lunes, 13 de enero de 2014

El día en el espejo



Tell no tales:

Bérenice Mukhin halló a Anton Maizuradze en la calle Nathalie mientras este continuaba recostado en el suelo. Al lado de él, Edwin Bonheur intentaba auxiliarlo porque el chico se había raspado la cara y tenía una herida en la boca.

-¿Estaba contigo?
-Se puso a gritar y corrió y corrió, creo que alucinó.
-¿En dónde estaban?
-En un restaurante. 
-¿Se alocó?
-Dijo que me estaba convirtiendo en estatua, vio a una niña vestida de rojo que la verdad no existe y se fue con su mochila, todo raro ¿se sentirá bien?
-Bérenice, voy a levantarlo, dame una mano.

La chica reaccionó sin aspavientos y le sonrió a Edwin, que impresionado veía como el vestido de ella la traicionaba al reclinarse, permitiendo contemplar una especie de escote.

-Asunto arreglado ¿cómo estás, Anton?
-Pues el ánimo me ha mejorado y se me quitó el dolor.
-Me asustaste.
-Perdón, mujer, uno no planea tener un ataque y desmayarse en la calle.
-La buena noticia es que te lastimaste poquito.
-También que Edwin no me dejaría morir en la vía pública, es un buen amigo.
-Un gran chico merece una recompensa.
-¿Qué le vas a dar?
-Estoy pensando.

Edwin pasó saliva y Bérenice asumió que había cumplido con el agradecimiento anticipadamente, puesto que él no dejaba de contemplar su busto.

-No vuelvas a mirarme de más - sugirió ella y dio la media vuelta. Anton se aproximó solo para agradecerle el haberlo buscado.

-De nada, pequeñín. ¿Estás seguro de que no te sientes mal?
-A cualquiera le pasa, de seguro tragué una mirruña de ácido en una galleta loca.
-¿Perdón, qué?
-Nada, tal vez me deshidraté y por eso ando pensando en drogas.
-Entonces vamos a buscar agua y me acompañas a la calle Göetze si quieres porque tengo que ver a los Liukin y se me va a hacer tarde.
-¿Göetze? Yo iba para allá - intervino Edwin.
-¿Para qué?
-Tú sabes... Bérenice...

Ella bajó la mirada y suspiró profundamente, Edwin hizo lo mismo.

-Como que salgo sobrando - declaró Anton - Iré a que me atiendan por allá.
-¡No! - gritaron los dos.
-Pónganse de acuerdo ¿van a coquetear, se irán a Göetze o qué?
-Yo creo que primero te curamos - respondió Edwin - El hospital no está lejos.
-¿Nos vamos por el espejo?
-¿Por qué este niño...?
-Larga historia.
-De acuerdo, mujer.
-Oye, que bueno que estés aquí.
-Fui muy oportuno ¿no lo crees?
-Eres una buena persona, gracias Edwin.

Bérenice besó la mejilla del hombre y se encaminaron abrazados rumbo a la calle Maupassant. Anton por su parte se rascaba la cara como si fuera un gato para quitarse la tierra que le cubría las heridas y aseguraba que le habían sucedido golpes más severos en las persecuciones del bote que ya no realizaba porque la policía detenía a los niños que las practicaban.

-En el mercado del pescado nos extrañan, el señor Ponarina vendía más cuando llegábamos los chamacos hambrientos por darle a la pedaleada y aventarnos basura.
-Es una lástima que les quiten la diversión - añadió Edwin.
-¿Qué más da? Todavía nos quedan los partidos de fútbol en la calle y el luge en las avenidas grandes. Se nos ocurrirá algo para rescatar nuestras carreras.
-¿Qué tal si las convierten en un festival?
-Suspendieron nuestro desfile en diciembre y el teatro. El gobierno no quiere a los rusos y menos en bicicletas.

Edwin y Bérenice miraron a Anton con cierta compasión y ella le prometió resolver el problema.

-¿Cómo lo harás? - le preguntó Edwin al oído.
-Tendré que pedirle un favor a los Korobeynikov.
-¿Sabías que son mafiosos, verdad?
-¿Qué sugieres? ¿Dejarlo en manos de los Rostova? Ya sé ¿Qué tal si pongo a Sergei Trankov a cargo? Él conoce su trabajo.
-¿Por qué no confías en mí? ¿No crees en el poder de las cartas? 
-No cuando tú las escribes. 

Anton volteó, completamente seguro de que peleaban por su culpa.

