martes, 5 de febrero de 2013

Un instante (Oda a los regalos)


París.

-Aquí está tu pasaporte nuevo, también el celular y un par de guantes para completar tu vestuario.
-¿Por qué los guantes?
-Hay que causar una buena impresión en tu nuevo trabajo.
-¿Qué me consiguieron?
-Se te colocó como niñera.
-Nunca me entrevistaron.
-¿Acaso necesitas contrato?
-No creo contar con experiencia para lidiar con niños.
-¿Estás jugando? Eres madre, ya sabes como se maneja eso.
-¿A quién debo cuidar?
-Buenas noticias. Nada más y nada menos que a Raluca de Mónaco, la niña que debe disimular que no tiene un céntimo y es conocida por ser insoportable.
-¿A quién se le ocurrió ponerme con la realeza?
-No te incumbe. Te esperan en la casa de la avenida George V en unos minutos. Debes llevar estos vestidos y estas cajas.
-¿Perdón?
-Tu primer encargo es conseguir las galas que lucirá la princesita en sus tertulias religiosas.
-Su familia es atea.
-Qué informada ... Pero supimos que Raluca ingresará en un colegio de monjas.
-¿Qué debo hacer?
-Te pidieron ropa de marca de la segunda mano, así que hicimos algo mejor. Re etiquetamos unos vestidos con el sello de los diseñadores que más le gustan a la familia. Apréndelos bien: traje de bautizo es Valentino, comunión de Armani y confirmación de Ungaro. En las cajas vienen las velas y coronas de flores sintéticas que aparentarán ser cortesía de Six Fifth Avenue. La bolsa contiene fresas cubiertas con chocolate que la tienda regala cuando manda cortesías.
-¿Cómo consiguieron todo?
-Tenemos personal en las firmas de moda. Aquí están los certificados de regalo para que no queden dudas. La ropa se te hará conocida.
-¿De dónde salió?
-De las cosas viejas de Carlota.
-¡¿Cómo se atreven?!
-Si Raluca necesita ropa reciclada, aprovecharemos la de tu hija para evitar que la agencia pague esta clase de cosas. Te hacemos un favor, que no se te olvide.
-Pero .. ¡Te pedí que no se metieran con Carlota!
-Con ella, no. Eso no incluye sus pertenencias.
-No pongas de pretexto ese tecnicismo.
-Si desobedeces, las consecuencias no serán amigables.
-Maldito - tomando el "encargo".
-Veo que entiendes rápido, ex amor.
-Vete al infierno de favor.
-Con gusto, sólo cumple tu parte. Lyosha* te llevará a tu destino. Adieu madame.
-Púdrete.
-No olvides tu credencial de la agencia de niñeras.

Gabriela se colgó un gafete negro con amarillo y abordó un auto oscuro. En cuanto emprendió marcha, leyó su igualmente renovado pasaporte y pasó el camino memorizando el nombre que le habían puesto, conteniendo el deseo de hacer una llamada.

-No se preocupe, le tocó un empleo ligero - dijo su chofer - En realidad, la niña no es tan mala.
-¿Qué niña?
-Raluca de Mónaco.
-Ah, cierto.
-¿Le gusta su nueva identidad?
-Me costará acostumbrarme. "Chloé Theroux" suena a un hada. Apresúrese.
-Claro.

La mujer cruzó las piernas y contempló la ciudad por la ventanilla, dándose cuenta de que nunca le parecería bella o grata.

-Llegaremos en dos minutos.
-Qué bueno que no perdemos el tiempo.
-Debería sonreír un poquito.

Gabriela se enojó con la respuesta del chofer, pero al verlo por el espejo del frente, descubrió que se trataba de un joven ingenuo que era igualmente nuevo en el trabajo.

-¿Cuándo te reclutaron?
-Hace un mes.
-Ahora trasladas a una encubierta en París.
-Quería ser un espía; me dijeron que por aquí tengo qué empezar.
-¿La KGB paga bien?
-Tengo servicio médico.

El cielo estaba nublado pero no llovía como en la mañana. Ella intuyó que la tarde sería soleada y el clima se tornaría cálido por las siguientes semanas.

