jueves, 26 de abril de 2012

Las historias de amor nunca terminan. Tercera Parte (El final de la vida)


Nathalie Péchalat / Fotografía de Laetitia Mériguet©

 "Once you've skated together long enough, and you're really good friends, you can close your eyes, 
put your hand out and she's right there." 
Joe Dolkiewicz, 2011 US Novice Pairs Bronze Medalist

Después de Pascua, Carlota finalmente abandonó el hospital y para sorpresa de los médicos y su padre, las migraña sufrida durante semanas y las marcas propias de la operación parecían haber desaparecido milagrosamente. Aunado a esto, su cabello crecía extraordinariamente y su estatura era notablemente mayor. Por supuesto, lo que jamás sabrían era que Tamara le había pedido a Trankov que le proporcionase a la niña una taza de hierba quemada para librar sus males. La única recomendación profesional era que la chica no patinase inmediatamente y fuera a consulta con el neurólogo una vez al mes durante el resto del año.

-Ya me hacía falta caminar - dijo la niña al pisar al pisar la banqueta. Afuera, sus amigos y su familia la esperaban con globos y Joubert le entregó un enorme ramo de flores silvestres. 

-¿Qué harás ahora? - le preguntó.
-Supongo que ir a casa y pasar la tarde en una comida familiar.
-¿Estoy invitado?
-¡Claro que sí!

Carlota aprovechó el momento para agradecer las atenciones y las visitas durante su internado. Incluso, mencionó que tenía ganas de ver a sus fans, mismos que le mandaban cartas y obsequios. 

-¡Llegué! - gritó Adelina - Te compré esto, chica.
-Gracias. 

Los demás observaron a la niña de Cobbs con intriga, ya que no se explicaban cómo podía cargar un gigante conejo de peluche y al mismo tiempo lidiar con sandalias de tacón.

-Trankov te mandó esto. Me lo encontré cuando salía de la tienda con el muñeco.

La chica Liukin recibió en mano una cajita de color azul y decidió abrirla en el acto, impresionándole el brillo de unos sencillos pendientes de plata.

-Póntelos - le sugirieron. Carlota no sabía si era correcto aceptarlos y optó por guardarlos con el fin de devolverlos pronto. Su padre consideró que era la decisión más adecuada y emprendieron marcha. Cuando la pequeña preguntó por Judy, su padre le dijo que la señora Becaud se encontraba en el apartamento junto a su marido, preparando una bienvenida. 

En la calle, algunos niños disfrazados de frutas se disponían a asistir al festival del cuento. Carlota jamás se hubiera imaginado provocar un tumulto hasta ese medio día. Los pequeñitos le gritaban que la amaban; muchos de ellos le habían enviado flores días atrás.

-Niños, yo también los quiero pero voy a casa - les decía mientras la abrazaban. Gwendal trataba de calmar a los que se aproximaban mientras Ricardo les pedía que por favor, les dejaran continuar. 

-¡Todo mundo regrese! - exclamó una voz femenina que a Joubert le pareció conocida. Los chiquillos corrieron a la esquina para después formar una fila. Sólo una niña aguardó a que la chica Liukin estuviera "sola"

-¿Me das tu autógrafo?
-No tengo un papel.
-En mi traje.
-¿Segura?
-No creo que mi maestra se enoje, te admira mucho.
-¿A sí? ¿Quién es ella?
-Alena Makarova.
-¿Y que te enseña?
-¡A patinar como tú!
-¿De verdad? 
-En el club del barrio ruso.
-Qué lindo. Buena suerte ¿Cuál es tu nombre?
-Liudmila.
-Ya está. 
-¡Gracias, Carlota! 

Liudmila se fue corriendo hasta dónde se encontraba una silueta cuyo rostro no se distinguía debido al sol. Después de unos segundos, los chiquitos y la mujer desaparecieron. La chica Liukin comenzó a repetirse mentalmente "club de los rusos, Alena Makarova" y prosiguió su ruta. En casa, Judy la recibió con un fuerte abrazo. 

-Por favor, no hablemos de hospitales - suplicó la pequeña antes de ir a su habitación para estar en su balcón unos momentos y saludar a su gato, al que extrañaba mucho. La enredadera que adornaba aquella parte de su apartamento lucía llena de vida pero un poco descuidada.

-¿Todo bien? 
-¿Cómo entraste?
-La puerta está abierta.
-Hubieras tocado, Tamara.
-Lo siento.
-No te disculpes así.
-Te has enfadado.
-"Lo siento" no es algo que me agrada escuchar.
-No lo sabía.
-¿Es hora de comer?
-Vine a avisarte. Me gusta que tu familia no espere para esas cosas.

Las dos se lavaron las manos y al situarse en el comedor, Carlota pensó mucho en Makarova y en su fuerte deseo de salir a la calle. Su silencio, lejos de provocar la inhibición de los demás, los incitó a conversar y a realizar brindis para festejar que la angustia había pasado. En un momento dado, Anton quiso que se hablara de las buenas noticias y Jean Becaud tocó el tema de su boda. Judy le dió la mano y mirando fijamente a Gwendal, anunció que la ceremonia se realizaría en dos semanas.

-Al parecer volvemos a la normalidad - dijo Ricardo, quizá pensando que sus oportunidades con la señora Becaud eran nulas y era mejor que así quedaran las cosas.

-Me haría bien dormir - mencionó Carlota.
-Oh, nadie se levante. Ven - dijo Tamara.

Los demás abandonaron un poco el ensueño y en cuánto Didier volvió del cuarto de la chica, el pesimismo comenzó a reinar nuevamente.

-Ya la arropé. Me pidió que no hiciéramos ruido. Creo que sólo está cansada.
-Mejor prepararé café ahora que recordé cómo se usa una cafetera.
-Déjelo, Ricardo. La cafeína lo estresará.
-Algo debo hacer para mantenerme despierto si algo pasa.

Los presentes sólo alcanzaron a guardar silencio sin saber que la niña los había engañado para zafarse de la reunión y respirar tranquilamente mirando a la calle. Como de costumbre, Sergei Trankov paseaba entre las azoteas y ella lo llamó discretamente con la mano derecha. Él sonrió y desapareció el instante previo a situarse a su lado. Se saludaron y Carlota le entregó los aretes.

-Creí que te gustarían.
-No lo tomes a mal, es que ni siquiera sé de dónde los sacaste.
-Los compré en una joyería de Poitiers.
-¿Así de fácil?
-Mientras el cliente tenga dinero, nadie pregunta.
-Por un momento pensé que los habías robado.
-No es mi costumbre.

La chica observó los pendientes y el guerrillero se los colocó delicadamente. Cuando ella se miró en el espejo, dió las gracias y prometió que sólo se los quitaría para limpiarlos cuando fuese necesario.

