martes, 25 de marzo de 2014

La historia de Lubov


Allez Nath! 

Numerosos mandatarios y primeros ministros convocaban a los medios y se sumaban a las felicitaciones al gobierno ruso por el arresto de Sergei Trankov, mientras corresponsales del planeta entero aguardaban en Moscú y reportaban la presencia de soldados, francotiradores y agentes encubiertos en las inmediaciones del aeropuerto de Sheremetyevo, lugar en el que se habían alistado un hangar especial y un vehículo para recibir al prisionero y dirigirlo a una cárcel a las afueras de la ciudad como medida cautelar; incluso se programaba una reunión posterior del presidente ruso y su gabinete con periodistas para hablar de los detalles de la inminente extradición y Lleyton Eckhart hablaba al respecto vía satélite, satisfecho de procesar al terrorista más perseguido del mundo, así admitiera entrelíneas que el Gobierno Mundial acabaría ordenándole qué hacer para darle legitimidad a un juicio en Tell no Tales y una sentencia en Cobbs. 

No flotaba tensión en el aire y la comunidad internacional miraba atenta cuando el número mágico "A228-FSM" de Rossiya Airlines cruzaba los aires en medio de un cielo nublado. Hasta ahí, las cosas transcurrían según lo planeado y miles de personas, ajenas a la emoción feliz que embargaba a otros, salían a ver el avión para comprobar que realmente fuera el anunciado momentos antes de su aterrizaje, corriéndose la voz de que la situación estaba bajo control y lo
demás era una puesta en escena mediática. 

-El detenido está quieto y coopera- le informaban a Vladimir Putin - Lubov Trankova tampoco se mueve.
-Ordena un par de guardias extra, que no los dejen de vigilar un solo segundo.
-Revisamos sus pertenencias, están limpios.

Una lluvia inició poco después de esta orden y el viento se presentó de golpe, cubriendo de hielo los dedos de Vladimir Putin.

-Fue mucho paseo, desciendan ya - sugirió bruscamente y veía como el frío se apoderaba de Moscú en pleno mayo.

-Señor, los hangares se congelaron.
-¿Sin excepción?
-Ha quedado libre el que usted pidió para recibir a Trankov pero comienza la niebla.
-Manden más gente allá, no quiero sorpresas.
-¿Por qué lo dice?
-Cumpla órdenes.

Pero todos ignoraban que Trankov no pensaba en hacer otra cosa que no fuera entregarse. Para él, su juego había terminado y aceptaba la derrota pensando que conseguiría un buen trato con el fin de liberar a Lubov, que a su lado permanecía angustiada.

-Te soltarán, confía en mí - le dijo al tocar tierra pero ella no lo miró ni contestó mientras la ventana a su lado se cubría de escarcha y recordaba que no se había puesto un suéter por pensar que un clima caluroso la recibiría. La mujer consideraba intolerable la sensación de las esposas en sus muñecas pero su mirada al frente, tan aparentemente estoica, le inspiraba respeto a los soldados que la custodiaban. 

-Levántese por favor, señorita - le dijeron amablemente cuando recibieron la orden de descender y le ayudaron a bajar la escalera. Con Trankov al frente de ella, sintió la nieve caer y por un momento, se acordó de sí misma, de Lubov Trankova.

Mentira. Ni siquiera se llamaba Lubov, sino Isolde. Isolde Kostner o Isolde Meissner, sus futuros interrogadores le dirían cuál nombre le correspondía. A lo mejor, también le revelarían la identidad de Sergei Trankov y la cuestionarían por seguirlo, por dejar a su familia y una carrera en Industrias Izbasa. No quería averiguarlo hasta que aquel instante se cristalizara y desempolvara memorias poco relacionadas con las preguntas.

-Le daremos comida caliente y un abrigo, nos han dicho que le gustan las lentejas con tocino y el pan de zanahoria - continuaban anunciándole - Al señor Trankov le daremos sopa de cebolla.
-No, a él le gustan la ternera con mantequilla y verduras asadas.
-Lo que usted diga.

Lubov se sorprendió de que tomaran en cuenta su consejo y miró la espalda de Sergei, como cada ocasión que se sentía sola. Y volvió a evocar otro momento, el mismo en el que él llegó golpeado por primera vez a casa, permaneciendo casi dos semanas en cama con dolores terribles y moretones casi negros. Lubov pasó de mujer ilusionada a experta en remedios caseros y ama de casa amorosa sin molestarse, creyendo que lo
apoyaría.

-Suba al auto, por favor - le pidieron cuando al levantar la cara, ella no pudo más que voltear a todos lados, sin esperanzas de escape.

-Al menos ya no siento que me entumo - declaró. La sentaron, naturalmente, al lado de Sergei y observó sus manos, pregúntandose cómo se sentiría el roce de su piel. Hacía tanto que no se tocaban.

-La cárcel es cercana - ironizó un guardia, interrumpiendo el inicio de la reflexión de Lubov sobre el momento en que el problema inició. A ella le parecía que el vehículo daba vueltas y perdió la noción del tiempo hasta que se detuvo.

-Señorita, usted bajará aquí - le anunciaron.
-¿Es una treta? 
-Quítenle las esposas y devuélvanle sus pertenencias.

