martes, 15 de enero de 2013

La piel (El descubrimiento de la pasión IV)


-Te pagué por adelantado, ahora vete.
-Hace frío.
-Yo no lo siento; es más, lo que tú quieres es dormir.
-Como digas .. ¿Puedo usar la regadera?
-La perilla del agua caliente no sirve.
-¿Por qué no me dijiste? Es fácil de arreglar.
-No hagas preguntas.

Zooey sintió como su vigilante se levantaba y encendía la luz del baño. Le daba igual que él dejara la puerta abierta y se aseara con toda la intención de que ella lo contemplara. La mujer prefería tomar el paquete de galletas que dejaba al lado de su cama mientras se percataba de que sus muslos estaban descubiertos y la sábana se había impregnado de una colonia extrañamente agradable.

-Compuse tu llave.
-¿Qué recompensa vas a pedir?
-No me trates como un interesado.
-Ya obtuviste lo que siempre deseas de mí; no espero que los favores que no te pido me salgan gratis.
-Estoy cansado, déjame quedarme.
-Lo sabía.
-Abrazarte es placentero.
-Es ridículo.
-No sabes lo que se siente.

Zooey continuó comiendo galletas y el hombre prolongó su ducha unos instantes más.

-El agua está deliciosa.
-Sí, bueno, me bañaré cuando no estés.
-¿Mal humor?
-Cierra la boca.
-No estabas de malas.
-¡Calla! Mejor descansa de una vez y no molestes el fin de semana.
-¿Vas a salir? ¿Conseguiste novio?
-No te incumbe.
-¿Cómo es?
-Muy grande y muy macho. Te destrozará.
-Je, mentirosa.
-¿No me crees?
-Puedo jurar que soy el único hombre con el que te diviertes.
-No me divierto.
-¿Qué pasa hoy?
-Hormonas.
-Sí, claro. Fueron tus ganas las que me trajeron aquí con urgencia.
-Piensa lo que gustes.

Él se aproximó a la cama y permaneció de pie, imaginando qué pasaba por la mente de la joven.

-Estás mojando todo.
-Sabes que no me gustan las toallas.
-Ahora debo empaparme porque sí.
-Eres muy comprensiva.
-Qué desagradable.
-¿No te gusta que me recueste como lo hago ahora?
-Me repugna todo de ti.
-¿Todo?
-Odio el vello en el pecho un poco más.
-Compraré crema de afeitar.

Ella giró a su derecha.

-¡Hey! ¿Por qué me das la espalda?
-Hasta mañana.
-¡Zooey!
-Que uses mi colchón ya es demasiado. Dormiré como siempre, adiós.

La mujer trataba de concentrarse en otra cosa mientras su amante no resistía la tentación de tocarle la espalda.

-Nunca me has dicho quién eres - señaló él.
-Confórmate. Para acostarse no hace falta siquiera presentarse y con mi nombre ya sabes más de la cuenta.
-¿Aún te acuerdas del mío?
-Te llamas Akky, tus padres eran turcos; lo mencionaste alguna vez.
-¿Te sientes bien?
-Qué pregunta tan tonta.
-No sueles ponerte así.
-Otra cosa que no te concierne.

El hombre se pegó a ella, intentando encontrar un poco de calor y ella se erizaba de sentir la piel húmeda de él y su aliento en la nuca.

-Eres hermosa.

Zooey sonrió ligeramente, preguntándose si él le gustaba al menos un poco o si era feliz de tenerlo como compañía de vez en cuando. En Hammersmith, ella no tenía amigos y Akky era el único con el que entablaba conversaciones que no duraban más de unos minutos, pero servían para evitar deprimirse.

-Me comentó la vecina que le vuelves la vida feliz a la cincuentona del piso seis.
-¿Celosa?
-¿Es cierto?
-Soy un poco gigoló; no cuesta nada hacerle olvidar a una señora que tiene cáncer.
-Oí que también le robas.
-¡Ea! Ella me regala sus cosas.
-¿Y sabe que sólo la usas?
-Me dejas ver como un tipo cruel.
-¿Le haces un favor?
-Morirá en unas semanas.
-Entonces eres un ángel de la caridad.
-Ve a visitarla, le caes bien.
-No nos hemos presentado.
-Le hablé de ti. Le dije que eres mi novia.
-¿Por qué hiciste eso?
-Nos vió besándonos en la caseta telefónica la semana pasada.
-No debiste mentirle.
-¿Qué le podía decir? ¿Que tú y yo tenemos un convenio de sexo semanal a cambio de nada?
-¿De nada?
-Ninguno gana en esta relación.
-¿Has vigilado que nadie entre aquí?
-Sí.
-Entonces sí hay una ganancia para mí y en tu caso, te llevas la mejor parte.
-Tu lengua es filosa.
-Mejor déjame dormir.

Él cubrió a Zooey con la sábana y besó sus hombros, sin esperar que ella correspondiera o se moviera un poco. La lámpara junto a la cama continuaba prendida, permitiéndole ver la sombra de la mujer completamente definida en la pared.