-¿Cómo te sientes, niña?
-Deseo estar en otro lado.
-¿Porqué?
-Necesito una asesoría.
-Dile a tu padre.
-No me daría permiso porque le hace demasiado caso a los doctores, por eso te llamé. Hazme un favor.
-Dime.
-Llévame al club de hielo del barrio ruso. No pasaré más tiempo aquí.
-Me niego.
-De acuerdo. 
-¿No vas a protestar?
-Algo me decía que terminaría yendo sola. 

Carlota tomó un bolso, metió un par de objetos y al disponerse a descender por su enredadera, Sergei se plantó nuevamente delante de ella.

-No te irás.
-¡Por favor! ¿Quién eres para prohibirme las cosas?
-El idiota al que manipulas.
-¡Sergei Trankov está aquí! - gritó la chica y enseguida él le cubrió la boca y se introdujo en el cuarto. 
-¡¿Qué rayos sucede contigo?! ¡¿Prefieres que me maten aquí por una estúpida necedad?!
-¡¿También crees que hago berrinche?! 
-Bastantes al día. Ya no tienes cuatro años. Me dijiste que odias que te digan que eres una niña pero cada día me convenzo más de que ni a eso llegas.
-¡Eres ..! ¡Eres ..! ¡Tarado!
-¿Es lo más inteligente que puedes contestar?
-Todo mundo te tilda hasta de asesino pero nunca de imbécil.
-¡Oh, te equivocas en eso!
-¿Ya te lo dijeron?
-Contigo, van dos personas.

Carlota se ruborizó cuando le concedió la razón a Sergei con sólo mirarlo a la cara.

-Discúlpame.

Él sintió el deseo de estrecharla, pero no lo hizo. 

-Necesito entrenar.
-Acabas de..
-En serio. Una consulta me haría mucho bien. Haguenauer y Tamara me halagan mucho ahora pero no he recibido una tercera opinión sin las palabras "torpe" o "perdedora".
-¿Con consulta te refieres a sólo charlar con alguien a quién no le importes mucho?
-Exacto. Sería un consejo neutral y no me llevaría mucho tiempo. Yo sé que no debo hacer malabares.
-Si explicaras todo con claridad, te ahorrarías escenas incómodas.
-Vamos.
-Otro día.
-Pero es una pregunta.
-No corras.
-Otra frasecita que ya me tiene harta.

La chica se sentó en la cama y comenzó a hojear una revista vieja. Interesado, Trankov le preguntó si había un reportaje sobre él. 

-No soy alguien que dé mucho de qué hablar.
-Siempre sacan algo de ti.
-¿Cómo qué?
-Tus romances con famosas.
-¿Sabes que eso es falso, verdad?
-No tendrías tiempo para ser héroe con un montón de novias... Aunque tienes dos.
-Bingo.
-¿Ya decidiste con cuál te vas a quedar?
-No corras.
-¡Matt!
-No me llames Matt, por favor.

Carlota volvió a tomar su bolso y se incorporó. Sergei entendió que la niña insistía en ir al barrio ruso y conociéndola, sabía que terminaría saliéndose con la suya.

-¿Nada te detiene?
-Acompáñame.
-No es una buena idea.
-Serán pocos minutos.

Trankov cedió con la certeza de que más valía seguirla y le ayudó en la enredadera. No sin cierta prisa por lo arriesgado que era encontrarse en público, la hizo tomar calles cortas y no saludar a nadie. Eran las cinco y el recinto estaba a punto de cerrar.

-Qué lata, no me dejarán pasar.
-Si quieres, yo distraigo a la encargada.
-¿Y que más, príncipe encantador?
-¿Oí perfecto?
-Sí. Deberías leer pocos chismes, así te llaman los editores.
-Válgame, qué divertido ... Conversaré con la chica y te metes rápido.

Sergei abrió la puerta y de inmediato saludó a la joven recepcionista que apenas y podía creer que un hombre atractivo le dirigiese la palabra y la hiciera sonreír con un comentario ingenioso. Carlota atravesó un par de puertas más y se topó con condiciones que no hubiera esperado. Los cables del sistema de enfriamiento estaban totalmente expuestos y los de electricidad recorrían el piso, estorbando el paso y con el riesgo de que les cayera agua en cualquier momento por la fuga en un baño. La pista por su parte, estaba detrás de una tercera entrada que rechinaba y era rígida. Las gradas requerían una sustitución urgente y estaba tan frío, que los patinadores presentes se cubrían con mantas mientras se quejaban de que la pista parecía agua. 

-¡Ya acabamos ¡Todo mundo a la regadera! - gritaba molesta una mujer que aplaudía con enojo para que sus estudiantes se apresuraran - ¡Deben presentarse mañana a las cinco de la mañana en el Club Isbaza! ¡Recuerden que sus rondas son a las ocho!

Acto seguido, los jóvenes se encaminaban a los vestidores o a la salida, con la caras de tedio causadas por exigencias constantes. 

-Fue una mala práctica - señaló la maestra al ver a Carlota - Pero por primera vez en treinta años este club tendrá participantes en los nacionales.

La niña no sabía qué decir y la desconocida se aproximó con peculiar interés. 

-¿No crees que ya tuvimos demasiado con lo que pasó en la mañana? ¿Vienes a disculparte por alocar a los niños, Liukin?
-Creo que no.
-Honestidad, me gusta. ¿Qué quieres?
-¿Quién es usted?
-Rayos, no soy famosa.
-Estoy buscando a Alena Makarova.
-¿Es que nadie lee la placa de la recepción?
-No la vi.
-Está en la única pared que se ve al entrar.
-No me fijé.
-Todo mundo se excusa con eso. Alena Makarova soy yo.
-Usted no parece rusa.
-¿Qué? No tengo los rasgos pero no significa que no lo sea, niña.
-Es que..
-¿Esperabas ver a una chica rubia con ojos claros? 
-No.
-Estereotipos. Si una tiene el cabello castaño y está bronceada es difícil que crean que sus padres son del Kremlin. Bienvenida, Carlota ¿Qué se te ofrece?
-Vine por ... por .. 
-¿Por?

La pequeña fue invadida por una inmensa timidez. La mujer no aparentaba un carácter dominante, lo tenía y lo demostraba con su tono de voz. Involuntariamente, Carlota le dió la espalda.

-¿Tu entrenadora?
-En mi casa.
-La llamaré. Dame el número.
-No hace falta. Creo que mejor me voy.
-Aguarda.
-¿Ahora qué?
-Nadie viene a mi pista sin decirme que busca. 
-Es.. es que..
-Dios mío. 

La niña se llevó las manos al rostro. Makarova se suavizó un poco.

-¿Traes patines?
-Sí.
-Póntelos. Platicaremos.

Carlota calzó sus botines y se deslizó hasta la mujer. Trankov entró en ese momento y se colocó en las gradas.

-¿Él te acompaña?
-Sí.
-Quiero creer que es cierto. 
-Es mi amigo.
-Claro ¿A qué has venido?
-Una pregunta.
-¿Cuál?
-Tengo que corregir un defecto. Mi salchow* es terrible.
-Es un giro demasiado fácil. Muéstrame.
-¿Quiere que .. patine?
-Por supuesto, tengo que ver tu falla.
-Pero no ..
-¿No, qué?

