jueves, 16 de agosto de 2012

¡Vika! (Primera parte)


Para Viktoria Komova.

Una vez en el tren, Tamara y Carlota no pudieron ocultar su desagrado por compartir una litera en una habitación diminuta y se enfrascaron en una discusión absurda sobre quién tenía derecho de colocar su equipaje en un ropero con poco espacio. Era tanta la bulla que Joubert sugirió que todo se arreglara dejándolo a la suerte y como ninguna de las dos confiaba en los juegos de manos o en lanzar una moneda, le preguntaron al boletero cuál de las dos necesitaría aquél mueble. El hombrecillo juntó sus manos y después de mirar a la joven Liukin, se decidió por ella.

-¡Gracias! - exclamó Carlota entusiasta y se consagró a sacar sus cosas de la maleta. Tamara se cruzó de brazos y anunció que iría al corredor a buscar informes sobre el clima. La calefacción estaba activada y algunos mozos ya recorrían el tren con vajillas y teteras para atender a los pasajeros que habían reservado servicio a la habitación. Con toda certeza, la mujer supuso que los privilegiados viajeros eran marinos y varios formaban parte de una élite tan cerrada, que debían esconderse para maquinar sus planes. Lo que se murmuraba de ellos en los primeros minutos de marcha era que exigían teléfonos privados y nulo contacto con otras personas; las bandejas con comida, servilletas bordadas y lociones eran entregadas por un compartimento ubicado en una falsa estantería y uno de ellos, el General Bessette, estaba dando problemas. Su "sirviente particular" había ordenado aspirinas para ingerirse enseguida y una dotación de bebidas energéticas para la mañana siguiente.

-Bessette...  No creo que Joubert se entere de que su padre está cerca - pensó Tamara con el escalofrío estremeciéndola al ver como eran transportadas un par de botellas de champaña en un carrito dorado. El personal parecía acostumbrado a prestar esa clase de servicios a personas a todas luces desagradables y presintió que por ningún motivo debía aproximarse a pedirles cualquier cosa, así que los observó cuidadosamente para aprenderse los rostros y saber cómo se movían y charlaban. El viaje se tornaría más pesado de lo planeado y el ruido sería interminable.

Pero Tamara sentía algo extraño a su derecha. Era una energía jovial, contagiosa, extraña en un sujeto de atuendo militar que sonreía por tener una consciencia casi tranquila. Inclusive los rayos del sol habían vuelto a reflejarse en los espejos del corredor y la expresión pícara del hombre rompía con el ambiente hermético a su alrededor. Ella no podía equivocarse al reconocerlo. Era el padre de Anton.

-Buenas tardes, señorita Didier - dijo él.
-Me alegra verlo, señor.
-Igualmente ¿Qué le parece el tren? ¿Le gusta?
-El tren se ve ¿Deprimente? Las lámparas y el tapiz son tan oscuros y los pasillos, tétricos ¡Oí gente llamando "lujoso" este cubo con ruedas! Qué horror.
-Ja ja ja.
-¿Qué hace usted aquí? Tiene uniforme, hay lugares muy cómodos con los marinos, pueden llevarle chocolate caliente y dormir en un cuarto decente.
-Soy ruso y no pertenezco a la Marina. De todas formas no me agrada ver cómo se comportan sus hombres, parecen ratas.

Didier abrió la boca con discreto asombro por aquella opinión tan sincera. Conversar sobre el tema resultaría inútil y repetitivo, por tales, no convenía tocar más la cuestión y se apresuró a preguntarle otra cosa.

-¿Qué lo trae por aquí?
-Vengo obligado, je.
-¿Y eso?
-Llamado a las armas.
-Oh...
-¿Suena trágico, verdad?
-Más bien drástico.
-Las despedidas se van volviendo más duras, por eso he decidido estar solo.
-Es triste.
-Antes de presentarme con el batallón, iré a ver a mi hija y conversaré con ella. Llevo más de un año sin visitarla y quiero avisarle de la guerra. Pobrecilla, siempre le cuento tragedias.

