martes, 4 de noviembre de 2014

La fuerza del corazón


¡Te amo, Miguel!*

En las calles de París se disfrutaba un hermoso verano todavía y Miguel Ángel pensaba en cuál sería un buen detalle para presentarse ante Carlota Liukin y comenzar su trabajo, aunque no sabía que esperar. El viejo del muelle no le había dado detalles sobre ella y otros ángeles no la ubicaban bien, aunque la mayoría aconsejaban llevarle una tarjeta de las que vendían en los kioscos y unas flores para no asustarla. Él no estaba muy seguro.

-¿Si quiere decirle "hola" a una joven, le regalaría algo? - le preguntó a la vendedora de periódicos.
-La tarjeta no se vería muy bien.
-Lo imaginé, entonces ¿qué podría ser apropiado?
-Depende ¿ella le gusta?
-Quiero conocerla nada más.
-Con el saludo es suficiente ¿para qué quiere un regalo?
-Tengo entendido que la chica es un poco difícil.
-Es hora de que le digas adiós, amigo.
-Usted es muy sincera.

Desconcertado, Miguel Ángel se alejó con cortesía y caminó varias cuadras con una mano en la nuca, cuestionándose por que deseaba tanto agradarle a Carlota.

-¿Hay un ángel que me guste ayudar? ¿un querubín? ¿Dios? - pensó antes de que el olor a chocolate lo atrajera a una repostería llamada "Ladurée", en dónde la concurrencia no permitía ver los mostradores y los murmullos resultaban molestos. Era un día de ventas muy ajetreado.

-¡Necesito más macarones de fresa! ¡Se han tardado con los de limón! - gritaba una de las empleadas y casi enseguida sus peticiones se cumplían mientras los clientes le exigían rapidez.

-¿Ahora qué? - se dijo Miguel cuando una mujer le pidió que le cediera el paso y otra tropezó con él, haciéndola saber que estorbaba. Él intentaba adaptarse al ritmo y captó que debía formarse para mínimo saber a qué lugar había entrado, aunque los arreglos florales le indicaran que era confiable y podía relajarse, además de suprimir sus ganas de mirar a los demás para descubrir que clase de personas eran.

-¿Qué hace ahí? Le ayudo a comprar lo que quiera - Mencionó la voz grave de otro ángel que se hacía pasar por vendedor del local. Miguel sonrió de alivio.

-¿Qué le trae a la Tierra? ¿Un demonio desatado?
-Hay muchos, pero no vengo a arrojarlos al infierno.
-¿Qué se le ha ocurrido al viejo del muelle?
-Emplearme de niñero.
-¡Ja ja ja! Bienvenido al trabajo rudo, General.
-¿Es malo?
-Se pondrá peor.
-Los ángeles de la guarda no se quejan.
-Porque sus labores son tan pesadas que no tienen energía para hacerlo.
-De todas formas no duermo, supongo que no habrá diferencia.
-General, no sea tan optimista.

El ángel tomó una caja color verde pastel e introdujo un surtido de macarones, pero, por tratarse de Miguel, tomó otra oscura, misma a la que metió más de aquellos bizcochos, pero solamente de chocolate.

-30€ por favor.
-De acuerdo y gracias, Dios te bendiga.
-Igualmente, suerte.

Miguel pagó mientras se sentía extraño y se percataba de que llegar al Boulevard Bercy le llevaría al menos una media hora de tráfico y si caminaba se tardaría más pero eligió la segunda alternativa antes de que, debido a la importancia de su misión, se le facilitaran nuevamente las cosas. Edwin Bonheur salía a su encuentro en la esquina.

