lunes, 19 de enero de 2015

La mujer de rosa


Fotografía de Fréderique Calloch©

La pelea entre Bérenice Mukhin y Carlota Liukin causó sensación y en los noticiarios la repetían completa una y otra vez, haciendo hincapié en que la última había sido "molestada instantes previos por una desconocida durante su fiesta de cumpleaños".

-¡Que buen golpe! - comentaba Maddie Mozer antes de darle un sorbo a un café y pedirle a sus colegas que le enviaran el video lo antes posible para "disfrutarlo" en casa más tarde. En la jefatura de policía de Tell no Tales a menudo se perdía el tiempo con ese tipo de cintas.

-Creí que los encontraría trabajando - señaló por saludo Lleyton Eckhart, mismo que ahora tenía cara de haber dormido bien, de perderse el periódico para estar de buen humor, de desayunar en calma y de estrenar abrigo.

-Maddie ¿qué hacías con esa gente?
-Divertirme.
-¿No tienes archivos que ordenar?
-Que gracioso, lo mismo me preguntaste ayer.
-¿Soy tan predecible?
-Eres aburrido, Lleyton.
-Bueno, pero tengo un caso que presentar en la tarde nos vemos.
-Oh, no querrás ir.
-¿Por qué no?
-Creí que preguntarías por Bérenice. Interpol la identificó.
-¿En serio? ¿Cómo la localizaron?
-¿Cómo que cómo? Estuvo en un pleito.
-¿Cuál?
-¿No te has enterado? Te dejé un mensaje esta mañana.
-No revisé en la contestadora.
-¡Ay Lleyton! ¿No has visto nada?
-¿Qué pasa?
-Ven acá.

La mujer jaló a Eckhart hasta el escritorio de uno de los detectives y se cruzó de brazos. La noticia iba a ser transmitida nuevamente.

-"Esta es la imagen que le da la vuelta al mundo: Carlota Liukin reaccionó furiosa cuando una mujer de nombre desconocido interrumpió un festejo privado. En el video se puede apreciar como la deportista derriba a la inoportuna, queremos creer artista callejera por el vestuario, ruedan por el suelo y hasta puñetazo le propina... Las autoridades de la ciudad de París llegaron un poco tarde pero la patinadora ha sido multada con 100€ por alterar el orden, su padre responderá por este incidente y se espera que haya una declaración al respecto. Del paradero de la mujer, nada se sabe".

-¿Bérenice en París?
-Así es.
-Pero estaba trabajando ayer.
-¿Sigues viéndola?
-Baja la voz.
-¡Lleyton, no puedo creerlo!
-La mujer de la pelea no puede ser Bérenice.
-Pero trae uno de esos uniformes que le ponen en la cantina.
-Eso es verdad.
-¿Qué atuendo traía ayer?
-Un vestido rosa.
-¿No tenía brillantes, lentejuelas, algo?
-Se parecía mucho al del video.
-Lo peor no es que Carlota Liukin le haya dado ese gran puñetazo, ¿reconociste al que estaba separándolas?
-No lo sé.
-Era Sergei Trankov.
-¿Qué?
-El mismo, así que puedes descartar el operativo en el hospital.
-No entiendo.
-Mmh, si me preguntas, estamos en las mismas.
-Te juro que Bérenice estuvo ayer con su escándalo de siempre en el congal de todos los días.
-Que chistoso, dijiste "congal".
-Maddie...
-Bueno, era un chascarro.
-¿Y qué reportó Interpol?
-Que buscarán a Bérenice, de Trankov no hay nada.
-Si quisieras ir a París, tendrías que cruzar medio planeta; esa mujer está en la barra sirviendo salkau a esta hora, te apuesto lo que quieras.
-Lleyton, te creo, pero ¿qué hay con el video? Es una evidencia clarísima de que está en París.
-No es ella.
-Lo es, la acabas de ver muy despeinada, por cierto.
-Carlota Liukin no le hizo nada a Bérenice Mukhin, lo probaré. Voy por unos papeles y cuando regrese, te quiero aquí con tu bolso, vamos a visitarla.
-¡Lleyton, hoy quedé de ir a las doce con una amiga!
-¡Pues cancela que tenemos resolver esto!
-¡Estás loco!

Maddie Mozer se cruzó de brazos y fue a su área inmediatamente, tratando no hacer berrinche. Las salidas ocupaban su día y no había archivado cuidadosamente los últimos casos, pero se distrajo, no porque se hubiese vuelto adicta a no hacer nada, sino porque en ese momento Lleyton tenía un punto: París estaba demasiado al norte como para llegar en un solo día. Había que ir por tren, tomar el vuelo desde Hammersmith y pasar por inmigración en un lapso de dos días si no sucedía nada en las vías que afectara el traslado. Bérenice Mukhin no podía ser la mujer de la trifulca por causas naturales.

