domingo, 24 de agosto de 2014

El cuento de Palestina

Este cuento no pretende herir susceptibilidad alguna pero de antemano antepongo el derecho a la libre expresión. 

Al ver que apenas daban las tres de la mañana, el teniente Maizuradze determinó dormir un poco más antes de salir hacia el aeropuerto. Su maleta estaba en la puerta y Viktoriya cabeceaba en la sala, esperando acompañarlo en el último momento.

-Sólo a mí se me ocurre tener tantos pendientes antes de la guerra - suspiró al sentarse en un sillón y hundirse en él en vista de que no disfrutaría de uno en tiempo indefinido, aunque sabía que no era la última vez.

-¿En Moscú me ofrecerán asiento en otro? -preguntó con la ironía más mala que se había dicho así mismo en sesenta y seis años de vida y cerró los ojos para tomar una ligera siesta.

-No, despierta - Y como último esfuerzo se levantó y abrió la puerta para recibir una brisa fresca.

-Estuve a punto de pulsar el timbre.
-¿Putin?
-No acostumbro venir por mi mejor hombre.
-Escucho.
-¿Un habano?
-No fumas.
-Tampoco tú.
-Creí que nos veríamos hasta la audiencia en Moscú.
-Intercepté una comunicación muy interesante y el registro de un boleto de avión ¿Que harás en Jerusalén?
-No te interesa.

Ilya Maizuradze accedió a tomar el tabaco y al encenderlo, miró al lado opuesto.

-Los israelíes no te dejarán pasar.
-Por eso voy como civil.
-Ilya, no quiero meterme en lo que no me importa pero no entiendo este movimiento.
-¿Me espías pero no te imaginas que voy a hacer? Creo que es hora de cambiar a alguien en el servicio de inteligencia.
-No es la primera vez que vas, pero el Mossad te conoce y la situación es muy delicada por tu pasado en la KGB.
-¿Ni siquiera ellos han descubierto mis intenciones? 
-¿Las tienes?
-A las ocho me voy.
-Lo que sea que pretendas, puede ser peligroso. Te acompaño.
-¿No te colocaría en una mala posición política? Mejor paga el boleto de turista de alguien y finjamos que no me sigues.
-Nuestras relaciones con Israel son inexistentes y una visita sorpresa podría ser un gran inicio.
-Buena suerte.
-No seas sarcástico, Maizuradze.
-Soy una desventaja insorteable. 
-Hay algo que no me has contado.
-No te incumbe.

El teniente Maizuradze apagó el habano y se aprestó a cerrar la entrada momentáneamente.

-Hagas lo que hagas, Ilya, no sueltes esto.
-¿Qué es?
-Un seguro de vida.
-No te comprendo.
-Es una tarjeta del Gobierno Mundial, da acceso total a lo que gustes. Tu buen amigo Sergei Trankov te la envía en vista de que si le compartiste tus planes.
-¿Qué hiciste con él?
-Dejarlo escapar como pediste; luego me mandó un telegrama con ese pase. Hasta la fecha no sé a dónde pudo haber ido.
-Por lo pronto haré que te creo, spasibo Vladimir. 

Los dos estrecharon manos y Putin giró a su derecha, rumbo a la esquina. En un vehículo negro y perfectamente camuflado, lo esperaban sus guardias.

-¿De regreso, señor Presidente?
-No, envíen mi maleta a Israel. Ilya Maizuradze y yo realizaremos una visita secreta.

El personal se apresuró a tomar posición y el vehículo se alejó lentamente de ahí. Putin observaba por una ventanilla como iniciaba una ligera llovizna.

-Adiós Vlad - murmuró el teniente Maizuradze y se dispuso a volver al interior cuando oyó que le hablaban.

-¿Lutz? - cuestionó y éste le cubrió la boca mientras le ordenaba a Adelina Tuktamysheva que fuera por el equipaje.

-¡Trankov! - gritó alguien y la figura de este hombre sostuvo a Maizuradze con fuerza tremenda.

