lunes, 5 de diciembre de 2016

Las noches de Mónaco: La chica del tren


El tren arribó a Niza a las diez de la mañana y la mayoría de los pasajeros descendieron por ser su destino, dejando los vagones solitarios y a los vigilantes agotados.

Tennant bajó en la estación como se tenía previsto, no obstante volviera poco después con su boleto a Mónaco y agua de granada para detener el calor húmedo que sofocaba al exterior.

-¿La empanada es de carne? - preguntaba Carlota Liukin a una vendedora musulmana en la puerta.
-Se llama sfiha, es de cordero.
-Deme dos, por favor.
-También traigo unos panecillos con dátiles y té con hierbabuena.
-Quiero un vaso de té.
-¿No prueba los dátiles?
-¿Qué es eso?
-Son unos frutos dulces del desierto.
-Nunca he visto uno... Me llevo dos panecillos entonces.
-También traigo licor de dátil.

Tennant entonces intervino.

-¿Licor? ¿Cuánto cuesta?
-15 € y no deben verle o la policía le quita la botella - contestó la vendedora.
-Entiendo, ¿cuánto es por todo?
-16€
-Tome veinte y quédese con el cambio.
-¡Qué generoso!
-La policía viene, gracias por todo.

Carlota y Tennant volvieron al interior y sobre una mesa colocaron sus alimentos, a la espera de Ricardo y Adrien que habían salido también por el desayuno.

-Gracias, Tennant - dijo Carlota.
-De nada ¿todo bien?
-Sí ¿te sientes mejor?
-¿Donde está tu mensajero?
-Dijo que tenía que hacer algo.
-¿Te dejaron sola?
-Andreas fue a jugar a las máquinas.
-Iré por él.
-Gracias.
-¿Guardarías mi botella?
-Claro.
-Cuéntame diez minutos y estaré con él de vuelta. No te muevas, Carlota.
-Ten cuidado.

Tennant Lutz caminó por la estación hasta el vestíbulo y se enteró pronto de la existencia de un pequeño casino en el que se entretenían los viajeros cuando necesitaban dinero. No tardó en hallar a Andreas enfrente de un tragamonedas y por lo que se apreciaba, no podía ganar alguna cantidad.

-Vámonos o perderemos el tren.
-¿A quién le importa?
-Bueno, se dice que en Niza hay muchos ladrones.
-Desperdicié monedas, larguémonos.
-Carlota se quedó en el tren.
-Eso explica por qué Ricardo no vino por mí.
-Nadie ha regresado.
-¿No quieres probar tu suerte?
-No sacaría nada.
-Intenta.
-Después nos vamos con Carlota.

Tennant depositó la moneda que le restaba y jaló la palanca del tragamonedas, esperando fallar como siempre. A punto de dar la media vuelta, la máquina emitió un sonido y comenzaron a salir varias monedas que alcanzó a sostener en sus manos.

-Ese tragamonedas da dos premios más después de sacar el primero. Les sugiero aprovecharlo porque todavía no se dan cuenta en el casino - dijo una mujer con rasgos asiáticos y Andreas movió a Tennant de lugar, apostando en el acto. Se repitió la escena del juego anterior y al final, aprovechó la última oportunidad, recibiendo un premio más grande. Por disimular, echó otra moneda y fingió que la suerte se le agotaba.

-Gracias - le dijo Tennant a aquella chica y se echó a correr con Andreas hacia el tren. Un vigilante estaba por asegurar la puerta del vagón pero al verlos los dejó pasar con mala cara.

-¿Dónde estaban? - reprochó Ricardo.
-Ganando una fortuna - respondió Andreas, colocándose atrás de él para contar su dinero y Tennant decidió pagar el préstamo que le había hecho el señor Liukin.

-¿Cuánto ganaron?
-Yo cien.
-Felicitaciones Tennant ¿y Andreas?
-Bastante más que yo.

Los Liukin ponían atención a la cuenta de Andreas cuando se oyó un grito femenino suplicando que le dejaran abordar. De poca gana, el vigilante hizo caso, a pesar de que la marcha estaba iniciando.