-¡Muéstrenme a Carlota Liukin dándole su merecido a la tipa esa! - exclamó al volver a las oficinas. No tardaron en hacerle caso.

-¡Oh, qué puñetazo, esa niña tiene talento!... ¿Ahora le pueden regresar?
-¿Hasta dónde?
-Antes de que se colgara en la mujer... Ahí, despacio córranla.... ¿Mukhin? Otra vez lo mismo, por favor.
-¿Qué le interesa?
-Detenga la cinta, oficial... Bérenice Mukhin, no hay falla.
-Eso lo sabemos ¿por qué checarlo?
-El fiscal va a procesarla en cuanto se logre su captura ¿o quién lo hará?
-Nadie, ya ve como se maneja esto.

Maddie no sabía que pensar. Si Lleyton le había dicho la verdad, ¿quién rayos era la mujer del video? y a la inversa sería más extraño. Sin embargo, la intriga debía caer directamente sobre Sergei Trankov porque ¿qué tenía que ver en el asunto? ¿Iba pasando como era su costumbre? ¿Le pareció oportuno detener ese bochornoso número? ¿Por qué la Interpol no lo había reconocido? Tal vez nunca lo sabría pero a la distancia, la clave del misterio bien podía ser él ya que los rumores apuntaban a que era el líder de la pandilla Rostova y estaba comprobado que la gente famosa era de su agrado.

-"Un día le voy a reclamar a Carlota Liukin por esta idiotez ¿A qué bonita hora le pareció perfecto hacer la pelea de gatos?" - se preguntaba la mujer poco antes de fingir que revisaba unos documentos y las manecillas del reloj.

-Bueno Maddie, vámonos.
-¡Espera, Lleyton! Por lo menos deja que acabe con mi taza.
-Hay que hacer esto rápido, deja eso.
-La cantina de Don Weymouth no se va a ir a ningún lado.
-Pero Bérenice sale al mercado y se tarda.
-Lo que tú quieres es verla ahora.
-Lo que digas pero andando.

Lleyton Eckhart entró al elevador y Maddie sujetó su bolso como si alguien quisiera robárselo. No sería la primera vez.

-Estás bastante mal, amigo.
-¿A qué vino eso?
-Antes la hubieras arrestado o mandado a buscarla con un montón de policías.
-¿Qué pruebas tengo contra ella?
-Esas te sobran, pero estás embobado.
-Hago mi trabajo yendo a interrogarla.
-A visitarla, más bien.
-¿Crees que esa mujer nubla mi juicio?
-No lo nubla, solo te hace ver un poquito tonto.
-¡No soy tonto!
-Tienes dos opciones: meterla a la cárcel o invitarla a cenar.
-¿Y qué hago con el novio? Ni siquiera sé quien es para ver de que me estoy librando.
-Perdona Lleyton, ¿qué?
-Ella me dijo que sale con alguien.
-¿No te has dado cuenta de quien es ese "misterioso" chico?
-Tú lo conoces, dime.
-El cabeza de Bob Patiño.
-¿El del hospital?
-Al que le compré ropa.
-¡Maddie!
-¡El chico lucía decadente! Y no tiene dinero, hasta le hice un favor.
-No es en serio.
-Bérenice no podía tener mejores gustos.
-Y tú odias la caridad.
-No fui la que le regaló a esa mujer todos los artículos del departamento de belleza.
-Si ella me quiere ver la cara mientras la interrogo, arréstala.
-¿Estás enojado?
-Tengo que hacer mi trabajo ¿no crees? Llama refuerzos cuando te diga.
-Lleyton, mejor acepta que es mejor que tengan una cita. Dejemos este lugar.

Maddie condujo al hombre hasta un taxi y pidió que los llevaran al Panorámico antes de percatarse de algo: Lleyton ya sabía de Luiz, sólo que se negaba a creerlo, no porque no creyera a Bérenice Mukhin capaz de elegirlo. Si aun la espiaba, entonces podía suponer que no se atrevía ni a mirarla a los ojos y a últimas fechas, ni siquiera a entrar a contemplarla desde el rincón más alejado de la taberna de mala muerte en la que trabajaba.

-Al menos el video es una evidencia ¿no crees?
-Evidencia de que en Interpol son unos idiotas.
-¿Y si no?
-De todas formas quedaríamos como estúpidos, Maddie. La policía de Tell no Tales no detiene a una simple mujer aunque la tenga en la nariz.
-Qué curioso que lo digas.
-Si vuelvo a hacer el ridículo, pégame en la cabeza.
-De una vez.
-¿Qué te pasa?
-Lleyton, respira profundo, concéntrate y paga.
-¿Llegamos tan rápido?
-No estamos tan lejos.
-Qué oportuno, tengo una llamada. ¿Maddie, te encargas?