Tamara observó las manos de Maizuradze, mismas que sostenían un pasaporte y un par de boletos para un evento en Hammersmith. Él repasaba el contorno de las entradas una y otra vez, delatando su enorme prisa por llegar a la ciudad y sacar valor para decirle a la muchacha que se preparara para todo.

-Suerte.
-Gracias, señorita.
-Supongo que Anton ya sabe.
-Nadie finge mejor el miedo que mi chamaco irreverente. Me avisaron de mi partida hace una hora y él actuó como si sucediera todos los días. Desde que reclamó su derecho a ser el hermano sándwich, Anton ha entendido que asistir al campo es inevitable para mí. En cambio, mi hija Viktoriya no es tan fuerte.
-Imagino que ha de ser horrible.
-El destino de un soldado tarde o temprano es la guerra.
-¿Puedo saber a dónde lo enviaron, señor?
-Cáucaso Norte, cerca de Georgia.
-No ubico, bien.
-Es Chechenia.

De sólo pensar, Ilya Maizuradze procuraba disimular que Chechenia representaba retornar a un paisaje depresivo, ya que había perdido a su hijo mayor, Vasily, mientras éste conducía un vehículo que fue atacado con granadas en una calle de un poblado cercano. Era evidente que el señor Maizuradze haría lo posible para evitar otra fúnebre escena pero no podía asegurarlo. Si no era una mina, sería un tanque o una emboscada lo que lo haría pedazos.

-Al menos me marcho tranquilo. Mi otra niña, Válerie, me compuso una canción y me escribió la letra para que no se me olvide.
-Qué lindo detalle.
-La leeré a diario hasta que regrese a casa. Si libro ésta, prometo renunciar al ejército.

Él seguía insistente con tocar sus boletos y los leía sin parar, cómo quién cree que llegará tarde a una cita para el trabajo de su vida. Asimismo, comentaba que el encuentro con Viktoriya se antojaba poco menos que intrincado y el hombre consideraba comprarle un buen obsequio.

-Pobrecilla, siempre le cuento tragedias - repitió Maizuradze con el lamento por delante y añadió: Me temo que volveré a decepcionarla, nunca le he comentado algo feliz ni he estado con ella.
-¿En serio? ¿Jamás han pasado algo lindo juntos?
-Un cumpleaños, pero hace mucho. Tomé un fin de semana para celebrar que Vika cumplía ocho; pero no me pregunte de otras cosas porque no hemos podido convivir y es muy duro verla apenas unos instantes después de una espera muy larga. La tuve en mi primer matrimonio y permaneció con su madre. Vika no conoce bien a sus hermanos.

Después de un breve silencio, Maizuradze volvió a sonreír como si nada lo preocupara y Tamara advirtió que Anton había heredado el buen humor de su padre, mismo que adoptaba ante ella la postura de un chico travieso y de buenas intenciones.

¿Que hará cuándo llegue a Hammersmith?
-Tomar un vuelo a Francia de inmediato.
-Creí que se quedaría al menos un día.
-No puedo, Carlota y yo tenemos bastante trabajo y una junta con federativos.
-Imagino que al menos harán compras en Vichy mañana.
-¡Ojalá tuviéramos tiempo! No saldremos de aquí.
-Es una pena, es un pueblo muy hermoso y sería bueno tener ayuda.
-¿Para qué?
-Elegir una muñeca, tal vez de porcelana. Es que a mi hija le gustan pero no sabría cuál llevarle.
-¿Cuántos años tiene?
-¿Yo?
-No, me refiero a Vika.
-¡Ah! Ella tiene diecisiete.
-Entonces no le regale un juguete; tal vez a ella le parecería mejor algo más de cuidado personal .
-Tiene razón, Tamara, mi pequeña ya no es tan niña.
-¿Porqué no le da un perfume y una canasta con maquillajes, exfoliadores y piedras pómez?
-Podría darle algo así ¿En dónde encuentro eso?
-Pregunte en cualquier tienda de belleza.
-¿Cómo pido esas cosas?
-Sólo diga que quiere un kit completo y explique para quién es. Las chicas del mostrador sabrán que hacer.
-Le tomaré la palabra.
-Ojalá mi sugerencia no defraude a nadie.
-Seguramente no.
-Cruzaré los dedos ... ¿Ya le dijeron cuál es su habitación?
-Me pidieron aguardar, los boleteros me estaban buscando una cama libre en los vagones del frente.
-Mientras no le toque algo claustrofóbico, todo está bien.
-Me acomodo en cualquier parte.
-¿Lo veré para la cena?
-Por supuesto. He sabido que sirven a las nueve.
-Bien, ya coincidiremos. Debo ver qué ocurre con Liukin, con permiso.
-Propio.

