domingo, 18 de febrero de 2018

E lei ha detto: Arrivederci! (Segunda parte)


El tren llegó a Grenoble a medianoche y Carlota descendió sólo para sentir un gran frio y constatar que en las expendoras no existía una sola lata de sopa; había ensaladas de 3€, sándwiches desde 2€; todo lo que excedía el presupuesto de una moneda por día. De acuerdo a la guía de turistas, al lado de la estación se ubicaba el "express car" y no muy lejos de ahí, los autobuses, pero al salir, Carlota desistió de la clase económica por cuestiones climáticas y entró deprisa a la sala del servicio de junto, en donde había calefacción y ni siquiera tenía que ver el rostro del desvelado vendedor. Le habían contado que en Francia instalaban máquinas para adquirir boletos y enfrente tenía una, así que al descifrarla, apartó su lugar para irse a París a las dos de la mañana y recibir su derecho a una botella de agua, una fruta, un paquete de pilas y una almohadilla. Mucho mejor de lo esperado, sólo restaba leer un poco o tomar una siesta.

La calma de Carlota, por obvias razones, contrastaba con el drama en Venecia. Como ningún Liukin entraba al hotel Florida antes de las seis de la tarde, nadie se había percatado de su ausencia. El recepcionista detuvo a Andreas para preguntarle si la familia se iría luego de ver a su hermana dejar el lugar con su maleta y luego de responderle que no, el muchacho revisó la habitación. Todo parecía en orden, incluso los collares colgados junto al espejo hasta que Andreas descubrió la nota en la que Carlota declaraba: "Me voy de esta familia y haré mi vida. Llamaré cuando tenga un apartamento y sea una patinadora famosa; no me busquen. P. D. Díganle a Ricardo que no me importa y que no se meta. Andreas, tomé de tu dinero, luego te pago".

Aunque estaba de acuerdo con ella, el chico se precipitó hasta "Il dolce d'oro" a la voz de "Carlota se fue de la casa", no sin iniciar la búsqueda por su cuenta. Desconcertado, Ricardo recogió el papel del suelo que su hijo había lanzado y luego de leerlo, corrió enseguida hacia la Piazza di San Marco a preguntar si alguien había visto a su hija. Todos respondían que no, a excepción de la señora Martelli, que al oír al señor Liukin gritar, le preguntó que ocurría.

-Mi hija dejó esto.
-No entiendo francés.
-Se fue de la casa.
-¿Cuántos años tiene?
-Catorce.
-¡Santo Dios! ¿Tiene una foto?
-Esta de mi cartera.
-¡La vi con un tipo esta tarde!
-¿Como era?
-Alto, blanco, cabello muy corto pero rizado; le dio un regalo en una caja.
-¡Haguenauer! ¿Por qué no lo pensé?
-Lo ayudaré, espere.

Los dos salieron de la plaza rumbo a cada hotel que hallaban para preguntar por Haguenauer pero parecía que perdían el tiempo. Entonces, la señora Martelli decidió buscar en el atracadero de San Marco.

-Tengo una idea, los chicos del vaporetto pueden ayudar.
-¿Cómo?
-Sólo déjeme hacer todo lo posible por usted.

Ambos se aproximaron a la parada cercana del vaporetto al Palazzo Ducale.

-¡Leonora! Come stai? - saludó el capitán a cargo y ella fue directo al grano.
-Se perdió una niña ¿habrá manera de que nos auxilies?
-Claro ¿tienen foto?
-Es esta - Ricardo la extendió.
-La enviaré por fax y pediré que la compartan, a lo mejor uno de los muchachos la vio o la encuentra.
-Gracias.
-¿Mando aviso a Murano?
-Por favor.
-¿Algún otro lugar en especial?
-Mestre y Burano, estuvimos allí - añadió el señor Liukin.
-Pediré que revisen en Torcello por si acaso; conectaré con el capitán del servicio de ferry para revisar Mestre y Jessolo ¿alguna otra cosa que nos pueda decir, señor?
-Lleva un pantalón de mezclilla azul y una camiseta beige estampada con flores, trae el cabello teñido de rubio y suelto.
-De acuerdo, ya doy aviso ¿saben si estaba con alguien?
-Mi hija se reunió hoy con Romain Haguenauer, un amigo de la familia.

El capitán dio la información a las estaciones de vaporetti y distribuyó la imagen de Carlota lo más rápido posible. Con el atardecer culminando, la búsqueda se haría más complicada y la señora Martelli eligió involucrar a la policía mientras se enteraba de la discusión entre la chica y Ricardo por una competencia.

El señor Liukin comenzaba a culparse por lo ocurrido. Cuando un oficial le pidió detalles, todos supieron que desde París se presentaban dificultades entre padre e hija y los motivos de la mudanza, en parte por mantenerla alejada de las pistas de hielo.

Mientras tanto, Andreas se había unido a Tennant y entre los dos, hallaron a Haguenauer en un café del barrio de Santa Croce. Luego de observarlo varios minutos, el hombre aparentaba estar solo y se le aproximaron inquisitivos.

-¿Dónde está Carlota? - inició Andreas, golpeando una mesa.
-¿De qué me hablas?
-¡No finjas, Haguenauer! ¿Dónde dejaste a mi hermana?
-¿Disculpa? Yo he estado por aquí, mi hotel es ese de junto y no he visto a Carlota desde las dos, le hizo berrinche a tu padre.
-No mientas porque te parto la cara
-¡No sé a donde fue tu hermana! ¡Revisa si quieres!

Como no estaba funcionando, Tennant aligeró el tono.

-Carlota nos dejó una nota, dijo que se va.
-¿A qué se refieren?
-Ella dice que nos deja.

Haguenauer miró a los dos chicos seriamente y colocó sobre la mesa un par de billetes enseguida para pagar su cuenta, acordándose de que la joven Liukin solía irse cuando se deprimía.

-No debe andar lejos, vámonos.

Así los tres comenzaron a mostrar la imagen de Carlota por la ciudad al tiempo que se hacía de noche.

En otro rincón de Venecia, Yuko hacía lo que podía. Le habían encargado a Adrien y con él iba por donde se le ocurría, fuera una plaza, un templo, una tienda o un bacarí. Nadie había visto a Carlota Liukin ni en Dorsoduro ni en San Polo y al darse aviso en Cannaregio, una legión de vecinos se unió al intento de hallarla. No hubo esquina o callejón sin revisar, se entrevistaba a los indigentes, a los turistas, en los hospitales. Ninguna otra niña iba a desaparecer en Venecia y el comisionado de policía, temeroso y pálido, asignó a un tal Fabbio Caresi la tarea de hallarla. Caresi era el detective del caso Martelli y antes de que se le metiera la idea de relacionar a Elena con Carlota, Miguel, que sentía haber fallado como ángel de la guarda, lo poseyó. Sólo así podía ir al rescate.

Lo primero que hizo el poseído Caresi fue preguntar "¿a dónde iría Carlota Liukin de desaparecer voluntariamente?". Ricardo Liukin lo miró como si le dieran un puñetazo pero tenía tanto sentido que declaró "París" enseguida por ser "lo único en Europa que ella conoce". El reporte se dio de inmediato y se supo que ningún tren a París había abandonado Italia todavía. El más alejado se hallaba en Aosta y fue detenido para una revisión. No había autobús directo pero también se preguntó por aquellos que traspasaban la frontera francesa, sin que nadie diera certeza de nada. Parecía impensable pero tampoco se registraba a ninguna Carlota Liukin en los vuelos comerciales y se preguntó en los privados con idénticos resultados. A lo mejor ella había dado otro nombre pero a juzgar por la foto, era increíble que nadie la viera.

Algo de luz se arrojó a las once de la noche, cuando en la oficina de la policía de Cannaregio, llegó la vendedora de boletos de tren. Declaró enseguida que Carlota había adquirido un billete a Turín luego de preguntar por el precio a París. Caresi se enlazó a Turín para preguntar por las imágenes de las cámaras de seguridad, apareciendo Carlota a las ocho y media en la taquilla pero luego, en el punto ciego, volvió a desaparecer. Se solicitaron los registros enseguida y se supo que de nuevo había preguntado por París. Los cuerpos policiacos de la región de Piamonte revisaron de nuevo los trenes, los boletos, las caras. No había resultado.

-¿A dónde más iría? - preguntó el poseído Caresi y entonces extendió la búsqueda.

-¡Mónaco! ¡Enseguida llamen a Mónaco! - exclamó - ¡Localicen a Marat Safin! ¡A toda la gente que conozcan en París! Señor Liukin, le prometo que traeré a Carlota de vuelta.

Ricardo no notó nada extraño en ese momento debido a la angustia pero si vio a Leonora Martelli llorosa. Era inaudito que le ayudara, que insistiera en no detener la marcha de los vaporetti por si la teoría parisina fracasaba. Como los trenes tenían escalas, se preguntó en Padova, en Brescia; se hacía un esfuerzo en Milán. Pronto, localizaron a Marat Safin en Marruecos y se pidieron bitácoras de vuelo, listas de pasajeros e imágenes de seguridad. Nada.

-Habla Miguel - escuchó Marat en el teléfono.
-¿Por qué la policía italiana me llama por Carlota? ¿Pasó algo grave?
-Marat, ayúdame, no la encuentro.
-Me dijeron que tal vez venía a buscarme pero no tiene sentido.
-Carlota se fue de casa.
-Repite eso.
-¡Que se marchó de casa! No hay indicios de ella, el último rastro fue en Turín y parece que va a París.
-¿Turín? ¿Qué rayos haría en Turín?
-Hemos buscado en trenes y autobuses.
-¿Y si pidió aventón?
-¿Qué?
-¿Qué puedo hacer desde aquí?
-Sé que Carlota pedirá ayuda, te llamará, por favor avísame.

En medio de la incertidumbre, la labor requirió más gente. Las carreteras que pasaban por Turín podían ser clave, había voluntarios dispuestos a verificar, cada hora que pasaba era desesperante. Las llamadas de Ricardo a París colocaron a su familia en las estaciones de tren, a Judy Becaud a esperar en "Le Belle Époque", a los amigos en el aeropuerto... ¿Y si Carlota no había ido a Monaco ni a París? Esa idea se le ocurrió a Miguel luego de pensar en qué haría una persona al irse. No solo eso, en el caso Martelli y por lo que podía ver en el alma de Caresi, se habían escudriñado los destinos de los trenes varias veces. Si Turín era el último punto; entonces también era el primero y pidió los registros de boletos. Repasar la información que en la madrugada era posible mandar resultó muy útil cuando un voluntario encontró una pista: alguien vio a Carlota correr para alcanzar un tren "a las ocho más diez". Se revisó de nuevo la cámara del andén y ella salía del punto ciego hacia un vagón cuyo número no se distinguía completo pero en la bitácora de la estación tenía señalado el horario de la última corrida a Grenoble.

