martes, 6 de junio de 2017

El cuento de Carlota, Ricardo y Marat


Canale di Cannareggio, Venecia, Italia.

-Me encantó el sándwich de la plaza.

-Dile "panino" o toda Italia te odiará de por vida.
-En París hay unos de jamón por los que te mueres.
-No los probé.
-¿En serio, Marat?
-Llevo dieta de tenista, con jugos y pescado.
-¿Lo que comimos en Mónaco?
-Para serte sincero, sí.
-¿Por qué hablamos de comida?
-Veo tu cara y pienso en un gelatto de ron.
-No tengo cara de helado.
-Sí la tienes, mira, te embarraste de este de amaretto.
-¡Ay no, Marat! Me llenaste hasta el pelo.
-Me ganaste la competencia.
-¿Cómo quedamos?
-Con este, trece gelatti a diez.
-¿Tanto?
-Tu padre me advirtió que tienes un trofeo.
-¿Por qué comeré demasiado helado?
-Gelatto.
-Como sea.
-Tal vez eres adicta al azúcar.
-Sigo dieta de patinadora.
-¿Lo mismo que comimos en Mónaco?
-Para serte sincera, sí.

Carlota y Marat se rieron mucho mientras continuban viendo la marcha de los vaporetti, sentados en un borde. Esperaban subir en uno para llegar rápido al Ponte degli scalzi y bajar a Calle Priuli Ai Cavaletti, donde se hallaba el hotel.


-Marat ¿Vendrás a visitarme alguna vez?

-Supongo que sí, el tour llega cada mayo a Roma.
-¿Hasta mayo?
-Bueno no, pasando Copa Davis. La semifinal es en pocos días y si no nos eliminan, te veo en diciembre.
-¿Es una promesa?
-Lo prometo.
-Es que decimos tantas cosas que no cumplimos...
-Hay algo que quiero preguntarte.
-¿Qué?
-¿Sergei Trankov?
-No volveré a verlo.
-¿Segura?
-No lo veré ahora, más bien.
-Esa es una gran diferencia.
-Marat ¿crees que estoy muy loca?
-Sólo te oí hablar de él una vez.
-En París también estuve con Guillaume y creo que con eso, Joubert me va a matar.
-¿Quién es Guillaume?
-Mi gran amor platónico.
-Jaja, vamos.
-Creo que es gay.
-¡Jajaja!
-Si, lo sé.
-El amor te vuelve loca.
-¿Cómo te fue con Ana en Mónaco?
-Gracias por tu consejo.
-De nada.
-Si fueras despacio, te iría mejor.
-Creía que ya no era una niña.
-Ya no eres una niña.
-¿Tú crees?

Marat asentó y ambos se dedicaron a terminar sus helados, únicamente para confirmar el resultado del reto. Aun había mucha gente caminando por
Canareggio.

-Así que aquí los encontramos - declaró Tennant Lutz al poco tiempo.

-¿Dónde estabas? - preguntó Carlota.
-Fui con Adrien a San Marco, creí que estarían allí.
-Si fuimos.
-Entre con él al Palazzo y al Duomo, fue interesante.
-¿Tú qué?
-No sabía que Adrien entraba como discapacitado, ni siquiera hicimos fila o nos cobraron.

Carlota y Marat se miraron como si hubiesen hecho una tontería.

-¿Por qué no se nos ocurrió?
-Habríamos visto el Palazzo.
-Y San Marco.
-Gratis.
-Sin que nos echaran, Marat.

Tennant se echó a reír, permaneciendo de pie.

-¿Vienen? Conseguí una góndola con 20€, Adrien está esperándonos.

Carlota y Marat se levantaron y siguieron a Tennant hasta una embarcación pequeña, en donde el menor de los Liukin aguardaba con un cubo de rubik al que resolvía una y otra vez.

-Te dije que eran ellos, Tennant - señaló el chico por saludo.
-Conseguí el llavero que pediste.
-Ajá.... Oye Tennant ¿tú crees que Marat vaya a pescar con nosotros mañana?

Tennant respondió que no sabía y Marat les recordó que regresaría a Mónaco temprano.

-Qué lástima - dijo el joven Lutz sarcástico y aguardó a que Carlota tomara asiento para colocarse junto a ella.

-¡Hola, Marat! ¿Ya eres mi cuñado? - preguntó Adrien.
-No, no, somos amigos.
-Es que Carlota sólo come helado con sus novios.
-Eso no es cierto - replicó ella, dándose cuenta de que Marat estaba detrás.
-¿Comerías helado con Tennant?
-Alguna vez me invitó uno.
-Pero no es tu novio.
-No.
-¿Hoy sólo comiste uno?
-Marat y yo nos retamos.
-También retaste a Joubert cuando era tu amorcillo.
-Eso fue diferente.
-¿Ves como Marat si es tu novio?