Tamara giró de vuelta al vagón dónde se hospedaba y cuando Maizuradze estuvo seguro de que la mujer no deambulaba por ahí, se aproximó a un empleado de la pequeña recepción ubicada apenas a un lado del restaurante dónde se ofrecería una reunión de bienvenida a los pasajeros.

-Bienvenido, caballero ¿Qué se le ofrece?
-Buena tarde, eh .. ¿Dónde puedo realizar una llamada?
-¿Local o foránea?
-A Moscú.
-Desde luego. ¿Me facilitaría el número?
-Lo anoté aquí. Perdone el papelito arrugado.
-No hay problema, deme unos segundos... Listo, puede tomar la segunda cabina a su derecha, sólo levante el auricular y hable normalmente.
-Se lo agradezco mucho.
-De nada, adelante.

El teniente asentó y se introdujo en la caseta, vacilante y preguntándose cuánto tiempo le sobraba para arribar a Hammersmith

-¿Hola? ... ¿Buenas noches? ¿Con quién hablo? .. Señorita Lobacheva, qué alivio saber que es usted, le mando saludos... Yo estoy perfectamente sano.. ¿La familia? Mis niños y mi esposa sin novedad... Quisiera saber de Viktoriya ¿Se encuentra bien? ... ¡Vaya, me alegra escuchar que ha mejorado! La última vez supe que había tenido problemas con las barras pero qué bueno que ya los superó... Mándele mis felicitaciones a sus maestros.. Eh.. ¿Podría conversar con Alexander Radionenko? ¿Sí? Por favor, pásemelo. Claro, no colgaré, gracias.

La espera duró el tiempo necesario para que el muchacho del escritorio dejara de atender mensajes y se concentrara en el reloj mientras el señor Maizuradze jugueteaba con sus dedos para no hartarse. En aquél momento, los rayos del sol se colaron por una ventana y sonó una campanilla que anunciaba a un nuevo séquito de camareros dirigiéndose con los marinos.

-¿Radionenko? ... ¿Cómo sigue? Vika me contó lo de su fractura .. Suerte con el brazo ... Yo he llamado porque deseo saber si mi hija continúa en Moscú... ¿Ya se ha ido? ¿Cuándo llegará a Hammersmith? ... ¡En tres días! Apenas he tomado camino a tiempo, estoy saliendo de Tell no Tales y me tardaré un par de noches si no hay inconvenientes ... ¡Por favor no le avise a Vika! Prefiero que se sorprenda ¿Usted irá a acompañar al equipo?.. Entonces tendré el gusto de estrecharle la mano, Alexander... Ja, sé que le irá bien, usted confíe en mi peque... Grato ha sido para mí, lo veré allá, hasta luego.

Maizuradze colgó con relativa tranquilidad y abandonó la cabina. El recepcionista dejo de revisar las manecillas y anotó la hora de término de la llamada.

-¿Cuánto es?
-20 €.
-Aquí los tengo, buena tarde.
-Igualmente, señor.
-Una duda: ¿El número del tren queda registrado en los directorios?
-Desde luego.
-¿Cualquiera podría llamar?
-Claro que sí ¿Se le ofrece algo?
.Si por casualidad recibo un recado ¿Usted me lo comunicaría?
-Sin retardo ¿A qué nombre sería?
-Teniente Ilya Maizuradze.
-¿Algo más?
-Si se trata de Viktoriya Maizuradze, enláceme enseguida.
-Seguro.

El soldado se alejó con rumbo al corredor. Un boletero al verlo, preguntó su nombre y declaró que había estado buscándolo ya que había una recámara solitaria en el vagón tres.

