domingo, 15 de noviembre de 2015

Try (París)


Bern, Suiza, 7:00 am

Joubert Bessette había visitado los hospitales de la ciudad y aquello lo llevó hasta la recepción del modesto St. Hope, lugar en el que tenían la consideración de verificar sus registros. Llovía ligero.

-Joubert.
-¡Trankov! ¿Te vería más tarde?
-Olvida lo que haces, regresamos a casa.
-No he comprado el pasaje.
-Tu madre no está aquí.
-¿Cómo supiste?
-Habla con tu padre.

Sergei Trankov miró al otro lado y el chico captó que era en serio.

-¿Mi mamá está muy grave?
-Te veo en la estación en una hora.
-Oye ¿Cómo sigue todo en París?
-Más o menos, no salgo mucho.
-¿Qué hay de Verlhac?
-Nada tuve que ver, lo prometo.
-¿Carlota ha estado bien?
-Más calmada, no te preocupes.

El guerrillero se alejó en cuanto notó que una enfermera caminaba en dirección a Joubert Bessette y enseguida fue a aguardar por el tren, dado que el hangar se hallaba cercano y el mal tiempo arreciaba. Hambriento y en vela, Trankov alcanzaba a sentirse poco menos que hipócrita, dándose cuenta de que sus engaños le caerían sobre la cabeza y serían suficientes para perder a los pocos amigos que le restaban.
Especialmente Joubert le angustiaba porque compartían una historia, porque se involucraba y confiaba más en él que en otra persona e inclusive, era un amigo más importante que Alban Anissina o Jean Becaud.

El dilema de revelarle o no lo que giraba en torno a Carlota Liukin era casi un juego comparado con decir "lo siento, a tu madre le importabas mucho" y quebrarlo para siempre. Ni siquiera Andrew Bessette ahogado en alcohol se atrevía y nadie tomaría la responsabilidad por la noticia, así que Trankov dejaría pasar unos días más.

Las aguas se estaban tranquilizando en París y había que aprovecharlas antes de que se agitaran por cualquier razón.

París, día siguiente, 5:00 pm

Carlota Liukin salía de una práctica y atravesaba el puente de Bércy mientras Guillaume Cizeron caminaba a su lado. A momentos se miraban, cuando los curiosos les solicitaban autógrafos o fotos, pero entre los dos sólo era posible el silencio, evitando cualquier roce, reprimiendo los suspiros.

Al cabo de un rato, ambos tomaban rumbos separados y Guillaume coincidió de frente con Joubert y Trankov, quienes no lo tomaron en cuenta, pero lo alentaban extrañamente a seguirlos. La joven Liukin en cambio, nada advertía y al dar vuelta a la izquierda, observó el reflejo de Trankov, razón que la empujó a retocar su brillo labial y revisar que su cabello no estuviese lleno de estática. El guerrillero, sin embargo, se apartó y ella giró emocionada, siendo sorprendida por un feliz Joubert al que le hacía falta un regalo o un mejor atuendo, pero Carlota acabó por recibirlo con un enorme abrazo y tomándole las manos.

-¡Te extrañé, Joubert!
-¿Cómo estás?
-Cuéntame ¿cómo te fue en Suiza?
-¡Mi madre está en París!
-¡Tienes que ir con ella!
-La veré mañana.
-¡Qué buena noticia, Joubert! Pasen mucho tiempo juntos.
-¿La saludo de tu parte?
-Claro que sí, pero hay que escogerle un detalle.
-¿Qué propones?
-No puede ser cualquier cosa, una pulsera le gustará.
-Podría hacerle una.
-Cómprala.
-Pero estaría mejor darle algo hecho por mí.
-Le obsequiarás algo bonito de alguna tienda.
-Me quiero esforzar.
-Podemos pasar por unos cristales, cerca del Hotel de Ville hay una distribuidora.
-Preferiría tejerla.
-Tengo unos hilos y listones, le diseñaré una especial.
-Sólo pienso en bolitas.
-¡Le pondremos mariposas y flores! ¡O una de lunas y estrellas!
-Se notaría que no se me ocurrió, creo que la haré como pueda.
-Puedo armarla rápido.
-Pero esto es personal.

Carlota cerró la boca y asentó, mirando a Joubert con un poco de sonrojo.

-Sé que quieres ayudar.
-Perdona, me emocioné.
-¿Me compañarías a dársela?
-¡Claro que sí!
-Gracias Carlota, te amo.

Ella se desconcertó pero apretó al chico contra sí, experimentando una suerte de felicidad instantánea que se disipaba ante la imposibilidad de contestar, máxime que Trankov atestiguaba a idéntica distancia que Guillaume con el rostro confuso; no obstante, el abrazo se prolongara lo necesario para que Joubert terminara tocándole el cabello y fuera correspondido con un beso en la mejilla.

-Guillaume, tú y yo sabemos que Carlota eligió - comentó el guerrillero a su distancia, comprobando que ella se iba.
-Desde antes de que hablara con nosotros, ese era el resultado.
-Hasta hace un minuto, pensaba que tu amor era una tontería, pero la dejas marchar, felicitaciones.
-Es increíble que Carlota sienta algo bonito por ti.
-Eres más noble que yo, Guillaume. Lo que sí es increíble es que ustedes terminen así.
-Es un acuerdo que nos hace felices desde el principio.
-¿Cuál es la razón?
-Trankov, eres muy atractivo, ¿te habían dicho?

