martes, 17 de diciembre de 2013

El relato de Carlota y Sergei (La sonata del hielo)



Joyeux Anniversaire, Fabian Bourzat! 


Las luces de Hammersmith lucían opacas y Carlota Liukin las contemplaba desde el vehículo que la trasladaba al aeropuerto mientras más se hundía en su asiento y pensaba que su estadía había sido extraña y no pretendía averiguar qué sucedería después. A su alrededor nadie hablaba y le parecía fantástico que así fuera porque podía leer toda clase de letreros en cada esquina gracias a los deficientes semáforos que marcaban el rojo con desesperante frecuencia.

-Llegaremos mañana - comentó en mala broma para sí misma pero se equivocó al creer que nadie la había escuchado: Sergei Trankov, que viajaba en la parte de atrás, volteó a verla y Carlota acabó concentrándose en el reflejo de él, recordando la tarde en que lo encontró con un traje rojo y esa camisa abotonada que hasta la fecha resultaba la más elegante que hubiese visto. Él en cambio, tenía en mente a la Carlota real, la que lo hacia reír a diario con sus caprichos y berrinches, así como por su insólitamente complicada vida amorosa.

Sergei Trankov se interrogaba el por qué una chica de trece años había experimentado un primer amor por un hombre mayor a treinta y después el por qué esa misma niña ahora tenía un novio que parecía de adorno a últimas fechas. A lo mejor el mundo había cambiado tanto que ahora resultaba normal que alguien de la edad de Carlota Liukin se enamorara. Trankov deseó culpar a las telenovelas, a las revistas, a los illuminati y a la políticas públicas por ese caos, pero Carlota atravesaba por una época dura, en la que renunciar a su niñez era una cuestión drástica y no paulatina, orillándola a tomar de la mano a su chico y al mismo tiempo jugar con muñecas. 
Tranvkov entonces, supo que esa era la razón de su animadversión hacia ella.

Al exterior, el viento soplaba fuertemente. El servicio meteorológico de Hammersmith anunciaba por radio que un temporal comenzaría en dos noches y que los servicios aéreos se suspenderían al día siguiente por la tarde. Carlota decidió revisar su boleto para constatar que no sufriría otro retraso y el alivio la recorrió al saber que su vuelo sería temprano. Como el aeropuerto aún era lejano, prefirió cerrar los ojos aunque no pudo dormir. No quería soñar con historias imposibles, mucho menos a hallar a Sergei Trankov en su propio mundo. El insomnio forzado era un remanso endeble y no tardó en saber que el propio Sergei intentaba la misma táctica para no encontrarse con ella en ese paisaje onírico que sólo ellos conocían. Carlota pidió que sucediera algo que la hiciera llegar a su destino y así poder tener en mente otra cosa, pero ni el cielo escuchó. Así transcurrió una hora, luego otra y al final, otra más. Una llovizna insignificante recibió a la chiquilla al descender del vehículo y el viento empujado por un ventilador hizo lo propio en una sala de espera gigantesca, con unos ventanales limpios y la vista de una pista de aterrizaje semi desierta. Carlota eligió sentarse en un escalón cercano a las butacas, apartada de quienes la acompañaban. Percibía murmullos, nada extraño, pero fracasó en su afán solitario.

Sergei Trankov se situó junto a ella cuando consideró que tenía que hablarle. 
"La gente aquí no se atreve a preguntar qué te ocurre", afirmaba y Carlota alzaba la ceja con resignación.

-¿Pizza y té?
-¿Para mí?
-Te traje una rebanada, has de tener un poco de hambre.
-Gracias, Sergei.
-Qué irónico ¿no crees? Las guías turísticas de Hammersmith recomiendan comer en los restaurantes de este lugar, como si lo mejor lo dieran al final para compensar lo mal que la pasamos.
-Aquí todo es insípido.
-Es una ciudad de paso, les urge que todos se vayan.
-¿Y tú tienes prisa?

Sergei puso cara de sorpresa ante semejante pregunta y contestó:

-¿Tú no?

Carlota se limitó a tomar el té y posar su mirada al frente.

-Finges la indiferencia de tal manera que parece verdadera.
-No te estoy haciendo caso, Sergei.
-No me contestarías.
-No quiero hablar contigo.
-¿Me crees tan ingenuo? Sé que te mueres por decirme algo.
-¿Morirme? Qué chocante eres.
-No me odies por no tratarte como princesa.
-Sería más que el colmo, no lo mereces. Si dependiera de mí, ni el saludo nos dábamos.

Sergei Trankov lanzó la carcajada de inmediato y Carlota se contagió de ello. 

