miércoles, 26 de octubre de 2016

Fragmentos de una escena (Fin de temporada)


París, Francia:

Carlota Liukin había regresado a la escuela y su padre iba por ella cada mediodía ante el recelo de la policía francesa, que todavía la vigilaba tras recibir reportes diversos de la Marina sobre actividades sospechosas en la ciudad, relacionadas con las amenazas de secuestro que la joven Liukin recibía a diario, mismas que no eran más que bromas ya que un terrorista de oficio sabía del perfil bajo que ella tenía en realidad.

-Señor Liukin, me temo que debemos sostener una conversación respecto a la seguridad del colegio y sus alumnas - dijo una maestra una mañana - La directora no está muy contenta.
-¿Se podría de una vez?
-Adelante.

Ricardo Liukin se introdujo a un edificio circular que contaba con un enorme patio y una huerta al fondo, un edificio adyacente en el que un grupo de monjas parecía vivir y al lado izquierdo, otro que albergaba las aulas. Nada raro en Tell no Tales pero sí en París donde no contaban con horarios tan ligeros ni con uniforme de suéter amarillo. Las pocas alumnas eran el resultado de una promoción escasa y ligada a la Arquidiócesis de París, en resumen, era el Colegio Tellnoteliano de Francia.

-Es por aquí - indicó la maestra frente a la escalera del edificio circular y Ricardo la subió detrás de ella, encontrando que la oficina de la madre superiora y titular académica se hallaba en un segundo piso poco menos que austero. Por su mala vista, la monja contaba con una joven asistente de nombre Sylvie que pasaba el día acomodando papeles en un librero de tamaño regular.

-El señor Liukin está aquí - anunció la profesora y la monja lo hizo pasar, ordenándole a Sylvie que sirviera una taza de café con crema para recibirlo.

-No, gracias - dijo Ricardo, pero Sylvie no hizo caso.

-Puede retirarse, profesora Weismann - indicó la monja y la acompañante de Ricardo se retiró en silencio, dejando a este un poco nervioso.

- La profesora Weismann imparte química a las niñas de séptimo grado - comentó Sylvie al retomar sus labores. Desde la ventana de aquella oficina se apreciaba la calle.

-Señor Liukin - inició la madre superiora - Usted sabe que hemos recibido con agrado a la pequeña Carlota y las alumnas están muy complacidas, este año subió la matrícula gracias a su presencia.
-Deben estar contentas.
-Los padres están preocupados en contraparte, la seguridad de la señorita Carlota les hace temer un incidente como el de Stéphane Verlhac o el reciente de "La Maison rouge".
-Carlota está protegida y no se le deja sola en ningún momento.
-Los periódicos publican que recibe advertencias de parte de extremistas.
-Han sido falsas.
-No podemos arriesgar al alumnado y hoy me ha llegado una carta de la Gendarmería al respecto.
-Sé que van a implementar un sistema de resguardo durante el recreo y la salida.
-Es algo más serio.
-¿Qué quiere decir?
-Sergei Trankov está en la ciudad, opera cerca de la escuela y Le Monde recibió una carta en la que asegura que la niña Carlota es su próximo objetivo.
-Es imposible.
-Creí que lo sabía.
-¿Trankov?
-La siguió desde Tell no Tales y mencionó esta institución. Aun no se divulga la misiva pero comprenderá que no es posible sostener una circunstancia de este tipo con las alumnas de por medio.
-Prefiero que diga que acciones piensa tomar.
-La Gendarmería expresa que no puede garantizar la seguridad de Carlota ni la de su familia en el pais.
-Nadie me lo ha notificado.
-Entonces lamento haberlo enterado.
-Tenemos ¿dos meses? en París y no cuento con recursos para volver a Tell no Tales, además mi hija necesita mínimo tres años en Francia para que le concedan la nacionalidad y no haya problemas de pasaporte.
-Tengo entendido que el Gobierno le dará facilidades y excepciones por tratarse de la señorita Carlota.
-Qué pesadilla.
-Aun así hay buenas noticias, la Arquidiócesis también busca ayudar.
-No me diga.
-Hay un colegio en Italia...
-¡Por favor!
-Es una escuela tellnotelliana - intervino Sylvia - Está en Venecia, en una calle sin turistas, al lado del templo de Santa Maria di Gesuati que Dios proteja.

