martes, 15 de mayo de 2012

Un cambio (París, cuento largo)


"Ningún hijo de la república será dejado de lado, ni discriminado ni abandonado y la promesa del éxito será honrada para que todos puedan cumplir en su vida y en su destino personal"
Frase de François Hollande, presidente de Francia, a quién dedico la entrada.

Mayo, 2002

Judy Becaud contemplaba por televisión como Jacques Chirac retenía la presidencia en Francia cuando Ricardo Liukin, interesado en saber porqué ella se declaraba abiertamente como votante de aquél hombre, le prestaba atención al inusual entusiasmo de la dama que aseguraba que la continuidad era la clave para la estabilidad económica y que lamentaba que Jean Marie Le Pen hubiese llegado a una segunda vuelta electoral. En las calles, se podía ver a algunos tímidos partidarios de Chirac dirigirse al parque De Gaulle a celebrar. Ricardo sabía que por congruencia, no debía sentir pena. De los recuerdos que le quedaban, estaba la primavera de 1981 cuando él, como tantos entusiastas jóvenes había salido para festejar el triunfo del socialista François Miterrand, el hombre que prometía progreso y que en un discurso había volteado insólitamente su mirada a Tell no Tales para asegurar que era la hora de la libertad y la democracia para la gente del Sur. Una vez en funciones, aquél hombre había ido a la ciudad en la visita de Estado más emotiva que jamás se hubiese visto, con flores en los balcones, frases de gratitud y el renombramiento de la vieja calle Vignier con el apellido del mandatario. Con la mirada puesta en el futuro, el político prometió ayudar en caso de que los habitantes decidieran llevar a cabo una transición, misma que duró largos, caóticos y sangrientos años. Pese a la decepción que significó el hombre por su incompetencia en el campo de la economía y escándalos variopintos, Miterrand cumplió su palabra al ser el primero en firmar el reconocimiento a la "Segunda República de Tell no Tales" alusión total a la refundación francesa por Charles De Gaulle.

-La acompaño, Judy. Sé que tiene ánimos de ir a Poitiers.
-No, señor Liukin, no.
-Dudo que pueda enfiestarse otro día.
-Estaría fuera de lugar.
-De ninguna manera. Venga conmigo.

Judy se colocó un suéter y salió de Le Jours Tristes con una pequeña bandera en la que se leía "Chirac".

-No sabía que usted era partidaria de la derecha.
-¡No! No podría serlo. En la primera oportunidad, voté por Lionel Jospin. Me dió mucha pena que no pasara a la elección definitiva.
-¿Entonces, porqué se inclinó por Chirac?
-Para que no ganaran Le Pen, su hija y sus seguidores fascistas ... Vaya montón de escoria.
-Qué dura.
-No me puedo expresar bien de la gente racista. Además, no es el momento de arriesgar mucho. Los franceses necesitamos algo que conocemos, no experimentos de hitlerianos oligofrénicos.

Conforme se iban acercando a la avenida Pompidou, más personas aparecían con pelucas afro de color azul.

-¿Eres francesa? - preguntó una pareja a la señora Becaud.
-¡Claro que sí!
-¡Felicidades, amiga! ¡Hemos ganado! - le replicaron, mientras le daban un abrazo. Ricardo se limitó a sonreír irónicamente.

-No pensé que hubiera tanta gente - expresó Judy estando cerca del parque De Gaulle, aunque tampoco se trataba de una multitud significante. Eran sólo cincuenta personas que esperaban al embajador y el discurso de Jacques Chirac alrededor de una pantalla gigante.

-¡Vive la France! - gritaban. Cerca, Sergei Trankov revisaba la escena mientras intentaba explicarse porqué las esperanzas eran depositadas en hombres que no podían ser un cambio, un rumbo nuevo o, en ese caso, el más seguro; aunque no pudiera disimular cierta alegría en su faz. Al igual que la señora Becaud, por los Le Pen sentía repugnancia y como debía ser diplomático de vez en cuando, prefería seguir tratando con un viejo conocido, mismo que le había firmado un pasaporte falso sin darse cuenta.