Lubov abandonó el auto, reconociendo la entrada del modesto hotel Luzhniki. 

-Perdone el susto que le dimos, pero nuestro gobierno nunca tuvo la intención de retenerla. Tome este dinero, quédese en este lugar un tiempo - aclaró un sonriente cabo - La esperan con sus lentejas.
-¿Me dejan despedirme de Sergei?
-Dígale "adiós".

Desde la acera, Lubov entendió que aproximarse le estaba prohibido y era tal el dolor que el cabo se quedó a consolarla en lugar de seguir a la comitiva. 

-¿Qué les ordenaron hacerle? 
-A nadie le han informado.
-¿Cómo tratan a los guerrilleros?
-Peor que a los terroristas.
-¿Lo matarán?
-Suena Cobbs como opción.
-Él ha estado en ese lugar.
-Nunca preso. Lo siento, señorita.

Lubov vio el auto hasta que desapareció en la niebla, viniéndole de rebote otros instantes, como aquellos en los que Sergei volvía a su hogar ataviado con finos trajes y camisas con botones amarfilados. Ella siempre le reclamó la procedencia de tales prendas, creyendo que Zooey Izbasa o alguna otra mujer se las había obsequiado. Cómo sepultar esos ataques de celos, si entre ella y Zooey existió alguna vez una pelea en plena calle, misma en la que Sergei intervino para separarlas. Lubov se sintió satisfecha de ser la elegida, pero no tardó en comprobar que él aún dormía con esa mujer. Al menos, las dos eran enemigas constantes pero el presentimiento de que él engañaba a ambas con una tercera a la que no lograban identificar, era una losa tan pesada, que compartían el miedo de confrontar con tal de no perder a ese hombre.

-Señorita, venga por aquí - le indicó el cabo, ofreciéndose a llevar sus pertenencias. Ella entró al hotel con la camisa baja y permitió que la registraran en la habitación treinta, sin importarle que la ventana no cerrara bien y haciendo caso omiso de la advertencia sobre la falta de espacio para desempacar. Luego, fue conducida hasta el comedor y tal como le habían avisado, un plato con sopa de lentejas fue puesto delante de ella. El olor era idéntico al de la cocina donde ella solía preparar sorpresas para Sergei: un estofado para recibir primavera, un pastel de queso en el cumpleaños o consomé para los días de lluvia o cuando se enfermaban de lo que fuera. O cuando a ella se le ocurría vender panes hechos con las cáscaras de fruta, Sergei le ayudaba a montar una especie de café. Él fungía de mesero. 

-¿Se siente bien?
-Iré a recostarme, no me siento en condiciones.
-¿La acompaño?
-No es necesario, gracias por el plato, pero no tengo hambre.

Lubov tomó sus pertenencias y abandonó aquél salón tomando rumbo a una escalera vieja, peleando por no atorarse con el barandal y evocando otra vez a Sergei, del día en que ella, siendo Isolde (¿o siempre fue Lubov?) lo conoció por un asunto de trabajo, cuando su jefa inmediata le ordenó conseguir información por la huerta de un puente en el parque, simulando una encuesta sobre productos. Ella obedeció como siempre y durante un descanso fue corriendo a pulsar el timbre del guerrillero. Esa tarde no volvería al laboratorio y renunció cuatro meses después, por él. 

Lubov paró en seco. Ninguna acción en años recientes había sido pensando en sí misma ¿o sí? Volvió entonces al segundo en que se enteró que Sergei Trankov era libre de marcharse de Tell no Tales gracias a un indulto temporal y él optó por la oportunidad sin consultar si ella estaba de acuerdo. Por coincidencia, la revista "Realeza" con las palabras de Zooey y sus vivencias había llegado a sus manos, desatando el más grande enojo entre ambos. Lubov perdió los estribos y le arrojó la vajilla, recibiendo a cambio que él azotara la puerta y llegara por la noche a cargar maletas antes de irse en el tren y lidiar con estar juntos pero sin hablarse hasta que en Hammersmith él le dijo que no podía vivir sintiéndose mal por pelear, pero hasta en las cosas pequeñas ella lo seguía, como la invitación a la playa de Viktoriya Maizuradze. Sergei había pasado más tiempo peleando con Carlota Liukin que disfrutando el día.

Y la mujer continuó divagando sobre otras cosas, ascendiendo hasta su cuarto, que al abrir le gustó, despojándose de los zapatos y descubriendo que la regadera tenía puerta cristalina. 

Entonces se soltó a llorar. Supo que la última vez que vio a Sergei desnudo fue en Hammersmith, mientras cambiaba su atuendo para ir con el teniente Maizuradze a comer. Sacar la cuenta hizo confirmar la sospecha de que Lubov cumplía dos años sin hacer el amor con él. ¿Cómo se llegaba a tanto sin volverse hostiles u extraños entre ellos? Cualquier otra mujer, por codependiente que fuera, habría terminado la relación por no ser atendida, ni acariciada, ni existente, por acabar lejos de su hogar, por la angustia de excusar lo intolerable hasta que se convirtiera en intolerable para la intolerancia. 

Sergei no era el hombre para ella, pero Lubov lo amaba y era tal su deseo de estar con él, así fuera en la muerte, que lo perdonó. 

 

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