sábado, 10 de septiembre de 2011

La niña de la grulla. Primera parte.

Serie dedicada a América Pacheco (@amerikapa)



Domingo 9:00 a.m.

Los Liukin recibían buenas noticias. Carlota se había recuperado y más que nunca, deseaba tomar sus botines y montar una preciosa gala. El invitado especial esa noche era Evan Weymouth y deseaba conocerlo. La doctora la examinaba.

-Me sorprende mucho verte tan repuesta. Eres de las que se cura con una siesta pero no te confíes. 
-Muero de calor ¿Puedo quitarme el suéter?
-No te lo recomiendo pequeña, así como se te quitó el resfriado puedes pescar otro. Por cierto, felicidades, ayer fuiste encantadora, te mereces el primer lugar.
-Gracias.
-Te prescribiré unas vitaminas y sería todo. Buen día.

Cuando Ricardo miró su reloj, le ordenó a su hijo mayor que llevara a su hermana a Le jours tristes. De mala gana, el chico cumplió. Su talante ya no era amable.

-Te ves, luego me cuentas si te aplaudieron o Kiira Meier te arrancó el cabello. 
-¿No irás conmigo?
-Ya ganaste, perfecto, adiós.
-Me prometiste que no faltarías.
-Al concurso, no a lo demás.

La niña Liukin no alcanzaba a comprender ese cambio en Andreas. Desencajada, ingresó al local; Joubert y Amy ya la esperaban pero no pudo contentarse. Tamara le manifestó su molestia por la forma en que había triunfado. Incluso Judy tuvo que aceptar que no estaba orgullosa. 

-Es el primer equipo que en vez de saltar de felicidad, está suplicando porque le quiten el primer lugar de encima. Ya quiten esa cara de tragedia.
-No te metas Joubert, tú no entrenas y caes cuando no debes.
-No me quejo cuando gano algo.

Los cuatro suspiraban con aburrimeinto. Faltaban algunas horas antes de comenzar el montaje de la gala de despedida del Masters. En la calle, algunas banderas tellnotellianas comenzaron a ondear y los silbatos se escuchaban perdidos por ahí.

-¿A qué hora es el partido?
-Las once.
-Tenemos que llegar a las diez y media a la pista, no haremos nada hasta la una o dos porque todo mundo verá el juego.
-El fútbol es una pesadilla, no sé qué porqué a la gente le apasiona ver cómo patean una simple pelota.
-¿Has ido a un estadio Becaud?
-Al Stade de France cuando clausuraron el mundial o algo así, me quedé dormida. 
-¿Ni porqué ganaron los bleu le prestaste atención?
-¿Quiénes son esos?
-Así llamamos los franceses a nuestra selección, que tu no lo sepas es.. No puedo creerlo.
-No te enojes conmigo Didier.
-Al menos te verás obligada a enterarte del resultado en el Universitario esta vez. El estadio está al lado.
-Si sirve en mi defensa diré que el ¿guardameta o capitán? del equipo nacional estuvo aquí ayer.
-¿Edwin Bonheur?
-Vino a cenar a medianoche. Jean le tomó una foto.
-En realidad no te ayuda en está discusión pero es algo.

Carlota se sorprendió de escucharlo. Edwin no le había llamado o al menos dejado un recado pero pronto recordó que él no la contactaría más. 

-¿Ya tienes la música de esta noche, pequeña? - inquirió la señora Becaud.
-Toma el cd, es la quinta canción.
-Le diré al técnico ¿Pasa algo?
-No, nada, pensé que ya empezó la eliminatoria mundialista, ese portero tiene mucha responsabilidad.
-Eligió ese trabajo aunque sigo creyendo que solo es un balón.

Joubert animó a su novia cantando un poco y leyéndole un libro. Tamara se declaró alérgica a tanta miel pero en el fondo se sentía contenta por su pupila y evocó su época en Lyon. 

-¿Gwendal vendrá? - cuestionó de repente.
-Me dijo que sí.
-Eso espero niña.

Transcurría el tiempo de forma pintoresca. En Republique, se reunían los aficionados. Anton y David iban con el grupo y se las arreglaron para que sus vecinos desayunaran en el café de Judy. Las meseras apenas podían atenderlos y Jean se vió en la necesidad de atender a los clientes. Verner arribó con un arreglo floral y la señora Becaud lo colocó en la barra. El muchacho era muy coqueto pero ella lo evadía al tiempo que su marido cuando encontraba la oportunidad le hacía alguna caricia en las mejillas o el cabello. Al dar las diez, le avisó que podía marcharse sin preocuparse y emprendió camino con Tamara y Amy. Carlota y Joubert partieron juntos mientras que el joven Tomos debió conformarse con hacerle compañía a Gwendal cuando éste consiguió dar con el café. Su excusa por haberse retrasado era el gentío que se dirigía a la Universidad de Humanidades.