-Lutz, no le digas ni a tu sombra que pasé por aquí - ordenó el guerrillero y se marchó con Maizuradze, no sin antes dejarlo inconsciente.


Puesto de control, Jerusalén este, diez treinta, hora local.

-Este hombre traía la identificación del Gobierno Mundial, aquí dice que es imperativo que lo dejen pasar.
-Parece enfermo.
-Que sea problema de los palestinos, no nuestro.
-Le sellaré el pasaporte.
-¿No será un terrorista?
-¿Quién le obsequió la credencial?
-Según la computadora, Andrew Bessette.
-Entonces ha de ser un hombre de confianza, ¿revisaste su equipaje?
-Nada importante, ni doble fondo.
-¡Señor Maizuradze, puede irse! - exclamó una mujer de escasos veinte años, miembro de las fuerzas armadas.

-Menos mal, llegar aquí me costó un disgusto.
-La puerta está al frente, cuando vuelva sólo muestre su tarjeta.
-¿Siempre son tan severos aquí?
-¿A qué va a Palestina?
-¿Misión gubernamental?
-Entonces va contra Hamas.
-Usted lo dijo.
-Tráiganos a esos terroristas.
-No quiero recordarle el origen de esta situación, señorita. No es muy halagador para su bandera.

La chica guardó silencio y el teniente Maizuradze atravesó una reja de acero pequeña que parecía palidecer como protección si se observaba un muro gigante de concreto gris. Del otro lado, un oficial palestino lo recibía con una sonrisa.

-Bienvenido, teniente Mai...
-No me conoce, simule eso - susurró.
-¿Por qué?
-No entro aquí por medios muy legales.
-¿En serio?
-Sólo revisa esta tarjeta, pon un sello y mírame como si me odiaras.
-Pero yo lo estimo.
-Hice enojar a una miembro del ejército israelí.

El oficial abrió más los ojos y se apresuró en concluir su labor.

-¡Pase! - señaló el hombrecillo con cortesía y el teniente Maizuradze se alejó unos escasos metros con su maleta para despedirse y ver como cientos de personas en una zanja con papeles en mano, aguardaban su turno en la inspección para saber si podían entrar o no a Israel.

-Dios, a veces dudo sobre tu concepto de "hijos" - dijo al cielo y recorrió parte del pedestre terreno hacia la camioneta descubierta de una familia. Cortésmente preguntó al padre si podía llevarlo.

-¿Dónde?
-Bayt Lahm.
-¿Habla árabe?
-Fluido.
-Qué bueno, porque a éste no le entendemos.

El teniente Maizuradze asomó la vista al interior y al ver al desafortunado pasajero, se echó a reír.

-Jajaja, ¿como lo dejaron subir?
-Con dinero.
-Ese buen Vlad, tan generoso... Ambos nos dirigimos a Bayt Lahm.
-Suba.
-Una pregunta: ¿Será posible que usted conozca a la familia Nazrallah?
-Sólo a unos Nazarallah, pero viven en Ramallah.
-De acuerdo ¿con quien tengo el gusto?
-Qasim Abdelmalek.
-Ilya Maizuradze, gracias.

El teniente abordó y se colocó delante de Putin, quien veía con horror el atuendo informal de su compañero.

-¿Quién te avisó mi destino?
-Trankov. Oye ¿es cierto que te secuestró?
-Me avergüenza no contradecirlo. Y por patear mi maleta, Adelina Tuktamysheva no tendrá regalo.
-Todo tu entrenamiento sirvió de nada.
-Pero estoy aquí, igual que tú.
-No podía dejarte solo; al final tendrás que explicarme el motivo de tu presencia en este lugar.
-Qué remedio.

La camioneta inició la marcha y el teniente Maizuradze se dedicó a contemplar el paisaje con auténtico placer. Las colinas delataban la siembra de hortalizas y el cielo estaba especialmente despejado.

-Hará frío en unos días, no mucho - avisó en árabe y sacó de su equipaje una carpeta.