Carlota bajó la mirada y comenzó un sutil calentamiento. A Sergei no le gustó ver aquella escena.

-Nada de malabares, lo mencionaste.

Pero la chiquilla no hizo caso. Alena revisó el reloj y gritó nuevamente para llamar a sus alumnos y despedirse de ellos.

-¡No falten mañana a sus evaluaciones! ¡No olviden que las certificaciones de agosto dependen de esto!
¡Liukin, no te alejes y dile a tu invitado que lo quiero con cuchillas, ahora!

La niña exhaló con un poco de calma. La mujer se tornó más afable.

-Cámbiate de ropa. Tengo un vestido en mi maleta. Te lo daré. 

Carlota recibió un traje viejo y ajustado, parecido al uniforme rojo del Masters. Coincidentemente, ella deseaba presentar nuevamente el programa de Romeo y Julieta y le parecía adecuado que fuera de una vez. Con el cabello recogido y sintiendo que el tiempo transcurría rápido, volvió al hielo a dar un par de vueltas. La superficie era en extremo acuosa y eso no era conveniente.

-Haz todo lo que sabes, piruetas, extensiones, coreografía ... Necesito ver tu saltos, Carlota - ordenó Alena. Comprendiendo que las cosas no habían salido como las imaginaba, Sergei permaneció al lado de lado de la mujer. 

-¿Estás lista? 
-Eso creo.
-Comienza ya.

Obediente y grácil, la chica procedió a enfocarse. Llevada por la emoción, Makarova tomó del brazo a Sergei y sacó una libreta de su abrigo.

-Cuénteme de ella.
-¿Disculpe?
-¿Qué me puede decir de Liukin? ¿Es una buena jovencilla?
-A veces empalaga, pero todos los que la conocen la quieren incondicionalmente. 
-Eso es mejor de lo que creí ... ¿Y su familia? ¿Se llevan bien? ¿Sus amigos son personas sanas?
-Ambas cosas ¿Porqué?
-Porque no lo puede ocultar. Nadie en este lugar cuenta con apoyo y la diferencia se percibe. Los que entran aquí, literalmente escapan de casa. Lo malo es que los Isbaza han comprado el terreno y pronto demolerán el lugar. Le he buscado a mis alumnos nuevos sitios para seguir practicando pero a las parejas nadie las quiere; todos buscan bailarines o individuales, los equipos de figura no son proyectos que interesen. Por otro lado, el Instituto de Cultura no ha metido las manos por un edificio histórico y eso me da pena. 
-Este es el primer club de patinaje que se creó en la ciudad, lo sé. Un tal Mattiah Weymouth lo diseñó. 
-Él también hizo las vías y Poitiers... También derribarán su Panorámico y casi todo el vecindario Blanchard. Esto dejará de ser una ciudad hermosa.

Por hacer una analogía, Trankov decidió comparar a Carlota con el destino de Tell no Tales. La niña era tan vibrante, que él casi podía escuchar algo parecido a la música. La chica giraba con belleza y buen ritmo; la pasión se le salía por los poros y cada vez iba más rápido. 

-Amo sus piruetas. 
-La chica es muy buena.
-Ojalá hubiera sido rusa porqué su técnica sería mejor todavía. Su maestra logró crearle un estilo fantástico. Yo apenas y lidio con lo raro que es el mío.
-Cada quién hace lo que puede.
-Hay cosas para lo que se tiene corazón y otras que simplemente necesitan apartarse... ¿Ya vió eso?
-Perdone, no.
-El primer salchow salió un poco forzado. El segundo no fue mejor, casi aterriza en dos pies.

Sergei prefirió seguir la corriente aunque eso significara demostrar que era un poco ignorante al respecto. Miró el recinto y Makarova advirtió que él se conmovía. 

-Qué lindo trabajo ¿Verdad? Liukin tiene futuro.
-Definitivamente... ¿Sabía que el París - Bercy** es una réplica de este lugar?
-Sí, yo he estado allá, caballero. 
-Esa niña pisará ese recinto, se lo aseguro.

Ambos volvieron a prestarle atención a Carlota. La chica mostraba sus extensiones hasta que se le ocurrió saltar de nueva cuenta. Confiada en que su salchow saldría bien, se impulsó pero se enredó con sus piernas. Sergei fue rápidamente a levantarla.

-Mira mi mano.
-Estoy bien, tienes cinco dedos y recuerdo dónde vivo.

Alena contempló las manos de Trankov y su gesto protector con la pequeña. El hombre era demasiado alto y Carlota sin duda, habría sido su compañera de haber patinado juntos y él fuera más joven. 

-Ya sé que es lo que te ocurre, Liukin - señaló Makarova - Te atoras porque el salchow es lento y alcanzas poca altura. Se corregirá pronto si abandonas el vicio de querer ir a la segura. Tu problema es mínimo, se arregla con la práctica insistente. Si me preguntas por lo demás, fue precioso. Ve a casa. 

Pero el hielo le jugó una mala pasada a la niña y ésta se encontró a nada de golpear su espalda de no ser por Sergei que se interpuso entre ella y la superficie que parecía derretirse. Carlota se incorporó y le tendió la mano pero cruzar la pista fue una pesadilla resbaladiza y el guerrillero sostuvo a la chica Liukin que no podía andar sin tambalearse aunque él no la pasaba mejor y al cambiarse el calzado, notaron que el piso de baldosas estaba húmedo y el riesgo de caerse continuaba, por lo que él se dispuso a tomar apoyo de las paredes y no soltar el brazo de la pequeña. Makarova los despidió burlándose un poco y una vez sola, escribió:

-"Conocer a la novia de mi hijo, hecho" 

Sonriendo, la mujer se acercó al sistema de enfriamiento y dándole un golpe, lo alteró. Sergei regresó por la maleta olvidada de Carlota y atisbó con nostalgia y tristeza el club, percatándose de que no sería capaz de salvarlo. Alena fingió que estaba por marcharse y le dijo adiós, pero le retuvo un momento. 

-Lleve a esa patinadora a París. Tell no Tales se ha convertido en una trampa y usted lo ha notado, lo he visto en sus ojos. Haga lo que sea para que esa jovencita decida marcharse y no regresar. Prométalo.
-Señora ..
-¡Prométamelo! 

Trankov se asustó un poco por la brusquedad de aquella mujer y no tardó en caer en cuenta de que le hablaba en serio. Terminando su analogía, concluyó que la caída de Carlota era una señal de lo que pasaría con una parte de sí mismo y la sugerencia de abandonar el lugar era un boleto de salvación para evitar la frustración, la impotencia y la nada.

-Lo juro.
-Gracias, señor Weymouth.
-¡¿Cómo ..?!
-El viejo del muelle me contó su secreto. Ahora entiendo porqué ha peleado tanto, ha de ser muy duro interpretar a Sergei Trankov y no recibir una muestra de gratitud por defendernos todo el tiempo. Aléjese, porque presiento que no podrá soportar el dolor. Lamento mucho que derriben la ciudad que usted construyó. 