-Sígame, le agradará - Manifestó el mozo - Es bastante grande y con servicio particular.
-¿Qué?
-Le han puesto mayordomo. Un general de la Marina lo ha ordenado.
-No soy su recluta.
-Dijo que usted era un camarada.
-Prefiero dormir en el suelo. De mí parte díganle que aprecio el gesto pero me veo en la pena de no aceptarlo.
-Va a ser difícil que hallemos una litera libre.
-Me puedo recostar en un pasillo y cualquiera puede inventar que cedí mi lugar a una mujer embarazada.
-Qué va, mejor le voy buscando otro sitio. Si quiere vaya a tomar un refrigerio, yo le aviso cuando tenga algo.
-De acuerdo.

Maizuradze hizo caso. La barra del bar estaba vacía y después de pedir un café espumoso, el hombre miró el televisor sin interés y se dispuso a reír de los jugadores de billar a los que daba la espalda. Pronto, alguien le preguntó quién era.

-¿Teniente Ilya Maizuradze?
-El mismo.
-Permítame colocarme a su derecha.
-Tome asiento.
-Me place encontrarlo, compañero. Soy Andrew Bessette, General de la Marina.
-Mucho gusto, general.
-He oído que no tomará el lugar que le reservé.
-He optado por no comprometerme.
-¿A qué?
-Si lo tomo, estaré en deuda con usted.
-¿Deuda? Al contrario, soy yo quién desea que un colega viaje adecuadamente.
-No veo porqué.
-Trabajamos en lo mismo, cazamos terroristas.
-Usted dirige tropas, su servidor en cambio sólo elabora mapas e informes de reconocimientos de terreno.
-Es un trabajo muy apreciado.
-Como dijera mi filósofo más influyente: "La libertad no se le da a nadie en el campo, se gana desde el conocimiento".
-¿Frase de Sartre?
-No, es de César Luis Menotti.
-Bien dicho. Ahora déjeme ayudarlo y acepte el cuarto.
-Reitero mi gratitud pero también mi negativa. No considero conveniente que usted pague un lugar que no deseo. Además, no soy miembro de las fuerzas del Gobierno Mundial, así que podría meterme en problemas con mis superiores. Disculpe las molestias, general Bessette.

Maizuradze se apresuró a terminar el café y se despidió con ansiedad. Hasta el bartender se percataba de que el marino no era del agrado de aquél hombre y se limitó a llenar un vaso con whisky para distraer al inoportuno cliente; pero desconocía que el general había hecho el compromiso de no tomar alcohol durante su estancia en el tren.

 -Teniente, no se vaya.
-Disculpe, Bessette, voy a recorrer los vagones. Me retiro.
-Todavía no .. ¿Son suyos?
-¿Qué he dejado?
-Un par de boletos.

Ilya revisó su bolsillo. Los billetes seguían en su lugar, así que no entendía bien de que le estaban hablando.

-Lo siento, ésos no son míos.
-Yo creo que sí ¿Usted va al Campeonato Mundial de Gimnasia, no?
-He guardado bien mis entradas.
-Viktoriya no podrá saber que usted fue a alentarla.
-Se equivoca. Ella es inteligente y sabrá que fui.
-Qué pena que la observará de lejos, si ella fuera mi hija, haría lo imposible por conseguir un asiento en la zona A en vez de gayola.
-No vuelva a hablar de ella.
-Perdone mi impertinencia, es que soy un admirador de Viktoriya y usted es su padre; pensé que no tomaría mal si le regalaba unos sitios más cercanos a la zona técnica. Son entradas VIP, de las que consideran un acercamiento con las gimnastas después de las competencias.
-También rechazaré su gesto, general. Buenas tardes.

Maizuradze se marchó ofendido y sin querer investigar cómo Bessette sabía a dónde iba. Naturalmente, el soldado trató de platicar nuevamente con Radionenko para prevenirlo, pero no pudo encontrarlo, así que reiteró su petición al recepcionista, quién asentó cordialmente y le habló de una litera libre en la parte media del tren. La habitación resultó, para su fortuna, cercana a la de Tamara y la compartía con Joubert, a quién prefirió no enterar de la presencia de Andrew.