-Carlota empacó sus cosas, se irá mañana - musitó Tamara Didier por saludo. El guerrillero agitó su cabeza y se cruzó de brazos. Gracias al viento, el confeti caía sobre ellos.
-¿Qué convenció a Ricardo?
-Le pretexté que la niña va a necesitar la nacionalidad pronto y que en París tenemos mejores escuelas.
-Supongo que no fue fácil.
-Ese hombre es demasiado complicado. También le dije que su hogar los estaba lastimando, que rehiciera su vida. Haguenauer lo persuadió, no tanto yo. Romain da confianza y le va a ayudar con el cambio y a tener un empleo.

Tamara no pudo seguir hablando debido al creciente coro que exclamaba ¡Chirac! ¡Chirac! y el sonido de los fuegos artificiales. Aquello duró tanto que cuando logró escuchar su voz, el tema de la conversación era otro.

-¿Por quién votaste, Tamara?
-Chirac, pero no convencida.
-Por eso no te unes a la algarabía.
-No me distingo por brindar. El veredicto de una elección es sólo eso. Lo que me importa son los resultados.
-¿No crees que es demasiada carga para un mandatario?
-Para eso se le contrata, Sergei. El gobierno administra lo que los ciudadanos producimos. Qué tu prefieras la anarquía, está bien.
-Me gusta pegar directamente al poder.
-Eres un héroe porque destrozas lo que no nos gusta, pero en el fondo sabemos que tus métodos no son correctos. Sin embargo, existes porque te necesitamos y te queremos. Defiendes una causa: tu ciudad. No te interesa enarbolar otras banderas más que la existencia de este sitio. Por eso te has convertido en el favorito de todos y hasta hay gente que vota por ti aunque no seas candidato.

El aire sopló más fuerte en el momento en que ambos reconocieron a Judy que saltaba de alegría con una bengala y lanzaba cánticos a favor de su presidente; acaba incluso de pintarse la cara y su camiseta de la selección gala era evidentemente prestada. Sin zapatos, la joven lucía como una púber pese a su peinado adulto.

-Al parecer, Judy aún le tiene fe al sistema.
-Se vale.

Sonaba música disímbola y algunos vendedores callejeros de bocadillos fritos hacían su pequeño agosto mientras otros ofrecían dulces o cerveza. Anton iba con su familia y gritaba para que le hicieran caso. Como a los Maizuradze les urgía conseguir dinero, aprovecharon el momento para vender pompones, cornetas y paletas heladas.

-¿Es mi imaginación o ha llegado más gente? - comentó Tamara.
-No alucina.
-Trankov ¿Podría contestarme algo simple?
-De acuerdo.
-¿Se encuentra bien?
-Usted me tiene aquí.
-Es que lo vi ayer en la demolición del club de los rusos.
-¿Esperaba que me encadenara, cierto?
-Me defraudó que no lo hiciera.
-La parte más difícil de mi trabajo es aceptar que no voy a salvar al mundo y que debo asumir una posición de resignación, que más que conformismo es rabia.
-Si no lo conociera, habría creído que le dolió.
-Paso. El dolor no sería posible. Enojo, tal vez. Lástima es adecuado.

Conforme se iba llenando De Gaulle, la prensa iba acaparando las calles como estacionamiento y algunos realizaban entrevistas a los presentes, mismos que lejos de contestar algo concreto, brindaban frente a las cámaras y lanzaban espuma. Sergei habría preferido ir a dormir pero el espectáculo era hilarante como para perdérselo. Gwendal era uno de esos ilusos que trepado en una bocina, interpretaba la Marsellesa y alentaba a la creciente multitud a seguirlo; su hermano lo contemplaba a la distancia mientras Judy, cerca de la pantalla, aplaudía sin cesar, exigiendo el discurso y brindando con champagne con cualquiera que estuviera próximo. En una de esas ocasiones, chocó su vaso con el de Mériguet y se sonrieron mutuamente. Al subir el embajador al templete, los gritos eran más encendidos y el diplomático se asustó al comprobar que los ánimos amenazaban con tornarse violentos si no comenzaba el enlace con el presidente.

