sábado, 2 de agosto de 2014

Le jours tristes (Las historias de amor nunca terminan, quinta parte. Los lugares)


Después de su paseo con el teniente Maizuradze, Judy Becaud volvió a su local sintiéndose muy triste. Su marido había preparado la cena.

-¡Oh, Jean!
-¿Cómo te fue?
-No dejes de abrazarme.
-¿Qué pasó?
-¡El teniente Maizuradze, él me...! Me platicó que se va mañana, nos invitó a despedirlo.
-¿A dónde va?
-A Moscú y luego a una guerra, no supe cuál.
-Qué lástima, él me agrada.
-También me enteré de que se va a divorciar y sus hijos no le hablan.
-Nunca lo hubiera imaginado.
-Está muy afectado.
-¿Y te contagió?
-¿Qué?
-Luces terrible.
-Qué buen halago.
-¿No llevabas un suéter?
-¡Mi suéter! ... Oh no, él se lo quedó.
-¿Qué hicieron?
-Fuimos a caminar, él no conoce bien París y le mostré lo más que pude pero con el calor le encargué mi suéter y olvidé pedírselo, supongo que me lo devolverá mañana.
-Comprendo ¿quieres fideos?
-Me caerán bien.
-Por cierto ¿No hablaste de David y Amy?
-No que recuerde.
-¿Segura? Imaginé que dirías que viven con nosotros.
-Ahora que los mencionas ¿dónde están?
-Amy dormida pero David fue con Cumberbatch a ver no se qué.
-¿Le diste permiso?
-Regresan a las diez de la noche.
-¡Pero Cumberbatch es un irresponsable!
-Sólo fueron a un mercado nuevo en Le Marais.
-¡Nunca debes creerle a Cumberbatch y David no debe andar por ahí mientras tú te quedas tan despreocupado!
-¿Te recuerdo que David es mi hijo o seguirás alegando?

Judy quedó sin habla momentáneamente y se cruzó de brazos mientras Jean le ponía enfrente un plato con sopa.

-Come, te ves exhausta.
-Está mal cocido.
-No soy cocinero.
-Te mostraré cómo hacerlo, lo prometo.
-¿Podré poner picante?
-Lo que quieras.

Judy tomó asiento con calma, como si acabaran de regañarla.

-¿Me acompañarías a decirle adiós al teniente Maizuradze? Tendríamos que levantarnos muy temprano.
-Entonces cierro de una vez, disfruta la comida.
-Te lo agradezco, amor.
-Te va a gustar mi sazón algún día.
-Pasará, ya lo verás.
-También si quieres una ducha, hay agua caliente.
-Jean, te amo, nunca lo olvides.
-¿Por qué me dices esto?

Judy acabó de desalentarse.

-Por nada, sólo me nació.
-También te amo, me nació igual que a ti.

La joven bajó la cabeza y degustó unos fideos terribles antes de acceder a la idea de tomar un baño, tratando de entender, una vez en la regadera, por que su marido solía adoptar esa mala actitud con frecuencia y qué consejo sería adecuado pedir para que él se controlara por lo menos.

Jean en cambio, siguió tan campante acomodando sillas y perdiendo el tiempo mientras esperaba a David, quien sería enviado a la cama de inmediato y sin pretextos en cuanto arribara. Eran las siete.

En uno de esos momentos inútiles, Jean Becaud fue apremiado por una ansiedad de escribir, obligándose a tomar un bloque de post its y tratar de sacar una buena idea, así fuera para un cuento sobre una pelea de gatos o el esbozo de un relato de terror ¿Y si escribía en forma novelada la historia de Sergei Trankov y la bomba? Ni siquiera tendría que poner el nombre de Zooey Izbasa y podía disfrazarla de una trama de suspenso, con espías y militares ¿Y si la transformaba en novela gráfica?

Emocionándose, Jean comenzó a recordar lo que sabía del asunto, haciendo diagramas y cuadros sinópticos para estructurar el nuevo proyecto. Su letra era pequeña, ilegible y exclusiva con el fin de reservarse la claridad para la edición; luego resolvería lo del grafista porque no conocía a ninguno pero en París abundaban los que dibujaban por unas cuantas monedas. 

-¿Quién toca? - preguntó al ser interrumpido por el golpe cortés a su puerta, creyendo que David era el responsable. 

