viernes, 31 de octubre de 2014

El doctor Frank (Cuento de día de muertos. El árbol de la vida).


Nathalie, Fabian: I adored the whole EX program, it made me wrote this...

Revolución del espejo, año indefinido:

-¿Hay algo qué hacer?
-Le he dado todos los medicamentos y no me queda más que una dosis de salvarsan. 
-¿Por lo menos Bérenice responde al tratamiento?
-Llegamos tarde.
-¡No, no, no!
-Quiso responder pero está paralizada, va a pasar lo peor.
-Matt, no la puedes dejar morir.
-No hay más, señor Mukhin. Es hora de despedirse.

Matt Rostov abandonó su bata y sus guantes en un cesto de basura, lavó sus manos y su rostro y cayó rendido ante el sofá mientras se abstenía de mirar hacia la habitación de su paciente, misma que cerraba los ojos lentamente.

-Hay que dejarla descansar - murmuró como espectador de una agonía que le demostraba su fracaso.

-Podría no despertar.
-Empeorará si no duerme.
-No quiero arriesgarme a que muera, Matt.
-Dele un día más de vida, señor Mukhin.

Matt Rostov escondió la cara entre sus rodillas y soltó su angustia a manera de lágrimas rabiosas para evitar quebrar su instrumental por impotencia. Afuera y cual fúnebre coincidencia, el cielo se volvía negro.

-Debo contar con más arsénico en mi gabinete, si doblo la dosis, ella podría sobrevivir en lo que consigo penicilina... Penicilina, alguien debe venderla o esconderla. 

Aterrorizado, el joven médico se incorporó, regresando a la cama donde yacía Bérenice únicamente para abrir una ampolleta e inyectarle lo que restaba de antibiótico.

-¿Qué haces, Matt?
-Gano tiempo.
-La vas a envenenar.
-No me queda más remedio que arriesgarla, necesito ir a mi consultorio y ver si encuentro al menos un paliativo, no creo que el bombardeo haya acabado con todo.
-¿Y si no hay?
-¡Bérenice no puede morir mientras yo la cuide! ¡No así! Iré por más salvarsan, ella resistirá y más tarde le traeré la medicina que la cure.
-¿Qué haré? Estaré solo.
-Tranquilizarse y revisar que ella respire. No tardaré pero anoté como reanimarla si hace falta, confíe en mí señor Mukhin.

Matt miró a todos lados y consideró oportuno abandonar su estetoscopio como señal de que regresaría. Ningún doctor en Tell no Tales acostumbraba abandonar tal objeto por una superstición de sobrevivencia, pero dadas las circunstancias, era más seguro salir a la calle haciéndose pasar por un habitante común y corriente en vez de ser capturado por las fuerzas gubernamentales u opositoras y verse obligado a sanarlos, no obstante toparse con otros civiles y atender a sus heridos era más peligroso. Algunos médicos perdían la vida en motines organizados por los pacientes o quedaban mutilados. 

-Llévate el revólver - sugirió Roland Mukhin, pero Matt Rostov lo despreció, eligiendo en su lugar un cuchillo discreto y una ampolleta de morfina para librarse del dolor en caso de ser lastimado. Sin abrigo, el joven hombre salió con premura, dificultándosele la visión al descender la escalera. En la banqueta apenas lograba identificar lo que tenía más cerca y temerario, se encaminó hacia su antiguo dispensario en una avenida lejana, cercana a una colina. La gente corría para refugiarse y algunos estallidos a las afueras de la ciudad sonaban como si se realizaran en las próximas esquinas.

-¡Doctor Rostov! - exclamó una voz a la mitad del trayecto.
-¿Anissina, estás demente?
-Te estaba buscando.
-Si es para una brigada o para el hospital, olvídalo.
-Supe que estabas trabajando con arsénico, ¿todavía te interesa?
-¿Quién te dijo?
-Te vieron tomarlo de mi consultorio, ¿estás atendiendo a los sifilíticos?
-Claro que no.
-Supongo que estás tratándote.
-No me quites el tiempo.
-Es que me sobra el salvarsan.

