martes, 31 de marzo de 2015

Un error constante (Viviendo en 1984, final de la primera parte de la temporada siete)


La fosa en la que Elijah Maizuradze veía transcurrir su existencia no solo era oscura, seca, y profunda; también era compacta aunque contara con una cama y con un gran espejo por el que ocasionalmente recibía alimentos, agua y ropa limpia. Ahí dentro el entorno era aburrido y cuando él intentaba romper la rutina, su débil condición lo llevaba de vuelta a la cama por varias noches. Sus únicas compañías estables eran un libro en latín acerca de la teoría antigua de la "materia universal", y un retrato de Bérenice Mukhin con el que conversaba a menudo.

-Si los insectos entran y salen en libertad de este hoyo, también yo podría - aseguró una mañana en la que la misteriosa mano le dejaba un plato de cereal y omitía bloquear el espejo, ocasionándole la intriga: ¿A dónde llegaría si lo cruzaba? Era probable que a otra fosa pero abandonar su reclusión le rondaba la cabeza para evitar la locura... Bueno no, la locura estaba allá afuera pero era un buen precio a pagar. El espejo ajustaba automáticamente si no se le cerraba pero tardaba mucho y entre más rápido se tomara la oportunidad, más cerca se llegaría del punto de donde venía la ayuda. Elijah Maizuradze apenas lo pensó y pasó a la dimensión opuesta sólo para quedar tendido en la banqueta frente a la cantina de Don Weymouth.

-¡Otra vez un ebrio estorba en la puerta! - exclamó el joven Evan antes de encargarse del asunto mientras Bérenice tomaba a su bebé para llevarlo a la guardería.

-No creo que este tipo haya bebido - anunció el chico - ¿Se siente bien, señor?

Pero el grito de Bérenice alertó a Evan y vio al sujeto aferrarse a los pies de ella.

-Ayúdame mujer, ayúdame - susurró Elijah con voz ahogada.
-¡Suéltame!
-Te necesito.

E intervenía el muchacho dándole un puntapié.

-¡No hagas eso, pequeño jefe! ¿No ves que está enfermo?
-Se tiene que ir.
-Llamaré a alguien que lo atienda - y la joven se introdujo al local nuevamente, ubicando dentro del espejo de la cocina el hospital y a Matt Rostov, a quien gritó con urgencia un par de ocasiones. Luego volvió al exterior.

-¿Qué pasa?
-Viene el médico, pequeño jefe.
-¿Conoces a este hombre?
-Es mi esposa - declaró Elijah.
-¿Tú, qué?
-Esa es mi mujer, esfúmate imbécil.
-¿Bérenice, qué es esto?
-Elijah, no te esfuerces - exclamó la mujer - Toma un poco de agua.
-Me muero, mi niña.
-No digas eso.
-Qué final para un hombre tan fuerte.
-Estarás bien.
-Veo que tuviste un bebé.
-No lo toques... Evan llévalo dentro.
-¿Es de Matt?
-No le harás daño.
-No me interesa lo que no es mío.
-¿Cómo llegaste hasta aquí?
-El espejo.
-No es posible.
-Que hermosa te ves.
-Calla.
-Con los ojos tan llenos de vida, como siempre quise.
-Das asco.
-Pero no a ti. Me puedo ir en paz.
-No mueras aquí.
-Sólo me falta un abrazo para ser feliz.
-Te lo doy pero vive un poquito.
-Y con ese beso en la frente puedo revivir.
-Eso no.

Bérenice reconfortaba a Elijah, cruzando los dedos porque Matt la hubiese oído.

Por otro lado, el propio doctor Rostov iniciaba su turno de consulta sin escuchar la vocecita que reclamaba auxilio, pero no fue lo mismo en el caso de Courtney Diallo y ella no sabía si decírselo o no porque saldría corriendo en busca de la responsable.