-Muchas gracias - dijo la mujer y Tennant la reconoció enseguida.

-¿Cómo sabías lo del tragamonedas? - le dijo por saludo y ella respondió sonriente.

-Es que llevaba la cuenta desde hace rato.
-¿Por qué no jugaste?
-Porque no puedo, pero me alegra que ustedes ganaran.
-Debemos agradecerte.
-No lo hice para recibir algo.

Ricardo contempló a la mujer con extrañeza y advirtió que al igual que él, tampoco viajaba porque lo deseara. La virtud del observador no le era agradable a menudo.

-Ricardo Liukin, mucho gusto.
-Yuko Inoue.
-Gracias por ayudar a los chicos.
-De nada.
-¿Gusta algo? Le invitamos.
-Así estoy bien.
-Es que vamos a desayunar y no quisiéramos incomodarla.
-Tengo almendaras para compartir.
-Bienvenida, tome asiento.

Yuko Inoue tampoco portaba un gran dinero.

-Quiero presentarle a mis hijos, ella es Carlota, Adrien y bueno, Andreas.
-¡Qué lindos niños!
-Él es Tennant, un amigo nuestro...
-Hola ¿Tennant san? Es un nombre raro.
-Compramos algunas cosas con los vendedores de la estación, esto es socca y creo que esto es pizza.
-Se llama pissaladière y no lleva salsa de tomate. La socca es una crepa de harina de garbanzo y aceite de oliva.
-Querían venderme socca de un metro de diámetro.
-Es que ese es el tamaño tradicional pero los turistas se llevan algo más chico.
-Está enterada de estas cosas, Yuko.
-Es que he vivido en la zona mucho tiempo.
-¿Es de Corea?
-De Japón.
-Oh, disculpe.
-No se ¿preocupe? Casi siempre me dicen que soy china.

Carlota miraba a Yuko con interés y ésta fijaba su atención en la botella de licor que aun permanecía sobre la mesa.

-¿Es de dátiles? - preguntó y Tennant replicó.
-Según sí.
-Es muy fuerte, la gente de Niza luego se emboracha.
-Tendré cuidado.
-También hay un alcohol de granada que es como un puñetazo.
-No vi nada de eso.
-Es que se acaba rápido pero lo puedes encontrar en Mónaco muy barato, nada más escóndelo porque te lo quitan las autoridades.
-¿Está prohibido? Perfecto.
-Es que lo venden los migarantes ilegales.

Tennant sonrió y tomó un poco de socca mientras imaginaba si en la escala en Mónaco iba a tener tiempo de buscar botellas, esperando que no costaran más que en Niza y pudiera pasar desapercibido con la policía.

Mediodía, estación de tren en Montecarlo, Mónaco.

Con puntualidad, Andrew Bessette se paró en el andén cuando arribaba el tren con los Liukin y de inmediato tomó su celular para realizar una llamada misteriosa en la que solicitaba mantener vigilada a Carlota en todo momento así como reportar sus movimientos ¿Cómo se había enterado de tal viaje?

-Sugiero que desista de sus planes con Carlota o me veré obligado a darle una fuerte lección - le advirtió Miguel Ángel.
-¡Ah, el mensajero de mon princesse!
-¡Nunca vuelva a llamarla de esa forma que yo puedo ver como tiene el corazón y si alguien le cobrará con el alma soy yo!
-Qué miedo.
-Advertido está.

Miguel se dio cuenta de que sujetaba a Andrew Bessette del cuello y éste le miraba creyendo que el discurso era tonto de sobra, no obstante, se detuviera la marcha del tren y ninguno de los dos abandonara su posición.

-Carlota necesita a su sirviente.
-Joubert a su padre.
-No lo metas en esto.
-Usted no se atreva a ponerle un dedo encima a la señorita Liukin.
-¿Eres su guardaespaldas?
-Y sé dar palizas.

