jueves, 18 de diciembre de 2014

La otra vida (Los relatos del adviento)



Imagen cortesía de solobebes.org

Bérenice Mukhin acostumbraba ver las estrellas cada jueves y aprovechando que Luiz dormía, se aproximó a su ventana para ver a las prostitutas que recogían a sus hijos con las vecinas de los edificios del frente. En la Tell no Tales del espejo casi nadie admiraba esas tiernas imágenes que alegraban la noche y aligeraban el ánimo.

-Una criaturita está llorando - advirtió Bérenice al distinguir entre la gente a una mujer que intentaba calmar a su hijo arrullándolo y besándole la frente - Ella se ve tan feliz….

La joven permaneció asomada un buen rato, imaginando cómo se vería si su vientre alguna vez creciera y pudiera sentir cómo daba vida a una hermosa niña o a un lindo chico; no obstante, recordara de inmediato su aborto cercano y los tres que había sufrido antes, llenándola de desilusión y tristeza.

-Si tuviera la oportunidad, si me dejaran hacerlo - lloró - Por favor, por favor, por favor, quiero ser mamá, sería la mejor del mundo, prometo a cambio no ser tonta, deseo tener un bebé - y reiteró aquello durante la noche, aun cuando se recostó al lado de Luiz y lo abrazó para no sentir frío. Posiblemente, por creer que funcionaría, ella jamás quitó su mirada de las estrellas.

Alía d siguiente, Bérenice se colocó ante la mesa del comedor y enseguida tomó un vaso de jugo mientras hojeaba el periódico para ver si encontraba alguna novedad sobre Sergei Trankov, quien desde su “escape” había acrecentado su fama entre las dos dimensiones.

-¿Vas a ir al trabajo? - interrumpió su padre.
-Sí, pero todavía es temprano.
-¿Tu jefe sabe?
-Le avisé ayer, me dijo que llegara a la una.
-¿Qué hora crees qué es?
-Las doce.
-Doce y media.
-De todas formas no tengo mucha prisa.
-No quiero que te retrases.
-No pasará, papá.
-Tú lo dijiste…. Por cierto, prueba esto, Luiz hizo pan francés.

Berenice no dudó un momento y puso alimento en su boca, saciándose momentáneamente y declarándose lista para comenzar el día, así hubiese olvidado cambiar sus pantuflas.

-¿A qué hora vas a llegar?
-A las diez pero el sábado.
-¿Mañana o noche?
-Noche, esta semana no me quedaré a hacer limpieza.
-De acuerdo, salúdame a tu jefe.
-Lo haré, papá.

La chica sonrió sutilmente y vio a su novio preparando más jugo, creyendo que a él también se le consumía el tiempo.

-¿Te llevo al trabajo? - preguntó él.
-Claro, ¿qué harás hoy?
-Conseguí que me encargaran reparar unas persianas en el barrio ruso y voy a ayudar con una mudanza.
-Perfecto, podemos almorzar juntos.
-¿Empanadas?
-¡Me gustan, si! Con mucha carne, por favor.
-Y también te tengo que avisar algo.
-¿Qué?
-Voy a estar decorando una casa en Láncry para una fiesta “senegaláise”
-¿Qué es eso?
-No tengo idea.
-¿Y dónde está Láncry?
-Es un barrio que en este espejo no existe.
-Qué raro, sabía de gente sin gemelos pero no de vecindarios.
-Beberán salkau, con suerte te toca entregar el pedido.

Bérenice aplaudió un poco y apuró su desayuno en vista de que no saldría sola, pero no olvidó en ningún instante ponerse un gorro, agarrar un suéter y abrazar a su padre.

-Nos vemos mañana, papá adorado.
-Cuídate, hija. Luiz estás a cargo. Diviértanse y no se olviden que me quedo aquí.
-Vendré a ver cómo está - dijo el chico y junto a la joven, se aprestó a cruzar el espejo, no sin antes darse el beso de la buena suerte. Afuera los esperaba un clima caluroso.