-Ésta es la casa - anunció el hombrecillo al estacionarse frente a la puerta y descender abruptamente -A la agencia no le conviene una multa; disculpe que no le ayude a sostener las cosas, tengo que marcharme rápido.

Con molestia, Gabriela sujetó las bolsas y las cajas antes de ver cómo partía el jovencito. Frente a ella, había una casa cuya reja de entrada estaba abierta y la puerta principal se escondía entre unas enredaderas. Por la mirilla, un sujeto de unos ochenta años ya la observaba y ella pulsó el timbre una vez.

-Buenas tardes.
-Concédame un momento para anunciarla.
-Por supuesto.
-¿Me facilitaría su credencial un momento?
-Ah, bien.
-Entrégueme igualmente su encomienda; como entenderá, debo asegurarme de que no nos llevaremos una desagradable sorpresa.
-Me es comprensible.
-Revisaré.

El hombre cerró la puerta y caminó lentamente hacia una habitación, misma que estaba asegurada con llave. Gabriela permanecía de pie y se preguntaba por qué el anciano tardaría y quiénes estarían dentro.

Naturalmente, el viejo mayordomo realizó un par de llamadas y preparó un poco de té antes de ingresar a una sala en dónde la princesa Virginie realizaba la lectura de una novela. Por el ventanal, comenzaba a apreciarse como el cielo se despejaba.

-La institutriz se ha presentado.

Virginie cerró el libro de golpe.

-Bertrand, tome asiento.
-He traído una bebida para que este frío se pase pronto.
-Gracias.
-Hay algo que no me convence en absoluto con nuestra nueva ayudante.
-Cuénteme ¿Quién es?
-Chloé Theroux. He contactado a la directora de la agencia de cuidadoras para asegurarme de que no se trate de una impostora... Para mi pesar, es una auténtica niñera, egresada en Cuidados Maternos.
-Veremos su instrucción.
-También he visto su atuendo; seguramente consiguió un pantalón Dolce & Gabbana del mercado de pulgas y el bolso es una imitación china de Louis Vuitton que engañaría a muchos ojos expertos. Para guardar las apariencias, parece una mujer adecuada.
-¿Ha traído los vestidos?
-Es lo que más me preocupa, Virginie. Ni siquiera en eso ha fallado un poco. El mismo Emanuel Ungaro acaba de decirme que hizo el traje de confirmación de Raluca. Tenía mis dudas porque los cortes y las telas no son usuales de los modistos que preferimos, pero ha bastado con que madame Theroux se presentara a nombre de la familia para que inclusive el gerente de Six Fifth Avenue alterara su inventario y nos regalara los tocados para las ceremonias. Serviré las fresas en la cena.
-Le solicitamos a la niñera que recurriera a la segunda mano.
-Ha resultado hábil para presentarse en las boutiques de Cambon y conseguir las cortesías.
-Ungaro llevaba años pasándonos por alto.
-Por tratarse de tu hija, decidió hacer la excepción.
-De pronto me ha dado curiosidad esa mujer... ¿Qué edad le estimas?
-El carnet afirma que tiene treinta y nueve años. Yo creo lo mismo.
-¿Ha tenido experiencia en la tutela? ¿Qué averiguaste?
-No es su primer experiencia, pero no me dieron detalles. La directora argumentó que no podía revelarme los nombres de los clientes beneficiados anteriormente.
-Serán gente importante.
-Eso temo. Por el teléfono mencionaron "confidencial en rojo" tres veces.
-Entonces sus antecedentes siempre serán un misterio.
-Desconfíe, Virginie.
-Por favor, Bertrand, hágala pasar.
-Enseguida.

El mayordomo suspiró con pesimismo y se apresuró, lo mejor que pudo, a reencontrarse en la estancia con la nueva empleada.

-Su alteza solicita dejarla pasar.
-Gracias por al anuncio.
-Le recomiendo tomarse las cosas con calma. Ha corrido con asombrosa suerte esta vez. Virginie le aguarda en la terraza. Imagino que usted reconoce la puerta correcta.

Gabriela sonrió para disimular que el anciano le había desagradado y descubrió con curiosidad como en un pasillo con tapiz rojo el anciano había colocado los regalos sobre una mesa y el teléfono estaba descolgado.

