viernes, 2 de diciembre de 2011

Segundos de pasión (La luces de la fiesta)


A Tessa Virtue

Sergei tocó a la puerta de los Liukin pero al no encontrar respuesta forzó la entrada y depositó a Carlota en su cama, le retiró las botas y soltó su cabello para terminar cubriéndola con sus sábanas. La niña lucía rendida.

-Creo que es todo - dijo - Adiós, chica.

En silencio, Trankov se marchó por el balcón. Las calles solitarias - la sabía de sobra - eran particularmente peligrosas y los mercenarios y la marina las aprovechaban. Presentía que tarde o temprano se encontraría en una situación de la que no pudiera librarse. Mientras doblaba la esquina, el sonido ¡doh! provocó que caminara más rápido pero se repitió. Con un poco de reserva, giró sobre sí.

Judy Becaud intentaba ponerse de pie sin conseguirlo. El suelo comenzaba a llenarse hielo y la brisa, un poco agresiva, empeoraba las cosas. La joven sentía como su rostro se humedecía.

-Le ayudo. Deme la mano.
-Gracias Sergei, buenos días. Qué manera de encontrarnos.
-Mmh .. Ja, es un poco original.
-Siento que me ha dado pena.
-Se ha sonrojado.
-¡Qué desastre!
-Me atrevo a decir que se ve mejor ¿Dónde iba? La acompaño.
-Republique, debo abrir el negocio y voy tarde, además me estoy congelando.

Sergei miró alrededor y después al termómetro junto a una ventana.

-Está comenzando una tormenta, señorita.
-Lo sé, las conozco.
-De este tipo no creo ¿Tiene una chimenea que funcione?
-En mi dormitorio ¿Porqué?
-Lo sabrá en un momento.

Corrieron lo mejor que se pudo. Al atravesar la puerta de Le jours tristes, Sergei debió tranquilizar a Judy. La nieve caía de manera tan violenta, que destrozó las ventanas. El rebelde entonces subió al primer piso, encendió fuego y se encerró con la mujer.

-De seguir afuera estaríamos muertos.
-¿Lo cree?
-Nunca hago suposiciones. Hemos tenido suerte.
-Mi esposo se quedó en la fiesta con los rusos.. Si le pasa algo, me muero.
-Yo no me preocuparía.
-¿Porqué?
-Seguramente ya le dieron sopa y una bufanda. Así son en Pushkin.
-Dios lo oiga.

Afuera los postes caían. Ambos los oían pero ella estaba tan espantada que se aferró a Sergei instintivamente y aún sentía frío.

-No debo estar con usted. Su marido llegará y con toda razón imaginará algo impropio.
-Él sabe que jamás lo traicionaría.
-¿Si usted lo encontrara con una desconocida en esta habitación pensaría que sólo se resguarda del clima?
-Sí.
-Jajajaja ¡Por favor!
-Yo confío en Jean.
-Al fin sé como se llama el afortunado.
-Yo soy la de la suerte.
-¿Porqué?
-No imaginaba que me fuera a hacer caso.

Sergei miró a la mujer con incredulidad. Por su belleza, él tomó la frase por sorpresa.

-Cuando una crece al lado de su escritor favorito .. Rara vez una joven ordinaria puede disfrutar el amor de su héroe.
-¿Usted está al lado de una persona que admira?
-Cuando tenía catorce supe de Jean Becaud.. Recuerdo que él acababa de publicar "Réquiem de los amores extraños". Es una novela sobre pájaros. Nunca he leído algo más bonito.
-¿Es triste?
-Al contrario, es una historia demasiado feliz.
-Creo que Lubov tiene una copia.. Se la pediré prestada.
-¿Quién es?
-Mi mujer.
-Qué raro, usted parece soltero.
-Será por mi atuendo.
-Seguro.
-Mejor cuénteme ¿Cuándo conoció a Jean?
-¿Le interesa?
-Un escritor y una joven siempre serán materia de charla.
-No es el único que me ha dicho.
-Porque todos sabemos que son grandes e inolvidables romances.
-Nunca me lo habían pintado así.

Judy calló un momento. De sólo acordarse de cómo esperaba con ansias cada lanzamiento de la editorial responsable de Jean se le humedecían los ojos por la emoción.

- Yo estudiaba historia. Iba a celebrar mi cumpleaños y supe que él daría una conferencia en mi universidad. La verdad es que yo sólo había visto su foto y coleccionaba sus columnas en Le parisien y Cahiers du cinéma.. Cuando llegué al auditorio faltaban tres horas y me senté hasta enfrente; traía la bolsa llena con todos sus libros y sólo deseaba que me diera un par de autógrafos y tal vez la mano.
-Suena a que usted consiguió más de lo que quería.
-Fue un evento muy aburrido, la persona importante ni siquiera abrió la boca más que para dar una opinión breve.. Realmente me desilusioné pero no de él, sino de los organizadores que no paraban de hablar.
-Sé de eso.. Dan ganas de hacerles algo no muy bueno.
-Vi bostezar a Jean tantas veces que casi me contagia y de pronto me di cuenta de que me observaba; me sonrió y cuando acabó esa tortura esperé a que los demás se marcharan.
-¿Funcionó?
-Firmó cada cosa que le di y accedió a un retrato; con nadie más lo hizo, me preguntó mi nombre y dijo que iría a buscarme para invitarme un café.. No le tomé en serio, yo supuse que me olvidaría y al menos podría decir que estuve cerca de mi escritor favorito hasta que salí de clases.
-Adivino: Jean sí cumplió.
-Y fuimos a Champs Élysées.
-Todo fue en París.. Sabía que reconocía su acento.
-Soy de allá.
-¿Pero qué sucedió?
-Sólo charlamos, me pidió mi teléfono y el resto es historia.
-Mejor dígame que ya fue suficiente.
-No, no, es la verdad.. Ya sabe, una cita por aquí, un fin de semana yendo a desayunar, mucha conversación..
-Con sólo ver su cara iluminada sobran las explicaciones.