-¡Grenoble! ¿Qué demonios se fue a hacer ahí? - vociferó Ricardo con gran remordimiento.

Aunque se emitía el boletín de localización en Grenoble, Carlota ya había usado su boleto y de repente charlaba con el conductor del vehículo que la trasladaba a París. En el asiento de atrás podía mirar como el paisaje se veía igual de seco luego de tomar ruta por Dijon y se moría de risa con las revistas del corazón. Aunque no tenía sueño, se recostaba en su almohadilla o dibujaba algo para tener qué vender por ahí, en el distrito XIII tal vez; el chofer le comentaba que había vivido con su novia en un departamento del tamaño de un pasillo pequeño.

-Llegaremos a las siete con cuarenta y cinco a Bércy ¿está bien?
-Es excelente, señor.
-¿Qué hará después de llegar?
-Visitar a alguien.
-¿Un familiar?
-Un amigo en el hospital.
-Debe ser muy importante.
-Quiero llegar a tiempo.
-¿Es grave?
-Me han dicho que sí.

El conductor no podía rebasar su límite

-¿Tienes una identificación? - inquirió el chofer.
-Ay, claro, mire.
-Perfecto.... "Aquí a Central: mi pasajera es Meryl Assenet, repito, Meryl Assenet a bordo, auto KH-572 a París, dos de la mañana ¿Coincide con la venta?... Entendido, de nada Central"
-¿Eso qué fue?
-Hay un lío en Italia, una niña cruzó la frontera.
-Qué malo.
-Pero entraremos a Fontainebleau sin problemas, la policía ya sabe que esa chica no está aquí. Toma tu credencial, disculpa.

Carlota exhaló de alivio y sujetó su cabello, haciendo resaltar sus mechones desteñidos. Como extra, se maquilló y cambió de chaqueta al pasar cerca del control policial, sorprendiéndose de que los oficiales fueran omisos.

-La policía es igual hasta en Nueva York - se rió el taxista.
-Les habría dado mis datos.
-Mejor descansa, que no has dormido.

La joven Liukin aceptó la sugerencia y cerró los ojos por un buen tramo, aferrada a su bloc de dibujo en el que aun conservaba varios retratos de Marat sin concluir. Seguramente también soñaba con él como era su nueva costumbre o con su mascota que permanecía en calma y sin hacer ruido en su improvisada caja de cartón.

El amanecer despuntaba cuando, a media hora de París, otro retén policial apareció en el horizonte. A diferencia del anterior, el oficial al mando detuvo el coche y despertó a Carlota con un timbre molesto.

-Identificazione, per favore.
-¿Qué?
-Il suo nome.
-¿Por qué me detuvo?
-Porque aparece en el video de la cámara de una máquina en Grenoble.
-¿Quién rayos es usted?
-Maurizio Maragoglio; Servizio Italiano d'intelligenza nella Unione Europea.
-¿Qué es eso?

El tipo le sonrió a Carlota y con celular en mano no dudó en gritar para burlarse de ella.

-Carabinieri di Venezia? Maragoglio qui, dov'è il fiscale Caresi?... Perfetto, dígale que tengo enfrente a Carlota Liukin - ella pasó saliva - La llevaré de inmediato a Venecia, se creyó muy lista cambiando la ruta. Tomaremos un vuelo y a la una de la tarde la devolveremos en casa, ciao.

El hombre aquel no era agradable de ver a simple vista. Tenía las cejas muy juntas, sus ojos aceitunados eran pequeños y un poco rasgados, tendía a mostrar la lengua cuando se hallaba tenso. Costaba trabajo distinguirle los labios y cuando los cerraba, se asemejaban a una línea completamente recta que causaba desconcierto. Lo malo era que su aspecto contrastaba con lo transparente y tonto que era y Carlota lo notó intentando no morir de risa. Del conductor del taxi mejor ni preguntó porque la había delatado para salvar su trabajo.

-Signorina, descienda por favor, la llevaremos a París.
-No entiendo ¿podría llamar a mi hermano?
-Adelante.

La desconcertada Carlota recibió un celular para llamar y los demás agentes tomaron su equipaje y su mascota para acomodarlo en una camioneta. Maragoglio, sospechosamente, decidió que la joven iría con él en motocicleta.

sábado, 3 de febrero de 2018

E lei ha detto: Arrivederci! (Primera parte)



Luego de un par de días, los Liukin abandonaron Mestre. En Venecia concluían las labores de limpieza y era viable reanudar el abasto de agua mientras volvía la actividad en el Mercato Rialto y los vaporetti trasladaban a la gente a su trabajo. Aquella semana fue muy calmada, con escasos turistas y poco ruido y en el hotel Florida todo estaba tal y como los Liukin lo habían dejado. De regreso al colegio, Carlota reanudó las pruebas para los equipos deportivos y luego de resultar buena en volleyball y dardos, fue admitida en hockey sobre pasto. Para Ricardo esa era una buena noticia y también lo fue saber que Adrien estaba en el grupo de avanzados de la escuela de autistas; Miguel y Tennant buscaban trabajo y Andreas no faltaba a clases. Yuko por su cuenta, no se quejaba del casino y parecía que nadie iba a molestar pronto.

Luego de mucho insistir y de ver puertas cerradas, Ricardo Liukin halló un jueves una vacante en una decadente gelateria de San Marco llamada "Il Dolce d'oro" en la que compraban niños pequeños y atendía una mujer de cabello rizado cuyo padre se negaba a retirarse. Luego de sentir que regresaba en el tiempo y de que, al menos, las máquinas eran nuevas, el hombre aceptó ser ayudante y no dudó en anunciarlo a la familia por la tarde... Pero la impresión de los demás osciló entre la fatalidad y la pena ajena al conocer aquel local que daba la impresión de quedar destartalado a cada segundo.

-Bien por ti, ya me voy - dijo Andreas y huyó mientras Adrien y Carlota elegían la lástima y se sentaban ante una mesa luego de ordenar un par de copas de gelato de mantequilla con pasas. Tennant, que no conseguía reponerse, quedó de pie frente al mostrador y Miguel, quizás intentando ser entusiasta sacó una maceta de algún lado para alegrar las paredes blancas. Yuko sonrió por compromiso pero se propuso no añadir comentarios mientras se le ocurría algo que pretextar si le preguntaban.

El viernes en cambio, fue una jornada muy diferente. A la una era la cita entre Romain Haguenauer y Carlota y por evitar que su padre la descubriera, Andreas se ofreció a llevarla a condición de cubrirlo con el evento de surf del sábado. En la Piazza di San Marco, desierta todavía, esperaba Haguenauer con una caja de botines nuevos y parecía tener el tiempo contado porque revisaba su reloj constantemente. Cerca de él, la madre de Elena Martelli iba juntando a un pequeño grupo para el habitual tour por las atracciones venecianas y no tardó en mirar a Carlota corriendo para llegar a tiempo.

-Bueno, te ves.
-¡Andreas!
-Quedé con Levina, adiós.
-¡No me dejes aquí!
-¿Sabes usar navaja?
-¿Qué dices?
-Nos vemos en casa, Carlota.
-¡Oye!
-Haguenauer, ya calma a la cucaracha.

Carlota iba a lanzarse contra Andreas cuando Haguenauer la sujetó por una muñeca para tranquilizarla.

-Creí que habían dejado el drama en París.
-¡Andreas es un idiota!
-Nada que no sepa ¿Me vas a saludar?

Carlota abrazó a Haguenauer antes de sentirse observada y optó por alejarse de ahí.

-¿Dónde me llevas, Liukin?
-Es que ahí está la mamá de una niña que encontraron muerta en el Gran Canale.
-Qué horrible.
-Y su otra hija casi se lanza de una ventana.
-¿Por qué me cuentas cosas tan trágicas?
-Es que vi cuando sacaron a Elena Martelli del agua y de lo otro, se lo oí a papá.
-¿Quieres decirme que Venecia es más peligrosa que París?
-Quitando los suicidios de la semana pasada, es una ciudad que está más bonita, mira.

Haguenauer se impresionó de que Carlota tomara esas cosas de manera tranquila y le hizo compañía hasta un costado del Palazzo Ducale, con vista a Lido y Dorsoduro; había que aprovechar que los cruceros no atracaban.

-¿Cómo estás?
-Con mucho trabajo, la Federación me regresó a Lyon.
-¿Te gusta vivir allí?
-Bastante más que en París, en INSEP nadie soporta a Guillaume.
-¿Por qué?
-No te rías.
-Perdón.
-Es que programa sus entrenamientos durante la madrugada, su entrenador no nos ayuda.
-¿El tal Simmond?
-¿Te acuerdas de él?
-Afortunadamente no es mi coach.
-Me alegro por eso.
-Lo malo es que no tengo uno y mi padre me vigila siempre.
-No está aquí.
-Le dije sería chaperona de Andreas.
-¿Consiguió novia tan rápido?
-Y los dos son surfistas.
-A tu padre le dio un ataque.
-No cae en coma porque no sabe que Andreas estará compitiendo mañana.
-¿Estás segura?
-Ayudaré a mi hermano a escapar.
-¿Te trajo hoy a escondidas?
-Se lo debo.
-Qué raro, tu padre me pidió tus patines nuevos.
-¡Gracias!
-¿Me mintieron?
-¿Tú que crees?
-Embusteros.
-Estoy impaciente por volver.
-Y la federación quiere que cumplas tu contrato.
-Causé baja de Milán.
-Me temo que sí pero te conseguí un evento aquí en Murano.
-¡Sólo tomaría un vaporetto!
-¿Un qué?
-Un bote.
-Va a ser muy difícil pero si consigues un puesto decente, pasaremos por alto que no consigas la segunda medalla a la que te comprometió Tamara.
-¿Decente?
-María Butyrskaya, Elena Sokolova, Sasha Cohen y Julia Sebestyen están inscritas.
-¿De verdad?
-No irás a Bompard tampoco.
-No lo sé ¿cuándo es?
-Antes del Francia - Rusia en el tenis...
-¡No es cierto! Marat juega hoy.
-A ese punto quería llegar.
-¿Cuál?
-No has entrenado por andar con él ¿o qué significa esto?
-Salí en el "Hola" y no me enteré.
-Hay gente que se muere por tu respuesta.
-Me invitó a una caridad.
-Y de buena fuente supe que tomó vacaciones contigo.
-¡Tennant!
-Adoro a ese bocazas.
-Marat es un gran amigo mío.
-Más te vale, ni yo toleraré que andes como loca por otro chico; suficiente tuvimos con Joubert y nunca reclamé por Trankov.
-¿Cómo sigue Joubert?
-¿No sabes?
-Nada.
-¿No has estado al pendiente?
-Mi padre bloqueó a los Bessette.
-Esto es duro.
-Puedo con ello.
-Bueno...Hace tiempo que no registra actividad, parece que lo declararán con muerte cerebral.
-Ay Dios.