-Debo quedarme, ten un lindo día y vienes a comer conmigo - pronunció ella dulcemente ante la puerta de la cantina y abrazó a Luiz firmemente, con ganas de que no se alejara y conversara con ella el resto de su jornada.

-¡Demasiado cariño antes de las tres hace daño! - señaló Evan Weymouth como alegre saludo al distinguirlos en la banqueta, estrechándoles la mano en añadidura y preguntando qué se habían hecho los vestidos cortos y el cabello alborotado que alguna vez distinguieron a Bérenice.

-Por el momento no usaré nada de eso, pequeño jefe.
-La clientela los va a extrañar.
-Cuando me sienta mejor, me pondré muchas cosas nuevas.
-Qué bien. Luiz, te robo a la chica, hay que servir tragos.
-Te veo más tarde, amor - recalcó ella a su novio y él la observó entrando al local, saludando a los parroquianos y siendo recibida por un Don Weymouth que agradecía al cielo y colocaba a la muchacha detrás de la barra.

-No quiero bailecitos ni tonterías - se oyó hasta la acera y Bérenice pronto comprendió que su labor sería la de llenar jarras y tarros mientras Evan trataría de cubrir las mesas. La única cosa que ella podía hacer fuera de su lugar era programar música.

-Adiós, hermosa - exclamó Luiz haciendo el ademán de despedida y ella respondió con una enorme sonrisa.
-Ya estuvo bueno de coqueteos, a trabajar - exigió Don Weymouth.
-De inmediato, jefe.
-Estaré en la cocina, tengo un pedido que aún no queda bien, cualquier duda ve a tocarme y por favor, saca la basura a las diez.
-Entendido, no se preocupe.
-A veces tiemblo cuando dices eso.

La joven permaneció recargada en la barra y se distrajo viendo a Evan que limpiaba el piso y era presa de las crueles bromas de los pescadores, mismos que le pedían a la muchacha que dejara su puesto y se sentara a platicar con ellos, no sin quejarse porque “estaba tapada como monja”.

-Todavía están sobrios - notó Evan mientras el resto de la clientela arribaba a buen ritmo, dejando las primeras propinas. Algunas chicas saludaban a Bérenice y le preguntaban cómo estaba, sin pedir más razones de su ausencia.

-¿Podrían ponerme algo de merengue? - clamó ella al cabo de un rato, cuando las órdenes empezaron a llegar como lluvia y un visitante de nombre Moussa Diallo le hizo caso antes de pararse frente a ella.

-Buenos días, busco al señor Don Weymouth.
-En un momento le llamo, está ocupado.
-¿Podrías servirme algo?
-¿Cerveza, vodka, vino, salkau?
-El salkau es para otra gente.
-Bueno, ¿algo suave?
-Soda, no busques más.
-Aquí tiene, en un momento mi jefe lo atiende.

Berenice giró hacia atrás, tocando la puerta de madera sutilmente.

-Adelante.
-Jefe, un hombre le busca.
-¿Quién?
-Alguien de nombre ¿mousse?… Parecido.
-¿Qué quiere?
-No le pregunté.
-¿Le ofreciste algo de tomar?
-Soda.
-Bien, déjame ver de qué se trata y mientras ayúdame. Vierte el dulce de ese bote y sigue mezclando, pruébalo si tardo mucho.

Ella obedeció al instante sin importarle su inexperiencia con el salkau, pero el aroma del dulce de leche la motivaba a mover una gran cuchara y cayó dos veces al suelo por la fuerza que debía imprimir para lograr el toque perfecto. Ella reía y reía.

