domingo, 8 de abril de 2012

El cuento de Pascua


A la nueva campeona del mundo: Grazie, Carolina Kostner! 
Foto de Remy Perthuisot©

Mientras Judy gimoteaba en el hospital y no se cansaba de pedirle a Gwendal una disculpa por arrojarle un tabique, Tamara caminó por el barrio ruso. Contrario a lo predecible, las calles no estaban repletas y poca gente se le acercaba para preguntarle acerca de Carlota, ya que no había podido asistir al mundial junior y no tenía fecha de regreso siquiera a entrenamientos. Didier procuraba tranquilizarlos diciendo que la niña se encontraba sana. Pocos se marchaban conformes.

-La prensa es más fácil de manejar que los espectadores - concluyó. A lo lejos, algunas niñas se dirigían rumbo a Steuer y otras al club de patinaje local, mismo que estaba tan deteriorado que tenía algunas zonas restringidas por el peligro que representaban.

Para nadie era un secreto que los vecinos más jóvenes pero del barrio Blanchard eran los que asistían a ese lugar con la esperanza de conseguir a través del deporte una vida mejor. La pobreza de aquella zona era en extremo alarmante y la deserción escolar, cosa de todos los días. Era por lógicas razones el sitio preferido de la mafia para reclutar carne de cañón y por su colindancia con el vecindario ruso y la solidaridad a diestra y siniestra; también se prestaba para los trabajadores "negros", es decir, los niños que trabajaban como especialistas de todo, en mercados, de mandaderos, de meseros o de asistentes de cocina; que cobraban unas cuantas monedas y casi no se quejaban porque sus jefes se aseguraban de darles comida.

Mientras la mayoría de los habitantes de Tell no Tales no pasaba por ahí, ni siquiera en el metro por los robos constantes; el viejo del muelle iba prácticamente a diario. La gente le apreciaba mucho y solían hacerle compañía para cuidarlo. En ocasiones, los chiquillos se arremolinaban en torno a él para recibir algún dulce o escuchar un cuento. Justamente, el anciano se dirigía hacía allá cuando Tamara lo encontró. Él le comentó que no podía andar mucho rato y que necesitaba de ella. Por supuesto, Didier no se negó, a pesar del miedo que Blanchard le causaba.

-No es un lugar tan malo. Sólo es feo, pero eso tiene arreglo, hija mía. No podía posponer mi visita, hay alguien que me preocupa por sobre todas las personas.
-¿Un enfermo?
-Hay muchas clases de dolientes.
-¿Es alguien que va a morir?
-Depende de qué muerte hables; pero en este caso no sería por padecimiento del cuerpo y aún hay cura.

Tamara se fue del brazo del venerable. Al entrar por la calle St. Germain, el panorama alegre se desvaneció por completo. Blanchard era un sitio gris, cuyas vecindades apenas dejaban espacio para callejuelas diminutas. Los cables de luz estaban deteriorados y el agua escurría por las paredes. Conforme se adentraba, la mujer captaba más cosas repugnantes como el sonido de un ebrio peleando o peor aún, un chillido constante, fuerte y lastimero a su derecha. Su voz interna le indicó no girarse a observar y fue la mejor decisión: El ruido provenía de un hinchado bulto que caminaba veloz, hambriento y alerta... Ese bulto era una gigantesca y feroz rata.

El olor se modificaba dependiendo de la esquina: unas eran casi intransitables por exudar una mezcla de basura y drenaje; otras ahuyentaban por el penetrante olor a plástico quemado de jeringas derritiéndose y las terceras, mezcla de colonias de limón y flores eran por mucho las más sórdidas. Coincidentemente, ahí vivían la mayoría de las familias. El anciano le diría a Tamara que apretara su bolso.

-¡Ya viene el señor! - gritaron algunos infantes y una multitud de pequeñitos se apareció en segundos. Didier sonrió espontáneamente y supuso que se quedaría a ver qué pasaba. Alrededor, algunos traficantes de drogas observaban la escena y aprestaban sus navajas ya que no confiaban en seres inferiores a un metro y cuarenta centímetros de estatura. Ellos sostenían que los chiquillos eran más peligrosos que los cárteles rivales y no se equivocaban: Cuando un grupo, conocido como los Korobeynikov fue cobrar una deuda a través del intento de secuestro de una chica, los mercenarios se vieron acorralados por cerca de trescientos niños, entre rusos y nativos de Blanchard, que les propinaron una paliza.