-¿Qué tienes Courtney?
-¿No escuchaste?
-¿Qué cosa?
-Te llaman.
-¿Quién?
-Bérenice.
-No.
-Insiste mucho, debería ver.
-¿Hablas en serio?
-Sí.
-Ven conmigo.
-¿Qué dices?
-De seguro es el bebé.
-Primero hay que encontrarlo.
-Dame un minuto.

Matt Rostov miró al reflejo próximo y contempló a Bérenice claramente sin saber que hacer. Dada la gravedad del asunto, enseguida tomó su maletín.

-Courtney, necesitaré que corras y apartes una cama en urgencias.
-¿Perdón?
-Confía en mí.
-¿Dónde vas?
-Al Panorámico, ¿vienes?

La mujer asentó y le solicitó el lugar a la primera enfermera que se topó en la salida sin darse cuenta de que él miraba las ventanas y se adelantaba un poco. El Panorámico quedaba apenas a un par de estaciones del metro de distancia y Courtney tenía miedo de preguntar qué estaba ocurriendo. Matt parecía más inexpresivo de lo normal y su rigidez preocupaba, al punto de que aparentaba ser una estatua de sal que se petrificaría enseguida.

-Si bajamos aquí, llegamos en un minuto - murmuró temerosa y se limitó a verlo revisando sus pertenencias. En la calle, ambos estaban hechos un mar de adrenalina y era fácil aceptar que él la había contagiado.

-¿A qué parte hay que llegar?
-No lo sé muy bien, hay una puerta de madera y la calle tiene un letrero que dice... No, más bien hay un cesto de basura enfrente y se lee "salkau".
-¿Estás seguro?
-Sí.
-Sé dónde es, ve a la izquierda.
-Gracias, Courtney.
-Ten cuidado, hay mucha gente .... Olvídalo.

Al doblar la esquina, Matt Rostov y Courtney Diallo vieron a Bérenice Mukhin intentando mantener despierto a Elijah Maizuradze y dándole algo que apenas se adivinaba como respiración boca a boca.

-Apártate - le ordenó Matt.
-¿Cuánto tiempo lleva así? - preguntó Courtney.
-No lo sé, se cayó o algo así, está muy débil.
-Bérenice ¡haz el favor de decirme de dónde salió! - continuó Matt.
-Del espejo.
-¿Qué?
-Supongo que pensó que podía cruzarlo, a veces se me olvida bloquearlo.
-¿Cómo se te va a olvidar?
-¡Le dejé el desayuno como siempre!
-¿Pero como se te ocurre?
-Es que me daba penita.
-¡Este tipo debió morir hace mucho!
-¡No lo iba a dejar solo!
-¡No entiendes que es peligroso!
-¡Lo perdoné!
-¿Tienes idea de lo que pasará si alguien lo encuentra?
-¡Sólo sálvalo!
-Lo más que puedo hacer es dejarlo morir en el hospital.
-Matt, no lo hagas por él, hazlo por mí, es mi esposo.
-¿Eres casada? - remató Courtney y Bérenice agitó su cabeza en señal afirmativa.

-Este hombre no puede permanecer sin oxígeno, llevémoslo Matt.
-Bien, supongo que no puedo librarme... Courtney, debes saber que este hombre tiene obstrucción pulmonar en una etapa en la que darle auxilio no servirá de nada.
-Pero puede morir con dignidad.
-¿Tú lo vas a cuidar?
-¿Qué tienes, Matt?
-Pide una ambulancia, te veo luego.
-Matt...
-Necesito estar solo y aclaro que todo es su culpa - señalando a Bérenice. Courtney miró a la chica y aunque reticente, le pidió que la asistiera.