-El paso se ha vuelto imposible, lo mejor es que vayamos a pie y alcancemos a los demás.
-¿El metro?
-Cerrado.
-Qué remedio.

El chico Maizuradze seguía a la multitud y David le hacía segunda con sus arengas de apoyo. Zhenya Plushy coincidió con ellos a las pocas cuadras y les regaló boletos para ingresar al estadio. Isabelle Shepard también andaba por ahí junto con su hijo, lista para disfrutar de un alegre mediodía. Evan, como de costumbre, se alistaba para dos horas muy complicadas en la cantina de su padre antes de cubrir su compromiso de ensayar para la exhibición.

En los vestidores del campo, la presión de brindar un buen partido recaía directamente en Edwin que luchaba contra el pánico crónico que padecía. Los comentaristas hacían hincapié en su talento y más que nunca, era la oportunidad dorada de rescatar su carrera del abismo. Hacía no mucho, los hinchas bianconeri le habían dejado clara su antipatía. 

-¿Cómo sigues capitán?
-Bien entrenador. Me desmayaré, pero es normal.
-¿Puedes jugar?
-Si encuentro mi juguete seré un hombre nuevo en segundos.
-¿Qué dijiste?
-Tengo una pelota de espuma con la que me distraigo. Sufro de ansiedad desde que me acuerdo.
-Creo que tus compañeros la lanzaban en el pasillo.
-Soy hombre muerto.
-¿Tomas calmantes?
-No, me causan sueño.
-¡Válgame el cielo! Charlemos, te tranquilizará.
-Se lo agradezco.

Los planteamientos tácticos se habían expuesto durante la semana, Edwin los repasaba. Su técnico se impresionaba por la nítida memoria que le demostraba. De repente, unos aplausos cálidos acapararon la atmósfera. Thomas Alejandriy daba la mano a los jugadores. Como líder natural, les inyectaba entusiasmo y les expresaba su confianza. Al reparar en el estado de ánimo de Edwin se sentó a su lado y hablaron a solas unos minutos. Cuando se accionó un timbre, la escuadra tellnotelliana tomó posición rumbo al exterior. Los árbitros estaban preparados y la muchedumbre plena de euforia.

Carlota percibió aquello. Por el altavoz, se anunciaban a los titulares. Al interior de la pista, un televisor se había dispuesto. 

-Lo que sospeché, perderemos el tiempo divirtiéndonos o generando bilis.
-¿Puedo regresar luego, Tamara? 
-Judy, nadie va a pasar por esa puerta, siéntate.

Joubert ayudaba a los encargados de la cafetería a repartir soda o rosetas de maíz. Su novia rezó por el guardameta y una melancolía indescriptible le hizo permanecer muda.

-Ya comenzó, más les vale no hacer ruido - advirtió Tamara.

Cuando la ciudad se sumergió en el placer, el viejo del muelle recorrió el campus. Le agradaba de vez en cuando tomar un descanso. Pensó en Anton, que se alegraba por primera vez desde el sinsabor amoroso, en David que nunca había tenido la oportunidad de ingresar a un recinto como el estadio hasta ese día, en Gwendal que planeaba una estrategia de conquista y en el siniestro Verner que no se tentaba el corazón. Muchas cosas estaban por suceder pero antes, dos personas debían terminar un asunto.

De acuerdo a lo que observaban los espectadores, el juego era carente de monotonía. La ausencia de efectividad en los tiros a gol ocasionaba los reclamos de medio mundo y sostenían que no se podía depender demasiado del portero quién realizaba atajadas extraordinarias. Con la primera mitad consumida, las dudas y el estrés sacaban lo más furibundo del carácter de la gente local, tan acostumbrada al buen humor. 

-Aquí sí se molestan - notó Gwendal - ¿Ya vieron a Anton azotando un peluche?
-Pobre Zhenya, recibir esos golpecitos y aguantar es de grandes. Maizuradze puede ser agotador y enfadarte a la menor provocación. Sólo de acordarme las bromas que sufrí cuando le dí clase.
-¿Lo pusiste en su lugar, Tamara?
-Lo envié con Tarasova y santa paz.
-Ya comenzó el segundo tiempo y a ver cómo les va.

