lunes, 8 de diciembre de 2014

Un instante de magia (Los relatos del adviento)



Sergei Trankov se ocultaba en el distrito XIII de París y volvió a su apartamento después de buscar a la familia Liukin por semanas. Convencido de que acercarse a ellos le acarrearía dificultades, no se había atrevido a preguntarle siquiera a Tennant Lutz qué podía hacer o a Adelina Tuktamysheva donde ir y le necesidad de lejanía le traía una ansiedad incesante.

-Si pudiera deshacerme de esta cosa - clamaba mientras se aseguraba de que su ropa cubriera bien el dije de Carlota Liukin, mismo que colgaba de su cuello y lo lastimaba terriblemente, ocasionándole sangrados por un roce profundo que se antojaba más doloroso. Él prefería no imaginar la causa para no quitársela y arriesgarse a perderla, así Lubov intentara infructuosamente sanarlo a diario.

-Carlota ¿dónde estás? - repetía al tiempo que su mujer trataba de llamar su atención besando sus mejillas y tomando asiento a su lado con un poco de algodón y agua oxigenada.
-Esa playera tiene más sangre que las otras, déjame ver.
-Lubov, estoy bien.
-Levanta los brazos.
-No me quites la ropa.
-Sergei ¿no te das cuenta? Tus heridas están peores, mira esta llaga y la piel se te escama ¡Ay, Dios! El dije se te entierra en el pecho, quítatelo.
-¡No, Lubov!
-Suéltame.
-No intentes hacer nada.
-¡Mi muñeca duele! Sergei…
-Si encuentro a Carlota Liukin, se lo daré enseguida.
-¿No has podido con eso?
-No.
-Te lastimaste, te aliviaré.

Lubov logró desprenderse de Sergei y buscó más agua oxigenada entre las repisas, al tiempo que la sangre adquiría una apariencia rojo brillante.

-Esto no va a doler - mencionó ella, despojándolo de la camisa y posando un poco de algodón en la herida más grande. Como él casi gritara, la mujer le tapó la boca.

-Perdona, es que no deben oírnos.
-Lubov, no sigas.
-Te puede dar una infección.
-Estoy bien.
-No digas eso.

Lubov entonces le besó la mejilla largamente.

-Voy a curarte - señaló enseguida y él no se resistió.

-Cuesta trabajo quitarte la sangre, siento que te lastimo. Mira estas marcas, dame ...

Sergei volvió a sujetarla fuertemente, pero la mirada angustiada de la mujer le hizo ceder.

-Esta cadena debe quedarse guardada en otro lado, eres tan sensible...

Lubov continuó frotando delicadamente el pecho de Sergei y lagrimeba por ver como la piel continuaba levantándose.

-Iré a buscar a esa niña por ti y le diré lo que su dije te ha hecho.
-¿Qué ganarías? Es inseguro que andes por ahí.
-¿Y cuándo te vas no pasa nada?
-No quiero que hables con Carlota Liukin.
-Sergei, no saldrás así.
- Ocúpate de tus cosas.
-Estoy angustiada.
-No sé por qué.
-Nunca te había visto tan mal, ni siquiera cuando los marinos te golpeaban.
-Me corté, no es grave.
-Has perdido muchísima sangre, te ves enfermo, ve a la cama.
-No, Lubov, tengo que salir.
-¡Sergei, te siento un poco frío!
-¡No te importa! - exclamó violentamente y se incorporó.
-¿Dónde vas?
-Me daré una ducha.
-Sergei, te estás tambaleando.
-No te fijes.
-Déjame aliviarte - sosteniéndolo.
-Lubov, tengo que entregarle a Carlota ese dije.
-Ven, te sentirás mejor con un jugo y primero te ayudaré con un baño tibio, no te esfuerces.

De forma torpe, Lubov Trankova condujo a Sergei a la regadera, lo desnudó por entero y dejó que el agua arrastrara la sangre hasta que el chorro llegó al piso totalmente transparente, mientras alistaba algo de jabón en una esponja para frotar las llagas sin presionar. Él batallaba por no quejarse.

-Qué horribles son estas marcas, no te pongas esa cadena por favor... Eso, relájate.

La mujer continuó besando a Sergei cuánto podía, acariciándolo y contemplándolo, sabiendo que era lo más cercano al tipo de contacto íntimo que anhelaba con todas sus fuerzas y que era posible que nunca sucediera.

-¿Te sientes mejor?
-Sí.
-Sergei, mírame. No vuelvas a hacerte daño, te lo ruego.

Él agitó la cabeza suavemente.

-Vamos, debo darte azúcar.

Lubov agarró una toalla y con sumo cuidado, secó el cuerpo de él y lo abrazó por última vez antes de vestirlo y recostarlo.

-Bebe, es jugo de durazno y creo que hay galletas, come todas. Iré por más antiséptico, no te muevas.

