sábado, 27 de diciembre de 2014

En el valle de Hesparren (Los relatos del adviento)


Después de de infructuosas visitas a la pista de hielo del pueblo, Tamara había permanecido encerrada en casa, arreglando el huerto de manzanas y leyendo mientras su madre la contemplaba sin saber como quitarle la apatía. Por otro lado, Bernard Didier todos los días reprochaba algo: que si los árboles estaban maltratados, que la prensadora se utilizaba mal, que el jugo natural sabía amargo... Su hija sólo encogía los hombros con total indiferencia.

-Mañana es 14 de julio, habrá un desfile ¿van a ir?
-Tengo manzanas que recoger.
-Hija, anímate... Bernard, dile que venga.
-Prefiero que se quede a terminar en la huerta.
-Por fin estamos de acuerdo en algo - señaló Tamara, quien enseguida retomó su libro y se recostó sobre el sofá, ignorando por completo las labores domésticas y el humo del cigarrillo de su padre.

-¿Aun tienes algo que hacer?
-Hago un esfuerzo por no vomitar tu sopa del mediodía, mamá.
-Me refería a los manzanos.
-No he terminado con las serpetas*.
-Sal a que te dé aire.
-Tomé mucho en la mañana.
-¡Por lo menos recoge la escalera!
-Lo tenía pensado.
-¡Pues ve ahora!
-¿Es muy necesario que me levante?
-Nunca me enojo contigo pero te ordeno que termines tu recolección y hagas la de mañana porque me acompañarás al desfile ¡Y quiero esa escalera en la bodega cuando acabes!
-Con un "por favor" era suficiente.
-Por favor.

De mala gana, Tamara se puso de pie y salió a su jardín, mismo al que no le había hecho gran cosa por encontrarse eliminando la plaga del árbol más frondoso. Algunas ligeras marcas a consecuencia de un ramazo daban fe de lo peligroso que se estaba tornando aquel trabajo; además de que la recolección iba con retraso y una cantidad suficiente de licor de manzana no estaría listo para Navidad.

-Estúpido estómago, cómo duele - se reprochaba mientras lidiaba con unas hojas que se estaban secando. El otoño había llegado con antelación al valle.

-Ouch, ouch, arde, arde - exclamó al sentir el corte con unas hojas, mismas que arrojó al pasto y aplastó en venganza - Este árbol siempre ha sido un desgraciado - y continuaba con las quejas mientras iba a la toma de agua y llenaba un cántaro para limpiarse la herida.

-Qué horror, ya me irritó, terminaré usando otras pinzas - exclamó mientras buscaba una toalla para secarse - Odio a esos gusanos, ¿nadie atiende los manzanos cuando no estoy? Duele, duele, necesitaré cinta - y al tiempo que solucionaba su molestia, su madre le decía a alguien que podía pasar a verla siempre y cuando no la interrumpiera.

-¡Tamara! Tienes visita.
-Estoy ocupada ¿o es la policía?
-¡Es Christophe Simond, quiere hablar contigo!
-Que venga hasta acá, tengo que seguir quitando serpetas!
-¡Pasa, Christophe! Luego les mando algo de beber, si quieres ayúdala.

El hombre atravesó el huerto y se acercó a Tamara con una sonrisa, sin preguntar que incidente la forzaba a lavar sus manos con abundante jabón.