Matt Rostov dejó de adelantar su paso.

-¿Cuánta?
-Para regalar, ¿qué tan grave es tu "diagnóstico"?
-Sífilis terciaria con parálisis y probable retraso mental que no he querido hacer notar.
-¿Te queda tiempo?
-Esta noche es generosa.
-Rostov, sabes que es un caso perdido.
-Por favor, tengo que retrasar el deceso lo más posible.
-¿Intentaste con mercurio?
-Fabrique pastillas hasta con el de mi termómetro.
-¿Bismuto?
-Lo agoté.
-¿Yoduros?
-¿Por quién me tomas?
-Deduzco que probaste hasta las sulfamidas sin resultado.
-Si no encuentro penicilina, se acabó.
-La epidemia nos rebasó, Rostov.
-Si pudieras darme todas las dosis, yo te pagaría con lo que fuera.
-¿Cuál es tu intención?
-¡La maldita sífilis está acabando con!.... Por Dios, no quiero que muera.
-Rostov...
-¡Sin la penicilina, no puedo trabajar! 
-¿En qué fase detectaste la enfermedad?
-Secundaria, las sulfamidas daban buenas señales al principio.
-¿En qué momento cesaron los buenos resultados?
-A los once días de la medicación.
-¿Cuándo contrajo la bacteria?
-Dos meses.
-Es una cepa muy agresiva.
-Es la que tienen la mayoría de los enfermos, nunca la habíamos enfrentado.
-¿Buscaste ayuda?
-Varias ocasiones.
-¿Por qué no hablaste conmigo?
-Porque estás envenenando a los pacientes.
-El arsénico tampoco es inocente.
-Pero lo utilizo como último recurso. Anissina, entiéndeme.
-Lo primero que debes saber es que no hay penicilina.... Pero rescaté una píldora.
-Ayúdame.
-Instalé un depósito clandestino, por si acaso.
-¿Acaso qué?
-Los médicos contagiados de lo que se te ocurra por dar servicio no van a tardar y tú ni siquiera te has hecho una prueba para estar seguro de que sigues sano.
-No he tenido contacto con las úlceras.
-Pero apuesto a que has besado a tu "diagnóstico".
-Más que besos al encontrarla.
-Ven acá, tengo el equipo para el análisis.

Anissina y Rostov atravesaron la acera y un umbral de hierro oxidado que pese a su estado, parecía haber resistido algunos ataques de bayonetas y una bomba casera. Detrás, el edificio que se revelaba parecía un laberinto de escaleras y ambos tomaron una de las que daban hacia el norte, deteniéndose en un octavo piso.

-En tres semanas deberé repetirte los análisis si sale negativo.
-También estudié medicina.
-Pero no métodos de laboratorio, he desarrollado un sistema parecido al de detección del VIH.
-¿La prueba rápida?
-Es muy exacta, pasa.
-Se parece a mi sala de consulta.
-La parte de atrás es la estrella.
-¿Es una morgue?
-¿Te acuerdas de nuestra teoría? Busco un cadáver pero la guerra no deja buenos cuerpos.
-Anissina, discúlpame pero probamos que no sirve.
-No insistimos lo suficiente pero hallaré el modo. 
-No te respaldaré.
-No importa. Flexiona un brazo, esto tardará una eternidad y cuento con un piso fuerte cuando te desmayes.
-No eres gracioso.
-No estoy a un paso de morir.
-Te contagiaré en mi necropsia.
-Tu sentido del humor es equivalente.

Matt Rostov sonrió apenas.

-¿Sabes que no siento dolor con las agujas?
-Es que estás pensando en la chica.
-¿Te puedo encargar sus cuidados mientras obtengo más penicilina?
-Soy enemigo de la reanimación.
-Anissina, tengo que mantenerla viva, se lo prometí a su padre.
-Rostov, nosotros no podemos asegurar ni nuestra existencia.
-Es la única persona que ese hombre tiene y tú sabes que también la última que me queda.
-¿Cómo pudiste hacer eso?
-La perdí una vez.