-Estoy bien salado.
-¿Por qué lo crees, chiquitín?
-¿Chiquitín? Bérenice eres muy graciosa.
-Gracias, pero ¿te cayó sal?
-Ja ja, más o menos, es que todo mundo se pelea cuando estoy cerca.
-Yo no lo hacía.
-Pero Edwin sí ¿Cuándo es la boda?
-¿Cuál?

Edwin vió a Bérenice de frente y detuvo su paso.

-Lo que el niño quiere decir es que tú y yo parecemos una pareja discutiendo.
-Pero no estamos juntos.
-Podrían porque se nota que se gustan - declaró el chico Maizuradze - Si buscan padrino pues me llaman y ya.
-Tienes mucha imaginación, chiquillo.

Bérenice y Edwin intercambiaron una mirada cómplice de ironía antes de que a ella le pareciera escuchar la voz de Gwendal Mériguet ascendiendo por la cuesta de Poitiers.

-"No se quejen y caminen"
-"¿Por qué no cargas maletas?"
-"Estoy batallando con la de Sonia"
-"¡Ah!"
-"Ya hiciste gritar a Adrien. No alegues más enfrente de él"
-"¿Me perdonas, Ricardo?"
-"Tuviste esta estúpida idea"
-"Bérenice Mukhin nos sacará de Tell no Tales ¿de acuerdo".
-"Gwendal, cállate".

Los murmullos se hacían más fuertes y Edwin se llevó las manos a la nuca, apenado.

-¡Los Liukin!
-Ricardo me reñiría, me lo gané por imbécil.
-Calma, vienes conmigo, si le explico, él entenderá.
-¿Le confesarás que anduviste espiándonos? El espejo no miente.
-Al menos te defiendo hoy.
-Bérenice... Bérenice...

Edwin permaneció en su pose mientras Anton, ajeno a cualquier reparo, se aproximaba a la familia Liukin y saludaba con alegría.

-Nos da gusto verte - le decía Ricardo.
-Le ayudo con su equipaje.
-Es un poco pesado... ¿qué te pasó?
-No fue nada, me ponen un curita y se acabó el asunto, me estaban llevando al hospital.

Cuando Ricardo oyó aquello, estiró un poco el cuello, sabiendo al instante que Bérenice acompañaba al niño, pero alcanzó a ver a Edwin que no decidía entre ocultarse o fingir indiferencia.

-¿Qué hace, señorita Mukhin? Aléjese de él y venga con nosotros - le sugirió Ricardo por saludo.
-Edwin nos guiaba con el médico, no pasa nada.
-Bérenice, no haga preguntas ni ponga pretextos. Vámonos.
-Señor, le aseguro que todo está bien.
-No con ese caballero aquí.
-Él no ha hecho mal.
-Bérenice, perdona, pero mi hermano tiene razón - añadió Gwendal. Era fácil deducir que la familia Liukin había charlado sobre Edwin y su anteriormente buena opinión se transformaba en un sentimiento deleznable.

-No te quedes conmigo, síguelos - concluyó Edwin.
-Pero tú...
-Bérenice, ya escuchaste. Estaré bien, nos vemos luego.
-Entonces adiós.
-Adiós.

Bérenice lanzó un beso al aire y se aproximó a Ricardo Liukin como si la hubiera regañado.

-Cuelgue de mi brazo para conversar mejor.
-Claro que sí, permítame llevar algo de su equipaje.
-No, mejor guíeme por donde vamos.
-Hay que hacer una parada con el médico.
-Es verdad ¿usted sabe qué le sucedió a Anton?
-Se cayó por ir corriendo.
-Ese muchacho es muy travieso.
-También chistoso.
-Es un chico sano, como todos deberían serlo. 
-¿Usted sabe dónde le arreglarán la cara?
-En la siguiente calle.
-Qué alivio. Por cierto, quiero disculparme.
-¿Razón?
-Lo he hecho venir con tantas molestias.
-Descuide.
-¿Hay algo que pueda compensarle?
-En absoluto.

Bérenice sonrojó pero no le dio tiempo de sentir más pena.

-Me quedo en urgencias - anunció Anton.
-Te cuidamos en lo que llega tu madre - ofreció Gwendal.
-¿No tienen prisa?
-Unos minutos más no harán diferencia.
-Pues ¿a dónde van?
-A Hammersmith.
-¿Con Carlotita? ¿Qué hacemos aquí? ¡A toda marcha! Tengo que verla.
-Te heriste, deben limpiarte.
-Me quito la sangre en el camino, Bérenice ¿por dónde vives hay agua?
-Sí, pero usamos muy poca.
-Con eso sobra ¡Andando! 
-Anton, creo que deberías ir a consulta.
-¡Si Carlotita me ve con heridas de batalla me va a querer! ¡Todos síganme!
-¡Anton, regresa! - exclamó Bérenice iniciando una carrera hasta la esquina, en donde embistió al pequeño.

