sábado, 3 de octubre de 2015

El golpe del final (Cuento breve)


Hubo peleas, desacuerdos, lágrimas y un poco de aferramiento pero el resultado fue el mismo. Elijah Maizuradze falleció al quinto día de volver con Bérenice Mukhin y ésta última se conmocionó al extremo de permanecer recostada junto a él. Desde el espejo, Matt Rostov observaba aquello y se colocaba la bata del hospital, pero no era hipócrita. Su alegría se trasminaba y la chica se molestó.

-¡Déjanos en paz!
-No he hecho nada.
-¿Por qué no vas y le dices a todos que esto terminó?
-No me perdería la fiesta.
-¡Sé bueno por favor, mi esposo ha muerto!

Matt no osó preguntar la verdadera razón de aquella tristeza, aunque en el fondo no entendiera lo que ella sentía por Elijah y que impedía cualquier lógica. Bérenice por su parte, estaba segura de que nadie le creería que había sido capaz de perdonarlo.

Mientras ella intentaba pasarse la angustia y se preguntaba como pagaría el funeral, recordó que había un problema: Alguien debía avisar a Viktorette, la hija de Elijah, quien guardaba un rencor increíble y nunca se distinguía por ser amable tratándose de él.

-Lo haré - pronunció Bérenice y se incorporó, anunciándole primero a Evan Weymouth que podía estar tranquilo, que nadie comentaría que había hospedado a un cadáver. Los atavíos negros de la mujer sólo resaltaban el color violáceo de sus ojeras.

En su sitio, Matt Rostov determinó que era banal asegurarse de la muerte y sintió la curiosidad de informar a Viktorette. Tenía la ventaja de que se hallaba a escasas cuadras del edificio donde ella vivía y tal vez estaría preparado para cualquier situación, menos para ver a madrastra e hijastra no destrozarse muy a su pesar. Rostov tenía un lado retorcido que no afloraba a menudo pero delataba sus verdaderas intenciones si se daba cuerda, no en balde su frialdad para obtener fines como la resurrección de Bérenice Mukhin.

Cabe destacar que el ambiente en el espejo continuaba siendo inhóspito y el joven doctor se paseaba en la calle sin padecerlo, riendo con cabal gusto de recordar como Elijah lo menospreciaba y desplazaba con tal de apartarlo del camino que de todas formas terminaba en una partida que el propio Rostov había perdido y que derivaba en que sería, por siempre, un amante de Bérenice disfrazado de novio. Uno persistente por cierto.

Decidido a por lo menos participar en el entierro, Matt pulsó el timbre del departamento ocho en un portón de madera vieja, recibiendo la oportunidad de anunciarse.

-Viktorette ¿podemos hablar?
-Rápido.
-No me dejarás fuera.
-No, pero te irás rápido.
-No lo creo.
-¿Por qué la risa?
-Lo siento, es que para mí es algo bueno.

La chica le permitió el paso y él ascendió con rapidez los escalones, dándose oportunidad de ser más o menos bien recibido con pan y chocolate caliente en una especie de habitación con escasa luz. Viktorette no lo detestaba en realidad.

-Sin rodeos ¿qué quieres, Rostov?
-Es tu padre, sólo se murió.
-¿Mi papá?
-Puedes ir a comprobar que ya está en el infierno.
-¿Por qué nadie me dijo que estaba enfermo?
-Porque fue hace como quince minutos.
-¿Dónde estaba?
-Con su esposa al otro lado del espejo.
-¿Qué tenía?
-No respiraba.
-¿Podrías dejar de reírte?
-Lo siento, es que me alegra tanto.
-¡Respeta a mi padre! - clamó Viktorette, propinando a Rostov una cachetada y echándose a llorar al instante.
-Estarás bien.
-Me hubiera gustado decirle que lo quiero - comentó arrepentida de no hacerlo.
-Te llevaré al otro lado.
-¿Por qué fue allí?
-Buscó a Bérenice, su último deseo fue estar con ella.
-¿Por qué conmigo, no?
-Viktorette, es hora de aceptar que a tu padre de repente le importaba más su mujer que a tú.
-¡Infeliz!
-¿Qué? A mi también me abandonaron por él.
-¡Pero siempre te encontré en la cama con su esposa!
-¡Tu padre nunca volvió!
-¡Lo hizo cuando le conté!
-Y no lo maté porque Bérenice suplicó, así que nada tienes que reclamar.
-No te burles de mí.
-Ella cuidó de tu padre, vete enterando.
-Mejor ve a brindar con ella.
-Está igual de triste que tú.
-Mentira.
-Sabemos que después de todo, esos dos sí se querían.
-Vete al infierno.
-No lo planeo.
-Iré por los papeles, tengo que entregarle a Bérenice su parte.
-¿Parte de qué?
-¡No sé por qué no la odio!