Ricardo observó a ambas mujeres con asombro y contuvo sus maldiciones saliendo hacia las aulas en busca de Carlota, a quien halló iniciando una lección de inglés frente a un pizarrón desgastado.

-Recoge tus cosas, nos vamos - le ordenó sin cortesía y ella obedeció sin disimular el sonrojo frente a sus compañeras y su profesora, misma que no se atrevía a preguntar la razón de tal interrupción.

-Lo siento y nos retiramos, buenos días - dijo Ricardo cuando Carlota se acercó a él y tomó su mano y mochila como si fuera más pequeña, guiándola a la salida. En el patio se hallaba Sylvie.

-Disculpe señor Liukin, enviaré los papeles de Carlota a su dirección esta tarde. Le entrego estos folletos, tal vez si los lee cambie de opinión -exponía Sylvia y Ricardo la dejaba con la mano estirada, ante lo cual, Carlota alcanzó a tomarlos por educación, dudosa de caminar al ritmo de su padre.

-¡A... adiós! - exclamó la chica antes de atravesar la puerta hacia la calle y ver a su padre volteando a todos lados, negándose a soltarla al determinar su rumbo.

-¿Dónde vamos? ¿Pasa algo?
-Sígueme.
-¿Es por Joubert? ¿Despertó?
-No.
-¿Adrien está bien? ¿Andreas se metió en problemas?
-No y no ¿qué quieres que pase?
-Nada malo.
-Demos un paseo.
-¿Estás enojado?
-Te llevaré a comer.
-No tengo hambre.
-Comeremos una buena hamburguesa ¿te gustan, no?
-Quiero una ensalada.
-Con aros de cebolla será.
-Pero...
-Tengo que hablar contigo así que coopera.
-Está bien.
-Nadie te está regañando, quita esa cara.
-De acuerdo.

Carlota fue de la mano de su padre hacia el Bar's diner, el restaurante cercano al boulevard Bércy y en donde, por la hora, había escasa clientela. Ambos tomaron una mesa en el primer piso y mientras ella intentaba no incomodarse con el ambiante country, él leía el menú escrito en la mesa, convencido de que haría bien si decidía por los dos.

-Buenos días ¿puedo tomar su orden? - Dijo una mesera vestida como vaquera - Aun tenemos hot cakes, desayunos texanos, yogurt con fruta y waffles con jamón.
-Queremos una hamburguesa de res con doble queso, aros de cebolla, un filete al vino y muffins de nuez con helado.
-Enseguida ¿alguna bebida?
-No, gracias.
-En un momento vuelvo, bienvenidos.

Ricardo asentó en agradecimiento y Carlota volvió a prestar atención, dándose cuenta de que el malestar de su padre crecía a la par de la vista de los folletos que ella no guardaba aun.

-¿Estás bien? - le preguntó Ricardo.
-Sí, creo.
-¿Por qué te inscribiste en inglés? Dominas ese idioma.
-Es obligatorio antes del último año.
-Ayer me dijeron que sacaste los ciento veinte puntos del exámen diagnóstico de principio de cursos.
-No sabía.
-Con esa nota cualquier escuela te aceptaría, sobretodo porque no se han cumplido tres semanas de clases ¿En cuál te gustaría entrar? Hay una cerca de la Saint Chapelle con buena fama y otra cerca en Cambon que gana concursos nacionales.
-En Île de la cité hay otro colegio tellnoteliano.
-¿Es de la iglesia?
-No.
-Probaremos ahí.
-¿Por qué me sacaste de clases?
-Es por tu seguridad.
-¿Siguen con eso?
-¡Así será hasta que los locos te dejen en paz!
-¿Qué les hice?
-Nada pero de alguien se tienen que aprovechar para meter paranoia ¿qué sé yo? A estas alturas lo mejor sería volver a Tell no Tales y ser una familia normal.
-No quiero regresar.
-No es tu decisión, jovencita.
-¿Por qué vinimos hasta acá?
-¿Todavía lo preguntas?
-Perdón.
-Y Judy me había recomendado tanto el colegio que no me detuve a pensar si te iban a admitir sin objeciones.
-¿Estaremos bien?
-No.
-Papá...
-Sigo olvidando cosas. Hoy no reconocí a Adrien y si él no me dice quien es, habria creído que sólo se hospedaba en el hotel. Pienso en su cara y me pregunto si de verdad es mi hijo o se parece a alguien que conocí.