El doctor Anissina terminó de extraer la muestra que necesitaba y Rostov procuró tener cuidado de no moverse mucho mientras su mirada recorría una serie de cables en el techo.

-Lo que ves es la conexión del estimulador cardíaco.
-Utiliza mucha energía.
-Mencioné que sigo trabajando en nuestra teoría.
-¿No quemarías al paciente?
-He mejorado el regulador, ahora son cargas pequeñas.
-Al menos no desechaste el desfibrilador tradicional.
-He practicado mucho con las transfusiones, por cierto.
-Tomaste mi idea.
-Una sangre sana puede aliviar enfermedades, tuvo sentido con los ratones.
-Sin antibióticos no tiene caso.
-¿Quieres ver el quirófano?
-Dame el salvarsan.
-Tu prueba no tarda mucho; oye, no uses más medicamento si no es necesario.
-Usaré hasta que la rescate.
-¿Le quieres provocar gangrena?
-O ceguera con tal de que su sistema quede libre.
-Rostov, no sabes lo que dices.

Con creciente interés, Matt Rostov trataba de observar a través de una cortina de color claro más detalles de la sala de operaciones, satisfecho de que su colega mantuviera el sitio como un refugio.

-Detrás de ti hay una caja con tratamiento para cuatro noches. Ten cuidado.
-¿La penicilina?
-Desde luego, fracciona la pastilla lo más que puedas.
-Si tuviera una emergencia, ¿me auxiliarías?
-Te ofrezco hacer una visita y darte un comentario pero si las cosas son insalvables, me retiro.
-Es justo.
-Te aconsejo no aferrarte, Rostov. 
-¿Hay opción?

Ambos quedaron en silencio, a la espera de un resultado negativo casi previsible. 

-Si te importa continuar con nuestras ideas, ven cuando quieras.
-Anissina, te prometo ver que haces.

Matt Rostov no obstante, elegía tomar las ampolletas y las ocultaba debajo de su playera y en los bolsillos, hurgaba en otros rincones y pronto se convenció de que Anissina no era capaz de engañarlo. 

-Rostov, por favor no vuelvas a tener contacto con las llagas de tu novia, saliste negativo .... ya lo sabías.

Anissina y Rostov abandonaron el laboratorio sin dirigirse la palabra. Por los pasillos, varias personas corrían y algunos demostraban hallarse enfermos, aunque no del todo desafortunados porque en el contrabando se ofertaban sulfamidas.

-¿No te interesa preguntar cómo están?
-Sólo quiero a una persona sanando.
-Antes te desvivías por los demás.
-Nunca más.

A lo largo del trayecto, Matt Rostov miró con cierto desprecio a cada persona que pasaba cerca, quizás recordando los tiempos en que regalaba medicamentos indiscriminadamente a quien los requiriera. Una parte de sí, aun deseaba entregar parte de lo que llevaba consigo, pero su experiencia le indicaba que sería inútil, viendo como se compartían las dosis y no la sanación.

-Es por aquí, disculpa haberte hecho venir.
-Rostov, lo que sientes no es esperanza.

Ambos se introdujeron al edificio donde vivían los Mukhin y sin hacer ruido, pasaron a su departamento, había mucho silencio.

-Señor Mukhin, volví con un compañero ¿cómo sigue...? ¿señor? 
-Rostov, nadie contesta, eso no es bueno.

Alarmados, se aproximaron a la habitación en la que Bérenice yacía grave instantes previos, contemplado que Roland Mukhin la abrazaba. La mujer parecía tener las arterias exaltadas.