-Deja de jugar - le dijo Evan cuando entró a cambiarse al vestidor.
-Ay, pequeño jefe, es que me sale tan mal.
-Para ser la primera vez, pareces niña.
-Ni siquiera sé si estoy revolviéndolo.
-Hay que darle el sorbo - agarrando un vaso.
-¿Qué tal?
-Sabe muy bien, toma.
-Qué dulce.
-Esto ya está, déjalo.
-Pensé que era licor.
-No está muy fermentado, espera dos días.
-¿Qué tal los clientes?
-¿Extrañas tu fiesta?
-No me aburro.
-¿Estás bien?
-Sí, la barra es muy difícil.
-No, lo que quiero decir es si te sientes bien, es que cuando supe lo que te pasó…
-Descuida.
-¿Segura?

Ella asentó, así tuviera una molestia: de manera persistente, el llanto de un bebé le llegaba a los oídos y aunque buscaba su dirección de origen, no lograba ver nada.

-Bueno, te dejo, tengo que ir a resolver un problema.
-¿Cuál, pequeño jefe?
-Quien pidió este barril desea que lo llevemos a su casa ahora.
-¿Por qué?
-Va a iniciar su fiesta de cumpleaños y quiere los invitados no mueran de sed.
-¿Justo ahora?
-Son personas que han venido de Senegal. Voy a Láncry, luego nos vemos.
-¿Láncry?
-Es el barrio del norte. Mejor vuelve a la barra.
-¿Si te acompaño?
-¿Qué? ¿Quién se va a quedar atendiendo acá?
-Tienes razón, pequeño jefe. Suerte.

Bérenice retornó a su labor sintiéndose un poco triste porque Evan Weymouth siempre la invitaba a sus excursiones y ahora había hecho una excepción inexplicable, a pesar de que necesitaría ayuda y su viejo padre no se la brindaría.

-El carpintero colocó lo que le pedí en las paredes, lástima que no hayamos podido armar el escenario - comentaba Moussa Diallo coincidentemente, como si ese detalle le diera risa. Poco después entraría Luiz a anunciar que contaba con material para una tarima.

-¡Amor! - gritó Bérenice.
-Te vine a ver antes.
-¿Cómo vas con tu encargo?
-Terminé con los rusos muy temprano pero ahora arreglaré la casa de Láncry.
-¿Ustedes dos se conocen? - intervino Diallo.
-Es mi novio.
-Tienes suerte, es un buen chico ¿Por qué no la llevas a mi fiesta?
-¿Me darían permiso de ir?
-Señor Weymouth ¿Puedo ocupar a la señorita? Necesito gente que me ayude a atender a mi familia y ustedes son los expertos en salkau.
-Le mandaré a Evan.
-Pero mire a esta muchacha, se nota su entusiasmo.
-Bérenice tiene pendientes.
-Sólo es un día, además, se ve que sabe de música y no quiero que nadie se aburra.

Bérenice puso cara de súplica y bailó un poco.

-Evan me va a reportar cada hora que haces, mujer.
-¡Gracias, jefe!
-Pero no te quiero con el novio al lado.
-Prometido.
-Los quiero de regreso en la noche, sin pretextos.

La joven besó el rostro de Don Weymouth y salió deprisa, no sin ver cómo Evan hacía lo que podía con el barril.

-¿Le diste el visto bueno al salkau? - preguntó el señor Weymouth a su hijo.
-Nos van a pedir para otra ocasión.
-Confiaré a ciegas, me cuidas a esta niña.
-Es un trato.
-Evan - añadió en voz baja - Entre más temprano salgan de ahí, te lo agradeceré, la chica anda rara.
-Cuenta con eso.

Luiz y Bérenice abordaban la camioneta de Moussa Diallo en la parte trasera, con el propósito de cuidar la bebida y también de saciar la curiosidad de ver Láncry. Algo nuevo fuera del espejo no era cosa de todos los días.

-¿Te pasa algo? - quiso saber Evan Weymouth al ver a Bérenice volteando a otra parte.
-No me hagas caso, creí escuchar a un niño, pequeño jefe.
-Aquí se la pasan gritando por sus madres borrachas.
-No lo sabía.

