jueves, 30 de noviembre de 2017

El momento de la ruptura


Recordando a las víctimas del 19 de septiembre, Ciudad de México, 2017.


-Señor Lleyton, lo siento - exclamó Claudia Muriedas al ver a su jefe, insólitamente borracho y lamentándose en su escritorio mientras resaltaba su silueta en la penumbra. "¡Vaya a casa!" gritaba él con insistencia y al cabo de unos minutos, el hombre se desplomó, ocasionando que lo llevaran al hospital. En la calle, los heridos se contaban por miles.

Ese día, a las nueve de la mañana, había sonado la alerta por una gran ola que se aproximaba en dirección suroeste, próxima a impactar el barrio costero de Herault; sin embargo, la expectativa se convirtió en pánico cuando los tellnotelianos notaron que el muro de agua era más grande de lo usual y venía precedido de un ruido monstruoso. En el Panorámico, la gente salió huyendo a resguardarse hacia al Centro o en Blanchard y se propagó el miedo en las colinas de Poitiers cuando ríos de gente que intentaba estar segura, desató una estampida.

La ola entró con enorme fuerza, arrasando el punto previsto pero su violenta corriente arrastró lo que quedaba del barrio Marchelier e inundó lo poco que aun continuaba de pie en Nanterre, incluyendo la guardería pública y un hospital ginecobstétrico privado que todavía albergaba pacientes. Nadie se reponía cuando un inédito temblor provocó el rompimiento generalizado de cristales, insólita caída de unos cuántos edificios y gritos hasta que un ruido, parecido a un quiebre, detuvo a la gente. Todos sintieron un golpe desde el piso y luego, un segundo sonido que, pasado un instante, se identificó como una explosión. Era el canal Saint Michel rompiendo el suelo finalmente, formando cascada y cubriendo Nanterre, sin dejar escapatoria a quienes estaban ahí.

Desde entonces, en el Hospital General de Tell no Tales, el personal no lograba darse abasto y resultó muy frustrante para Courtney Diallo tener que internar a Lleyton Eckhart mientras sus compañeros atendían infartos y fracturas expuestas, al tiempo que Matt Rostov se concentraba en los cuerpos que poco a poco llegaban al sótano forense. Gente ahogada o aplastada, en su mayoría identificada, sólo esperaba por el acta de defunción y él se dedicaba a hacérselas, expectante de no recibir a alguien conocido.

En la sala de espera, Don Weymouth aguardaba por sus placas luego de sufrir una caída que le costaba algunas costillas rotas y en el otro extremo, Bérenice Marinho recibía a Luiz lesionado de un brazo luego de participar en una espontánea brigada de rescate en Marchelier y parte del barrio ruso, donde mucha gente intentaba sacar con vida a cuántos se pudiera de Grobokin y Katsalapov; el escuadrón de bomberos solicitaba herramientas para poder romper el concreto mientras la policía acordonaba los cuadrantes más dañados y la gente juntaba agua y comida caliente para voluntarios y damnificados.

-¿Alguien viene con el fiscal Eckhart? - preguntó Courtney Diallo y Claudia Muriedas se levantó enseguida.

-¿Se desmayó?
-Sólo se cayó, nada grave.
-Me asusté.
-Entiendo ¿El señor Eckhart fue quien reconoció a su hermana temprano, cierto?
-Desgraciadamente.
-Creo que tendrá que pasar por una nueva identificación.
-¿Qué?
-Es todo lo que puedo decir.

Courtney se alejó deprisa y la señorita Muriedas volteó hacia la habitación de Lleyton mientras recordaba que Bérenice continuaba en un pasillo recibiendo calmantes y aguardando también por el pequeño Scott, que se hallaba en observación. De recordarlo, Claudia Muriedas se echaba a llorar y no era para menos, en la ropa de ambas se distinguían yeso, concreto y polvo.

-¿Puedo preguntar qué pasó? - dijo Kovac al llegar con ella.
-El señor Eckhart...
-Lo de Lleyton ya lo sé ¿qué les ocurrió a ti y a Bérenice?
-¡Estuvo horrible!

Y así, Kovac supo que Claudia se había encontrado a Bérenice camino al barrio Carré, cuando una iba a la nueva guardería y la otra a la estación de policía después del temblor. Luego de recoger a Scott y consolarse junto a otras madres asustadas, ambas comenzaron a caminar por la esquina de Gent, coincidiendo desafortunadamente con el colapso de la Torre de Oftalmología. Como aquello cayera hacia la calle, destrozó la fachada del edificio del frente y Bérenice quedó atrapada una angustiante hora en los que Claudia y espontáneos voluntarios consiguieron abrir un hueco y sacarla, echándose a correr las dos despavoridas porque el pequeño Scott estaba perdiendo sangre luego de que un vidrio se encajara en su costado.

-La sedaron porque no dejaba de gritar - concluyó la señorita Muriedas y Kovac la abrazó enseguida.

-Ya pasó.
-El bebé se veía muy mal.
-¿Descansaste?
-No.
-Regresa a casa.
-No puedo dejar al señor Lleyton.
-Yo lo cuidaré, tú tienes que ir con tu familia.
-Oí que se siguen cayendo cosas.
-Vete por el Centro, ahí no hay daños, parece.
-¡Gracias, Kovac!
-Te avisaré si algo...
-Sí, yo me despediré de Bérenice.
-Iré a verla en un rato, despreocúpate.
-Ojalá Scott se recupere.
-Seguro está en buenas manos.

Claudia se retiró enseguida, diciendole "adiós" a Bérenice y Luiz al pasar junto a ellos.

-Qué mal día - susurró Kovac para sí mismo y observó a Lleyton dormir profundamente, como si estuviera listo para la resaca.

-Y el hombre más coherente de esta ciudad está reducido a un inútil - concluyó y pronto vio a los Eckhart abrazando a Luiz, sin saber la razón. Bérenice continuaba aplatanada en una silla sin poder decir nada coherente y únicamente saludaba con una mano, a la espera de noticias por las que no podría responder.

-¡Este muchacho salvó a mi nieto! - exclamó Samantha Eckhart y los presentes aplaudieron y dieron palmaditas a Luiz, incluyendo personal médico que lo había visto llegar con el hijo de la desafortunada Alisa Eckhart.

-¡Se metió al agua por el niño! - exclamó uno de los testigos que al igual que el chico estaba lastimado.
-Mi nieto llevará el nombre de este jovencito - siguió la señora Eckhart -¿Cuál es su nombre?

Luiz se sonrojó.

-Mejor póngale el nombre de mi padre - contestó.
-¿Cuál es?
-David.
-Ese será, muchas gracias.
-De nada.

Los Eckhart entonces procedieron a ir a la habitación de Lleyton, aunque uno de ellos se atrasó para darle a Luiz su tarjeta y decirle: "Si necesitas un trabajo, sólo llama".

"Luiz es increíble" pensó Kovac y pronto le dio la mano a los Eckhart.

-Es una pena encontrarnos de este modo - dijo Samantha Eckhart.
-También lo lamento.
-Kovac, tendremos el funeral de Alisa mañana.
-Mi sentido pésame.
-Debí saber que Lleyton se volvería loco.
-Estará bien.
-Alisa era su mejor amiga.
-Igualmente mía.
-Mi yerno murió también, no lo puedo creer.
-Lo lamento.
-Kovac, es una gran noticia que estés aquí.

Bérenice desde su lugar se sintió muy triste por Lleyton Eckhart. Con tanto calmante, ella no podía llorar y sabía que pasado el efecto, le suministrarían algo para mantenerla callada.

-Cuando despierte Lleyton, por favor avísame, Kovac - terminó la señora Eckhart y él contestó con desgano que lo haría, pensando más bien en lo que había afuera. Las sirenas de emergencia no dejaban de sonar.

-¿Familia Marinho? - preguntó una doctora.
-Acá estamos.
-¿Usted es?
-Luiz Marinho.
-¿Es el padre de Scott Marinho?
-Sí.
-¿La señorita es su madre?
-No puede hablar, le hicieron tomar algo para que no grite.
-Entiendo; de todas formas, vengo a dar reporte del pequeño a ambos.
-¿Cómo está?
-No necesitamos hacerle una transfusión; ya lo trasladamos a la sala de recuperación de Pediatría.
-Qué tranquilidad.
-El cristal que provocó la lesión al pequeño no alcanzó a perforar órganos vitales, tuvo mucha suerte.
-¿Lo podemos ver?
-En un par de horas, cuando despierte.
-Gracias.
-Es increíble, nadie más sobrevivió al derrumbe en Gent.

A Luiz le dio un escalofrío y enseguida estrechó a Bérenice, recordando que edificio y medio había caído sobre ella.

Kovac en cambio, no tenía qué contar. Había estado todo el tiempo en Poitiers, en el departamento de Lleyton y no se había enterado de nada antes de salir.

00:30 hrs, Hospital General de Tell no Tales.

-¿Lleyton, estás bien?
-No puedo creer lo que vi.
-¿Puedes con eso?
-¿Maddie se enteró ya?
-Creo que tendrás que decirle.
-Llama a la señorita Muriedas, dile que necesito un traje negro, registros de mantenimiento en el canal St. Michel del último año, planos de los barrios sumergidos y edificios colapsados, algo de whisky y la explicación de por qué dieron mal la alarma de marea alta.
-Acabas de tener resaca.
-Kovac, estoy en medio de un posible caso de negligencia, un último trago antes de que me avienten sopa podrida en la calle es justo lo que necesito.

Kovac accedió a contactar y vio a Lleyton adelantarse, evitando como fuera cruzar la mirada de la gente que entraba y salía del pasillo del forense, acertando en que más de una familia estaba reclamándole por no estar con una pala y un casco en las brigadas que en esos momentos esquivaban otro derrumbe en la calle Hasse.

-Lleyton, no hagas caso - pronunció Kovac al alcanzarlo.
-¿Hiciste lo que te pedí?
-La señorita Muriedas te ve en la oficina.
-¿Te quedarías con Maddie en lo que me cambio para el funeral?
-¿Quieres que le diga algo?
-Sólo acompáñala.

Lleyton y Kovac se aproximaron a la escalera de emergencia y esperaron por su turno para ascender mientras los reclamos seguían para el primero.

-Aguanta.
-Tienen razón, Kovac, lo de St. Michel fue algo que debí atender.
-Pasaste semanas enteras trabajando en eso.
-No lo suficiente.

Lleyton Eckhart aceleró su paso hasta la planta baja, donde Maddie Mozer se desesperaba por informes y atendía las constantes llamadas de sus padres con impotencia. Kovac ya preparaba su hombro y mordía su lengua.

-¡Lleyton! Qué bueno que estás bien.
-Voy al trabajo.
-Supe lo de Alisa, lo siento mucho.
-No podré quedarme en el funeral.
-Supe que Bérenice fue rescatada en Gent.
-Ella y su hijo.
-Suena muy estúpido hablarte de ella.
-Maddie, yo tengo una noticia que darte.
-¿Encontraste a mi hermano?
-Lo acabo de ver.
-¿Dónde está?
-Maddie, debes ser fuerte....
-No.
-Perdón.
-No es cierto, Lleyton....
-Sabes que trabajaba para contener el canal...
-¡Cállate, no es verdad!.
-Maddie, yo perdí a mi hermana en Nanterre.

Maddie le dio una cachetada a Lleyton y él optó por irse con la cabeza baja; Kovac sin embargo, detuvo a la mujer y la abrazó fuertemente, preguntándose en ese momento qué estaba haciendo.

-También yo lo lamento - añadió Kovac y se quedó sin palabras.

Mientras tanto, Lleyton abordó el metro rumbo a la oficina. La gente lo miraba con desdén y más de uno le reconocía el aroma del whisky pero no lo interpelaban; no podían porque este recibía mensajes varios y de pronto la llamada de la señorita Muriedas, reportándole casi a gritos que estaba próxima a la estación de policía.

-Me falta poco para llegar ¿tiene la documentación que solicité?... ¿Me espera el director de Obras? ¿Para mañana? Mucho mejor ¿alguna otra noticia? ... Bien, la veo en unos minutos, lamento hacerla trabajar a estas horas, prometo darle unos días para que esté con su familia, hasta luego.

