miércoles, 13 de julio de 2011

Las historias de amor nunca terminan. Segunda Parte (Los deseos contenidos)


"El vestido que llevé a la cena de fin de año fue un préstamo de Agathe, era azul pastel y la parte de abajo tenía miles de flecos de colores... Sinceramente, me alegré de que no fuera rojo, me habría sentido tan convencional.. Me hicieron un peinado alto y me puse un collar rosa de mi madre, el alcalde comentó que valía más que el Oksana Savoie, no sé si sea cierto..
Todo tenía la virtud de ser irrelevante en el bosque cuando me fugué con Matt... Miré su tatuaje en el pecho mientras él tocaba mi espalda casi desnuda, apenas cubierta con finas tiras de diamantes. ."

El diario de Lía fue hallado por Elliot Cohen en un compartimento secreto en el camarote nupcial del Oksana Savoie. Interesado en comprender ciertas costumbres, lo leía con avidez y procuraba tomar notas de cada detalle. Mientras revisaba el resto del escrito, una carta, al parecer no abierta, se hizo sonar al caer de la nada. Una corriente la levantó y llevó extraordinariamente a la mano del cronista que extrañado, desdobló la misiva.

Un saludo formal y una felicitación por boda no sugerían gran cosa; que llegaran a la mitad de la hoja era símbolo de aprecio y hasta buen gusto dentro de la rimbombancia de ese entonces. Halagar al amigo por el tesoro que había encontrado en la doncella prometida era requisito indispensable y resaltar sus cualidades podía ser tomado por cortesía... Pero que estuviera dirigida a ella y no a él era simplemente incongruente para un hombre en sus cabales y además, traicionero.

Elliot intuyó bien que en aquella sociedad de principios de siglo XX, la amistad entre los caballeros era tan importante que sacrificaban todo para seguir siendo leales. El joven que tuvo el atrevimiento de enviar tal correspondencia se arriesgó a perder el honor y brindarse la licencia de ser apasionado pudo costarle incluso la vida a manos de su padre en caso de ser pillado.

En este caso, se trataba, ante todo, de una declaración.

Alban Anissina era admirador de Lía Liukin, un soñador al que sólo detenía el hecho de saber que su mejor amigo estaba liado con la joven. En silencio, el médico le profesaba un amor incondicional y profundo. Se había encariñado con ella al saber de su labor de maestra, al irla conociendo y compartir cierta cotidianidad no pudo resistirse a su deslumbrante personalidad. En el mensaje, él se rindió ante ella y se disculpó por no haberlo manifestado antes. Lo que le hacía sentir era magia.

Elliot se apartó un poco de sus labores. Abrumado lo tenía el estudiar los objetos del barco y pensar en historias acarameladas no era algo que deseara hacer. Finalmente, Anissina no era el primero en fijarse en la mujer de otro y tampoco el último en tener la cobardía (o la valentía) de negárselo a sí mismo, soportarlo y después estallar aunque nadie, mucho menos la dama de sus deseos se percatara.

Sin duda alguna, para Alban la situación fue muy dura y al parecer, nunca lo superó: Cuando tuvo la epístola a su disposición, Audrey Phaneuf averiguó sobre el doctor en el sótano del museo que llevaba su apellido; ahí encontró más papeles y fotografías, todo consagrado a la joven Liukin. Usando el sobrenombre "musa de hielo" para referirse a ella, redactó una enorme cantidad de cuentos, ensayos y poemas, tan grande era su inspiración que había cajas inundadas de sus recuerdos.
Terminó muriendo de tristeza.

1 comentario:

  1. Creo qué de alguna manera, muchos nos hemos identificado al guardar en secreto un amor, un deseo contenido. Si este no se expresa a tiempo las consecuencias son terribles.
    Bonita historia!
    Saludos!

    ResponderEliminar