En los primeros segundos, Edwin recibió un balón y al despejar, mandó pase a los delanteros quiénes se las ingeniaron para incrustar el balón en la red. Una explosión de alegría ensordecedora aturdía a Judy que no alcanzaba a distinguir siquiera que equipo era cuál, pero no duró mucho. El empate arribó poco después y un ambiente de sepulcro inundó las tribunas, los bares y la pista. Las personas se mordían las uñas y jalaban sus cabellos. Una pasión desbordada captó el interés de Joubert que sólo miraba fútbol por inercia. Con el drama en pleno, Carlota cruzaba los dedos. 

Edwin pensaba que en cualquier momento se derretiría. Del frío en días anteriores al sol radiante que a veces le dificultaba la visión prefería lo primero. Los proyectiles no dejaban de amenazar su meta y se cansaba de adivinar de dónde provenían mientras la defensa lucía desorganizada. Un poco de aire le refrescó pero el no poder mirar el reloj para saber en qué segundo se desarrollaba el encuentro, le hizo alejarse de portería. Pese a los gritos de su entrenador y compañeros, continuó hasta retener un balón que inesperadamente tocó sus pies y sin contenerse, avanzó para conseguir un tiro de esquina. El desconcierto de los espectadores no fue menos que el asombro de ver como el guardián de los tres palos tocaba el esférico y anotaba. La niña Liukin fue la única persona en celebrar el tanto. 

-Bonheur ha perdido la razón - externó Judy desde su asiento.
-Al partido le faltan diez minutos - contestó Verner.

Olvidándose por completo de su rol, Edwin atacaba y no temía disparar para marcar de nuevo, obteniendo la recompensa. Cuando el árbitro silbó el final, nadie aplaudía.

El público salía en shock. Los jugadores no hallaban palabras para describir la situación. Una vez al interior de las duchas, el entrenador nacional fue incapaz de soltar un consejo o reprimenda. 

En el recinto de al lado, Joubert propuso:

-¿Alguien irá a comer? Acabo de invitar a Carlota por ahí.
-El montaje inicia a las cuatro - indicó Ryan Oppegard.
-Nos sobra tiempo.

Con la motocicleta, los enamorados llegaron a un restaurante de sushi en Poitiers. A su alrededor, los comensales no paraban de dar sus observaciones sobre el juego y en televisión, las repeticiones colmaban los canales. Incluso el mesero no cabía de sorpresa.

-"¿Qué rayos se creyó ese Bonheur?"- Era la duda - "Arriesgó demasiado, es un loco".

Incómoda, la niña Liukin pidió sus alimentos para llevar y suplicó a su novio regresar a la pista.

Edwin salía rumbo a su casa cuando Carlota arribó del brazo de Joubert y éste la besaba. La joven se percató y permaneció de frente, quizá esperando un saludo. El joven Bessette debía colocar su motocicleta en otra parte y le pidió a su chica aguardar. En ese instante, el ángel se aproximó a ella mientras trataba de reconocerla. Era más alta, más delgada, la piel de sus manos era más suave. 

-¿Cómo estás pequeña?
-Feliz.
-No puedes esconderlo.
-Iré a las nacionales.
-Me harán primer arquero en Juventus.
-¿Cómo va el embarazo?
-Bien, Carmen es muy sana.
-¿Ya saben si es niño o niña?
-Preferimos la novedad, cuando nazca sabremos que hacer.
-Qué bien.
-¿El muchacho es tu amigo?
-Mi novio.
-Oh, no esperaba eso.
-Lo quiero mucho.
-¿Cómo se llama?
-Joubert.
-¿Cuándo se conocieron?
-Hace diez días.
-Entonces fue un flechazo.
-Tal vez.
-Te ves bonita.

Carlota sonrió y Edwin contempló esa inocente imagen que diluía completamente la de la pequeña que lo había amado en alguna ocasión. La chica descubría ante sí a un hombre confuso, no por inseguro, sino por el lógico riesgo que conllevaba un reencuentro entre dos seres que se guardaban un aprecio infinito pero imposible y frágil.

Intuyendo que Joubert ya caminaba en dirección a ellos, Edwin sólo pudo emitir un sutil "adiós". 
Él se retiró extrañamente triste; devastado. Comenzó a desear que Carlota fuera feliz pero también que no lo hiciera a un lado, que no lo olvidara.

2 comentarios:

  1. =) vas mejorando más de lo que pensé @pokemonera

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  2. Como siempre Ingrid, escribes hermosas historias.
    Saludos

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