Abrumado y disimulando la tristeza, a Lleyton Eckhart le pareció una eternidad el traslado entre distintos puntos del vecindario Centro. El hospital estaba cerca de esa frontera de los barrios ruso y Panorámico; la estación de policía se pegaba mucho al barrio ruso con cercanía a la plaza Pushkin.

-¿A quién se le ocurrió hacer un vecindario circular? - caviló en voz alta y recordó que era para proteger el centro de la presencia de los inmigrantes y los pobres. La Tell no Tales del pasado no salía de su trinchera hasta que el célebre ingeniero Mattiah Weymouth tuvo la idea de poblar Poitiers y entubar el canal St. Michel, dando paso a los ahora inexistentes vecindarios de Marchelier y Nanterre.

-¿Alguien reportó fugas de agua en días recientes?
-Los rusos lo hicieron todo el tiempo - contestó un transeúnte.
-Y dijeron que la tierra se abría en Grobokin - respondió otro.
-Katsalapov está junto a Marchelier - se oyó otra voz.
-El agua se filtró primero en el barrio ruso, nadie nos hizo caso - concluyó un jovencito, que por su voz, delataba ser vecino del lugar.

-¿Cuándo empezó? - le inquirió Lleyton.
-El año pasado, luego de la ola que golpeó el dique del Panorámico.
-Lo recuerdo, hubo demanda porque no se le dio mantenimiento y la marea llegó al canal.
-Pues desde ese día.
-¿Tuvimos un año de fugas?
-Lo sorprendente es que el Saint Michel no reventara antes - añadió Lucas de Vanny. Lleyton lo reconoció y se le acercó intrigado.

-En la Universidad de Ciencias sugirieron liberar el caudal poco a poco.
-¿Por qué no se hizo?
-Porque el canal volvería a tener cascada y Nanterre y Marchelier se inundarían. Durante un año se la pasaron reforzando las tuberías y tuvo que pasar un tsunami para que se entendiera.
-¿Tsunami?
-Marea alta no fue.
-Nadie lo avisó así.
-¡Porque no funciona bien esa alarma! ¿Nadie se hace cargo de las supervisiones?
-No se me informó.
-¡Esto es el colmo! ¡Las autoridades de Sudáfrica habían notificado dos horas antes!

Si no fuera porque Lleyton sufría un dolor de cabeza, habría entrado en rabia contenida como los demás, reprochándose no haber sido estricto con los servicios públicos como lo era con los infractores comunes. La culpa toma diversas formas, una de ellas viene acompañada de la anterior confianza.

-Encerraré a esos imbéciles - murmuró Lleyton antes de recordar que el nuevo Director del Departamento de Obras Civiles e Hidráulicas era un ingeniero muy joven, reemplazante de uno muy veterano que vagamente había sugerido desplazar a la gente a Poitiers, Carré y Chartrand.

-Weymouth falló y nada hicimos - suspiró Lucas De Vanny vagamente y descendió en la misma estación que Eckhart, yendo de lado opuesto.

-Tal vez lo vea para que la Fiscalía arme el proceso - dijo De Vanny por despedida y Lleyton lo observó marchar igual a los que tienen remordimientos por haber guardado la razón. A las afueras de la estación estaba ubicado un improvisado acopio y la gente gritaba para obtener agua y lámparas.

-¡Lleven el material médico al barrio ruso! ¡Carré está lleno! - indicó Ely Alejandriy al enterarse de que varios niños rusos presentaban raspones o quemaduras leves por intentar levantar escombros en Katsalapov o preparar y repartir sopa caliente en la ciudad.

-¡Señor Eckhart! - exclamó ella al verlo y se le acercó a Lleyton con lógica preocupación.

-Voy a la oficina, buenas noches.
-Hemos recibido ayuda de los vecindarios que no tienen daños; la gente de Làncry nos trae agua y en Blanchard reparten antiinflamatorios.
-Muy bien.
-No tenemos comunicación con el barrio Crozet y se corta en Avignon.
-¿Han sabido de algún otro colapso?
-Sólo Hasse hace rato, están inspeccionando un edificio en Poitiers pero parece que todo está bien.
-¿Quién coordina este acopio?
-Yo, señor.
-¿Algo de la costa?
-Herault está hundido.
-Los otros dos cuadrantes.
-Ah, el muelle está bien y Costeau sin novedad.
-¿La prensa ha dicho algo sobre la alarma?
-Parece mentira pero la de tsunami se descompuso y la estaban arreglando, la información llegó tarde y por eso activaron la otra.
-Qué ironía.
-El canal fue el que movió el piso, en las noticias vi como pasó.
-Quien iba a pensar que podía ser muy fuerte.
-¿Iban a recuperar la cascada? ¿Es cierto?
-Cuando tenga el expediente lo haré del conocimiento de todos.
-Expedientes como siempre.
-Me comprometo a explicarlo con el director de obras.
-No pudieron resolver la demanda de Grobokin ni dar una versión convincente y ahora que ya sabemos que pasó ¿qué va a agregar, señor?
-El ingeniero que se encargaba de atender ese asunto falleció en el canal Saint Michel a dónde fue por un último dictamen que el Departamento le pidió.
-¿Marcel Mozer murió?
-Está en el forense.

Lleyton suspiró un poco molesto y se retiró sin decir nada, metiéndose en la cabeza que revisando documentos sería de mayor utilidad que en la calle. Por todos lados se escuchaban reportes constantes: Barrios Panorámico, Centro, Blanchard y Chartrand sin novedad, la zona del muelle estaba tranquila, en Crozet los vecinos se apersonaban a donar ropa y comida para mascotas; un perro en Carré era rescatado y algunos indigentes ayudaban a los bomberos a remover anuncios que habían caído en el canal, justo en donde el agua corría tranquila desde siempre. En Avignon había una tensa calma luego de que los servicios no se pudieran restablecer y la gente que se aventuraba al traslado, volvía con noticias de falta de agua.

-¡Manden botellas a Avignon! - gritó alguien - ¡Y un electricista, urge! - y algunos transeúntes se organizaban enseguida para dar asistencia. En las banquetas también había gente que continuaba en medio de crisis nerviosas y niños pequeños llorando.

-"Esto es un desastre" - Pensó Lleyton de sólo ver como se formaban las brigadas y siguió caminando por un par de esquinas sólo para ver que la estación de policía parecía un desierto. Ni en la recepción o en las oficinas de denuncia había persona alguna y el elevadorista que quedaba estaba ansioso por irse.

-¿Mi secretaria llegó? - le preguntó al chico.
-No tiene mucho.
-Qué bien.
-¿Ya vio las noticias?
-No muchas.
-Mi familia vive en Carré.
-¿Están bien?
-Les tocó ver como se cayó Oftalmología.
-Lo siento.
-Supe que su hermana, murió. Mi pésame, señor Eckhart.
-Gracias, ve a casa.
-Todos le trajimos flores.

Lleyton no agregó más y descendió en el cuarto piso, viendo a Claudia Muriedas contando los arreglos y contestando escasos mensajes. No había nadie más.

-¡Señor Eckhart!
-Claudia ¿qué me tiene?
-El Departamento de Obras civiles mandó copias de los planos de Herault, Nanterre y Marchelier, se comprometieron a enviar los de edificios por la mañana y el director lo verá en la cafetería de la esquina para desayunar.
-¿Novedades?
-El derrumbe de Hasse.
-Me enteré.
-Y acaban de desalojar las dos calles de Carré que están junto a Nanterre; habilitaron la guardería como albergue.
-¿Algo va a caerse o sólo es por seguridad?
-Una torre de departamentos se vendrá abajo de un momento a otro, era la que estaba junto a Oftalmología.
-¿Usted estuvo ahí, verdad?
-Pensé que el bebé de Bérenice iba a morir.
-Algo le escuché a Kovac.
-El canal está muy cerca, creo que nadie podrá volver a Gent.

Lleyton estrechó a Claudia y luego miró alrededor, convencido que de no podría llevar todas las flores al funeral.

-Colgué su traje en el perchero.
-Gracias, señorita.
-También lo siento mucho por usted y por la señorita Mozer con lo de su hermano.
-¿Cómo se enteró?
-Kovac llamó.
-¿Qué quería?
-Avisar que lo alcanza en el velatorio.
-De acuerdo, iré a cambiarme.... Vaya con su familia.
-¿Está seguro?
-Yo me encargo de revisar papeles y todo eso, la veo el miércoles.
-¿De verdad?
-Usted tiene personas que abrazar.

Lleyton se retiró a su oficina y en silencio, se cambió el traje. Sobre su escritorio, la foto de su hermana se veía oscura y por no sentirse más triste, la bajó y tomó una copa de ron, infundándose valor de decirse que iría al funeral y no vería a Alisa nunca más. La última vez que habían conversado, ella le reprochó el no visitarla y no conocer a su sobrino todavía; él había respondido cualquier cosa, una evasiva que no quería recordar y que en aquel momento no tenía más sentido. Los muertos no se llevan las palabras y los vivos tienen derecho a no cargar con ellas.

Luego de dar un vistazo vago a la calle y a la papelería del caso Grobokin, Lleyton Eckhart se dio cuenta de que no podía lidiar con su duelo en soledad. El ruido de los voluntarios en la calle, las sirenas de emergencia y los llantos eran cosas que él no podía soportar más. Estaba hartándose pero los demás estaban igual y se paralizaban de miedo por escasos momentos. En Tell no Tales nadie ayudaba porque el corazón lo demandara; ayudaban para poder respirar.

-¡Señor Eckhart! Disculpe, creí que no había nadie - llamó una joven oficial y Lleyton cerró su oficina.

-¿Qué se le ofrece?
-He estado recogiendo reportes en los barrios del centro y del norte, no sé qué hacer.
-Los teléfonos no han sonado.
-Caminé por todos lados, estoy segura de que varias cosas no se han atendido.
-Bueno ¿qué le han dicho?
-¿No se iba ya?
-Descuide.
-En Blanchard se reportan robos a tiendas y caída de postes viejos.
-Eso es diario.
-En Carré requieren vigilancia en almacenes, sólo hay dos vehículos judiciales en la zona.
-Llame al inspector de la zona poniente y diga que le ordeno aumentar el patrullaje.
-En Láncry no pasan ambulancias.
-¿Hay heridos?
-Algunos por cristalazos.
-Que en la estación organicen traslados a la clínica más cercana.
-Hay saturación de víveres en Panorámico y aquí en Centro.
-Pide voluntarios.
-En Crozet requieren bomberos para retirar anuncios caídos y cerca del derrumbe de la calle Fontan en Nanterre hay un suicida y no encontramos negociador.
-¿Un suicida?
-Necesitan que se mate o se quite para levantar otro anuncio.
-No me digas ¿esa cosa cayó junto al canal y el tipo quiere atención?
-Parece que la novia murió aplastada por la publicidad.
-Qué mal chiste... ¿O fue literal? ¿Nadie puede arreglar eso?
-Todos quieren verlo caer.
-¿Incluso tú?
-No creo, señor. Me dio lástima cuando me dio su nombre.
-Los suicidas nunca dan su nombre ¿quién es?
-Juan Martin Mittenaere, creo que espera que su novia le conteste.
-¿Mittenaere?
-¿Lo conoce?
-Historias de tenis, avise que yo iré a ayudar con él.
-Enseguida... Nadie más toma nota de los reportes, señor.
-¿Sólo usted?
-No sé si debo continuar levantando quejas y llamados.
-Siga con eso, alguien tiene que hacerlo.
-De acuerdo. Señor Lleyton, todos los compañeros nos sentimos tristes por usted, nuestro pésame.
-Gracias, creo. Voy a Fontan, continúe trabajando.
-A la orden.

Lleyton suspiró con la cabeza baja y luego de colocarse el abrigo, descendió por el elevador. Hasta ese momento, no había reparado en nada, ni siquiera en la lámpara de la señorita Muriedas que se había caído y roto o en los papeles regados por el suelo y que ahora estaban húmedos por los arreglos florales, formando un cuadro muy desafortunado; en una esquina había incluso un retrato inclinado. En el edificio se notaba que al momento del sismo, la gente tomaba su café y se estaba saludando.

