jueves, 7 de agosto de 2014

Quiero volver


Viktoriya Maizuradze soñaba de nueva cuenta con la niña que danzaba en el bosque y le parecía contemplarla como si de verdad la tuviera enfrente al momento que ésta de forma sorpresiva cayó al hielo, hiriéndose el rostro y tambaleándose posteriormente. 

El susto fue tal, que Vika despertó y lo primero que escuchó fue un golpe seguido de un grito, optando por ver que ocurría en la cocina.

-¡Carlota!
-¡Ouch!
-Tranquila, ¿qué pasó?
-¡Me duele la cabeza!
-¿Te golpeaste?
-¡No lo soporto!
-¿Te puedo ayudar?
-¡Siento que me va a estallar!

Carlota lloraba y se retorcía, cubría sus ojos y postrada sobre sus rodillas parecía que se desbarataría.

-Tranquila, Carlota ¿tomas aspirinas?
-No me sirven.
-¿Tienes migraña?
-Estoy viendo nublado.

Alterada, Viktoriya se incorporó velozmente y fue por ayuda. 

-¡Señor Liukin! ¡Gwendal! ¡Alguien! ¡Carlota se siente mal! ¡vengan ya!

Regresando a la cocina, la chica vio como Carlota apretaba los dientes.

-¡Dios mío! Viktoriya, hazte a un lado - exclamó Tamara Didier, que se arrodillaba frente a la joven Liukin - ¡Llama a una ambulancia, esta niña no está para pastillas! - y la chica Maizuradze se abalanzaba sobre el auricular de la sala, marcando a emergencias y viendo desde su sitio como Carlota, por desesperación, casi se arrastraba.

-¿Será por la operación que le hicieron? - preguntó Romain Haguenauer.
-Imagino que sí, al principio le daban jaquecas, yo pensé que no tendría otra - respondió Tamara.

-¡La ambulancia llega en cinco minutos! - exclamó Viktoriya mientras la familia Liukin se concentraba alrededor de la sala. Ricardo se aproximaba a Carlota.

-Respira, aquí estoy, cielo.
-No lo aguanto, papá.
-Lo sé, por eso óyeme: quiero que pienses algo bonito y que cierres los ojos.
-¡No puedo! 
-Aprieta mi mano.
-¡La luz me molesta mucho!
-La apagamos, Carlota.

Andreas y Adrien permanecían de pie, sin saber si debían acercarse a su hermana.

-Gwendal, lleva a Adrien a dormir, recuerda que si le ganan los nervios no parará de gritar - ordenó Ricardo, pero los otros dos preferían ocuparse de ver qué sucedía.


-¡Andreas! Ve por un doctor a donde sea, ¡Tamara! deje encendida una lámpara en la sala, por favor.
-Claro, señor Liukin.
-¡Haguenauer! ¿Podría ayudarme a levantar a Carlota y recostarla? 
-Lo que pida, ¿algo más? 
-Nada, sólo necesito mantener tranquila a mi niña.

Colocándole una improvisada almohada y cubriéndola con una cobija que estaba a la mano, Ricardo Liukin abrazó a su hija fuertemente, asegurándole que todo estaría bien y que aquél ataque pasaría pronto. 

-Descansa, cielo, aquí estaré.

Carlota se limitaba a lagrimear.

Mientras tanto, Javier había ido a la calle en compañía de Andreas  y se topaban con la noticia de que el médico del vecindario atendía a pacientes en un asilo y no tenía hora de regreso.

-Y pensé que Tell no Tales era una pesadilla ¿Esto es París?
-No se ha puesto peor.
-No conseguimos ni un taxi.
-Tranquilizaros, que volveréis a casa.
-Javier, vete al diablo.
-¡Ea! Mejor tú.
-¿Quieres pelea?
-Sois estúpido... Sigue caminando.

Ambos preguntaron en varias aceras donde hallar auxilio, dando con la dirección de una enfermera de urgencias en el número 32 de la calle Condorcet.

-¡Espere, espere! - gritó Andreas al verle llegar - ¿Podría ayudarnos?
-¿Qué se les ofrece? ¿Aplicar una inyección, atender la caída de un anciano?
-A mi hermana le duele la cabeza.
-¿Está enferma o se golpeó?
-No lo sé.
-Bueno, yo no puedo intervenir en cualquier cosa.
-Es que llamamos una ambulancia y no llega. 
-¿En dónde viven? 
-En el once de Bruyére.
-Avisen que voy para allá, le diré a mis hijos que me salió algo.
-Bueno, se ve.
-¿Ni siquiera gracias? Maleducado.