-¡No! - gritó Matt Rostov avocándose a reanimarla enseguida.
-No hay qué hacer, ¡Retrocede! - ordenó Anissina. 
-¡No pasa nada Bérenice, yo lo arreglo!
-¡No seas terco, Rostov!
-¿Tu padre presionó fuerte? Revisaré tus costillas, no sentirás nada; conseguí la penicilina, ¿no te alegra? 
-¡Sufrió vasodilatación! ¡Está muerta! 
-¿Verdad que sólo es un shock? Anissina, tenemos tiempo.
-Matt, ¿cuánto salvarsan usaste? 
-Bérenice, estás asustada pero te juro que saldremos de esto, ¡mi estetoscopio! ¿dónde lo dejé?
-¡Basta! ¡Rostov, la envenenaste!

Matt Rostov agitó a Bérenice Mukhin e intentó rescatarla de nuevo, pero sin resultado. Reflejándose en los ojos de la chica por última vez, comprendió que era hora de declararla perdida.

-Señor Mukhin, ya terminó.
-Lo sentimos - añadió Anissina.
-Fallé, Dios ¿por qué?
-Rostov...
-Pero no he perdido la batalla.
-¿Qué quieres decir?
-Mi tratamiento no rinde resultados pero si otro médico la interna, tal vez el esquema sea nuevo.
-Matt, detente.
-Ella no debe morir en mi ausencia, por eso soporta tanto dolor.
-Señor Mukhin, usted sabe que mi compañero está equivocado, lamento que lo esté haciendo sufrir innecesariamente.
-¡Mientes! - gritó Matt - Bérenice ha vuelto a dormir, es tiempo de cambiar lo que he hecho, ¡sólo quiero tiempo! un minuto más, uno...

Matt Rostov ahogó su voz y lloró como un chiquillo. Incrédulo por lo que acontecía, levantó el cadáver para negarse a convencerse de que era un caso perdido.

-¿Dónde vas? 
-Hay que parar la dilatación, seguro guardaste algo para esto, Anissina.
-¡Rostov, esa mujer murió!
-Querías un cuerpo ¿no? Tienes este, está invadido por arsénico pero si mi hipótesis es correcta, hay que estimular los nervios y el corazón al mismo tiempo.
-¿Qué demonios?
-Ella se ha cansado, prometo que estará bien.

Ante un impresionado Roland Mukhin, Matt Rostov estrujó a Bérenice y se dirigió al exterior, Alban Anissina iba detrás, dispuesto a derribarlo.

-Ayúdenme - suplicó una joven que los reconoció en la banqueta - Mi abuela tiene una tos muy fuerte.
-¿Estás sana?
-No me he contagiado.

Rostov sacó el cuchillo y sin contemplaciones, lo enterró en la garganta de la desconocida.

-También tengo la sangre y los órganos, Anissina préstame tu laboratorio o te mato.

El otro sujetó el segundo cuerpo, experimentando adrenalina en el acto. 

-Bérenice, te sentirás mejor cuando despiertes - murmuró Matt Rostov, conteniendo el remordimiento - Anissina, mantén con buena temperatura a nuestra "voluntaria".
-¡No puedo creer lo que has hecho! 
-Desgarraré la femoral de Bérenice, pero quiero que hagas un torniquete en la otra paciente para que no pierda más sangre.
-¡Estoy sujetando a alguien que se está ahogando!
-Ella también va a vivir, ninguna perderá nada.
-¡Por ...!

Matt Rostov tomó de nuevo el filo y lo clavó en una de las piernas de su novia, contemplando luego como la sangre emergía en un violento borbotón.

-¡Estás alterando a la voluntaria, idiota! - exclamó Alban Anissina.
-Adelántate y sédala, explícale el procedimiento y dile que no se espante.
-No estoy seguro.
-Las dos funcionarán en un mismo cuerpo, Anissina, es nuestra oportunidad.

Obediente a un impulso, Alban Anissina arrastró a la mujer que desfallecía hasta su apartamento mientras Matt besaba los cabellos de Bérenice y el río de sangre iba cuesta abajo.