Carlota llevó una de sus manos al rostro.

-Lamento darte este tipo de noticias.
-Y yo me negué a que lo trajeran aquí.
-¿Qué?
-¿Por qué le hice caso a Marat? ¡Yo tenía que quedarme con Joubert!
-¿De qué me perdí?
-Es que la mamá de Joubert vino a verme para decirme que lo internarían en esta ciudad y Marat le dijo que no; después yo creí lo mismo porque pensé que él tenía razón.
-¿Estás bien?
-Me urge un gelato.
-¿Qué dijiste?
-Mi papá trabaja aquí cerca.

Con la cabeza baja, Carlota dirigió a Haguenauer hacia "Il dolce d'oro" y encontraron a Ricardo barriendo la calle mientras salía un grupo de niños con grandes conos de gelati de fresas. El señor Liukin saludó confundido y su deprimida hija entró a pedir su propio gelato de almendras con miel.

-Romain, disculpe que no le dé la mano - prosiguió Ricardo.
-No se preocupe, entiendo.
-¿Qué lo ha traído a Venecia?
-Quería saber cómo estaban.
-¿Y esa caja que tiene mi hija?
-Un regalo de París que aun no abre.
-Lo veremos juntos en casa.
-De eso quiero hablarle.
-¿Quien le dijo que nos encontraba aquí?
-Judy Becaud.
-Le pedí que no le informara a nadie.
-No la culpe, yo insistí. Carlota tiene un contrato.
-Le pagaré cada centavo a la gente con la que firmamos.
-Le ofrecí a su niña una alternativa.
-¿Cuál?
-Una competencia aquí en Murano; sólo tiene que acabarla.
-Mi hija no vuelve a patinar ¿entiende?
-Señor, es sólo para que terminemos y usted no pierda dinero.
-Lo prefiero antes que verla otra vez ahí... Siempre debí hacerle caso a su madre.
-Señor, es una opción más económica.
-No nos interesa. Recoja su obsequio, Carlota lo rechaza.

Ricardo reanudó el aseo de la calle y Haguenauer ingresó a la gelateria en donde Carlota luchaba por no llorar.

-Oí todo, disculpa.
-Supongo que me llevo esto.... Anunciaré tu baja definitiva al volver a INSEP.
-¡No lo hagas!
-Carlota, tu padre decide esas cosas, yo no voy a meter a la federación en un problema y tú tampoco.
-¿Y lo que yo quiero qué?

Haguenauer se encogió de hombros.

-Bien, entonces haré todo sola.
-¿Qué? ¡Cálmate!
-¡Estoy harta!

Carlota tomó la caja con sus nuevos patines y se plantó frente a Ricardo.

-Voy a patinar.
-No lo voy a repetir, devuelve eso.
-¡No!
-¡Carlota!
-¡Me niego!
-No estás en posición.
-No puedes obligarme.
-Claro que sí, eres una niña.
-Sabía que no puedo decirte nada.
-¿Qué harás al respecto?
-Voy a patinar.
-No.
-Sí.
-¡No me faltes al respeto!
-¡Vete al diablo!
-¡Retráctate!
-¡Nunca!
-Si te vas ahora no habrá mesada ni permisos y te sigues olvidando de patinar.
-¡No me importa!
-No puedes moverte sin el dinero que te doy.
-¡Ni siquiera es tuyo!
-¿Perdona?
-¡Es de la cuenta de mamá!
-¿Quién te dijo?
-¡Desde el principio lo sé!
-Pero como beneficiario, también puedo negártelo.
-Bien.
-¿Dónde vas?
-A entrenar.
-¡No tienes permiso!
-Me interesa tanto...
-¡Vuelve acá!
-¿Cuál es tu maldito problema?
-Ya conversamos sobre esto.
-Nunca pasó.
-Dejé claro que yo no voy a permitir...
-¡No son tus cosas, déjame en paz!
-Esas decisiones no las tomas tú.
-Voy a practicar.
-Sólo yéndote de la casa.

Carlota pasó saliva.

-¡Me largo!
-Entonces devuelve tu celular y tu mesada, no puedo mantener a alguien que se va.
-¡Toma todo!
-¡No avientes nada al piso!
-¡Y te doy la chamarra y este gorro, hasta los tenis los compraste tú!
-Sigue con tu berrinche, Carlota, vas perfecto.
-¡Eres un idiota y no volveré a verte más!

Ricardo levantó lo que Carlota dejó tirado y no pronunció palabra. Haguenauer eligió igualmente el silencio y se fue sin despedirse.

La joven Liukin se dirigió a pie hasta el hotel Florida y aunque perdió unos calcetines en el camino, al llegar se limitó únicamente a tomar su maleta y seleccionar la ropa que había adquirido junto a su madre, dejando aquello que Ricardo le decía que era para ella. Atrás quedaban pulseras, abrigos, artículos de limpieza y la única muñeca que le quedaba luego de las mudanzas. El flamingo y el delfín rosa de la fiesta de Burano iban con su equipaje y escribió una nota para Andreas, no sin "tomarle prestado" algo de dinero para el boleto del tren y hurgar en los papeles de su padre hasta hallar su pasaporte, su visa y sus documentos escolares.

En la estación de Santa Lucía, la corrida a París iniciaba a las ocho de la noche y como era imperativo marcharse pronto, Carlota optó por abordar el tren a Turín y buscar alguna conexión que la dejara cerca de Francia si no hallaba otra más o menos directa; tenía contempladas también un par de escalas en Verona y Milán, haciendo que la duración del viaje se prolongara por seis horas. Después de buscar un asiento y pedir ayuda para subir su equipaje al compartimento superior, la joven miró su reloj y luego de diez minutos exactos, se inició la marcha sin aguardar a nadie.

La primera parada era Mestre, todos los trenes a Venecia o desde ella deben detenerse ahí, en donde casi nadie baja cuando se vuelve a la Italia continental. El vigilante del vagón revisaba los boletos y una vez que se entregaba el plan de viaje y se relevaba al maquinista, los paisajes eran lo único disfrutable. Irse de Mestre transmitía una sensación liberadora y los bosques, colinas y puentes de piedra provocaban que los turistas hablaran y hablaran sobre lo bellos que eran. Carlota lo apreciaba también, no obstante, se colocara unos audífonos para buscar una estación de radio en el que narraran el juego que tenía Marat contra un tal Rachid Mebarak. Aunque ella no entendía de tenis ni podía imaginar otra cosa que no fueran dos personas pasándose una pelota de un lado a otro, le gustaba escuchar que Marat iba ganando dos sets a uno y que gracias a su probable triunfo, la semifinal de Copa Davis sería contra Francia en el Palais Omnisports en noviembre. Si Carlota llegaba a París, tal vez podía verlo y saludarlo, además de presumir su emancipación. Lo primero que haría sería buscar a Judy Becaud para pedirle asilo y un empleo en su nuevo negocio; anotarse en alguna escuela cercana y ahorrar mucho para mudarse y no causar molestias. También podría audicionar para ser modelo de chamarras o pantalones o manos; algo saldría en el camino para pagar las cuentas y los entrenamientos en INSEP tal vez la harían candidata a una beca mayor a la de su contrato original. Así iba a ser, incluso estaba dispuesta a servir hot dogs, como Guillame le había sugerido.

En medio de las fantasías sobre su futuro, Carlota reparó en un detalle: el tren de Turín a París costaba 176€ y uno a Grenoble 120€; de Grenoble a París eran 108€ y la cuentas le indicaban una quiebra técnica total; no le alcanzaría ni para una lata de sopa caliente en una máquina expendedora a menos que tomara un autobús, que de acuerdo a una guía de viaje le saldría en 34€ o un taxi privado por un precio similar y cinco horas de camino a cambio de 45€ libres para gastos ¿y si todo salía al revés? ¿Si Judy no la recibía, iría con sus tíos de vuelta al hotel Odessa o le pediría ayuda a Gwendal? Todos la regresarían a Venecia sin excepción ¿Iría a una posada de 10€ la noche mientras se las ingeniaba cuatro días para conseguir dinero? ¿Qué pasaba con el aseo personal? ¿Y qué había de los Bessette? ¿No iba a ser ruin pedirles algo luego de dejar a Joubert atrás? Por supuesto, ella comenzó a morderse las uñas y se imaginó haciendo retratos y cantando en la calle ¿no iba a resultar mal, cierto?

Pero Carlota no se estaba arrepintiendo, al contrario. Tenía que irse para poder patinar, Ricardo se lo había dicho y la condición no era tan... digamos, difícil de seguir. Quizás eso fue lo que la motivó a permanecer en su lugar y revisar que nadie se llevara sus cosas en las escalas, a rechazar bocadillos y bebidas a la venta abordo y no abrir la boca para no levantar algún reporte. Daba igual no ver Verona ni Milán y no poder pisar los bosques que se presentaban en su camino. A las ocho, el tren arribó a Turín y decidida adquirió el billete a Grenoble en un trayecto próximo a iniciar; hasta tuvo que correr para alcanzar a entrar y perder la oportunidad de comer una sopa de tomate que lucía prometedora desde una máquina en el andén.

martes, 30 de enero de 2018

Un concurso de belleza (Primer relato de "Los cuentos de las noches blancas")


Publicado originalmente el 18 de diciembre de 2017

A dos semanas del sismo, el canal Saint Michel volvió a ser tranquilo y comenzaron a aparecer aves distintas a las gaviotas, al tiempo que los trabajadores que vigilaban la zona tomaban el almuerzo viendo a la cascada y se reportaba que el suelo había dejado de abrirse.

Las buenas noticias empezaron a llegar. Los damnificados de Carré serían reubicados en el barrio de Languedoc y los de Herault irían a Quai de Charentes, ambos sectores de reciente construcción; en el vecindario de Avignon se restablecían los servicios y cada vez se requerían menos voluntarios y comidas calientes al retirarse los escombros de Hasse y Gent; únicamente había trabajo duro en lo que había sido el complejo de Fontan pero se estimaba que la remoción terminaría en unos cuantos días más.

La mañana del lunes y en un día que se anunciaba soleado, una gran ola llegó a la ciudad. Nada pasó, si acaso la coincidencia de que impactara a las nueve de la mañana, al igual que su devastadora predecesora. Septiembre era el mes de los grandes bloques de agua, los habitantes trataban como fuera de asumirlo en esa forma y los pescadores buscaban el sustento con más ahínco.

