lunes, 12 de mayo de 2014

Un regreso a los siete (Cuento breve)


Cuando Ricardo Liukin aguardaba por una maleta en el aeropuerto Charles De Gaulle, perdió de vista a Carlota. El celular de ésta última había sonado y era un poco natural considerar que buscara cierta privacidad para hablar con alguien que posiblemente era una amistad, pero algo más raro aconteció: 

Una niña se colocó junto a él, dándole un tirón en el abrigo. Ricardo giró molesto, provocando pese a todo, que aquella chiquilla le mirara fijamente y le sonriera.

-Hola, papá - dijo ella alegremente. Él abrió y cerró los ojos un par de veces para convencerse de lo que veía.

-¿Fumas? Huele mucho - continuó la niña.
-Por Dios, me recuerdas a alguien.
-¿A quién? 

Sin dar crédito, Ricardo preguntó a un matrimonio al lado si ellos lograban ver a la "ilusión".

-Esa niña se ve muy real - le dijo el hombre.
-Se parece mucho a usted - respondió la dama.
-¡Soy su hija! Me llamo Carlota - añadió la ilusión. 
-¿Cuántos años tienes hermosa?
-Siete.
-¡Qué risueña!
-Es que mi papá está cerca.

La mujer tocó el rostro de la niña y se despidió de ella, no sin antes reprocharle a Ricardo que si estaba cansado de cuidarla, no la hubiera tenido.

-¡Pero esta mocosa no es mi hija! - gritó él. La mocosa sólo se carcajeaba.

-¿Y ahora? ¿Qué voy a hacer contigo?
-Cómprame unas flores.
-¿Para qué? ... Mejor dime quien eres.
-No veo a mi mamá ¿dónde está?
-Tuve suficiente, vamos con vigilancia.
-¡Quiero ver a mi mamá!
-¿Cómo se llama? Te ayudo a encontrarla.
-¡Gabriela! Y tú eres mi papá.
-No puedo ser tu padre, la única hija que tengo cumple catorce años en dos meses.
-¡Ah! Entonces ya crecí.

La pequeña contempló su abrigo oscuro y sus mallas moradas mientras pensaba que de grande no volvería a usar dos trenzas o botitas negras.

-¿Y Edwin? ¿Lo conocí? - cuestionó de repente.
-¿Dé dónde vienes?
-Tell no Tales.
-¿Qué haces en París?
-El señor que está ahí (no le diga que no lo conozco), me trajo.

La chiquilla señaló una columna en la que el viejo del muelle se recargaba a falta de una silla. 

-Pero me pidió que no te acerques a él.
-¿Por qué? 
-No sé - bajando la voz - pero me dijo que tengo que recordar esto y por eso lo estoy reviviendo.
-¿Qué? No te entiendo.
-Es que dice que sigo pensando que es un sueño.
-Mira, conozco al viejo del muelle y está un poco chiflado.
-Yo también lo creo.
-¿Por qué viniste con él?
-Porque me estás buscando.
-Niña, no creo conocerte.
-Siempre he tenido la misma cara.

La pequeñita sonrió ingenuamente y sacó un dibujo que había hecho sobre su familia.

-El de azul es Andreas, no le puse nombre cuando lo coloreé con mis crayolas ¿está aquí?
-¿Cómo sabes de Andreas?
-Es mi hermano mayor, ja ja.
-¿De dónde conoces a mi familia? ¿Eres fan de Carlota?
-¿Qué es eso?
-¿Qué?
-Fan.
-Algo así como admiradora.
-Pero yo soy Carlota.
-Si te llamas igual, está bien ¿Quieres que te la presente para que te dé un autógrafo?
-¿Por qué lo quiero?
-En serio ¿De dónde saliste?
-De Tell no Tales, soy Carlota.
-Escucha chiquilla: Mi hija tiene trece años, es normal que las niñas como tú se le acerquen y le copien los peinados, imaginen qué pasaría si ella fuera su hermanita o piensen que se volverá su amiga pero decir que son ella no es sano.
-¿Por qué las niñas se acercan?
-Porque Carlota es un poco famosa, ella patina en hielo y ganó un torneo europeo este año.
-¿Entonces si soy patinadora artística?
-Sí ... ¡No!
-¿Y soy buena?

Ricardo observó a la enigmática niña que abría los ojos ante semejante sorpresa.