La segunda parte de esa vivencia era algo que la señora Becaud guardaba para sí y Trankov intuyó que esa conquista había sido más por oportunidad que natural.. Y tenía razón por lo que prefirió imaginar que Jean era un hombre romántico y delicado que estaba loco por Judy.

-¿Les gusta el tango? Lo digo por la colección de discos que tienen.
-Aquí se baila todo el tiempo.
-¿La enamoró así?
-En parte. Me gustaba más que me regalara flores; todavía lo hace de vez en cuando y aquí nos inundamos de arreglos, aunque nunca le he dicho que me siento más feliz cuando me deja una rosa después del trabajo.
-¿Porqué no?
-Siento que perdería la magia.

Verla tan contenta hizo que decidiera marcharse. Sergei podía ver que Judy se conmovía de alegría pero en medio de su prisa, él tiró un jarrón.

-Déjelo, yo lo recogeré.
-Se cortará Judy, además la culpa ha sido mía.
-No se preocupe, puedo repararlo.
-¿Qué le pasó en la muñeca?

La señora Becaud dirigió su mirada al brazo izquierdo. Su marca de media luna brillaba mucho más que antes. Trankov se mantuvo atónito unos instantes. Ella intentó ocultar su herida pero él se lo impidió. Después se dió la media vuelta.

-¿Se encuentra bien, Sergei?
-Debo evitar acercarme a usted.
-Aguarde.
-¡Aléjese! ¡Corra!

Era tarde.

Ante los ojos de ella, Sergei cambió su aspecto. Cuando dejaba de ser un hombre, Trankov no pasaba indiferente ante la joven. No era un ser común, sino una luz con silueta masculina, el espíritu de la campiña, precisamente. Por no huir, Judy sintió con fuerza como le tomaban por el rostro. Un aroma a violetas comenzaba a hipnotizarla cuando un beso se apoderó de sus labios. Ya no era en gran parte dueña de sí misma y un ferviente deseo de sucumbir a la excitación que sentía, apenas y era contenido por pensar en su esposo.

-¡Judy! - se oyó en la habitación - Vine en cuánto dejó de nevar. Afuera es un caos ¿Estás bien?

La señora Becaud, abandonando el estado de inconsciencia en el que se sumergió, notó que Jean no podía ver a Sergei. Disimulando, miró al piso.

-Del susto he reventado un jarrón.
-Lo levantaremos más tarde.
-¿Y ese termo?
-Los rusos me regalaron borsht.
-Entonces estabas con ellos.
-Nos invitaron a comer ¿Vamos?

Sonriendo, Judy estrechó a su marido. Su corazón palpitaba con fuerza pero mirando a Jean y Sergei, supo exactamente lo que quería.

-Claro que sí.
-Te traje algo.
-¡Una matrioshka*! La colocaré en la barra. Es hermosa. Te agradezco Jean.
-Y también pasé a comprar esto.
-¡Jazmines!
-Son tus favoritas.
-Y también te acordaste de las rosas.
-De todos colores.

Con alegría, la señora Becaud comenzó a hablar acerca de las ventanas del café que había que sustituir y se encaminó con su esposo al barrio ruso. El fantasma permaneció como idiota ante aquella escena.

Al elegir a Jean, Judy Becaud se olvidó completamente del espíritu, más no de Sergei. La amnesia que repentinamente le llegó, era lo suficientemente efectiva como para que ella, después de unos minutos, sólo recordara que Trankov (en su forma humana) la había acompañado a Le jours tristes.

*Muñecas tradicionales rusas cuya originalidad consiste en que se encuentran huecas por dentro, de tal manera que en su interior albergan una nueva muñeca, y ésta a su vez a otra, y ésta a su vez otra, en un número variable que puede ir desde cinco hasta el número que se desee, siempre y cuando sea un número impar, aunque es raro que pasen de veinte. Se caracterizan por ser multicolores, o por la presencia de elementos decorativos en la pintura tales como jarrones o recipientes sostenidos por las muñecas. A veces las muñecas interiores son iguales entre sí, pero pueden diferenciarse en la expresión de la muñeca o en el recipiente que sostienen.

2 comentarios:

  1. Ingrid,
    Me acorde de tu blog al ver la pista de hielo de la Ciudad de México.
    Saludos!

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  2. Un aplauso por esa valentía que te lleva a publicar. La forma en que pasas de un hecho común y corientea algo que puede quedar fuera de la comprensión es realmente audaz y adictivo. No me terminan de enganchar los cuentos cortos, es por eso que la métrica se me hace muy rápida y a momentos incomprensible, pero que se quita cuando se vuelve a leer. Gran trábajo el que haces Ingrid. De verdad.

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