jueves, 2 de enero de 2014

La casa desolada ("La sonata del hielo". Fin de la serie)



Hammersmith, 3:50 am.

Viktoriya Maizuradze estaba cansada de permanecer sentada y se le ocurrió recorrer los aparadores de los locales comerciales duty - free que colmaban la sala de espera al tiempo que constataba como Sergei Trankov tocaba el cristal de una joyería con ambas manos y por lo visto, llevaba bastante ahí, pretendiendo alejarse de una Carlota Liukin que presumía entretenida un presente "diseñado personalmente" por Lavinia Watson con tal de que el grupo se rindiera ante ella nuevamente.

-¿Interrumpo?
-Ah, Vika eres tú. No, no interrumpes.
-Menos mal ¿Qué haces? Aparte de ver, claro.
-Elijo una piedra.
-¿Darás un obsequio?
-Me gusta ver diamantes en los escaparates.
-Y una pensando que los hombres son iguales.
-¿A qué viene el comentario?
-Los hombres se paran en las joyerías para comprar anillos de compromiso, no porque les atraigan las mercancías.
-Me complace anunciar que hoy conociste a un tipo al que le agradan los brillantes.
-¿Y por qué estás escogiendo?
-Es por alguien.
-¿Quién?

Sergei no escuchó la pregunta y continuó viendo piedras con fascinación, comparándolas, estimando quilatajes, calculando costos y descartando aquellas cuyos acabados no fuesen óptimos o su tamaño fuese insuficiente.

-¿A quién le darás un diamante? - interrogó Viktoriya con mayor inquietud pero el guerrillero no le atendió. Molesta, ella se cruzó de brazos y repitió enérgicamente:

-¡A quién le darás un diamante!
-Eh ¿Dijiste algo?
-Quería saber a quien le comprarás una cosa de estas.
-Ah claro, una disculpa por no atenderte, es que entre tantos brillantes no sé cuál es el mejor.
-No me has contestado.
-¡Ese diamante rosa es perfecto! En cuanto abran pediré que lo preparen.
-¡Sergei!
-¿Qué?
-¿A quién piensas regalárselo?
-Ah... Carlota Liukin ¿por qué?

Viktoriya experimentó extrañeza y volteó rápidamente a ver a aquella niña que alardeaba y atraía las miradas de asombro de las chicas en particular.

-¿Para qué te tomas la molestia si ella no necesita más cosas?
-Carlota Liukin es la primera que me inspira comprarle joyas... No preguntes.
-Sergei, nadie compite contra "Lavinia Watson"
-Excepto ese diamante rosa. ¿Crees que le guste?
-Mejor dámelo.
-No, para ti estaría mejor algo más discreto como el pequeño brillante de allá ¿no te parece?

Viktoriya sacudió la cabeza y prefirió dejar a Sergei atrás, topándose luego con una tienda que atrapó su mirada. 

-"Mejor la sigo" - pensó el rebelde y con resistencia, dejó de lado su plan de ver más piedras preciosas, estimando que no tardaría mucho en volver. 

-¿Qué crees? Amo las muñecas - confesó Vika a un Sergei que a primera vista no les hallaba algo especial - Algunas son muy caras, por eso soy afortunada con la tengo.
-¿Sólo tienes una?
-Las de porcelana siempre aumentan su precio, por si te interesa darle algo costoso a Carlota.
-Ja ja, debería hacerte caso pero ella me detestaría de verdad.
-Ni se nota que ustedes dos no se quieren.
-Es divertido.
-¿Por qué buscas regalarle una piedrota del tamaño de mis malos pensamientos?
-Carlota es hermosa.

Viktoriya separó los labios un poco y abrió más los ojos, sorprendida.

-He aprendido que la belleza es peligrosa - dijo él - pero ¿qué voy a hacer? Carlota Liukin hace que cualquier alhaja rara o joya falsa luzca bien, pero las reales se le ven mejor.
-¿No la usarás de modelo?
-Jamás, es solo que he aprendido a regalar. Es mentira que todas las mujeres sean amigas de los diamantes.
-¿Carlota lo es?
-No, pero darle otra cosa es subestimarla.
-¿Por?
-Carlota no ha sido educada para ser una eterna clasemediera y dentro de poco, lo que le den perderá su valor. Este es el momento de obsequiarle lo que sea para que ella lo recuerde bien y sé que conservaría el diamante rosa con tal de pensar que me odia.

Sergei sonrió porque aquello le causaba gracia. El desagrado de Carlota con él era comparable a cualquiera de sus berrinches.

-Entonces no le des una joya.
-¿Qué sugieres?
-Aventarle una pelota de papel para que te odie con ganas.
-Sería un lujo para ella. Quiero que Carlota me recuerde por desconcertarla en lugar de irritarla. Es posible que no le vea pronto.

Vika pretendía no comprender algo que parecía contradictorio, pero preguntó qué clase de regalos eran adecuados para ella y sus amigas, que con sus risitas quebrantaban el sonido murmurante del viento.

-Con Zamo no hay que pensarlo mucho, unas flores la hacen feliz.
-¿Vera?
-¿Nunca le has regalado algo hecho por ti misma? Un brazalete de listón con cuentas de plástico azules le encantaría.
-¿Pavlova?
-Casi lo mismo aunque mejor usa esferas de madera.
-¿Khorkina?
-Uy... Quedarías bien con algo muy útil. ¿Un teléfono quizás? Una agenda o una funda. No experimentes, la queen es difícil de complacer y un regalo afectivo le disgustará.
-¿Cómo sabes tanto?
-Las mujeres dejan pistas.
-¿No leerás la mente?
-Touché.
-Sí, claro... ¿Y a mí? ¿Qué es lo mejor?

El guerrillero la vio con seriedad.

