lunes, 20 de diciembre de 2010

Cuatro historias de Navidad (primera de dos partes)

                                                       
  La casa
24 de diciembre 2000

-¿Cuánto falta Andreas?
-No mucho. Ya casi llegamos
-Estoy cansado
-Hemos caminado dos horas
-Cuesta arriba y aún nos falta
-Ya no
-¿En serio?
-Mira. Aquí está lo que quiero mostrarte

En lo más alto de la campiña tellnotteliana, una pequeña y vieja casa de ladrillo, evidenciaba mucho deterioro. Las ventanas rotas, las cortinas quemadas y un abandono total la habían convertido en refugio de drogadictos y alcohólicos durante la noche.
Ricardo se preguntaba que era lo que hacía ahí y porque su hijo mayor lo había convencido de perder un día de trabajo.

-Este es tu regalo de Navidad de papá. Felicidades
-¿Venir a un lugar en ruinas?
-No está en ruinas..... Está un poco desordenado
-Es inhabitable
-Tú solo entra
-¿Para qué?
-Encontré la casa familiar
-Mi padre jamás vivió en la campiña
-Pero mi bisabuelo sí. Ésta es su casa

Ricardo, con la curiosidad de saber si Andreas hablaba en serio cruzó la puerta. El olor a alcohol barato y marihuana era penetrante, había paja y un intento de cama en el suelo. El débil color azul en las paredes, ya sucias por el tiempo aún ayudaban a iluminar un poco el espacio

-Han tratado muchas veces de cubrir con persianas todo para que no pase la luz. El papel no resiste mucho
-Ya quiero irme
-Espera papá. Si revisas encontrarás algo

Ricardo tuvo un abuelo que jamás le mencionó ese lugar, es más, ni siquiera le contaba de como había sido su vida en las montañas. Goran Liukin detestaba la ciudad y a veces salía a refugiarse en algún campo de flores; también era frecuente que él se pasara unos días apartado de todos.
Tratar de remover la basura acumulada en el piso era inútil. Andreas se quedaba como espectador, con su sonrisa a punto de carcajada y con la certeza de que saldrían de ahí con un buen momento para recordar.

Pasaron varios minutos y Ricardo seguía sin dar con lo que Andreas le insistía que buscara. Harto decidió dejarlo, pero su pie golpeó algo. Se inclinó a levantarlo y no pudo contener la nostalgia.

Un cuaderno pequeño, cosido a mano, con las hojas amarillas y con dibujos plasmados en ellas era la sorpresa. Era un obsequio que alguna vez, el abuelo Liukin recibió. Por alguna razón, no había sido destruido. Toda una época de vivencias estaba ahí, como un viejo amigo a su regreso después de un viaje muy largo. Con los ojos humedecidos, Ricardo recorrió cada hoja y agradeció a su hijo mayor. Andreas entonces, rompiendo la emotividad del momento dijo:

-Lo bueno es que afuera podemos sacar agua para lavarnos las manos
-Ya lo creo
-Pero también tengo otra sorpresa... bueno me pareció como tu estilo
-¿Qué es?

Caminaron después de asearse hasta uno de los tantos campos de flores que adornaban el bosque tellnotelliano. Era el único lugar dónde no hacía frío. Desde ahí, podía verse todo lo que rodeaba Tell no Tales: las montañas, la playa, los acantilados, la nieve que no muy lejos de ahí adornaba un bello pinar. Inclusive, la misma ciudad se había convertido en el paraíso.
Ricardo supo porque Goran, de alguna forma, se había negado a dejar sus memorias de lado.
Andreas se quedó en silencio. Bajaron al atardecer.





La moneda

Camino a casa, Andreas compró un perfume para su madre. Al recibir cambio, decidió que aprovecharía y comería uno de esos pastelillos de chocolate que tanto le gustaban. Una vez que pagó, entró Evan Weymouth al local. El encargado dió al muchacho una propina por un mensaje que en la mañana recibió Franz De Patie por unas galletas que había apartado. Con esto, la moneda de Andreas comenzó un camino, por así decirlo.

Evan la usó para adquirir un timbre postal que su padre anhelaba desde hacía tiempo. El filatelista más tarde invitó un trago a Pat Low y el cantinero (el padre de Evan) lo dió a la arqueóloga, quién al olvidar su celular, tuvo que utilzar el teléfono público del muelle. La moneda fue a caer a manos de un joven que acostumbraba golpear esos aparatos para obtener dinero y costear la cerveza. La moneda volvió a mano de Don Weymouth pero no por mucho tiempo ya que la entregó a un viajero que la necesitaba, éste se tropezó y la perdió. Fue encontrada por David. Creyendo en un golpe de suerte, la apostó en un juego de fútbol y recibió el doble para después encontrarse con Antón y comer una pizza, pero cómo el padre de su amigo se las dió gratis, compró unas rosas para Amy. La chica de la florería llevó la moneda al negocio de enfrente para terminar con una pequeña deuda. En Totmianina, el hijo del dueño, la tomó prestada y fue gracias a una copa de vino con la conoció a su futura novia. Ambos jugaron cara o cruz antes de retirarse y dejarla sobre la barra. La mesera la guardó en su bolsillo y la ocupó para costear una moneda de chocolate para su pequeño. En la dulcería, Gabriela la recibió y pasó a comprar una ensalada a la madre de Tina, que a su vez entregó la moneda a Paul y después de caminar, se la regaló al mismo viajero de horas antes que al fin compró su boleto para el Tren del Cielo y un sándwich. En la estación, Isabelle Shepard la tuvo en su mano. Isabelle pagó un taxi, posteriormente el taxista recogió a Boitano y Boitano en el Vodianova entregó la moneda al capitán de meseros. Éste hombre adquirió los regalos para su familia. La moneda fue dada a Casey Low y ella la entregó a Adrien. Adrien la regaló y un vagabundo comió. En la fuente de Nabokov (ya reparada) el carnicero la aventó para pedir un deseo, pero su tiro fue tan malo que se atravesó en el camino de Antón quién cayó al piso ya que se quedó atorada en su bicicleta. La recogió y fue a dar a manos de Carlota cuándo le devolvían la diferencia por envolverle los presentes que le daría a su padre. En casa, Andreas miró la moneda con curiosidad y la colocó como adorno en su árbol decorado con galletas.


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