Carlota enmudeció y palideció antes de que la mesera reapareciera y colocara la comida frente a ella con una enorme sonrisa.

-Gracias - dijo Ricardo y cuando aquella se retiró, tomó su filete para degustarlo sin aguardar a que Carlota decidiera dar una simple mordida a su platillo.

-No dejaré que desperdicies comida.
-No tengo ganas, papá.
-Es una lástima, come.
-Está bien.
-Recuerdo que en uno de tus cumpleaños te llevé a escondidas por alitas y el picante se te quedó en la nariz.
-Ese fue Andreas.
-¿No fue contigo? Estaba seguro.
-Me llevaste con Adrien por pollo frito y casi me ahogo por un hueso.
-Cierto ¿por qué confundiste el hueso con la carne?
-Adrien me retó a comerlo.
-¿Andreas se encarga de enfadarme a menudo?
-Esa sí soy yo.
-No, pero si recuerdo tus fechorías. A partir de hoy, no visitarás ni verás a Joubert Bessette.
-Papá, no puedo abandonarlo....
-Lo traicionaste con Trankov y luego con Guillaume.
-¿Qué?
-Soy tu padre, no el idiota con el que me confundes a diario ¿Tú crees que no sé a dónde vas ni con quienes te llevas? Humillaste a Tennant Lutz, despreciaste los regalos de Adelina, no le has llamado a Anton Maizuradze para saber como está y tampoco has contestado las llamadas de tu amiga Amy, menos mal que piensa que no quieres ver a nadie porque estás asustada. Ahora dime ¿cuándo te enseñé a traicionar, mentir, rechazar y lastimar?
-Ha sido sin querer.
-Tienes catorce años Carlota, vas muy bien. Ni Andreas es tan ruin.
-Papá, no alces la voz.
-Pero antes de que pierda la memoria entera, te voy a corregir. El patinaje se acabó.
-¡No!
-Claro que sí, te digo que volvemos a casa a ser los que éramos.
-Patinar es mi sueño.
-Uno que ya me costó la tranquilidad y en un descuido la familia también. No vas a patinar, eso no lo decides tú.
-Tengo un contrato.
-Cancelado por mí, también me costaste una multa.
-¿Y el entrenador?
-Le di las gracias y me pelée con Haguenauer así que estás acabada. Pregúntale si quiere saber de ti.
-¡No puedes hacer eso!
-Sorpresa, ¿quieres leer como te corrieron de la Federación?
-Yo me voy.
-¡Giulietta Eglantine Charlotte Jacqueline Bérenice Clemánce Léopoldine Liukin - Cassel et Alejandryi, siéntate!
-¡Papá...!
-¿Te preocupan los ridículos? Por tu causa yo he pasado varios y no te he perdonado el último.
-¿Te estás desquitando?
-Te corrijo... Siéntate ya y come que también estoy harto de lo remilgosa que te has vuelto.

Carlota comenzó a llorar y volvió a la mesa, mordiendo con temor su hamburguesa ante las miradas de los escasos curiosos y la mesera que se acercaba por un gesto de Ricardo.

-Una orden de papas para la señorita Carlota, por favor.

