martes, 11 de junio de 2013

El primer día con Judy (Gwendal, te amo. Cuento breve)

Febrero, 2000.

-¿Cuál es tu nombre?
-Judy.
-¿Libro favorito?
-"El camafeo de la niña muerta"
-Qué buen gusto ¿Cuándo comenzaste a leerme?
-Hace seis años encontré la primera novela en un bote de basura.
-Es la forma más original en la que me han descubierto.
-Por favor, no me tome el pelo.
-¿Por qué mentiría?
-Oh, es lógico: mientras yo me dedico a ser su admiradora, usted es Jean Becaud y puede decir lo que sea para hacerme sentir especial aunque no sepa ni de dónde salí.
-¿Y si hablara en serio?
-No lo creo.

Jean sonrió ante la joven y le concedió la razón, pero sostuvo su mano.

-¿Nos tomamos una foto?
-¡¿En serio?! ¡Claro que sí! Gracias, señor Becaud.
-Oye, no estoy casado o algo así, aún no puedo ser un señor.
-Cierto, je, es que siento como si estuviera enfrente de una estrella mundial, usted es muy importante para mí.
-¿Por qué?
-¡He crecido leyendo sus libros!
-¿Todos?
-Hasta el manuscrito de "Alondra de Londres".
-¿Lo traes?
-¡Tengo todo!
-Entonces te voy a dar más autógrafos.

Cuando Judy abrazó a Jean en agradecimiento, éste último intuyó de que estaba frente a una jovencita impresionable y dócil, con quién era poco complicado conseguir lo que fuera si se le trataba pacientemente y con delicadeza. Él no ansiaba pasar el día solo.

-¿Sabes? Te ves hermosa.
-Ah ... Me ruboriza.
-Lo siento si fui muy brusco.
-No, no ...
-Es que acabas de inspirarme para un poema.
-Yo ..
-Sólo las personas realmente interesantes pueden provocar algo así.

Judy abrió un poco más los ojos y contempló a Jean escribiendo en un papelito cuatro frases que se antojaban románticas o desoladoras, creyendo apenas que eran dedicadas para ella. El hombre por su parte se limitó a terminar su texto y dobló el papel, entregándoselo.

-Léelo más tarde y guárdalo bien, es un texto inédito y único.
-Me halaga.
-¿Te gustaría ir .... ?

La joven sonrió y Jean se percató de un detalle: Si invitaba a comer a la desconocida, la asustaría; lo mismo pasaría de proponerle ir por un helado. Ella era tan tímida que apenas hablaba con él.

-¿Te parece bien si caminamos un poco?
-¿En serio?
-Podrías decirme cuánto te gustan mis novelas, darme sugerencias o permitirme acompañarte unos minutos más.
-Me .. Me encantaría - señaló Judy entusiasta - pero debo ir a clases.
-Entiendo.
-De todas maneras me siento feliz por recibir una invitación suya.
-Supongo que podremos salir algún día, tomaríamos un café.
-Estaría bien.

Judy sonrió, escéptica. Los ídolos rara vez o nunca se acordaban de nadie y a Jean Becaud le sobraban las fanáticas.

-¿Si te invitara después de tus clases, aceptarías?
-No tendría fuerza para decir que no - confesó ella - pero tengo varios pendientes. Tal vez en otra ocasión.
-De acuerdo, te contactaría la próxima ocasión que visite París.
-¿Cuándo se va?
-Mañana. De todas formas, creo que eres hermosa, Judy.

A ella se le delataron las pupilas inmediatamente y humedeció sus labios. Él supo en aquél instante que si insistía en buscarla, la chica pasaría la tarde con él.

-¿Podría verte antes de irme? Me conformaría con un par de minutos.
-Mi clase dura poco, búsqueme en el aula cuatro. Salgo a las dos.

Jean asentó y miró a la muchacha marcharse deprisa pero emocionada. Era una conquista segura, pero la examinó un poco más mientras abandonaba el auditorio:

Judy vestía unos jeans azul claro bastante gastados y unos mocasines de igual color que delataban uso frecuente, su blusa y su suéter rojo eran nuevos, el cabello estaba cuidadosamente cepillado y sobre los labios había un sutil color rosado. Él arribó a la conclusión de que la chica se había arreglado un poco más de lo acostumbrado.

Por otro lado, ella iba por el pasillo con una enorme sonrisa y al entrar a su salón con insólito retraso, sus compañeros se preguntaron qué le sucedía. Era evidente que Judy no se concentraba y su profesor se abstuvo de dirigirle la palabra, dejándola tomar asiento y mirándola suspirar una y otra vez.

-Ha sido un día muy bonito - pensaba ella - al menos conocí a Jean Becaud.

Pero desconfiaba de la invitación del escritor por ser un impulso del momento, así que intentaba no hacerse ilusiones aunque fuera tentador. Judy sentía las mejillas encendidas y dibujaba florecillas en su cuaderno. Cuando levantaba la vista hacia el pizarrón, sonreía aún más, desconcertando a su maestro.