Ese comentario que le habría molestado antes, ahora le daba a Carlota mucha risa y optó por permanecer viendo el canal desde esa góndola pequeña.

-Ojalá pudiera subirme a una de éstas a diario - suspiró y tomó una foto del recuerdo. El trayecto se volvió lento y silencioso y el gondolero miró a los pasajeros como si reconociera el cinismo de quiénes viven en Venecia y sienten que morirán de éxito. En un momento dado, reconoció a Carlota e improvisó un recorrido pequeño por los estrechos canales de Canareggio, viendo ésta puentes imposibles y callecitas más encondidas, en dónde los turistas no habían llegado.

-Siamo vicino al Ponte degli Scalzi - anunció el gondolero y Marat respiró aliviado, había sido un viaje cansado desde el principio y ahora deseaba tomar un respiro antes de irse. Carlota daba la misma impresión y pronto, se quedó dormida. Marat sintió como ella se recargaba sobre él.

-Yo la llevo - declaró enseguida y al llegar a la orilla, la tomó en brazos. Tennant se sintió como un gran idiota y se conformó con ir al lado de Adrien que, imitando a los locos del Ponte Rialto, acabó empapado en pleno canal de Canareggio.

-Voy por él - anunció Tennant y se arrojó también, pero fue tal su torpeza que olvidó que no sabía nadar y comenzó a hundir a Adrien en un intento por mantenerse a flote.

-¡Este idiota! - gritó Marat pero tenía a Carlota y como ella no reaccionaba, suspiró profundo.

-Perdóname por esto - susurró y se arrojó con ella. Nada más sentir el agua, Carlota despertó.

-¡Tennant, sujétame! - continuó Marat y dejó a Carlota a un lado - ¡Idiota, harás que me ahogue, cálmate!
-¿Qué hiciste, Marat? ¡Esto es asqueroso! - reclamó Carlota y vio al otro forcejear y darle un puñetazo a Tennant Lutz, que ante aquello, se volvió dócil y pronto pudieron sacarlo del agua.

-¡Por Dios, la policía otra vez! - se lamentó la joven.

-Siamo all'angolo di Priuli Ai Cavalletti, di fronte al Canale di Canareggio, vicino alla Fondamenta Venier - mencionó una oficial en su radio y los miró inquisitivamente.

-Se tratta di un incidente, signorina
-¿Qué?
-Was it an accident?
-Do you speak french?
-Claro ¿Esto fue un accidente?
-Creo que sí.

Carlota se sentía confundida.

-Nuestro amigo Tennant resbaló en el puente y saltamos por él - declaró Marat y los demás optaron por seguirle la corriente.
-¿Los tres?
-Tennant no sabe nadar.

Adrien se echó al piso a carcajear.

-Mi hermano es autista - añadió Carlota.
-No sé bien que pasó aquí pero su amigo Tennant está sangrando.
-Fue mi culpa, me asusté y Marat no pudo hacer otra cosa - concluyó Tennant y por la vergüenza se separó de ellos para ir al hotel.

-Bueno, si su amigo no tuvo otro problema, supongo que los dejo ir.
-Gracias, oficial.
-Esto es una advertencia, la próxima vez los llevo a la comisaría.

Carlota y Marat pasaron saliva y levantaron a Adrien, mismo que los siguió sin controlarse.

Mientras tanto, Tennant Lutz entraba al hotel a toda prisa y Ricardo lo topaba en la escalera.

-¿Qué te ocurrió?
-Nada - dijo el chico y se precipitó en su habitación para darse una ducha. Poco después, Carlota y los demás llegaron a la recepción.

-¿Qué rayos les pasó?
-Adrien se arrojó por el puente, señor.
-¿Disculpe, Marat?
-Tennant fue por él pero no sabía que no puede nadar y me arrojé para salvarlo con Carlota...
-¿Qué está diciendo?
-Ah... Me tiré con Carlota.
-¡Maldito imbécil!
-¡Papá! - se interpuso Carlota.
-Ella se durmió y no la pude despertar, no quise dejarla en el puente.
-¿Quiere que lo mate, señor Safin?
-¿Qué habría hecho?
-Pedir ayuda a cualquiera ¡Carlota, ve a asearte! Adrien, no vuelves a salir solo y usted señor Safin...
-Lo siento mucho.

Carlota iba ascendiendo las escaleras cuando vio como Ricardo, fuera de sí, golpeó a Marat en la cara. Asustada y llorando, tomó un baño, pensando que tenía la culpa: "¿Por qué me dormí?" intentaba contestarse y de pronto, se arrepintió de reclamar por caer en el canal. Al finalizar su arreglo, se topó con que su padre estaba en el pasillo.