-Sostén su cabeza.
-¿Estará bien?
-No lo creo.
-¿Es el final?
-Hoy sería pero tal vez mañana, no estoy segura... Bérenice ¿quién es él, cómo se enfermó?
-Respiraba mucho humo, era algo así como soldado.
-¿De qué clase? Sus pulmones van a colapsar.
-Por explosiones, pruebas, todo eso.
-Entiendo, imagino que empezó como una tos.
-Le dije que no se moviera de la cama.
-¿Nadie lo atendió?
-Matt hasta que...
-¿Hasta qué?
-No importa, sólo quiero que muera en paz pero no en el hospital.
-¿Tienes dónde llevarlo?
-No.
-Supongo que alguien te puede ayudar.
-Mi papá me mataría si me ve con él y Luiz no tiene que saber.
-¿Dónde piensas meterlo?
-¡No lo sé!
-¿Dónde lo tenías?
-En una fosa.
-¿Disculpa?
-No pensé que saldría de ahí.
-¿Qué clase de monstruo eres?
-Siempre le di comida.
-Haré una llamada.
-Si es al hospital, no me interesa.
-¿Perdóname?
-Elijah necesita descanso, yo convenceré a mi jefe de que me preste el cuarto de arriba.
-Corre.
-No dejes que se vaya, prometo atenderlo.

Bérenice regresó con Evan y solamente sacaron las pertenencias del bebé hasta la barra, sin que se alcanzara a distinguir que decían. El chico se notaba irritado pero no parecía que mucho y colaboraba con los arreglos a la habitación mientras advertía que su padre llegaría en unos días.

-Perdona, pequeño jefe.
-Me deberás una muy grande.
-Te la pagaré, dame tiempo.
-¿En qué problemas te metes? Siempre arrastras a alguien.
-Es sin intención.
-Por cualquier cosa, diré que fue tu idea... Y que lo encontramos y lo ayudamos.
-Gracias, Evan.
-No te desanimes, ve por él.

Bérenice asentó y se dirigió hacia la doctora Diallo, misma que se daba cuenta de que Elijah Maizuradze recobraba el sentido poco a poco e iba memorizando su rostro.

-Tenemos el lugar.
-Insisto en mandarlo al hospital.
-Hay que preguntarle si quiere.
-¡Ay por Dios!
-Él es muy orgulloso.
-¿Y tú lo complaces?
-Sólo pongámoslo en cama y cierre la boca.

Courtney quedó sorprendida para mal y de pésimo ánimo levantó al hombre con la ayuda de una Bérenice que no dejaba de hablar al oído de aquél para decirle que todo estaría bien y que no lo dejaría solo. A momentos, aquello parecía tierno.

-Con cuidado.
-Así que trabajas aquí.
-Digamos que sí.
-Te vuelves a acercar a Matt y te parto la cara.
-Está bien.
-Qué escalera tan pequeña.

Evan esperaba a ambas en la parte superior y les ayudó como pudo, distinguiendo el desdén de Elijah por ese ático pero aspirando del perfume de Bérenice, produciéndole un sentimiento de desagrado. Al recostarlo, al enfermo le dio risa.

-¡Así que vives aquí! - exclamó.
-Tranquilo.
-Mi niña.
-Vas a mejorarte, ya verás.
-Lo suficiente para verte bien.
-¿Qué pasa?
-¿Tengo plazo para morirme?
-En lo que llega mi jefe, que es es como en ... Días.
-Mi dulce Bérenice, has querido verme en el ataúd desde que me conoces.
-No es cierto.
-¿Esta pocilga te gusta?
-No digas eso.
-Sábanas corrientes, polvo, madera convencional, apuesto que la comida es perro mojado.
-¿Nada te puede gustar?
-Consígueme revistas, sabes de cuáles.
-Pensé que ya no veías mujeres desnudas.
-Sí claro, las leo por eso.
-Pequeño jefe, ¿conoces revistas así?
-¿Playboy©? - contestó Evan Weymouth.
-Necesito al menos dos, las pagaré con mi sueldo.
-Oye Bérenice, ¿ésta quién es? - prosiguió Elijah.
-Si se refiere a mí, me llamo Courtney Diallo, idiota - intervino la doctora.
-¡Miau! Me gusta cuando sacan las garras.