-Hoy no hay caramelos, chamacos - anunció el viejo - Hoy vine a recordarles porqué no deben apartarse del buen camino, ya que sus hermanos - señalando a los maleantes - han olvidado cómo ser felices.

Los enanos aplaudían y la mujer intentaba entender porqué. A lo lejos, se oían las campanas del reloj y los pajaritos. Algunas pelotas y panderos eran colocados a los pies del anciano, con la petición añadida de que los llevara al orfanato.

-Estoy contento por éstos críos. Aún son bondadosos, Tamara .. Pero algunos .. Algunos sólo crecen y pierden el rumbo.

Didier apartó los ojos de los mozalbetes al escuchar un cierre y los posó al frente. En una escalera, la silueta de Adelina Tuktamisheva se contemplaba claramente. Frente a ella, un hombre aparentaba conversar de cualquier cosa y cuando pensó que nadie lo veía, le extendió a la muchacha un par de billetes. Al parecer, la chica no estaba conforme con la cantidad y después de insistir, el sujeto sacó la cartera y le entregó más dinero.

-¿Me disculpa, señor? - exclamó Tamara con sobresalto - Voy a ver algo que me llamó la atención.
-Adelante, mujer. Haz lo que tengas que hacer. Por mí parte, te lo agradezco infinitamente.

La mujer atravesó la plazuela a paso rígido y observando a todas partes. Tomando un respiro, se introdujo a un rincón aún más oscuro que todo lo anteriormente recorrido. El sonido de sus tacones bajos provocó que Adelina le prestara atención. El extraño en cambio, se pasmó ligeramente.

-¿Qué haces, niña? Ya no se diga usted, caballero. Fuera de aquí.
-Él no se va a menos que yo lo diga - replicó la chica - Después de todo, me pagó por adelantado.
-¿Pagarte qué?
-Mi servicio especial; no creo que 500€ sean para platicar de lo pesada que es la vida.
-¿Puedo saber que es "servicio especial"?
-¿Qué te imaginas? .. Afortunadamente soy muy desprejuiciada. Si estás interesada, te puedo hacer un descuento, Tamara... Claro que si gustas un trío, yo te puedo quitar la timidez.
-Ah .. Wow ..
-Se nota que eres reprimida y frígida ¿Porqué no experimentas? Si mi cliente no tiene inconvenientes..
-¡Se terminó, señorita! Vas a bajar de esa escalera y vendrás conmigo por las buenas.
-Contigo ni por las malas.
-Perfecto .. Entonces hablemos de negocios.
-Tanto mejor.
-Dame tu precio ¿Cuánto pagará Carlota por cada vez que te quiera hablar?
-No te atrevas.
-Al parecer hay que desembolsar alguna cantidad para pasar tiempo contigo ¿Cuánto le pedirás a tu amiga? Digo, es sólo para saber cuándo se dejarán de ver.
-No la metas en esto.
-¿No? Por favor, Adelina; me conoces y aún así me tratas como una compradora. Si tu amistad es un producto, entonces fija cuánto cobras y Carlota podría juntar el dinero.

Adelina enmudeció y rompió a llorar. El desconocido se marchó sin más.

-¿Porqué haces esto?
-¿Hacer qué?
-Venderte.
-Qué poco tacto tienes ...
-No es mi estilo andarme con rodeos.
-Sólo deseo tener buenas cosas, dinero, comida. Lo hago para comer y para no pedir caridad.
-¿Tus padres saben de esto?
-Soy de Cobbs, no tengo familia.

Tamara se sentó al lado de la pequeña.

-Escucha, yo siempre he hecho esto. Sé que es asqueroso, pero toda mi vida he soportado marinos y extraños.. Cuando me rescataron, le dije a los guerrilleros que estaría mejor sola y no se me ocurrió que más hacer. Gwendal me regañó por robar y me dijo que iríamos con servicios sociales pero la marina tiene mi foto y no quise que se metiera en problemas. Él viene a verme siempre pero no sabe nada de mi trabajo.
-Es muy peligroso.
-No necesito que me lo repitan.
-Alguien como tú debería ir a la escuela.
-Si me gustara la escuela, iría a las que abren de noche y no hacen preguntas. Mejor hice un examen para acreditar todo lo que se tuviera que calificar y pasé.