-Suba, tome mi casco.
-¿Desde cuándo te gustan las motocicletas?
-¿Usted se acuerda de mí?
-Sí, de todos.
-Lo llevo ¿Dónde vamos?
-Hospital Bercy, tengo que ver a alguien.
-¿Un enfermo?
-Algo así, es una chica.
-Mmh, ¿los macarones son para ella? Buena elección.
-¿En serio?
-A todas les gustan.
-¡Oh, espera! Entonces no.
-¿Por qué?
-No quiero que piense que es como las demás.
-Bueno, recibir un regalo de Ladurée no es de todos los días.
-Pero si las mujeres aman los macarones, debo darle algo más.
-¿Quién es la afortunada?
-No es una mujer precisamente, es una ¿joven? ¿jovencita?
-Bien, entiendo el dilema ¿puedo saber quién es?
-Carlota Liukin, una patinadora estrella o algo así.

Edwin miró al suelo y estaba tan serio, que Miguel se percató de que algo no andaba bien.

-Carlota es delicada.
-¿Caprichosa?
-Refinada.
-¿Los macarones son...?
-Casi perfectos, sólo hay que comprar té.
-¿La conoces bien?
-Miguel, no soy quien para pedirle o sugerirle pero no se haga su amigo.

Los dos caminaron un poco hasta un expendio de té y Edwin se hizo cargo de adquirir la mezcla que la joven prefería, tratando de no pensar en lo que había pasado con ella y sonriendo apenas al ver a Miguel que elegía hacerse de unas flores.

-¿Violetas? Son las favoritas de Carlota.
-¿De verdad?
-Lo dejaré en el hospital.
-¿Escondes algo?
-Cuídela bien, lo merece.
-¡Eras su ángel de la guarda!

Edwin afirmó y se dispuso a conducir con velocidad, mientras su compañero aumentaba sus expectativas y se imaginaba que Carlota Liukin era especial y de gran corazón, alguien tan única que el trabajo de protegerla se tornaría alegre y grato.

-Llegar a Bercy nos va a tomar mucho.
-Me prohibieron volar.
-Entiendo.
-Te agradezco traerme, ¿qué tan lejos está el hospital?
-Bastante, ¿por qué?
-Me voy corriendo.
-¡Es París!
-Edwin, sé lo que hago. Adiós.

Miguel corrió por Champs - Elysées hasta desviarse a la ribera del Sena, prosiguiendo en línea recta, creyendo que hacía bien en dejar a Edwin atrás. Sin darse cuenta, la gente lo dejaba pasar y el reloj le ofrecía la insólita oportunidad de permanecer detenido algunos instantes, motivándolo a llegar en lugar de renunciar, como de repente era tentado. El hospital del boulevard Bércy se vislumbraba curiosamente hermoso.

-¿Qué le digo cuando la tenga enfrente? ¿La verdad? Bueno es que no puedo mentir, pero ¿si no me cree? Es la primera vez que hago esto, ¿es tan difícil? - clamaba y se entusiasmaba más, al grado de notar que alrededor de él se desprendía un ligero halo de luz. Alrededor, el ambiente se inundaba de una energía muy fuerte y toda la maldad que podía albergarse en el boulevard era desterrada en su totalidad, alegrando a los que caminaban por ahí. El sol brillaba un poco más, pero no molestaba.

-Aquí es, tranquilo Miguel, regístrate y di que traes un regalo - se señaló así mismo, con la esperanza de que en la recepción no le colocaran una traba. Una vez en la puerta, se limitó a ir despacio.

-Buenas tardes, ¿habitación de Carlota Liukin, por favor? - pronunció sintiéndose torpe.
-¿Quien la busca?
-Un regalo, ¿Ladurée?
-No está permitido entrar con alimentos.
-Disculpe es que..
-¿Joubert Bessette mandó todo esto?
-¿Qué?
-Es que la señorita Liukin lo llama y lo llama, tuvieron una discusión terrible pero veo que fue un enojo de los que se olvidan rápido ¿Usted es el mensajero?
-Se confunde...
-No cubra al joven Bessette, es más, ni anotaré que usted estuvo por aquí. Pediatría está a su izquierda, la señorita se encuentra en la habitación 25B ¡corra, corra!