-Usa otras pinzas.
-Ya lo sabía, compraré otras cuando acabe lo del desfile.
-¿Vas a celebrar con tu familia?
-No tenemos planes, sólo ir a ver botargas y gritar que amamos a Francia y a la revolución, tonterías luego.
-Los manzanos lucen sanos.
-En cuatro días estarán limpios.
-No son los únicos con plaga, en otras granjas hay arañas rojas.
-Me alegra no lidiar con eso.
-Me contaron que fuiste a buscarme.
-La semana entera, ¿dónde andabas?
-En un seminario en Ustaritz, quieren abrir su propio club de hielo.
-Me parece bien, ¿sigues a cargo aquí?
-Sí, pero delego más, ja ja.
-Quería preguntarte algo.
-¿Qué podría ser? No pertenezco a las grandes ligas.
-Era algo personal.
-¿Era o es?
-Personal - profesional, no es complicado.
-¿Qué deseas?
-Preguntarte si tienes grupos para niños, me ofrezco a entrenarlos.
-¿Carlota Liukin dejó de pagar?
-La verdad es que me metí en problemas y me urge el dinero.
-¿Es por Luca Fabbri?
-Sigue burlándote, cuando te dé el puñetazo no te sorprendas.
-Tamara, puedo darte el empleo, empieza pasado mañana a las siete; terminas a las dos, te da tiempo de atender la huerta.
-Gracias.
-Ni siquiera debiste pedírmelo, con que te presentaras era suficiente.
-¿Cómo iba a saber?
-Tamara, somos amigos, yo comprendo.
-¿Qué comprendes?
-Todo, por algo te fuiste ¿no?

Ella sonrió.

-Tengo prioridades.
-No voy a irme.
-Lo sé, es sólo para que no te aburras si no hablo.
-Es una lástima que no me cuentes.
-¿De qué?
-Liukin y su cambio de dirección.
-No importa quien la entrene; si la soporta podrá montarle cualquier estupidez que parezca espectáculo del Bolshoi.
-¿Te agrada lo que hace, verdad?
-Mucho, nunca patiné así.
-Pero me encantaba tu manera de hacerlo.
-Oí que le quieren poner a Tatiana Tarasova o Elena Buianova, Carlota les caería bien pero a los cinco minutos la van a ahorcar. 
-No es tan mala.
-¿Crees que Carlota Liukin no es una pesadilla? Es la chica más arrogante y vanidosa que he conocido, una vez que te encanta lanza el peor de los zarpazos ¡y es una diva! Te juro que en Tell no Tales nadie la quería cerca durante las prácticas.
-Honestamente, en los reportajes que vi, ella parecía muy dócil.
-Atiende indicaciones pero algo pasa; a lo mejor porque la cuidaba, no sé.
-¿Hacías eso?
-Su padre lo intenta pero nada le sale bien con sus hijos y con Carlota menos. Le ayudaba y también fue malo.
-¿Es por disciplina?
-Ella se aplica y realmente progresa, pero está chiflada. La Carlota Liukin que yo conozco es insegura, ansiosa, caprichosa y una rata.
-¿Tan horrible es?
-Nada aprecia, todo le parece fácil, nada le cuesta y peor: ¡siempre se sale con la suya! No sé como lo hace, pensé que si la ponía a lavar platos, sacudir muebles o responsabilizarla totalmente de su gatito le ayudaría pero pasó lo contrario.
-Me recuerda tanto a ti.
-¡Hey!
-Eras tan presumida que ni yo te aguantaba.
-Claro que no.
-No llegabas a ser rata pero casi.
-Christophe, no quiero que Carlota entrene con eminencias, hasta sería demasiado, ella es tan .... Su talento me sobrepasaba y sobrepasó a Ingo Carroll, a Alexei Mishin y a Pasquale Camerlengo cuando fue a probarse de niña.
-El crecimiento puede detener esto.
-Christophe, no sé que hacer.
-Enfocarte en tu juicio.
-¿Y Carlota?
-También tienes que pedírmelo, acepto tu intercambio.
-Me entiendes siempre.
-Una condición, dame un beso.

Tamara sujetó insegura las manos de Christophe Simond y este ladeó su cabeza un poco para besarla bien. Ella se tensó.

-Tan bueno como la última vez.
-Calla.
-Sigo soltero.
-Soñaba con eso hace diez años, luego vino Gwendal.
-Te dije que aquí esperaría.
-No me agrada que lo hayas hecho.
-¿Quieres que te ayude con la cosecha?
-Con las serpetas.
-Será un placer ¿tú recogerás frutos?
-No he cubierto mi cuota.
-Me encanta tu manera de cortar manzanas.
-Me pondré a escogerlas.
-Bienvenida a casa.