Adelina se limpió la cara con un pañuelo gastado y se levantó. Su estómago reclamaba atención y comenzó a caminar.

-¿Te quedas? No te lo aconsejo, todo el que pasa por aquí podría confundirte con una prostituta principiante.
-¿En serio?
-Tu cabello está limpio, el maquillaje se aplicó con cuidado, la ropa es buena y tienes un bolso grande. Las profesionales sabemos que eso es impráctico si tenemos que correr. Las que están cuidadas, o son de lujo y es obvio que no viven aquí, o son chicas que empiezan y están demasiado necesitadas y obsesionadas por agradar.

Percatándose de que aquél precepto era cierto, Didier se fue con la niña. Unos cuantos rayos de sol llegaron a la diminuta calle contigua dónde se detuvieron en espera de la señal del semáforo. Un puesto de periódicos se levantaba tímidamente y Adelina comenzó a leer los titulares hasta encontrar una revista en cuya portada se mostraba a una mujer que no conocía y una cita: "Antes, las patinadoras se arriesgaban por ganar. Ahora se contentan con rutinas bonitas. Vas a una competencia y ves siempre a la misma clase de atletas.. Ellas nunca cambiarán las cosas como Tamara Didier o yo lo hicimos"

-Chica, han hablado de ti y no te has enterado.
-¿Quién?
-Si te llevas la revista lees el cuento completo.

Tamara se dirigió con el voceador y pagó el almanaque. Su gesto simulaba al de un coleccionista de libros que acariciaba la tapa de cuero de un ejemplar muy anhelado. Con premura retiró el celofán pero se abstuvo de leer hasta llegar a una cafetería cuyo menú se basaba en sándwiches.

-¿Qué dice?
-Pues es una entrevista con Surya Bonaly*, una vieja rival de equipo... No dice gran cosa; sólo habla de sus recuerdos, a lo que se dedica ahora, el futuro, consejos para quién decida competir...
-¿Y sobre ti?
-Que le sorprende verme como entrenadora... Supongo que pensó que yo me animaría a volver; claro, no sabe que no puedo... Fuimos grandes adversarias cuando yo era una niña. Era ella la "gran Bonaly" mientras yo intentaba ser alguien. Recuerdo que también estaba Laetitia Hubert* y un poco después debutó Vanessa Gusmeroli*.. Éramos un gran equipo. Si yo te contara.. Las batallas por el campeonato de Francia eran a muerte. No sé como rayos le gané a las tres y en competencias internacionales la historia era ligeramente distinta. De ese grupo, Surya fue siempre plata en mundiales, Vanessa en el 97 ganó un bronce y Laetitia nunca consiguió un podio que no fuera en junior o en Grand Prix. Ellas inventaban nuevos saltos todo el tiempo y yo sólo seguía el reglamento... Hay una anécdota: En el 95 Surya hizo dos rutinas increíbles y todo mundo creyó que al fin ganaría su título de campeona del mundo. Antes del programa libre, mi abuela (que nunca tuvo un buen carácter), me dijo que si yo no ganaba me iba a romper las rodillas. Yo estaba aterrada porque sabía que ella siempre cumplía lo que decía y me tocó ser la última en salir. Imagíname con toda la presión encima, mi abuela con su bastón mirándome con cara de "te voy a matar"; además Laetitia deseándome mala suerte en backstage cuando la alcancé a ver por la pantalla gigante y estaba Surya Bonaly observándome detrás de un biombo en la zona de prensa. Yo pensé que me caería y cuando terminé sentí que me iban a dar el cuarto o quinto lugar porque mi ejercicio no era muy bueno. Aguardé mis calificaciones con todo el miedo del mundo y en eso, aparece 5.9 y por allá un 5.8 y luego vi sólo 6 en presentación y mis ordinales en número uno. Terminé llorando de alivio y no de felicidad y Bonaly nunca me perdonó que le quitara esa medalla. Recuerdo que yo venía de haberle arrebatado el campeonato europeo dos años seguidos y se suponía que ese mundial era la revancha. Afortunadamente mi relación con ella no sufrió cambios que yo notara y en 97 la que me odió, fue Michelle Kwan que no era mi co-equipera pero éramos amigas .. Para ser sincera, ella me retiró el habla un tiempo. Al año siguiente, el equipo francés fue para todo fin práctico, un desastre. En olímpicos nos fue muy mal a todas y en el mundial yo .. Me sentía muy triste como para competir, me lesioné y no lo hice tan mal. Me alcanzó para un bronce, pero no podía saltar bien... Mi abuela estaba enfadada y me dijo que iba a sacarme los ojos.