Ricardo aparentaba disfrutar el regaño cuando tomó los folletos de la institución en Italia de la que le habían comentado, considerando escuetamente invertir el dinero que le quedaba en una mudanza nueva hacia un lugar alejado de los episodios tristes y trágicos que acechaban a su familia desde la partida de Gabriela y en donde Carlota pudiera estabilizarse y entender que sus acciones traerían consecuencias desagradables si no se detenía de una vez.

-Prepara tu maleta y vístete de gris, salimos esta noche.
-¿Es en serio?
-Tu madre haría lo mismo.
-Ella no está.
-Nos duele mucho.
-¡Se iban a divorciar!
-¿Qué dices?
-La vi con Ryan Oppegard muchas veces mientras tú trabajabas y los oí discutir antes de que yo me fuera a competir.
-Carlota....
-¿Se iba a ir con ese tipo?
-Hablábamos de ti... Carlota, cada vez que estrenas ropa o te haces un peinado bonito, me doy cuenta de estás viendo a un chico nuevo. Si no conoces la fidelidad por lo menos entérate que tu madre estuvo a punto de romperte el corazón y tú repites lo que hizo. Te voy a corregir Carlota porque no vas a herir a nadie y olvidarás lo que acabas de decir. Tu madre era intachable y te ordeno que te lo creas.... Termina de comer.

Carlota se quedó en silencio y llorosa, continuó con su comida mientras su padre revisaba su celular y mandaba un mensaje a su hijo Andreas para que guardara sus pertenencias y se asegurara de que Adrien no olvidara las suyas para evitar una escena de gritos en la estación de tren.

-"Quiero todo listo cuando regrese" - escribió - "Nos vamos a Italia".

lunes, 10 de octubre de 2016

La magnitud de los problemas


-Vámonos - pronunció Roland Mukhin y Luiz levantó a Bérenice de la arena.

-Micaela, Bérenice ¿están bien? - continuó el señor Mukhin - Luiz, dame al niño, Marat ¿vienes? - y Lleyton Eckhart se limitaba a ver a los Mukhin, prudente de no intervenir.

-Yo estaría llamando refuerzos - le indicó Roland y de inmediato, Lleyton atendió.

-Habla Lleyton Eckhart, de la Fiscalía, solicito la presencia de la fuerza de bomberos en el hotel Golden Cape.... ¿Hubo más  derrumbes? ¿Dónde?.... ¡Centro y Nanterre! ¿Qué unidad de emergencias está disponible?.... ¿Láncry? ¡Envíenla, hay que apagar un fuego! Gracias.

Cuando Lleyton colgó, los Mukhin se habían ido. Al menos tenía la suerte de desconocer que el reflejo del mar era un portal a la Tell no Tales del espejo y antes de reprocharse la torpeza de no retenerlos, un rescatista lo aterrizó en la realidad.

-¿Señor Eckhart?
-¿Qué se le ofrece?
-Tenemos un problema.
-¿Otro?
-Las chicas que sacamos del hotel, muchas dicen que estaban secuestradas.
-¿Qué?
-Las encerraron en el anexo del restaurante y eran prostituidas.
-No es cierto.
-No les entendemos mucho pero son de Ucrania, la República Checa y no sé de dónde más. No tienen papeles y a varias hay que vestirlas y sacarlas del mar.
-Hágalo.... ¿Ellas saben algo del incendio?
-Que lo inició la encargada de limpieza.
-Reúnanlas a todas y llévenlas a la estación central, que les tomen la declaración. Llamé refuerzos para acabar el fuego, regrese a sus labores.
-De inmediato, señor.

El bombero se alejó y Lleyton exhaló fuertemente.

-¿Qué rayos está pasando en esta ciudad? - gritó y corrió al Racquet Club que en cualquier minuto sería evacuado como el hotel de al lado.

