miércoles, 22 de febrero de 2012

Tiempo de tango



Cuando Tamara se fue a Salt Lake, Judy se quedó como entrenadora interina de Carlota. En vez de trabajar en pista, lo hacían en salones de danza y después de la práctica ambas iban a Le jours tristes para comer algo porque Ricardo ya no cocinaba: Se le había olvidado cómo hacerlo y Gwendal le ayudaba para no perder otras habilidades como reconocer los rostros de sus hijos y no errar los nombres. Inclusive, el señor Liukin había encontrado cierto humor cómico a su condición al percatarse de que algunos episodios amargos de su juventud estaban "borrados" de su mente. 

-Estoy encontrando cierta paz. Me alegra ya no recordar de qué murió el abuelo - Comentó a la señora Becaud - Y dice Lorenzo que una vez lancé ... Algo a la policía. Da igual. 

Carlota fingía que aquello le parecía gracioso pero su padre podía notar su tristeza. 

-Estaré bien. Confío en Poirier, mi niña.

La pequeña miró al suelo. Discretamente, Judy fue a su habitación en ese momento y lloró un poco. Detrás de ella, un cada vez más arrojado Gwendal acariciaba su cabello. La joven prefirió ignorarlo y bajó al café con la intención de distraerse sirviendo mesas. Su marido se encontraba en la cocina y al verla, corrió a la rockola. Ella no pudo dejar pasar la selección de Jean. Él la tomó por la cintura con sensualidad y torpemente comenzaron a bailar. El compás era lento pero ella "resbalaba" en algunos pasos. Sintiéndose animado, Ricardo se levantó y le pidió a Becaud que le cediera la pieza. Éste aceptó con cierta curiosidad incrustada en el rostro. Gwendal, al pie de la escalera que conducía al dormitorio de Judy, atisbó con recelo como su consanguíneo tomaba firmemente a la mujer con aquél ritmo de bandoneón y tristezas. Ella se movía con mayor consistencia pese a su desconcierto y permitió que la canción terminara aunque significara enfrentarse con la mirada de Liukin a una distancia muy corta. 

-Gracias, señora Becaud.
-De nada.
-Es usted una buena bailarina.
-De ser así me habría evitado embarazosos momentos.
-La clave del tango es la firmeza del hombre. Debe dejarse llevar, Judy.

 Ricardo le agradeció a Jean y tomó su lugar nuevamente. Su hija le notaba inquieto y al cabo de unos minutos, salieron del lugar. A Carlota le extrañaba que su padre permaneciera ensimismado y que la mandara a dormir inusualmente temprano una vez que llegaron al departamento. Su tío por su parte no disimulaba cierto disgusto y después de sostener en la terraza una charla a solas con su hermano, había agarrado su saco y abandonado el edificio sólo para consumir un par de cigarrillos en la calle y tomar rumbo desconocido. 

Solo, Ricardo pasó la noche en vela pensando en Judy. Era una mujer interesante, encantadora y casi cualquiera caía a sus pies con facilidad. De haber seguido soltera, con toda certeza habría aprendido a aprovecharse de su belleza y posiblemente su talante ingenuo se habría transformado en una cosa insoportablemente fársica. Al señor Liukin, sin embargo, le molestaba profundamente la joven sonriente, la real. Le producía un irracional resquemor y es que de tanto contemplarla había comprobado que le gustaba, pero no podía tenerla. En ese sentido se identificaba con el Winston de Orwell, con la diferencia de que Judy no reparaba en él y no existían telepantallas que pudieran alentar, al menos, un resabio de lujuria o un ataque de celos. De todas formas, dentro de las posibilidades, si no era Jean, el problema serían Gwendal y Judy misma e incluso, Gabriela aunque fuese un fantasma. Ricardo arribó a la conclusión de que tal vez por la partida de su esposa buscaba no hallarse tan vulnerable y recibir un poco de cariño, mismo que ahora envidiaba a otros. La inminente carencia de juventud también le ocasionaba una fuerte crisis interna y quizá, eso lo tenía más irritado. No anhelaba quedarse indefenso. Irónico que la enfermedad no le provocara ese miedo, sino la inmisericorde naturaleza con un invento llamado vejez.