Courtney miró a Bérenice con creciente enojo y salió de ahí, dejando a la otra sola y haciéndola sentir indefensa.

-¡Elijah, por favor, es quien te va a dar tu medicina!
-Ay Bérenice, pero la muerte es cuestión de horas.
-¿Quieres ser un poco optimista?
-Cuando te ahogues en ti misma, como yo.
-Te traerán lo que pediste.
-Contéstame algo.
-Lo que quieras.
-¿De quién es el bebé que traías?
-Es mío.
-Te guardaré el secreto, mentirosa... Otra cosa, la tal Courtney.
-¿Qué hay?
-Noto que te detesta y si pudiera te daba tu merecido.
-Es por Matt.
-¡El buen Matt! Lo saludaré en el infierno.
-¿Vas a empezar?
-¿Qué pasó con él?
-Terminamos.
-Eso explica porque no es mi lacayo el día de hoy.
-No te esfuerces.
-¿Lo abandonaste?
-Digamos que sí.
-¡Te dejó!
-Elijah, basta.
-¿Qué le hiciste?
-Se fue.
-¿Qué tiene que ver esa doctora contigo?
-Es la compañera de trabajo...
-La nueva novia.
-No es su novia.
-¿Estás segura?
-Duerme un poco.
-¿Dónde vas?
-Al trabajo.
-Ven aquí.
-No.
-Volverás.
-Estarás bien.

Bérenice cerró la puerta tras de sí y descendió a la cantina, topándose con que Courtney no estaba y Evan no había vuelto. Ella estaba triste.


Playa de Tell no Tales, veinte minutos después.

-¡Matt, Matt!
-¿Cómo supiste que estoy aquí?
-No lo sé, lo intuí.
-Ten cuidado.
-¿Qué pasó allá? ¡Me quedé sola!
-Courtney, te prometo que no regresaremos.
-¡Más te vale porque estoy furiosa! ¿Quién es ese imbécil?
-¿Hasta tú lo notas?
-No me llamó "gata" literalmente.
-Voy a destrozarle la boca.
-¡Pidió revistas Playboy y de milagro no vomité en su cara!
-Le gustan los artículos de ciencia que luego sacan en esas cosas, se ve raro pero es la verdad.
-¿Quién es?
-El marido de Bérenice.
-¿Algo más?
-Es un peligro, no te acerques a él.
-No lo haré, júralo por quien quieras.
-Se llama Elijah, apenas descifra tu rostro estás muerto ... O muerta, ¿lo hizo contigo?
-Notó que Bérenice no me simpatiza y él tampoco.
-Discúlpame - abrazándola.
-Explícame porque no entiendo.
-Ese hombre no debió cruzar hasta aquí.
-¿Perdón?
-No lo maté porque Bérenice lo quiere ¡qué idiota fui!
-¿Qué dices?
-Ella lo conoce desde niña, él le conseguía cosas, dinero, joyas, siempre odié que lo perdonara.
-¿Qué te tiene tan molesto?
-¡Que ella ....! ¡Ese tipo la violó!

Courtney quedó atónita.

-Bérenice nunca me lo dijo y luego descubrí que me abandonó la primera vez para casarse con él.
-¿Por qué?
-Aun no lo entiendo.
-Matt, si te consuela, él se morirá en unas horas.
-Apuesto que no.
-¿Qué vamos a hacer?
-Bloquear espejos y esperar.
-¿Esto es parte de tu secreto?
-Te contaré una historia.

Matt Rostov y Courtney Diallo se quedaron de pie frente a la marea, despojándose ella de su collar y él rebotando insistentemente en el agua el balín que le había dado, intentando mostrarle algo que no se distinguía bien. El reloj ni siquiera marcaba las doce.

(Esta etapa no tendrá paréntesis por tratarse de un cierre parcial).

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