Sin embargo, la naciente vibra pacífica no duró mucho; a las once, se dio un anuncio en televisión y radio:

-"¿Quieres vivir el sueño?... Miss Tell no Tales 2002 es.... The new Miss Universe is... ¡Poitiers - Cipres!... ¡Russia!... Te esperamos a partir de hoy en la explanada de la Facultad de Filosofía o con nuestras edecanes recorriendo la ciudad; si eres delgada y tienes entre diecisiete y treinta y cinco años, te estamos buscando. Nos hemos renovado para ti, es inscripción libre ¡prepárate para las entrevistas! Tienes diez días para cambiar tu vida ¡Tú podrías ser nuestra primera Miss Nouvelle Réunion!"

Acto seguido, aparecieron en todos los programas Ruth Bléger, vigente Miss Tell no Tales y una tal Mathilde Tellier que era la nueva directora del certamen para dar detalles e invitar a todas a participar.

Contrario a lo que ocurría con convocatorias anteriores, las jóvenes reaccionaron saliendo a la calle para irse de compras o llenar los salones de belleza además de comenzar campamentos en la Universidad de Humanidades, frente a los stands del comité. Para evitar desorden, cada uno señalaba un barrio diferente.

-No sé cómo la escuela se prestó a esto - reclamaba Isabelle Schepard y Lucas de Vanny sólo se reía.
-Necesitamos dinero.
-¡Esta es una institución pública!
-Pero el Ayuntamiento nos lo pidió.
-Propuse que hicieran este circo en el Teatro del Cabaret, no en nuestro auditorio.
-Pero es más grande.
-Y mira a estas chicas ¡ninguna tiene talento!
-¿Cómo lo sabes?
-¿A cuántas crees que les he dado clase?
-Sin comentarios.
-Esto es estúpido.
-¿No ganaste un concurso de estos hace veinte años?
-¡Eso fue diferente!
-Tan diferente como los votantes que decidieron cambiar el nombre del país.
-Yo apoyé el "no".
-Pero pensabas que "Tell no Tales" suena tonto

Ambos docentes siguieron recorriendo la explanada y colocándose debajo de una cornisa para seguir criticando. Alrededor, vendedores de maquillaje barato y bolígrafos llegaban con la esperanza de tener ventas decentes.

En otros rincones, la euforia era similar y en la cantina Weymouth, Bérenice revisaba la forma de inscripción una y otra vez, reconociendo los espacios para colocar el nombre y una foto. El color dorado de las letras podía ser molesto.

-¿A ti también te interesa? - preguntó el joven Evan.
-Sería una bonita miss.
-Ya te pareces a mi novia.
-¿Eva quiere competir?
-Está acampando.

La chica se rió y siguió trabajando hasta que Claudia Muriedas entró para quejarse. En el Centro había un remolino rodeando a una muchacha por un codiciado formato y cerca de la estación de policía se había formado otro.

-Mi prima se muere por uno de estos - dijo al ver la hoja de Bérenice.
-Llévasela pero cuídala.
-Seguro la aceptan, ganó un concurso en la escuela.
-Esa es una buena señal.
-El señor Lleyton está harto, las oficiales no paran de hablar de esto.

Bérenice no pudo agregar nada. Su madre entraba con un lindo vestido azul y muy contenta, portaba un gafete de Miss Nouvelle Réunion.

-Una tal Mathilde Téllier me contrató apenas se lo pedí ¿puedes creerlo? - pronunció Micaela Mukhin por saludo.
-¿De verdad?
-Dijo que parezco una miss y que mi ropa le encanta ¡si supiera que yo barrí a la competencia en un evento así, se mata!
-¡Qué emoción!
-Pero le puse mis condiciones, tú vienes conmigo.
-¿Qué? No puedo dejar la cantina.
-Pagan tres mil la semana.
-¿Dónde firmo?
-Aquí está tu identificación.
-¡Pequeño jefe! ¿Me puedo ir a Miss Nouvelle Réunion? - gritó Bérenice a Evan Weymouth.
-¿Vas a regresar?
-No sé.
-¿Pero me vas a presentar a las misses?
-Sí.
-Pues vete, yo te cubro.
-¡Muchas gracias!
-Que mi padre no te vea, adiós.

Bérenice tomó de la mano a su amiga Claudia y a su madre y muy entusiasta, se dirigió a Filosofía en donde más gente llegaba conforme pasaba el tiempo.

A Micaela Mukhin le encantaba contar sus planes cuando algo le apasionaba y en el metro, relató a su hija y a su amiga que tenía pensado proponer un escenario dorado con rosa, vestir igual a todas las chicas que no llegaran a instancias finales y seleccionar ella misma las locaciones para los videos de presentación de las concursantes. Claudia creía que nadie le haría caso a esa mujer y que Mathilde Tellier sólo le había dado el empleo porque necesitaba ayudantes pero no tardó en descubrir que la realidad era otra.

Al arribar las tres a la explanada, el staff del certamen comenzaba a llegar con equipo de iluminación, las estilistas a planear los cortes de cabello que harían y los representantes de los patrocinadores buscaban gestionar costos con la persona a cargo. A Micaela Mukhin sólo le bastó mostrar su gafete para que el jefe de personal anunciara: "Las vestuaristas llegaron" y enseguida, el grupo a su mando le mostrara su carpeta con las ideas preliminares. Bérenice y Claudia enseguida recibieron vasos con té helado y el catálogo de maquillaje.

-Esto no sirve - expresó Micaela - Nos pidieron hacer un show sobre regalos y bobadas ¡no una sesión de fotos! Tenemos trabajo que hacer ¿alguien pensó en la ropa para los fluffs comerciales de las chicas? ¿y para los del programa? - La mujer era exigente y Claudia entendió que su contrato había sido una orden para Mathilde Téllier, que pasado el mediodía se presentó para saber qué hacían sus empleados. Únicamente a Micaela le dio un abrazo.

-¿Cómo vamos?
-La planeación es rápida... ¿Le presenté a mi hija y asistente, Bérenice?
-Mucho gusto, debería participar.
-Está embarazada.
-Qué lástima.
-Sigamos, he pensado que ahorraríamos dinero si compramos vestidos sin adornos en las tiendas de segunda mano del barrio ruso y no le compramos a nadie vestuario para el segundo filtro.
-¿Tiene alguna idea en concreto?
-La carpeta del staff era un desastre; me dediqué a dibujar lo que usaremos para el final del programa y los trajes de baño para el tercer filtro.
-Excelente, continúe, estoy de acuerdo.
-Hice un par de llamadas y en una tienda de la calle Tcherkovskaya nos entregan veinticuatro vestidos blancos a 30€ cada uno.
-¿Veinticuatro?
-Las seis finalistas llevaran vestidos diferentes y el patrocinador los entregará cuando seleccionemos a las treinta chicas.
-Encárguese de ello.
-También nos comprometieron con vestuario para el último filtro.
-No podemos excedernos en costos.
-Mitad de precio a cambio de la mención comercial.
-Me parece; iré con nuestro gestor a ver que ocurre con nuestra campaña de donativos y con los de publicidad.
-Iré de compras; la ropa que propusieron para los videos promocionales es terrible.
-Adelante pero no puede rebasar los 20 000 €.
-Compraremos los zapatos al último.
-Qué alivio.
-¿Qué haremos para elegir rápido a quinientas chicas?
-Tenemos a todo un escuadrón trabajando.
-¿Luego podría ver a las que escogieron?
-Por supuesto pero no cambiaré el criterio que ellas apliquen.
-Le apuesto a que no lo harán tan bien.
-En todo caso, Ruth Bléger y yo revisaremos la selección.
-¿Y ella ganó Miss Universo?

La señora Tellier no respondió y Micaela volvió a jalar a su hija hacia la calle, buscando tiendas baratas.

Sin embargo, era en la explanada en donde ocurría lo interesante. Morenas, trigueñas, campiranas, ejecutivas, migrantes y deportistas atraían las miradas del estudiantado y Eva de Vanny apartaba sitios para sus amigas. En cada facultad se había instalado alguna mesa de inscripción y las edecanes que llegaban con los registros desde la calle se colocaban detrás de los stands para iniciar los escritinios. A las dos de la tarde, comenzaron las inscripciones en la universidad.

Algunas ex misses habían sido convocadas para recibir las solicitudes y las iban colocando en tres secciones, según las impresiones que dejaban los aspirantes; las primeras descartadas eran aquellas que no eran fotogénicas o no tenían pasatiempos interesantes; otras dejaban dudas sobre su belleza y las que conseguían el sí, aun debían esperar a una revisión general. La elección requería de mucho trabajo y aquello se agravó cuando hicieron acto de presencia las jóvenes del barrio Corse. Estas últimas tenían fama de ser las más bellas de la ciudad y con su estilo marinero de faldas cortas y tacones, nadie podía adivinar que trabajaban como pescadoras o empleadas de los astilleros y que con su fuerza, cualquier hombre caía muerto de recibir un puñetazo. Aun así, muchos estaban allí sólo por ellas y otros vaticinaban que la ganadora sería una corsa.

Conforme la tarde avanzaba, los primeros vestuarios del programa empezaron a llegar y con ellos, los gritos de emoción; asimismo, se anunciaba que se imprimirían cuántas formas de inscripción fueran necesarias para que nadie quedara fuera.

Al día siguiente, la muchedumbre continuaba concentrándose en torno a la Universidad de Humanidades y se establecieron puestos de rehidratación alrededor, incluyendo uno de la cantina Weymouth para aprovechar. Bérenice y Claudia criticaban a todas las asistentes y hablaban sobre los incidentes relacionados como peleas en los salones de belleza que tenían ocupados a los policías. Algunos estaban hartos.

Entretanto, se avisaba que los boletos de tren y autobús desde Vichy, Jamal y Toud se habían agotado. Muchas muchachas buscaban su oportunidad y eran fácilmente reconocibles: Las de Jamal eran bajitas, en Vichy las pieles descoloridas eran la regla y en Toud usaban chaquetas de mezclilla. Otros podían seguir admirándose o riéndose pero Micaela Mukhin no tardó en reconocer a una futura primera seleccionada entre la multitud: Una joven llamada Kleofina, de cabello oscuro, fino y quebrado, con rostro de corazón, labios rosa lila naturales y piel algo bronceada por trabajar en el campo. La habían colocado en el apartado de "Bosque - Réunion" junto a otra chica de gran trenza y labial cereza y otra pelirroja de pecas que de provenir de otro distrito, le habría ido mejor. En contraste, las mujeres del barrio Láncry presumían ropa colorida, grandes afro o peinados altos y pieles ébano de envidia. Justo de esa fila salió Courtney Rostov Diallo luego de registrarse. A pesar de su cabello lacio y de no estar arreglada, fue admitida cuando la encargada de su stand correspondiente leyó que era traumatóloga pediátrica y el equipo de atrás le asignó el sector de Láncry - Guyane. Junto a ella se hallaba Matt Rostov, que la había alentado a intentarlo y le decía que tendría éxito. A Bérenice Marinho no le agradó y se acercó a él tímidamente, susurrando:

-Cuando yo quise anotarme en algo así, no me dejaste.
-Es que no confiaba en ti - respondió él y se fue con Courtney de vuelta al hospital.