De nuevo en la calle, Lleyton optó por tomar la ruta más corta al canal Saint Michel yendo por la plaza Pushkin, en ese momento llena con casas de campaña improvisadas. Los socorristas iban y venían de las esquinas aledañas y se daba a conocer el derrumbe del centro comunitario de Grobokin, ya sin gente adentro para alivio de todos.

-Falta localizar a los desaparecidos de Katsalapov, ya mandaron a alguien al forense - informaba un vecino y las chicas se llenaban de lágrimas que Lleyton no quería ver para no conmoverse de más y poder hablar con Juan Martín Mitteneare, que en ese momento podía convertirse en su válvula de escape antes de llevar el ataúd de su hermana Alisa.

-¡Del centro nos mandan material para quemaduras!  - avisó otra persona y se formó una fila al instante, dando paso libre a Lleyton y a otros más que se dirigían a la calle Dubrova o ayudar a desalojar Katsalapov por temor a que el suelo se separara más. Ya se escuchaba la corriente del canal.

A la altura de lo que antes era Marchelier, se veían únicamente los escombros de la calle Hasse y la no tan cercana Fontan y Lleyton caminó sorprendido cerca de la orilla, en donde se apreciaba el rostro más siniestro del canal Saint Michel, que seguía abriendo su caudal hasta el mar mientras flotaban autos, techos, árboles, suelo y basura. Conforme caminaba más hacia el norte, la corriente se antojaba más violenta.

-¡Hay sobrevivientes en Hasse! - gritaba un bombero - ¡No vayan a Gent, necesitamos ayuda aquí! ¡En Gent no hay gente que salvar!
-¡Urgen gasas! - exclamaba una enfermera y los voluntarios gritaban por su petición al mismo tiempo mientras los equipos de los canales de televisión se mantenían grabando o en medio de enlaces en vivo en los que, al menos, se informaba a toda África y Francia de la emergencia. Lleyton se cubrió la cara y corrió para no ser reconocido enseguida y luego de brincar por varios montones de escombros, arribó sin advertirlo a Fontan en Nanterre. El escenario parecía una terrible escena del crimen, con policías y peritos recogiendo muestras de los cuerpos que se iban sacando de un complejo de departamentos que ocupara la calle de esquina a esquina hasta el día anterior. En la parte en donde corría el canal, había una especie de punto de apoyo formado por coches estacionados, parte del techo del edificio y una antena que sostenía un enorme anuncio de cuyo borde estaba sentado Juan Martín Mittenaere sin moverse. El complejo de Fontan había sido lo primero en caer y a diferencia de los otros colapsos, este se había dado durante el golpe del tsunami, segundos antes de que el Saint Michel y el terremoto aterrorizaran el resto de la ciudad. De hecho, desde ahí podía observarse como el canal se había abierto paso para arrasar Marchelier, la cascada estaba a unos cuantos metros de distancia.

-Señor Eckhart, hemos intentado convencer al suicida de que tome una decisión - pronunció un rescatista por bienvenida.
-¿Por qué no pasan por él?
-Porque el anuncio se tambalea, no podemos arriesgarnos.
-¿Les ha dicho que quiere?
-Que rescatemos a su novia; ella le habló hasta hace unos minutos, le dijo que dormiría un poco y que estaba bien.
-¿Es la chica aplastada por el coche rojo?
-Él cree que si se mueve, la mata.
-¿Por qué no la rescataron?
-Ella misma nos dijo que no valía la pena, vimos con nuestras linternas que está destrozada desde el torso.
-¿Cómo sobrevivió tanto tiempo?
-Porque él no se mueve, tal vez.
-Entonces no es un suicida.
-Amenazó con lanzarse si no sacamos a la mujer.
-Me haré cargo.
-Señor Eckhart....
-Le dije a una oficial que este sería mi trabajo.
-¿No lo esperan en un sepelio?
-¿Todos lo saben?
-Perdone, señor.
-Arreglo esto y me voy.
-Mi pésame.
-Supongo otra vez que gracias.

Lleyton se despojó del abrigo y del saco y subió sus mangas para parecer amigable. Sin hacer ruido, se acercó al vehículo rojo y se inclinó hacia la víctima, que ya no respondía y cuyo bello rostro parecía quedar congelado para siempre. Un enorme charco de sangre rodeaba a la mujer, que se notaba cansada de sobrevivir más de la cuenta. Sus ojos tal vez habían observado la espalda de Juan Martín Mittenaere como última seña de amor.

Ante ello, Lleyton se incorporó con lógica tensión y avanzó hacia el borde, tomando asiento junto al anuncio sin saber bien qué decir. Juan Martín giró su cabeza para verlo sin esperar nada bueno.

-Buenas noches, Juan Martín.
-¿Qué buscá? Los bomberos trabajan para sacar a mi novia y a mí de este lugar.
-¿Quieres un jugo?
-No me puedo mover, mi chica dice que cada que me acomodo un poco, siente que se le va a romper la pierna.
-Disculpa.
-Desde las nueve estamos acá, han ido quitando metales de la otra esquina, ya casi llegan. Belén me dijo que hay que tener cuidado porque se lastimó la espalda y el coche medio detiene esto.
-¿Belén?
-¿Lindo nombre, no?
-¿Cómo llegaste ahí?
-Casi me caigo al pavimento, me sostuve fuerte de esto y me subí pero cuando quise regresar a la calle, estaba Belén pidiéndome que no me moviera.
-¿Belén es tu novia?
-Nos casaríamos el martes pasado.
-¿Qué pasó?
-Me canceló y me estuvo viendo en la semana para lo de mi reembolso por la fiesta.
-¿Vivías en este edificio?
-Nada más ella, en la otra esquina estaba el café al que íbamos siempre ¿Sabe? Cuando me senté aquí, el canal se abrió de allá, de la calle Ámsterdam, empezó a temblar y no sé, sólo vino el agua y todo lo arrancó bajo mis pies.
-Yo estaba por entrar a la oficina.
-No sé cuánto muerto hay cerca, perdí la cuenta cuando dijeron treinta.

"Treinta y uno" pensó Lleyton mientras miraba de nuevo a Belén y Juan Martín lo intuía.

-Me la traje de Argentina, de Tandil de donde soy yo, se graduó de medicina y se hizo cardióloga, la contrataron enseguida en el hospital grande de aquí.
-Yo te recuerdo mucho de un Masters en París.
-¿El de hace dos años? Me retiré porque esta mano izquierda no juega más, me operaron y dijeron que eso se acababa. Abrí en Láncry un restaurante etíope si un día gustá de ir.
-¿Por qué te instalaste en Tell no Tales?
-Porque en la Argentina ahora no se puede abrir nada, los bancos se llevaron el dinero.
-Entiendo.
-Acá la gente prospera con poco, por eso muchos se están mudando.
-Supongo que a Belén y a ti les gustó la idea de una gran isla con cordillera y corriente fría.
-Nos fuimos a Madagascar y a Reunión que quedán cerca en nuestras primeras vacaciones. Recuerdo que Toud y Hammersmith le disgustaron mucho; a Jamal fuimos en año nuevo y le encantó.
-¿Por qué no se casaron?
-Por el motivo más normal del mundo, enloqueció por un tipo que es forense en el hospital.
-Lo siento.
-Pero yo sabía que Belén Mazza me ama a mí y por eso vine a verla hoy. Todos los lunes descansa y se pone un vestido rosa, me sonrió y me dijo que el tal Rostov que le gustaba se casó con una chica negra de las de Láncry.
-¿Estaba triste?
-No y eso era lo que me gustaba de ella, nada la ponía triste.

Lleyton suspiró y miró de nuevo hacia atrás, en donde Belén Mazza aun lucía rozagante y bonita.

-¿Usted sabe cómo vivir sin ella? - preguntó Juan Martín de repente y Lleyton no pudo decir nada.

-¿Ya está muerta, verdad? De nada sirvió quedarme quieto, a lo mejor yo le hice daño cuando me aferré a esto.
-La sangre aun está caliente.
-Yo iba a vivir aquí con ella, dejé de rentar una casita de Láncry.
-No pienses en ello.
-Me he quedado solo, no tengo nada ¿Qué debo hacer?
-Juan Martín, no es el único que perdió.
-Lo sé, pero de mí si dependía Belén.

Lleyton intentaba ser tan estoico como le diera la cabeza y pidió un jugo para distraerse; una paramédico se lo dio enseguida.

-Estoy hablando con usted porque no tengo valor de ir al funeral de mi hermana - confesó - Peleamos la última vez que le hablé.
-¿Dónde estaba su hermana?
-En un hospital privado cerca de aquí.
-¿El neonatal? Vi como lo cubrió el canal, luego un chico se lanzó por un bebé.
-Por mi sobrino.
-¿En serio?
-¿Sabes que es lo más banal? Que ese buen hombre es el marido de la mujer que me vuelve loco.
-Es más patético que lo mío.
-Pero mi hermana Alisa me importaba y yo reaccioné bebiendo media botella de tequila e intoxicándome con ginebra barato en lugar de, no sé, ayudar a encontrarla. Estorbé en el hospital, descubrí que no hago mi trabajo y ahora sólo intento salvarte de ahí.
-Yo me quiero ir.
-Si bajas, dile a Belén adiós.
-Es que deseo escuchar su voz y si me muevo...
-Ella entenderá.

Eso último, Lleyton lo expresaba para sí mismo, con tal de asumir que nada tenía remedio. Juan Martín, temeroso, intentaba hacer lo propio y entre acabar cayendo al canal por una distracción o simplemente dejar que sucediera lo inevitable, mejor era permitirle a los demás que continuaran limpiando el lugar.

-Venga, dame la mano - pronunció Lleyton y Juan Martín se la extendió con culpa antes de recibir el tirón que lo bajó a tierra. El anuncio entonces, aplastó el coche rojo por entero y el cuerpo de Belén Mazza quedó finalmente partido.

-¡Perdóname! - gritó Juan Martín y Lleyton lo alejó del lugar, al mismo tiempo que comenzaba a caer una fuerte brisa.

sábado, 2 de septiembre de 2017

El regalo más grande.


A las 6:40 am terminó la estancia en Burano, al menos para Carlota Liukin. Después de salir por la ventana como en la fiesta del sábado, su padre la llevó a la Fondamenta dei Squeri a tomar el vaporetto junto a Yuko inseguro de dejarlas solas. El sol apenas se asomaba.

-Si no entiendes algo, sólo haz lo que veas.
-Está bien, papá.
-Yuko dejará este sobre en la dirección mientras tu conoces a tus profesoras y tus compañeras, no te separes de ellas en el cambio de salón por favor.
-Eso es seguro.
-Te veo a las doce en el hotel Florida.
-Llegaré.
-Te llamaré cuando salgas de clase de todas formas.
-¿No veré a Marat, verdad?
-Su tren sale a las doce.
-Despídeme de él, por favor.
-Por supuesto.
-Nos vemos.
-Ven aquí.

Ricardo abrazó a Carlota igual a la primera vez que la llevó a la escuela  de pequeña y la ayudó a subir al bote sin querer que se fuera. Ella no había desayunado pero él le había dejado un panino en la cartera y cepillo de dientes, mismos que la joven descubriría mientras se hacía el peinado de coleta con listón obligatorio y se aseguraba de que sus ballerinas negras relucieran. Con su uniforme de vestido recto azul y su suéter amarillo, ella creyó recordar el casi idéntico estilo de Judy Becaud al ir a misa.

-Creo que deberías comer.
-Eso haré, Yuko.
-Tu padre también me preparó un panino, es muy considerado.
-¿A dónde irás luego de dejarme en el colegio?
-Al casino a trabajar.
-Creí que estarías en un hotel.
-Me terminaron mandado a las apuestas.
-Suerte.
-Igualmente.

La Laguna di Venezia lucía muy solitaria y mientras ellas desayunaban, la tripulación se notaba un poco desconcertada. El hermano de Elena Martelli había vuelto al trabajo y miraba a Carlota Liukin con insistencia desde que abordó en el muelle, en parte porque su padre seguramente volvería a verla.