-Te lo juro, superaremos esto - pronunció poco antes de dar nuevos pasos - La sífilis se fue por la coladera - y la sujetó con mayor fuerza, notando que su peso era insignificante y su piel tan descolorida, que casi parecía un fantasma. Él prefirió fijarse en los ojos de la mujer, mismos que daban la impresión de que se cerrarían en cualquier instante.

-No te rindas Bérenice - repetía y se alentó a correr hasta el refugio de Alban Anissina, confundiéndose en más de una ocasión con el lugar o escalera que debía tomar.

-¡Por acá! - exclamó su amigo y Matt Rostov se precipitó en ascender, casi cayendo cuando entró al consultorio.

-¿Por qué la voluntaria está viva?
-No tengo una gran anestesia, acuesta a Bérenice a su lado.
-¿Paraste la hemorragia?
-Completamente, la chica ya sabe el procedimiento y cómo terminaremos.
-Perfecto, me asearé.
-Toma una bata cuando termines.

Rostov se dirigió al lavamanos sin dejar de mirar a la joven llorosa que utilizaría en una operación arriesgada, misma que no podía moverse a pesar de que el sedante era poco efectivo y suplicaba porque le permitieran marcharse.

-No te preocupes, haré que no te duela. Piensa en que ayudarás a alguien que necesita de ti - dijo él a manera de inútil consuelo - La chica que está allí se llama Bérenice, ¿la conoces? - la desconocida lo negó con un gesto sutil - Supongo que te gustan los cuentos de hadas, éste es uno.

Con la cabeza baja, Matt se acercó a Bérenice, pero se dirigió a la donante.

-Ella es la mujer que amo, deseo protegerla, no voy a renunciar a tenerla, ella haría lo mismo por mí.... ¿Si un hombre tomara una vida para que tu siguieras, te gustaría? ¿No? Pero si fuera para asegurar la existencia de las dos, ¿estarías de acuerdo? ¿Sabes qué es amar a un hombre? - de nuevo hubo una negación - Entonces lo sabrás gracias a mí, si deposito tu vida en ella, las dos me tendrían, a ti también te amaría.

Pero la aterrada joven tomó la palabra:

-¿Cómo podría amarte si vas a matarme?
-Porque lo sentirías en las entrañas.
-Pero no en mi piel, tampoco podría verte, ni siquiera te pensaría.
-Lo harás, gracias a ella.
-No sería yo.
-Las dos formarán una sola persona.
-¿Si acepto, te quedarías conmigo?
-Es una promesa.
-No quiero morir.
-Tu sangre, tu corazón, todo tu ser, formarán a Bérenice; respirarás a través de ella, serás feliz. La vida está en tus órganos.

La joven se soltó a llorar, pero oía a Matt Rostov hablando al cadáver, besándolo; de reojo contempló un abrazo y cómo él susurraba inaudibles palabras que se antojaban emotivas.

-¿Si te dijera que te entrego mi cuerpo, me harías tuya? 
-Mía por siempre.
-¿Y me hablarías como a ella?
-Con más amor.
-¿Funcionará?
-Ni dudarlo.
-¿Si no resulta?
-Te amaría por permitirme intentar salvar a la mujer que más he amado en el mundo.
-¿Serías tan incondicional?
-En carne y sangre, como lo que te suplico ahora.
-No quiero un sedante.
-No mereces sentir dolor.
-Quiero sentir tu forma de amar, doctor Rostov.

Ella miró hacia el techo, quedando tranquila, tomando la mano de Bérenice para comenzar a unirse a ella, ignorando los estímulos que la habrían hecho correr de no recibir la convicción de la sobrevivencia.

-Anissina, voy a suturar la arteria de Bérenice; tú extraerás la sangre de nuestra paciente a través de la femoral. Házlo rápido para que no lo note.