-Me haré a la idea de que saldré corriendo de un motín - comentó Tamara con buen humor. Algunos policías optaban pedir refuerzos ya que había iniciado la lluvia de proyectiles como botellas o platos de cartón. Un remolino tomó forma entre la multitud y los que llevaban familia salían corriendo. En un momento, Tamara y Sergei alcanzaron a percatarse de que Gwendal y Judy estaban platicando en una esquina del parque. El guerrillero les leía los labios:

-Gwendal dice que le dé un minuto, ella propone regresar a la fiesta.
-¿Qué más?
-Judy menciona que luego se ven, él insiste en saber porqué ella está enojada y ha dejado de hablarle.
-Que Mériguet no se haga tonto.
-Ella considera que será mejor charlarlo cualquier otro día pero Gwendal le hace saber que rompió con su novia.
-¿Le está diciendo porqué?
-Se precipitó, no estaba pensando.
-Ahora así se le llama a ser un idiota de porquería.
-Judy le pregunta cómo está ella, si lo tomó bien. Él le contesta que discutieron y no quiso herirla revelándole la razón por la que terminaron. Tu amiga le desea suerte, lo lamenta mucho y que se reponga pronto.
-Becaud, Becaud ¡Vete de ahí!
-Demasiado tarde. Gwendal cortó por tu amiga.
-¡Por favor!
-Ella le pide que no haga bromas. Él va en serio.. Mmhn .. Judy cree que no tiene caso.
-¿No tiene caso? Al menos debería darle a Mériguet un ladrillazo extra.
-Judy se decepcionó de él; pero en estos días estuvo pensando sobre lo que siente.
-Continúe.
-Su amiga seguirá casada por un buen tiempo. Ella ama a Jean y tuvo sólo una confusión porque se sentía un poco sola pero ya lo arregló. Los Becaud hablaron del tema en su casa y en la terapia.
-No lo puedo creer.
-Y el típico "es mejor si nos alejamos" y "no estás pensando"

La señora Becaud dió la media vuelta y Gwendal fue tras ella. La joven se detuvo un momento y Tamara y Sergei la escucharon claramente:

-No insistas, yo quiero estar con mi esposo. Él y yo hemos tenido dificultades pero es mi matrimonio, él es el hombre de mis sueños, no importa que tan cursi o tan tonto parezca eso. Acércate sólo si Jean te habla, conmigo limítate a saludar y no trates de conversar. Lo que pasó entre nosotros Gwendal, si es que ocurrió, fue un error muy infantil. Se terminó.

Judy fue donde Ricardo y le anunció que iría a casa.

-¿No se quedará al discurso?
-Mejor no, de todas formas lo pasarán en las noticias.

Ambos caminaban a espaldas de la cada vez más alborotada multitud cuando inició la transmisión de la oratoria de Chirac. Judy levantó su bandera y la agitó al tiempo que ovacionaba como si tratara de una estrella de rock al terminar una canción. El señor Liukin aún dudaba si continuar a Republique.

-Siga, siga. De todas formas hay mucha gente loca.
-¿Segura?
-Sí. No hay mucho de que sentirme orgullosa si lo pienso bien.

La joven, no obstante, hacía ruido con una corneta y los que se aventuraban a ir a De Gaulle le saludaban y pedían fotos. Más adelante, los trabajadores de limpia comenzaban la ardua labor de recoger los primeros residuos del festejo.

-Ya casi llegamos. Ahora todo se ve tan solo.
-El centro jamás ha estado repleto de noche.

La avenida Republique lucía más extensa de lo que realmente era y con pocos ánimos de seguir caminando, Judy aceleró el paso. Le jours tristes continuaba abierto y las luz se percibía un poco fuerte. Ricardo miró a todas direcciones, desconfiando del silencio.

-Gracias por acompañarme.
-De nada, Judy. Ojalá se haya divertido.
-Algo. Que tenga buena noche.
-Gracias ¿La podré ver mañana?
-Seguro, pasaré temprano y si gusta, lo acompaño a la estación.
-Se lo agradeceré.
-Descanse.

La señora Becaud atravesó la puerta y saludó a un solitario cliente que no le parecía conocido. Las plantas necesitaban agua y los empleados habían terminado su turno. Al fondo Jean revisaba el periódico con nerviosismo y el mantel tenía rastros de café. Por su gesto, Judy cayó en cuenta de que su marido estaba furioso, así que en vez de darle un beso o un cariñoso "hola" aseó sus manos y fue a la cocina. Una sopa suavizaría un poco al escritor y le contaría su problema. No tardó el olor en dispersarse. Los fideos picantes eran la debilidad de Jean.

-Provecho, amor - pronunció Judy antes de besar a su marido en la mejilla y situarse a su lado. Él se concentró en el plato; ella no perdió detalle de la nueva tanda de  fuegos artificiales que adornaban la noche aunque duraron poco, permitiéndole sentir curiosidad por un papel doblado que no se había salvado de la mancha marrón.