Poco a poco, el ambiente se heló en extremo.

-¿Estará bien?
-Sí. A esta hora es normal que esto pase, Weymouth. Yo saldré apenas revise que todo esté en orden.

Desconfiado, Sergei volvió con Carlota. Alena Makarova, sintiéndose satisfecha, dirigió sus pasos a la pista, se recostó y le brotó una lágrima. A su alrededor se formó una niebla espesa y pensó en la niña Liukin y su rutina, ya que nunca antes había visto algo más bonito. La nieve se acumulaba en los rincones y parpadeó por última ocasión. El sueño la había vencido. 
(Continuará)



*El salchow fue inventado por el patinador sueco Ulrich SalchowEl patinador prepara el salto patinando hacia atrás, después voltea para patinar de frente, hace un giro en tres exterior (un giro básico que parece a un "3" en el hielo) para colocarse en un costado interior trasero, en esa posición, usa una fuerte presión en el costado interior para levantarse del hielo haciendo, una (salchow), dos (doble salchow), tres (triple salchow) o inclusive cuatro (Cuádruple salchow) vueltas en el aire
y aterriza sobre el hielo. 

**El Palais Omnisports de Paris-Bercy, también conocido por su acrónimo POPB o simplemente Bercy, es un recinto multiusos ubicado en el Boulevard de Bercy en la capital francesa. Ha sido utilizado tanto para eventos deportivos, como musicales o culturales; entre ellos, el evento anual de patinaje artístico Trophée Éric Bompard dentro de la serie Grand Prix


domingo, 8 de abril de 2012

El cuento de Pascua


A la nueva campeona del mundo: Grazie, Carolina Kostner! 
Foto de Remy Perthuisot©

Mientras Judy gimoteaba en el hospital y no se cansaba de pedirle a Gwendal una disculpa por arrojarle un tabique, Tamara caminó por el barrio ruso. Contrario a lo predecible, las calles no estaban repletas y poca gente se le acercaba para preguntarle acerca de Carlota, ya que no había podido asistir al mundial junior y no tenía fecha de regreso siquiera a entrenamientos. Didier procuraba tranquilizarlos diciendo que la niña se encontraba sana. Pocos se marchaban conformes.

-La prensa es más fácil de manejar que los espectadores - concluyó. A lo lejos, algunas niñas se dirigían rumbo a Steuer y otras al club de patinaje local, mismo que estaba tan deteriorado que tenía algunas zonas restringidas por el peligro que representaban.

Para nadie era un secreto que los vecinos más jóvenes pero del barrio Blanchard eran los que asistían a ese lugar con la esperanza de conseguir a través del deporte una vida mejor. La pobreza de aquella zona era en extremo alarmante y la deserción escolar, cosa de todos los días. Era por lógicas razones el sitio preferido de la mafia para reclutar carne de cañón y por su colindancia con el vecindario ruso y la solidaridad a diestra y siniestra; también se prestaba para los trabajadores "negros", es decir, los niños que trabajaban como especialistas de todo, en mercados, de mandaderos, de meseros o de asistentes de cocina; que cobraban unas cuantas monedas y casi no se quejaban porque sus jefes se aseguraban de darles comida.

Mientras la mayoría de los habitantes de Tell no Tales no pasaba por ahí, ni siquiera en el metro por los robos constantes; el viejo del muelle iba prácticamente a diario. La gente le apreciaba mucho y solían hacerle compañía para cuidarlo. En ocasiones, los chiquillos se arremolinaban en torno a él para recibir algún dulce o escuchar un cuento. Justamente, el anciano se dirigía hacía allá cuando Tamara lo encontró. Él le comentó que no podía andar mucho rato y que necesitaba de ella. Por supuesto, Didier no se negó, a pesar del miedo que Blanchard le causaba.

-No es un lugar tan malo. Sólo es feo, pero eso tiene arreglo, hija mía. No podía posponer mi visita, hay alguien que me preocupa por sobre todas las personas.
-¿Un enfermo?
-Hay muchas clases de dolientes.
-¿Es alguien que va a morir?
-Depende de qué muerte hables; pero en este caso no sería por padecimiento del cuerpo y aún hay cura.

Tamara se fue del brazo del venerable. Al entrar por la calle St. Germain, el panorama alegre se desvaneció por completo. Blanchard era un sitio gris, cuyas vecindades apenas dejaban espacio para callejuelas diminutas. Los cables de luz estaban deteriorados y el agua escurría por las paredes. Conforme se adentraba, la mujer captaba más cosas repugnantes como el sonido de un ebrio peleando o peor aún, un chillido constante, fuerte y lastimero a su derecha. Su voz interna le indicó no girarse a observar y fue la mejor decisión: El ruido provenía de un hinchado bulto que caminaba veloz, hambriento y alerta... Ese bulto era una gigantesca y feroz rata.

El olor se modificaba dependiendo de la esquina: unas eran casi intransitables por exudar una mezcla de basura y drenaje; otras ahuyentaban por el penetrante olor a plástico quemado de jeringas derritiéndose y las terceras, mezcla de colonias de limón y flores eran por mucho las más sórdidas. Coincidentemente, ahí vivían la mayoría de las familias. El anciano le diría a Tamara que apretara su bolso.

-¡Ya viene el señor! - gritaron algunos infantes y una multitud de pequeñitos se apareció en segundos. Didier sonrió espontáneamente y supuso que se quedaría a ver qué pasaba. Alrededor, algunos traficantes de drogas observaban la escena y aprestaban sus navajas ya que no confiaban en seres inferiores a un metro y cuarenta centímetros de estatura. Ellos sostenían que los chiquillos eran más peligrosos que los cárteles rivales y no se equivocaban: Cuando un grupo, conocido como los Korobeynikov fue cobrar una deuda a través del intento de secuestro de una chica, los mercenarios se vieron acorralados por cerca de trescientos niños, entre rusos y nativos de Blanchard, que les propinaron una paliza.

-Hoy no hay caramelos, chamacos - anunció el viejo - Hoy vine a recordarles porqué no deben apartarse del buen camino, ya que sus hermanos - señalando a los maleantes - han olvidado cómo ser felices.

Los enanos aplaudían y la mujer intentaba entender porqué. A lo lejos, se oían las campanas del reloj y los pajaritos. Algunas pelotas y panderos eran colocados a los pies del anciano, con la petición añadida de que los llevara al orfanato.

-Estoy contento por éstos críos. Aún son bondadosos, Tamara .. Pero algunos .. Algunos sólo crecen y pierden el rumbo.

Didier apartó los ojos de los mozalbetes al escuchar un cierre y los posó al frente. En una escalera, la silueta de Adelina Tuktamisheva se contemplaba claramente. Frente a ella, un hombre aparentaba conversar de cualquier cosa y cuando pensó que nadie lo veía, le extendió a la muchacha un par de billetes. Al parecer, la chica no estaba conforme con la cantidad y después de insistir, el sujeto sacó la cartera y le entregó más dinero.