Más tarde, el general Bessette se acercó al módulo telefónico.

-¿Cómo va el trabajo, muchacho?
-Lo de siempre, los mensajes son interminables. No hay alguno para usted, general.
-¿Me enlazarías?
-Le mandamos un teléfono privado.
-No sé cómo marcar a celular.
-¿Es internacional?
-Te paso.
-¿De qué país es la línea?
-Es de Rusia.
-Se ha vuelto popular llamar para allá.
-¿Porqué?
-Es la tercera vez que me lo piden. Tome, en la cabina cinco recibe señal.
-Gracias.

Andrew Bessette agarró el auricular asignado y vió al pasillo.

-Hola, Vika.
-¡Andrew! Estaba a punto de marcarte.
-¿En serio?
-Me quedé buscándote en mis contactos.
-¿En dónde te encuentras?
-En París, en la estación de tren. Yo quería que fuéramos a Hammersmith en avión pero los entrenadores dijeron que no.
-Qué malos son.
-Va a estar súper cansado.
-Duerme bien para que no te agotes.
-Ja ja ja, mejor me pongo a soñar bonito.
-¿Qué tan lindo? ¿Conmigo?
-¡Ja ja ja! Nunca se sabe.
-Porque yo si pienso en ti antes de dormir.
-No te creo.
-¿Porqué?
-Ay.. Me estoy poniendo nerviosa.
-¿Por mí?
-Je, je.
-¿Esa risita?
-Mejor cuéntame qué haces.
-Voy para Hammersmith. Hablé con unos amigos y tengo las entradas.
-¡No te pases!
-Te dije que no faltaría, así que te mandaré besitos antes de tus rutinas.
-Yo los recibiré encantada.
-Y también te quería avisar otra cosita, una coincidencia.
-¿Cuál?
-¿Recuerdas que me platicaste que tu padre no ha ido a visitarte? Pues tírame de loco pero me lo encontré y va para verte.
-¡Aw! ¡Me diste la mejor noticia del mundo!
-Y charlé con él.
-¿Cómo te fue?
-Nada positivo. Le iba a entregar unos buenos boletos pero me despachó.
-Oh, que mal ¿Qué te contestó?
-Qué los rechaza. Tu padre es muy duro.
-No es cierto, es todo corazón; pero no te conoce ¿verdad? ¿Le hablaste de nosotros?
-No ¿Cómo crees? Mejor tómate tu tiempo y le explicas todo.
-Tienes razón, mejor que se entere por mi.
-¿Sabes? Creo que no le caería bien saberlo.
-Pero no te aceptará si nos tardamos.
-Que sea a tu modo, Vika.
-Me quedo tranquila.
-Te estaré marcando para que no me extrañes.
-Je, no soltaré el teléfono. Te mando mil besos.
-Yo el doble.
-Nos vemos en Hammersmith, te quiero.
-Yo también te quiero, nena.

Bessette colgó y fue directo a su habitación, en dónde le tenían la cena servida. Como era terco, le encomendó a su sirviente averiguar en dónde pasaría la noche el teniente Maizuradze y de paso, envió los boletos especiales en un sobre en que se leía "Insisto" y cerca de la medianoche, el general fue a descansar en compañía de una jovencita que había contratado al abordar y que cobraba demasiado caro por hora. La chica era complaciente y poseía la habilidad de parecer misteriosa; sin contar con que se trataba de una ladronzuela que le esquilmaría a Bessette hasta las pertenencias de la caja fuerte una vez que se durmiera.

3 comentarios:

  1. Ingrid,
    Como siempre son muy bellos tus cuentos.

    Un beso
    Sergio

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  2. El relato funciona en cuanto a que te coloca mentalmente en un evento específico: un viaje en tren, así como que te permite conocer las percepciones de su protagonistas principales así como sus interacciones con otros viajeros, la persona que opina que éste le parece largo, ¿acaso sabía de antemano la conclusión del mismo? ¿qué partes del mismo removería?

    Saludos

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