martes, 14 de febrero de 2012

El cuento de San Valentín.


El invierno terminó en San Valentín. De la lluvia y las nevadas la gente estaba un poco harta. El Sol brillaba nuevamente y el calor inhibía la exhibición de gruesas chaquetas. Los niños en la calle volvían a sus juegos y las fuentes, convenientemente desactivadas, no hacían más que recordar el episodio del refresco, mismo que concluyó con los estudios de Adrien Liukin al demostrarse que las tuberías no estallarían. Ahora el chico buscaba entretenerse con otra cosa y con la ayuda de Anton y David, probaba improvisados trineos en las cuestas a las afueras de la ciudad. La vida continuaba y afortunadamente, los nuevos ánimos desterraron la tristeza.

Carlota acababa de salir de la escuela cuando un gato se detuvo ante sus pies. Era el mismo que insistía en entrar a su apartamento y traía un moño atado en el cuello. Además de pequeño era manso y su ronronear era muy agradable. La chica no se resistió y lo cargó al tiempo que pegaba su nariz con el simpático ser.

-Eres muy bonito, te adoptaré ¿Qué nombre te pondré? Lo averiguamos luego... ¿Pero qué es esto?

En la cinta del animalito estaba atado un corazón de cristal y percatándose de que era un estuche, la pequeña lo abrió. La fragancia que escapó era deliciosa pero lo importante era la nota con letra exageradamente pequeña y una lupa.

-"Ve a tu casa y usa tus tenis más cómodos. Luego dirígete a Katsalapov y busca el nombre de la calle. No será fácil".

Con la expectativa de saber que seguía, Carlota corrió hasta su habitación, depositó al minino en una cobijita encima de su cama y se cambió de ropa. En Katsalapov descubrió que encontrar el letrero era una tarea verdaderamente complicada y terminó pidiendo ayuda. Como los vecinos de Anton la reconocieron, nadie se negó. La señalización estaba oculta detrás de unas macetas colgadas.

-"Ahora que tienes la segunda pista te pregunto: Si quieres encontrar algo viejo vas a Totmianina pero si quieres algo antiguo tu parada está muy lejos ¿En qué lugar encontrarías lo viejo y lo antiguo sin cruzar la ciudad y sin un costo mayor a cinco centavos?"

-¡Rayos! No sé de almacenes. Piensa, piensa.. 

La pequeña no tenía idea. Caminó por el barrio ruso infructuosamente y en los límites con Poitiers se dió cuenta de que el único lugar con costos tan bajos era Bonbons Carousel en Cotillard. La máquina más reciente databa de 1950 y los aparatos eran casi en su totalidad del siglo XIX. Cuando llegó, el encargado le entregó un paquetito de goma de mascar. El recado que estaba al interior le pedía que se dirigiera a la estación Schoenfelder y buscara un mural dedicado a Corto Maltese*. 

-Con lo que amo tomar el metro - suspiró con ironía.

Una vez en el sitio, debió enfilarse al lado opuesto. Un actor maquillado estaba justo delante de la pintura y después de recitar un poema, extendió un sobre nuevo. La pequeña debía memorizar la obra de Pratt y localizar un rompecabezas gigante en la Universidad de Humanidades. 

-Tendré que seguir en el subterráneo, qué remedio.

Transcurridos diez minutos, descendió cerca de la primer explanada del campus. Los universitarios inudaban las áreas verdes y por eso, se le dificultó hallar el sitio adecuado. Pasó por la Facultad de Arquitectura y también por la de Artes Escénicas. Se demoró en Filosofía y finalmente se detuvo Artes Plásticas. En el "patio" estaban dispuestas las piezas pero le llevaría mucho tiempo armarlo. Con entusiasmo por la luz abundante, se dispuso a formar la imagen. Era el mismo personaje de la pintura en el metro.

-Así que Sergei tomó su estilo de vestir de aquí - dijo la niña.

En la parte inferior, el lema decía: Corre. Una flecha apuntaba hacia a dónde.

En la pista principal se había colgado una canasta con globos, dulces, tarjetas, osos de peluche diminutos y otra correspondencia. El sobre esta vez era rojo y el papel rosa:

-"¡Bien hecho! Ya casi llegas al final. Ve a los cerezos".

Carlota, entusiasta, rentó una bicicleta y pedaleó cuesta arriba hasta el sitio donde Joubert la esperaba.
Un mantel, un enorme cesto, decoración floral en los árboles y una música de acordeón tranquila eran el marco para celebrar. Ambos se estrecharon.

-¿Te gustó el juego?
-Excepto por el tren.
-Ah, déjame te explico: Eso fue para que te vayas acostumbrando.
-¿En serio?
-Es que, como no pudiste ir a la fuente de sodas..
-¡Ay, perdón!
-Jajajajaja, te quería decir que cambiamos la fecha del debut y ahora tocaré en el Festival del subterráneo con la banda. Será este fin de semana en De Gaulle y bueno, es en las vías.
-¿Qué?
-Por algo se llama "subterráneo".
-Estaré ahí.
-¿Segura?
-Lo prometo.

Sonrieron y se sentaron en el pasto. Los árboles comenzaban a lucir rosados y los conejos salían de las madrigueras. El abrió el cesto y sacó el paquete del interior mientras ella le daba una tablilla de chicle.

-Espero que te agrade.

Ella retiró la tapa. 

-¡Era justo lo que quería! ¡Gracias Joubert!
-De nada. Pensé que los necesitabas.
-De hecho iría a comprar unos nuevos.
-Pero no es todo.
-¿No? 
-Revisa la caja.

Junto a las cuchillas y los protectores, un estuche relucía. Era idéntico al corazón del gato. Ella lo abrió.

-¡Qué bonita!
-¿Te la pongo?
-¡Claro que sí!

La pulsera estaba fabricada con cristal muy fino y en forma de corazones. Carlota rozó la mejilla de Joubert y éste le regaló un beso tierno y prolongado. La pequeña sólo atinó a sonrosarse un poco. 

-¿Te gustaría dar un paseo?
-¿Y si hacemos una carrera? 

Los dos tomaron rápido las bicis y descendieron a la laguna. Él la dejó ganar pero cayó. La chica retrodeció y ayudó al joven Bessette a incorporarse. Éste agradeció con más mimos. Carlota jamás había percibido el calor de los labios de Joubert en los suyos y nunca se había sentido tan cómoda ni tan querida. El reflejo de ambos en el agua era nítido y puro. Permanecieron contemplando el paisaje un instante y después volvieron por los mismos senderos para devolver los biciclos. Más tarde y a pie, se trasladaron a un sitio romántico y familiar; la última sorpresa que Joubert le tenía reservada a Carlota: Una cena de pizza con sus amigos en Le jours tristes. Bromearon, rieron y hasta brindaron con jugo por unas horas mientras Judy los observaba por demás contenta.

 Ella llegó a medianoche a casa. Al asomarse por su balcón, él le envío un último beso.

*Corto Maltese  (en español, Maltés), fue una historieta que se editó desde 1967 hasta 1989 en la cual se narraban las aventuras de un marino homónimo y su amor platónico por Pandora Groovesmore. Durante sus viajes, Corto conocerá a personajes como Jack London o Stalin (éste último aparece en la serie como "Zhugashvili"). La historia fue creada por Hugo Pratt (1927-1995) actor y caricaturista italiano.


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