-No sonrías mucho - aconsejó Yuko y la chica se limitó a ver el paisaje mientras se preguntaba como llegaría a la escuela. Lo único que sabía era que no iría a la que estaba junto a Santa Maria di Gesuati y que debía tomar un segundo vaporetto para el barrio San Marco en donde Yuko la llevaría a algún portón verde o gris y entregaría la recomendación que la secundaria de París había tenido la gentileza de enviar.

Al distinguir Murano, Carlota y Yuko dieron un último vistazo a sus pertenencias y luego a las cúpulas rojas que anunciaban la cercanía de Venecia mientras los vaporetti iban trasladando a unos pocos burócratas todavía. En la Fondamenta Nove iniciaban las actividades diurnas de la guardia marítima y en la distancia le asignaron al bote el atracadero seis, junto a un vehículo de la polizia.

-Siamo arrivando! - anunció el capitán - Buona fortuna a tutti!

Carlota se puso de pie y cuando el vaporetto se detuvo, saltó fuera muy contenta. Yuko prefirió tener cuidado y enseguida la llevó de la mano a la taquilla para adquirir tarjetas recargables y los billetes a San Polo. Para sorpresa de ambas, su bote estaba por partir y darían un enorme recorrido por la Fondamenta a la izquierda para navegar por el Canale di Cannaregio y el Gran Canale, dándole a Carlota entre quince y diez minutos para llegar al colegio si no se perdía. Luego de correr y provocar que las esperaran un poco, ambas se quedaron de pie casi en el borde y la marcha del bote inició con cierta velocidad, probablemente porque a las ocho el lugar se llenaría y el Canale di Cannaregio era el primero en congestionarse. En ese vaporetto viajaban ya algunos clientes del Mercato Rialto y las dos procuraban no ver a nadie para evitar devolver saludos. No había más niñas abordo.

-Me sé este camino de memoria - sonrió Carlota.
-¿De verdad?
-Lo recorrí con Marat el día que llegamos.
-¿Él te cayó muy bien, verdad?
-Lo voy a extrañar.
-No llores.
-No estoy llorando es que no dormí bien.
-El tren a Mónaco sale a las doce.
-Y yo de clase a las once y media.
-Eso pasa.
-Yuko ¿Por qué no me contaste antes lo de Marat?
-Porque es muy personal.
-¿Te puedo confiar algo?
-Sí.
-Tengo otro vestido abajo del uniforme y me aprendí el horario del vaporetto para llegar a tiempo.
-¿Vas a despedirte de Marat?
-Lo quiero mucho.

Yuko sabía que esa información valía oro y que el general Bessette esperaba algo así.

Cuando el vaporetto rebasó la parada del Mercato Rialto y se introdujo al Gran Canale, Carlota reconoció su propio destino muy cerca del Ponte di Rialto, en el Fondaco dei Tedeschi. Según la dirección que Ricardo le había anotado, debía dirigirse al Campo Salvatore y ubicar un edificio de ladrillo rojo con muchas ventanas. Incluso le decía que lo más rápido era irse por Riva del Ferro, Calle Larga Giuseppe Mazzini y Calle del Lovo

-Fondaco dei Tedeschi! - exclamó el capitán y Carlota y Yuko salieron corriendo a la izquierda, con el temor de que sus minutos de sobra se agotaran de ir con cautela. Riva del Ferro era una calle muy amplia junto al Gran Canale y aun vacía pese a la fila que comenzaba a formarse para tomar los vaporetti a Giudecca o Lido.

-¡Carlota, voy a romperme los tacones!
-¡Luego te compras otros!
-¡No gano tanto!
-¡No voy a llegar!
-¡Dobla a la izquierdara!
-¿Voy derecho?
-¿Ves otra calle?
-¡Hasta el fondo!
-¡En esa te vas también a la izquierdara!
-¡Sólo a mi padre se le ocurre meterme en cada escuela tellnotelliana que encuentra!

Carlota presentía que no llevaba prisa y de pronto, se topó con que el resto de la gente de Venecia estaba por salir de sus casas.

-¿A qué hora entra todo el mundo al trabajo?
-A las nueve.
-¿Perdóname?
-Tu padre quiere que pases más tiempo en casa, por eso no te inscribió en ningún colegio italiano.
-Lo peor que te puede pasar en Tell no Tales es llegar tarde a clases.
-En Japón también.
-¿Y los ponen de castigo a lavar retretes?
-¡Corre más rápido!

Carlota hizo lo que pudo y llegó al Campo Salvatore pronto, ubicando la escuela también a la izquierda, con ayuda de un letrero que decía "Istituto Marco Polo, scuola di educazione pubblica tellnotelliana".

-¡Llegué! - dijo Carlota muy contenta y aguardó de pie a Yuko que batallaba con sus zapatos. Había dos profesoras pasando asistencia junto a una puerta pequeña de madera que lucía ridícula con el enorme edificio que custodiaba y contemplaron a Carlota sin saber quien era, intrigadas por el sobre verde claro que la otra mujer después de unos traspiés les extendía jadeante.

-No sabía que coría bien con zapatillas - ironizó Yuko y las profesoras optaron por verificar si la chica rubia era parte del alumnado.

-Come ti chiami?
-¿Qué?
-Tuo nome, per favore.
-Nome... se parece a name... ¡Ah mi nombre! Carlota Liukin.

Ambas docentes revisaron un par de veces el apartado de la letra "L", encontrando "Liukin" pero acompañado de tantos nombres que enseguida la hicieron pasar a la dirección, que era una oficina bajo una escalera.

-Lamento la inconveniencia - dijo Marcella Mariani, directora del colegio - ¿Es usted Giulietta Eglantine Charlotte Jacqueline Bérenice Cleménce Léopoldine Liukin - Cassel et Alejandriy, la alumna recomendada por el Colegio Tellnoteliano de Francia?

Carlota pasó saliva.

-Soy yo.
-Entonces se entiende la confusión de hace un momento.
-No me acostumbro a un nombre tan largo.
-Comprendo ¿cómo suelen referirse a usted?
-Como Carlota Liukin.
-Carlota, así nos dirigiremos a usted.
-Gracias.
-El idioma será un problema pero aprobó el examen diagnóstico de la Unión Europea, eso ayudará.
-¿En qué grupo me toca?
-No manejamos ese sistema, únicamente establecemos horarios para cada estudiante.
-Qué diferente.
-Dada la hora, lo mejor será que entre a su lección de historia en el salón veintisiete .
-De acuerdo, gracias.
-Benvenuta, signorina Liukin.
-Grazie?

Carlota salió a buscar el aula y Yuko se quedó en la oficina, quizás para tratar otra cuestión a nombre de Ricardo. En aquel lugar la confidencialidad era imprescindible.

Algo se entendía al poco tiempo de andar por la escuela: ubicarse era tan fácil que por lo mismo era inadmisible asistir con retraso a las lecciones. Carlota no fue la primera en firmar su entrada al aula pero si en elegir un lugar en la segunda fila y constatar que su profesor no era precisamente el favorito de las chicas. Atendiendo el consejo de su padre, la joven copiaba del pizarrón, levantaba la mano y abría su libro cuando las demás lo hacían pero el maestro deliberadamente la ignoraba o le revisaba las notas, inhibiéndose de mirarla con tal de ser tan exigente como con las demás.

Luego de esa primera experiencia, Carlota tuvo lección de matemáticas con un docente bastante más amable al que sorprendió resolviendo un par de ecuaciones con comprobación y clases de física y química con profesoras que constantemente ponían a las chicas delante del pizarrón para reforzar lo que se exponía en clase. En la última media hora, se realizaban las pruebas para la materia de Cultura Física y Carlota lanzó dardos una y otra vez mientras recordaba que en Tell no Tales era una pesadilla siquiera pensar en integrar el equipo. Las niñas más insoportables siempre se reunían en los dardos y en Italia era la misma historia. Todas las chicas de la escuela serían seleccionadas para algún conjunto deportivo y la entrenadora del club de dardos anotó a Carlota entre sus candidatas.

-"Todo menos dardos, todo menos dardos" - cruzó dedos la joven Liukin y pronto se enteró de que se había perdido las pruebas para gimnasia y bádminton de la semana anterior.

Una campana sonó en punto de las once y media y las chicas formaron una fila inmediatamente. Si algo habían aprendido los cuerpos docentes de Venecia con Elena Martelli, era que ningún menor de dieciséis podía irse sin que alguno de sus padres o hermanos mayores se presentara y Carlota fue la primera en recibir su salida, sorprendiéndose de ver a Miguel y a Tennant esperándola. Al menos no era Ricardo.

-¿Qué tal las clases? - saludó Tennant.

Carlota lo ignoró.

-Miguel, me alegra que hayas venido.
-Gracias, señorita.
-¿Marat se fue?
-A juzgar por la hora, aun se encuentra en la estación.
-¿Crees que podría llegar a despedirme?
-Si quiere llegar en vaporetto, no lo encontrará.

Carlota no quería desalentarse y comenzó a caminar rápidamente pero optó por echarse a correr rumbo al Fondaco dei Tedeschi, esperanzada de que la parada no estuviera saturada pero en Venecia el mediodía significa ver el Gran Canale muy lleno. Los turistas de los interminables cruceros eran los responsables y se decía que del lado de Giudecca navegaba uno que no había podido quedarse en el canal San Marco.

-Voy a llegar - susurró Carlota y desató su cabello, cambió sus zapatos y se quitó el uniforme escolar, descubriendo un vestido verde pastel de manga corta, atrayendo varias miradas, entre ellas las de su profesor de historia, que aguardaba por su turno en el vaporetto.

-¡Señorita, no se adelante tanto! -exclamó Miguel.
-¿Como veré a Marat en la estación?
-Hay tráfico y el puente está saturado.
-¿Alguna idea?
-¿Ir volando?
-¡Miguel!
-Es posible.
-Si no pasa un milagro, dejaré de ir a misa todos los días.
-Le conseguiré un bote enseguida.
-¿Cómo harás eso? ¿Pagarás una góndola?

Miguel corrió y Carlota lo perdió de vista muy pronto mientras un despreocupado Tennant se le aproximaba revisando el reloj.

-Faltan veinte minutos, tic tac, tic tac.
-¿Cuál es tu maldito problema, Tennant?
-¡Marat ya se va! Acéptalo ¿quieres?
-¡Le tengo que decir adiós!
-¿Por qué?
-Porque nos ayudó ¿no es suficiente?
-Pudiste despedirte ayer.
-Lo hice.
-¿Entonces?
-Tú jamás entenderías.
-No sabes lo que haces.

Carlota recordó que no le dirigía la palabra al joven Lutz y se dedicó a buscar transporte hasta que Miguel le llamó desde el canal. Él venía con, adivinaron, Geronimo que llevaba telas a un taller de Cannaregio.

-¡Carlota, principessa mia! - inició aquél - ¿Dónde vas?
-¡Por Marat!
-¡Ni siquiera debías pedírmelo, sube! Ya sabía que no es tu hermano.
-Somos amigos.
-¿Dónde fue?
-A la estación de tren.
-¿Se va de Venecia?
-Tengo que despedirme.
-¿Vas a confesarle tu amor?
-¿Qué?
-¡Eso no espera, vámonos!

Carlota saltó al bote y Tennant, impresionado hizo lo mismo, Miguel tenía demasiada habilidad para resolver cualquier retraso o anhelo que ella tuviera y Geronimo sólo aceleró para esquivar góndolas, mismas que frenaron la marcha de los vaporetti y despejaron la curva del Canal de Cannaregio, haciendo que la polizia persiguiera a los Liukin por exceso de velocidad.

-¿Cuánto falta?
-Cinco minutos.
-No llego.
-Carlota, te prometo que estarás frente a Marat. Cuando lleguemos comienza a gritar, detendremos el tren.
-Geronimo ¡eso sólo pasa en películas!
-¡Y en Italia!

Carlota se sujetó más fuerte en la siguiente curva y la lancha frenó frente a la estación, dando la oportunidad de que la chica corriera antes de que los carabinieri rodearan a los demás. Los gritos de "¡Marat, Marat!" comenzaron en la escalinata y la joven Liukin se abría paso en la multitud, en donde algunas muchachas, quizás enamoradas, se unieron en su llamado. La gente se contagió de una vibra muy especial y pronto, el grito llegó al andén, en donde el maquinista estaba por iniciar
la marcha. Carlota se asomaba por las ventanillas y pronto, las personas al interior del tren decidieron ayudar, encontrando a Marat en el segundo vagón. Él, asombrado por el alboroto, distinguió a la joven recorriendo el exterior y enseguida salió a recibirla.