-Traigo un presente, Vladimir.
-¿Para quién?
-Te voy a pedir que permanezcas a varios metros y que no entres conmigo a ningún lugar.
-¿Es inseguro?
-No puedo afirmar que las cosas saldrán bien.

Putin permaneció callado el resto de la travesía y el teniente Maizuradze revisaba la pulcritud de su playera blanca y sus tenis estilo vans, pensando que era la última ocasión que aceptaba la ropa prestada de Sergei Trankov.

-Bayt Lahm está cerca - avisó Qasim Abdelmalek; el viento levantaba un poco de arena.

-¿Qué es Bayt Lahm? - preguntó Putin.
-Bayt Lahm, Bethelem o Belén, de las tres formas te refieres a la misma ciudad.
-¿Vas a la Natividad, Ilya?
-No es un viaje religioso, aunque me gustaría pasar.
-¿Le avisaste a alguien que venías?
-Trankov, sólo él.
-¿Por qué?
-No te metas, Vlad.

La camioneta se detuvo en la entrada de la ciudad y el teniente Maizuradze bajó con sus cosas y un par de billetes para recompensar el amable gesto de transportarlo sin preguntar de dónde venía.

-Nosotros seguimos hasta Hebrón.
-Dios le acompañe, señor Abdelmalek.
-No le preguntaré cuál.
-Allah naturalmente. Gracias por todo y disculpe a mi amigo, es que... Él lo intenta.
-Dios le acompañe igualmente.

Putin vio la escena y no tardó en sentirse ignorado por un Maizuradze que ahora actuaba como si él no estuviese.

-¡Espérame, es una orden!
-Te dije que te mantengas lejos.
-¿Qué hago? 
-Hay muchas cafeterias en el centro de Belén.
-Qué alivio, como conozco el idioma.
-Los palestinos hablan inglés, eso te ayuda.
-¿Por qué tampoco revelaste que sabes árabe?
-Porque no. Nos vemos a las seis de la tarde.
-¡Vuelve!
-¡No te escucho! 
-¡Maizuradze, soy tu presidente!
-¡No aquí! ¡Adiós!

Suponiendo que tendría problemas al terminar su viaje, Ilya Maizuradze caminó con velocidad por las primeras calles de Belén, reconociendo en ellas algunos negocios de artesanías en donde solía comprar algunas cajas de madera y otros tantos de juguetes bordados. No era día de mercado.

-Disculpe ¿Sabe dónde puedo encontrar a Abdellatif Nazrallah? - preguntó a un hombre que pasaba.
-¿Quién le busca?
-Ilya Mai ....

El desconocido le miró con desdén y se dio la media vuelta.

-Le desagrado - se dijo el teniente a sí mismo - Es muy rara tanta descortesía.

Con mucho que recorrer por delante, Maizuradze atisbaba grupos reducidos de turistas y niños andando por doquier, personas que le esquivaban la mirada y sobretodo, la curiosidad de una mujer que atendía una panadería. Ella lo reconoció.

-Ghraybeh, por favor.
-¿Sólo una galleta?
-No estaré mucho tiempo, Aliyah.
-Si mi esposo lo ve, correrá a decirle a mi padre.
-Esa es la intención en parte, me urge encontrarlo.
-Tome y váyase, no pueden verme hablando con usted.
-¿Le dirías a tu padre que he venido?
-Claro, márchese ya.

El teniente Maizuradze estaba a punto a de retirarse cuando la mujer, en un arrebato genuino de cariño y curiosidad inquirió:

-¿Cómo está Válerie?
-Válerie... Ella, eh; Válerie tiene los ojos de su madre.
-Qué alegría.
-Está creciendo rápido y le gusta cantar.
-Como a Samira.
-Un día te traeré un video, Válerie es asombrosa.
-¿Le ha dicho algo de su familia... de nosotros?
-Eso es lo que quiero tratar con tu padre.
-Creí... 
-Lo que pasó no es adecuado de mencionar.