-¡Lleyton! ¿Dónde fuiste? - inquirió Sophie al verlo regresar.
-Necesito que todos guarden la calma, la situación es grave - respondió él en voz alta.
-¿Qué pasa?
-El hotel Golden Cape está en llamas, los bomberos hacen lo que pueden
-Eso ya lo sabemos.
-El fuego alcanzó las villas.
-Dios mío, hay algo que podamos hacer.
-Esperar.
-¿Qué le pasó a la chica que buscaba a su padre?
-¡Bére...! La señorita ya lo encontró, están bien.
-¿Qué harán con el torneo? ¿Lo cancelarán?
-No lo sé pero hay otra noticia y debo darla.... Hubo dos derrumbes en la ciudad, Centro y Nanterre, si alguien tiene familiares allí, contáctelos.
-¿Te dijeron en qué calles?
-Sólo eso, la ciudad está en emergencia.

Mientras la gente trataba de localizar a sus parientes o amigos, Maddie Mozer y Kovac se abrieron paso hasta llegar a Lleyton, que telefoneaba a la Estación Central de Policía infructuosamente.

-¡Lleyton! ¿Tan mal estamos? - dijo Maddie lo más bajo que pudo.
-El asilo de ancianos de Nanterre se vino abajo y también el multifamiliar de la calle Crozet.
-¿Sabes si hay muertos o heridos?
-Heridos seguro, muertos deseo que no.
-El departamento de obras civiles no tiene fondos para enfrentar nuevas demandas.
-Házme un favor, avísale a mi secretaria que la quiero ver en la oficina de inmediato y Kovac, lleva a Sophie a mi apartamento. Luego hablo con los tres.

Lleyton volvió a marcharse, sorprendido un poco por lo seguro que era el estacionamiento del Racquet Club y salió con dificultad hacia el camino que llevaba al corazón del barrio Poitiers, deteniéndose por el intenso tráfico que rodeaba al hospital privado y que era usado para contener parte de la emergencia. Por lo que se alcanzaba a apreciar, la noche de pesadilla estaba lejos de concluir y de acuerdo a la radio, en ese instante comenzaban a caerse unos edificios en la avenida Pushkin y colapsaba otro multifamiliar ahora en el barrio Marchelier.

Departamento de la familia Mukhin, Tell no Tales del espejo.

-¿Todos están bien? - preguntó Roland Mukhin.
-Ya no hay vibraciones- comentó Marat.
-¿Seguro? Rompan todos los espejos, no son buenos.

En la Tell no Tales del espejo se pensaba que cuando algo perturbaba los portales, lo más conveniente era destrozarlos y sustituirlos por nuevos que estuvieran sellados. Por algo la fábrica de espejos y vidrio de aquella dimensión no había parado su producción, ni siquiera durante la revolución.

-Levantaré los trozos - dijo Micaela Mukhin al no reconocer el lugar en el que estaba. Marat y Luiz tiraban al suelo o pisaban todo lo que posibilitara los reflejos mientras Bérenice continuaba inmóvil en una pared, llorosa y cubriendo su boca, ignorando el llanto del pequeño Scott.

-Marat ¿cómo aprendiste a abrir los portales en los vasos? - cuestionó Roland molesto.
-Funcionan igual que las ventanas.
-Nada puede pasar por ahí.
-Casi nada - aceptó Marat.
-Pero comenzaste un incendio.
-Para sacar a su esposa del hotel.
-Gracias.
-De nada.
-No lo vuelvas a hacer, idiota.

Roland Mukhin se asomó por su balcón y logró ver a varios vecinos deshaciéndose de sus objetos de cristal, muchos descubriendo que en la dimensión real ocurría una terrible anomalía y lo mejor era evitar que la misma se propagara.

-Luiz, saca un espejo nuevo, lo guardé en el armario de escobas - ordenó Roland y el chico tomó una caja delgada y grande que contenía un portal circular.

-Miren todos - siguió el señor Mukhin y la familia lo rodeó consternada - Esa es Tell no Tales real en este momento.
-¿Lo que brota del suelo es agua?
-Así es, Marat.
-¿Podemos ver otra parte de la ciudad?
-El canal Saint Michel está rompiendo la ciudad por abajo.