-Carlota ¿por qué te fuiste con Marat sin avisar?
-Te dije que me iría de paseo.
-Te pedí que me esperaras.
-No te escuché.
-No es excusa.
-Papá...
-No tienes disculpa.
-Golpeaste a Marat.
-Te puso en peligro.
-¡Salvó a Tennant!
-¿Por qué te dormiste?
-Estaba agotada, creo.
-¿Viste cuando supuestamente Adrien se aventó al canal?
-No.
-Entonces Marat no tiene coartada.
-¿Le preguntaste a Adrien?
-Sabes que tu hermano no lo haría.
-¿Y que hay de Tennant? ¡Él te podría contar todo!
-Carlota, estás castigada.
-¿Ahora por qué?
-¿Por qué nunca prestas atención?
-¿Perdón?
-¡Te sales sin permiso, te pones en riesgo y encima defiendes al señor Safin!
-¿Cuándo hice eso?
-¡Te colocaste frente a mí cuando reclamé!
-¡Y tú lo golpeaste después!
-¡Estuviste en riesgo por su culpa!
-¡Ni siquiera sé que pasó!
-Ahora te queda claro que no prestas atención.
-¡Papá, pregúntale a Adrien y a Tennant!
-Me basta y sobra con lo que vi cuando llegaron.

Carlota iba a insistirle a su padre cuando Marat pasó frente a ella con su maleta y sin pronunciar palabra.

-¡Marat, espera!
-Él ya se va y tú harías bien en quedarte en tu cuarto.
-¡Marat, no salgas!
-¡Basta Carlota! El señor Safin se marcha y tú te quedas.
-¡Nos ayudó en Mónaco, papá!
-Y te arrojó al canal ¿imaginas que habría pasado si no te despiertas?
-¡Me habría sostenido!
-No entiendes, como siempre.
-Gracias a él, estamos aquí.
-Estuviste en peligro.
-¡Suéltame!
-No te permito ir tras él.
-¡Marat salvó a Tennant!

Carlota miró a su padre y éste la sostuvo firmemente hasta que ella, invadida por una furia contenida dejó escapar un "eres un idiota, papá", desarmándolo en automático.

-Carlota...
-No me vuelvas a hablar.

Ella se soltó y corrió gritando "¡Marat, Marat!" por toda la calle.

Mientras tanto, Tennant se intrigó por el alboroto y luego de ver a la joven Liukin por la ventana, bajó de inmediato a la recepción.

-¿Por qué Carlota se fue?
-Por Marat.
-¿Es un chiste?
-No.
-¿Por qué no va a detenerla?
-Carlota dijo que Marat te rescató y no le creí. Tennant ¿qué pasó en el canal?
-Adrien se lanzó al agua y yo detrás de él.
-¿Adrien?
-Marat llevaba a Carlota así que quise ayudar pero jamás aprendí a nadar y él acabó rescatándome.
-¿Por qué no dejó a Carlota en el puente?
-Ella estaba dormida ¿qué habría hecho usted?
-Cualquier cosa, menos arriesgar a mi hija.
-Entonces ¿por qué está sola mientras va por Marat?

Ricardo se quedó pasmado. Tennant tenía razón y si repasaba las cosas con detenimiento, no era la primera vez. En Mónaco y en París, posiblemente en Hammersmith y por supuesto, en Tell no Tales, Carlota iba detrás de alguien: Edwin Bonheur, Joubert Bessette, Sergei Trankov, Guillaume Cizeron.... Marat Safin.

-¿Se va a quedar ahí? - cuestionó Tennant.
-Cometí un error con Carlota.
-Aun está a tiempo de alcanzarlos.
-El error de siempre.
-Tiene que retractarse.
-Carlota me perdonará ¿verdad?
-La disculpa no es con ella y usted lo sabe.
-Recuérdame reprender a Adrien cuando resuelva esto.

Tennant asentó y contempló a Ricardo salir a prisa, no sin seguirlo y prever que Carlota se hallaría la mar de enfadada y no concedería a su padre ni el beneficio de la duda.

Mientras tanto, Marat se aproximaba a la estación de tren de Santa Lucía, no muy lejos del hotel. A Carlota le sorprendía lo veloz de su paso, orillándola a correr. Si preguntan por qué Marat no atravesó un espejo, fue porque no tenía la costumbre y de todas formas, él había salido de aquella dimensión sin la intención de volver.

-¡Marat, espera!
-¡Tuve suficiente!
-¡Fue mi culpa, Marat! Si no me hubiera dormido...
-¡No se trata de ti, Carlota!
-Papá te hirió, perdón.
-¿No crees que ya hiciste demasiado? Regresa con tu padre.
-¿Hice qué?
-Traerme a Venecia, gracias.
-Marat, me hiciste un favor, lo quise compensar.
-Fue divertido, adiós y gracias.
-¡Marat!
-Sé lo que intentas pero tu padre me echó.
-¡No es justo!
-Él tiene razón, te arriesgué a lo inútil.
-¡Tennant y Adrien saben qué pasó!
-Obedece a tu padre.
-Marat, confío en ti.
-Pero él no.
-Te estoy apoyando, yo te creo.
-Carlota, le importas demasiado a tu padre.
-¡Eso no es cierto!
-¿No te das cuenta? Adrien se arroja por un puente y reacciona como si lo esperara, le dices que rescaté a Tennant y tampoco se asusta; le digo cualquier cosa de ti y enseguida salta como una bestia.
-Marat....
-Estoy molesto pero entiendo. Ciao.