-¿Se siente bien, Judy?
-Eh .. No me haga caso, continúe el tema.
-Lo del corazón debe quedarse fuera del aula. Dígale a su amigo que no la distraiga.
-Yo no tengo amigos.
-La próxima vez la retiraré de la lección.
-Bien.
-Y lo mismo va para los demás.

Judy asentó y se dedicó a mirar sus trazos, ignorando la irritación de sus compañeras. Hasta las manecillas del reloj se escuchaban con claridad y se aceleraban, agitando aún más el corazón de la joven que en los últimos minutos contemplaba la puerta, imaginando que Jean Becaud le había contado una mentira piadosa y jamás volvería a verlo. En un gesto de ingenuidad, la joven fabricó una flor de papel y la colocó arriba de su oreja izquierda, comprobando que se vería mejor si soltaba su cabello. Al retirar su broche, los chicos de su clase quedaron embelesados, especialmente Javier Liukin, el alumno de intercambio. El sol hacía su parte al reflejarse en la mirada verde de Judy y el viento que se colaba por la ventana esparcía su perfume dulce.

-Vayan a casa, no olviden entregar sus ensayos la próxima sesión - pronunció el profesor al percatarse que nadie le prestaba atención y antes de que Javier se acercara a Judy usando como pretexto la tarea, llamó a esta última, queriendo averiguar el por qué de su actitud.

-¿Podría saber qué le ocurre?
-Nada especial, sólo fui a una conferencia y llegué tarde a su lección; lo siento mucho, no volverá a pasar.
-¿Asistió al evento de Jean Becaud?
-¡Por supuesto!
-Lo figuraba. He estado en las pláticas de ese escritor y suele gustarle a las jovencitas.
-¿Qué quiere decirme?
-Espero que no se haya dejado asombrar. Nunca le haga caso al canto de las sirenas .. o los tritones como este caso.
-Seguramente él ya no me recuerda. Lo veré luego, profesor.
-Igualmente Judy y no olvide su ensayo.

Ella negó con la cabeza y se dirigió a la salida. Sus manos temblaban y sentía que su voz se quebraría en cualquier segundo. Temía abrir y darse cuenta de que Jean no estaba, pero pronto comprobó que le asustaba más que él realmente le hubiese buscado. Vacilando giró la perilla.

-La clase terminó temprano - pronunció Jean Becaud. El sol parecía realzar la figura de ese hombre y con incredulidad, Judy se acercó más sonriente que antes.

-Eres hermosa.
-Gracias.
-Creo que nunca estuve frente a una mujer que no pareciera darse cuenta de cuán impactante es.
-Soy demasiado normal.
-No para mí.
-Señor Becaud, no entiendo qué me quiere decir.
-Que eres la chica más singular que he visto en mi vida.

Judy trataba de no dejarse llevar por las adulaciones de Becaud. Él no dejaba de ser un desconocido y comenzaba a resistirse a creer en su sinceridad.

-Sólo deseo dar una caminata, quizá tomar algo.
-Me temo que debo decir que no.
-¿Puedo saber el motivo?
-La escuela me absorbe mucho y no he terminado mis pendientes. De todas formas agradezco su atención, señor Becaud.

Judy bajó ligeramente la cabeza y extendió su mano para despedirse. Jean le devolvió el gesto con cierto desaliento y ella giró a su derecha para marcharse, aunque le daban ganas de quedarse unos momentos y decirle a su ídolo que conocerlo había sido increíble.

-¡Javi! - gritó ella repentinamente y alcanzó al chico que ya planeaba junto a otros compañeros una serie de reuniones para preparar sus respectivos ensayos y presentar algunas exposiciones para sacar mejores notas.

-Hola, Judy.
-Hola, quería saber si ya tienes el grupo de estudio para el trabajo final.
-Creí que ya habiáis decidido entregar algo por tu cuenta.
-Al principio, pero no sé de qué escribir.
-Menudo embrollo, nosotros tampoco tenemos idea pero yo te colaboro en lo que sea.
-Gracias ¿Cuándo empezamos?
-Esta tarde en un café de Le Marais, si quieres te llamo para confirmar.

Judy sacó un papelito y después de anotar su numero telefónico lo entregó a Javier. El chico sonrió de inmediato.

-Vale, te marco pronto.
-Nos vemos, Javi.
-No te arrepentirás, te quedará un buen rollo. Adiós.

Ella agitó un poco su mano y volteó enseguida hacia atrás, descubriendo que Jean Becaud continuaba de pie en el pasillo y la observaba mientras Javier Luikin intentaba despedirse con un beso en la mejilla.

Judy habría deseado darle a Jean aquella notita con su número. Él se conformó con mirarla de lejos e irse, pensando que no volvería a encontrarla.

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