bien Carlota? - preguntó Marat sin una razón en especial cuando ella logró colarse a la segunda fila pero no recibió respuesta y como los demás, quedaron en silencio, expectantes.

Ho bisogno di aiuto per tirare fuori la ragazzina dal canal! - exclamó un buzo aproximándose al borde y enseguida, otro compañero se sumergió con él, tardando ambos en el objetivo.

-Una ragazzina, é terribile - murmuraba la muchedumbre y Ricardo atinó a voltear hacia los empleados del servicio de vaporetti, cuyas caras se dirigían a un punto más distante y opuesto al agua. De pronto llegó con ellos otro hombre al que no podían darle razón y una mujer que guardaba demasiado sus cabales al tiempo que un chico, del que se adivinaba, era hijo de tal matrimonio, se arrojaba al agua para ayudar y era expulsado en el acto.

-Sei sicuro, Vittorio? - oyó Marat decir al muchacho.
-Abbracia tua madre - replicaba el buzo y el chico salió de prisa, sin poder pronunciar más.

La espera se volvía eterna y se entendía la resistencia por no revelar totalmente lo que ocurría a pesar de que los buzos no mentían al asegurar que no lograban zafar el cadáver de una red que lo mantenía atrapado junto a un montón de desperdicios, inclusive un forense determinó sumergirse dada la tardanza y poco a poco, las luces se fueron apagando.

Transcurrieron unas horas entre el hallazgo y el primer viso de sol entre el cielo azul oscuro cuando uno de los buzos logró romper la red y ocultar hábilmente el rostro del cuerpo a la muchedumbre. En donde estaban los Liukin no se lograba distinguir que era lo que verificaba el forense y Carlota y Marat dieron unos pasos al frente, él sosteniéndola por los hombros para quitarle el abrigo. Pronto se les unió Miguel, que a diferencia de los mortales, había constatado ya la presencia de un ángel de la muerte frente al agua que se negaba a desvelar lo que su gran capa negra ocultaba a los espíritus etéreos. Por otro lado, esa multitud infinita de fantasmas miraba todo desde la orilla del barrio de San Polo, con la misma angustia latente de los vivos. Aquellos atormentados desde el primer segundo tenían claro que el ángel de la muerte no auguraba la libertad de alguno de ellos y era probable que el séquito recibiera un escarmiento por el morbo que les daban las tragedias. Para Miguel, no ignorar a tales condenados le era una tarea difícil; más de uno, si no fuera por las cadenas que ataban sus manos y pies y que el ángel de la muerte no quería retirar, sería arrojado al infierno o peor, al abismo del tormento eterno, en donde ni el diablo quería caer. Una de esas infelices, una fantasma barroca de amplia peluca y absurdo vestido esperaba ver si aparecía el espíritu de Elena para adoptarla en el acto porque siempre había querido tener en sus brazos una niña rubia.

-Haz lo que tengas que hacer pero no permitas que se vaya con ellos - ordenó Miguel a su colega y este sonrió apenas, sin poder pronunciar palabra. De hecho un ángel de la muerte siempre tendrá prohibido hablar así sienta que se quema por completo.

-¿Qué pasa? - preguntó Carlota a Marat luego de creer que Miguel hablaba solo.
-Tienen que sacar el cuerpo del agua ya lo retuvieron mucho.
-¿Por qué no quieren?

Marat guardó silencio y enseguida, se retiró el cadáver del canal, depositándolo en el suelo. Entonces, la mujer que estaba con los empleados del vaporetto intentó aproximarse pese a que la policía no se lo permitía y su hijo quedó atónito al distinguir el rostro de la niña ahogada. La mujer, al verlo, hizo acopio de gran coraje y forcejeando consiguió llegar hasta el cuerpo, con su marido tratando de contenerla.

No! ¡Elena no! - gritó la mujer y enseguida sostuvo a la pequeña, como si la reconfortara para que durmiera.

Amore mio, amore mio! - exclamó como si fuera a enloquecer y las personas a su alrededor se alejaron, contemplando la ciudad entera la desgracia de la familia Martelli.

-Creo que nos vamos - dijo Ricardo a Tennant y este enseguida fue por Andreas y Adrien. La mujer de junto soltó a llorar también y pronto él supo que era Yuko Inoue, misma que igual se quería marchar.

-No imagino lo que siente aquella madre - comentó ella.
-No la culpo si comete una imprudencia.
-¿Por qué una niña?
-Sería un desafortunado accidente.
-Espere ¿Usted no sabe?
-¿Qué no sé?
-Esta niña se perdió hace dos días, cuando llegamos.

Ricardo terminó por lamentar más lo acontecido y se enteró de la anécdota completa: Elena Martelli tenía once años, estudiaba en la primaria "Alberto Manzi" del barrio Cannaregio y el día de los hechos había acudido con su madre, una guía de turistas a la Piazza di San Marco y luego con su hermano, un trabajador del servicio de vaporetti que la había recogido para llevarla a casa y la dejó en la Fondamenta de Cannaregio, con dirección a la Calle del Forno, en dónde los Martelli vivían con los abuelos de la niña luego de que su padre, un antiguo cajero de banco perdiera su empleo poco tiempo atrás. Justo al dar las tres de la tarde, el abuelo preguntó por teléfono si habían enviado a Elena o ésta se hallaba con una amiga y comenzaron a buscarla de inmediato, sin que hubiera testigos de su desaparición. Se suponía que la pequeña portaba uniforme escolar y estaba peinada con trenza.

Sin embargo, lo que Venecia comprobaba era que la niña lucía muy diferente. Su pelo estaba recogido y su vestuario era negro, con una falda de flecos y medias. Sus aretes parecían de diamantes y en la mano portaba un anillo ostentoso, con una piedra verde y perlas. Por tales adornos, mucha gente creyó adivinar que la víctima había experimentado una canallada indecible y de pronto, Carlota Liukin reparó en algo: Elena Martelli tenía una marcada sonrisa en los labios, una que parecía de enorme felicidad.

-¿Por qué se ríe? - le expresó a Marat y él también quedó boquiabierto. En ese instante, Carlota no resistió y apartó la cara, siendo estrechada por él mismo y colocándole su abrigo en el acto.

-Vámonos - sugirió Miguel y los tres retrocedieron hasta hallar a Ricardo consolando a Yuko.

Mientras tanto, en el borde, el ángel de la muerte descubrió su capa. Decidido a cumplir con lo que Miguel le había ordenado, soltó al fantasma de Elena Martelli con una cadena irrompible y pesada en los pies, asignándole un sitio junto a una gran roca que se distinguía en el Gran Canale y advitiéndole que nunca se acercara a espíritu alguno hasta que él determinara que podía llevársela de ahí. Solamente Miguel Ángel entendió algo fundamental a distancia: Si el cadáver de un niño sonríe es por un alivio profundo y para Elena Martelli fue piadoso ser ahogada; casi podía imaginarla en el momento de dejar de respirar, con su verdugo queriendo hacerle más daño en lugar de aquel bien, así el precio para ella fuese renunciar al firme abrazo de su madre, cuyos gritos de "amore mio!" rompían el corazón.