El teniente Maizuradze se despidió con poca ceremonia y prosiguió hacia el centro de Belén en donde sí abundaban los turistas que saturaban los cafés. Por donde fuera, se hallaba vendedores de hortalizas y de vino bien añejado.

-Disculpe ¿sabe donde puede estar Abdellatif Nazrallah? - le cuestionaba a algunos de estos comerciantes y la mayoría, al saber quien era, le negaban el habla.

-Mejor váyase ¿No cree que su familia ya ha hecho suficiente daño? - le replicó otro. Al mediodía sería la oración y Maizuradze no quería tardar más en terminar su travesía, así que le insistió.

-Deme labneh - le indicó - ¿Tiene idea de dónde está el señor Nazrallah? 
-¿A qué vino?
-A decidir un tema de familia. Ahora ¿quiere darme un pretexto que valga la pena?
-No le arrojo mis zapatos porque tengo pudor y están mis nietos jugando por acá... Abdellatif fue al desierto ayer pero es seguro que llegue a casa. 
-Era lo que deseaba escuchar, gracias.
-Si no ha vuelto, fue al café de Said Yehya.
-De acuerdo, buen día.

El teniente corrió hasta la esquina y tocó la campanilla delante de una puerta vieja. Nadie respondió.

-¡Por Allah! ¡Que nadie más sepa que nos visita! - profirió una mujer de escasos cincuenta años desde la esquina opuesta, acercándose velozmente- Mi marido le mataría en este instante, le suplico que se marche.
-No diga eso, Fatimah.
-No puede ser, preferiría que todos mintieran al avisarme que ha venido ¡Salga de aquí! ¡Déjenos en paz! - lloró la mujer - ¡Por la familia, por Samira, por su padre, desaparezca! ¡Me arrodillo en ruegos, que nadie lo vea!
-Fatimah, quisiera acceder pero no haga esto, no vengo a provocarles un mal, es por su nieta.
-¿Le ha sucedido algo malo?
-Nada parecido, es sólo ... Levántese, traigo cosas buenas.

Él ayudó a la mujer a incorporarse.

-Son fotos de Válerie, no las desprecie.
-¿Por qué hace esto?
-Es por ustedes, no me lo tomen a mal.
-Han pasado tantos años...
-Me urge conversar con su esposo, estimada Fatimah.
-Ustedes sabrán como arreglarse si él no estalla; usted no sabe la furia con la que se despierta cada noche, grita y profiere maldiciones, ve demonios y jura que acabará con usted para que no lo atormenten sus pesadillas...
-Comprendo todo eso, es que quiero compensarlos.
-¿Compensar qué? Mi hija está muerta, su hijo está muerto y el mal que éste nos hizo no se borrará nunca y usted tampoco tuvo corazón ¡se robó a mi nieta y mató a mi hija! ¡Canalla!
-¡Fatimah! - gritó una voz enérgica y aguda, perteneciente a un hombre temible. El teniente Maizuradze soltó su valija como reacción.

-¿Cómo se atreve? - continuó el hombre - ¡Entra a casa, Fatimah y enciérrate! - La mujer accedió dócilmente, dirigiendo una mirada ansiosa de piedad a su marido. El teniente Maizuradze vio al suelo.

-Infame - dijo Abdellatif Nazrallah - Sólo Allah sabe cuantas veces he maldecido el suelo que tu corrupta estirpe pisa.
-¿Eso incluye a Válerie?
-Mi nieta regresará a su casa, ¡en cambio usted se reunirá en el infierno con su hijo!

Ilya Maizuradze quedó de una pieza cuando Nazrallah le apuntó un revólver a la cabeza, con los ojos humedecidos y con un coraje infinito, como si cargara con el peso de una gran injusticia. Alrededor había mucha gente. (Continuará)

Glosario básico del cuento aquí "Gastronomía palestina"
*Con la colaboración de Enrique Arturo Olivares González @3nrique82

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