Fingiendo que sólo había saludado, Bérenice regresó con Claudia para seguir observando a la muchedumbre hasta distinguir a una joven rubia y alta proveniente de Centre, a la que sus amigos convencían de competir.

-¡Creí que no volveríamos a verla!
-Nunca le agradecí que sacara a mi bebé del edificio que se cayó - señaló Bérenice.
-¿Vas a decirle ahora?
-No sé qué pienses pero quiero que gane.
-Yo también.
-Haremos esto: Averiguaremos como se llama, pondremos su solicitud entre las chicas que acepten y la ayudaremos en las pruebas.
-¿Cómo conseguirás eso?
-Algo se me ocurrirá, acompáñame.

Al tiempo que eso ocurría, había revuelo entre los presentes al hacer su llegada una joven llamada Camille Maier, popular por haberle ganado una medalla olímpica a Irina Astrovskaya ese año y por ser una socialité que rivalizaba con Zooey Izbasa. Todos presentían que pasara lo que pasara, contendería al título de Miss Nouvelle Réunion por la zona de Chartrand - Rosillon. Micaela Mukhin decidió entonces "ayudarla", por razones que no podía expresar.

Por otro lado, Bérenice se colaba en donde ponían las solicitudes de Centre admitidas y aprovechando que la mujer que les daba un vistazo había ido al baño, buscaron el formato de la muchacha rubia desconocida, enterándose de que su nombre era Madice Lison Hubbell, tenía diecinueve años, estudiaba literatura, entrenaba danza en el club de hielo de Carré y acababa de calificar con su compañero al campeonato nacional. En el apartado de "Relate el suceso más impactante de su vida", Madice había contado su versión de lo ocurrido en el derrumbe de Gent, resaltando el rescate del bebé de Bérenice. Sin pensarlo un minuto, Claudia colocó el papel entre las candidatas de Centre - Champagne y las dos se apresuraron a huir, no sin pasar a la zona de vestuario para los futuros comerciales y luego de una revisión rápida, Bérenice eligió una falda negra y un saco con motivos étnicos.

-¿Te vas a robar eso?
-¡Es para Madice!
-¡Nos van a cachar!
-Claro que no.
-Pero todo está contado.
-No se van a dar cuenta.
-¡No lo hagas!
-Confía en mí.

Bérenice se escondió en el gentío y comenzó a buscar a Madice sin descanso y con alto riesgo de ser descubierta. La misión resultó tardada y Claudia optaba por desistir pero al observar a Madice ir al metro, Bérenice gritó fuerte para alcanzarla en las escaleras de la estación.

-¡Hola, Madice!
-¿Hola?
-Soy Bérenice, ella es Claudia y queremos hablar contigo.
-Adelante ¿de qué se trata?
-Te traji... Bueno, te traje esto.
-¿Para qué esta ropa? No entiendo.
-¡Para la entrevista!
-No estoy interesada, gracias.
-Te vimos allá.
-Mis amigos insistieron pero no es para mí.
-Al menos quédate con esto.
-¡No!
-Pónte labial rojo y péinate de coleta sin fleco.
-¿Qué?
-¡Nos vemos en la entrevista!
-¡Llévate tu....! saco - murmuró Madice e intentó hallar a Bérenice en la explanada inútilmente. En su lugar, sólo encontró a aspirantes contentas, mucho bullicio y una Kleofina que calmaba a las chicas nerviosas y vendía flores al mismo tiempo.

El atardecer no auguraba que el lugar se quedara vacío.

miércoles, 24 de enero de 2018

Unas flores para Kleofina


Sólo a Anton Maizuradze se le podía ocurrir hacer una pequeña campaña por Miss Nouvelle Réunion y en cuánto supo que Kleofina Lozko era contendiente, caminó por París invitando a la gente a votar por ella. El niño se veía muy simpático y había hecho del bistro "La belle époque" su cuartel general al permitírsele pegar la foto de aquella joven. Judy Becaud rara vez se aguantaba la risa.

-¿Cuánto dinero has gastado con esto?
-Mi tarjeta del metro está en ceros, la foto me costó 2€ y dice mi mamá que necesito zapatotes.
-Si Carlota te viera, estaría celosa.
-Ni conoce a mi Kleofinita bonita.
-¿No era "Carlotita bonita"?
-No les digas o me hacen la revolución de octubre.
-O sólo les da ternura.

La mujer estalló en carcajadas de ver que Anton era muy inocente y se dedicó a servirle una malteada de vainilla que el chico sorbió muy contento antes de que su madre llegara con una cacerola. Había llovido esa mañana y el domingo habría niebla.

-Buenas tardes, Judy, quiero sopa de setas.
-En un momento, señora, buenas tardes.

Cecilia Maizuradze se dedicó a observar a su hijo en lo que traían su pedido, besó su cabeza antes de colocarle una chamarra y le preguntó por su nueva ocurrencia sin evitar suspirar y poner mala cara. Judy lo advirtió desde la cocina pero lo dejó pasar en cuánto el chico le sonrió para agradecerle por su bebida y le reiteraba que la convencería de votar por Kleofina muy pronto.

-Gracias, Judy, disculpe además las molestias.
-Anton es muy lindo, no hay problema.
-La veremos mañana.
-Por supuesto, tendremos sopa de cebolla.
-Salúdeme al señor Jean, por favor.
-Claro.
-Anton, despídete.

El pequeño besó a Judy en la mejilla y se fue bastante feliz, platicando sus planes para el día siguiente; su madre sentía recelo a la sola mención de Kleofina.

Pasaron dos días y el teniente Maizuradze fue quien se presentó en el bistro de sorpresa, no sin quedarse varios minutos contemplando la imagen de la bella Miss Bosque - Réunion y vacilando en entrar. Judy se adelantó a cualquier cosa y se colocó su abrigo amarillo para salir a caminar, sobretodo porque Cumber esperaba cualquier oportunidad para dejar la cocina.

-Buenos días ¿qué lo trae por aquí? No lo esperaba - afirmó Judy, tomando al teniente Maizuradze del brazo.
-Quería saber como está.
-Necesito unos vegetales ¿me acompaña?
-Por supuesto ¿cómo ha estado?
-Muy bien, he estado muy ocupada... A usted ya lo hacía en Moscú.
-No quiero ir.
-Pero tendrá que cumplir.

El teniente Maizuradze asentó resignado y dio otro vistazo a la foto de Kleofina antes de ponerse en marcha. Judy aun disimulaba que estaba cómoda.

-No le agradecí apropiadamente por el favor que me hizo con el ADN.
-Señora Becaud, usted no tiene que recordarlo siquiera.
-Aun le debo pastel y quiero adelantarle un pago de su préstamo.
-Olvide eso, claramente le expresé que prefiero que deje todo como está.
-Es que siento remordimiento, usted ya hizo demasiado por mí.

La mujer procuraba no sonreír y el teniente la miraba con atención, intentando adivinar las intenciones de aquél paseo rumbo al mercado y sobretodo, la tentación de averiguar cómo iban las cosas con Jean; sin embargo ella lo sorprendió primero.

-Anton y su madre nos compran sopa diario, es bueno saber que les gusta lo que Cumber cocina.
-¿Cumber?
-Será porque a él le encanta comerlas.
-Ah, Cumber, sí. Su favorita es la de maíz con papa.
-Ahora le pone caldo de pollo.
-Es el truco, yo se lo mostré.
-Los vegetarianos nunca deben saberlo.
-Ni en secreto de confesión.
-Amén, jeje. Anton se divierte mucho con su hermano y sus amigos.
-Me contó que le agrada Cumber.
-Los dos están haciendo de las suyas en el bistro.
-¿Qué molestias dan?
-Ninguna para ser sincera pero Cumber es muy coqueto y Anton está muy emocionado por Miss Nouvelle Réunion, hasta me pidió permiso para apoyar a una chica con la condición de que no le diga a nada a Carlota Liukin para que no se ponga celosa.
-Por eso la foto de Kleofina.
-¿Cómo sabe?
-Porque me dijo lo que el niño quiere, lo deduje.
-Claro, aunque su madre se molestó un poco.
-A Cecilia no le gusta que Anton ande pensando en mujeres.

Judy se sobresaltó de haber sido un poco perspicaz y comenzaba arrepentirse cuando se dio cuenta de que el teniente Maizuradze le había dicho el nombre de la joven de la fotografía.

-No importa, es muy divertido ver a Anton tan feliz - mencionó desconcertada.
-Ojalá pudiera verlo.
-Podría llevar ese cartel que él hizo por la chica del concurso.
-No, gracias, prefiero evitar una discusión con su madre.
-Pero le haría compañía e incluso yo estaría más tranquila por David y Amy.
-¿Están ayudando a Anton?
-Después de hacer la tarea.

El teniente Maizuradze suspiró y por unos segundos estuvo ausente, resistiendo la tentación de consumir un cigarrillo.

-¿Se siente bien?
-No se exalte, Judy, imaginaba a Anton con sus cosas, es todo.
-Lo mejor será volver.
-No, disculpe, creo que me retiro.
-Señor ¿puedo hacer algo por usted?
-Créame, la veré luego. Lamento no ir con usted por esos vegetales.
-No importa, otro día será.
-Tal vez mañana.

Judy Becaud observó a Ilya Maizuradze alejarse con prisa y ella, con idéntica rapidez, retornó al bistro y se quedó recargada en la puerta. Como hiciera ruido, Cumber dejó la cocina para preguntarle si necesitaba algo.

-¿Le doy agua?
-No, es sólo que tu padre estuvo aquí.
-Lo sabía, lo escuché ¿que quería?
-Empezamos a caminar y luego se fue.
-Siéntese.
-Mejor, tienes razón ¿ya terminaste la sopa?
-¿Quiere probar?
-Tráeme un plato y gran trozo de pan.

Como ver a la señora Becaud tan intrigada no era usual, Cumber atinadamente sirvió sopa para sí y llevó todo a la mesa junto a la ventana con la foto de Kleofina. Judy enseguida mordió su pan y luego de tomar una gran cucharada, prosiguió:

-Quiero que me hables de esta mujer - como señalara el cristal, Cumber se sorprendió.