El otro hombre no tardó en realizar un procedimiento siniestramente simple como colocar una gran aguja y contemplar como la sangre se depositaba paulatinamente en recipientes de vidrio a falta de más equipo. Por su lado, Rostov tomaba un bisturí, procurando causar heridas pequeñas en su amada, revisando con rapidez qué partes podrían estar colapsadas.

-Hay una lesión cardíaca, no la sufrirás más - señalaba con dulzura y removía aquél órgano mientras su cuerpo temblaba - También tus pulmones te molestaban, perdóname por no evitar este daño... ¡Tú hígado! Lo volví inservible, por eso te envenené con la última medicina, lo hice sin querer.

Y con cada disculpa, la desconocida sonreía; con cada órgano que Matt Rostov mencionaba como necesario, derramaba una lágrima y fuera por el mareo que el desangramiento le causaba o las alucinaciones correspondientes a su agonía, creyó encontrarse en medio de un hermoso sueño.

-Seré amada - comentó como últimas palabras, dirigiendo su mirada al médico que habría de obsequiarle una existencia nueva.

-Rostov, la tenemos.
-Enfría las donaciones de la voluntaria, ya acabé con Bérenice.

Limpiándose de nuevo y cambiando sus guantes, Matt Rostov procedió a realizar una operación larguísima, pidiendo ayuda para conectar los nervios, las arterias, las venas y supervisar que cada parte quedara adecuadamente implantada. Nada se desperdiciaba, no se cometían errores y por momentos, Bérenice parecía registrar ligeros espasmos, a pesar de que se suponía que no había un sólo rastro de actividad en su organismo. Una cátedra de cirugía que cualquier persona habría anhelado ver.

-Rostov, mentiría si digo que no admiro tu destreza.
-Colocar los pulmones me ha llevado más tiempo, ¿cuánto llevo trabajando?
-No creerías cuánto café hemos gastado.
-Trae el corazón, es lo que me falta.

Lo que para Anissina significaban un par de noches, para Rostov era como si hubiese estado en un procedimiento de cualquier otro día, excepto cuando tuvo en sus manos el corazón.

-Bérenice, aquí estoy. Vivirás, amor, yo lo arreglo.

Alban Anissina consideró retornar a su escepticismo anterior y se dió cuenta, por un ataque de escrúpulos, que había participado en algo incorrecto. Su entusiasmo científico se iba diluyendo, quizás por que la locura de Matt Rostov había costado el sádico fallecimiento de una persona inocente con promesas falsas involucradas.

-Hay que irrigar su sistema, Anissina dame la sangre por favor y prepara tu estimulador.

El otro no respondió.

-¿Qué pasa?
-La voluntaria, se llamaba Zahia.
-De acuerdo.
-Zahia, vecina de Bérenice ¿No recuerdas quién era?
-No la conocía.
-Era la chica que te horneaba galletas cuando visitabas a sus abuelos.
-Alban, estamos en medio de una intervención, cualquier dilema moral se puede meter afuera de esta sala.
-¡Zahia te...! Tú le gustabas, toma la sangre.

Matt Rostov introdujo una aguja en un brazo de Bérenice y en el otro sulfamidas, sólo para asegurarse de que ningún rastro de sífilis quedara en el cuerpo, no obstante tuviera que revisar los huesos después. 

-¿Qué harás para conseguir inmunosupresores, Rostov?
-Las tropas del Gobierno Mundial tienen de todo, algo se me ocurrirá para robarles.
-No puede estar sin tomarlos.
-Por eso tú me darás los que guardas al lado de las vendas.
-Rostov, me niego a hablarte después de esto.
-Si resulta, te daré crédito.
-No llegaste al extremo por Bérenice Mukhin.

Hubo un silencio durante la transfusión y Alban Anissina, alterado y arrepentido, salió a tomar aire.

-Nos ha dejado solos, mucho mejor - dijo Matt - Falta poco, Bérenice, vas a sonreír muy pronto.

