domingo, 16 de febrero de 2014

En el filo del amor (Final de temporada)

    Merci, merci, merci Nathalie et Fabian!

Hammersmith:

-¡Llegaste a Cobbs, derribaste la puerta y te llevaste a la niña!
-¿Eso dicen?
-Bueno, no que te la llevaste, sino que la secuestraste.
-Jamás haría eso.
-¿Por qué se fue contigo?
-La encontré, le pregunté si venía y me contestó que no perdiéramos el tiempo.
-También supe que corrías con ella en brazos en medio de las balas.
-Qué estupidez, me fui por otro lado.
-¿Entonces no sacaste una metralleta y disparaste al aire?
-¿De dónde sacan que soy tan imbécil? Me hace sentir más imbécil aún.
-Del periódico.
-¿Cuál?
-Journal en un número de última hora.
-Que podía esperar de tanta prensa amarillista.
-¡Hasta sacan una foto tuya a diario! ¡Las colecciono todas! 
-Mmh, ¿Bérenice, verdad?
-¡Qué bonito suena mi nombre con tu voz!
-Agradezco que seas tan entusiasta pero este no es un buen momento.
-Ay, perdón.
-No es de importancia, es que me preparo para un vuelo, debería descansar y tomar una siesta, ya sabes, para estar bien.
-Oh, es justo. ¿Me firmarías el autógrafo de una vez?
-Vale, vale.
-¿Está bien en la curva de la cintura?
-¿Qué?

Bérenice Mukhin levantó su vestido ante los ojos de Sergei Trankov sin interesarle que había puesto los pies en la sala de espera y la observaba un gran grupo de amigos de aquel hombre. Nadie deseaba imaginar cómo ella había sacado un plumón.

-¡Me haré un tatuaje con tu firma! ¡Seré la envidia!

Trankov se sonrojó pero cumplió la petición. Bérenice casi lloraba de emoción.

-¡Te amo tanto! ¡Eres el mejor, Sergei!
-Eres muy... muy tú.
-Lo sé, ¡gracias, gracias!

Y la joven procedía a llenar al
guerrillero de besos, sin pensar que molestaba.

-Suéltalo - ordenó Carlota Liukin de manera inspirada y por demás sutil. Bérenice reaccionó con sumisión, Sergei Trankov en cambio, volteó hacia Carlota con una sonrisa y se aproximó a ésta.

-Quita esa cara.
-No tengo otra.
-Entonces no te enojes.
-No te incumbe.
-¿Quieres que tu padre te vea haciendo pucheros? 
-Se me pasará cuando lo salude.
-Sí, como no.
-No fastidies.
-Calma, solo te hice un comentario.
-Evita otro.
-¿Estás furiosa? 
-¿Por qué? ¿Te divierte preguntarme cosas inútiles? Es mejor que cierres la boca, ¡o mejor! toma tus cosas y lárgate, no quiero saber de ti.

Carlota Liukin se cruzó de brazos pero no pudo sostener su mal genio, cediendo a unas ganas de huir. Si Trankov no lo advirtiera, nada de lo que se narra a continuación habría ocurrido:

-Sergei, que gusto verte - saludó Ricardo Liukin al lograr reconocerlo - ¿Cómo estás?
-Más me alegra que haya venido, señor.
-Supongo que cuidar a Carlota ha sido poco menos que extraño.
-En su ausencia pasaron muchas cosas. 
-No debes decírmelas, amigo. De alguna manera estuve al tanto, Tamara Didier me llamaba con frecuencia y Carlota siempre me contó que estuviste cerca. Bien hecho.

Ambos estrecharon manos.

-Ahora debo saludar a mi hija, con su permiso, Sergei.
-Adelante, aunque le sugiero que se apresure, ella no se siente bien.
-¿Se enfermó?
-Ha estado deprimida.

Ricardo comprendió que era tiempo de alcanzar a la pequeña y agradeció a Trankov, asegurando que compensaría sus atenciones. El guerrillero no respondió.

Por su lado, Carlota Liukin se detenía frente al ventanal y sin que nadie la viera, esperó el momento justo para derramar una lágrima, luego dos y poco a poco aumentó hasta transformarse en un llanto incontrolable.