-Es un lugar con muchas puertas - pensó. El mayordomo cerró el acceso del pasillo y ella continuó hasta otro portal que daba paso a la sala pequeña y contaba con un enorme ventanal.

-¿Es un día muy tranquilo, verdad? - preguntó la princesa Virginie por saludo - ¿Gusta compartir el té?
-Apetecería una taza.
-Siéntese, por favor.
-Desde luego.
-Disculpe que el mayordomo aún no se haya presentado con usted.
-No lo advertí.
-Se habrá acostumbrado al trato indiferente en alguna parte.
-Las institutrices no solemos ser bien recibidas por los integrantes de una casa.
-¿Ha sabido los motivos?
-Normalmente, las niñeras duramos poco.
-Comprendo.
-¿Podría cometer una indiscreción?
-Usted ha sido requerida por una emergencia ¿Era su pregunta?
-Quisiera conocer las reglas.
-¿Siempre ha sido usted tan rotunda?
-Es la costumbre que deja la inmediatez.
-Me ha comentado el mayordomo que se llama Chloé Theroux.
-Es cierto.
-Hábleme de usted.
-Mis aficiones son la pintura y la música pop.
-¿Pop?
-Para entender a los niños hay que actualizarse.
-Por supuesto, ¿algo más?
-Soy de pocas palabras.
-Noto que se retrae.
-Soy asidua víctima de una gran timidez.
-Tendré que conocerla por sus actos ¿No le incomoda?
-No.
-Mi nombre es Virginie Godrich Chassier Colville Wickham de Montblanc, princesa de Mónaco y  duquesa de Montecarlo.

Gabriela sonrió porque recordó fugazmente que Carlota poseía un nombre igual de largo que además, no le gustaba.

-Necesito una persona que pueda cuidar de Raluca mientras realizo mis actividades en Mónaco.
-Creí que estaría algún familiar con la niña.
-Sería lo ideal pero no es posible. El mayordomo inclusive ha de acompañarme. La familia debe cumplir sus deberes y permitirle a mi hija estudiar con la mínima presión periodística; aunque no le garantizo una tranquilidad plena, Chloé. Somos figuras públicas, procure a Raluca cuando salga y sea tan estricta como se requiera.
-¿He de enseñarle las responsabilidades de una casa?
-De preferencia porque no tendrán servidumbre. El colegio inicia en unas semanas y la matrícula está hecha. Contará con dinero cuando se necesite en caso de emergencias y una cantidad mensual para gastos corrientes. No puedo revelarle el monto ahora.
-Me parece bien.
-Usted es tan fría ...

Gabriela levantó ligeramente la ceja, aunque no optó por hacer algo que revirtiera la impresión de inexpresividad que había dado a Virginie.

-¿Gusta conocer a Raluca y comenzar a familiarizarse con ella?
-Sería lo adecuado.
-Sígame, ella ha pasado algunas horas en el jardín jugando al té.

La princesa condujo a la aún desconocida a través de otra puerta oculta hasta una especie de patio decorado con enredaderas y varias macetas. Al centro, una niña acomodaba "una tropa" de peluches alrededor de una tetera de plástico y unas tazas rosas. Un poco más a la derecha, había un balón de fútbol y una cuerda.

-Raluca, vengo a presentarte a tu nueva tutora.

La pequeña colocó una servilleta en el regazo de un conejo de tela y se levantó inmediatamente.

-Le molesta ser interrumpida cuando juega - confió Virginie a Gabriela. Esta última se aproximó a la chiquilla.

-Me llamo Chloé, me da gusto conocerte.
-Raluca... Usted habla como si fuera mi mamá.
-Ah.. ¿Perdón?
-Me levanto a las nueve de la mañana, desayuno cereal de estrellitas media hora después y mi comida es a las cinco en el restaurante Ivorie.
-Memorizado... ¿El cereal es marca "Stars charms"?
-¿Cómo sabe?
-Es el favorito de muchas chiquitas.
-Cada semana compro tres cajas.
-¡Qué coincidencia! Yo hacía lo mismo cuando ... Iremos al supermercado pronto.
-Tambien me gusta jugar a las muñecas y cada domingo voy por un helado.
-Lo haremos.

Raluca se quedó de pie, dando a entender que le urgía estar sola. Virginie captó enseguida.