Carlota se quedó sin habla y extendió su mano para evitar que él se fuera sin lograrlo. Cuando Ricardo llegó, la chica lloraba como una fuente y al igual que en Hammersmith, estaba postrada sobre sus rodillas. Tennant la incorporó y le abrazó en el acto.

-¡Señor Safin! - clamó Ricardo y el otro se detuvo, dándose cuenta de que ocurría detrás.

-Esto ni siquiera es por nosotros.
-¿Qué habría hecho en el puente?
-Carlota estaría en el piso, después correría por ella. Si lo nota, la dejaría sola.
-¿Cree que debí decidirlo así?
-No por qué igual estaría angustiado.
-Me voy, señor Liukin.
-Carlota vino por usted a causa mía; ambos estamos siendo orgullosos y la única que llora es ella.

Marat entendió de golpe. Ricardo se disculpaba, no por él ni por sus acciones, sino porque Carlota era un motivo demasiado fuerte. Se había equivocado por ella y ahora tenía que hacer acopio de voluntad para resarcirlo.

-De acuerdo, pero es por Carlota.
-Gracias.

Carlota Liukin oyó lo último y se acercó a Marat para apretarlo mucho. Ricardo en cambio, supo que tendría que doblegar el esfuerzo. No había escuchado a su propia hija otra vez pero la cuerda estaba a nada de romperse.

-Perdóname - le susurró y ella eligió caminar de vuelta, sosteniendo la mano de Marat y sin voltear a ver a su padre.

sábado, 27 de mayo de 2017

Un hombre llamado Thorm (III)

París, Francia.

Tamara Didier se hallaba tomando café plácidamente mientras leía el periódico y llovía por la calle. En otro momento, una mesa exterior le habría molestado mucho, pero ahora disfrutaba ver las gotitas que habían caído cerca y a la gente que se refugiaba en los toldos mientras pensaba que deshacerse de Stendhal Trafalgar había sido lo mejor. A ese hombre no lo soportaba ni Dios.

-¿Más café? - preguntó el mesero.
-Por favor y un poco más de sopa de tomate, me gustó mucho.
-¿Con emparedado de emmental o camembert?
-Camembert.
-Desde luego.

Tamara echó un terrón de azúcar a su taza y se quedó pensando en Ricardo Liukin, o más bien, en ese mensaje donde le anunciaba su partida a Venecia y le pedía no revelárselo a nadie. Sobre aquello no estaba tan segura y releyó el artículo de sociales sobre Carlota y Marat Safin en la caridad, con la certeza de que tarde o temprano, eso causaría enojo en la familia Bessette y desconcierto extremo en Joubert, si un día planeaba despertar.

-Su sopa.
-Gracias.
-La señorita Carlota da de qué hablar estos días.
-Yo también leo tan entuasiasmada...
-Dicen que será una princesa.
-Suerte con eso.

El mesero se retiró contento y Tamara se apresuró a terminarse la sopa, recordando que tenía que pagar su estancia en el hostal del frente y revisar los papeles que le había dado su abogado para el juicio en Italia.

Dieron las nueve de la noche cuando, ya en su habitación, miró por la ventana la solitaria acera y los clubes de los que sólo escapaba el sonido al abrir las puertas. Parecía un día más en el que miraría televisión y se quedaría dormida hasta la mañana pero pronto, la conversación de dos tipos junto a un auto acaparó su atención. Era algo cordial, el simple encuentro de dos conocidos pero ella quiso distinguirlos, identificando al tal Cumber del otro día.

-Nos vemos luego, Thorm - dijo éste al partir después de encender un cigarrillo y el otro aguardó un poco, como si aun no decidiera su rumbo.

-¿Thorm? - se preguntó Tamara a sí misma y contempló al hombre sin lograr distinguir su cara, pero con la intriga por tal nombre. Cuándo éste quiso ir a su izquierda, ella reaccionó gritando y como él fuera corriendo, Tamara salió detrás, no sin tropezar en la banqueta.

-¡Thorm, Thorm, espérame! - exclamó fuerte y él aceleró su paso, obligándola a correr más.

-¿Por qué no te detienes? ¡Te he buscado estos días! Thorm, soy yo, Tamara ¡perdona lo del mapa!

Eso último hizo que ambos se detuvieran y él se le acercó con cara de pocos amigos.

-¿Viste el mapa?
-¿Qué? No.
-Casi lo pierdo.
-Creí que lo olvidabas.
-¡Stendhal Trafalgar tuvo que dármelo!
-¿Por qué lo dejaste con mis padres?
-Ese no es el punto.
-¿Por qué?
-¿Siempre tocas cosas que no son tuyas?