La desconcertada joven optó por recostarse en el hombro de Luiz para reflexionar en aquello pero los gritos del ficticio niño retaban su paciencia.

-Bérenice, si no te sientes animada, no hay problema con que te vayas.
-No es eso, es que voy a un lugar que no conozco - sonriendo - Ojalá nos guste.
-Menos mal, pensaba que estabas oyendo voces.

Ella casi delataba que así era, pero su intranquilidad se compensaba por la imprudencia de Moussa Diallo al volante, que por la urgencia de no ser descubierto fuera de su oficina, tomaba ventaja de su velocidad para esquivar otros vehículos.

-Perdón, se me hace tarde - se disculpaba el hombre sin saber que a los otros tres les aterraba más que el barril se tambaleara, aunque tampoco se quejaban.

-Casi llegamos, déjenme dar la vuelta.
-Jure que esto se va a acabar - suplicó Bérenice poco antes de que se detuvieran y ella en consecuencia sufriera un golpe en la frente.

-¿Estás bien?
-No me hagan esa pregunta, ouch.
-¿Todo bien?
-Es nada, yo .... - La chica entonces volteó hacia atrás, perturbada por el llanto de una chiquilla al que seguía una voz distinta, más lejana pero igual de molesta.

-Si fuera mamá, mis hijos nunca gritarían.
-Bérenice, ¿quieres descansar?
-A mí me dieron permiso de servir a los clientes, no voy a sentarme ni a irme.
-No te enojes.
-Luiz, ayúdanos a bajar el salkau.

Con pésimo humor, Bérenice saltó a la banqueta y como pudo, acomodó unas tablas para bajar el pedido, tal y como pensó que su chico lo haría de estar solo. Únicamente al enfurecer, ella registraba algunos lapsus de sentido común y hasta de ingenio, como si sus demás intentos de concentrarse fueran en vano. Alguna vez lo había notado pero su adicción a la felicidad solía ganarle la partida.

-¿Dónde ponemos la bebida, jefe? - dijo a Moussa Diallo.
-Al centro del patio y comiencen a repartirlo, allá dentro sabrán que hacer. Luiz, sólo haz la tarima.
-Todos entendimos, vamos.
-Los dejo, tengo junta con mi jefe.
-Adiós.

Evan y Luiz se miraron mutuamente, como si no supieran qué decirle a la mujer que rodaba el barril y de pronto se veía auxiliada por algunos invitados, así como saludada por Jawara Diallo, que con su grabadora al lado cantaba algunas melodías y preparaba refrigerios.

-Los vasos están en la mesa de allá.
-Gracias, ¿quiere uno?
-Dénle todo a los invitados, yo sigo cocinando acá.
-Eso huele bien.
-¿Te gusta el pollo, chica?
-Está muy bueno, aunque no mejor que el de mi madre.
-Nunca cocinaría nada como tu madre, corazón. ¿Cómo te llamas?
-Bérenice Mukhin.
-Bienvenida, cuando termines con ese barril te puedes quedar, estás invitada.
-Qué bien.
-Quien guste venir puede pasar. Anda.
-¿Quién quiere salkau? - gritó Berenice recuperando un poco la sonrisa y disponiéndose a trabajar por el resto de la tarde, así experimentara una especie de atracción por los ruidos de los bebés que la rodeaban y algunos que ya sabían caminar le jalaban los leggins, como si anhelaran que jugara con ellos.

-¿Mejor?
-¿Qué?
-Te ves más contenta.
-De repente me dieron ganas de reír. Luiz, perdona si fui muy mala.
-No te preocupes.
-Termina la tarima, los músicos ya vinieron.
-Rápido entonces, suerte.

Ella lo besó y lo veía cada que podía, ya que los vecinos de los Diallo pasaban a dejar regalos y por cortesía se les ofrecía salkau, el cual parecía inagotable y no saciaba la sed que por el intenso calor cualquiera podía experimentar y era muy molesta; Berenice sin embargo no había renunciado al suéter pero estaba a nada de deshacerse de sus pantuflas.