-Teniente Maizuradze.
-Perdone mi segunda visita ¿se encuentra la señorita Judy? 
-Está descansando.
-Qué inoportuno he sido, vine a entregarle su suéter. 
-Lo recibo.
-¿Le ofrecería mis disculpas? 
-Claro.
-¿Interrumpo?
-No, es mi desorden, cosa de escritor.
-¿Estaba inspirado?
-Organizaba el material.
-De todas formas he quedado mal con usted, perdone.
-Descuide, es parte del oficio.
-Por cierto ¿le diría a su esposa que le encargo estas llaves? Sólo puedo dejarlas con ella.
-¿Por qué? ¿De dónde son? 
-Jean, convénzala de usarlas, ella sabe el lugar.
-Le avisaré.
-Es imprescindible que vaya, insístale mucho, por favor.
-Lo que desee.
-Otra cosa: también usted es libre de ocuparlas cuando guste.
-Gracias.

El teniente Maizuradze extendió la mano a Jean y este la apretó cordialmente, como amigos. No se despidieron.

-Ahora hay que volver al trabajo - concluyó el señor Becaud al ver partir a su visita y contemplar a David y Luke Cumberbatch aproximándose por la dirección contraria.

-Dijeron que los vería hasta las diez.
-Nos corrieron del mercado.
-¿Se pelearon?
-Cumberbatch andaba de seductor y los carniceros le moretearon el ojo.
-David, ve a dormir, luego hablamos.
-Alcancé a comprarte mucho queso.
-Bueno, ya probaré. Duérmete porque nos levantaremos temprano.
-¿Y Amy?
-Haciendo lo que te acabo de ordenar, adiós.
-Hasta mañana, papá.
-Lo que sea.

David corrió a su habitación y Jean permaneció contemplando a Cumberbatch colocándose hielo en la cara.

-¿Te arruinaron la belleza, buen "Cumber"?
-Recibí un rasguño.
-¿Por lo menos las chicas lo valieron?
-Conseguí sus números y tengo una cita con la más guapa.
-Bueno, te salvaste del ridículo.
-David me ayudó a escapar, es un genio para hacer volar los botes de basura.
-¿Mi hijo hizo qué?
-Salvarme el pellejo, luego le doy unos morlacos.
-A mi hijo no le vas a dar dinero y menos por ponerlo a cometer idioteces.
-La idea fue suya.
-Pero el imbécil fuiste tú.
-Qué delicado jefe, antes era chévere.
-¡Te callas o te rompo la boca!

Cumberbatch simuló que ponía un cierre en sus labios y se retiró el hielo.

-De todas formas te necesito para un trabajo.
-¿De qué clase?
-¿Aún eres experto en cerraduras?
-Competente y en activo.
-¿Sigues entrando a los coches que la gente no cierra bien? 
-Sí.
-Pues toma uno prestado, tú y yo vamos de excursión.
-Jefe, no le conocía esa faceta.
-¿Ves esto?
-Llaves antiguas, me interesan.
-Encuentra qué abren y te doy el viernes libre.
-Mejor un "bono".
-Pero no más de 30€.
-Hecho.
-Buen Cumber, otro favor: pónte de nuevo el hielo, con el color del golpe...
-¿Qué?
-Pareces papa.

Cumberbatch agarró de nuevo el hielo y siguió a Jean a la calle.

-Elige el coche que más te guste.
-No es tan simple jefe, recuerde que le estoy dando lecciones cívicas a la comunidad.
-Sólo toma ese gris.
-Es acero.
-¿Tú conduces?
-Oiga, no espere un gran viaje -Cumber intrudujo una especie de ganzúa y abrió - Estas llaves son de un edificio medio belle époque.
-Hay miles en esta ciudad.
-Muéstrelas otra vez.
-Cumber, larguémonos.
-Definitivamente son de un edificio que ya he visto... ¿En dónde vi una cerradura que le pudiera quedar a la principal?... Qué coincidencia, son mis acabados.
-Deja de divagar.
-Jefe, ya sé donde ir, ¿ruta rápida o corrida lenta?
-Sólo marchémonos.
-Usted lo pidió.

Cumberbatch arrancó el auto y se dirigió a una avenida próxima, procurando acelerar y omitiendo los altos. Aunque el auto pasaba frente a algunas patrullas, nada sucedía.

-¿Vió? Nadie nos sigue.
-Cuando vas muy rápido no te persiguen porque no les interesa.
-Nos podrían alcanzar.
-La policía está llena de idiotas, Cumber. 
-¿Algo que no sepa?
-Si no se esfuerzan por multarte por tu exceso de lentitud, menos van tras un delincuente de medio pelo.