-¿Me disculpa, señor? - exclamó Tamara con sobresalto - Voy a ver algo que me llamó la atención.
-Adelante, mujer. Haz lo que tengas que hacer. Por mí parte, te lo agradezco infinitamente.

La mujer atravesó la plazuela a paso rígido y observando a todas partes. Tomando un respiro, se introdujo a un rincón aún más oscuro que todo lo anteriormente recorrido. El sonido de sus tacones bajos provocó que Adelina le prestara atención. El extraño en cambio, se pasmó ligeramente.

-¿Qué haces, niña? Ya no se diga usted, caballero. Fuera de aquí.
-Él no se va a menos que yo lo diga - replicó la chica - Después de todo, me pagó por adelantado.
-¿Pagarte qué?
-Mi servicio especial; no creo que 500€ sean para platicar de lo pesada que es la vida.
-¿Puedo saber que es "servicio especial"?
-¿Qué te imaginas? .. Afortunadamente soy muy desprejuiciada. Si estás interesada, te puedo hacer un descuento, Tamara... Claro que si gustas un trío, yo te puedo quitar la timidez.
-Ah .. Wow ..
-Se nota que eres reprimida y frígida ¿Porqué no experimentas? Si mi cliente no tiene inconvenientes..
-¡Se terminó, señorita! Vas a bajar de esa escalera y vendrás conmigo por las buenas.
-Contigo ni por las malas.
-Perfecto .. Entonces hablemos de negocios.
-Tanto mejor.
-Dame tu precio ¿Cuánto pagará Carlota por cada vez que te quiera hablar?
-No te atrevas.
-Al parecer hay que desembolsar alguna cantidad para pasar tiempo contigo ¿Cuánto le pedirás a tu amiga? Digo, es sólo para saber cuándo se dejarán de ver.
-No la metas en esto.
-¿No? Por favor, Adelina; me conoces y aún así me tratas como una compradora. Si tu amistad es un producto, entonces fija cuánto cobras y Carlota podría juntar el dinero.

Adelina enmudeció y rompió a llorar. El desconocido se marchó sin más.

-¿Porqué haces esto?
-¿Hacer qué?
-Venderte.
-Qué poco tacto tienes ...
-No es mi estilo andarme con rodeos.
-Sólo deseo tener buenas cosas, dinero, comida. Lo hago para comer y para no pedir caridad.
-¿Tus padres saben de esto?
-Soy de Cobbs, no tengo familia.

Tamara se sentó al lado de la pequeña.

-Escucha, yo siempre he hecho esto. Sé que es asqueroso, pero toda mi vida he soportado marinos y extraños.. Cuando me rescataron, le dije a los guerrilleros que estaría mejor sola y no se me ocurrió que más hacer. Gwendal me regañó por robar y me dijo que iríamos con servicios sociales pero la marina tiene mi foto y no quise que se metiera en problemas. Él viene a verme siempre pero no sabe nada de mi trabajo.
-Es muy peligroso.
-No necesito que me lo repitan.
-Alguien como tú debería ir a la escuela.
-Si me gustara la escuela, iría a las que abren de noche y no hacen preguntas. Mejor hice un examen para acreditar todo lo que se tuviera que calificar y pasé.

Adelina se limpió la cara con un pañuelo gastado y se levantó. Su estómago reclamaba atención y comenzó a caminar.

-¿Te quedas? No te lo aconsejo, todo el que pasa por aquí podría confundirte con una prostituta principiante.
-¿En serio?
-Tu cabello está limpio, el maquillaje se aplicó con cuidado, la ropa es buena y tienes un bolso grande. Las profesionales sabemos que eso es impráctico si tenemos que correr. Las que están cuidadas, o son de lujo y es obvio que no viven aquí, o son chicas que empiezan y están demasiado necesitadas y obsesionadas por agradar.

Percatándose de que aquél precepto era cierto, Didier se fue con la niña. Unos cuantos rayos de sol llegaron a la diminuta calle contigua dónde se detuvieron en espera de la señal del semáforo. Un puesto de periódicos se levantaba tímidamente y Adelina comenzó a leer los titulares hasta encontrar una revista en cuya portada se mostraba a una mujer que no conocía y una cita: "Antes, las patinadoras se arriesgaban por ganar. Ahora se contentan con rutinas bonitas. Vas a una competencia y ves siempre a la misma clase de atletas.. Ellas nunca cambiarán las cosas como Tamara Didier o yo lo hicimos"

-Chica, han hablado de ti y no te has enterado.
-¿Quién?
-Si te llevas la revista lees el cuento completo.

Tamara se dirigió con el voceador y pagó el almanaque. Su gesto simulaba al de un coleccionista de libros que acariciaba la tapa de cuero de un ejemplar muy anhelado. Con premura retiró el celofán pero se abstuvo de leer hasta llegar a una cafetería cuyo menú se basaba en sándwiches.

-¿Qué dice?
-Pues es una entrevista con Surya Bonaly*, una vieja rival de equipo... No dice gran cosa; sólo habla de sus recuerdos, a lo que se dedica ahora, el futuro, consejos para quién decida competir...
-¿Y sobre ti?
-Que le sorprende verme como entrenadora... Supongo que pensó que yo me animaría a volver; claro, no sabe que no puedo... Fuimos grandes adversarias cuando yo era una niña. Era ella la "gran Bonaly" mientras yo intentaba ser alguien. Recuerdo que también estaba Laetitia Hubert* y un poco después debutó Vanessa Gusmeroli*.. Éramos un gran equipo. Si yo te contara.. Las batallas por el campeonato de Francia eran a muerte. No sé como rayos le gané a las tres y en competencias internacionales la historia era ligeramente distinta. De ese grupo, Surya fue siempre plata en mundiales, Vanessa en el 97 ganó un bronce y Laetitia nunca consiguió un podio que no fuera en junior o en Grand Prix. Ellas inventaban nuevos saltos todo el tiempo y yo sólo seguía el reglamento... Hay una anécdota: En el 95 Surya hizo dos rutinas increíbles y todo mundo creyó que al fin ganaría su título de campeona del mundo. Antes del programa libre, mi abuela (que nunca tuvo un buen carácter), me dijo que si yo no ganaba me iba a romper las rodillas. Yo estaba aterrada porque sabía que ella siempre cumplía lo que decía y me tocó ser la última en salir. Imagíname con toda la presión encima, mi abuela con su bastón mirándome con cara de "te voy a matar"; además Laetitia deseándome mala suerte en backstage cuando la alcancé a ver por la pantalla gigante y estaba Surya Bonaly observándome detrás de un biombo en la zona de prensa. Yo pensé que me caería y cuando terminé sentí que me iban a dar el cuarto o quinto lugar porque mi ejercicio no era muy bueno. Aguardé mis calificaciones con todo el miedo del mundo y en eso, aparece 5.9 y por allá un 5.8 y luego vi sólo 6 en presentación y mis ordinales en número uno. Terminé llorando de alivio y no de felicidad y Bonaly nunca me perdonó que le quitara esa medalla. Recuerdo que yo venía de haberle arrebatado el campeonato europeo dos años seguidos y se suponía que ese mundial era la revancha. Afortunadamente mi relación con ella no sufrió cambios que yo notara y en 97 la que me odió, fue Michelle Kwan que no era mi co-equipera pero éramos amigas .. Para ser sincera, ella me retiró el habla un tiempo. Al año siguiente, el equipo francés fue para todo fin práctico, un desastre. En olímpicos nos fue muy mal a todas y en el mundial yo .. Me sentía muy triste como para competir, me lesioné y no lo hice tan mal. Me alcanzó para un bronce, pero no podía saltar bien... Mi abuela estaba enfadada y me dijo que iba a sacarme los ojos.