-Linda camiseta - señaló Jean súbitamente.
-¡Ay, no la devolví! Lo peor es que no recuerdo quién me la dió.
- Ja ja ¿A dónde fuiste?
-A la fiesta en Poitiers. Ganó Chirac.
-Qué buena noticia.
-Llamaré a mamá, seguramente ha de estar contenta.

Atreviéndose a tomar el documento después de haber dudado un instante, Judy notó que su consorte no se inmutaba, así que lo extendió. El sello de la editorial no era raro y los saludos tampoco. Por un momento, la joven creyó que se trataba del tan esperado anuncio de renovación de contrato, pero resultó ser lo contrario. Jean había sido despedido, sus columnas no aparecerían más en el diario y sus libros dejarían de publicarse y reeditarse.

-¿Qué pasó? Ayer querían darte un aumento ¿Te peleaste?
-Sí, pero te juro que fue después de recibir eso. No van a otorgarme liquidación ni el bono por los diez años de trabajo.
-¿Te dieron una explicación?
-El dueño de la editorial es muy cercano al Ejecutivo.
-¿Eso qué tiene que ver contigo?
-El presidente es un Isbaza y me pidió que no publicara mi artículo sobre su sobrina y Sergei.
-¿Qué pudiste haber escrito que lo molestó tanto?
-Que Trankov tuvo una relación con ella.
-Todo mundo lo sabe.
-No basé mi reportaje en algo personal.
-¿Entonces?
-Zooey Isbaza compró la bomba con la que Sergei destruyó el internado de Cobbs la última vez que estuvo ahí.
-¡Por Dios! ¿Cómo te enteraste?
-Mi fuente quiso que me hiciera cargo de difundir la noticia. Yo no sabía que mandaban la información a consulta con el Departamento de Comunicación Social. Cuando lo leyeron, mandaron por mi editor y lo amenazaron con quitarle la atención médica a sus hijas y clausurar su empresa. Sabes que mi jefe tiene dos niñas con leucemia y de ellas a mí, es obvio a quiénes prefiere y tiene toda la razón. Allanaron mi oficina y nuestra habitación y encima nos acaban de inventar una deuda en Hacienda. Nos embargan mañana, de milagro retiré el dinero del banco.

La señora Becaud permaneció pasmada ante lo que Jean acababa de contarle. Su comensal, mismo que seguía tomando té, los observaba apenado.

-Ya metí nuestras cosas a las maletas.
-¿Te vas a rendir?
-Me exiliaron también. No sé a dónde iremos.
-Pero es un una nota tuya, nadie se lo creería, lo tomarían de broma.
-Los Isbaza son agentes Neo, ellos pueden hacer lo que quieran y el público no es idiota. De ser un perseguido político a un fugitivo fiscal, prefiero lo segundo.
-Podemos juntar el dinero que debemos, vender lo que sea necesario.
-Son diez millones y jamás vamos a reunir esa cantidad por mucha austeridad que apliquemos. Cualquier casa de empeño nos va a negar préstamos y si seguimos con el local nos pasará que nadie va a trabajar de gratis. No sé a que leyes te acostumbraste pero aquí las cosas son de golpe. Si no me voy en veinticuatro horas, seré detenido y enviado a un tribunal de la marina. Los exiliados son enemigos del Estado. En serio, es más inteligente tener un deuda imposible que terminar como tu padre.
-Tal vez Sergei pueda ayudarnos.
-Él también se marchará. Casey Löw le tramitó una amnistía de tres días para que abandone la ciudad con su grupo o van a ordenar una cacería. No están jugando. Por cierto, te mandaron la deportación voluntaria por ser mi esposa, es el sobre amarillo.
-Iremos a ver un abogado.
-Ya lo hice. Nadie quiere el caso, ni siquiera mis "amigos". Jugar a las demandas con los Isbaza es ir como suicida ante nazis y nadie va a meter las manos por nosotros.
-¿Nazis?
-Voy a dormir. Hasta mañana.
-¡Jean!
-No le muevas más al asunto. Compraré boletos de tren a primera hora.