-¿Señora Diallo, hay un recién nacido aquí?
-Varios, muchacha.
-Es que uno llora.
-Ha de ser uno de al lado, los que están en esta casa se quedaron dormidos.
-Todo el día he tenido esos pucheros en la oreja.
-En este barrio hay nuevos niños a cada rato.
-Desde anoche oigo pequeñitos en todas partes.
-¿Por qué no vas a caminar?
-Debo quedarme.
-Despéjate unos minutos, ve a la banqueta por lo menos.
-¿Quién rellenará los vasos?
-Pondré a alguien.

Bérenice asentó y abandonó la incipiente fiesta mientras pasaba las manos por su rostro y aprovechaba para tomar un poco de agua y estirar las piernas.

-¿Estaré imaginando el bebé? - se preguntó al cabo de unos minutos, cuando el sonido se hacía más fuerte y la obligaba a averiguar por ahí, llegando a la plaza Madiba, o mejor dicho, a la arboleda del lugar, misma que era una extensión del bosque.

-Hace frío, ¿cómo no se siente a una cuadra? Hasta nieve hay... ¡Por lo que sea, ya no aguanto esos gritos! ¿Quién ... ?

Ante su presencia, una brisa insoportable y gélida pareció revelar una especie de destello que iluminaba un tronco. Como un grito desgarrador proviniera de allí, la joven se aproximó lentamente, expectante de que nadie la atacara.

-¡Quién sea que eres, tengo unas ramas en la mano y no temo usarlas! - amenazó al contemplar una sombra roja que salía huyendo no sin dejar caer una fina lluvia de copos de nieve. En ese momento todo era tan surreal, que ni ella se percataba de que se hallaba en la profundidad del bosque.

-¡Te daré una paliza! - prosiguió - ¿Qué formas son éstas de...? ¡Quién me esté haciendo esta broma, cállese! ¡Me duelen los tímpanos! - y un crujido la paró en seco. Ella pisaba el tronco.

-Ay, perdón, discúlpame criaturita - se conmocionó al ver como en un hueco, yacía un bebé que gemía desesperado y tembloroso, suplicante de protección y apenas cubierto por una cobija de lana humedecida - ¿Quién te puso aquí? ¿El que lloraba eras tú? ¿Cómo? Me he pasado el día escuchándote, te abrazo.... Te llevaré a un lugar calientito, sé que estás asustado pero todo va a salir bien ¿quién te abandonaría aquí? Estás muy bonito, me llamo Bérenice y cuidaré de ti.

Cubriendo a aquél ser frágil con su suéter y cediéndole su gorro, la chica procedió a volver sobre sus pasos, consciente de que el pequeño necesitaba abrigo inmediato; pero apenas tomaba camino por el sendero cuando una niña, la del abrigo rojo, se plantó frente a ambos, impidiéndoles el paso y congelándolo todo.

-¡No te nos acerques, usaré mis ramitas!.... No te importa, ya las convertiste en hielo, da igual ¡sé karate! ¡bueno, no! pero pasaré a tu lado y en paz nos quedamos... ¿No? ¡Óyeme, necesito que te quites, este niño tiene que llegar a un lugar seguro! Hazte a un lado, no te tengo miedo.

En lugar de responder, la niña se descubrió el rostro.

-¿Carlota Liukin? - se sorprendió Bérenice, que estaba en problemas. La figurilla suspiró y de inmediato, millones de cristales de hielo diminutos y transparentes cayeron en el lugar.

-¿Qué haces? - prosiguió la mujer al comprobar que el interés de la chiquilla estaba en el bebé, mismo al que quiso ver de muy cerca para acariciarle la frente.

-¡No lo toques! ¿Quieres matarlo? - la niña negó con uno de sus dedos - ¿Tú lo pusiste ahí? - el gesto se repitió - ¿Lo conoces? Tampoco, entonces ¿a qué viniste, a irte con él? - la otra asentó - ¿Es tu hermanito, sobrinito, primito? ¡No! ... ¿Quién eres?