Jean decía todo como si la rapidez del vehículo no fuera gran cosa y ciertamente le daba igual, como si correr autos fuera su costumbre.

-¿Dónde aprendiste a robar, Cumber? - preguntó como si conversara de forma normal. Cumberbatch no le parecía un perdedor como a los vecinos.

-Mi primer empleo fue en una cerrajería, mi mamá me botó ahí cuando dejé la escuela.
-¿Por qué la abandonaste?
-Por raro.
-¿Estás arrepentido?
-Me fue mal por inteligente, literalmente. Comencé a brillar en cuanto me libré de esa estupidez del colegio.
-Ja ja ¿y en la cerrajería te iba bien?
-Me encargué de que me despidieran.
-Pero aprovechaste el tiempo.
-Los candados, las llaves, códigos electrónicos, todo eso es muy fácil de aprender, puedo violar cualquier puerta de esta patética ciudad.
-¿Has pensado en irte?
-Me gusta ver a la gente con sus caras de idiotas y luego hay cada chica...
-Uh, si lo he notado.
-¿Voltea a ver a otras? Creí que con su esposa ya no le impresionaba nadie.
-Judy es bellísima, últimamente se ha puesto cada vestido ajustado que ¡aw!
-¡Ja ja ja! ¿y por qué ve a las demás?
-Para que mi mujer me guste más.
-¿En serio?
-¿Crees que me voy a encontrar otra como ella así nada más?
-Pero ¿usted es un escritor famoso, no? Hasta puede ligarse a Gisele Bundchen.
-¡Gisele! je je, Judy está mejor.
-Es difícil pero la señora Becaud ... Si le gana a Gisele ¿eh?.
-Te digo.
-¿Cómo le hizo para casarse con ella?
-Nada más la visité hasta que la convencí.
-¿Tan fácil?
-Mi suegra es una bruja que me aborrece y Judy me contaba que no le permitió ser modelo ni actriz; si la dejó cocinar es porque iba con la educación de monja que le dio.
-¿Judy es religiosa?
-Donde la ves.
-¿Es mojigata?
-No, pero es medio arrogante.
-Algún defecto nunca falta.
-Le da como por sentir compasión de quienes hacen cosas malas, así de "pobres, son débiles de voluntad".
-No juegue.
-Ella se siente bien y no me molesta todavía.
-A ver si no se lo aplica.
-Ya lo ha hecho pero como no le tengo mala fe, no reclama.
-¿La quiere?
-Sí, no estoy loco por ella pero me agrada, es linda.

Cumberbatch pisó el acelerador por última vez y avisó que casi llegaban a su destino.

-¿Y tú, Cumber? ¿Novias que hayas tenido?
-Algunas, me aburro casi enseguida.
-Asumo que no te importa conocer a alguna chica.
-Pues sí pero nada formal, no quiero escenitas de celos ni cenas con los papás.
-¿En los empleos que has tenido no hubo una con la que te dieran ganas de ir en serio?
-Soy joven.
-¿Cuántos años tienes?
-Diecinueve.
-Te ves mayor.
-Me desvelo a menudo, leo mucho.
-¿Qué hojeas?
-Maiakovsky, Dostoyevsky, Solzhenytsin, Pushkin, todo eso, hasta Nabokov y Chéjov si quiere, Gógol...
-Mal gusto no tienes.
-No leo porquerías.
-¿Escritores franceses?
-No me gustan, son muy blandos.
-¿Algunos más?
-Stendhal, Goethe y ya, no soy muy fan de estilos acaramelados ni amargados, el otro día me recomendaron a Yasunari Kawabata y no me agradó, es conmovedor pero esas obsesiones con la muerte y la vejez no las tolero, tampoco Neruda.
-¿Quieres ser escritor?
-Prefiero ver películas, también renuncio al sueño para ver las de Welles o italianas de los treinta, a mí no me da por Buñuel o Resnais y esas ondas, cuando mucho aguanto a Bergman y a Eisenstein.
-Crítico de cine, entonces.
-Pero en la sala de mi casa, lo mío es cocinar.
-Eres malo en eso.
-Me hago tonto.
-¿Razón?
-No me parece servirle a cualquiera.
-¿Judy y yo somos cualquiera?
-No, pero no quiero que los clientes noten que hay diferencias en mi trato.
-Haré que no oí eso.
-Con lo que compré en Le Marais pienso hacer un buen platillo, los fondues también son mi especialidad.