-¡Marat! - dijo ella y ambos se aproximaron, estrechándose en el acto.

-¡Pensé que no te encontraría!
-¿Cómo llegaste?
-Geronimo me trajo.
-Qué oportuno es.
-Marat yo tengo algo....
-¿Por qué la gente nos aplaude?
-También me ayudaron.

Carlota estaba un poco nerviosa y Marat expectante, como si los demás esperaran una declaración o un beso. Los dos no sabían qué seguía y el maquinista advertía que se iría si no lo resolvían ya.

-¿Estarás en Mónaco, verdad?
-He de reportarme para Copa Davis.
-Lo siento, por mi culpa no has tomado ninguna raqueta.
-Tengo un mes para eso.
-Gracias por salvarnos allá.
-Oye, no tienes que repetirlo...
-No sé si volveremos a vernos.
-Podemos llamarnos.
-Pierdo el celular a cada rato.
-Te dejé mi mail.
-Cierto.
-Carlota, me tengo que marchar.
-Sí.
-¿Hay algo que quieras decirme?
-Marat, yo te quiero.
-Carlota...
-Gracias por ser mi amigo.
-De nada.

Ambos se abrazaron nuevamente y Carlota, en un arrebato amistoso, le besó la mejilla mientras se le trababan los labios para decirle a Marat que no se fuera.

-Estás llorando otra vez - sonrió él.
-Lo sé, estoy conmovida.
-¿Por qué?
-Las despedidas no me gustan y te voy a extrañar demasiado.
-Carlota, nos veremos algún día.
-Vuelve a prometerlo por favor.
-Prometido.

Carlota extendió su meñique derecho y Marat enganchó el suyo para sellar el pacto.

-¡Cuídate mucho!
-También tú.
-Tengo un regalo para ti.
-¿Qué me hiciste?
-Un retrato - Carlota sacó una carpeta - Lo hice la primera vez que te vi. No había nadie ¿te acuerdas?
-¿En Mónaco?
-Quiero dártelo, es para ti, lo dibujé porque me llamaste la atención y estos días busqué en dónde conservarlo.
-¡Eres muy talentosa!
-Quédate con esto, por favor.
-Por supuesto.
-Suerte con tu torneo.
-Suerte con tus patines.
-Te tienes que ir.
-Ya nos tardamos.

Carlota apretó a Marat de nueva cuenta, sintiendo que al menos tenía que decirle adiós.

-Me pongo en camino.
-Entiendo.
-Retrasamos el tren.
-Van a matar al maquinista.
-Ja ja ja y él a nosotros.
-¡Me alegra mucho haberte alcanzado!

Ella no quería soltarlo y le sostenía las manos, maravillada de lo diminutas que eran las suyas en comparación, percatándose de lo pequeña que era, de que Marat la había rodeado todo el tiempo sobrándole cuerpo e inclinándose para escucharla. Recordó entonces que ese mismo hombre era capaz de protegerla y que a pesar de estar marcado de por vida, valía más que cualquier otro en el mundo.

En algún punto cercano a perderse a sí misma, Carlota se dio cuenta de que el viento olía a violetas y a cerezas. El cielo era rosa como en Mónaco y de golpe evocó lo ocurrido en ese claro luego de que él la hallara intentando cubrirse y con la ropa hecha trizas. No comprendía porque esa escena se escondía en su mente cuando inició una lluvia que le acariciaba la piel. Eran flores de cerezo nuevamente.

"¡Esto es un milagro!" gritó alguien y Carlota y Marat volvieron a carcajearse y lanzarse bolas de flores, a hacerse ramitos y a tomar fotos ¿cada cuánto se veían esa clase de tempestades? Ella adornaba su cabello mientras las lágrimas le brotaban más y más al detenerse a mirarlo.

-¿Pasa algo?

Carlota procedió entonces a persignar a Marat.

-Soy musul...
-Es para protegerte.
-Qué linda, gracias.
-Deseo darte algo.
-No, no...
-Marat, quédate con mi dije.
-¿Qué?
-Es tuyo, llévalo siempre.
-Carlota, siempre lo traes puesto.
-Significa bastante para mí.
-Guárdalo.
-Marat, siento que te pertenece ahora, es Santa María del Mar, cuando la mires piensa que yo te quiero y eres mi gran amigo. A esto quería venir, a regalártelo porque....

La voz de Carlota se ahogó y Marat consintió entonces colgar el dije en su cadena. En ese punto, él optó por no hacer más preguntas, mientras ella, emocionada, se dejaba llevar y jugaba en medio de la lluvia de flores, misma que iba llenando los canales, las cúpulas, las vías,  de una delicada y bella alfombra rosada.

miércoles, 23 de agosto de 2017

Viviendo en 1984: El fin del descanso en Burano

Imagen cortesía de Toei Animation, One piece episodio 391.

Unión del Estado Soviet, dimensión del espejo, año indeterminado.

-"¡Los esclavos se rebelaron! Repito ¡Los esclavos se rebelaron!"

-Apaguen eso - ordenó Elijah Maizuradze y enseguida preguntó por el sector amotinado.
-Son los esclavos del campo cuatro.
-Arrójenles sarín, me avisan cuando hayan recogido el último cadáver.
-El distrito quince rodea el campo cuatro.
-No escaparán.
-Pero alrededor viven los obreros metalúrgicos y sus niños.
-General Brezhnev ¿Acaso pregunté qué hay en la zona?
-Podemos llegar al millón de víctimas si no tenemos cuidado.
-El daño colateral es más persuasivo que el puñado de esclavos que ustedes no pueden controlar.
-Pero ¿qué haremos con los soldados? ¡Hay que evacuar!
-Yo mismo pediré que en el entierro los condecoren.
-¡Le exijo otra solución!

Ilya Maizuradze volteó hacia Brezhnev y lo sustuvo violentamente, ocasionándole la muerte al estrellarlo contra la pared. Los demás fingieron no ver.

-¡Tú! ¿Cómo te llamas?
-¿Yo? Cabo Shibnev.
-Ahora ocupas el rango de Brezhnev, coordina el ataque.
-Enseguida.
-Los demás retiren al gusano y mandan mis condolencias. Con su permiso señores.

Campo siete, Unión del Estado Soviet.

-El nuevo lote de esclavos llega desde el Continente Negro mañana, les asignaron el campo nueve.
-¿Y este qué?
-Marat Safin, dieciocho años, le gustó a la hija del almirante Nakamura. Lo hemos tenido a dieta desde que lo sacamos del campo 11 en Transiberia, con ejercicio y ducha.
-¿A qué se dedicaba?
-Es campeón olímpico.
-¿El de los cien con vallas?
-El de tenis.

Los dos soldados a cargo de vigilar a Marat esa noche leían reportes preliminares sobre la sofocada rebelión del campo cuatro y en un momento dado, se preguntaron si en su sector se lograría experimentar algo así. En el campo siete los esclavos eran en su mayoría niños de las islas chinas y la península del Vietcong así como jovencitas soviet que serían trasladadas a los campos de las lujosas islas exóticas Sutra y Java.

-¿Y este qué hizo para caer aquí?
-Acostarse con la esposa de un almirante.
-Qué imbécil.
-Realizó trabajos forzados en Transiberia y destrozó tigres en el camino.
-¿Cómo sobrevivió?
-Dicen que tiene la resistencia de un buey.

El frío en el campo siete era más intenso que en Transiberia o quizás era porque Marat llevaba un buen tiempo sin hacer nada. Atado de pies y manos, con un collar de hierro en el cuello, un chip localizador recién implantado y una actitud aplatanada por la acción de una fuerte droga, el chico trataba de no caer dormido y enterarse de lo más que se pudiera mientras pensaba que el dichoso campo siete era un edificio circular de acero con puertas congeladas de apariencia inofensiva. No sabía bien a qué lugar lo llevarían pero sí que la señorita Keiko Nakamura cumplía con todos los estereotipos de las hijas de las personas más poderosas: era fea, provocaba rechazo en lugar de lástima y su club de amigos era igual o más repelente; eso se pasaba por alto si se hacía caso de los chismes que decían que la mujer era agradable y de fácil risa.

-¿Le colocaron el código de barras?
-Se lo tatuaron.
-Ja ja ja ¿Quién lo ordenó?
-El almirante cornudo.
-¿Con tinta buena?
-Y lo hizo él mismo.
-Qué gran manera de vengarse.

Los dos hombres contemplaron a Marat fríamente y le arrojaron los restos de sus cigarrillos a la cara.

Kyot, Imperio Oriental de Japón, dimensión del espejo.

Marat llegó a medio día al Palacio Imperial de Kyot mientras una comitiva de la Armada japonesa lo rodeaba para escoltarlo. La marina del Gobierno Mundial reportaba la entrega exitosa y de sólo atravesar las puertas de tan magnífico lugar, fue recibido enseguida por el mismísimo emperador y su esposa. Le removieron las cadenas, lo asearon, maquillaron sus golpes y lo vistieron personalmente al tiempo que le colocaban un brazalete irremovible con un nuevo chip para inhibir más la posibilidad de una fuga exitosa. Cualquiera se habría preguntado qué estaba pasando, menos Marat que atinadamente pensaba que él era un capricho o un regalo de cumpleaños. Por los gestos que le hacían entendió que más le valía fingir felicidad y cuando le anudaron la corbata sintió un escalofrío que por poco le detenía el corazón.

Cuando lo condujeron por un vestíbulo hacia el jardín, tuvo la última esperanza de que Keiko Nakamura fuera una persona razonable o una chica obligada a comprar un hombre para disimular su escasa fortuna cuando se percató de que el almirante Nakamura parecía ser el verdadero líder del Imperio. El emperador y su esposa le temían al extremo, lo mismo que los funcionarios cercanos a estos y los sirvientes temblaban de sólo haber despertado para empezar a seguir sus órdenes.

Nakamura dio la bienvenida a Marat derribándolo por no bajar la vista y una mano pequeña y robusta lo sujetó para levantarlo. Esa mano era la de la señorita Keiko, que sonrió incluso y saludó cortésmente. En el jardín se hallaba la prensa.

En aquella escena, Marat se convenció por un momento de que quizás no le había ido mal. Si las cosas eran como las concebía, le bastaría con no toparse con los ojos del almirante para estar en paz y decir lo que le indicaran para cubrir a Keiko. Esta última lo tomó de la mano y lo hizo asomarse con ella para darle fotos a los reporteros y luego de cinco minutos exactos, la comitiva entera se retiró al interior.

El almirante Nakamura acarició el rostro de su hija y luego de comentarle algo que Marat nunca entendería, le entregó una tarjeta del Gobierno Mundial. La chica jaló a Marat hasta un auto de lujo y abandonaron el palacio rumbo a un hotel exclusivo.

El distrito cero de Kyot era hermoso, rodeado de pagodas, parques y encantadores hoteles de madera, como si se tratara de una ciudad muy vieja. El agua fresca era un lujo en aquél país y en Kyot corría libremente, podía beberse de las fuentes y disfrutarse en baños calientes y justo eso ordenó Keiko para Marat una vez que descendieron del vehículo. Él no entendía y las chicas del spa se llevaron las manos al rostro, obligándose a cumplir. Una de ellas rompió en llanto al ver el tatuaje del chico y se esmeró en limpiar su piel debajo del brazalete mientras otra exfoliaba su cuerpo y una maquillista elegía alguna base en crema para volver a ocultarle los golpes, sin que alguna otra empleada interviniera. Marat se sentía avergonzado y luego de soportar un sinnúmero de brochas en la cara, fue llevado a otra sala en la que le indicaron que debía recostarse sobre una fría plancha de acero y pronto vio a un equipo de chefs trabajando a su alrededor y colocándole pescado en todas partes; una enfermera además le inyectaba una sustancia que al poco rato le impidió moverse y la temperatura de la habitación fue reducida. Para asegurarse de que no reaccionara, Marat volvió a ser atado con cadenas y los presentes lo dejaron solo luego de colocar en el piso varias alfombras y cojines.