Pronto, Tamara se dió cuenta de que Adelina usaba la revista como pretexto para evadirla. La pequeña no la observaba a la cara y comenzó a hacerle preguntas tontas sobre su abuela. Didier respondía con sí o no; era interrumpida cuando tomaba la palabra de forma más seria y al final, se terminó cansando. Intuyó correctamente que la niña estaba avergonzada y si quería lograr su confianza, debía hacer algo más que aprovechar una conversación nostálgica para preparar terreno. Una vez por terminado el emparedado, ambas se dirigieron al parque pero no pasaba nada.

-Estoy aburrida... Disculpa lo de frígida, chica.
-No te apures.
-Cambiar de ciudad no es cambiar de estilo de vida. No hay nadie que me extrañe o a quién le importe.
-A Carlota sí.
-Porque no sabe como me gano la vida.
-No pierdes nada si le cuentas.
-Me da pena hasta contigo.
-Porque te descubrí, es la verdad.

Las dos suspiraron.

-¿Qué te hicieron en los ojos, Tamara?
-¿Tengo algún rasguño? ¿Me cayó algo?
-Eres ciega.
-No.
-Entonces lo estuviste.
-¿Cómo sabes?
-Te guías por el oído. En Cobbs hay chicas que hacen lo mismo que tú ¿Qué te pasó?

Tamara guardó silencio y eso enfadó a Adelina.

-¡Quieres sacarme toda la sopa y no pones de tu parte cuando deseo saber algo de ti! ¡Eres igual de falsa que todo el mundo! ¡Qué irritante!
-¡Hey! ¡Hay cosas en las que no me gusta pensar!
-¡No intentes ser mi amiga si no vas a confiarme las cosas!

La muchacha estaba por levantarse pero Didier se incorporó primero y revisó el reloj.

-Mi entrenamiento en la pista va a comenzar ¿Vienes?
-¿A qué? Carlota no puede practicar, sólo perderías el tiempo.
-Creí que me seguirías. Aunque no lo creas, todavía entreno.
-No tienes tanta suerte, mala amiga.
-¡Ay! ¿Qué quieres que te diga?
-Porque no veías antes.
-Fue un accidente ¿Contenta?
-¿Qué accidente?
-En el metro, me caí, pasaron unos años, me curé. Es todo.
-¿Así de simple?
-Sí.
-¡Ah, oye! ¿Qué hizo tu yaya?
-¿Hacerme?
-Me dijiste que estaba furiosa ¿Te sacó las retinas?

Por unos instantes, Tamara experimentó la sensación de erizarse.

-¿Viste un fantasma?
-No.. Pero mi abuela no me castigó. Sólo dejó de ser mi maestra porque le fallé.
-Bueno, estoy satisfecha.. Andando, que seguro vas tarde.
-Claro, voy detrás de ti.

Ambas prosiguieron su dirección al tiempo que se ponían de acuerdo para vivir juntas. Como cambiar las costumbres de la pequeña no iba a ser fácil, Didier decidió nunca separársele, por molesto por fuera. El viejo del muelle se apareció nuevamente y las acompañó, pero al notarlo agotado, Adelina sugirió abordar un tren.
Mientras descendían por una escalera, Tamara recordó su pesadillezca rutina en Japón y el violento regaño que recibió; así como reproches posteriores que duraron jornadas enteras. También, se le vino a la mente la estación parisina dónde había perdido la vista y le pareció haber escuchado justamente "te arrancaré los ojos" antes de sufrir su percance. Esa ocasión la acompañaba justamente su abuela, quién en su lecho de muerte, confesó que esa tragedia había evitado más fracasos de su nieta y saberlo la hacía feliz.

*Surya Bonaly: Campeona mundial junior (91), campeona de Europa (90 a 94), participante olímpica (92, 94 y 98), medallista de plata del mundo (93, 94 y 95) y campeona de Francia (de 89 a 97)
Laetitia Hubert: Campeona mundial junior (92), participante olímpica (92, 94 y 98) y campeona de Francia (98 y 99)
Vanessa Gusmeroli: Medallista de bronce del mundo (97), participante olímpica (98 y 02) y campeona de Francia (00, 01 y 02)



martes, 3 de abril de 2012

Capítulo Cien: Gwendal, te amo. (Primera parte)


A Marina y Gwendal

Judy había ido al mercado del pescado y en un pasillo coincidió con Gwendal. Ambos se detuvieron en seco y evitando mirarse a la cara, se saludaron. Él iba acompañado de una rusa que había conocido hacía un par de días en un club y al ser presentadas, la mujer de Jean supo que esos dos habían comenzado a salir. La desconocida poseía una expresión agresiva y glamorosa, propio de una modelo. Si se le observaba con más rigor, cualquiera se daba cuenta de que aquella mujer tendría más o menos treinta y cinco años y no era muy afable. Al tenderle la mano, la señora Becaud casi pudo jurar que su cortés gesto había sido recibido con desagrado y que la mujer la examinaba; seguramente para comparar atuendos y salir ganadora. Judy traía puestos unos viejos mocasines beige y un vestido de igual color, además de un suéter tejido café y su contraria estaba ataviada con un traje sastre marfil de una marca muy refinida y de tendencias ligeramente andróginas. Mientras la joven lucía pálida por no haberse maquillado, la otra parecía lista para una sesión de fotos de alguna revista de moda. Sintiéndose perdedora del duelo, Judy bajó la cabeza. 

-Tu novia es linda, Gwendal.
-Gracias.
-Fue un gusto, yo debo retirarme.
-¿Tan rápido?
-El trabajo me espera, yo sólo vine por calamares. El especial en el café será sopa de mar. Buen día. 