-¿Mi padre dijo algo?
-Su nombre.
-¿Usted le preguntó?
-No.
-¿Por qué le interesa?
-Porque le conté de Anton y las cosas que hace y sólo se fue.
-¿Con qué pretexto?
-Ninguno.
-Eso es grave.
-¿Por qué?
-Porque a mi padre le importa más de lo que usted imagina y yo sí debo cerrar la boca.
-¡Vamos!
-No, Judy.
-Yo podría ser tu madrastra.
-No me chantajée con lo que no va a pasar.
-Rayos.
-Además, es de la clase de cosas en las que un hombre comprende todo; las mujeres no, perdone.
-Eso es machista.
-Cómo no.
-Sabes que no soy chismosa pero si tu padre se pone mal y la señora Cecilia se enoja ¿qué puedo pensar?
-Estoy mudo.
-¿Es malo?
-Para mí no.
-Déjame entender: ¿Tu padre conoce a esta chica?

Cumber se cruzó de brazos.

-¿La mamá de Anton también?... Sólo mueve la cabeza.
-Oiga, soy un bocón pero hice un pacto con brindis.
-¿Has hablado con Kleofina?
-No.
-¿Te la presentaron?
-Jamás.
-¿Anton la tuvo cerca?
-Un montón de veces.
-¿La saludaba?
-Nunca.
-¿Hizo algo idiota por ella?
-Él no.
-¡Lo tengo!

Cumber se asustó y se sujetó el pecho antes de respirar un par de veces por la boca. Judy lo había agarrado por sorpresa.

-¿Tu padre engañó a su esposa con Kleofina? - murmuró ella.
-No le dije.
-¿Cuándo fue?
-Reciente.
-¿Qué?
-Duraron dos años.
-¿Tanto?... ¿Rompieron?
-Se separaron pero terminar, no creo.
-Canalla.
-También le fue infiel a usted.
-No te pases.
-Era un chiste.
-En serio Cumber, no abuses.
-Ahora ya sabe ¿puedo comer?
-Con toda libertad pero dime ¿cómo rayos Kleofina se metió con... él?
-Él comenzó.
-Bueno pero ¿cómo fue?
-Señora Judy, me desagrada esta conversación.
-Por mis santos juraré que esto no pasó.
-¿Por qué el interés? ¿Le atrae mi padre?
-¡Dios me libre de semejante idea!
-¿Qué motivos tiene usted?
-Le gusta a Anton y eso le afecta a sus papás.
-¿Y qué va a hacer?
-Tal vez quite esa imagen de ahí.
-Judy, para mi padre ese romance es el último que tendrá y por eso no lo menciona.
-Te lo confió.
-Le repito que cualquier hombre lo entiende; alguna vez hablará de esto con Hugo y luego Maxim y Anton, usted no gana gran cosa.
-Ella tiene mi edad.
-Falso, es menor que usted.
-Me voy a ahogar ¿qué?
-Tiene veinte y vende flores en una carreta.
-Alguna vez la habré visto y no le compré.
-Kleofina vendía en el barrio ruso y en Chartrand.
-Al menos no es extraño que el señor Maizuradze la conociera.
-Hace dos años hubo en Tell no Tales un otoño muy frío y llovió diario; Kleofina se refugió en la cornisa de la pizzería Maizuradze una tarde que no pudo llegar con su hermano y mi padre la invitó a pasar, le dio chocolate caliente y le ayudó a resguardar su mercancía.
-Eso es caballeroso.
-Y luego le dio permiso de vender sus flores en el local.
-No me extraña tanto.
-Mi padre se aprendió sus horarios y cuando se atrevió a acercársele más le compraba muchas margaritas. Luego comenzó a seguirla para saber que le agradaba y ella fingió que no se daba cuenta.
-Típico del señor Maizuradze.
-Entendí que a Kleofina le empezó a atraer rápido y un día entró a la pizzería cuando no había nadie para declarársele a papá.

Judy escupió la sopa.

-Él la besó y empezaron a verse por ahí; no pasó mucho para que durmieran juntos ¿necesita una servilleta?
-Estoy bien.
-Cecilia ni se enteró, sólo supo cuando Kleofina buscó a papá sin avisar pero no dijo nada.
-No imagino qué hizo tu padre para seducir a esa niña.
-El sexo ayudó.
-Mucho menos puedo con eso en la cabeza.
-Mi padre me contó que una vez se fue con Kleofina a una playa entre Tell no Tales y Jamal y que la acariciaba con flores. Lo tomé como consejo y mi vida sexual mejoró.
-Cumber....
-Judy, mi padre ha sido promiscuo gran parte de su vida pero Kleofina significa un final increíble. Él ya es un anciano, conquistar a una mujer sin arrugas es imposible, la energía no es la misma ¿qué tiempo le queda? De milagro no tiene muchas canas y la espalda no fastidia. Entonces imagine un momento que una jovencita acepta sus galanteos, lo necesita y le permite tocarla y le dice al oído que lo ama mientras se le entrega completa ¡No hay hombre que no deseé que eso le ocurra! Volver a sentir una piel suave, no inhibirse, usar toda la experiencia para que esa mujer termine extasiada y no quiera las manos de otro... ¿Ahora me comprende? Y además, mi padre lo sabe, Kleofina siente amor y cómo ya no volverán a verse, ella será suya por siempre ¡yo quisiera vivir eso a los setenta!
-El señor Maizuradze tiene sesenta y seis.
-Como usted lo rechazó, él agradeció disfrutar ese romance con Kleofina cada segundo. Cualquier hombre en la tierra mataría por eso.
-Pero ¿su esposa?
-Cecilia tiene certeza de todo lo que a usted le he revelado; está celosa y furiosa pero como nadie la quiso lastimar ni le quitó nada, lo deja de lado.
-Yo lo habría matado.
-Si están así es por Anton, porque Kleofina es un secreto de ambos; bueno, de nosotros cuatro ¿contenta?

Judy no podía hablar.

-No está bien, lo sé, pero Judy, así es la vida y las mujeres también quieren un tipo como yo cuando envejecen.... Bueno no como yo pero ese es el punto.

La señora Becaud se arrepintió mucho de su curiosidad y la boca le sabía amarga. De tan pálida, sintió pena y con ello el compromiso de un secreto del que no la había preparado nada y le causaba una gran tristeza. Luego oyó la voz de Anton por la calle y comprendió que esa foto de Kleofina Lozko estaría ahí pegada para no herir a nadie. El pequeño pidió sopa de queso y Judy se dedicó a acabar con la suya en silencio. Afuera del local brotaba un rosal que parecía un gran ramo para la joven del retrato.

domingo, 21 de enero de 2018

Una hermosa vista de Venecia (Temporada nueve)


Italia:

En horas siguientes a la aparición del diablo, el ángel de la muerte que resguardaba Venecia comenzó a contar a sus fantasmas. Muchos aun temblaban de pánico y los desaparecidos habían manchado el suelo de ceniza; otro espíritu se arrastraba diciendo "se llevó a mi bebé" y la ahorcada de Ghetto Vecchio comenzó a penar junto con otras almas que se arrepentían de cometer suicidio o apenas se enteraban de su muerte. Irritado, el ángel tachó de su lista a los que no aparecían y extendió su mano a Elena Martelli para volver a colocarla en su roca y curiosamente, sentir lástima por ella. La niña, convertida en sirena, sólo podía esperar hasta el día del juicio para dejar su condena; la ironía de que sus adornos de oro no le permitieran nadar le provocaba dolores que se quitaban cuando se recostaba y como ese castigo era excesivo, el ángel cambió la prenda por una de cristales y perlas más ligeras. Quiso decirle algo pero recordó que tenía prohibido abrir la boca y de todas formas, no sería útil porque no era precisamente muy sensible. Siglos vigilando a tantos fantasmas crueles jamás lo prepararon para lidiar con los escasos buenos.

Por otro lado, el agua continuaba roja en algunas partes, como el Rio de San Stae en el que estaba prohibido navegar, siendo el sitio con mayor número de víctimas fatales. Los buzos no querían arriesgarse y preferían que la corriente se llevara los cadáveres a la Salizada San Stae del Gran Canale y de paso la sangre, que era bastante espesa. Los caribinieri vigilaban estrictamente que nadie se arrojara a los canales y la labor de limpieza en el Rio Fontega del Tuchi mantenía alejados a los vecinos de San Polo. En el barrio de Giudecca, el forense levantaba los cuerpos de cuatro muchachas que se habían arrojado de los campanarios de las iglesias y en San Marco, se recuperaba el casquillo de la bala que había matado a una monja frente al Istituto Marco Polo y otros doce cuerpos más repartidos entre Rio delle Feralli, Rio del Veste, Rio del Santissimo y Rio del Duca. En Santa Croce únicamente hubo dos muertes y en Cannaregio se hallaban otras cinco; de la playa de Lido reportaban ocho y Dorsoduro siete.

-"De nuevo Venecia consterna al país: Ola de suicidios esta mañana arroja cincuenta y seis víctimas y diez personas con heridas graves" - reportaba el noticiero nacional y en los enlaces, podía verse como las gaviotas se negaban a acercarse al agua y los peces huían rumbo al mar o la laguna. Se decía que la gente exigía limpieza del drenaje y lo cierto, era que el suministro de agua se había suspendido hasta nuevo aviso ¿Pero qué se decía del cielo verde? Nada y es que era tan inusual que fuera del Véneto se tomaría como detalle sensacionalista.

Los Liukin en cambio, no se quedaron a ver como rescataban el cuerpo de una mujer de Rio Terá Lista di Spagna. Al contrario, se fueron a Mestre a pasar la noche. La muchedumbre preguntaba, nada más llegar a la estación de tren, qué había ocurrido y las posadas se llenaban de venecianos aterrados en lugar de turistas que querían todo barato. Los Liukin acabaron en una pizzería luego de haber tomado urgentes duchas además de tirar la ropa que traían puesta y que estaba impregnada del olor a cadáver.

-Perdí el apetito - confesó Tennant antes de salir del local.
-Más para mí - dijo Adrien y Miguel también aprovechaba para comer extra sin que nadie le preguntara porque lucía rasguños en su rostro. Yuko en cambio veía el televisor y a Carlota Liukin con el estómago revuelto, consciente de que la familia no imaginaba que había estado a segundos de perderla.

-Yuko ¿está bien? - inquirió Ricardo.
-Sí, sólo un poco angustiada - y acto seguido abrazó a Carlota, que desconcertada, le hizo el gesto a su padre de que la apartara.

-Yuko ¿podría ir por Tennant, por favor?
-Claro, señor.
-Debemos buscar un lugar para dormir y no quiero que nadie se separe.
-¿Va a pedir la cuenta?
-Yo creo que sí; los demás, acábense todo.

Carlota llevó un enorme trozo de pizza a su boca y su padre la apretó enseguida también, aliviado. La gente los miraba con insistencia y era por el escándalo y la tensión con la que hablaban, lo que hacía suponer que habían visto algo de sobra impactante. Los Liukin no se daban cuenta de que chocaban sus tenedores contra el plato y temblaban al momento de tomar una botella con cerveza o jugo de uva.