-¿Tienes algo que hacer mañana?
-Nada.
-Pensé que podríamos salir.
-¿Qué se te ocurrió?
-Ir por un trago.
-Ni lo sueñes.
-¿Qué tiene de malo?
-Tu actitud, Akky.
-Quiero que la pases bien.
-Esto ya no me está gustando.
-¿Cuál es el problema?
-Dijimos que no nos involucraríamos en la vida del otro.
-¡Vamos! Eso no fue en serio.
-Pues yo no bromeo. Nuestra relación no debe pasar de vernos una vez cada siete días.
-Creí que éramos amigos.
-¿Amiga tuya? - volteando hacia él - No tengo intención de serlo.

Acto seguido, ella retomó la impaciente ingesta de galletas.

-¿Tienes hambre?
-Es sólo un antojo.
-¿Te sientes bien?
-Mejor que nunca ¿No puede atacarme una ansiedad de galletas?
-Es que has terminado con la mitad de la caja.
-¿Ibas a pedirme una?
-No.
-Entonces no hables.

Sin embargo, Akky determinó mirar a todos lados, dándose cuenta de que Zooey poseía una cantidad considerable de post - its pegados en la cabecera. En más de uno estaba escrito "Día de playa con Sandra: ¡el sábado!" y en otros "Pijamada: ¡viernes! P.D. Preparar mascarillas de avena y comprar frituras de queso".

-¿Quién es Sandra?
-¿Qué es lo que crees?
-Es tu amiga .. O mejor: tu hermana.
-Atinaste.
-¿Es guapa?
-Es menor de edad.
-Mejor no me meto.
-Más te vale.
-Así que la solitaria Zooey tiene familia ... Nunca me lo hubiera imaginado.
-No te quiero aquí mañana.
-¿No le presentarás a tu novio?
-No sigas con esa idiotez.
-Perdón ... Pero ¿Le hablarás de mí?
-Ni en tu sueño más alucinado.
-Saludarla estaría bien.
-¿Sabes? Fuera de mi vista.
-¿Ahora qué hice?
-Me hartaste
-Por arreglarte la perilla dijiste que podía quedarme.
-Tú pusiste esa cuota.
-Entonces me voy.
-Por favor.

Él se levantó apresuradamente y se vistió aún más rápido.

-Si necesitas algo, toca el timbre de la escalera.
-No me recuerdes lo que ya sé.
-¿Nada te tiene contenta?
-Como dije, no te importa.
-¡¿Qué te pasa?!
-Que no deseo verte.

Ella apretó su almohada después de agarrar el periódico que estaba tirado. Akky tomó su chaqueta.

-Salúdame a la mujer del sexto piso.
-Claro.
-¿Qué esperas? ¿Por qué no te has marchado?
-¿Realmente tienes intención de echarme?
-¿Sabes? Haz lo que quieras.
-¡Perfecto! Voy a pasar la noche aquí.
-Eso no.
-Es lo que yo quiera.
-Me imagino que también tratarás de volver a mi cama.
-De hecho sí.
-Me acostaré en el sillón.
-De pronto me gustó la idea de acompañarte en la sala.
-¿Qué más? ¿Me vas a besar porque sí?
-También.
-Largo, ya fuimos demasiado lejos.
-De acuerdo.

Él se aproximaba a la puerta cuando ella comenzó a llorar en silencio y cubrió su cabeza con la almohada.

Zooey no sabía qué pensar, sentir o hacer y le llegó un arrepentimiento violento por echar al hombre abruptamente. La joven anhelaba repentinamente un halago y a pesar de no desearlo, evocó a Sergei Trankov para no sentirse tan sola e imaginar que en contadas ocasiones había sido feliz.

Los besos del guerrillero, la fuerza de sus brazos y su increíble capacidad de contar historias que duraban hasta el amanecer eran motivos para considerar a Akky un amante mediocre en comparación; pero estaba sola y eso rebasaba sus fuerzas. Al menos su vigilante servía para evitarle sentir que había fracasado hasta en ser atractiva para para alguien más y debía reconocer que lo estimaba un poco.

-Akky, espera.

Él giró hacia ella, que se enredaba en su sábana.

-Ven, quiero darte un beso.

El hombre se desconcertó, pero no rechazó el gesto y se hincó frente a ella para recibirlo.

-¿Quieres pasar la noche?
-Me estabas corriendo.
-Te gusta quedarte conmigo.
-Me fascina.
-Quítate esa ropa y abrázame.

Zooey se percató de que a Akky se le iluminaba el rostro. Por un momento, ella también creyó que sus problemas eran pequeños y se conformó con soñar que aquél episodio se repetiría con mayor frecuencia aunque él leyera más post - its, como el que estaba pegado en el periódico y decía "Reírme con Sandra porque publicaron que Carlota Liukin es su mejor amiga: ¡En la pijamada!.

Para quién conociera bien a Zooey (y ese era Sergei Trankov y nadie más) era bastante claro que ella deseaba enamorarse de su amante.



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