Fue por la mañana, con la cabeza menos saturada, cuando se le ocurrió pretextar una cita médica para faltar al trabajo y poder pasar por Le jours tristes después de la diez y media para tomar café en relativa soledad. La señora Becaud por coincidencia también había omitido sus clases en la facultad y notablemente cansada, se esmeraba en terminar con el menú del día para irse a la campiña. Jean pasaría el día entero en la editorial negociando un nuevo contrato y presentando un par de conferencias, lo que significaba que Ricardo podía acompañar a la joven si se ponía listo. Sólo debía pescarla cuando se viera aliviada de sus labores; pero no hizo falta. Tal y como menos lo esperaba, Judy le saludaba cordialmente y le pedía encaminarla a las montañas. Él aceptó encantado. Afuera, los reflejos del Sol resaltaban los ojos verdes de la mujer. Queriendo pasar más tiempo con ella, el señor Liukin la llevaba por una ruta larga y le hablaba pausadamente. A ella, que se había dado cuenta, no le importaba ese detalle. Estaba conociendo algunas aceras de Tell no Tales, vibrantes de negocios y de bullicio caprichoso. El recorrido era muy placentero y pronto, se esfumaron sus ganas de descansar en el campo para disfrutar de la charla con un hombre que no tenía mucho de enviudar. 

Notando que ella parecía dispuesta a tomar camino a dónde fuese, Ricardo la dirigió a un local seminuevo cerca del corazón de Poitiers. Siendo Judy una aficionada al tango, no tardó en detenerse en seco al reconocer los acordes de Piazzolla. Entendiendo que ese era el objetivo, permitió que Liukin la condujera hacia un sitio encantador en un primer piso: La tanguería Ayre.

-¿Le gustaría ser mi compañera de baile, señora Becaud?
-Los tangos piden copas y las copas piden tangos.
-¿Es un sí?

Ella asentó. Al centro, una solitaria pareja danzaba. El sitio era rojo y negro. Las velas y el vino le otorgaban un confortable ambiente bohemio y en segundos, Ricardo y Judy brindaban con un finísimo Malbec de Mendoza.

-Advertí que este era el regalo adecuado, Judy.
-No entiendo.
-Me enteré de que hoy es su cumpleaños. Felicidades.
-Oh.. No .. Nadie suele acordarse.
-Su esposo sí. Lo de ayer no fue casualidad. Por él fue que supe de su festejo.
-Jean es tan lindo.. Lo traeré pronto. 

Ambos rieron y continuaron platicando. Ricardo dejaba pasar el tiempo. Aguardaba que la señora Becaud tomara la iniciativa y danzaran. Afortunadamente, le sobró la paciencia y se sorprendió por la apertura. 

-"Ay milonga de amor" - susurró Judy - "Ay temblor de gotán".* 
-¿Le agrada el tango nuevo?
-Lo reto. Hágame bailar.
-¿Con tecno?
-¿Usted sabe dirigir, no es así? La clave está en la firmeza, le estoy tomando la palabra.

Ricardo terminó su copa, se incorporó y cortésmente convidó la pieza a la joven. Judy no recordaba haber sentido antes tanta seguridad. Ricardo era su pareja perfecta para bailar y disfrutar la primera de muchas tardes acaloradas y repletas de ritmo. Al menos, era lo que ambos deseaban cuando se despidieron en Le jours tristes. Jean había llenado el lugar con globos; Gwendal en cambio, permaneció esperando en la campiña hasta el anochecer.

*Estrofa de la canción Santa María (Del buen Ayre) (dar clic en el video a continuación) de Gotan Project (La revancha del tango, 2001).

Ice dance montage 'Tango time' from Ingrid Alcazar on Vimeo




2 comentarios:

  1. Pies que puedo decir, In. De lo bueno, mucho. Excelente relato. No me engancha la métrica con que lo narras, pero eso queda en segundo plano con las emociones que la lectura exuda.

    Esta vez me llevé una excelente sorpresa al notar que mencionas a Winston, sus desos carnales y las malditas telepantallas. Fuéun excelente toque el meter a un cuento dentro de otro, sin caer en lo rotundo.

    Como comentario final, me encantaría saber si con Tecno te refieres a Gotan Project..


    Como siempre, una delicia leerte.

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  2. Ingrid,
    Me encanta la comida Argentina, el poder degustar algún tinto Argentino, escuchar algún Tango. El baile me parece sensual, armonioso. Sin duda algo digno de admirarse así como tus cuentos.
    Saludos!

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