Pero Bérenice retiró el espejo y sus lágrimas se secaron apenas, dándose cuenta de que el pequeño Scott parecía reclamar consuelo en medio del desconcierto y el susto que le provocaban los trozos cortantes que lo rodeaban.

-Me llevaré a Scott a su cuna, le pondré su pijama - dijo sin mirar a nadie y se encerró momentáneamente, con la duda de por qué su familia actuaba como si nada pasara. Acababan de encontrar a Micaela Mukhin, su madre ¿no debían celebrarlo al menos con un abrazo?

-Perdona nuestro ruido, bebé - dijo al notar que Scott volvía a su estado apacible al depositarlo en su colchón. Era un niño que dormía si lo dejaban solo pero sonreía antes de cerrar sus ojos grises, como si estar con Bérenice fuese divertido.

Sin embargo, ella no lograba pensar en eso cuando al ir a la estancia, se topó con que su madre cocinaba salchichas y puré de papas mientras cantaba alegremente. Alrededor de ella se encontraban Marat y Luiz colocando platos y cubiertos mientras Roland elegía alguna flor roja para decorar la mesa, creyendo quizás que su esposa entendería que la halagaba.

-Tu madre rescató una maceta del incendio, dijo que Marat la rompió cuando pasó junto a ella - escuchó Bérenice que le comentaban y con cierto valor, se acercó abruptamente a Micaela, sorprendida de que ésta le volteara a ver.

-Extrañaba cocinar para ti, siéntate Bérenice - indicó la mujer antes de apretar a la joven contra sí - Al menos volvimos a estar juntas.

Bérenice deseaba llorar mucho más pero su madre proseguía con su talante apacible y reanudó su canto en falsete como si aquél fuera un día feliz cualquiera y nunca hubiera abandonado la rutina.

-La destrucción se detuvo - advirtió Marat al dar un vistazo al espejo.
-Iremos mañana a ver que quedó - replicó Luiz - ¿verdad Bérenice?
-El señor Lleyton ha de estar preocupado, supongo que ... Vamos - dijo ella mientras su madre concluía su canción e iniciaba otra que ninguno entendía. Bérenice se negaba a soltarla y la otra asumía que era una bienvenida como cualquier otra, un poco exagerada tal vez porque al ausentarse había sido más probable que cualquiera pensara en su muerte y sufriera un choque que impidiera un contacto más personal. Pero Bérenice nunca había estado más feliz y sólo tocaba a su madre para estar segura de que no se desvaneciera como en las pesadillas. La causa del comportamiento cotidiano en los demás podría ser más por pena que por otra causa y Micaela aparentaba asumirlo así, justo para no contagiar sus traumas y dolores que de todas formas eran asuntos que reservaba para hablar a solas con Roland, mismo que se escudaba en órdenes sencillas y comentarios rápidos para no reaccionar igual que Bérenice o aun más afectuoso.

-Bérenice, ve a tu lugar - pidió Micaela antes de alzar su voz cantante e impresionar a Luiz y Marat con su talento al servirles la cena. Por el espejo aun tenían la visión de la Tell no Tales real y en un momento dado, el reflejo de la campiña y la gente que ahí vivía delataba que por todas partes se propagaba el miedo de perder la ciudad. Sólo por eso, Micaela cerró el portal y se dedicó a cantar, asegurándose de que el resto se alimentara. Bérenice trataba de llevar algo a su boca al aceptar que no entendía ninguna escena y que le decepcionaba la distancia que su propia madre establecía a pesar de llevar más de diez años forzada a estar en un sitio extraño. Ese canto en falsete no era propio de Micaela ni el idioma en el que interpretaba una melodía de ritmo igual desconocido, pero si ella aseguraba que era sobre el campo, lo tomaría por cierto. Después de todo, era más seguro quedarse con dudas y aquello quedó claro cuando el espejo nuevo también se quebró.