La mujer sonrió y colocó una canasta en su brazo mientras Christophe se ocupaba del árbol. Cuando Tamara era una niña, él solía auxiliarla con las plagas y no temía tocar insectos u arañas con sus dedos, en más de una ocasión ambos se habían divertido contándolos o habían regresado de su entrenamiento para pasar la tarde en la huerta.

-¿Has venido a visitar a mis padres?
-De vez en cuando, es para saber de ti.
-No sigas.
 -Tamara, crees que no me importa pero creí que estabas cometiendo un error con Gwendal.
-No hablaré del tema.
-Pero yo sí... No te cuesta nada admitir que no me escuchaste.
-Christophe, se te olvido que me mudé porque iba a ser complicado progresar contigo a mi lado, como entrenador no eras tan bueno como ahora.
-Tu abuela no era mejor.
-Más ambiciosa sí. 
-Pero saliste corriendo por un chico, no por ella.
-Te quedaste con una idea equivocada sobre mi partida.
-¿Por qué te marchaste?
-En Lyon se organizaban mejor las cosas y tuve coreógrafos importantes.
-Lo que teníamos era perfecto.
-Christophe, no puedo regresar el tiempo. Lo que sentí a los dieciséis no se compara con la impresión que me causas a los veintiséis.

Tamara no quiso dar más explicaciones y en silencio recogió algunas manzanas de buen aspecto, mientras se debatía en vender las más maduras a las granjas o aprovecharlas como relleno de pasteles. Su amigo en cambio contemplaba con curiosidad de niño a las serpetas antes de molerlas con sus manos.

-¿Te gustaría salir esta noche?
-En el pueblo está todo cerrado.
-¿Nunca te gustó la víspera del 14 de julio?
-Es mi día favorito y no es sarcasmo.
-No te vez contenta.
-Mi padre es un idiota y mi madre una sumisa, ambos se juntan y me hacen querer huir; me choca el campo y ciertas personas que vienen a burlarse.
-¿No soy de esas?
-Estás a nada.
-Te invito a cenar.
-A tu casa no voy.
-¡Oh, vamos!
-A solas contigo, ni a la esquina.
-Aquí somos tú y yo.
-Mi madre nos espía, mira.
-No señales.
-Lo más que puedo hacer por ti es decirte que en esta casa la cena es un estofado de res.
-Amo los estofados de los Didier, deliciosos.
-Yo paso.
-Tienes que comer.
-No he vomitado en dos días, si te consuela.
-Una marca ¿no?
-En realidad es por la avena matutina, leí que es buena para el estómago.
-No tardarás en soportar comida de verdad.
-¿Ensaladas? Esas no son rechazadas por mí.
-Me refería a comida completa.
-Ah, no me gusta el sabor.
-Mentirosa.
-Bueno, lo que cocina mamá es tolerable.
-Es maravilloso.
-Christophe, tus coqueteos no funcionan.
-El primer amor nunca se olvida.
-No fui el tuyo.
-Estuviste cerca.
-¿Cuándo entenderás que cambié y entendí que no me hacías sentir lo mismo que Fran Herranz y que no te amé con la devoción que le tuve a Gwendal Mériguet? Eras mi maestro, solamente lo asumí.
-Diez años después nos seguimos gustando.
-Impresión de volver a verte, espejismo y eres viejo.
-No soy viejo, sólo te llevo doce años.
-Ja ja, quédate con nosotros, el sofá es un buen lugar.
-¿Quién le avisa a tus padres?
-Diles que vas a tu casa después del desfile.
-Hecho.
-¿Qué esperaras?

Christophe descendió y notando que Tamara estaba próxima, se aventuró a robarle un beso mientras Anne Didier se emocionaba desde su puerta, omitiendo que su hija sacudía la cabeza sin molestarse.
Esta última sólo pensaba en la forma de rechazar a ese pretendiente expectante, así le hubiese rescatado una emoción olvidada por mucho tiempo: la euforia posterior a saberse deseada.



*Glosario:
Serpetas

No hay comentarios:

Publicar un comentario