La enfermera se incorporó y tomó de la mano a Miguel, quien a duras penas sostenía sus obsequios y dudaba sobre lo que ocurría ¿Por qué alguien imaginaba que Joubert Bessette ... ? Bueno, no interesaba tanto pero el asunto debía quedar claro antes de que cualquier enredo se hiciese más grande o la situación se prestara para un nuevo problema. El aroma a té avisaba que el encuentro con Carlota Liukin estaba a punto de darse.

-¡Niñas, no corran! - dijo la enfermera al poner los pies en el sitio correcto y algunas se detuvieron en seco al contemplar a Miguel.

-¿Y Carlota? - siguió la mujer.
-En la ventana, no ha soltado el teléfono - contestó la pequeña más parlanchina.
-¿El joven Joubert ha contestado?
-No y ella ha estado llorando.

Miguel Ángel permaneció en la puerta, como un espectador del alboroto y de una silueta etérea en la ventana. Todo se oía perfectamente.

-¡Señorita Liukin! El médico le ha dicho que no debe usar este aparato.
-Es que le quiero pedir perdón a Joubert y no responde; le he marcado desde ayer.
-No te preocupes, te ha mandado unos detalles.
-¿En serio?
-Sí ¿quieres verlos?

Carlota asentó y volteó hacia Miguel Ángel, mismo que pasó saliva y miró al suelo.

-¿Quién es él?
-El mensajero.
-Supongo que hay que darle propina. ¿Alguien me daría mi bolso?
-Aquí está, señorita.
-Se lo agradezco... Chico ¿podrías decirme qué me mandó Joubert?

Miguel intentaba hilvanar un argumento coherente pero el tono de voz de Carlota Liukin sonaba tan ansioso que le mencionó únicamente lo que traía.

-Macarones, té y unas violetas.
-Sólo Joubert sabe que los macarones son mis favoritos.
-Son de Ladurée.
-¡Al fin probaré algo de ahí! Debieron ser costosos.
-Unos son de diferentes sabores, la otra caja tiene los de chocolate.
-¡Adoro los de chocolate! Estaba ahorrando hasta hace poco para comprar macarones en mi cumpleaños y compartirlos con él durante nuestro baile... Mensajero, gracias.
-Pondré sus flores en la mesita.
-¿Joubert añadió una nota?
-No hay...
-Con los regalos basta, ahora tendré que preparar un té muy refrescante y hacer una tarjeta ¡necesitaré acuarelas y lápices de colores! Dibujaré París como si la viera desde una colina y en el cielo voy a poner que quiero mucho a Joubert ¡le va a encantar!

Miguel se sentía fuera de lugar ante tal escena pero un repentino resplandor multicolor con cristales de hielo apareció ante sus ojos, forzándolo a mirar a Carlota Liukin, de quien provenía esa bellísima imagen.

-"Nunca vi algo igual" - pensó él.

La joven por su lado colocaba las violetas al lado de su cama y pedía atentamente que le trajeran agua caliente al tiempo que sus compañeritas de cuarto escudriñaban los regalos con asombro y regresaban a sus fantasías de cuentos de hadas, con Joubert Bessette como protagonista.

-Mensajero, ¿me harías un favor? - pidió Carlota tímidamente.
-Eh... Bueno.
-¿Le dirías a Joubert que se lo agradezco mucho?
-Es que los regalos...

Miguel Ángel enmudeció y sonrió como si estuviera perdiéndose en la imagen de ella, motivo por el que se alejó lentamente al cabo de unos segundos, incapaz de mencionar cualquier cosa, incapaz de pensar en su nueva tarea, incapaz de todo, menos de continuar sorprendiéndose mientras llegaba a la banqueta y le daban deseos de desplegar las alas, manifestar la luz que guardaba en su propio cuerpo y pasar la tarde a solas para pensar en Carlota Liukin, cuya belleza se reflejaba en un alma que nadie más que él iba a descubrir jamás.

*Foto tomada de facebook.com/miguelangelmunoz, créditos al autor.

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