Keiko Nakamura entró con sus amigos poco después y lo contempló como si estuviera fascinada. Entonces Marat entendió que no existe algo más incómodo que acabar expuesto frente a unos desconocidos que se ríen y murmuran mientras sus gestos se degeneran en muecas grotescas.

Los amigos de la señorita Nakamura eran horribles pero no sólo por sus físicos nada afortunados, sino porque varios parecían despreciarlo todo y eran bastante despectivos. A Marat le pareció que incluso el grupo desprendía un fuerte olor a podrido y la hasta ahora gentil Keiko repicó una campanilla y dio una especie de discurso que la transformó de mujer a un demonio demente como el grupo. Ella inició el banquete consumiendo el primer bocado directamente con su boca y succionó la mejilla de Marat hasta dejarle una marca.

El resto del grupo imitó a la señorita Nakamura, lastimando los brazos, el cuello y el pecho de Marat, haciéndose a un lado para que un tipo alto, flacucho, de abundante acné y quizás el de mejor aspecto general decidiera que era su turno y mordió los pies del chico para ingerir algunos trozos de atún. Cuando se incorporó, Marat contempló horrorizado una gran mancha de sangre en la boca de aquel junto con una exhibición de dientes puntiagudos que le daban el aspecto de una lambrea. Keiko aplaudía fascinada y enseguida le colocó al "platillo" unas agujas eléctricas debajo de las uñas, dándole unas descargas que adormecieron aún más los músculos de Marat a quien atacaron rompiéndole los dedos otros comensales al retorcérselos. Entre las mordidas y esos golpes, alguien más comenzó a provocarle cortes con unos palillos afilados y entonces Keiko sacó un pequeño mazo con picos al que ató a una cuerda. Terminado el sashimi, la plancha fue apoyada sobre un muro de madera y quedando Marat de pie, el grupo intentó aterrorizarlo con un pañuelo en la boca. Keiko, extasiada comenzó a arrojar el mazo a sus rodillas y el chico lambrea a intentar cortarle las arterias por la muñeca con sus dientes. El general Nakamura observaba todo sin decir palabra y las mujeres arañaban a Marat mientras planeaban complacerse carnalmente con él cuando los Nakamura aceptaran venderlo.

Luego de esa noche, Keiko sería más ruda: Marat anduvo como un perro por toda Kyot mientras ella realizaba sus compras, recibiría azotes sin aviso, en días de calor extremo lo mantendría desnudo y sin agua, atado a un poste en pleno rayo de sol y en días de frío suplicando por comida como animal callejero, amén de la ya cotidiana tortura en las noches de sashimi en las que Keiko ordenaba pez globo para saber si él se envenaría. Sin embargo, y como todos los sádicos, la señorita Nakamura cometió un error.

Por aumentar el placer de ver a su mascota ensangrentada, Keiko ordenó colocar espejos al exterior de los edificios más elegantes de Kyot y forzó a Marat a pasar por ellos, mientras las personas se detenían a verlo. Otros esclavos en la ciudad fueron forzados en el acto a reflejarse y Marat fue colocado en un sitio donde la luz empezó a quemarlo. Y levantó la cara.

Marat se encontró a sí mismo en un reflejo, despojado de su dignidad, herido, con infecciones y agonizante. Se puso de pie, tocó el espejo, sus pies se plantaron sobre el asfalto como si le devolvieran la sensibilidad y Keiko lo jaló con insistencia.

Esa tarde, la mujer estaba con sus amigos y él reaccionó. Rompió el espejo y tomando un gran trozo, apuñaló a todos en el estómago; el chico lambrea en cambio se desangró por la yugular y a Keiko ... En Kyot la gente se impacta hasta la fecha de recordalo. Marat le arrebató el mazo con picos y la golpeó en la cabeza hasta desfigurarla y dejarla sin vida en el pavimento. Al almirante Nakamura le avisaron enseguida pero Marat se despojó de las cadenas luego de apoderarse de la llave y corrió, corrió sin descanso, sin parpadeos, desapareciendo en el camino.

En la tarde de ese mismo día, las sirenas de alarma, las balas de goma y las tropas de la armada japonesa así como la marina se apoderaron de Kyot y la avalancha no se pudo contener. La gente del espejo miró asombrada como un puñado de hombres y mujeres tomaban las calles y destruían todo a su paso, mientras arrastraban cadenas pesadas y arrancaban sus chips mientras le devolvían el maltrato a sus verdugos y los abandonaban en las banquetas. El sector cero de Kyot se rebeló.

Gran Imperio Británico, sede del Pacto Unificado del Gobierno Mundial.

-Hace dos meses recibimos la información del motín en el campo cuatro del Estado Soviet y luego cambiaron la prioridad de constructores a mineros ¿Qué hicieron con los esclavos que sobrevivieron al sarín? - preguntó la presidenta del Estado Francés.
-Los ilesos fueron llevados a Transiberia; los heridos ejecutados.
-¿Ha habido otro intento por levantarse?
-Ninguno con los soviet y no se registran en otros lugares.
-Entonces este consejo del Pacto debe tomar por sorpresa los disturbios de Kyot ayer.
-En Kyot no establecimos campos.
-Pero la clase alta japonesa suele vivir en ese lugar y comprar esclavos soviet.
-El almirante Nakamura fue fusilado y los disturbios neutralizados.
-Los esclavos escaparon, almirante Maizuradze.
-Hemos capturado a varios.
-¿Serán reubicados?
-Matamos a varios; a los niños los enviaremos al Vietcong.
-El responsable principal no ha sido detenido.
-Yo mismo he planeado su castigo , sé que no puede salir del imperio japonés porque trae código de barras y la gente de los pueblos lo persigue.
-¿Cuánto durará el juego? ¿Antepone una venganza personal por todos conocida a una necesidad de apagar cualquier llama de insurrección?
-Se equivoca, sólo quiero que la gente común lo asesine.
-¿Para qué?
-Para dejar constancia de poder del Gobierno Mundial.

Bosque de bambú de Arashiyama, dimensión del espejo.

Pronto, el hambre y la deshidratación provocaron que Marat sucumbiera y cayó sobre la tierra húmeda mientras escuchaba a decenas, tal vez cientos de personas persiguiéndolo. Los obreros japoneses eran fieles a los lineamientos del gobierno central y creían ciegamente en la disciplina progresista que habría de hacerlos más fuertes y mejores ciudadanos que en los demás países.

Marat entendió que si alguien más veía su tatuaje, sería hombre muerto. Un esclavo podía comprar su libertad únicamente envejeciendo pero con un código de barras era imposible. Un esclavo así era propiedad del Gobierno Mundial para siempre y un paria en cualquier lugar. Los esclavos siempre llevaban la desgracia a casa porque no había checador de precios o control de seguridad que no detectara el código, provocando la movilización de fuerzas que arrasaba con vecindarios enteros. La gente en el mundo era escaneada a menudo para evitar que cualquier esclavo lograra colarse y como se ha dicho, ellos mismos preferían acabar con los rebeldes a sufrir las atrocidades de los saqueos, incendios y violaciones de la marina.

Entonces, la jovencita del spa, la misma que lloró al ver el código de barras, se apareció ante Marat. Si se preguntaban de dónde Yuko Inoue identificaba a Marat Safin, conocen la verdadera respuesta.

-¿Estás bien?.... Taranquilo, no voy a decir nada.
-No me...
-No hables.
-¿Qué haces?
-Un charco - Yuko sacó una cantimplora, escarbó un poco y vertió el agua para tener un reflejo - ¿Ves esto?
-¿Qué es?
-Arójalo al agua, atrápalo y sumérgete.
-¿Qué?
-Sólo así escaparás, confía en mí y ponte esta pomada en las heridas, te las quitará en seis meses.
-Pero....
-Házlo, luego te alcanzo, yo vengo por una misión que no puedo contarte. Vete.

Con un gran miedo, Marat se obligó a tirar un balín al charco y se arrojó a él, saliendo a un sitio exactamente igual pero flotaba en un lago. Sin comprender nada, se sumergió al agua para limpiar su cuerpo y buscar una manera de irse. No escuchaba a nadie siguiéndolo, la joven no estaba.

Bosque de bambú de Arashiyama, dimensión real.

Olía a pescado asado cuando en la orilla, Marat distinguió a un hombre igual a él, de la misma edad, con idéntico corte de cabello y de nombre coincidente. Una tal Anna, novia del desconocido lo llamaba pero aquél, de tan impresionado de ver a su propio doble quedó petrificado y nuestro Marat, por confirmar su huída, le reventó la cabeza con el mazo puntiagudo, arrebató su ropa y lo aventó a las profundidades, suplantándolo en el acto.

-¡Marat! ¿Qué haces?
-¿Nadar?
-¿No te cansa pescar,  verdad?
-No.
-¿Qué te pasó en la espalda?
-¡Nada! Me caí.
-¿Por qué no me quieres contar de tu excursión en Alaska?
-¿Otro día?
-Vamos, seguro que quieres comer.

Dócil, Marat dejó que la desconocida lo guiara de la mano hacia otro sendero con más bambú y una familia le sonrió al verlo. Hambriento, Marat tomó un plato y devoró un pescado sin detenerse, sin usar cubiertos y moliendo los huesos con sus dientes. No quedó ni la cabeza.

-¿Quieres más? - preguntó un hombre al que luego identificaría como Mikhail Safin, padre del Marat difunto.
-Estoy muy cansado.
-Te dije que pescaste demasiado.
-¿Me dan más comida?
-Claro, siéntate junto a Dinara, provecho hijo.

Desconcertado, Marat tomó un lugar al lado de un niña que lo abrazó en el acto y hasta besaba su tatuaje sin preguntarle por el código. La familia Safin era lo único que le quedaba en ese momento.

Burano, Italia, 2002.

-Por eso Marat se puso muy mal cuando sonó la alarma de la mercería.
-¿Por qué no me dijo Yuko?
-Carlota ¿qué sentirías si en cada lugar al que vas apareces como mercancía?
-¿Por qué no se quita el tatuaje y ya?
-Porque no sólo es de tinta; a Marat lo quemaron hasta el músculo.

Los Liukin habían ido a misa y al concierto de San Martino Vescovo, habían comido mariscos fritos y pizzas, jugado en la calle y después, hallaron una pequeña mercería en la que habían accedido a vender algunos grandes hilos a Carlota Liukin. Todo marchaba bien hasta que el detector anti robo comenzó a timbrar y los dueños del local se llevaron a un asustado Marat a la comisaría. Ahí se aclaró el malentendido pero el escáner de la tienda le asignaba un gran precio a Marat ante el desconcierto de los demás. Así fue como Carlota supo que él evitaba los negocios grandes, el banco y los detectores del aeropuerto si era posible.

La joven Liukin no paraba de llorar ante la descripción de las torturas y humillaciones que había sufrido Marat y que Yuko conocía por ser funcionaria del Gobierno Mundial, así le hubiera cambiado u omitido cosas algunas cosas en el relato como que los Safin lo habían buscado, el homicidio del Marat Safin real, que la autoridad central nada tenía que ver con el tráfico de humanos y la ayuda de la misma Yuko. De la dimensión del espejo tampoco se mencionó una sola palabra.

Por la noche, Carlota notó que Marat no estaba en su habitación y los chicos lo buscaban tal vez para hablar del asunto. Inquieta y preocupada, corrió detrás de Marat hasta una orilla al sur de la isla en donde él había escapado y notándolo solo se le aproximó sin poder detener las lágrimas.

-Yo te quiero - pronunció ella y se colocó junto a él.

-Valgo 100, 000€
-No es cierto.
-Eso marcan los aparatos.
-¡Marat!
-Me quedé en la puerta y ni así me pude librar.
-Fue un accidente.
-La policía me revisó con el checador de precios, tengo un código universal.
-Tú no vales ese dinero.
-Lo tienen registrado.
-¡Las personas no tienen precio!
-Claro que sí, por eso venden al año a miles de seres humanos ....
-¡Basta Marat!
-Es la verdad.
-¡Cállate!
--Si me quieres son 100,000€
-¡Eres mi amigo Marat!
-¿Y eso qué?
-¡No tienes precio para mí!