La mujer recibió un billete de manos de Lleyton y cubrió la tarifa del taxi mientras veía que su amigo parecía muy contento con la conversación fugaz que prosiguió. Cuando el auto se fue, ambos parecían contagiados por una gran felicidad.

-¿Quién te llamo? ¿Otra chica?
-Maddie...
-Es que ahora te siento muy relajado.
-Me habló Kovac.
-¿Tu amigo guapo?
-Sólo trabaja como tú y yo.
-Yo no me pongo boxers CK, ¿tú si?
-Qué graciosa.
-¿Qué quería tu súper amigo modelo de CK?
-Ahora resulta que a ti también te gusta.
-¡Kovac es un monumento!
-Por Dios.
-Es un hombre muy sensual.
-Cálmate.
-¿Qué quería?
-Regresa a la ciudad, me pidió que vaya a recibirlo.
-¿Cuándo?
-Ni lo pienses.
-Te estoy cubriendo con Bérenice, no puedes negarte.
-¡Este es un favor de amigos!
-Los favores se devuelven.
-Mañana si no pasa otra cosa.
-¡Voy a conocer a Kovac!
-¡Mujer!
-¡A ti te gusta una terrorista, agitadora y golpeadora de policías y no digo nada!
-Te van a escuchar.
-Ven, la cantina está a nada.

Lleyton y Maddie entraron en la calle peatonal del Panorámico y el ruido de los bares los aturdió por un momento. Eran las últimas semanas del verano y obviamente esa calle estaba llena de jóvenes, luces y músicos, gente que consumía tabaco en las banquetas y borrachos que brindaban en los locales o despilfarraban su dinero mientras presumían de adinerados; socialités exhibicionistas y uno que otro pobre diablo que simulaba ser un rudo asaltante del barrio Blanchard y tenía suerte con algunas de esas chicas que buscaban algo exótico de que burlarse. Todo un desfile de fauna que contrastaba dramáticamente con Evan Weymouth, que aun conservaba ese buen aspecto de chico responsable y sufría mientras auxiliaba a una congestionada jovencita a sostenerse en pie.

-Qué asco.
-Es lo que Don Weymouth le ha obligado a soportar.
-¡Lleyton!
-Ese chico debería buscar una beca, es muy talentoso.
-Al menos se gana la vida en lugar de ir con estos rufianes a perder el tiempo.
-¿Crees que Bérenice esté ahí?
-¿No te preocupaba el pobre Evan?
-No puedo arrestar a su padre, hace algo legal.
-Entra, suerte Lleyton.

La entrada al bar era un poco difícil aunque no hubiese tantos parroquianos como en otros lugares. Por el horario, se podía decir que los clientes apenas iban llegando y que nadie quería toparse a los pescadores, famosos por buscarse problemas en donde fuera. El olor a comida recién hecha y un piso limpio sólo hablaban de que aquel negocio iba mejorando.

-Terminé con Scott, jefe ¿Quiere que le ayude en algo? - gritó Bérenice de repente.
-Siéntate a esperar - replicaba Don Weymouth mientras levantaba las propinas de la barra.
-¿Puedo poner música?
-No.
-¡Ah!
-Aunque protestes, te me quedas quieta y ponte hielo, ese ojo está más morado que una berenjena.
-¡A la orden, jefe!

Lleyton y Maddie se acercaban lentamente cuando Bérenice sacaba una bolsa con hielo y se la colocaba como si no sintiera nada.

-Tiene el moretón - dijo Maddie a su distancia.
-Pero está trabajando aquí, si estuviera en París...
-Entiendo, entiendo.
-Te dije que la de las noticias no era ella.
-Entonces no hay de qué preocuparse, ahora salúdala y charlen un momento.
-¡No puedo hacer eso!
-Que tenga novio no significa que no le digas que todavía existes.
-¿Qué pretexto le invento?
-Yo te mato, ¡ve!

La mujer empujó a Lleyton hacia la barra, dejándolo muy cerca de Bérenice. Él no sabía por donde empezar, pero con la cantinera no hacía falta esforzarse porque siempre tomaba primero la palabra.

-¡Hola!
-Buenos días, señorita.
-Creí que no volvería a verlo.
-¿Por qué?
-Hace tanto que no venía.
-¿Cómo estás?
-Adolorida pero se me va a quitar.
-¿Qué sucedió con tu ojo?

Bérenice se encogió de hombros.

-"La imagen del día ocurrió en Francia... Carlota Liukin enfureció y tuvo una pelea con una mujer que supuestamente la estuvo acosando en su cumpleaños. La policía francesa la multó y está en búsqueda de la desconocida a quien apodan "la mujer de rosa" y dicen que estuvo minutos antes dando un espectáculo de teatro callejero".

