jueves, 13 de marzo de 2014

Una perspectiva cambiante


Collage de Elena Demidova (cuento dedicado a ella).

Lleyton Eckhart sorprendió al Departamento de Policía al ordenar la revisión de los casos ambiguos o no procesados y solicitó que el personal tomara horas extra. En venganza, los detectives y los archivistas llenaron su oficina con papeles y cajas polvosas, ocasionando que el hombre pasara su primer día como fiscal encerrado para armar expedientes. 

Eckhart estaba preparado para ser víctima de las revanchas, que con él a cargo serían muchas, pero al dar las diez de la noche, el cerebro no le daba para concentrarse. Con los ojos cerrándosele, abandonó su labor, se colocó el abrigo y salió de la jefatura sin despedirse. 

El hombre anduvo caminando de una esquina a otra, preguntándose si lo correcto era retomar el trabajo, al tiempo que sus compañeros lo observaban asegurando que perdería la razón. Lleyton Eckhart lo creyó unos momentos. Su labor iniciaba y con la primera dificultad se estaba rindiendo ¿Era capaz de ejercer su puesto? ¿Se había equivocado al pedir un poco de orden en lugar de comenzar de cero? A nada estaba de retractarse y dejar a su gente descansar pero quedaría como un blandengue, un indigno de respeto.

-Tengo algo que hacer - dijo a los policías que lo rodeaban y se escabulló como bala. Eckhart no se reconocía. Le asfixiaba la corbata, se le hacía un nudo en la garganta y le dolía el pecho, pero no dejó de correr hasta tomar el metro, lugar en el que preguntaba sin cesar hasta donde llegaba la línea.

-Relájese - le sugirió un pasajero.
-He estado trabajando mucho.
-¿Por qué no va a tomar algo? El Panorámico está saliendo de la siguiente estación.
-Panorámico... Gracias.

Eckhart descendió con agitación y se apresuró a volver al aire libre, constatando que, efectivamente, arribaba al sitio de bares. Sin noción de "qué diantres le había picado", él miraba en todas direcciones y daba pasos erráticos. 

-"¿A qué he venido? Debí ir a casa" - cavilaba. Aunque trataba, no reconocía a nadie, los párpados le pesaban más.

-"Dios ¿me enfermé? yo nunca paso por aquí, yo... Yo vi a alguien en la mañana".

Recuperando lucidez, Eckhart cruzó la acera y se dirigió directamente a la cantina de Don Weymouth, encontrándose con la situación de no poder pasar de la entrada por la multitud.
Resignado, el hombre se asomó por el ventanal del local, no logrando observar más allá de un metro al interior. La gente reñía, los que tenían la suerte de sentarse reclamaban a los que estaban de pie y la música era inaudible.

-"Es inútil, no sabré si realmente era o no" - y de inmediato Eckhart regresó a la puerta. Sus malestares se intensificaron.

-"Intenta ir al fondo" - se decía pero no lo lograba y optó por alejarse definitivamente cuando fue empujado al exterior. Con la cabeza baja, Eckhart tomaba rumbo al subterráneo pero volteó al cristal un segundo, suficiente para que una figurilla atrapara sus ojos. En suspenso, se hizo a la idea de que si no era una impresión falsa volvería a pasar. El hombre buscaba la veloz silueta y oyó una voz, motivándolo a colocarse en la entrada para ubicarla. La clientela parecía más animada que instantes previos y entonces, él la miró. La misma mujer de horas atrás, la de ojos claros, la que a esa hora saltaba, cantaba y servía mesas. Lleyton Eckhart la perdió muy rápido, pero ella lo había visto.

-¿Le atiendo? - pronunció la chica. Él experimentó como su respiración se normalizaba y su tensión se esfumaba.

-Beberé algo.
-¿Qué le gusta?
-Lo que sea, ¿agua mineral?
-¡En un minuto! - gritó la chica y fue por la orden. Él se recargó en el marco, boquiabierto.

-"¡Es ella! Tranquilo, hay que confirmar".

Y la mesera retornó con una copa.

-Aquí está.
-Por supuesto, quédese con el cambio.
-El agua no cuesta.
-¿Disculpe?
-Simple o mineral no se cobra.
-No sabía.
-¿A qué sitios va usted? Pida el agua que necesite.

Eckhart pensó en cuántas veces había pagado por una botella de agua de Selz en los restaurantes de Poitiers, reparando en que la mujer seguía delante de él.