-Ella es excelente.
-¿Entonces por qué mamá no me dejaba practicar?
-¿No te da permiso?
-Dice que es malo.
-A Carlota no le permitíamos hacerlo porque su madre no quería que se lastimara.
-¿Por qué no me lo dijo?
-¿Tu madre te ha explicado por qué tomó esa decisión?
-Hoy me sacó de las clases, le dijo a los de la pista que no me reciban y me tiró los patines a la basura... Tú me compraste un helado cuando me puse a llorar y me regalaste mi abrigo rojo, pero no me quedó.

Ricardo tuvo la impresión de que el anciano la había enviado a enterarse de quién sabe que cosa y de que ambos habían visto a Carlota ataviada con su abrigo.

-A ver pequeña, ¿quieres ver a tu madre?
-¡Sí! 
-¿Cómo es ella?
-Alta, delgada, tiene el cabello negro y se llama Gabriela.
-¿Por qué ese hombre te mandó? ¿Te prometió una paleta si hablas conmigo?
-No ... Pero ¿sabes? ¡Eres un mal papá!

La pequeñita se cruzó de brazos y bajó la cabeza.

-¡Y esto es mío! ¡Ya dime que siempre se me cae!

La chiquilla se alejó con el viejo del muelle y Ricardo dejó de verla rápidamente. En el suelo, él halló una especie de libretita azul y la tomó, abriéndola en el acto. Era el pasaporte de Carlota.

-¿Sucede algo, señor? - le preguntó Tamara Didier de pronto.
-¿Sabe usted de la manía que tiene Carlota por perder algunas cosas?
-Sí, su madre me había dicho.
-Una niña vino a devolverlo.
-Qué buen detalle.
-También se llama Carlota.
-¿En serio?
-Sí, qué coincidencia.
-¿Quería un autógrafo, verdad?
-No, Tamara; quiso saber su futuro.
-¿Disculpe?
-Se me apareció Carlota cuando tenía siete años.
-¿Es un efecto del jet lag?
-En absoluto, era mi hija, lo supe al poco rato de charlar con ella. Ha cambiado tanto, no es bajita, no tiene el cabello tan oscuro, se le ha marcado el destello dorado de la piel y no se parece más a Gabriela.
-No se altere.
-El viejo del muelle siempre está cerca cuando situaciones como esta ocurren, tal vez a usted se le presente algo inexplicable y lo note también.
-A mí me dijo que mis ojos volverían a ver.
-¿Usted ya no es invidente?
-Desde hace siete meses.
-¿Por qué no me contó?
-Porque no durará.
-Disculpe.
-No se preocupe, yo sabré resolverlo.
-¿Me cree ahora?
-Sí ¿cómo se siente?
-Tengo sentimientos encontrados, fingí que no la reconocía y me llamó mal padre, pero no se enteró de que su madre murió.
-La habría destrozado.
-Se me salió lo del patinaje pero comprendo porque Carlota en su niñez mantuvo esa ilusión a pesar de que Gabriela y yo evitábamos al máximo que ella entrenara. Ahora sé que no soñó con este momento y que le debo una gran disculpa por haberla sacado de sus clases con Pasquale Camerlengo y pensar que un helado la consolaría.
-¿Camerlengo? 
-Los padres somos tontos, no me diga su opinión.
-Habría matado por trabajar con él.
-Tamara...
-Perdón.
-Ese día hasta llevé a Carlota de compras y elegí un abrigo rojo, muy bonito, recto, sobrio, pero yo era muy malo con las tallas y le obsequié uno que le quedó enorme y es el que está usando ahora, así que fue una buena inversión.
-Venga, abráceme.
-Me duele que ya no sea esa niña y me dio gusto verla como la bebé que siempre será para mí.
-Carlota es todavía una mocosa.
-Eso se esfumó cuando se despidió de Sergei Trankov.

Tamara, que no sabía al respecto, no se atrevió a decir nada sobre ese episodio. Él por su parte leyó el pasaporte de su hija de una vez, recordando que Gabriela lo había tramitado antes de irse de sus vidas. En realidad, ella siempre se había encargado de los papeles de Carlota, incluyendo el registro de nacimiento y en su hora, había decidido los nombres de los tres hermanos Liukin sin consultarlo, pidiendo que confiara en ella.

Entonces Ricardo, que no aguardaba por secretos, supo uno muy singular: Giulietta Eglantine Charlotte Jacqueline Bérenice Cleménce Léopoldine Liukin - Cassel et Alejandriy era el nombre completo de su hija, Carlota Liukin.

Je t'aime, Marion Cotillard.

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