El chico corrió de vuelta a casa y jaló a Javier para que no alcanzara a disculparse con la mujer.

-A donde vinimos a encontrar a alguien, comienzo a odiar esta ciudad.
-Algo ha de haber pasado, no hay autos circulando.
-Nosotros ya cumplimos, mejor vámonos.

Los jóvenes corrieron y entraron con escándalo a casa de Romain Haguenauer, ocasionando que Ricardo les hiciera bajar la voz de manera brusca.

-¿Qué pasó con el doctor? 
-No lo encontramos papá, pero convencimos a una enfermera.
-No la veo.
-Dijo que venía.
-Qué maravilla, podemos aguardar lo que sea.

El señor Liukin volteó hacia Carlota, notando que la débil luz le afinaba aun más los rasgos.

-Buenas noches, me dijeron que necesitan de mí - anunció una voz femenina - ¿En qué puedo ser útil?
-La enfermera llegó rápido - añadió Andreas.
-Te habría llevado en mi coche si no te hubieras marchado - Remató la mujer que intuía que en el sillón estaba el motivo de su visita.

-Tenemos a una jovencita muy enferma ¿Cuándo empezó?
-Perdí la cuenta y no creo que la ambulancia venga - respondió Ricardo.
-Quiero hacerle una pregunta a esta señorita ¿Qué sientes?

Carlota apretó su sábana.

-Me duelen la cabeza y los huesos, quiero que apaguen la luz.
-Me dijeron que sólo tenías jaqueca.
-Apenas inició lo de los huesos.
-Tocaré tu frente... ¡Estás helada! Necesito cubrirte un poco más, con otra cobija será suficiente. Corazón ¿Desde cuándo estás indispuesta? ¿Pasó algo extraño en el día?
-No, nada más me levanté por agua.
-¿Cómo te llamas?
-Carlota.
-¿Hay otra cosa que te moleste, Carlota?
-Nada.
-¿Dolor de garganta o de estómago? ¿Náuseas?
-No.
-Te tomaré la temperatura.

La enfermera se dirigió a Ricardo.

-Señor ¿Ella se enferma frecuentemente?
-No, la última vez fue hace un año y no duró mucho.
-¿Qué le dió?
-Fiebre, nada más.
-¿Otra cosa?
-La operaron de emergencia en febrero. 
-¿Qué pasó?
-Carlota tuvo un incidente y recibió un batazo, la internaron por trauma craneal.
-Santo niño.
-Estuvo en coma mes y medio y después le dieron medicinas para el vértigo; tiene prohibido el ejercicio, los deportes y dar de brincos hasta que el neurólogo diga que puede retomarlos.
-¿Un coma a su edad? No lo creo, se ve muy bien pero deben consultar en un hospital cuanto antes. Voy a retirar el termómetro.

La enfermera procedió y se sorprendió, sin dudar un segundo en tocar a la joven.

-Tienes treinta y nueve de temperatura pero pareces un hielo.

Viktoriya Maizuradze experimentó desde su distancia un fuerte escalofrío ante tal comentario y abrazó a su padre.

-¿Puedo pasar? - Anunció una figura masculina.
-Es el doctor Klose, da consulta por la noche - señaló la enfermera.
-Me avisaron que estabas aquí ¿Cómo ayudo?
-Esta jovencita tiene dolor en los huesos y en la cabeza, la luz la disgusta y tiene temperatura de treinta y nueve.
-Es gripe.
-Ella se encuentra muy fría y no está sudando.
-Es por el aire.
-El papá refiere que ella fue intervenida hace cuatro meses por un trauma craneal, hubo un coma y le dan fármacos para el vértigo.
-¿Cómo empezó la molestia?
-Lo único que me comentaron es que ella fue por agua.
-¿Por qué llora?
-¡Me duele la cabeza, hagan algo! - exclamó Carlota de golpe. El médico sonrió y giró hacia ella.

-Sigue mi dedo... ¿El dolor es en toda la cabeza?
-En la nuca y la frente.
-¿Molestias en la nariz?
-Ninguna.
-Pero tus hombros están tensos. Requiero que descubras un poco tu pecho, usaré el estetoscopio

Carlota desabotonó su pijama apenas.