-¿Ya nos vamos? - dijo Tennant al volver de mala gana.
-Necesitamos un sitio para dormir y que nadie siga por su lado.
-De acuerdo, señor Liukin.
-Cuando creí que París me estresaba, Venecia dice "mira".
-¿Nos mudaremos otra vez?
-No tengo dinero, no puedo ordenárselos.
-Me gustaría ir a Roma.
-Creo que a todos. Come algo, Tennant.

El muchacho obedeció sin muchas ganas y luego miró a Andreas, el único despreocupado del grupo y que parecía tener algo más que hacer que estar con ellos. Sabían que tenía una nueva novia y seguramente ya planeaba verla, sobretodo porque también había ido a Mestre.

-Me pregunto con qué dinero la vas a invitar a salir.
-Carlota me hizo un préstamo.
-No, en serio.
-Conseguiré un trabajo, Ricardo.
-¿Sabes hacer algo?
-Le enseñé a Carlota a surfear.
-Ah, qué util ¿Y dónde consigues un puesto?
-El fin de semana hay una competencia en Lido, pagan quinientos.
-Qué maravilla ¿lo dices de verdad? Ya hablamos de esto, Andreas.
-¿Qué vas a hacer? ¿Recoger mi tabla como los patines de Carlota?
-Tienes prohibido ir.
-¿Me importa?
-No seas insolente.
-No te metas en lo que no te importa.
-¡Siéntate!
-Prefiero dormir en la calle antes que seguir soportándote.
-Adelante.
-Se ven.
-¡Regresa aquí!
-¡No me toques!
-¡Andreas!

Carlota se levantó para calmar a ambos.

-Haremos lo que digas, papá.
-Carlota ¿estás de su lado?
-Andreas, cierra la boca.
-¿Desde cuándo obedeces a Ricardo?
-Digamos que no puedo negociar.
-Oye niña, tus patines están en tu maleta y hay una pista pública cerca de tu escuela; apuesto a que él nunca te dijo.
-¿Hay qué?
-Yo me largo, tú puedes seguir fingiendo que serás una idiota.
-¡No soy idiota!
-Me quedó clarísimo en Mónaco, ni tiempo perdiste con Marat.
-¿A qué te refieres?
-Digamos que es la clase de cosa que a papá nunca le dirás.
-¿De qué hablas? ¡Andreas, regresa! - gritó Carlota y fue tras su hermano mientras Ricardo también exclamaba "¡Me van a explicar que pasa aquí!". Yuko, Adrien, Tennant y un hambriento Miguel no se movieron, suficiente espectáculo habían dado ya.

En la calle, Carlota y Ricardo llamaban a Andreas a gritos sin reparar en que se habían alejado bastante y al darse cuenta, no imaginaron como volver a la pizzería. Andreas continuaba cerca para su fortuna y parecía tener mucha idea de a dónde ir puesto que se detuvo en la esquina de una calle muy transitada, donde una chica aguardaba por él.

-¿Esa es la novia de Andreas? - preguntó Carlota y Ricardo entendió de golpe. La joven era de tez morena, curvilínea, de abundante caballera negra y ojos grises, era una surfer como Andreas y tenía unos labios carnosos que el chico no dejaba de mirar. No importaba su rostro cuadrado o que fuera más bajita que Carlota, la pequeña Levina Coquerel era decididamente diferente a otras mujeres que le gustaban al hijo mayor de los Liukin y la que usaba ropa más corta y sencilla.

-Si un día usas minifalda y top, jura que no sales, Carlota.
-¿Por qué?
-De menos ya se colocó la chaqueta, vamos a saludar.
-¿Qué tiene qué ver lo de la ropa? No entiendo.

El hombre sujetó la mano de su hija y atravesaron apenas el semáforo se colocó en rojo.

-¡Andreas! No te adelantes tanto, tu hermana no camina rápido - pretextó Ricardo.
-Ah... ¿Qué pasa?
-Señorita, soy Ricardo Liukin, el padre de Andreas - extendiendo la mano - Un placer conocerla, me habló de usted.

La muchacha sonrió.

-¿Lo hizo?
-Por supuesto, me alegra saber por qué.
-Levina Coquerel, mucho gusto, señor.
-Le dije a Andreas que era muy pronto para conocerla pero insistió.
-Eso es lindo.
-Oh, claro, mi hija Carlota.
-A ella ya la había visto, hola.
-¿Se presentaron antes?
-La vi en la colecta por Tell no Tales.
-Muy bien.
-Andreas dijo que me llevaría al mirador aquí en Mestre.
-Qué curioso, nosotros también iremos.
-No sabía que son tan unidos.
-Tan unidos que empalagamos.
-Mis padres estarán más tranquilos.
-Por supuesto, tienes un novio considerado.

Levina volvió a reír y Andreas miró a su padre con gran molestia. Carlota por su cuenta llamó a Miguel y luego de decirle a dónde iría, quedó establecido que los demás los alcanzarían en un sendero a las afueras de Mestre.

-Iremos a apartar un buen lugar, he oído que la luna se ve mejor desde aquí - añadió Ricardo y siguió a Levina y Andreas rumbo a San Giuliano, una vía muy cercana a esa ciudad pequeña, junto a un corredor industrial.

-No confío en ella - dijo el señor Liukin al oído de Carlota.
-¿Por qué?
-Nos aceptó sin decir nada, creo que se va a escapar con Andreas.
-No es cierto.
-Observa y aprende.

Ricardo entonces se colocó entre Andreas y Levina y puso a Carlota junto a su hermano, que al verla se atrevió de nuevo a decir que era una cucaracha.

-¡No soy una cucaracha!
-Todo invades.
-¡No es mi culpa!
-Cucarachita, yo que tú me iba de aquí.
-¿Por qué?
-Es que si le digo a Ricardo lo que se te ocurrió hacer en Mónaco, Marat es hombre muerto y tú te quedas en un convento hasta anciana.
-¿Qué me quieres decir?
-¿Tu pregunta es en serio?
-Papá me vigiló todo el tiempo y supo siempre a dónde iba.
-Por eso la hermana de Marat llamó tan preocupada.
-¿Qué?
-Me hice pasar por Ricardo antier, me la debes.
-¿Qué habló Dinara contigo?
-Le respondí que te dejé sola un par de veces con Marat en las últimas semanas, tienes suerte de que Ricardo aun crea que eres inocente en ciertas cosas.
-No comprendo nada ¿Dinara cree que besé a su hermano?
-Sí, besado.
-No, no, nunca hice eso.
-Claro que no, sólo aprovechaste tu oportunidad.
-¿Oportunidad de qué?
-Síguete haciendo tonta, cucaracha.

Carlota se desconcertó y se atrasó un momento: ¿por qué Dinara había llamado? ¿Qué le habían dicho de ella y Marat? ¿Había sido por el sushi después de la beneficencia o algún rumor malintencionado del que no estaba enterada? Pero Andreas, que la conocía bien, se sorprendió de su reacción.

-¡Eh cucaracha! ¿Te vas a quedar ahí? - exclamó el chico y Carlota avanzó sin dar más importancia a la charla, seguro se trataba de una tontería. El camino a San Giuliano no era muy agradable y era mejor no protestar por seguir el ritmo de los demás.

El mirador de Mestre se hallaba al oriente, entre dos senderos cubiertos con fábricas a las orillas de la Laguna di Venezia. Como se puede suponer, era un terreno alto, cubierto por tierra húmeda y pastos mal cuidados y secos, en donde se respiraba el aire más dudoso de toda la zona. Según Levina, las fábricas de Mestre eran envasadoras de alimentos, distribuidoras de acero y astilleros. El logo de Industrias Izbasa resaltaba muy bien a la distancia junto a una planta de leche y en el otro lado aun se oía el sonido de las láminas listas para cortar. No parecía un sitio romántico pero la vista a Venecia era inigualable, como algo que es más bello desde afuera.

-Necesito una foto de esto - expresó Carlota y enseguida la tomó, creyendo que el atardecer se iría pronto. Algunas luces en Venecia estaban encendidas y sólo se veía el ferry funcionar pero vacío. En la zona rumbo a Mestre no había ninguna escena que lamentar.

-Qué día tan difícil - murmuró Ricardo.
-Mi madre dice que hubo psicosis colectiva, no sé.
-¿Es psicóloga?
-Ve demasiados programas médicos.
-Levina ¿cómo conoció a Andreas?
-En la playa, es un buen surfista.
-¿Estudias?
-Restauración y también surfeo.
-No piensas dedicarte a eso.
-Hay buscadores por todos lados y este sábado Andreas y yo competimos  ¿pagan quinientos? Algo así.
-Como hobbie está bien.
-A Andreas y a mi nos apasiona, lo demás no importa.

Carlota quedó boquiabierta y miró a su padre, que se contenía y mejor bajaba su cabeza para no hacer notar tanto su desaprobación. Levina no era de su agrado.

-Creí que sólo querías impresionarla - susurró Ricardo al oído de Andreas pero el chico se encogió de hombros y eligió sentarse junto a su novia en una orilla, ignorando a los demás.

-Papá ¿estás bien? - dijo Carlota.
-Espero que tú comiences a tomarte las cosas en serio.
-¿Estás enojado?
-Me entero de que volviste a ayudar a Andreas a salir para el surf o de que se te ocurre tomar los patines y en serio, ambos se arrepienten.
-¿Yo que tengo que ver?
-Eres igual que Andreas o peor... Sí, peor.
-¿Ahora qué hice?

Carlota no recibió ninguna respuesta y se quedó cruzando los brazos e inflando las mejillas, como en cada ocasión que la regañaban injustamente.

Con el atardecer culminando, la gente iniciaba su arribo al mirador. Contrario a lo que Ricardo pensaba, llegaban algunas familias de Mestre a observar Venecia, más por curiosidad que otra razón. A lo lejos se veían los botes de los carabinieri y muchos suponían que patrullaban en la búsqueda de otra suicida o evitando que más gente intentara alejarse esa noche. Los turistas se habían ido a Jessolo y los cruceros estaban detenidos en Lido sin dejar a nadie salir; los que se hallaban como los Liukin en Mestre eran afortunados de regresar en un par de jornadas y no saber nada mientras el ayuntamiento ordenaba la limpieza general y el olor a fauna muerta cedía por otro que se parecía al licor de Giampero Boccherini pero Carlota sabía que él se hallaba con los buzos y tal vez el trabajo le había hecho olvidar que necesitaba un trago. Aunque parecían dos sucesos aislados, ella tenía en mente que los suicidios y el crimen Martelli estaban ligados de alguna forma pero no quería encontrar esa coincidencia que resolviera todo y menos consideraba que fuera coherente, de algún lado había sacado tal idea y por más que trataba, sólo pensaba en ese cielo verde que aun le enchinaba la piel en mala forma.