Miguel soltó a Andrew Bessette cuando los vagones abrieron y fue donde los Liukin, que honraban su costumbre de enredar las maletas durante los viajes. En el forcejeo, Andreas jaló el cabello de Carlota y se desató otro pleito fraterno en el que Adrien se tiraba al piso para evitar las agresiones pero lanzaba aturdidores gritos para fastidiar a todos, recibiendo en respuesta que sus hermanos lo levantaran para hacer de él un escudo humano. Ricardo intentaba frenar a los chicos y Tennant separar a la joven Liukin cuando una potente voz clamando "¡basta!" acabó por provocar el esperado dolor de oídos que interrumpió el momento con inmediatez. Andreas aprovechó para propinar un último tirón al pelo de su hermana.

-¡Qué pena para su padre semejante trío de cínicos desvergonzados! ¡Le dije Carlota que usted se ve especialmente pésima y sin clase! Y ustedes, Andreas y Adrien ¡olvidan que a ninguna mujer se le levantan la voz y la mano! ¡Su hermana también es una dama!
-¿Miguel, dónde te habías metido? - preguntó Carlota.
-He llegado a la estación que es lo importante. Señor Liukin, lamento intervenir de esta forma pero no puedo tolerar que se le falte al respeto y como puede ver, ahora estará más tranquilo. Buenas tardes.

Carlota bajó los ojos y Ricardo le tomó de la mano sin decirle nada, haciéndole la seña a Tennant de que llevara el equipaje. Andreas y Adrien los siguieron sin agregar nada y Yuko fue por detrás, asustándose al reconocer a Andrew Bessette, apresurando el paso para no tartamudear.

La estación a diferencia de la Niza no permitía vendedores en los corredores y escaseaba de viajeros, no obstante, fuera un lugar bonito con enormes vitrales y fuentes a los que valía tomarles una foto. A los Liukin les sorprendía que el lugar fuera subterráneo y se vieron forzados a cerrar los ojos cuando lograron salir de ahí.

-Creía que no estaba oscuro allá dentro - declaró Ricardo mientras se acostumbraba - ¿Pudiste deshacer el nudo del equipaje, Tennant?
-En eso estoy.
-Bueno, iré por los billetes a Venecia, no se muevan de aquí. Tennant, encárgate de Carlota por favor. Adrien vienes conmigo.... Yuko ¿usted se queda aquí o va a otro lado?
-También voy a Venecia - contestó ella.
-Qué coincidencia ¿va a comprar su boleto de una vez?
-Lo acompaño.
-Bien y olvido algo.... ¡Andreas! tú.... Haz lo que quieras.

Ricardo no disimulaba la molestia con sus hijos y Carlota prefirió auxiliar a Tennant, en un gesto de amabilidad repentina inspirada por Miguel, que se encontraba con ella luego de unos momentos.

-Perdón por la escena, Miguel - le dijo en cuanto éste se posicionó de pie junto a Tennant.

-A quien le debe disculpas es a su padre.
-De todas formas siento pena contigo.
-Haría bien en permanecer tranquila y escuchar órdenes.
-Perdón, Miguel.

Tennant no creía lo que escuchaba ¡Carlota se diculpaba con alguien sinceramente! ¿Miguel si le imponía respeto o eran los cinco minutos más amables del día?

-Señorita Liukin, su padre viene enojado, le aconsejo prudencia.
-Se ve mal.
-Le haré frente, sólo no hable.

En efecto, Ricardo abandonaba la cercana taquilla muy molesto y Yuko se cuidaba de no añadir palabras a la conversación, temiendo que los Liukin volvieran a contagiarse del mal humor.

-El tren a Venecia salió hace una hora, tendremos que quedarnos aquí hasta mañana ¿Dónde fue Andreas?
-No lo sabemos - replicó Tennant.
-Ahora hay que buscarlo, lo que nos faltaba.
-Tal vez esté aquí fuera.
-Tennant, acompáñame.... Yuko ¿puede....?
-¿Quedararme con los niños? ¿Por qué no? - contestó la mujer y Carlota la invitó a sentarse en la banca cercana, estableciendo conversación inmediata. Adrien, ignorado, prefirió descifrar el nudo de las maletas mientras escuchaba.