-Un diario, hojas de papel, plumas de tinta resistente al agua, cuadernos de pasta dura, post-its, una nota diaria avisándote que te compraron café y una goma de borrar para que la uses de decoración en tu escritorio.
-¿En serio?
-Para externar lo que no dices.

Viktoriya se preguntó de donde había salido Sergei Trankov y porque adivinaba lo que ella quería con tal precisión.

-¿Mi padre te ha dicho como soy?
-Más bien poco, no somos amigos. 
-Lo son pero no se dan cuenta.
-A tu padre no le es grato simpatizar con quien vive fuera de la ley y hace bien.
-Eres la primera persona con la que convive en mucho tiempo.
-Lo suponía.
-Mi padre es solitario, si no te estimara no estarías conmigo.

Para Sergei era evidente: Viktoriya Maizuradze era muy expresiva. Sus ojos, sus pómulos y hasta su figura eran la extensión cabal de una personalidad delicada pero no se podía engañar a esa joven fácilmente. Cuando ella volvió a la contemplación de las muñecas, él supo que aquella fijación provenía de las ausencias del teniente Maizuradze y la sensación de que las cosas iban mal.

-¿Qué muñeca te gusta?
-Ninguna más que otra. Desearía llevarlas a casa.
-No te alcanzaría el dinero.
-Si por mi fuera, todas las muñecas de porcelana del mundo me pertenecerían. De verdad las amo, me encantaría armar una colección y ordenar cualquiera que viese. Pero tengo una y esa es la más bella del mundo.
-Toda niña escoge a su favorita.
-Yo no porque nunca he tenido más. El otro día vi un catálogo y ¿sabes de qué me enteré? Mi muñeca es del '76, pieza única y es el modelo deportivo "Nadia". El precio original era de 500€ y cuando papá la adquirió costó el doble, luego el precio se disparó y ahora cuesta más de 30.000. Muchos me han preguntado si la venderé y han intentado robarla pero es más resistente que las de este local que son frágiles y se matan por ellas en lugar de entregarlas a niñas que les darían un mejor uso. El valor no está en el objeto, está en el significado. Mi muñeca es especial porque mi padre me la dio y cuando muera será lo que me quede de él y ese funeral podría ser en poco tiempo. Si él me regalara otra muñeca, me rompería el corazón porque he temido que eso signifique que se irá para siempre.

Sergei guardó silencio y pensó que después de todo, el teniente Maizuradze tenía suficiente suerte de su lado como para no contar con dinero para costear una muñeca ni en bazares de viejas cosas. Viktoriya de cualquier modo tenía en su poder una canasta con productos de belleza y ese obsequio lucía mejor hecho.

-¿Mi padre te ha dicho a qué guerra se irá? 
-Él vino a verte.
-Ha querido ocultarme lo de su asignación pero vi su boleto y su vuelo es directo a Moscú mientras yo haré una escala en París.
-No ¿de qué hablas?
-¿Dejarías de hacerte tonto, por favor? 
-Es que no hay nada que explicar.
-¿Es Afganistán, China? ¿Los Balcanes?
-¿Qué? Espera, ya te contesté que él te visita.
-Tampoco te dijo.
-A decir verdad, no sé.

La joven se aproximó un poco más al aparador.

-A cada guerra que inventan, mandan por él.
-No creas en eso.
-La última vez estuvo en Novosibirsk y de milagro no lo mataron.
-Si él estuviera en misión, te habría dicho.
-No tiene que confesármelo, con el uniforme basta. Es el que lleva en el campo.
-¿No es un traje de oficina?
-Mi padre es muy importante para el ejército, le han pedido ir elegante a todos lados, así pise fango.

A Viktoriya se le humedecían los ojos.

-Esta semana ha sido una pesadilla.
-Ninguna noche es tan mala.
-Solo tengo a mis compañeras y ellas sufren igual. El hermano de Vera fue enviado a Georgia y ella lo acompañará, Zamo debe reportarse en su base en cuanto regresemos, Sveta tiene que ir a un entrenamiento obligatorio y Anna espera por los resultados de la evaluación militar para saber si la liberarán del servicio y si no, se trasladará a un frente. A dondequiera que voltee, mi familia se va a separar y los satélites no se quedan atrás. Ni siquiera el amigo nuevo está lejos de las armas ¿y qué lugar ocuparán todos si esto termina? ¿Leíste el periódico? Si en esta ciudad escriben que el equipo ruso de gimnasia regresará a su país y se dedicarán a servirle a la milicia ¿qué no dirán en RIA Novosti? Se les olvida que somos cinco chicas que no serán ni un equipo si fuéramos a estar juntas en un año o dos. ¿Mi padre? Otra vez me tragaré la angustia aunque a diario él llamara ¿Qué hay de ti? Solo con imaginar que tu futuro es incierto y que te van a clavar un cuchillo o meterte una bala por andar de revolucionario ya puedo deducir con los demás. Ninguno será el mismo o la misma y se acabó, destruyeron mi casa o más bien, le dieron martillazos a los escombros.
-¿Y si al volver a verte, decidimos construirte una casa más grande? 

Viktoriya miró a Sergei y giró sobre sus pasos para llegar a su butaca. Perdería a sus compañeras y su padre se transformaría en el teniente Maizuradze de tiempo completo sin dejar margen para que ella lo reconociera de nuevo. Asimilaba apenas que acababan de transcurrir los días más felices de su vida, con todo y lágrimas. De la competencia fallida por equipos, de la angustia en las finales y de su propio éxito quedaban cenizas ya. Abrazando su muñeca como el más preciado tesoro, Viktoriya deseó que se cumpliera lo de la nueva casa, de una vez por todas y sin más dolor que el de sentir que su padre se moría en vida.


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