Con prisa, Judy caminó como una niña hasta la salida y quitó la cadena a su bicicleta antes de pedalear a excesiva velocidad y caerse a las pocas cuadras sobre un montón de bolsas de basura. Con la gente riéndose, ella se levantó mientras sacudía las cáscaras de sandía pegadas en su mejilla. No entendía porqué la gente cercana reía más fuerte cada vez y ella sintió que algo líquido caía sobre su mano. Miró hacia arriba sin encontrar nada y retomó el camino sólo para continuar derrapando en otras aceras. A la altura de Katsalapov, se estrelló nuevamente junto a unos botes repletos de desperdicios pero no se levantó. Estaba enojada y comenzó a remover las bolsas plásticas a su alrededor. Su atuendo ahora estaba manchado con salsa y en su cabello se habían atorado residuos de blinis y prianikis*. Percibió las manos húmedas y al remover huesos de pescado de su rostro, descubrió que lagrimeaba abundantemente. Resignada por el ridículo, permaneció sentada mientras algunas personas que no estaban enteradas de su accidente le dejaban monedas. 

-Este es un mal día - dijo mientras se recostaba y comprobaba que los calamares que había adquirido estaban regados y los gatos se peleaban por el botín mientras un turbio jugo marrón salía por un tubo casero de desagüe, empapándola por entero.

-¡No puede ser! - exclamó al momento de percatarse de que era agua de pescado descompuesto - ¡¿Las cosas pueden ser peores?! - preguntó y recibió por respuesta una nueva descarga pero de grasa de bacalao. A partir de ese momento, juró que jamás comería mariscos. No tardó mucho en sentir ardor en sus rodillas y supo entonces que estaba lastimada. Para terminar con el cuadro, al tratar de incorporarse, su coleta se trabó en la alcantarilla cercana. Sin un teléfono y sin la ayuda de nadie, comenzó a jalar su cabello pero entre más insistía, más se enredaba y entonces decidió arrancarse el mechón para liberarse. 

-¿Judy? - señaló una voz conocida - Permíteme, te levantaré.

La joven sólo sintió como se deshacía el nudo que la tenía atrapada y con rapidez se dispuso a huir a un sitio dónde nadie la viera, abandonando su bici y dando escuetamente las gracias. Corría sin cesar a pesar de que podía sufrir un percance y no reparaba en los semáforos por ningún motivo. A dónde fuera, oía el grito "¡Espera! ¡¿Dónde vas?!" y eso aumentaba su bochorno hasta que un nuevo baño, ahora con lodo acumulado en una esquina y levantado por un vehículo policial, le detuvo abruptamente. Su cuerpo estaba completamente cubierto y encima, olía verdaderamente mal. Ella trataba de escupir la espesa tierra acuosa que había entrado en su boca y al recargarse en una pared para lamentar su suerte, una monja le regaló un sándwich y un rosario pensando que la chica vivía en la calle. Como la religiosa estaba rodeada de niños, aprovechaba para enseñarles caridad y les pedía que no juzgasen a las personas que no tenían nada. Los pequeños entonces le obsequiaron más monedas. 

-Yo no ...
-No diga nada, mujer. Cómprese una ropa limpia y busque un sitio para no pasar mala noche. Que Dios la bendiga.

Confundida, Judy aguardó que el grupo se alejara, volvió a la pared y profirió:

-¡Malditos calamares! ¡Maldita gente sucia que no sabe cómo manejar su basura! ¡Maldito ayuntamiento que no trabaja para mantener la calle! ¡Malditos gatos y maldito día! ... Y perdí mis ¡Maldición, maldición, maldición! ¡Mis llaves! ¡Maldita porquería!
-¡Judy! Menos mal ¿Estás bien?
-¿Qué si estoy bien? ... ¿Qué si estoy bien? ¿Qué no se ve? ¡Demonios, el mundo se ha vomitado encima de mí! ¡Maldición, toda la ciudad lo ha visto y me lleva el demonio, tú también! 

La señora Becaud ahora lloraba porque Gwendal estaba parado a su costado y ella se hallaba impresentable. 

-Te sigo desde el mercado.
-¡No es cierto! ¿Porqué hiciste eso?
-Terminé mi asunto poco después de que te despidieras.
-Entonces viste todo lo que me pasó.
-No todo. Te perdí de vista hasta que te encontré en Katsalapov pero saliste corriendo cuando te desaté el cabello.
¿Fuiste tú?
-¿No me viste?
-No.
-Luego me puse como loco a perseguirte ¿Porqué no me hiciste caso? Te habría llevado a casa. Lo bueno fue que levanté tus llaves.
-¡Ay, qué bien! Gracias.
-Vamos a que te quites todo eso.
-No iré a ningún lado. No puedo dejar que me vuelvan a mirar así. Estoy sucia y huelo a desechos varios. En serio prefiero quedarme aquí hasta que anochezca.
-Necesitas asearte y tirar la ropa. Yo te acompaño.

Gwendal la abrazó fuertemente y aunque ella le pedía que no lo hiciera, él tomó cieno para mancharse la cara y embarró su saco con aceite automotriz. 

-Has arruinado tu traje.
-No importa.
-¿Porqué? Yo parezco indigente.
-Por eso mismo. Ya somos dos.

Gwendal ofreció su brazo y ella, dubitativa, aceptó. A cada paso que daban, Judy más se apenaba y terminó dirigiendo al hombre en dirección contraria a Republique.

-¿Qué sucede?
-No me atrevo a entrar así. Sería muy vergonzoso que mis clientes o mis amigos me vean.
-Todo fue un accidente.
-Suficientes penas he tenido esta mañana, primero con tu novia y después esto.
-¿Mi novia?
-¿No te diste cuenta? ¡Ella era como una princesa y yo con mis fachas!
-Yo pienso que luces más hermosa.
-¿Bromeas? Ella estaba perfecta y cuidada, yo me puse la primer botarga vieja que encontré.

Él se detuvo un momento y la atisbó seriamente. La joven comenzó a temblar cuando Mériguet tocó su mejilla y le besó en la frente. 

-Para mí eres única y eso es mejor que perfecta.

Judy sonrió, pero le extrañó que le dijera algo como eso. Reservándose una reacción feliz, pensó en la forma de contestarle. No se encontraba cómoda con él y tampoco deseaba permanecer con la creciente molestia que le aquejaba.

-¿Qué haces con esa mujer?
-Lo mismo que tú con Jean.
-Es muy atractiva, felicidades.
-¿Porqué me felicitas? No es nada del otro mundo que yo decida tener una relación.
-Es que me cayó de sorpresa; no me contaste.
-Es algo muy reciente, no llevo con ella más que unos cuatro días.
-¿Lo sabe tu familia?
-Les mencioné algo pero no considero que lo hayan tomado en cuenta. 
-Espero que dure mucho.
-Te agradezco nuevamente.
-¿Cómo se llama?
-Daria.
-¿Porqué estaban en el mercado?
-Fuimos a buscar una locación. Ella es la editora de Vogue.
-Ahora entiendo tanto arreglo. Fue raro que alguien como ella pasara por ahí.
-Me invito a realizar una sesión para la edición de abril y es trabajo.
-Supongo que así queda explicado.
-¿Pasa algo?
-¿Nada ¿Qué quieres que ocurra? No la conozco.
-¿Daria te cae mal?
-¡Por supuesto que no! ¿Cómo me podría enfadar? No seas infantil, Gwendal.
-Entonces no hagas berrinche.
-¿Berrinche, yo?