Judy volteó a la mesa y agarró la carta, procurando no romper del todo el número de serie que le habían impreso equivocadamente en la pestaña. La misiva estaba perfumada pero el texto era breve y el sello de "expulsión" cubría la mitad de la cuartilla. Deprimida, la joven la arrojó en el cesto y se dispuso a retirar los manteles y buscar cajas para acomodar la vajillas y las tazas.

-Disculpe - inquirió el cliente - No pude evitar oir lo que les ha pasado.
-Señor ¡Qué tonta! Olvidé que estaba aquí ¿Más café?
-Me encantaría.
-Deme un momento. Se ha hecho tarde, cerraré en unos minutos.

Judy desconectó la cafetera después de servir y apagó la luz de la cocina.

-Señorita
-Dígame Judy
-Judy ¿De verdad no tienen a dónde ir?
-Ruego nos dispense. No acostumbramos ventilar nuestra vida privada de esa forma.
-No se preocupe.
-Debo guardar los cubiertos. Disfrute su estancia.
-Se nota que usted es francesa y la escuché cuando mencionó a mi amigo Lionel Jospin.
-¿Jospin es su amigo? No me engañe.
-No le miento, somos muy próximos.
-Si es así, dígale que voté por él aunque no estoy de acuerdo con su libre mercado.
-Él entenderá. Ha recibido muchas críticas.
-No creo que la mía le importe mucho.
-¿Cuánto tiempo lleva en esta ciudad?
-No lo conozco, señor.
-Yo realmente puedo ayudarla.
-Aún puedo pelear aunque mi esposo diga que no.
-Es Tell No Tales, va a ser inútil. Nadie le ha ganado a la Marina del Gobierno Mundial.
-¿Quién es usted?
-Un amigo.

Judy no sabía que pensar del hombre que buscaba algo en su maletín. El gafete del Partido Socialista le indicaba (de acuerdo a sus prejuicios, que eran escasos) que no se trataba de un mal tipo y posiblemente, podía llegar a confiar en él si comenzaban a tratarse con regularidad.

-Si deciden mudarse, dígale a su marido que llame a este número. Están buscando autores.
-Gracias.
-También les servirá mi tarjeta si encuentran dificultades.
-No sé que decir.
-Que es afortunada. Supongo que sus familiares le darán asilo. Regrese a Francia y guarde muy bien la noticia que consiguió su esposo porque la van a necesitar.
-De acuerdo. Gracias por haber venido.
-Si ocurre algo, no dude en alzar el auricular. Buena suerte.

El hombre dejó una generosa propina y añadió:

-Si me pide ayuda, no la abandonaré. Resista y sea rebelde. Cuídese y si no tiene a dónde ir, yo mismo le abriré las puertas de mi casa.

Judy no comprendía. Le parecía que las cosas aún podían aclararse y Jean se doblegaba por nada. Estaba irritada y con ánimos de defender ferozmente el café y su residencia. El desconocido estrechó su mano y se retiró, no sin antes invitarla a Tulle, dónde vivía. Ella asentó por compromiso y aguardó unos segundos para echar un vistazo al número de la tarjeta y lavar los trastes lentamente.

Cuando la señora Becaud colocó el cerrojo, por su aparador se asomaban unos agentes que distaban mucho de ser policías. Asustada, permaneció estática mientras le mostraban el ademán para que guardara silencio. En las manos, aquellos hombres portaban cuchillos y revólveres. Casi sollozando, la joven susurró el nombre de su cónyuge y a medida que lo repetía, lo hacía en voz más alta. Temiendo que alguien entrara por el techo, optó por correr a su habitación pero el grito "¡Jean!" provocó que el contingente quebrara los ventanales. El escritor descendió en aquél momento.

-Corre, Judy.
-Estamos juntos en esto. Me quedo.

Ambos esperaban el ataque mientras sus verdugos buscaban sin cesar las pruebas de la columna censurada de Jean Becaud, sin resultado. La joven procuraba ya no abrir la boca; su esposo, sin embargo, tuvo una idea y pese a tener un filo en el cuello, se atrevió a arrojar uno de los adornos de la barra, lesionando al amenazante sicario que lo creía controlado. Judy entonces aprovechó la distracción para tomar de la mano a Jean e iniciar un incendio arrojando una vela cercana que había olvidado apagar. La pareja salió del lugar sin mirar atrás. Por experiencia, el señor Becaud omitió esconderse en los túneles del metro y tomando camino por el puente del parque, se fueron al barrio ruso, pero estaba vigilado como si la intención fuera que terminasen rodeados. Desesperados, continuaron con la esperanza de hallar un escondite y dieron con un callejón. Judy reconoció el sitio y golpeó una puerta, suplicando que no los descubrieran.

