jueves, 8 de marzo de 2012

Comptine d'un autré eté: L'apres midi. (Cuento largo de la serie "París")


A Yann Tiersen, @MiguelBennets y al Woody Allen
que dirigió "Midnight in Paris"

Tamara se presentó en el hospital y el panorama resultaba desolador. Carlota no presentaba aparente mejoría y Judy había rendido su declaración tantas veces que hasta memorizada tenía su versión de los hechos; aunque no por eso, dejaba de ser cierta. Los Liukin también habían perdido la noción de las visitas que la niña recibía y los demás aprovechaban esa circunstancia para tomar a la interna como "confidente". Por supuesto, de haber podido, aquella pequeña se hubiera levantado por la risa. Las anécdotas que le contaban solían ser incidentes sin consecuencias o tonterías. Su cerebro seguía construyendo imágenes y no tardó en comenzar a activar la imaginación de forma más amplia. Secretamente, Carlota elaboró un mundo aparte en el cual distraerse mientras comprobaba que podía sentir dolor y lagrimear. No sabía porqué pasaba esto último y menos comprendía porque nadie se había dado cuenta; por lo que regresaba a sus pensamientos sobre un cielo con globos y un puente  sobre el mar en dónde era obligatorio atravesar con bicicleta o a pie además de leer un letrero: París, al final del camino.

Durante el trayecto, se podía contemplar a las ballenas, ver a personas de dos cabezas y artistas recibiendo monedas. Los payasos estaban todo el tiempo tristes y los malabaristas no tenían talento. En contraparte, los vendedores de algodón de azúcar realizaban trucos, sacaban confetti y celebraban los cumpleaños de los niños regalando boletos a la luna. La pequeña nunca recibió uno solo a pesar de que a cada hora, cambiaba el mes y cada dos minutos, el día.

A la mitad del puente, una cabaretera daba la bienvenida al "lado norte del mundo" y para pasar, sólo debía obsequiársele un beso y demostrarle buen corazón si se trataba de un hombre o niño. Si eran mujeres, había que probar que no se era chismosa; pero Carlota pasó sin ser examinada. La vedette precedía a la "construcción de pintura", porque parte del viaducto estaba hecho precisamente con tintas. Los árboles a los costados, y el agua (nombrado "arroyo del arcoiris" por el que la gente pasaba con botas para no empaparse) eran de colores. Algunos aprendices elaboraban bocetos o anotaban lo que grandes maestros sugerían; eso si no eran hostiles. Carlota podía ver a Cézanne explicando la importancia de la textura y al otro, al apasionado Caravaggio ahuyentando a los curiosos y obsesionándose con las expresiones de sus personajes mientras Raffaello Sanzio y Tintoretto compartían impresiones sobre la perspectiva. Fascinada por aquél universo, decidió permanecer en una banca mientras el arroyo aceleraba un poco su caudal y el viento soplaba.

-¡La damisela debería marcharse! - proclamó Picasso - Ese Caravaggio ha enloquecido ¿Acaso no eres observadora? Te ha estado apuntando con sus pinceles y no tardará en agredirte con ellos.
-Creí que jugaba.
-Ese canalla no soporta a los extraños.

El pintor español, de la nada, comenzó a formar sus famosas figuras de luz estroboscópica y en un momento dado, dibujó una sombrilla, misma que entregó a Carlota.

-Los vientos de Gibraltar son peligrosos de noche .. Y aún te falta camino.

La chica atisbó a Picasso mientras se preguntaba porqué la sombrilla no había desaparecido si era una de esas creaciones efímeras que al artista tanto le gustaban; pero no perdió más tiempo, se despidió con un ademán y prosiguió hasta la siguiente señal, no muy lejana. Una flecha de madera que anunciaba:

"Gibraltar. El alma de Europa"

En ese punto, Carlota creyó oír el susurro de un piano, pero las olas también hacían ruido y no tardó en percatarse de la presencia de sirenas. Dubitativa, ella dió un paso fuera de los colores y resbaló.
El piano se volvió más fuerte y un rayo de sol iluminó un diminuto espacio enfrente de ella.

-Aquí voy.

Sosteniéndose como podía, Carlota trataba de avanzar pese al golpeteo incesante del agua. Las sirenas
se lanzaban pelotas en medio de un ambiente inhóspito y con sus colas, agitaban más la cruel marea.
De vez en vez, lo que parecían luces de barco iluminaban más indicaciones:

"Recuerde: El estrecho siempre está oscuro". "Este puente no pasa por Madrid". "Ceuta, a su espalda". "ATENCIÓN: Después del puerto de Gibraltar, comenzará La Gran Curva. No se espante si de pronto no ve tierra. El paso por el cielo es inevitable. Usted verá el campo nuevamente en Andorra" "El camino pasa por Lyon y Nantes" "Buen viaje".

Algunos aventurados como Carlota marchaban lentamente y los dejó atrás pese a las ráfagas. Cada que sonaba el piano, esos extraños tapaban sus oídos y el mar arreciaba su furia. Sin embargo, la luz guía se acrecentaba y comenzaba a brindar calor por lo que la pequeña continuó dando pasos. Ignorando el cansancio, siguió adelantándose a los cada vez más escasos viajeros. Cuando la flecha indicó: "Puerto a dos metros" ella suspiró aliviada. Atrás quedaba la cortina negra y el resplandor.

En Gibraltar, Carlota avanzó un poco para llegar al "Rincón de los filósofos" que no era más que una sección de bancas como las del primer tramo del viaducto. Los sabios discutían las cuestiones más disímbolas; no exentas de gritonería. Mientras Kant trataba de mostrarle a Nietzsche porque sus teorías eran equivocadas, Aristóteles se maravillaba de saber que los cuatro elementos no habían sido el origen del universo. Más al fondo, Platón y Focault compartían el vino y nuevamente, un artista; Marcel Duchamp asombraba a Tomás Moro y Pico Della Mirándola con su cámara y sus cintas.