Carlota besó el tatuaje de Marat y le abrazó enseguida, derramando ambos bastante llanto.

La amistad, el amor, la gratitud, son como el aire o la salud plena. Nadie puede comprarlos. Y Carlota lo mostraba a Marat en aquél momento. Las cosas nunca serían invaluables pero la vida lo era y él estaba vivo ¿Alguien podría comprarle su vida? Ni matándolo y lo habían convencido de lo contrario. El alma, lugar donde residía la vida era siempre libre y Marat era un hombre libre.

domingo, 20 de agosto de 2017

El descanso en Burano: La fiesta de espuma


Llegó el sábado y los Liukin se reunieron a las once de la mañana en la Fondamenta San Mauro para dar su propio paseo por Burano. Adrien y Marat habían ido de pesca temprano y por ello, a nadie sorprendió que llegaran con cierto retraso y en el caso del niño, Ricardo tuviera que acompañarlo para ayudarlo a vestirse apropiadamente.

-¡Marat sabe atrapar peces grandes! ¡Marat sacó un rombo! - gritaba el niño sin cesar y se oía por toda la calle mientras el aludido saludaba a los demás y contaba como había sostenido un enorme pez con un sólo brazo. Mientras Yuko, Miguel y Tennant comentaban que nunca podrían hacer lo mismo, Carlota apartaba su mirada y prefería cruzarse de brazos, manteniendo un rostro serio que Marat no conocía. Aprovechando esa circunstancia, Tennant Lutz cambió de tema pronto y le preguntó si iría con ellos al Museo di Merletto, recibiendo la negativa por respuesta.

-¿Qué has planeado?
-Tengo una cita.
-¿A dónde vas a ir?
-A Torcello, parece que hay un buen bar.
-Es una lástima que ni Carlota ni yo podamos acompañarte ¿Irás con una chica?
-Sí, una muy agradable.
-¿Cuándo la conociste?
-Ayer.
-Estuviste con Carlota todo el día.
-Fue en el restaurante en el que estuvimos.
-Ya me extrañaba que no te acercaras a nadie, suerte.

La joven Liukin fingió que no le interesaba y comenzó a hablar con Yuko de cualquier cosa hasta que Andreas decidió adelantarse y lo siguió sin más. Ella sólo hizo un gesto de despedida a Marat.

-Andreas, no te separes de mí.
-Ya vas a empezar.
-¿Qué?
-Carlota eres odiosa, además no vengo contigo.
-Pero vamos a estar juntos.
-Si cierras la boca, tal vez diga que me acompañas.
-¡No seas grosero!
-Si no fuera por Ricardo no iba contigo a ningún lado. Qué bueno que Marat puede irse y dejarte sola.

Carlota no agregó palabra y cabizbaja continuó a paso lento un buen tramo, cuando Miguel y Tennant le dieron alcance. Con este último no quería estar.

-Tennant, quiero que sepas que no te queda ser un cretino.
-¿Ahora qué hice?
-¡No te vuelvas a acercar a Marat!
-¿Qué te pasa?
-¡Nunca me hables!

Carlota siguió su camino hasta que su padre se reunió con ella y lo tomó del brazo, calmándose y con disposición de disfrutar el paseo. Miguel únicamente la miraba con la convicción de que algo andaba mal mientras ella aprovechaba para releer el volante que le había arrebatado a Tennant el día anterior, queriendo entenderle algo más allá de las palabras "Mazzorbo", nombre de la isla a escasos minutos de Burano y por la que se podía cruzar a pie por un puente al oeste y "festa" cuyo lógica traducción es fiesta. Los chicos que promocionaban el evento continuaban recorriendo las calles con sus maracas y aros y pronto los Liukin coincidieron con ellos en la Piazza Galuppi, deteniendo uno a Carlota.

-A mezzanotte! - le dijo señalando el papel y ella lo guardó, pensando que si veía a Marat y este no se hallaba ocupado, le preguntaría de qué se trataba.

-Cuando volvamos a Venecia recuérdenme que en Burano hay gente más extraña - comentó Ricardo y Miguel expresaría estar de acuerdo, sobretodo cuando al ingresar al Museo di Merletto, los demás comenzaron a tratar al niño Adrien como si fuera a quebrarse igual al cristal porque algo estaba fuera de lugar.

-La única ventaja es que Adrien no paga - susurró Andreas y Carlota se dedicó a mirar la exposición sin especial interés. Yuko quería acompañarla pero Miguel Ángel se le adelantó para evitar que la tentación por el teléfono la invadiera y de paso, saber si podía ayudarla.

-Hola Miguel.
-¿Se encuentra bien?
-Sí, un poco distraída.
-¿Le gusta este lugar?
-Los encajes son tan bonitos ¿Crees que deba comprar más hilo para hacer los míos?
-Puedo conseguirle varios en alguna mercería ¿Quiere venir?
-Tal vez luego.
-¿Todo bien?
-Sí, sólo esperaba un mensaje.
-El señor Safin ya aparecerá, no se preocupe.
-No, no creo que me llame ¿Cómo sabes que pensaba en el?
-No fue muy cortés con Tennant, señorita.
-Ah, por eso.
-¿Le está pasando algo?
-Es que Marat se fue con alguien que no conozco.
-Puedo buscarlo.
-No es necesario.
-No dude en pedirme que vaya si presiente que algo anda mal.
-Gracias Miguel.

Carlota suspiró con alivio y Miguel volvió a su sitio junto a Tennant, que a ese punto sonreía como si se librara de algo.

-¿Irías por Marat? ¿En serio, Miguel?
-Basta que lo diga la señorita Liukin.
-Él puede hacer lo que quiera, es un adulto.
-Está preocupada.
-Pero lo que Marat decide no le incumbe y a ti tampoco.
-Y lo que Carlota desea tampoco te importa.
-Te equivocas, a mí si me interesa.
-Ella tiene razón, no te queda ser cretino.
-Y a los dos se les olvida que Marat se va el lunes.

Tennant había ganado la discusión y la razón también. Carlota no podía apegarse a un chico que, siendo honestos, sólo había sido de valiosa ayuda y posiblemente nunca cumpliría su promesa de visitarlos en diciembre.

-Carlota defendió a Marat - señaló Yuko a riesgo de ser inoportuna.
-¿Cómo lo supiste?
-Me lo contó Adrien.
-Eso no cambia las cosas, él ya se va.

Yuko calculó que Carlota también había oído y era la primera consciente de las circunstancias cuando esta se adelantó de nuevo para ver ropa antigua en una sala aledaña y se resistía a sacar del bolso su teléfono, repitiéndose que al final del día todo estaría bien. El museo no era muy grande y Ricardo Liukin no tardó en verlo todo junto a Adrien y Andreas, a quiénes les daba igual la exposición, divirtiéndose a costa de la apariencia de Tennant y su nueva actitud de sabelotodo, que desde Mónaco lo tenía instalado en un pedestal por los demás y que ni así impresionaba a Carlota, que daba por concluida la estancia en el museo cuando su padre anunció que la siguiente escala familiar sería la "Casa di Bepi", sitio altamente recomendado para hacer un alto y disfrutar de las fachadas coloridas. Al salir de nuevo a la calle, volvieron a toparse con el grupo que difundía la fiesta de Mazzorbo y los siguieron a la Via Baldassare Galuppi, que según el mapa debía llevarlos a la Calle Daffan, en donde, por mera mala suerte, se toparon con una gran cantidad de turistas, todos formados para tomarse la foto  y que no permitían el paso. Los Liukin eligieron esperar bajo la sombra de un árbol y Carlota creyó ver pronto a Marat pasando cerca. Los demás no le dirigían la palabra.

23:00, Hotel Mazzini.

Los Liukin habían recorrido Burano entera en escasas horas y luego de asolearse buscando licores originales, habían pasado el resto del día jugando en la alberca, viendo el anochecer inclusive. Carlota se había divertido mucho nadando con sus hermanos y ahora se daba cuenta de que no quería dormirse. Cuidándose de que Yuko no la viera, ella disfrutaba asomarse a la calle solitaria y distinguió a Marat arribando al hotel. El chico estaba solo y se topó con que no podía entrar debido a que, por el horario de atención, había un candado puesto del otro lado de la puerta.

-Hola - saludó él volteando hacia arriba.
-Puedes subir hasta acá.
-Se darían cuenta, comparto cuarto con Tennant.
-¿Dónde estuviste?
-En Torcello y navegué por ahí.
-¿Por ahí?
-Sí, nada especial.
-¿No estuviste en esta isla?
-En ningún momento.
-¿No eras tú el que vi en Casa di Bepi?
-Fui a Jessolo.
-¿Dónde?
-Creo que me confundiste.
-Eso debió ser.
-¿Por qué no estás durmiendo?
-Quería asegurarme de que estuvieras bien.
-Gracias.
-Oye, hay algo que quisiera saber.
-¿Qué?
-Ayer le quite esto a Tennant ¿Qué es?

Carlota fabricó una pelota de papel y la lanzó a Marat, que después de atraparla, la extendió y la leyó un par de veces para traducirla bien.

-"Gran fiesta de espuma en Mazzorbo a mezzanotte"
-¿Qué dijiste al final?
-A medianoche, perdón.
-¿Cuándo es?
-Mañana en una hora.
-Voy a ir.
-¡No!
-Ya estás afuera, espérame.
-¡Carlota estás loca!
-Sólo me pongo los zapatos.
-No te voy a llevar.
-Contigo o sin ti iré a Mazzorbo ¡es una fiesta de espuma!
-¿No tienes idea, verdad? Vas a acabar mínimo empapada y resfriada.
-¿Tú has ido a una?
-Sí, un par de veces... ¡Oye, no cambies esta plática!
-Sosténme.
-¡Tu padre me va a matar!
-Prometo que llegaremos temprano.
-¿Por qué quieres ir a una fiesta?
-¿Me vas a seguir o qué?
-No entiendo qué estás haciendo.
-Me lo debes.
-¿Qué demonios?
-Te fuiste sin mí a quien sabe dónde.
-Porque puedo.
-¡No conocías a tu cita!
-Hace una semana no sabía quien eras tú.
-Eso fue diferente.
-¿Estás enojada porque me fui con una persona que tuvo el detalle de invitarme?
-Qué fingió que te golpearon.
-¿Tienes pruebas?
-No ¡pero sé que fue así!
-Carlota, vuelve a tu cuarto.
-Voy a irme sin ti, tal vez sea más entretenido.
-¡Carlota te voy a regresar!
-¡Cállate Marat!
-¡Por lo menos quítate las trenzas, pareces una niña y no te dejarán entrar!

Carlota Liukin respondió tomando rumbo por Fondamenta San Mauro y Via Marcello, en donde se podía llegar al puente de Mazzorbo. Marat sabía que no estaba frente a un desplante común y supo que la chica estaba dispuesta a todo con tal de que le permitieran el acceso puesto que volvía a soltar su cabello y pintaba sus párpados con azul oscuro. Con sandalias, bolso, blazer, blusa con estampado de flamecos y short de mezclilla, podía ser probable que la joven causara confusiones y en su interior, lo único que buscaba era llamar la atención de Marat, porque lo más seguro era que no volviera a verlo una vez terminadas esas pequeñas vacaciones y anhelaba pasar con él cuánto tiempo se pudiera y agradecerle en todo momento por lo sucedido en Montecarlo.

El puente a Mazzorbo era muy largo y varias personas transitaban por él. De acuerdo al croquis de la invitación, la Strada del Cimitero y la Fondamenta di Santa Caterina conducían a la Fondamenta Mazzorbo y a un gran terreno detrás de unos trigales; para no tener problemas de admisión, había que pagar una cuota de 10€.

-¡Carlota, no vayas rápido! - exclamaba Marat cuando los adornos flourescentes aparecieron en las cabezas de quienes se presumía, asistirían al mismo lugar. Carlota recibió una corona de plástico amarilla y Marat un brazalete en rojo y había guías indicando por dónde llegar más rápido, aunque la chica prefería seguir las instrucciones del volante.