Cumberbatch disminuyó la velocidad poco a poco y buscó un lugar para estacionarse, Jean le mencionó que tenían el Louvre encima.

-No me gusta esta calle, la vista lo arruina todo.
-¿Eres delicado, Cumber?
-Me molesta la luz y como se ve esa... Detesto esa pirámide.
-Bueno, ¿ahora qué?
-Vaya a revisar las chapas, yo iré a abrir.
-¿Qué dijiste?
-Que sé de dónde es la llave.

Cumberbatch se dirigió a la derecha y permaneció recargado en un farol mientras examinaba un portal extravagante.

-¿Es aquí?
-De lujo, señor Becaud, pero no, no se haga ilusiones.
-No me gustan las bromas.
-Es que vine varias veces a reparar cerrojos a este barrio. Las llaves que me mostró fueron el encargo de un ruso loco que compró el edificio de la esquina sin verlo por dentro.
-¿De veras?
-Nadie quería arriesgarse con lo que quería.
-¿Por qué? 
-La forma de los candados es complicada, yo acepté hacerle el trabajo por mi lado.
-¿Estabas curioso de ver su propiedad?
-No, a la que deseaba era a la chica que vive al lado. Sigue desnudándose a esta hora, ja.
-No me llama la atención.

Cumber contempló una sensual sombra femenina unos segundos más antes de girarse y aproximarse a una puerta de hierro y madera que le recordaba los cuentos de hadas.

-El problema es que los candados requieren triple vuelta: una a la izquierda, otra a la derecha y la tercera es al azar.
-¿Eso es posible?
-El ruso hizo eso, yo tardé dos semanas en fabricarle una llave que sirviera.
-¿Recuerdas al que te contrató? 
-Un tal Maizuradze, teniente de la armada rusa ¿por qué?
-En persona me entregó el juego completo.
-Entonces va a tener más problemas, las habitaciones se abren casi de la misma forma, Maizuradze me pasaba los candados y por la paga no me quejé.
-Cuestión de acostumbrarse a la forma de entrar ¿Haces el honor?

Cumberbatch revisó el candado y depositó la llave, tratando de ir al sentido correcto sin lograrlo las primeras veces.

-Izquierda... Ya sonó, ahora la derecha y hay otro ruido... Izquierda a la mitad y la derecha completa... Listo.
-¿Cómo supiste, Cumber?
-El teniente Maizuradze usaba esa estrategia cuando se hartaba, no siempre funciona.
-¿Por qué no la aplicaste desde el principio?
-Porque el cerrojo se abrió con esa combinación la última vez, me di cuenta por las marcas. No volverá a suceder, para la próxima habrá que batallar.
-Entonces, aprovechemos lo que ya conseguimos.

Ambos se introdujeron al edificio y Jean enseguida se dedicó a buscar un interruptor o una lámpara, pero Cumberbatch, no exento de tropiezos, encontró lo que quería.

-Gracias, amigo.
-Siempre vaya al muro del frente.
-¿Cómo supiste?
-Tengo memoria eidética, vulgo: fotográfica.
-David lo notó y me dijo, luego te vigilé Cumber.
-Me di cuenta. Es lo malo, también tengo hipermnesia y miedo a los plátanos.
-¿Qué?
-Soñé que les harían un filme, es perturbador.
-Otra cosa que omitiré... Wow.
-Sí, este lugar es bonito.
-¿Por qué Maizuradze le pediría a Judy que venga para acá?
-Cuando lo vi al mediodía sonreía como compulsivo, tomó la mano de la señora exactamente por veinte minutos, sorbía el café y no le quitaba los ojos de encima, le buscó la cara exactamente siete veces y tenía la marca reciente de haberse retirado el anillo de matrimonio... A él le gusta su esposa, jefe, está muy claro. 
-No, él es neutral, hogareño, un amigo...
-No se preocupe, Judy lo notó pero no le hizo caso.

Jean volteó a su alrededor e imaginó lo que Judy pudo haber hecho por la tarde. El incidente del suéter ya parecía sospechoso.