-¿Lo que acabo de ver es real? - preguntó Ricardo que daba pasos al frente - Ustedes dos, levántense y déjense de tonterías.
-¡Pues es tarde y quiero despedirme de mi Carlotita!
-¡Pero alucinaste! Tienes que ir con un doctor - respondió Bérenice a un Anton que prosiguió en línea recta.

-¡Con ese niño no se puede! - dijo ella - Perdone, señor Liukin, pero buscaré un espejo o un reflejo por aquí. Anton no vendrá mientras se niegue a curarse en el hospital. Venga por acá.

La muchacha sujetó la mano de Ricardo y le hizo un gesto a Gwendal para que el grupo los siguiera. La avenida Gardel estaba delante y ella tuvo la ocurrencia de entrar al buffet chino del señor Feng. Nadie comprendía qué ocurría.

-El espejo está al fondo.
-Señorita Mukhin, ¿pretende llevarnos a la cocina?
-¿Quiere ir a Hammersmith? 
-¿Está jugando?
-Deme dos minutos.
-Usted de verdad es un poco loca y más yo por hacerle caso.
-¡Por favor, no se vaya!

Pero Adrien se aproximó a Bérenice y después de darle un tirón a su vestido, levantó un balín que se había caído.

-Adrien, discúlpate y devuelve eso - Ordenó Ricardo pero el chico arrojó tal objeto al espejo del frente y sin más, lo atravesó. 

-¿Dónde fue? 
-Calma, señor.
-¿Me va a decir que me calme? ¡Bérenice, entregueme a mi hijo!
-Tendrá que ir por él, está al otro lado.

Ricardo iba a contestar algo pero ella apretó su mano y juntos entraron a la dimensión del espejo.

-Supongo que debemos hacer lo mismo - comentó un desconcertado Gwendal que con mayor asombro contempló a Bérenice yendo de un lado a otro para convencer al resto de la familia Liukin de no tener miedo.

-Pon el ejemplo, tío Gwendal.
-Todos entren antes que yo - ordenó él con insólita autoridad. Los demás se empujaron como si tuvieran prisa.

-Bérenice, estás loca.
-¿Tienes miedo, tío?
-¿Hammersmith está al lado opuesto de otro espejo?
-¿Qué es opuesto? Quien sabe, pero llegaremos a Hammersmith tan rápido que... ¡Cierra la boca!

Ella arrastró a Gwendal hasta la Tell no Tales gemela que ahora contemplaba a sus visitantes con curiosidad y aprestaba sus precarias armas por si aquellos fueran invasores. Algunos habitantes urgían a otros para llamar cuanto antes a Matt Rostov.

-Son mis amigos - dijo Bérenice al colocarse frente a los Liukin - No nos tardaremos, pueden guardar sus piedras, no han venido a robar, los llevaré a otra ciudad. No le digan a Matt.

Bérenice se colgó del brazo de Ricardo y lo forzó a dar el paso.

-¿En dónde rayos nos vino a meter?
-En Tell no Tales versión cascajo.
-¿Qué?
-Recorreremos un par de lugares y ¡voilá! estará en Hammersmith.
-Qué complicado.
-Puede ir donde desee desde cualquier espejito, aunque depende de qué ciudad salga. Si usted estuviera en Áms..dam... Ámst... como se diga...
-Ámsterdam.
-Como sea, tendrá que recorrer su ciudad paralela primero.
-¿Esta es la cuarta dimensión?
-Qué buen chiste ¿ha pensado ser comediante? 

Ricardo no pudo decir nada. 

-En esta Tell no Tales hay música todo el día, mucha fiesta y tenemos la cara con filo... Lo olvidaba: si ven a sus gemelos, no les hablen, algunos son ... Son espantosos.
-¿Por feos?
-Peligrosos - confesó Bérenice con la piel de gallina. Los Liukin optaron por atarse la cintura para no separarse y sentir si alguno estaba en problemas.