A mitad del puente, ella se detuvo un momento. El agua estaba calmada y hacía un poco de frío, tal vez llovería un poco y luego de revisar el reloj, se dio prisa. El cruce a Mazzorbo no era seguro de noche y recordar de pronto que Geronimo advertía sobre la mafia la intimidó un poco; sin embargo, la vibra en aquella isla era relajante y al descender, no dudó en correr con Marat hasta lo que parecía un gran parque arbolado en el que se reunía una multitud. Había gente de Venecia, Murano y otras islas de la laguna, los infaltables turistas, invitados desde Mestre y Jessolo y un nutrido grupo de veinteañeros ingleses que repartían lo que Marat distinguió como piercings también fosforescentes. Carlota no tardó en recibir el suyo mientras le cobraban la entrada y lo examinó antes de guardarlo en su bolsa.

-No lo saques de ahí - dijo Marat.
-¿Por qué?
-¿Te parece bien si me encargo de las bebidas y todo eso?
-Bueno.
-¿Quieres un jugo?
-Estaría bien, gracias.

Carlota volvió a sujetar su cabello y decidió brincar en el pasto, como siempre que se preparaba para bailar. Ya había algo de música y la espuma sería lanzada desde unas máquinas que estaban a los costados. Había aerosoles, fuentes, palmeras y albercas de plástico, aros para jugar hula hula, lentes de cartón y un gran surtido de juguetes como pelotas, delfines inflables y pistolas de agua. La fiesta de espuma era en realidad un rave en el que lo mejor para sobrevivir era mantenerse alejado de la multitud cuanto se pudiera.

-Conseguí naranjada con granadina.
-¿No había otra cosa?
-Agua.
-Qué buena bebida me trajiste.
-¿Verdad?
-Tú tienes cerveza.
-Sólo una.
-Marat ¿crees que suban el volumen?
-Nada más que pase la primera hora.
-¿Sirven canapés?
-Algunos.
-¿Qué tienes?
-A las dos de la mañana nos vamos.
-¿Qué?
-¿No entiendes en qué te metiste?

Carlota hizo gesto de extrañeza y el flashback de la fiesta en Jamal le llegó de golpe, sólo que en esta ocasión no iba a correr. Inhibiéndose un poco, dio unos sorbos a su bebida y comenzó a menear su cabeza para entrar en ambiente.

-Ya van a tirar la espuma ¿nos acercamos?
-Bueno, pero quiero mi delfín.
-¿Para qué?
-No me ganarías en una pelea de inflables.
-No te separes de mí.
-Claro que no, Marat.
-Y no hables con nadie.
-Hecho.
-Vamos.

Carlota y Marat se acercaron a la creciente muchedumbre y el volumen de la música aumentó considerablemente, volviendo difícil que se escucharan entre sí. Pronto, la espuma comenzó a caer por todas partes y la gente bailaba frenética mientras el dj cambiaba de ritmo con frecuencia.

"Hasta ese tipo está drogado" pensó Marat y tomó a Carlota de las manos para que nadie intentara arrastrarla al remolino que se formaba ocasionalmente cuando la música ska invadía una mezcla sin sentido. La chica batallaba con sus zapatos llenos de pasto cuando alguien le echó espuma en la cara. Marat no contuvo la risa.

-Me aventaron crema batida ¡está pegajosa!
-¿Quieres limpiarte la cara?
-No te burles.
-¡No te la comas!
-Está dulcísima, sabe a fresa.
-Te acompaño, vamos.

Carlota tuvo que dirigirse a la fuente inflable del lugar y enjuagaba su rostro conteniendo su resistencia al agua veneciana cuando se sintió muy eufórica. Quiso ignorarlo pero inició una pequeña guerra de globos rellenos de agua y sin saber por qué lo hacía, comenzó a tomar jugo de uva de otra mini fuente con frecuencia.

Marat pensaba que Carlota se estaba tornando rara y la sostuvo un momento, notando que sus pupilas se dilataban un poco más de lo normal. Él también comenzó a experimentar un fuerte golpe de energía y entonces notó que los aerosoles de crema batida eran los responsables.

-Nos dieron algo.
-¿Qué dices?
-Carlota, estamos dopados, vámonos.
-Me siento muy bien.
-Yo... Igual.

A los dos los dominó una gran alegría y utilizaron lo que encontraban en la alberca como aros y collares. En un momento dado, alguien levantó a Carlota en hombros y ella se puso su corona fluorescente además de gritar algo que por el ruido no se escuchó. Poco más tarde, la chica resbaló y cayó en una alberca de pelotas, desatando una nueva batalla campal que contagió a la multitud. Los inflables volaban con generosidad y Marat no tardó en obtener el dichoso delfín que ella quería y un flamenco rosa neón de gran tamaño.

La dosis que Carlota había consumido con el merengue había terminado su efecto en una hora. Luego de recibir en mano su delfín, la chica permaneció sentada junto a una fuente de chocolate sintiendo un gran cansancio y pronto se me acercó un mesero con una piña colada que no dudó en aceptar.

-¿Eso tiene alcohol? - le preguntó Marat.
-Parece que no.
-Menos mal.
-¿Qué pasó?
-Nos drogaron, Carlota.
-¿Con qué?
-La crema.
-¿Eso se puede?
-Parece que sí.
-Te guardé una pelota.
-¡Oye! Me diste en la ceja.
-Jajajaja, perdón.
-¿Te vas a dormir?
-Me dan ganas pero tengo mucho calor.
-Te pediré otra bebida.
-Una de color azul.
-Esas tienen vodka.
-Otra piña colada.
-Hecho.

Marat se fue a una barra junto a una bocina inservible y luego de ordenar un par de jugos, observó a Carlota abriendo una botella que la salpicó de espuma.

-¿Qué haces? - le gritó y se acercó, constatando que un par de copas yacían en el pasto y ella las llenaba con champagne.

-¿De dónde sacaste esto?
-De una mesa aquí atrás, nadie las ha tomado.
-Deja eso, traje tu jugo.
-¿No quieres brindar?
-Con esto no.
-Marat....
-Nos tenemos que ir.
-Lo sé.
-Acabas tu vaso y volvemos al hotel.

Carlota asumió que él estaba enfadado y tomó su piña colada velozmente pero al levantarse, eligió llevarse el champagne para no desperdiciarlo.

El camino rumbo al puente estaba desierto y ambos se quedaron sentados en la orilla que estaba junto, viendo a lo lejos a la guardia nocturna y las luces de las islas cercanas. Burano se veía muy oscura.

-¿Trajiste el champagne?
-Los Liukin jamás tiramos el vino.
-Tampoco los Safin.
-Te vas el lunes, Marat.
-Debo reportarme en entrenamientos.
-Quiero brindar por ti.
-¿Por qué?
-Has sido la persona que más nos ha ayudado en estos meses. Sacaste a papá de prisión, te peleaste por mí, pagaste las cuentas....
-Eso no lo hice.
-¿Y todo lo que me invitaste?
-No te fijes en eso.
-No sé cómo devolverte el favor.

Marat abrazó a Carlota y accedió a tomarse la copa.

-Hay que volver a Burano.
-Iré descalza.
-¿De verdad?
-Mis pies son un asco ¿Qué hora es?
-Dos de la mañana.
-¡No es cierto!
-Vámonos.

Carlota siguió a Marat por el puente pero al estar agotada se sentó a mitad del mismo y él la imitó, no sin antes dar un gran trago a la botella.

-En Jamal hice casi lo mismo.
-¿Por eso conociste a Tennant?
-En parte.... Me tiré un martini encima después de asaltar la maleta de mamá; todo porque me retó una rubia tonta que era amiga de Joubert.
-¿Te castigaron?
-No pero no había ido a ninguna fiesta desde ese día.
-No te creo.
-Hubo una en Tell no Tales pero con papá y mis hermanos.
-Oh, entiendo.
-Dame eso.
-¡No lo tomes!
-Está rico.
-El alcohol no nos hará bien.
-¿Qué habrán echado a los aerosoles?
-No lo sé.
-¡No me avientes burbujas!
-¿No te gustan?
-Prefiero las del champagne.

Carlota bebió un gran trago y bailó enseguida. El volumen era tan alto en Mazzorbo que aun se escuchaba la música y como ella no quería volver al hotel, se quedó hasta que Marat acabó el contenido de la botella y le lanzara más pompas de jabón que reventaban enseguida.

-Creo que ya fue mucho, señorita Carlota.
-No hables como Miguel, por favor.
-¿Por qué te llama así?
-No tengo idea pero me auxilia mucho.
-Se nota.
-Últimamente no lo ha hecho tanto pero si necesito algo lo consigue enseguida.
-Lo dejamos así.
-Mejor.
-Pero vámonos aunque no quieras.
-Gracias por traerme, Marat.

Carlota caminó de la mano de él hasta Burano. De vuelta en la Via Marcello, él notó que había otra fiesta en un local de dos plantas y cómo no estaba tan concurrida, el organizador hacía entrar a los que encontraba y prácticamente apeló a la compasión de la chica que no tuvo corazón para rechazarlo.

-¿A qué hora volveremos?
-En un ratito.
-No pongas cara de súplica.
-Marat...
-Quince minutos.
-De acuerdo.

Los dos ingresaron a un lugar iluminado con luz negra en donde la escasa concurrencia bailaba con mucho entusiasmo y al igual que en Mazzorbo, se repartían accesorios fluorescentes.

-Me dieron una corona rosa.
-¿Otra?
-¿Y a ti?
-Un aro.
-Genial.
-¿Tienes sed?

Como Carlota asentara, él pidió un par de jugos que se tornaban azules y rojos cuando les añadían un colorante y algo de jarabe de maíz. Los popotes con sus caprichosas formas brillaban y segura de que no volvería a toparse con un dopante, ella tomó un bote de palomitas.

-¿Quieres bailar?
-¿No estabas cansada después de que alocaste en la alberca de pelotas?
-Sólo mueve la cabeza.
-Bien.
-¿Por qué te ríes?
-No lo sé ¿Porque tú lo haces?

Claro que Carlota y Marat no se quedaron el cuarto de hora pactado. Las canciones eran bastante buenas para ignorarse y se las sabían todas mientras brincaban para divertirse. Avanzaba la noche y el sitio empezó a llenarse de aquellos que iban buscando más calma luego de que la fiesta en Mazzorbo se saliera de control y llegaran los carabineri a terminarla.

-Caímos en un buen lugar - comentó Marat y continuaron las horas pasando hasta que salió con Carlota al despuntar el alba. Hambrientos, empapados aun, risueños, cantando y con hambre, terminaron afuera de una pizzería que nunca cerraba, tomando asiento en el borde de un canal de la Fondamenta San Mauro.

-¿Diavola o cipolline?
-¿Qué?
-¿Pizza picante o de cebolla?
-Picante.
-Lo sabía.
-¿Perdón?
-Sólo compré picante.
-Le falta salsa tabasco.
-¿Comes eso?
-Algo pero de todas formas me caso con esta pizza.
-Tú te casas con toda la comida.
-Es la mejor que he probado, sí se nota que estoy en Italia.
-Me divertí mucho.
-Igual yo.
-Ahora sí tenemos que regresar.
-Gracias, Marat.

Carlota estrechó al chico y besó su mejilla, incorporándose luego y corriendo al hotel Mazzini, en donde la recepcionista los vio con sorpresa mientras abría y le hacían la seña de guardar silencio. La joven Liukin entró a su habitación por la ventana y enseguida se cubrió con las sábanas hasta la cabeza, despistando a Yuko que iba despertando y a su padre, que abría para dar los buenos días.

-¿Durmieron bien?
-Sí papá.
-Tennant me dijo que el señor Safin acaba de llegar.
-¿Tan rápido?
-¿Perdón, Carlota?
-Nada, es que pasó todo el sábado afuera.
-Al parecer viene de una gran fiesta.
-Iré a saludarlo más tarde.
-Bueno, las espero para desayunar.
-No nos tardamos
-Nos vemos en el lobby.

Ricardo cerró y Carlota corrió a darse una ducha, aliviada de que no la hubieran descubierto. Tenía cierto dolor de cabeza y ocupó gran cantidad de dentífrico y enjuague bucal para despojarse del sabor a alcohol y pizza. De la ropa se encargaría luego, de todas formas olía al jabón de la espuma y las manchas azules se quitaban con simple agua.