Pero Sergei no hizo caso. Lubov atravesaba la puerta de su habitación cuando él sujetó el dije y huyó por la ventana con un par de botas en mano, mismas que calzó en un tejado cercano. Los rayos del sol le ocasionaban ardor pero la sensación dolorosa le era indiferente al saltar de edificio en edificio hasta Montmartre, preguntándose en que balcón hallaría a Carlota Liukin o en que banqueta o rincón podría apartarla del gentío y demostrarle dos cosas: que era incapaz de quedarse con algo que no era suyo y sobretodo, que estaba vivo.

-¿Dónde estás, niña? - clamaba con insistencia mientras resbalaba en un techo y sufría en consecuencia otro sangrado, pero por el dije que hendía la palma de su mano derecha.

-¡Rayos! Carlota me va a matar - gritó antes de detener su marcha y percibir sus labios resecos. El temblor de su cuerpo era más intenso.

-Esta vez no me siento bien - pronunció antes de caer. Fue tal el ruido que hizo al golpear su cabeza, que alguien fue a revisar su techo.

-No se preocupe, sé a quien llamar - aseguró un muchacho que al notarlo agotado, realizó una rarísima seña de auxilio cubriendo sus ojos tres veces y tronando los dedos, misma que atendió Tennant Lutz con velocidad inmediata.

-¿Y tú eres?
-Luke Cumberbatch.
-¿Cómo sabes el código de Trankov?
-Memoria fotográfica.
-Nos cuidamos mucho.
-Recuerdo hasta lo que no se ve.
-¿Cuánto tiempo lleva el jefe aquí?
-No conté.
-¿Por qué no le levantaste la cara por lo menos?
-Porque respira y está ensangrentado.
-Lo regresaré con su mujer, gracias.
-Oye, Trankov está buscando a una Carlota.
-Lo sé.
-¿Sabes de cuál está hablando?
-Me prohibieron revelarle cualquier aspecto de ella.
-Mientras tanto, que bueno que él se mate.
-Algo pasó en Hammersmith, quédate con eso.

Lutz sujetó a Trankov y con la colaboración de Cumberbatch, lo cargó en hombros.

-Tennant, llévame con Carlota Liukin - susurró el guerrillero.
-Lo siento, le prometí a su mujer que ...
-¡Quiero terminar con algo! ¿Me llevas con Carlota o te acuchillo aquí mismo?
-Trankov, te ves mal.
-¿Qué hay que hacer para que obedezcas?
-Hey Lutz - intervino Cumberbatch - no sigas negándote. Trankov necesita médico y Carlota Liukin fue internada en Bércy.
-¿Carlota está en un hospital? - preguntó Sergei - Lutz ¿por qué nadie se tomó la molestia de avisarme?
-No quisimos exponerlo.
-¡Me habrían evitado esto!
-Es peligroso, hay periodistas en todas partes.
-¿Eso me ha detenido antes?
-No.
-Me las arreglaré.
-¿Qué hacemos con el testigo?
-Intégralo al grupo, es más inteligente que tú - replicó el hombre antes de sentirse fortalecido y dar grandes saltos a otras azoteas. Sergei Trankov parecía un gato.

El boulevard Bercy estaba al otro lado del puente y a diferencia del Distrito XIII, había que caminar mucho para llegar a cualquier lugar. El guerrillero lo comprendió sin hacer aspavientos, consciente de que un tropiezo o un parpadeo hacia atrás lo convertiría en un ser reconocible y por ende, perseguido.

-"Me planto, averiguo donde metieron a Carlota, le dejo el dije y me voy" - pensaba insistentemente y se echó a correr por el puente, seguro de que su pijama lo disfrazaba muy bien. El sol continuaba molestándolo pero pasar por el río le aseguraba cierta brisa fresca y un poco de sombra en el último tramo, sitio en el que debía tomar la decisión de ir por la izquierda o dar una vuelta para llegar a la parte trasera del hospital, que desde su distancia se veía algo alejado.

-¡Adelina! - exclamó al recordar que le había pedido ser casi la sombra de los Liukin pero ella tardó en aparecer, debido a que su labor le causaba pereza.

-Hola, amado líder, ¿qué pasó, amado líder?
-A buena hora te dignas venir.
-Es que no estaba lista.
-Creí que conocías las reglas.
-Me las sé de memoria, lo que no significa que las respete ¡dah!
-No tendrás regalo de cumpleaños.
-No te acordaste de cuándo fue, líder.
-Pero no hay tiempo de regañarte, llévame con Carlota Liukin.
-Ja, ja, ja ¿es broma?
-No me alegra que no lo sea.
-Pues mi respuesta es "no iremos"
-¿Qué? ¿Tú también te niegas?
-Acuerdo grupal.
-¡No te atrevas Adelina!
-No es mi decisión, líder.

Adelina decía adiós cuando Trankov perdió la paciencia y le apretó el brazo.

-¿Qué haces?
-Se te acabó la buena suerte, a mí me pones enfrente de Carlota o no pasas de esta tarde.
-No eres capaz.
-¿No?
-¡Me duele!
-No estoy jugando, ¡camina!