El guerrillero sonrió y comprendió la situación de Guillaume sin necesidad de explicaciones, al fin y al cabo, no era relevante.

-¿Vamos tras ellos?
-No.
-¿Sientes celos?
-Tampoco.
-Unos pocos de mi parte, gracias por preguntar.
-Oye Guillaume, no te alteres. Ni en mil años me podría enamorar de tu chica.

La risa de Trankov nunca había sido tan sincera, a pesar de que Carlota a menudo lo ponía en aprietos y le provocaba dudas. Viendo a Joubert partir, se dio cuenta de que cada quien iría por su lado.

El camino que Carlota Liukin y Joubert Bessette tomaron, los llevaba a una mercería y a una dulcería que les recordaba Bonbons Carousel y después de hacerse de una dotación de goma de mascar, tomaron asiento en el pasto de un parque vecino al Hotel de Ville. La joven sacaba las cuentas de plástico y los listones para repartirlos y él intentaba imaginarse como unirlos para que la pulsera resultante fuera bonita.

-¡Le haremos a tu mamá una pulsera para el otoño! Hay mucho anaranjado y amarillo, lo matizamos con café oscuro y cuentas doradas - sugirió Carlota cuando descubrió a Joubert combinando verde con morado y cuentas rosadas - o le hacemos una amarilla con rosa y le ponemos flores ¡se verá hermosa!
-¿Qué tiene de malo la mía?
-Que no combina.
-Quiero algo original.
-Déjame elegirte los colores.
-Carlota, perdón, pero dijimos que esto depende de mí.
-Pero no se ve linda.
-Entonces haré una y tú otra
-¡Se me ocurrió darle una de cristal! ¡Tu mamá se verá maravillosamente contenta y hermosa!

Joubert se sintió apreciado y por lapsos, mejor contemplaba a Carlota en lugar de tejer su pulsera. Comúnmente, él se preguntaba por qué se habían encontrado, por qué ella había entrado en su vida y por qué siempre que la tenía en mente, varias melodías nacían en su guitarra o en un theremin que por causa del azar sonaba muy bello cuando ella posaba sus manos y vibraba el aire.

-¡Acabé la primera! ¿No quieres....?
-Dejemos esto un momento, deseo hablar contigo.
-Adelante.
-Es que hemos pasado por muchas cosas.
-Créeme, agradezco que no hayas estado aquí.
-¿Me cuentas?
-Sueño a diario con Verlhac.
-No llores.
-La psicóloga de INSEP dice que si lo platico mucho, lo voy a entender.
-Sergei...
-No fue él, estoy tan segura que tengo la tentación de gritar para que no lo culpen más.
-¿De verdad?
-Cuando testifiqué, tuve que jurar que no sabía pero Sergei me había dicho la verdad ¡Desearía hacer algo por él!

Joubert consoló a Carlota y besó su frente, con certeza de que, a pesar de todo, las cosas entre los dos iban bien.

-Prefiero que me digas qué pasó en Suiza.
-Nada importante.
-Estabas triste.
-Este mes ha sido para olvidar.
-Pero nuestro baile fue bonito.
-Le contaré a mamá.
-Prometo acompañarte a verla.
 
Carlota recargó su cabeza en el hombro de Joubert, como si fuera recíproca. Él no hablaría de sus sueños, razón por la que sus murmullos eran simples y olvidables. Ella pensaba más bien en su propio remordimiento, mismo que compensaba siendo comprensiva y generosa.  

En un mes repleto de paranoia, volver a ver a Joubert era una gran noticia y contar con su cercanía le brindaba a Carlota una seguridad invaluable. El siempre estaba allí, ante cualquier circunstancia y ella se limitaba a darle las gracias, aunque ahora él fuera quien necesitaba de ella y no sabía corresponderle sin pasar por alto sus momentos con Guillaume y con Trankov, inequívocos de una traición imperdonable ya que Joubert confiaba ciegamente en ella.

-¿Quieres patinar en el Hotel de Ville? Han instalado una pista como si estuviéramos en Nueva York.
-Ha de ser hermoso, Joubert.
-Estamos muy cerca.
-Vamos.

Carlota sacó sus botines en medio del arrepentimiento por lo que había hecho en ausencia de él, aunque Joubert tomaba cualquier lagrimilla como si fuera de alegría.

-¡Joubert no te vayas otra vez! - exclamó ella abrazándolo y dándole un beso en los labios - Me hiciste falta, ¡perdón por no llamarte más!

Carlota continuó actuando como si fuera ponerse más contenta y dio los primeros pasos hacia el Hotel de Ville, tomando la mano de Joubert.

Una lluvia de hojas cubrió el camino, el cielo se abrió y el otoño anunció su fugaz paso por París como el final de un ciclo, uno en el que Carlota y Joubert estarían unidos, que su prueba duraría por un tiempo más.

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