-Carlota ¿qué tienes? - interrogó su padre.
-¡Te extrañé! Se me salen las lágrimas porque has venido.
-Ven aquí, bebé. 
-Te quiero mucho, papá.
-Mi chiquita ¿estás contenta?
-Ha sido una madrugada volátil.
-Cuando utilizas esa palabra sé que algo te sucede.
-Nada, papá. 
-Una chica de trece años jamás diría "volátil" por versada que fuera. Tu crees que no puedo ayudarte, pero quiero que me des la oportunidad de hacerlo. Desde el funeral de tu madre no he platicado contigo y ahora me he dado cuenta de que no fue correcto darte permiso de venir sola a esta ciudad porque fue tiempo que no compartimos y es hora de aprovechar lo que nos resta.

Carlota posó su cabeza en el hombro de Ricardo pero él le cubrió el rostro, permitiéndole llorar cuanto deseara. 

-¿Te sientes mejor?
-¿Te puedo contar lo que sea?
-Por supuesto, cielo.
-¿Te acuerdas de que Edwin Bonheur me gustaba mucho?
-Cómo no, jamás entendí por que.
-Le contacté por teléfono hace poco.
-¿Qué dijiste?
-Que se acabó.
-Qué alivio, nunca vuelvas a verlo.
-Edwin no sabe hablar y no podía seguir atorada con él.
-¿Qué significa eso de que "no sabe hablar"?
-A que nunca es claro y siempre da a entender lo que no es, pero conmigo no se enredaba y soy tan pequeña que me dolió saber que yo sí lo comprendía.
-Corazón, está bien que te alejes. Me parece perfecto que lo hayas decidido por ti misma, yo tuve miedo de que no lo hicieras.
-Pero tardé más en decir adiós que en encontrar por que lo hice.
-Tranquila, estoy a tu lado en lo que sea.
-Sostén mi mano.
-Listo.
-Papá, me vas a regañar.
-No, lo prometo.
-Es que... Me he enamorado de nuevo.

Ricardo se llevó una gran sorpresa y experimentando una mezcla de tristeza y nostalgia, abrazó a su hija con todo el amor que tenía.

-Llorarás, papá.
-Carlota, me hace feliz que ames a alguien.
-¿En serio? 
-¿Quién se ganó el corazón de oro de mi hija? ¿Lo conozco? ¿Siempre sí fue Joubert Bessette?
-Es un hombre tan convencional.
-No, Carlota. De ti solo viene lo extraordinario ¿Quién es?
-Te desilusionarás.
-No hay problema.
-¿Seguro?
-Adelante.
-Me enamoré de un hombre, de Sergei Trankov.

Ricardo se derrumbó por dentro. Se había perdido un cambio en la vida de Carlota. El amor que ahora le confesaba era la consecuencia de un proceso complicado y el fin, esta vez definitivo, de una infancia maravillosa.

-¡Trankov! 
-Perdóname, papá.
-No, no hay nada de malo en eso ¿No has intentado coquetearle, cierto?
-Voluntariamente, no.
-De acuerdo, mientras no pase de ahí... ¿Él lo sabe?
-Me descubrió antes de decírselo.
-¿No intentó algo?
-Me respondió lo obvio, que no.
-¿Fue duro?
-Tampoco.
-¿Por qué tus lágrimas no cesan?
-Papá, estoy asustada.
-¿Por lo que sientes?
-Ojalá.

Ricardo besó la frente de la niña.

-Sergei Trankov se irá lejos. No volveré a verlo.
-¿Qué piensas?
-Que no me despediré.
-Qué mal, no debes darte ese lujo.
-A Trankov no le importaría.
-¿Crees que un hombre no valoraría las palabras de la mujer que lo ama? No interesa si nunca se relacionaron íntimamente o acabaron peleados. Despedirse cierra los capítulos como debe ser. Corre, resuélvelo.
-Papá...
-¡Ve tras él! 
-Pero...
-¡Es la última vez que lo verás! ¡Abrázalo, bésalo, no te contengas! Te doy permiso ¡Dile a ese hombre que lo amas!
-¡Gracias, papá! 
-Trankov merece escucharlo, igualmente tú ¡Corre, pequeña!

Carlota no se detuvo un segundo más. Ante la mirada de su padre, ella preguntaba "¿alguien ha visto a Sergei Trankov?" e insistía en ver a todas direcciones con la esperanza de hallarlo. Ricardo contemplaba con los ojos humedecidos y el teniente Maizuradze, que se reconocía en aquella expresión, no titubeó en charlar con él.