-¡Bérenice! - se comenzó a oír por doquier y la chica saludaba en todas direcciones. Las cosas se tornaron más extrañas cuando varios chicos se aproximaron para invitarla a bailar y con toda naturalidad le mostraban sus cuchillos para presumir que estaban tallados a mano. Pronto, los Liukin supieron que eso era parte del cortejo y que las jóvenes tendían a conversar con los que fueran más hábiles en esa complicada tarea. Mostrar talento en los deportes también era apreciado y por las aceras abundaban los aficionados que después de colaborar en su respectiva brigada de reconstrucción o taller se relajaban con la práctica del baloncesto. 

-Antes de la revolución, esta Tell no Tales ganaba muchos trofeos - comentó Bérenice con un poco de nostalgia.
-Es difícil imaginárselo.
-De todas formas era un mal lugar para vivir, no había músicos ni ritmos para bailar.
-¿Eso es lo que le gusta? 
-¿De qué habla?
-De bailar.
-¡Me encanta! Se ha puesto de moda hacerlo por las tardes ¡Vamos a la playa!
-Bérenice, no vinimos hasta acá por eso.
-¡Sólo unos minutos! 
-No puedes hacer eso.
-¿Bromea?

Acto seguido, Bérenice corrió velozmente y como nadie quiso perderse, la familia Liukin fue tras ella, no obstante las caídas que sufrían. Al llegar a la orilla del mar, Gwendal ya se había desatado y alcanzó a la chica.

-¿Qué te pasa?
-Tío Gwendal, ven, baila conmigo. 
-Mujer, esto no es parte del trato.
-Rélajate y mira, hay una orquesta, ya van a tocar. 
-Nadie logra ubicarse aquí y lo único que se te ocurre es ¿ponerte a danzar? 
-Adivinaste.

Como ella hiciera la seña de que voltease, Gwendal supo que sus sobrinos no estaban del todo incómodos, al menos no Andreas que parecía captar que era oportuno hablar con chicas y Sonia que se rodeaba de muchachos inesperadamente.

-¡Señor Ricardo, venga! - gritó Bérenice - Gwendal es un aguafiestas, usted en cambio si quiere divertirse y si no, bueno, nunca me quedo sola.

Gwendal y Ricardo se atisbaron con extrañeza mientras la muchacha se acercaba a Sonia y entre ambas elegían a quienes pasarían un momento muy agradable con ellas. 

-Recuérdame educar a Carlota para que nunca se porte así.
-Y a mí que no vuelva a confiar en Bérenice.
-Es una mujercita imposible de ignorar, mejor te aconsejaré no dejarte llevar por sus encantos.
-¿Acaso los notas?
-Veinte años menos y no la hubiera dejado pasar. 
-Yo tampoco lo haría pero la conozco un poco. Nunca tendrás cuñada.
-¿Apuestas? 
-Unos tragos a que no me verás con nadie en serio.
-Perdiste desde ya.

Mientras tanto, Adrien y Javier, despojados de los zapatos y sosteniendo un cubo, realizaban algo menos ortodoxo, pero más productivo. 
Guiados por el cómic que leían aquella semana, observaban los reflejos en el agua para encontrar en que punto era bueno preparar el portal a Hammersmith y para ello se valían de las ilustraciones que indicaban que debían encontrar un banco de peces diminutos.

-Creo que es este - declaró Javier - va a la izquierda como el dibujito.
-Sí es, se ve Hammersmith desde aquí, gracias a los amigos marinos por ponerse en donde deben.

Pero la trama del cómic también avisaba de problemas y Adrien se precipitó en aventar el balín a las olas.

-¡Bérenice! - llamó una airada voz - ¿Cuántas veces hay que decirte que no traigas gente del otro lado? 

El hombre que reclamaba era Matt Rostov, furioso por enterarse de lo que sucedía. 

-Devuélveme tu balín inmediatamente.
-No lo tengo.
-De seguro lo prestaste, no puedo creer que seas tan irresponsable.
-Ella me lo regaló, zoquete - respondió Adrien.
-Niño, dame eso, te puedes lastimar.
-No hablas con un cualquiera - y acto seguido, el pequeño se tragó el balín.

-¡Eres un chiflado! - externó Matt Rostov, pero Adrien se arrojó al portal.
-¡Tras el niño!

Los Liukin no tuvieron mucho tiempo de reaccionar. Para evitar que el lío se hiciese más grande, tomaron sus pertenencias y se arrojaron al agua.

-Tú vienes conmigo - anunció Matt Rostov a Bérenice, sujetándola del brazo.
-Pero tú no conmigo, zoquete - contestó ella que lograba soltarse pateando arena a los ojos de él y se echaba a correr para cerrar el portal.

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