-Excelente, el latido es normal; ahora voy tu espalda... ¿Te dio mareo antes del dolor o en los últimos días ha pasado algo?
-El cerebro no me da vueltas.
-Abre la boca... Examinaré tus oídos y tu nariz.
-¿Hay algo?
-Tu garganta está inflamada y tienes gripe.
-¿Es todo?
-No hay que alarmarse, niña, estás bien.
-No soy una niña.

El médico la observó curioso.

-Cuando te parten el cráneo, corres el riesgo de que al recuperarte, las cefaleas sean más severas, pero si hubieras tenido un episodio de mareo, estaría preocupado. De todas formas te prescribiré unas pruebas.
-No quiero otro exámen.
-No hay que arriesgarse.
-Me van a decir lo mismo de siempre.
-El vértigo se quitará pronto si guardas precauciones.
-¿Cuándo es pronto?
-Podrían ser tres meses, seis, depende.
-Es mucho... ¡Tamara! ¡Me perdería la temporada!

Carlota se cubrió por completo con sus cobijas, notándose que sus quejas se transformaban en un llanto menos estridente.

-¿No puedo patinar, verdad? - susurró.
-Lo más seguro es que no, ¿tienes tus últimos estudios?
-Los guardo todos.
-¿Quieres que los vea y te dé mi opinión?
-No es necesario.
-¿Para qué quieres patinar?

Carlota se destapó e incorporó enseguida.

-¡Soy patinadora y gano medallas! ¡Miles de fans están ansiosos por mi regreso! ¡Los patrocinadores se están peleando por mí!... ¡Es lo que más me gusta hacer y no he entrenado nada, no tengo rutinas, ni vestuarios, no he probado mis saltos ni contratado un coreógrafo! ¡Estoy harta!
-Si no te cuidas, en serio, puedes lastimarte.
-No importa, ya no quiero estar sin mis patines.
-Ve a revisión en cuanto acabe tu gripe, he anotado unas recomendaciones y en el hospital te atenderán como se debe. Buenas noches, Carlota.

El doctor se retiró rápidamente, estrechando la mano de Ricardo y expidiendo una receta después de preguntar si la joven Liukin padecía alergias y reiterando que los análisis eran necesarios, sobretodo por la impaciencia que ella demostraba. La enfermera también se despidió y dejó su número telefónico.

-Otros seis meses serán una tortura - comentó Carlota.
-Carlota, no es el fin - replicó Viktoriya Maizuradze.
-No he podido patinar una temporada completa y no sé si voy a hacer las piruetas como antes, ¿qué pasaría si el vértigo no se me quita? ¿Voy a tener que renunciar? En Hammersmith anduve en patineta y nada sucedió, en el tren yo parecía gallina cocainómana y tampoco me sentí mal, he tomado las pastillas, duermo temprano ¿Por qué me pasa esto? ¡Ay mi cabeza, como fastidia! 
-Bueno, el médico escribió que hay que ver tus oídos, tal vez no estás tan mal.
-¡No voy a patinar! ¡Maldita sea!
-Carlota, no maldigas.
-¿Qué hacen todos quietos? ¡Se supone que deberían estar atendiéndome! ¡Tráiganme sopa! ¡Arreglen mi ropa para el médico y aparten un abrigo bonito! ¡Compren mi medicina!

Carlota volvió a recostarse sobre su almohada y a estrechar sus cobijas antes de hacer lo propio con un peluche que le llevaban y exigir que le sirvieran té de jazmín hirviendo cuando lo deseara.

-Haguenauer, ¿seis meses son mucho tiempo? - preguntó Ricardo Liukin en la cocina, mientras intentaba acordarse de la receta de una sopa de cebolla - ¿Las lesiones son cubiertas por nuestro contrato?
-Si Carlota no se recupera, no tengo idea.
-Si saco cuentas, sabré que no podré pagar sus cuidados.
-La Federación tiene un límite.
-¿Cuánto?
-Carlota y Tamara se comprometieron a obtener dos medallas este año y la primera está cubierta; para la segunda tienen seis meses.

El señor Liukin exhaló sin fuerza, sin saber qué hacer. Carlota se alteraba más con cada minuto sin sus patines y sus nervios eran más inestables, haciéndola caer en su volátil naturaleza.

La ambulancia jamás llegó.

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