-Sabía que no te soy tan detestable.
-Te caigo mal de igual manera. Es diferente en sueños.
-¿Será por qué no te portas igual en ellos?
-O porque ahí no soy una chiquilla inmadura.

Trankov reflexionó un momento: Carlota tenía razón. Era en esos lugares inconscientes donde ella se transformaba en una mujer coherente, pero en la vida real le dolía ser la jovencita a la que faltaba un gran tramo para entender que hiciera lo que hiciera, le había tocado vivir un tiempo diferente.

-¿Cuándo te diste cuenta?
-¿De qué?
-De que te sueñas mayor para ser "libre", según tú.
-Esta vez no te entiendo, Sergei.
-¿Cuándo supiste que estabas en problemas de edad, otra vez?
-Eso no ha pasado.
-¿Negarás lo que sientes?
-Trankov, no es lo mismo soñar con que no eres un idiota que tenerte enfrente de mí y soportar una charla sin sentido.
-¿No te interesa saber mi opinión?
-Si la quisiera, te preguntaba.
-¿La estrategia ahora es ahogarte en un sentimiento que no existe?
-Te he dicho que no ameritas mi
odio, me ofende que pienses que me provocas algo.
-Qué mala eres ¿Te ofende admitir que te enamoraste de mí?
-¿Qué....? 
-¿Cuándo lo descubriste? 
-Trankov, sí te odio.
-¿Esa es tu evasiva? 
-Aplaudo tu maravillosa imaginación pero si estuviera "enamorada" te trataría con cariño.
-Eso es lo que haces.
-Obvio no.
-Siempre te preocupa que me pueda ocurrir. 
-No significa nada.
-Significa todo... En tus sueños.

Carlota estrechó la mano de Trankov casi por instinto, él se soltó enseguida.

-Me gusta soñar con el hielo, con dar vueltas y correr por la montaña contigo. Ahí no eres patético.
-Pero no soy de carne y hueso.
-Hasta que despierto.
-No te puede agradar alguien como yo.
-¿Estoy mal?
-Carlota, tienes trece años y yo veinticinco.
-Lo sé.
-Lo increíble es que te volvió a pasar.
-Enamorada de un tipo mucho más grande, de nuevo.
-¿No te enamoraste del Sergei Trankov de tus sueños, cierto?
-Fue de ti, del real... Diablos.
-Y es reciente.
-¿Cómo lo notaste?
-Sonríes cada que me miras, suspiras cuando crees que no te veo y colocas tu mano derecha para sentir tus latidos.
-No me pasaba antes, Sergei.
-Carlota, sabes que mi respuesta es no.
-Porque soy pequeña.
-Porque a tu edad deberías estar disfrutando tus últimos juguetes.
-¿Por qué me tocó ser una niña ahora?
-¿Por qué no lo aceptas? 
-Porque en mis sueños todo es más fácil.
-¿En serio?
-El Sergei Trankov de mis sueños no me fastidia recordándome que algo pasa conmigo. Nunca he querido pensar por qué amo a alguien como tú si eres imposible de alcanzar. Ni siquiera sé por qué hablo y hablo de esta forma. Hace un año me hubiese muerto de vergüenza si te enterabas de lo que siento por ti y hoy ... Dentro de unos minutos volverás a serme vomitivo y yo te seré más molesta que antes, posiblemente me colgaré del brazo de mi novio para sacarte de quicio y soportaré tus comentarios más estúpidos para estar en paz. Mejor preocúpate cuando tengamos que cerrar los ojos y nos encontremos en nuestros sueños porque en ellos no soy una chica de trece años deseando tomar tu mano y guiñarte un ojo.
-Carlota Liukin, los sueños terminarán. 
-No ahora.

Sergei respiró profundamente, buscando las palabras más honestas que aquella niña pudiese recibir de su parte. Muy en el fondo la apreciaba, quizás poco, pero entendía que la Carlota onírica era completente distinta a la que se hallaba enfrente de él y entendería que él tomaba su distancia.

-Tarde o temprano, no volverás a verme. 
-Eso es falso.
-No seguiré observándote danzar o lanzándome nieve en sueños y en la vida real también deberé irme, pero me hace feliz creer que esto te servirá de algo y vivirás mejor. Lamento no ser tu príncipe, Carlota Liukin.

La niña fue incapaz de replicar cualquier cosa aunque no estaba decepcionada ni triste, sobremanera porque la reacción de Sergei Trankov era predecible desde el comienzo. Ella, sin embargo, no estaba segura de que lo mismo ocurriría en los sueños de ambos, donde él mantenía la promesa de regresar y amarla: Él no recordaba que en aquél mundo, Carlota tenía veintiún años.

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