Ella suspiró.

-A veces lo hago.... Pero está bien, lo recuperaste, creo.
-Tu padre lo iba a corregir.
-¿Para qué es ese mapa?
-Pensé que Stendhal te lo diría.
-Sólo que te lo pidió.
-Bueno, asunto arreglado, adiós.
-Oye, no.

Tamara había sujetado la mano de Thorm.

-¿Qué pasa?
-Thorm, perdón por aburrirte en la granja.
-Fue divertido, todavía tengo sidra.
-¿Te llevaste una caja?
-Dos.
-Sabía que te gustaría.
-Llevarías una mejor vida en el campo que aquí.
-Yo tengo otras cosas que hacer.
-Supongo que fue un gusto después de todo.
-¿Te vas a ir así?
-¿Qué dices?
-Es que yo quería...
-¿Mmm?
-Nada, puedes irte.
-De acuerdo, adiós.
-Adiós.

Tamara lo vio dar la vuelta, intentando no paralizarse. Thorm era tan diferente al chico que llegó a Hesparren que dudaba añadir algo más y hasta le parecía tosco, pero recordó entonces que había estado buscándolo y quedarse sólo con el saludo iba a ser una pérdida de tiempo. Además, si ella lo deseaba, él debía comportarse amablemente.

-¡Thorm Magnussen! - gritó severa ésta vez y se le aproximó.

-Tamara, debo irme.
-Hoy no - respondió ella y con un arrojo casi feroz, le besó largamente.

-Esto fue genial; era lo que tenía que hacer, Thorm vamos por ahí.
-Yo no...
-Aquí tú no eres el que manda.
-Me tengo que ir.
-No voy a desperdiciar esto.
-Tamara, entiendo pero...
-Cállate y sígueme.

Thorm sostuvo la mano de la mano a Tamara y caminó por París, prácticamente dándole un beso en cada esquina y riéndose por nada, mientras conversaban de cualquier cosa.

-¿Estás en pijama?
-Thorm ¿quien usa gabardina con playera?
-Llueve.
-Ya no.
-¿Qué te propones?

Ella le habló al oído y él pareció responder al reto robando un vehículo al que abandonarían más tarde en el periférico parisino.

Aun sonrientes entraron al bosque de Boulogne y fueron a lo más profundo, en la isleta de un lago cuyos árboles eran muy frondosos.

-Tenemos fuego - anunció él.
-Hay que devolver el bote.
-Ya habrá tiempo.
-Debimos hacer esto en Hesparren.
-Pero no me dijiste.
-Perdón por perseguirte.
-No es nada.

Tamara abrazó a Thorm y ambos quedaron tendidos bajo un árbol, sin decirse nada hasta que él apagó su fogata. Ella le besó la espalda y cuando Thorm quiso corresponder, Tamara se quitó la playera y comenzó a tocarlo para dominarlo.

En la mañana dejó de llover y ambos se contemplaron con la luz del sol, únicamente para confirmar que se hallaban lejos de terminar su velada. Tamara había extrañado mucho a Thorm, aunque ambos tuvieran vidas tan dispersas para tener algo más personal.

jueves, 18 de mayo de 2017

Es mediodía en Venecia


Inspirado en Rima Baransi

Venecia, Italia. Calle Priuli Ai Cavalletti, recepción del hotel Florida. 

-¿Te gustó tu habitación, Carlota? - preguntó Marat al notar que la joven estaba acalorada.
-Está muy pequeña y la cama de Adrien queda en mi nariz, Andreas está en mis pies y mi padre rentó otra igual para meter a Tennant y a Miguel.
-Te fue bien.
-Podrían pintar las paredes y dar algo para la claustrofobia.
-¿Qué querías por 50€?
-La única vista que tengo es al edificio del frente.

Carlota y Marat se rieron y ella tomó su bolso clutch en medio de un resignado suspiro.

-¿Recuperaste tu otra bolsa?
-Sigue perdida en Mónaco, no creo verla de nuevo, Marat.

Carlota miró el reloj y resolvió salir del hotel sin esperar a nadie. Afuera había un pequeño local de bebidas y con un poco de valor, se acercó porque no quería pasar más tiempo con sed.

-Un vaso con agua - pidió pero nadie pudo entenderla así que Marat decidió hacerse cargo.

-Acqua per favore.
-Acqua è migliore in canali.
-Necessitiamo qualcosa, succo di frutta?
-Abbiamo bibite di ciliege, dattero e mirtillo.
-Ciligie è l'opzione e necesso altra di mirtillo.... Hablar esto es complicado.
-2€ per favore.
-Grazie.
-Siete turisti?
-Similare.
-La signorina è bellissima.
-Grazie?
-Questi sono i bibite, ciao!
-Ciao...