-¿Le retiro?
-¿Qué?
-¿Me llevo la copa?
-Sí, gracias.
-Buenas noches.

El hombre permaneció inmóvil, reafirmando que hallaba a Bérenice Mukhin; sin embargo, no hacía por ella.

-"¿Por qué no telefoneas a la policía? ¡La tienes en las manos! ¡Lleyton, reacciona!" - Se suplicaba a sí mismo, cada instante más nervioso.

-No se ha ido - dijo ella.
-Tráeme un poco de whiskey.
-Bien, pero ¿no le incomoda estar casi afuera? El viento está frío.
-Me siento perfecto.
-Mejor pase.

Bérenice sujetó a Eckhart de la mano, soltándose él impulsivamente.

-Olvídelo, me retiro.

Él era consciente de que actuaba como un tonto hasta que, al verla dar la media vuelta, estrechó sus dedos.

-"¡Qué estás haciendo, idiota! ¡Arréstala!"- cavilaba el hombre, pero no se atrevió.

-¿Sabe? Esto es extraño para mí pero ¿me serviría salkau en lugar de lo que le dije al principio? 
-¡Sí, señor! Pero no lo beba aquí, hay lugar más allá.
-Es pertinente.

Él se dejó guiar y ella le hizo sentarse al centro de la barra, los jóvenes que estaban a su lado lo observaban con asombro.

-¡Salkau por aquí, por favor! - exclamó ella y Evan Weymouth, al ver para quien era, puso cara maliciosa.

-Yo le serviré a este caballero, Bérenice. Tú vigila a la clientela.
-Lo que digas, pequeño jefe.

Cuando ella se fue, Evan llenó una jarra con salkau puro y la puso delante de Eckhart. 

-¿Quiere clausurarnos poniendo de pretexto la calidad de lo que vendemos? 
-No sé ni por qué lo probaré.
-Se está tardando.

Eckhart llenó un vaso y dio el sorbo, haciendo caso omiso de los que se burlaban de él por su evidente inexperiencia.

-Es muy fuerte - comentó. La consistencia babosa le molestaba, pero como un hombre de etiqueta infalible, pronto intuyó que debía acabar con el litro que le habían dado porque de lo contrario, iba a desperdiciar algo preciado y eso era imperdonable.
Al segundo trago, aquello le quemaba la garganta.

-¿Por qué no toma al ritmo de los demás? - retó Evan y Lleyton Eckhart lo hizo. Terminado el segundo vaso, el fiscal estaba sobrio, pero todo comenzaba a darle vueltas.

-¡Chica! - gritaron por ahí y Bérenice, que no supo a quien aproximarse, retornó donde Eckhart y al verlo, supo que estaba en dificultades.

-¡Por Dios! ¿El señor pidió que le sirvieran tanto?
-Evan lo hizo - contestó una clienta.
-¿Por qué?
-Este tipo ha querido cerrar la cantina, se merece que lo embriaguen y lo pongan en ridículo.

Bérenice creyó que era una venganza estúpida y no dudó en poner comida delante de Eckhart, mismo que al tenerla de nuevo delante de sí, le miró a la cara.

-No pedí nada.
-Escuche: si continúa bebiendo acabará muy mal ¿por qué no deja el salkau de lado? El guiso le sentará.
-¿Qué me sirvió?
-Albóndigas de pollo con arroz, yo misma ayudé en la cocina.

Él pareció reanimarse y saboreó el platillo, sintiéndose aliviado al instante.

-Gracias de nuevo.

Bérenice sonrió y se dedicó a esperar a que llegaran nuevas peticiones. Eckhart estaba como hipnotizado.

-¡Chica! ¡Pónte a bailar! - sugerían unos parroquianos a Bérenice y ella, complaciente, se dedicó a enfiestar el ambiente. El fiscal entonces, deseó estar borracho y tomó el salkau que le quedaba para darse valor de detenerla, pero al ponerse de pie y acercársele, se asustó y escapó.

El hombre corrió por el Panorámico, deteniéndose en casi cada bar para tomar cualquier licor, pero se sorprendió de que el buen sentido le dominara entre más intentaba perderlo y tomó un respiro en la playa. 

-"¿Qué me sucede?" - se repetía. Aturdido y con la respiración entrecortada, lamentó portarse como un chiquillo frente a Bérenice Mukhin.

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