-Crecer es doloroso desde este lado de la trinchera.
-La perdí.
-Bienvenido al club.
-Es imposible, todavía es mi bebé.
-Esta parte es una de las tantas letras chiquitas del contrato natural.
-Se me fue el tiempo.
-Yo me salté la vida de mi hija mayor, así que lo suyo no está tan mal.
-Supongo que ahora me volveré un retrógrada que fijará horas para llegar a casa, prohibirá las fiestas, reprobará el alcohol y rezará porque su hija no haga un topless y aparezca en internet.
-Los hijos cambian la perspectiva, cosas que nos gustaban dejan de parecernos divertidas y tratamos de que las entiendan antes de cometerlas pero es incontrolable.
-Apenas me acostumbraba a que Andreas fuera un adolescente y ahora se une Carlota, Adrien es quien en unos días me enviará a la banca.
-Entonces gózelo, vaya con el chico a donde le gusta, jueguen y únanse. Aproveche que lo tiene. Cuando yo vuelva de la guerra, Anton y Válerie no tendrán tiempo para armar legos o construir trineos conmigo y me arrepentiré tanto o más que con mi hija Viktoriya. Por cierto ¿No los he presentado?
-No.
-Es la jovencita de allá.
-¿La que está con Gwendal?
-Quería pasar mis últimos minutos de paz con ella y mire, encontró a alguien. La banca es un sitio ingrato pero si los hijos sonríen, vale la pena.
-¡Perdón que interrumpa! - dijo Bérenice.
-¿Qué se le ofrece?
-Debo irme, señor Ricardo. Espero que nuestro viaje le haya gustado.
-Es una de las experiencias más originales que he tenido, gracias mujer.
-Adrien ya me entregó mi balín.
-Qué bien ¿Cómo lo hizo?
-Lo escupió, fue muy loco.
-Disculpe ¿es un balín Rostov? - intervino el teniente Maizuradze.
-Sí, es muy útil. Con su permiso.
-Propio, Bérenice cuídate mucho.
-Sí señor Ricardo, lo haré.

La muchacha se fue a toda prisa y desapareció en el espejo del servibar. En lugar de explicarse lo ocurrido, los dos hombres optaron por brindar por su suerte.


La última escena:

Carlota recorrió pasillos, aparadores, tocadores, la sala de espera y una recepción sin hallar a Sergei Trankov, así que aceleró el paso, preguntó por él una y otra vez, lo llamó y hasta pidió que si alguien lo veía, avisara que ella le buscaba. 

Agotada, Carlota prosiguió hasta la salida topándose con que la calle estaba vacía. Pensó en regresar, revisar cuantas veces fuera necesario, pero se percató de que obtendría el mismo resultado. 

-No puede ser - se dijo - se fue. Ay, no, no, no, no ... Algo se me tiene que ocurrir, piensa, piensa. Él se oculta, es fácil para ti saber donde, en una bodega tal vez, en tu nariz.

Carlota miró al frente, con la esperanza de no equivocarse, pero la silueta de Sergei no se distinguía por ningún rincón y tampoco había señales en los techos. 

Ella comprendió que era tarde.

-¡Por favor, por favor, por favor no! - suplicó pero su voz se cortó. Nadie en la calle la escuchaba y ella se desplomó sobre las rodillas.

-¡Sergei! - exclamó sin fuerza -¡Sergei! - gritó inútilmente porque ni ella escuchaba. La chica no pudo más. Imaginar que él había tenido un imprevisto o no tenía sentido que continuara en el mismo lugar no lograba reconfortarla. 

-¡Te amo Sergei! Te amo - murmuró al ver caer cristales de hielo y el ambiente se iluminaba con una luz blanca muy hermosa, en la que se distinguía una figura conocida.

Ella dejó pasar la tormenta sin poder contener las lágrimas y sintiendo que perdía el aliento con cada paso proveniente de la silueta.

Sergei Trankov miró a Carlota Liukin y la levantó delicadamente. Ella se hallaba conmovida y él, sin mediar palabra, la estrechó largamente con cariño. 

Carlota le susurró sin cesar que lo amaba, él le sonrió con sincero agradecimiento y se separó después de recibir un pequeño beso. 





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