Carlota, por supuesto no sabía que había sucedido y tomó de la mano de Marat un vaso con un líquido rojo oscuro.

-Me duele la cabeza de hablar italiano.
-¿Qué te dijeron, Marat? ¿Qué pasó?
-Que el agua está mejor en los canales.
-¡Yuck! De acuerdo.
-Pero conseguí jugos de cereza y arándano.
-Me tocó el de arándano.
-No pongas esa cara.
-Es que ya sé porque huele a fauna muerta.

Carlota tenía una fuerte expresión de asco y dudaba de dar un sorbo mientras caminaba en la calle más estrecha que le había tocado ver.

-También me dijeron que eres bonita.
-¿De verdad?
-Parece que tendrás éxito en este país.
-No entiendo lo que dicen y como que no está muy limpio por aquí.
-Es sal.
-Pero hay charcos en todos lados, debería ponerme tenis.
-Estás muriendo aquí, las sandalias están bien.
-Voy a repetirme que la ciudad es bonita y que no dijiste lo de morir.

Carlota caminaba con sumo cuidado, deseando llegar al Ponte degli Scalzi que estaba próximo y al parecer, lleno de turistas. El embarcadero también se hallaba repleto y se anunciaba que no había lugares en "i vaporetti" que irían a Ponte di Rialto.

-¿Qué es un vaporetti?
-Botes.
-¿En serio? ¿Cómo vamos a llegar a San Marcos o al Lido? - preguntó Carlota mientras Marat no alcanzaba a traducir media palabra más y ella se enredaba con un mapa al revés.

-Hay más vaporetti en el Ponte della Costituzione... ¿Entendí bien?
-¿Y dónde está eso?
-A la derecha y muy lejos.

Él señaló el rumbo y Carlota abrió la boca en señal de incredulidad y desaprobación.

-Creo que me levantaré temprano mañana para dar un buen paseo.
-Me iré a las once.
-Lo sé, Marat.
-Podemos ir a Cannareggio todavía.
-¿Está cerca?
-Hay que caminar un poco.
-¿Por dónde?
-Rio Terà Lista di Spagna, justo aquí atrás.
-¿Cómo entiendes el mapa?

Marat se rió justo después de contemplar a Carlota resignándose a no caminar por el puente y cruzar a una parte de la ciudad que estaba realmente ansiosa de ver. No se burlaba de ella.

-Caminemos, a lo mejor compras algo - sugirió él y la chica lo siguió mientras terminaba su bebida pensando en el consejo recibido sobre el agua y sobre el sol que brillaba más que en París y sofocaba más que en Tell no Tales. Rio Terá Lista di Spagna era una calle larguísima, peatonal, con abundantes pasticcerie, bares, tiendas de regalos y kioskos de postales. El lugar estaba tan saturado que no se podía ver nada y desalentada, Carlota caminó con la cabeza baja hasta que Marat la tocó por el hombro.

-Vayamos por aquí.
-¿Por dónde?
-Salizada di San Geremia.
-¿Seguro?
-¿Ya viste lo que hay?

Ella finalmente sonrió y con prisa, se introdujo con Marat en una calle con pequeños hoteles y que desembocaba al Ponte delle Guglie. Estaba cercana la "Fondamenta Venier" del barrio Cannareggio y algunos botes atracaban al lado de la estrecha banqueta en la cual los lugareños se saludaban unos a otros. Cerca un señalamiento decía "Canale di Canareggio" y una familia parecía despedir a un joven que iría a otro barrio a recoger un encargo.

-¡Hay una góndola, Marat! ¿Alguien estará a cargo?
-¡No suban! - gritó el chico del bote y Carlota y Marat se le acercaron por curiosidad.

-¿Siete turisti?
-¿Qué? - preguntó Marat.
-¡Turistas! Se salvaron, no querrán ir en góndolas a ninguna parte ¿son franceses? ¿Me entienden?
-Claramente.
-Por poco pagan 80€.

Carlota casi se ahogaba escuchando eso.

-Es muy caro - siguió Marat.
-El gondolero cobra aparte y si quieren canciones o un instrumento, pueden terminar con el doble ¿Por qué no toman los vaporetti?
-No hay en Santa Croce.
-Puedo llevarlos ¿Dónde quieren ir?
-San Marcos.
-San Marco! Yo debo ir por unas telas, puedo dejarlos.
-¿En serio?
-Los llevo por 7€, es lo mismo que el vaporetto.
-¿Por dónde nos iremos?
-Por el Gran Canale, luego Rio di Salvador, Rio delle Ferali y Rio delle Procuratie.
-Parece lejos.
-Estamos a veinte minutos, es buena hora ¿Vienen? Soy Geronimo.
-Eso no sonó bien.
-Ma per certo, la signorina è bellissima, qual è il suo nome?
-Carlota e io sono Marat, suo fratello.
-De acuerdo, suban.