-¿De qué parte de Japón vienes? - quiso saber Carlota.
-Vengo de Kyoto y vivía en Tokio, tengo familia en Saitama y en un pueblito de Honshu, cerca del monte Fuji ¿lo conoces?
-¿Monte Fuji? Lo conozco por estampas.
-Está muy bonito.
-¿A qué te dedicas?
-Soy contadora.
-¿Desde cuándo vives en Niza?
-Llegué a los veinticuatro porque me contrató una cadena de hoteles en Japón que estaba en expansión y les llevaba las cuentas.
-Qué bien ¿y ahora te mandaron a Venecia?
-Eh, sí, voy a ser la contadora de un hotel cerca de una plaza.
-Vas a ver cosas muy bonitas.
-Pero no sé italiano.
-Yo tampoco.
-¿Qué vamos a hacer?
-¡Ir de compras!

Carlota y Yuko comenzaron a reírse y platicar de productos de belleza ocasionando que Adrien perdiera el interés y mejor se dedicara a ver a Andreas, que cambiaba unas monedas por fichas de casino en una casa de valores al costado derecho de la entrada en la estación. Raro que los demás no lo hubiesen notado, salvo Miguel, que optaba por levantar al mismo Adrien y llevarlo con su hermano, dejando a Carlota y Yuko solas.

-Si eres patinadora, entonces podrías ser famosa en mi país.
-¿De verdad, Yuko?
-Y conocerías mucha gente. Es que en Japón ser famoso da muchas cosas.
-¡Un día iré a Japón!
-Tienes que ir en primavera para que veas florecer la sakura.
-¿Sakura?
-Cerezos.
-¡Conozco los cerezos! El bosque de Tell no Tales está repleto y es muy bonito.
-No sabía que fuera de mi país también había.
-¡Son súper rosas! Guardé una bolsita con hojas de recuerdo.

Ambas continuaban muy distraídas a pesar de los anuncios de salidas y llegadas de los trenes y comparaban los contenidos de sus bolsos de viaje cuando los gritos de Andreas se escucharon en la estación debido a un malentendido con Adrien, que imprudente, había arrojado al piso las fichas de juego.

-Es peligoroso que vean a tu hermano con valores del casino - comentó Yuko y se levantó a salvar a Andreas, pidiéndole a Miguel que le ayudara. Eran tantas las fichas que al poco tiempo, el enfado de Andreas provocó que su padre finalmente lo encontrara y al igual que Tennant, ayudara a arreglar el desorden.

Mientras tanto, Carlota se quedó en su lugar, retomando su objetivo de desligar el equipaje sin resultados. Se entretuvo tanto que apenas alzó la vista de manera involuntaria, fijó su curiosidad en una chaqueta negra un poco vieja y estaba por apartarla cuando el perfil del hombre que la portaba se reflejó en un cristal. Carlota entonces continuó contemplándolo y él, sintiendo esa aura extraña se giró a descubrirla, sonriendo por circunstancia y sin intenciones, prosiguiendo su ruta normal sin darle importancia.

Carlota Liukin en cambio, se precipitó a sacar sus lápices y sus hojas y dibujó un retrato del joven que acababa de pasar.

-¡Andreas, esto es ya es el límite! ¡Tienes prohibido jugar en el casino y más te vale darme todo lo que traigas! - gritaba Ricardo de vuelta con sus hijos y Yuko retomaba su sitio junto a Carlota.

-¿Marat Safin?
-¿Quién?
-Hiciste un lindo retrato.
-Es de un chico que andaba por aquí.
-Es de Marat Safin y vive aquí en Mónaco.
-¿Lo conoces?
-No pero lo he visto en el Hôtel de París y en el Country Club.  Es tenista profesional.
-¿Tenista? Nunca escuché de él.
-A lo mejor nos lo encontramos en la calle.

Carlota resolvió terminar con sus trazos en calma y con cierta ayuda de Yuko en lo que el regaño a Andreas terminaba. Tennant, Miguel y Adrien permanecían como espectadores y el general Bessette los espiaba desde un rincón, ordenando de nuevo por celular algunas cosas. El teléfono de Yuko vibró enseguida.

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