Pronto, Tamara se dió cuenta de que Adelina usaba la revista como pretexto para evadirla. La pequeña no la observaba a la cara y comenzó a hacerle preguntas tontas sobre su abuela. Didier respondía con sí o no; era interrumpida cuando tomaba la palabra de forma más seria y al final, se terminó cansando. Intuyó correctamente que la niña estaba avergonzada y si quería lograr su confianza, debía hacer algo más que aprovechar una conversación nostálgica para preparar terreno. Una vez por terminado el emparedado, ambas se dirigieron al parque pero no pasaba nada.

-Estoy aburrida... Disculpa lo de frígida, chica.
-No te apures.
-Cambiar de ciudad no es cambiar de estilo de vida. No hay nadie que me extrañe o a quién le importe.
-A Carlota sí.
-Porque no sabe como me gano la vida.
-No pierdes nada si le cuentas.
-Me da pena hasta contigo.
-Porque te descubrí, es la verdad.

Las dos suspiraron.

-¿Qué te hicieron en los ojos, Tamara?
-¿Tengo algún rasguño? ¿Me cayó algo?
-Eres ciega.
-No.
-Entonces lo estuviste.
-¿Cómo sabes?
-Te guías por el oído. En Cobbs hay chicas que hacen lo mismo que tú ¿Qué te pasó?

Tamara guardó silencio y eso enfadó a Adelina.

-¡Quieres sacarme toda la sopa y no pones de tu parte cuando deseo saber algo de ti! ¡Eres igual de falsa que todo el mundo! ¡Qué irritante!
-¡Hey! ¡Hay cosas en las que no me gusta pensar!
-¡No intentes ser mi amiga si no vas a confiarme las cosas!

La muchacha estaba por levantarse pero Didier se incorporó primero y revisó el reloj.

-Mi entrenamiento en la pista va a comenzar ¿Vienes?
-¿A qué? Carlota no puede practicar, sólo perderías el tiempo.
-Creí que me seguirías. Aunque no lo creas, todavía entreno.
-No tienes tanta suerte, mala amiga.
-¡Ay! ¿Qué quieres que te diga?
-Porque no veías antes.
-Fue un accidente ¿Contenta?
-¿Qué accidente?
-En el metro, me caí, pasaron unos años, me curé. Es todo.
-¿Así de simple?
-Sí.
-¡Ah, oye! ¿Qué hizo tu yaya?
-¿Hacerme?
-Me dijiste que estaba furiosa ¿Te sacó las retinas?

Por unos instantes, Tamara experimentó la sensación de erizarse.

-¿Viste un fantasma?
-No.. Pero mi abuela no me castigó. Sólo dejó de ser mi maestra porque le fallé.
-Bueno, estoy satisfecha.. Andando, que seguro vas tarde.
-Claro, voy detrás de ti.

Ambas prosiguieron su dirección al tiempo que se ponían de acuerdo para vivir juntas. Como cambiar las costumbres de la pequeña no iba a ser fácil, Didier decidió nunca separársele, por molesto por fuera. El viejo del muelle se apareció nuevamente y las acompañó, pero al notarlo agotado, Adelina sugirió abordar un tren.
Mientras descendían por una escalera, Tamara recordó su pesadillezca rutina en Japón y el violento regaño que recibió; así como reproches posteriores que duraron jornadas enteras. También, se le vino a la mente la estación parisina dónde había perdido la vista y le pareció haber escuchado justamente "te arrancaré los ojos" antes de sufrir su percance. Esa ocasión la acompañaba justamente su abuela, quién en su lecho de muerte, confesó que esa tragedia había evitado más fracasos de su nieta y saberlo la hacía feliz.

*Surya Bonaly: Campeona mundial junior (91), campeona de Europa (90 a 94), participante olímpica (92, 94 y 98), medallista de plata del mundo (93, 94 y 95) y campeona de Francia (de 89 a 97)
Laetitia Hubert: Campeona mundial junior (92), participante olímpica (92, 94 y 98) y campeona de Francia (98 y 99)
Vanessa Gusmeroli: Medallista de bronce del mundo (97), participante olímpica (98 y 02) y campeona de Francia (00, 01 y 02)



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