Carlota y Marat abordaron el bote y se colocaron cómodamente en medio, mientras su guía encendía el motor y comenzaba un lindo recorrido con la Iglesia de San Geremia como inicio.

-Llegaremos pronto a la Fondamenta di Labia y al Ghetto Vecchio, sosténganse cuando les diga que entramos al Gran Canale porque los barcos agitan el agua.

Carlota comenzaba a ponerse feliz cuando Marat le comentó que el conductor la consideraba hermosa.

-Le dije que soy tu hermano.
-¿Por qué?
-Porque no conocemos nada y mejor evitamos problemas.
-De acuerdo.
-Tienes que aprender italiano rápido.
-Compré un diccionario en el tren.
-No te ha servido.
-No.
-Al menos hoy te ayudo.

Carlota abrazó a Marat de forma amistosa y se dedicó a mirar con asombro la ciudad, sobretodo cuando la lancha giró a la izquierda y el bullicio del Gran Canale la hizo abrir la boca.

-Que bueno que no estamos cerca de Guidecca porque los cruceros son peligrosos y algunos atracan casi frente a San Marco, acá lo más que hay son las lanchas que lo vuelcan a uno.
-¿Por qué compraste un bote?
-Mi familia vende telas en un taller de San Marco y acaban de terminar unas para el carnaval en febrero.
-Cuánta anticipación.
-Es una lástima que la signorina no lo vea.
-Tal vez sí, ella se quedará a vivir aquí.

Carlota tomaba fotos mientras tanto y de repente contestaba uno que otro mensaje en su celular, preguntándose como le haría para aprenderse mínimo los nombres de las atracciones más conocidas por si se le ocurría pasear de nuevo. La ciudad poco a poco la iba embelesando y el canto de los gondoleros aumentaba sus suspiros.

-Amo las cúpulas rojas - comentó cuando el encanto se rompió por un turista que se había arrojado desde un vaporetto al agua y salpicó a la chica, dejándola un poco asqueada.

-Rispetta la signorina, idiota! - gritó Marat y ahuyentó al inconciente arrojándolo de vuelta a la cubierta de su embarcación de origen.

-Carlota ¿Estás bien?
-Supongo que sí ¿Cómo hiciste eso?
-¿Qué?
-¡Regresaste a ese botarate a su bote!
-¿Botarate?
-Lo aprendí en un libro.
-Bueno, eso significa que yo no tengo una buena respuesta porque sólo vi el vaporetto y lo aventé.
-Mi vestido está húmedo.
-El agua está bien sólo en los canales - añadió el guía.
-Ya lo sabemos - contestaron los dos al unísono y prefirieron disimular su propio disgusto porque el Ponte Rialto se vislumbraba ya y su belleza dejaba muda a cualquier persona.

-He visto este puente en tantas fotografías, Marat.
-Es precioso.
-Tómense su tiempo, no llevo tanta prisa - anunció Geronimo y sus tripulantes aprovecharon para volver a relajarse y tomar imágenes del puente, los gondoleros, los edificios y ellos mismos. Por allí se alcanzaba a admirar a un conjunto musical con flauta y lauto y a una cantante que interpretaba "Nisi Dominus" de Vivaldi y cosechaba aplausos infinitos.

-En Venecia jamás escucharán mala música - siguió Geronimo y Carlota y Marat observaron impresionados como entre las multitudes de las orillas había gran cantidad de artistas revelándose con diversos espectáculos. Desde teatro hasta hip hop, malabarismo y ópera.

-No puedo creer que vine hasta aquí - comentó Carlota y nuevamente, los turistas se encargaron de arruinarlo. A algún estúpido se le ocurrió arrojarse desde el Ponte Rialto y otros más lo imitaron mientras caía basura y una que otra botella de cerveza al mismo tiempo. Carlota acabó empapada y ocultando su rostro para que el agua no llegara a su boca y Marat recogía los restos de vidrio que había junto a ellos.

-Qué asco, qué asco, qué asco - repitió la joven y pronto se enteró de que aquél era un problema recurrente en toda Venecia y los lugareños estaban hartos de llamar a la policía y salvavidas.

-Me disculpo a nombre de toda Italia - señaló Geronimo antes de ver a otros más lanzándose por diversos lugares. Era increíble que aun no muriera alguien por semejante idiotez.

-Vamos a entrar al Rio di Salvador, es mucho más pequeño - y tranquilizándose un poco, Marat prometió a Carlota pasar a algún lugar a asearse un poco. Ella sólo miró al frente, furiosa, casi sin advertir que el guía tomaba el Rio delle Feralli y había mucha menos gente.

-Casi llegamos, lo más conveniente es dejarlos en Marzaria de L'orologio y dejarlos caminar derecho, la plaza está al final de la calle.

Los pasajeros aceptaron desalentados y desembarcaron en una esquina que anticipaba una calle larga pero sin sol y Marat pagó a Geronimo, recibiendo un último consejo.