-Acompáñeme, Chloé. Le mostraré su habitación.
-Nos veremos, niña. Con tu permiso.

Gabriela caminaba como si sus pies fueran de plomo, intentando meterse en la cabeza que su nombre era otro. Aunque la casa era elegante, no le gustaba la atmósfera controladora de la misma y algo le hacía presentir que era urgente que Bertrand, el mayordomo, se marchara pronto.

-Me disculpo por tener esta casa tan poco práctica, pero ojalá usted entienda que es por seguridad.
-No lo había notado, princesa - mintió Gabriela.
-Preferiría que me llamara Virginie, así evitamos problemas.
-Ignoraré el protocolo como ha sugerido.

Ambas se dirigieron a la terraza y un poco después, Virginie abrió una puerta que yacía al lado izquierdo del ventanal.

-Su dormitorio está lejos de las habitaciones principales, pero Raluca ocupa el cuarto de al lado.
-Eso hará más fácil atenderla.
-Sólo abra la puerta roja para ir con ella. Tome en cuenta que es una niña muy sensible y podría ponerse a gritar o enfadarse mucho.
-No se preocupe, sabré cómo resolverlo. Un poco de lectura cada noche y arroparla de vez en cuando le harán bien.
-Si a usted le funciona, yo lo apruebo.
-Por favor, expréseme sus dudas.
-Escuche, Chloé: No meta a ningún hombre a la casa o amistades, de lo contrario, será despedida inmediatamente.
-Estoy de acuerdo, a mí tampoco me gustaría que mi hija estuviera rodeada de gente que no conoce.
-¿Usted es madre?
-No, pero si tuviera una familia, también pediría lo mismo.
-Supongo que más tarde conversaremos sobre otras reglas y la disciplina. Vendré a buscarla en la cena. Bertrand traerá su equipaje en unos minutos. Descanse.

Virginie abandonó la habitación y Gabriela permaneció frente a su propia ventana, observando como iniciaba una lluvia y a Raluca jugando en el pasto mientras el mayordomo trataba de convencerla de ingresar a la casa. Después miró su teléfono, mismo que poco después comenzó a sonar.

-Dime.
-¿Ya te instalaste?
-Sí ¿Ahora qué?
-Espera instrucciones. Nos vemos en Trocadero el domingo, adiós.

Gabriela colgó, pero leyó la hora en la pantalla de su celular y sabiendo que nadie rastreaba sus llamadas aún, aprovechó el momento y marcó impulsivamente el número nuevo de Carlota, mismo que había obtenido en respuesta a un mensaje que envió a Tamara, en el cual le pidió comprarle a la niña un teléfono.

-Contesta, por favor .... ¿Por qué tardas tanto?

Lógicamente, sólo quería asegurarse de que se hallaba bien.


Hammersmith.

Carlota y Joubert habían ido por un bote de palomitas en la cafetería del centro de convenciones y cuando aguardaban en la fila, ell sintió como su móvil vibraba. Con prisa porque no lo encontraba, terminó tirando sus pertenencias y levantando el aparato, suplicando que aún sirviera.

-¿Hola? ¿¡Hola!?  ... ¿Quién llama? ... ¿Es una broma? ... Bueno, al menos no es el mudo porque ya hubiera colgado ... A lo mejor se marcó sin querer ¿Me escucha? Me llamó por accidente, espero que no gaste todo su saldo.
-Disculpe - pronunció una graciosa voz aflautada - No volverá a ocurrir, gracias por avisarme.
-De nada.
-Es un celular nuevo, todavía no sé bien cómo usarlo, gracias otra vez.
-No fue nada
-Adiós.

La joven Liukin oprimió el botón para concluir la conversación.

-¿Quién era?
-No sé, pero marcó por error.
-Qué bueno que no fue un loco.
-¡Perdimos el turno!
-No importa. Nos formamos otra vez. Te ayudo con el bolso.
-Eres muy lindo, Joubert. Gracias.

Al otro lado del auricular, Gabriela suspiró aliviada. Al menos sabía cómo localizar a Carlota temporalmente, tomando en cuenta que la niña solía extraviar el móvil cada cuatro o cinco meses.

*Lyosha es el apelativo de Alexei en ruso.

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