-¡Oh, así se vio ese puñetazo!
-¿Te gusta la televisión?
-A veces, pero han estado repitiendo esa pelea toda la mañana. Hasta me duele más el ojo.
-¿Te pegaron?
-Me peleé afuera de un restaurante.
-¿Por qué?
-Besé a mi héroe. No sabía que Carlota era tan celosa.
-¿Perdón?
-¿Usted es policía, verdad?
-Alguna vez te dije que sí.
-Rayos, ya despepité.
-¿Qué?
-Nada, nada, me duele todo.
-Decías algo de Carlota.
-Que se nota que se enojó.
-Hablaste de celos.
-Porque es clarísimo ¡sólo te le avientas a otra mujer así cuando está con tu hombre!
-No sé que tratas de...
-Me metí en problemas por una pieza de pollo en el mercado, me jalaron el cabello, me hicieron este moretón, fin.
-¿No fue en un restaurante?
-En uno que está adentro.
-Menos te comprendo.
-¡Agua mineral! Tome, voy a ver que quieren por allá.

Bérenice dejó la barra y fue a matar el tiempo conviviendo con la clientela, segura de que había cometido el error de hablar de más, sin pensar que Lleyton Eckhart en realidad no tenía idea y estaba tan confundido que no ataría ningún cabo en un buen tiempo.

-¿Nadie quiere nada? ¿Ni un baile? - rogaba para no ir a su lugar.
-Con ese pantalón de monja, no tengo ganas - le contestó un pescador y ella no tuvo opción.

-¿Qué se hicieron tus vestidos de encaje? - preguntó Lleyton al tenerla de nuevo enfrente.
-Me aprietan, la doctora me dijo que no debo usarlos si quiero un bebé.
-Discúlpame.
-De todas formas ya tengo un hijo.
-¿Tienes un qué?
-Sí, es muy chiquito pero no tengo nadie que lo cuide, lo he traído al trabajo y siempre reviso que esté bien.
-No lo metas aquí, ¿quieres que los ebrios lo eduquen?
-Se queda arriba.
-¿Has pensado en una guardería?
-¿Qué es eso?
-Un lugar donde reciben niños pequeños y los cuidan mientras las mamás trabajan.
-¿Es seguro?
-La mejor está en Nanterre, en la calle Le Gac, trabajan diario y podrías ir por tu bebé a la hora que puedas.
-¡Le diré a Luiz que me acompañe!
-¿El novio?
-¡Ese mismo!
-¿Es el papá?
-¡Por supuesto que sí!
-¿Dejaste a los Rostova por tu familia?
-Los deje porque Matt Rostov no quería saber de mí... ¡Estoy regando la sopa otra vez!
-No diré nada.
-Los policías no son confiables, pero gracias por lo de la guardenia... guardiosa, guardi...
-Guardería.
-Guardería, gracias.
-Nanterre, Le Gac, no lo olvides.
-No lo haré.
-Me voy.
-¿No se quedará otro rato?
-Tengo trabajo.
-Ah, que le vaya bien.
-Igualmente y un consejo: ponte cáscaras de papa, te quitarán lo inflamado más rápido.
-De acuerdo.
-Volveré, adiós.

Lleyton Eckhart salió sin saber qué hacer. Bérenice lo había llevado a cierto punto muerto y al parecer, no las cosas no cambiarían pronto.

-¿Cómo te fue, galán?
-Maddie...
-Uy, estás muy mal.
-Se peleó en el mercado, eso entendí.
-Misterio resuelto.
-Antes me dijo que besó a su héroe y Carlota Liukin es una loca celosa.
-¿Qué tiene que ver?
-Nunca la entiendo.
-¿Por eso traes esa cara?
-Resulta que tiene un bebé.
-No juegues.
-El papá es el Bob Patiño.
-Ja ja ja ja.
-Soy un estúpido.
-Ahora si me impresionó ¿es verdad?
-Ella misma lo dijo y terminé recomendándole la guardería de Nanterre... No te rías.
-Lleyton, al menos dejarás el ridículo de lado.
-No debí fijarme en Bérenice Mukhin.

Lleyton Eckhart caminó hasta la esquina haciendo patente cierta irritación. ¿Por qué no se había dado del cuenta del bebé de Bérenice ni del novio? ¿En verdad era tan idiota? Lo peor es que le faltaba el arrojo para llevarla a la estación y a pesar de todo, era una mujer que le atraía más. Lástima que ella no le hiciera menor caso; le habría dicho que siendo la del video o no, de todos los colores que le había visto, se veía más hermosa vestida de rosa.


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