Viktorette reprimió su deseo de estar sola y se colocó un abrigo antes de sacar de un estante un sobre amarillo. Cabizbaja, salió con Rostov poco después y ambos buscaron un espejo grande, aunque a ella no le agradara ninguno.

-No tienes todo el día, niña.
-¿Me dejas llorar en paz?
-¿Nunca visitaste a tu padre y ahora haces puchero?
-¡Sabías que lo busqué por todas partes y nunca supe dónde verlo!
-En una fosa, todo mundo lo sabe.
-¿Cuál de todas?
-Ah... Bueno, es que olvidé esa ubicación a propósito.
-Canalla.
-Pero ahora sabes donde encontrarlo.
-¿Quién me ayudará a enterrarlo?
-Alguien que no lo odie.
-Quiero que te largues en cuánto me despida de él.
-Concedido.
-¿Cómo lo vamos a sacar del otro lado?
-Sólo sígueme.

Matt Rostov jaló a la chica hacia un ventanal y la obligó a atravesarlo le gustara o no lo que veía. Del otro lado, la Tell no Tales de la realidad presumía su tiempo soleado y los niños que pasaban no ocultaban curiosidad por Viktorette debido a sus ojos inusualmente grandes, acentuados por el afán de abrir su sobre y depositar una carta en el buzón de enfrente con la prisa y el nerviosismo que le suponía su luto y su espanto de no conocer nada afuera de su mundo. A la esquina siguiente se hallaba el Panorámico y el volumen de la música la confundió un poco ya que no alcanzaba a entender ninguna palabra y menos se atrevía a preguntar que se festejaba cuando distinguió baile y tragos que olían fuertemente a ginebra y tequila. La joven en un momento dado sintió lástima por la gente que bebía y se deshizo de su abrigo para cobijar a una desmayada. Matt Rostov miraba a todos con asco.

-Entra.
-Este lugar se ve peor que todos.
-Lo es.
-No quiero pasar.
-Adiós Viktorette.
-¡No! Es sólo que me parece increíble que mi padre se haya permitido estar aquí.

La entrada a la cantina de la familia Weymouth sólo conducía a una especie de cubo con madera vieja. Esa impresión inhibía a una Viktorette que pensaba en echarse a llorar mientras decidía si saludar a Bérenice Mukhin apenas se apareciera era lo que deseaba hacer. Nadie le prestaba atención cuando se le ocurrió ignorar la barra y saltar hacia la escalera que conducía a un muy bien delimitado dormitorio que transmitía una sensación atroz de vejez en sus rincones.

-Ahí está tu padre.
-¡Dios mío!
-¿No pensaste que te mentía, verdad?
-Ayúdame a llevarlo.
-¿No esperarás a Bérenice?
-¿Dónde habrá ido?
-¿Me lo preguntas?
-Siempre la encuentras.
-Aviso: No es mi novia.
-Puedo organizar el funeral pero no puedo cargar a mi padre, qué ironía.
-Tampoco tienes comida, ni vestido ni ... Bueno ¿perdiste todo?
-Dejaré este sobre aquí, Bérenice sabrá que hacer.
-¿Qué fue lo que dejaste en el correo?
-La parte que hereda ella.
-¿Y qué le darás ahora?
-¿Sabes? Mejor me quedo con esto, sé que no lo va a leer porque no sabe. Si algún día le hablas, sólo dale las gracias de mi parte.
-¿Gracias?
-No comprenderás nunca... Rostov, llevemos a mi padre.

Matt sostuvo el cuerpo de Elijah Maizuradze y con silencio, cruzó hacia el espejo aprovechando que el de aquél cuarto era más o menos discreto. Viktorette sin embargo, contempló el lecho una vez más, lo suficiente para que Bérenice regresara y se diera cuenta de que no estaba siquiera invitada al entierro. No obstante, las dos se dieron un abrazo. Nada tenían que reclamarse y así, de forma seca y sin explicaciones, se despedían, como los días malos que se relatan de esta forma.

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