-¿Qué vas a querer niña?

Nuevamente, la cabaretera se presentaba pero como una agobiada mesera con traje de circo y tono de flojera.

-Agua.
-¡Rayos! ¡No me pagan propinas por algo que es gratis!
-Perdón, pero sólo tengo sed.
-Traeré limonada y si quieres.
-Bueno.
-Y espero ver cincuenta rublos cuando te sirva.
-No tengo dinero.
-Entonces ese tacaño de Nietzsche va a pagar tu cuenta.

Fue en ese instante cuando Carlota se percató de un individuo solitario. Los demás procuraban no pasar cerca.

-¿Ahora qué ves?
-¿Tan rápido?
-Toma tu limón y no molestes... Esos idiotas seguirán discutiendo hasta que se atrevan a matarse.
-No pueden, son filósofos. Son racionales.
-Si lo fueran, intentarían tocarme el trasero y me escucharían cantando. Sólo el bizco no da problemas. Lo abandonaron porque siempre tiene la razón.
-Pobre señor Sartre.
-Es el geniecillo de ojos divergentes que lo sabe todo.

La chica Liukin le sonrió a Jean Paul Sartre antes de dar un par de sorbos y retirarse. El final del camino aún distaba.

Al salir del puerto, Carlota se topó con que el puente estaba más despejado. La ligereza del aire invitaba incluso a correr y La Gran Curva parecía acortar distancias extraordinarias. En el cielo, volvieron los vendedores de algodón de azúcar, igual de amables que los sureños pero sin obsequios. Las notas del piano se dejaban sentir con mayor frecuencia y en ese tramo, a la gente le agradaba oírlo.

"Se regalan panquecitos de queso"

Con ese anuncio, la pequeña se animó a acercarse a un puesto. La dueña era una campesina cariñosa que vivía en las montañas de Andorra y se tomaba la molestia de alimentar a los cansados. De acuerdo a su discurso, ella tenía cabras en su granja y los panecillos daban la energía suficiente para soportar la caminata a París. En vista de que no tenía un sólo rublo, Carlota se llevó una caja con doce bizcochos.

En Andorra, el camino se convirtió en una alegoría de la soledad. De acuerdo a los carteles, pocos llegaban ahí. El gran filtro era el pesadillezco estrecho de Gibraltar y el puerto. Los valles estaban llenos de flores y a lo lejos, las aisladas casitas revelaban la existencia de rebaños mansos y vidas tranquilas. Más arriba, se apreciaba el tren y más letreros.

"Francia a cinco pisadas. Felicidades."

De no haber descubierto esa leyenda, ella habría pensado que seguía en el principado. El puente llevaba de nuevo dirección ascendente y debió gastar su primer panqué. Esa subida era pesada pero la melodía del piano era incesante ya y le gustaba tanto que sin advertirlo, estaba en Lyon; específicamente en un barrio llamado "Vieux Lyon" uno de los más viejos. Aquí si había personas y los universitarios inundaban las librerías. El río Ródano corría paralelo al puente pero la vista se volvió complicada y Carlota debió continuar cuesta arriba.

Camino a Nantes, el piano se tornó más fuerte. Si la pequeña se asomaba por el borde, veía viñedos y se percataba de la considerable altura del viaducto. El delicioso aroma a uvas frescas le provocó una sed terrible y por la carencia de líquidos, trató de compensar aquella sensación con un segundo panecillo. El sudor también hacía de las suyas .. Recordando que era su fantasía, se concentró lo mejor que podía y comenzó a llover ligeramente pero estaba tan cansada, que pasó de largo por Nantes. De todas formas, era imposible que tomara agua del Loira: los habitantes no se lo permitirían.

Finalmente, La Gran Curva presentó su lado más amable: Un descenso. Por inercia, la chica aceleró el paso. Debajo de la señalización: "París, cuatro kilómetros", una pequeña carpa era el último obstáculo para acceder a la Ciudad Luz. La vedette ahora domaba a un tigre y por su vestido, Carlota recordó el desfile ruso en diciembre. Entre ilusionistas y ranas falsamente "mágicas" la mujer se le aproximó.

-¿Otra vez tú? ¡Y ese piano! ¿De dónde sacaste esa musiquita?
-La he escuchado desde Gibraltar.
-Los rumores dicen que la música es el final del sueño.
-¿Cuál sueño?
-París desapareció gracias a esa melodía .. Y Andorra ya no existe. También el otro extremo del puente fue borrado del mapa. Sólo sobrevive la estructura de pintura y medio Gibraltar. Las sirenas ahora viven en tierra.
-¿Qué le pasó a París?
-Se diluyó en burbujas este verano...
-Aún no es verano.
-Como dije, esto es un sueño.. El sueño terminó.

Carlota comenzó a repetir "El sueño terminó, el sueño terminó" y el mundo alrededor acabó por extinguirse.

-El sueño terminó.

La pequeña abrió los ojos. Los acordes que había escuchado en el camino provenían de una grabadora colocada al lado de la cama y no correspondían a compositor conocido alguno. Sin un reloj o al menos las ventanas despejadas, supuso que eran las cuatro. Extrañamente, prefirió aguardar a que alguien entrara a la habitación. No deseaba alterar a nadie o causar una fiesta. Agradecía profundamente el encontrarse lúcida y que la fantasía había llegado a ser tan absurda que la consciencia finalmente había tomado el control.

Yann Tiersen - Comptine d'un autre ete (L'apres midi) 


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