-Tu hermana es muy seria, Andreas - dijo Levina.
-Claro que no, siempre está pensando en sus novios.
-¿En serio? ¿Cuántos ha tenido?
-Como cuatro.

Carlota empezó a reír sin desmentir nada hasta que reparó en Tennant aproximándose con Yuko y Adrien. Miguel había ido por una linterna y llegaría pronto.

-¿Esa es la novia de Andreas? - exclamó el chico cuando se colocó junto a Carlota.
-Se llama Levina.
-Es preciosa.
-También te mandará al diablo.
-Lo sé pero es muy guapa, creí que a tu hermano le gustaban las rubias.
-Alguna vez iba a cambiar.
-También tú cambiaste, pasaste del rubio Trankov al bronceado Marat.
-¿Qué tienen todos con Marat?
-Sospechamos que lo besaste.
-¡Ah! Eso era, con razón Dinara se volvió loca.
-¿Por la llamada?
-¿Tú sabías y yo no?
-Vicio de bartender.
-¿Cómo te enteraste?
-Me quedé en que no me hablabas.
-Pues ya te perdoné.
-¿Cuándo?
-Estoy de buenas.
-De acuerdo.
-Molestabas con Marat, eso no me gustó.
-Odiaba verte con él y cuando lo perseguiste me dieron celos.
-No se de qué.
-Creo que lo amas.
-No, es mayor que yo, ya es tenista, yo estoy en secundaria.
-Jajajaja, no te importaba con Trankov.
-Conozco más a Marat que a Trankov y no me emociona pensar en esos dos.
-¿Te golpeaste la cabeza?
-¡Tennant!
-Me impresionas, tardaste tanto con Edwin.
-Cállate, qué pena.
-Usted y yo aun tenemos un asunto pendiente de Hammersmith.
-Sí, claro.

Carlota se incorporó risueña, rechazando a Tennant amigablemente y se acercaba a la orilla para poder ver mejor Venecia. El joven Lutz en cambio, prefería no dejarla sola y se le aproximó enseguida.

-¿No recuerdas que pasó esta mañana?
-¿Lo del cielo verde?
-Exacto.
-No lo sé, Tennant, me impresioné tanto que me desmayé; eso dicen todos.
-¿Qué estabas haciendo?
-Salí de la clase de literatura, la maestra dijo que fuéramos al patio y no recuerdo más.
-Me asusté por ti.
-¿Por qué?
-Es mejor que no recuerdes.

Carlota iba a preguntar si Tennant sabía algo cuando este colocó su saco sobre los hombros de ella y añadió:

-Cuando llamaron a tu padre, él pensó que estabas mal y yo me alegré de que no tuvieras que enterarte de todo; creí que no te vería más.
-No exageres.
-Ojalá asi fuera.
-Me recuperé rápido.
-Es que jamás te vi tan indefensa...

Tennant se reprimió y Carlota creyó entenderlo; Trankov también la había mirado vulnerable luego de ese desfile dónde él era una estrella.

-Entonces, Trankov es el pasado.
-Algo así.
-¿Guillaume?
-Mi mejor amigo.
-¿Y Anton?
-Mi otro mejor amigo.
-Ah ¿pero no amabas a Guillaume?
-Es gay.
-Jajajaja, era tan obvio.
-Lo quiero.
-Al menos nunca te romperá el corazón.
-Aleluya.
-Y yo.... Soy tu amigo.
-No, Tennant, no confío en ti.
-¿Qué tengo que hacer para cambiarlo?
-Perdiste tu oportunidad desde el principio.
-No lo creo.
-Además, eres un papanatas, adiós.

Carlota se alejó de Tennant y prefirió ver sola el anochecer, no obstante Yuko insistiera a momentos en estar con ella. Ricardo por su lado, intentaba jugar con Adrien e inútilmente trataba de resolver un cubo de rubik que al niño le tomaba poco tiempo descifrar.

La luna se veía sobre Venecia cuando Levina y Andreas por fin parecían conversar sobre algo importante. Ella había dejado de sonreír y él prestaba atención como pocoas veces. A Carlota le intrigó aquello y aunque no quería ser chismosa, se situó al lado de ellos, sigilosa. Había una fogata por ahí pero no alumbraba mucho y mientras los demás se contaban rumores e historias extraordinarias sobre lo acontecido en la mañana, la chica se enteraba de algo que enfadaría a su padre.

-"¿Andreas tiene un contrato? ¿Cuándo pasó?" - pensó y Levina hablaba de un supuesto patrocinador interesado en verla el sábado luego de mandar un video reciente de una competencia en Jessolo que no "había estado tan mal".

-Le pagaré a Carlota lo que le debo - dijo Andreas.
-¿Le debes dinero a tu hermanita?
-Mi mesada es ridícula con lo que le dan a ella.
-¿Cuánto recibe?
-No tengo idea pero gasta demasiado y siempre le sobra; ya no pienso pedirle nada.
-Si nos va bien, le puedes comprar unos patines nuevos.
-Olvidarme de ella también.
-No seas cruel.
-Me caía mejor cuando hacía lo que quería.
-Está obedeciendo a tu padre.
-Obedeciendo, claro.
-Mejor eso a que Marat sea hombre muerto.
-Carlota hace cosas épicas pero ahora...
-Creo que le sigue la corriente a tu padre en lo que se las arregla para ir a la pista que le encontraste en San Marco.
-Puse el folleto en su maleta, no es mi problema si no lo ve.
-¿Qué harás para no faltar el sábado?
-Me escaparé, siempre lo hago.
-Un día de van a enterar.
-Haré algo para salir de casa.
-Sólo no tardes.

Levina besó a Andreas y Carlota volvió a separarse, sin discreción. Ambos supieron que ella había escuchado todo pero luego se dedicaron a conversar de cualquier cosa.

-¿Te hicieron enojar, bonita? - preguntó Tennant al volver cerca de Carlota.
-No vuelvas a decirme eso.
-Perdón.
-¿Ya llegó Miguel?
-No ¿para qué lo quieres?
-Para que no me hables.
-¿Otra vez estás enojada conmigo?
-No.
-No entiendo.
-Tennant, estoy enojada y no sé por qué.
-¿Celos de Andreas?
-Obvio que no.
-¿Odias a su novia?
-Mucho menos.
-¿Es por el contrato?
-¿Cómo te enteras de todo y yo no?
-He estado con Andreas estos días, me presentó a sus amigas.
-¿Qué le ofrecieron a Andreas?
-Una marca de shorts quiere que él lleve sus productos cuando surfea, le pagarán como dos mil al mes.
-No es mucho.
-Pero es algo y el sábado Levina y él quieren convencer al publicista de una compañía de tablas.
-Si Andreas gana, se irá.
-Él es profesional, Carlota ¿creías que iba a esperar más tiempo?
-En Tell no Tales rechazó a una marca de gorras.
-Porque Gwendal no lo apoyó con el snowboard y mejor se movió por su cuenta.
-Nunca nos dijo.
-¿Para qué? ¿Para que tu padre se meta?
-¡Tennant!
-La gente de los shorts lo sigue desde París y como yo lo veo, hizo bien en firmar antes de irnos a Burano.
-¡Tres semanas! Papá lo va a matar.
-El señor Liukin no va a meter las manos, es un hecho.
-Tengo que hacer algo...
-Nada.
-Es mi hermano.
-No es tu problema.
-Andreas es un idiota.
-Carlota, eso tampoco te compete.
-Es que lo conozco, siempre echa a perder todo.
-Pues regresará, se disculpará y le dirás que es un tarado pero no ahora.

Carlota miró al piso.

-Si Andreas te preocupa, díselo.
-Es que ya decepcionamos mucho a papá.
-Lo seguirán haciendo ¿tú crees que estaría muy contento de saber que te besaste con Marat?
-Eso nunca sucedió.
-Dinara y Andreas te vieron.
-¿Cuándo?
-En Mónaco después de que nos atacó ese loco.
-Marat me encontró pero no pasó nada.
-Yo te creo pero Marat nunca se te despegó y nos peleamos por él, Carlota.
-Pero no ocurrió nada.
-Tranquila.
-Es que Andreas podría contarme todo como antes.
-Nada es como antes y Andreas sabe que es ahora o nunca.

Carlota no pudo más y comenzó a llorar sin permitir que Tennant la consolara. En vez de eso, eligió alejarse del grupo y colocarse en otra orilla para tratar de entender lo que ocurría; no obstante terminara siendo muy obvia para Levina y Andreas. Él entonces, supo que era necesario hablar con su hermana.

-Tennant te acabó de contar.
-Andreas, no te vayas.
-Lo tengo que hacer alguna vez.
-¡Ni siquiera me dijiste!
-¿Para qué? No son tus cosas.
-¡Andreas!
-Cucaracha, ya tomé una decisión, me gusta el surf y me quiero dedicar a eso, ya lo sabías.
-No te puedes ir ahora.
-¿Por qué no?
-Papá nos necesita.
-Es verdad.
-¿Entonces?
-Yo debo hacer lo que quiero.
-¿Justo ahora?
-Levina y yo podemos encontrar un buen sponsor.
-¿Es por ella?
-No, Carlota, esto es algo que siempre he deseado.
-Papá se enfadará.
-¿Y? De todas formas nunca está contento.
-No puedes hacerle eso.
-Ya se lo hice Carlota y creo que tú también deberías.
-No me cambies el tema.
-Carlota, no se si sirva pero Haguenauer también llamó.
-¿Qué quiere?
-Te ha estado buscando desde que nos fuimos de París y ayer le di nuestra dirección.
-¿Cómo logras interceptar a la gente en el teléfono?
-Siempre lo he hecho, no voy a cambiarlo.
-Está bien ¿qué dijo?
-Te ve el lunes en San Marco, le dije que necesitas unos botines extra.
-¿Por qué hiciste eso?
-Tal vez sí te quiero, cucaracha. Y creo que la pista te cobra unos trescientos al mes, nada que tu mesada no pague.
-Papá no me va a dejar.
-¿Por qué no pensabas lo mismo cuándo mamá era la que decía que no?
-Porque no estaba enferma y papá sí.
-Entonces toma una decisión.
-No quiero defraudar a papá.
-Carlota, no voy a estar salvándote más.
-¿Qué quieres decir?
-Que vayas por tus patines, dejes de hacerte tonta con Marat y me hagas caso. Te veo el sábado en Lido.
-¿Dónde vas?
-Quiero ir con Levina y no te preocupes, Marat no morirá, tu secreto está a salvo conmigo.
-¿Cuál secreto?
-Me alegra que él te haya tratado bien.

Carlota insistió en que Andreas le revelara qué le había dicho Dinara Safina y lo persiguió por el mirador, cayendo encima de él en medio de una enorme carcajada. Como algo así no se repetiría, Tennant les tomó una foto y Levina lamentó que el regreso a Venecia fuera necesario.