-¡David! ¡Déjanos pasar!
-Bueno.

El niño se sobresaltó un poco de ver a Jean pero el suspiro de alivio de la mujer le llamó la atención.

-Tranquila, Judy.

Ella rompió a llorar.

-No enciendas la luz, niño. Hay matones afuera.
-¿Tienen una deuda con mafiosos?
-Con algo peor.
-¿Marinos?
-Mercenarios.
-¿A quién fastidiaron?
-Al gobierno.
-¿Les descubrieron algo?
-Y lo quieren tapar.
-Están vivos, es ganancia.
-Gracias por abrirnos.

Jean se sentía avergonzado. David le estaba salvando la vida.

-¿Tienes teléfono? - preguntó Judy.
-Junto a la alacena.
-¿Qué haces?
-Buscar ayuda.

Jean y David contemplaron a la joven mientras marcaba un número telefónico. Cuando hubo respuesta, ella pronunció:

-¿Monsieur Hollande? .. Soy la mujer con la que platicó en el café .. Sí, la misma que le mencionó a Jospin ... Por favor, venga por nosotros, nos están buscando, creo que nos iban a matar... Cómo a la media hora de que se fuera... No, ya no nos quedamos en casa, huimos. Búsquenos en el callejón Pelletier, queda cerca de De Gaulle.

En el apartamento sólo se alcanzó a escuchar:

-"Cuente conmigo. Voy para allá"

Judy colgó. Jean quiso saber a quién le había llamado y llegó la tarjeta a sus manos.

-¿Llamaste a François Hollande?
-Me la dió esta noche. No se me ocurrió que más hacer y no quiero meter en problemas a nadie que conozcamos..
-¿Era el tipo en el café?
-Sí.
-Es que no lo ubiqué, tenía la cabeza revuelta.
-Me contó que conoce a Lionel Jospin.
-Es evidente, lo ve casi todo el tiempo, trabajan juntos. Hollande es el presidente del Partido Socialista.
-¿Qué?
-Supe que invitaron a esos dos al homenaje que le harán a Miterrand mañana.
-Nunca había oído de ese hombre hasta hoy.
-Porque es un tipo discreto.
-Me invitó a Tulle.
-El hombre fue electo alcalde.

Ella entonces pareció tener un flashback, en el que aparecían Raymond Floost y Hollande en una fotografía, seguramente de su época escolar, ya que ambos sostenían pancartas de protesta y utilizaban pantalones de mezclilla. Jean le dijo que aquél sujeto había sido colaborador de Miterrand. Judy sabía que el único político al que su padre defendía con aplomo inquebrantable era al legendario mandatario socialista y Hollande, coincidentemente, era muy cercano a los Floost cuando era niña.

-"¿Me habrá reconocido?" "No he cambiado mucho" - caviló la dama.

 Transcurrieron pocos minutos y llamaron a la entrada. David sugirió a la pareja que se ocultaran cerca del baño. El chico abrió y un sujeto de lentes y traje formal le preguntó inmediatamente por Judy.

-Pase ..  ¡Ustedes dos! ¡No hay peligro!

Los Becaud, con pánico, se acercaron a la sala. Hollande los reconoció.

-Menos mal.
-No le fallaré, señorita ¿Traen pasaportes?
-No nos dió tiempo de tomar nada. Nos sorprendieron.
-Hizo bien en recurrir a mí. Los hospedaré en la embajada y tomaremos el tren mañana por la noche. Sólo les suplico que se apresuren porque un vehículo diplomático es sospechoso en un lugar cómo éste.

-David ¿Vienes? - señaló Jean - Te la debemos. Si algo te pasa no me lo perdonaría.

Judy no esperó la respuesta y llevó al chico con ella. Hollande abordó el vehículo. Jean impulsivamente estrechó a David. Éste último lo miró y apartando su rencor se limitó a declarar:

-No fue nada, papá.


Le 6 mai : de Tulle à la Bastille por francoishollande (P.D. Sólo espero que Hollande no resulte un "flamby" (flan con caramelo) y mucho menos un político negligente y hostil, como su antecesor.)

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