Mériguet alzó la ceja y ella se ruborizó como nunca antes, pero le tomó de las manos y comenzó a dar vueltas con él. Los pocos transeúntes pensaban que presenciaban la escena romántica de un par de enamorados limosneros cuando ambos optaron por estrecharse de nueva cuenta. Quién sabe qué le diría Gwendal a Judy que ésta decidió volver a casa. A pesar de que los comensales desconcertados guardaron silencio al observarla pasar, la señora Becaud irradiaba buen humor, le pidió a las meseras que se hicieran cargo del café el resto del día y sin más, corrió al cuarto de baño a tomar una ducha en medio de discretas carcajadas. El reloj marcaba las cinco cuando descendió a la planta baja y se fue sin despedirse. Gwendal la esperaba en una esquina y al divisarla, se aproximó. Ella permaneció sin decir nada. Fue ahí cuando él perdió el control y la llevó a la playa. No importaba que el camino fuera largo y cansado, nada podía evitar que al fin pasaran una velada juntos. Los dos gritaban, corrían y rodaban por la arena y la marea mientras comentaban acerca de lo hermosa que se veía la luna durante la puesta de sol. 

Con la ropa humedecida por juguetear en las olas, se recostaron entre las rocas mientras brisaba y por primera vez en horas permanecieron en absoluto silencio hasta que Gwendal la tomó por la cintura y Judy entristeció. Ambos suspiraron.

-Estoy casada.
-Casada ... Qué palabra tan importante.
-Estoy enamorada, Gwendal.
-¿De quién?

Mériguet supo que no obtendría respuesta. Teniéndola tan cerca, él eligió conformarse con compartir esas horas. Las luces de Tell no Tales se reflejaban en la orilla del océano y se tornaban azul brillante. Judy entendió que era instante de separarse y retornar a su vida normal, sin sobresaltos e inusuales episodios. Le dijo adiós a Gwendal a una calle de Le jours tristes y como si nada, dió las buenas noches a su marido sin explicar el motivo de su ausencia y fue a su habitación a colocarse una pijama.

Durante la madrugada, ella despertó. Jean sintió como ella abandonaba la cama y se asomaba por la ventana. 

-¿Qué ves?
-Nada en particular ... Sólo es el insomnio.
-Voy por leche caliente.
-No te levantes, Jean; tuve un hermoso día y pienso en eso.
-¿Qué hiciste?
-¿Sabes? No importa, descansa. 

La joven lagrimeó unos segundos. No sabía qué pensar o qué excusa decirse a sí misma para no ser invadida por el recuerdo de los rizos de Gwendal cuando el viento los alborotaba o cuánto le había lastimado saber que él había encontrado a alguien; pero no pudo omitir los hechos e impulsivamente, se cambió de atuendo, peinó su cabello y salió rumbo al apartamento Liukin. Sabiendo que la puerta del edificio jamás se abriría, ascendió por la enredadera de Carlota y atravesó el cuarto de la niña en silencio, caminó sigilosamente en el pasillo y después de superar los nervios, giró la perilla de Mériguet. Él no se hallaba solo. Daria yacía en los brazos de Gwendal y su ropa a un lado. Judy cerró y cubrió su rostro antes de alejarse con el corazón roto. 

Sin tener a dónde ir, la señora Becaud presionó el timbre de Tamara. Su amiga la recibió después de reconocerla por la mirilla. 

-Pequeña ¿Qué ocurrió?
-Gwendal ... ¡Tenías razón conmigo! ¡Lo dejé pasar, Tamara! ¡Me hice tonta y ahora Gwendal está con alguien más! ¡Yo creí que él se quedaría todo el tiempo esperándome! ¡¿Porqué fui tan estúpida si lo amo demasiado?!..

Las dos se situaron en un sofá. Judy era inconsolable y Didier le facilitó una cobija afelpada.

-Conozco a alguien que te puede ayudar. Iremos con él por la mañana.
-¿Puedo saber quién es?
-Mejor después. Duérmete yo te cuido.
-Gracias por abrirme.
-De nada Judy. Cuando quieras.

Tamara permaneció en vela y levantó a la joven muy tarde, casi de mediodía. Ambas se encaminaron rumbo a la calle Raisa dónde Anton Maizuradze atendía un puesto de paletas congeladas caseras afuera de la pizzería de su padre. Aunque la señora Becaud no comprendía, su amiga le aseguró que él le daría la sugerencia más adecuada a su problema.

-Anton es .. Sé que muchísimas veces he dicho que es inmaduro e insoportable y no me agrada nada pero.. Ese niño la pasó muy mal cuando Carlota eligió a Joubert y lo ha asumido finalmente. Él sabe lo que estás pasando y harto a mi pesar, acepto que sabe cómo apoyar a quién se lo pide. Me gustaría hacer algo mejor por ti, pero no se me ocurre algo más sensato y los psicólogos cobran 300€ la hora. Dale una oportunidad.

Judy, que continuaba llorando, se acercó al mozalbete y después de cruzar unas palabras y recibir una paleta de cortesía, tomó asiento en un banco de madera y relató lo que sucedía. Anton le dió palmaditas, pañuelos, una teja de una obra inconclusa y preguntó la ubicación de las oficinas de Vogue.

-¿Para qué preguntas dónde están?
-Porqué tu problema no es él, es ella.
-No entiendo.
-Esa tipa es una frívola loca que te vió rarito y te trató mal.
-Anton, se supone que yo tengo que olvidarme de Gwendal.
- Noticias, chica: el tío de mi futura esposa no es el hombre que amas.
-¿Qué?
-Gwendal sólo te gusta y si estás sufriendo es porqué sabes que se fue a besuquear con una bruja. Tu asunto se resuelve con un ladrillazo, así que irás a la agencia, averiguarás dónde queda el despacho de esa hiedra venenosa y desde afuera le arrojarás esto.
-No resuelve nada.
-Entonces quédate con el coraje. 
-Creo que le pediré al cura una opinión.
-Bueno .. Pero igual te dirá que Jean es el dueño de tus quincenas. 

Más deprimida aún, la señora Becaud tomó el bloque de adobe y determinó ir a la redacción de Vogue; sin agredir a Daria porque el niño Maizuradze se había equivocado y realmente el embrollo era Mériguet, el hombre que amaba. Ella era responsable de que todo saliera tan mal y ahora debía decidir que sucedería con su matrimonio y con Jean. Entretanto, Gwendal se apareció y Judy, experimentando una sacudida de furia y celos, apretó el ladrillo y sin más, se lo aventó.

Blinis: especie de crepa tradicional de Rusia de relleno variable (salmón, caviar, papa)
Prianikis: dulces de jengibre que pueden estar rellenos de mermelada, chocolate o miel.

Gwendal Peizerat & Marina Anissina Montage: Why can`t I? (canción de Liz Phair) hecho por mí XD.