La niña se cruzó de brazos y después de examinar a Bérenice, sacudió su abrigo.

-Lo encontré primero; bueno, lo tomé antes que tú, el bebé es mío... ¿Cómo que no? Tú no querrás aguantar berrinches y malestares, no cambias pañales porque eres Carlota Liukin, ¿si te dejo verlo, nos dejas ir? Sí, bueno, esta es su cara.

Pero la otra chascó los dedos, provocando que su atuendo se convirtiera en un impresionante vestido blanco y los cristales formaran una corona en su cabeza. Berenice se dio cuenta de que el bebé corría peligro.

-¡No lo beses, no se irá contigo! ¡Yo voy a amarlo para que viva, yo puedo educarlo! - cambiando el tono de voz - Puedo ser una buena madre, no permitiré que le hagas daño, ¡dios ayúdame, deseo tener un bebé! - y ante las súplicas de Berenice, la niña avanzaba lentamente.

-Los muertos no sienten amor - remató al sentir a Carlota con su inclemente frío. Por un segundo, Bérenice aguardó a que aquella silueta intentara arrebatarle al bebé, pero en su lugar, la figura sólo atinó a susurrar la palabra "amor" y a derramar una lágrima antes de pasar de largo y desvanecerse. Junto con ella, el bosque desapareció.

-¡Oh bebé! Me angustié tanto como tú, ya pasó - exclamó Bérenice sin entender nada, salvo que inexplicablemente había caído la noche en Tell no Tales - Ven, necesitamos ayuda, estuve en la casa de la esquina, seguro ahí entenderán lo que pasó.

Incorporándose, la joven corrió pidiendo auxilio, llamando la atención de su novio Luiz que le buscaba y de Matt Rostov

-¡Matt, Matt! ¡El bebé está muy mal! - expresó ella al reconocer al último. Courtney Diallo se asomó a verlos.

-¿Dónde estaba?
-¡En la nieve, lo siento como helado!
-Hay que desvestirlo, ¿cuánto tiempo pasó antes de que lo trajeras?
-No lo sé, ¡Matt haz algo!
-Su pulso continúa bien.
-Le puse mi gorro, no se me ocurrió otra cosa.
-Bérenice, cálmate - bajando la voz - Este brazalete dice que se llama Scott, lo llevaré al hospital.
-Te acompaño.
-Tienes que contarme todo.
-Hecho.

Matt Rostov volteó hacia Courtney, expresando que tenía una emergencia. Luiz en cambio apretaba a Bérenice y le enjugaba las lágrimas a pesar de que esta se encontraba afectada.

-¿Crees que Scott se va a recuperar?
-Sí, tranquila.
-¡Fue mi culpa, Luiz! No hice caso cuando lloraba, el pobrecillo estaba tiritando cuando lo vi.
-Pero estás aquí y el bebé se recuperará.
-¡Debí traerlo antes!
-Verás que se pone bien.
-Me espanté mucho.

Courtney Diallo que no entendía bien lo que sucedía, decidió acercarse a Bérenice y averiguar lo que fuera posible.

-¿Estás bien?
-¡No!
-Matt es un gran doctor.
-¿Qué tal si ya no puede hacer nada por mi bebé?
-¿Es tuyo?
-Su nombre es Scott.

Bérenice siguió con su llanto antes de echarse a correr detrás de Matt Rostov y Luiz la perseguía. A lo lejos, el viejo del muelle le ordenaba al viento hacer un largo viaje hasta hallar a la niña del abrigo rojo y advertirle que no volviera a aparecerse ante Bérenice Mukhin ni nadie más antes de que cayera el invierno o una persona equivocada fuera capaz de recordarla. La reina de las nieves no obstante, se ocultó antes de recibir el mensaje.

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