-Del primer piso al séptimo son departamentos, hay un sótano y el edificio da para la otra calle.
-Maizuradze tiene dinero.
-No mucho, todo lo que tenía lo invirtió en esto, eso dijo sin querer.
-Cumber ¿qué tan precisa es tu memoria?
-Usted se comió un champiñón a escondidas de Judy cuando se dio cuenta de que el tipo de al lado planeaba irse sin pagar y terminó tomando una cerveza también a espaldas de su mujer, usted alzó la cabeza para ver que era lo que yo hacia pero no se dio cuenta de que todo se reflejaba en el cristal que está enfrente del fregadero.
-¿De qué color era el pañuelo del bolsillo de mi camisa?
-Verde, la señora Judy lo dobló en forma de triángulo y se lo puso cuando usted se negó a usarlo porque pensó que se veía como nerd, ella lo peinó de lado..
-Me quedo claro que memorizas lo que no te incumbe.
-El primer piso siempre tiene la puerta abierta ¿quiere ver? Hay algo interesante por acá.
-Todavía no acabo de ver la planta baja.
-Hay dos copas y una botella de vino abierta.
-¿Hay alguien ahí?
-No, pero el departamento huele al perfume de Judy.

Jean Becaud corrió por la escalera e hizo a Cumberbatch de lado, entrando al corredor del apartamento próximo.

-No se altere.
-¿Cómo quieres que me ponga? ¿Te gustaría que tu novia tomara alcohol en compañía de otro?
-Mejor agarre esto.
-¡No levantes cosas, Cumber!
-Es que va dirigido a su esposa.
-Dame eso.
-Oiga, ¿podría recibir mi bono de una vez?
-Vete al diablo.

Jean descendió y tomó asiento en el primer escalón de la escalera, curioso del sobre que tenía en las manos y en el que se leía un escueto "Judy". 

-¿No es ilegal abrir paquetes ajenos?
-Hurtas autos, Cumber, cállate.
-Bueno, entonces dígame de qué se trata.
-Son unos papeles.
-¿De qué?
-Házme un favor, consigue café y abre todas las puertas del edificio, esta noche va a ser muy larga.

Cumberbatch decidió que no iría por lo ordenado. Optó por utilizar las llaves y descubrir si el sitio estaba en tan favorables condiciones como aparentaba, ver si algo despertaba su interés o si había rastros de una tentativa aventura amorosa que no le revelaría a su jefe. 

-Doña Judy, usted me sorprende ¿el vetarro de Maizuradze, en serio? Qué buena actriz, me engañó - comentó mientras peleaba con un cerrojo rígido.

-Jefe, acá arriba está mejor - gritó antes de volver a su ocupación. Él se rindió una vez que una llave en forma de corazón se trabó en una puerta, impidiéndole pasar al último nivel.

-Señor Becaud, voy a tener que ir por mis herramientas, una entrada me está dando la... ta. 

Jean había leído los papeles pero con la tardanza de Cumberbatch y el cansancio acumulado que le pasaba la factura, se había dormido.

-Señor Becaud, usted me va a perdonar pero yo quiero mi bono y ... Primero veré estos documentos, ¿no le dije que también leo como demonio desquiciado?

Cumberbatch prestó atención a cada papel, enterándose de que el teniente Maizuradze prácticamente le regalaba a Jean y Judy Becaud la posesión de algunas partes del edificio y como condición, les establecía reabrir el antiguo Le jours tristes.

-¡Ea! Mi jefe ya firmó... Pero en el sobre hay un paquete, aquí está.

Luke Cumberbatch no se sorprendió por ver un pequeño álbum fotográfico, mismo que escudriñó una y otra vez, conociendo el local de Tell no Tales.

-Bueno, pues apoyo la mudanza, mire como su esposa firma, señor Becaud ¿Qué creía, que no le saco más provecho a mis talentos? "Judy Becaud" en perfecta caligrafía manuscrita, ni ella sabrá cuando pasó.

Cumberbatch se sintió satisfecho de usar la pluma, seguro de que Jean sería inflexible y solo por deshacerse del casero, se iría a ese edificio.

-Juro que aquí si voy a cocinar como virtuoso y ¿qué dice aquí? "Hospede a los Liukin, están buscando casa"... ¿Liukin? Leí el apellido en el periódico... Era de una ¿patinadora? Sí, patinadora, la vi en el anuncio de París Match -revisando una foto - ¡Es la misma! ¡Oh la lá! Benvenue madame.

El chico estaba asombrado y no paraba de repetir "¡Carlota, la classe!", incrédulo de que la conocería. De acuerdo al álbum, si alguien adoraba Le jours tristes era la joven Liukin.                                    

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