Sin perder un sólo instante, él dio un pequeño masaje al corazón y después de un minuto, encendió el artefacto que resolvería la situación, no sin antes atar a Bérenice para colocarle una serie de agujas en la cabeza y los pies, una en la espina y algunas más en los dedos. Por otro lado, las paletas de estimulación asemejaban una gran pinza y progresivamente, Matt Rostov fue añadiendo voltaje a intervalos. 

-Amor, responde por favor - mencionaba cada vez con voz más trémula, advirtiendo mayor frecuencia en los espasmos, pero sin ritmo cardíaco.

-Bérenice, estamos peleando, continuemos... Mujer, vamos.

Pero no hubo respuesta, excepto una expulsión de sangre por la boca que manchó la bata de Matt Rostov.

-¡No, Bérenice! - gritó tan fuerte, que Alban Anissina regresó.

-Retírate, Rostov.
-¿Es un sangrado estomacal, verdad?
-Su nariz se rompió.
-¿Qué?
-Controlado, fue un asunto pequeño.
-Debo continuar.
-¡La estás lastimando!
-¡No está viva!
-¡Claro que no, ríndete!

Pero el cuerpo se incorporó y vomitó de nuevo.

-¡No he cerrado!
-Yo lo haré, Rostov.

Matt tomó un papel de espectador pasivo, mientras Anissina suturaba lo mejor que podía. 

-¿Matt? - murmuró la voz débil del cuerpo.
-¿Qué demon...?
-¿Qué hago aquí?
-¡Amor! - intervino Matt.
-¿Qué hago aquí?
-Anissina, lo conseguimos... ¡La resucitamos! ¡Anissina!

Pero la euforia duró un segundo, Bérenice entró en paro cuando el último punto cerró su incisión en el pecho.

-¡Necesitamos carga!
-¡Ya basta Matt! ¡Déjala ir!
-¡Estamos tan cerca!
-¡Ya sabemos que es posible rescatar a alguien, ya basta!
-¡Anissina, por Dios! ¡Amo a esta mujer, ella debe estar viva! ¡Bérenice!

Matt Rostov arrojó a Anissina fuera y dio choques a la mujer una y otra vez, no obstante le ocasionara fracturas en las costillas y golpes en la espalda.

-¡Por qué, Bérenice, por qué! ¿Por qué nunca pudimos estar juntos?  ¡Por qué hago todo por ti y nunca es suficiente!- lloró Matt Rostov ante la mirada conmiserativa de Alban Anissina, que titubeaba entre insistir con la resucitación o consolar a su colega, que comenzaba a aferrarse al pecho de ella, rogando por un latido.

-Rostov, esto acabó, no hay que hacer.
-¿Qué he hecho?
-Lo necesario, piensa eso.
-¡Maté por ella, Alban! ¡Maté!
-Fui tú cómplice y diré que te metí la idea si nos descubren.
-Qué desastre, los abuelos de Zahia estarán muy solos, el señor Mukhin sufrirá más de lo que imaginé, yo... 

Renunciando a estrujar el cadáver, Matt renunció a su bata y por no perder la razón comenzó a limpiar el lugar, hasta que un crujido, proveniente del estimulador, lo hizo retornar a la cama. 

-Bérenice, disculpa por dejar esto cerca de ti - clamó débilmente cuando notó que una serie de espasmos nuevos agitaban el cuerpo de la mujer con mayor violencia, hasta que está pareció despertar y tomar un respiro.

-¡Matt! ¡Matt! 
-Aquí, aquí, véme... ¡Anissina!
-La boca me sabe a sangre.
-No tiene importancia.
-¿Por qué el aire no entra a mi nariz?
-Se fracturó mi amor, lo corregiré enseguida.
-¿Qué hago aquí?
-Vinimos con Alban Anissina, él ...
-¡Alban! ¿Él me curó? Me siento mejor.
-Fue Matt - intervino un sorprendido Anissina - Él se esforzó en encontrar tu medicina, yo los tenía nada más.
-¿Qué le pasó a esa chica?
-Un acci ...Murió y usamos sus órganos en el hospital, lo que pasa es que no la pudimos atender allá porque no había camillas.
-¿Qué es un órgano?
-¿Perdón?
-Anissina, dejémosla descansar.
-Tengo hambre.
-Bérenice, dénos un minuto.
-Sí, doctor.