Atemorizada, la chica tomó el rumbo adecuado sin osar dejar de fingir que paseaba alegremente si un transeúnte le miraba, absteniéndose también de asustarse más por constatar que el guerrillero podía ser un enemigo letal si se le hacía enfurecer. Prácticamente, había que dar gracias porque él aun estaba en plan "amable"

-Carlota tiene una cama en Pediatría - dijo Adelina con apremio a una cuadra de distancia - Si llegas por la puerta principal, tienes que ir atrás de la recepción.
-¿Otra ruta de entrada?
-En emergencias a un costado, el lugar te quedaría al fondo.
-¿Algo más?
-Busca el número 502 en la habitación del pasillo central, hay como doce niñas compartiendo el sitio.
-Lárgate y no abras la boca.
-¡Pero Carlota va mucho al jardín!
-¿Dónde?
-Atrás de Pediatría hay una puerta.
-Adelina, no te conviene guardarme secretos.

Trankov se apartó con el único afán de hacerse pasar por un paciente o al menos burlar la seguridad, pero las sugerencias de Adelina eran imprácticas y notando que existía una puerta de servicio al lado de emergencias, tomó la alternativa.

-"Veamos, no hay una bata o un uniforme... Una bata, me salvé, ahora un mapa o algo... Oncología a la derecha, traumatología en la misma dirección, ¡pediatría! al frente, el jardín ¿habrá otra entrada? No y sí, sólo agacho la cara".

Inseguro, él se coló por el corredor, mezclándose entre los enfermos y asegurándose de que el personal no le preguntara nada, en vista de que el reflejo le devolvía una imagen poco saludable de sí mismo y su postura firme se debilitaba, recordando súbitamente su malestar.

-"Soporta un poco más, el jardín está ahí" - se ordenó al visualizar el paso a un metro. Deteniéndose para recuperar un poco el aliento, comenzó a buscar a Carlota Liukin entre los arbustos, observándola finalmente en una banca, leyendo y recibiendo el sol.

-¿Por qué no estás sola? - dijo al distinguir a una enfermera que se iba, probablemente para volver un poco más tarde. Al ser la única oportunidad, él se apresuró a terminar todo.

-¿Carlota, eres la única dentro? - preguntó fuertemente. Con su voz, ella cerró su novela al instante, se levantó y asustándose, esperó por la figura de Sergei Trankov.

-Carlota ... - dijo él. La joven tenía la piel erizada y casi imaginaba la respiración del guerrillero cuando una brisa movió su cabello.

-Te devuelvo tu dije.
-Ponlo en el pasto.
-Quiero dártelo.
-Lo recogeré.
-No sería lo mismo.
-Me da igual.
-A mí no. Carlota, tú me salvaste la vida.

La joven giró, abriendo más los ojos de contemplar a Sergei Trankov aproximándose. Notándolo tan mal, ella deseó por un momento abrazarlo, pero en su lugar le dio la espalda y recogió sus cosas.

-He venido de muy lejos, creí que te daría gusto verme.

Ella lo miró de nuevo, nerviosa porque él sangraba.

-Tu dije me lastima, tómalo por favor.

Carlota jamás había escuchado al guerrillero suplicarle algo tan en serio y le arrebató la cadena sin dirigirle la palabra.

-Te lo agradezco, niña.

Pero cómo él cayera rendido, Carlota lo tomó en brazos, sin saber si debía ayudarlo. Entonces las lágrimas se descubrieron en el rostro de ella, mismas que se escurrían en él y aliviaban su dolor. Al acariciarle las mejillas, la chica presintió que la misma muerte los rondaba y por cuidar a Sergei, lo cubrió con una cobija.

-Mi pulso es tan insignificante - comentó él.

Carlota en cambio, lloró más, pero el viento comenzó a girar alrededor de ella e inició una delicada lluvia de cristales de hielo que cubrió el jardín y se extendió por la ciudad lentamente, llenando de reflejos de colores hasta el mínimo espacio.

-Como en Hammersmith ... - murmuró Sergei Trankov y Carlota Liukin, evocándolo igualmente, se inclinó a estrecharlo con más fuerza y después de mirarlo a los ojos, lo besó en los labios.

-¿Qué hiciste? - cuestionó el guerrillero con vitalidad, pero la joven no contestó y él, un poco aterrado, se levantó y se apartó, notando que cada vez una lágrima de ella se estrellaba,  se transformaba en un diamante.

-Carlota...

Ella se vio rodeada de aquella fina lluvia y dio sus pasos hacia atrás, cerrando los párpados para conservar al hombre estando de pie como un hermoso recuerdo y no cómo él reaccionaba ya, pidiéndole que conversara, pero ella tan paradójicamente feliz, cerró la puerta del jardín y congeló el cerrojo. Los cristales de hielo formaban lindas figuras pero los que tocaban a Sergei Trankov borraban sus heridas, aunque él experimentara un miedo increíble a que Carlota Liukin le retirara el habla y en su lugar, se contentara con manifestarle un amor imposible.

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