Matt y Alban se apartaron hacia un rincón, cansados y hasta cierto punto, estupefactos.

-¿Cuánto tiempo crees que viva?
-No he tomado el pulso.
-Sé sincero, Rostov.
-Juzgo que no mucho.
-No puedes pasarte la vida reanimándola ni inyectándole epinefrina, ella vasodilató antes de morir la primera ocasión.
-Será manual.
-Está lastimada.
-Temo que si duerme, no despertará.
-¿Por qué decidiste cambiar y terminar el experimento?
-Bérenice es casi todo para mí, el resto es mi vida para acompañarla.
-Sin asumir el personaje de príncipe, dime la causa real.
-Alban; tú conoces esta clase de amor, también llegarías tan lejos o más que yo.
-¿Estás tan desesperado?
-Perderla no es un miedo, Alban. No morir con ella, es algo que no soportaré.
-Entiendo, guardé algo que debes usar.

En ese mismo espacio, Alban Anissina poseía un cajón nada llamativo, diminuto, en el que apenas cabían unos dedos, pero del cual sacó dos frutos blancos.

-Matt... No, no quiero que hagas preguntas, pero dale una a tu mujer y la otra la debes comer sin tardanza.
-¿Qué son?
-No sé cómo se llaman, las tomé de un jardín.
-¿Tienen alguna función médica?
-Si Bérenice ingiere una, la sífilis, el rechazo a los órganos, las fracturas y los dolores se quitarán, sus uñas crecerán, no tendrá secuelas por el veneno y recuperará su energía; tú la seguirás y ambos estarán bien.
-¿Por qué?
-Habrá consecuencias.
-¿Cuáles?
-Ambos vivirán, eso es seguro; pero no siempre va a ser agradable, ni normal.
-La vida no es fácil.
-Exacto y un día se hartarán de ella, Matt ¿no es preferible tener unos minutos juntos que resulten muy buenos, que una eternidad amarga? 
-Le prometí la vida, debo cumplir.
-Si comen la mitad, permanecerán jóvenes el resto de su existencia; si comen todo, no van a conocer la muerte.
-Estaré con ella, será la fruta completa.
-Prepárate, porque hay efectos irreversibles.
-Puedo con todo.
-Bérenice tiene retraso mental, uno ligero, será permanente.
-No es grave, no se notará.
-No recuperará su tono de piel y no tendrá hijos. Siempre que lo intente, abortará.
-Lo superaremos.
-Tú también verás que te pones algo pálido y los dos tendrán hambre para siempre. 
-¿Algo más?
-No se enfermarán si esa era la duda. 
-Confío en ti.
-Este es el punto en el que crees tener la vida en tus manos, Rostov; el amor en cambio, podría no durar lo mismo.  

Matt Rostov tomó las frutas y fue dónde Bérenice, que confesaba sentirse mareada. Su pulso era lento.

-Come esto, te hará bien.
-Siento frío.
-La sábana te servirá.
-Este durazno es muy jugoso.
-No es un durazno.
-Tienes otro.
-Bérenice, mira mi mordida.
-¿Competencia?
-Todo, de un bocado.
-Me ganaste antes de empezar.
-Prueba que podías vencerme.
-Me lo pasé más rápido.
-Bérenice, a partir de hoy no me separaré más de ti. 
-¿Irás a casa conmigo?
-Me quedaré hasta el fin del mundo.

Bérenice Mukhin y Matt Rostov se abrazaron y sonrieron mutuamente, conscientes de que una calamidad había terminado. La advertencia sobre la eternidad ni siquiera se tomaba en serio.

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