-En Italia no pidan cambio, nunca lo dan, de mal gusto es pedirlo.
-Te di 10€, qué idiota
-No te preocupes, yo te devuelvo el sobrante pero mejor paguen lo justo, es un consejo.
-Gracias.
-Casi ningún negocio en Italia acepta tarjeta, sólo hoteles y negocios grandes.
-Lo tomaremos en cuenta.
-Y reitero mis disculpas a la signorina.
-Está bien.
-Buena suerte, ciao.
-Ciao?

Carlota volvió a tener la cabeza baja y cruzada de brazos, se dirigió a la plaza. Marat no se atrevía a hablarle más que para hacerle notar que se veía la Torre dell'orologio y que antes había una pequeña tienda de ropa a la que entraron sólo para que ella eligiera un vestido suelto lila.

Pero al salir, a Carlota le cambió la cara. La Piazza di San Marco era enorme y había una fila interminable para entrar al Palazzo Ducale así como una nueva multitud tomándose fotos frente a la Basilica di San Marco pero la Torre dell'orologio estaba solitaria y corriendo, se acercó para convencerse de que no era un sueño, de que de verdad había arribado a Venecia y que superaba por mucho los primeros desaires del viaje.

"Non mangiare in piazza", "non correre in piazza" y "non alimentare piccioni" eran las reiterativas instrucciones que los oficiales de policía gritaban en cada esquina y Carlota pensó que le llamarían la atención luego de oír lo poco que Marat podía traducirle. De todas formas a la sombra podía descansarse aun estando de pie y luego de un rato, comenzó a oírse más música alrededor.

-¿Ya tomaste fotos Marat?
-De la Basílica unas pocas, está imposible.
-Quería entrar al Palazzo.
-Alcancé a ver que no hay entradas y tampoco para el Museo Correr.
-Venimos en un pésimo día.
-En San Marcos venden boletos para entrar a ver el "Tesoro di Bizancio" y la "Pala d'oro", son como 5€ y también está a reventar.
-Quiero ir.
-¿Segura?
-Corre, ja ja.

Desobedeciendo las indicaciones e intuyendo que no encontrarían lo que buscaban, Carlota y Marat vieron como un empleado de San Marcos colocaba el letrero de "Biglietti venduti".

-¡No!
-Casi pone esa cosa en tu cara, chico.
-Entiendo "biglietti" pero la otra palabra...
-"Sold out" dijo el empleado y Carlota y Marat preguntaron como pudieron si aun podía ingresarse al atrio pero era tal el aforo que la respuesta fue que se dieran la vuelta otro día. Por ello, comenzaron a carcajearse de tal forma que acabaron en el suelo con todo y lágrimas.

-¡Esto es horrible!
Welcome to Venice, Carlota!
-¡Ja ja ja! ¡Y eso que ya vivo aquí!
-¡Nos cerraron la puerta de una iglesia en la cara!
-¡Ja ja ja!
-Esto es para contarle a los nietos.
-¡Ni en la Torre Eiffel, Marat, ni ahí!
-¡Ni en el Palacio de Mónaco nos corrieron, ja ja ja!

Los dos se controlaron poco a poco, más por el dolor de estómago que por otra causa y se levantaron para ir mínimo por un bocadillo a Giardini Reale. Desafortunadamente, intentar ver el Ponte dei sospiri detrás del Palazzo Ducale era también inútil.

-Llegaron tres cruceros hace media hora, por eso no vemos nada.
-Ni modo, comeremos algo.
-Te diré por dónde ir.
-Gracias, Marat.

Carlota tomó del brazo al joven Safin y caminaron por San Marco y Riva degli Schiavoni hasta Giardini, sorprendidos de que no estuviera concurrido y la vista del Canale di San Marco y Dorsoduro fuera tan limpia.

-Ay, al fin.
-Lo que te decía, es día de cruceros.
-Debimos llegar en uno, Marat.
-Por 17.000€ seguro.
-¿Así va a ser siempre?
-Mira ese barco, si pudieran lo metían a la plaza.
-Quería entrar a todos lados.
-Todos quieren entrar a todos lados.
-Dijimos "todos" muchas veces.
-Es que "todos" es para todos.
-Bueno, ya fue mucho.
-No hay comida aquí.
-Lo noté pero vemos completo el parquecito.
-Jardín.
-Parquecito.
-Tú ganas.
-Mira, hay un canal atrás de nosotros.
-Las góndolas no son románticas.
-Tampoco los botes.
-Hay que tomar un vaporetto.
-Aun tengo calor.
-¿Competencia de helados?
-¿Todavía te acuerdas?
-Me retaste, Carlota.
-Vamos.

Carlota y Marat abandonaron el Giardini y se fueron de nuevo a la plaza, atravesándola por el corredor San Marco, sin encontrar un sitio sin saturar. A la altura del Caffè Florian, Carlota se detuvo, casi sofocada por el sol.

-Me rindo, esto es un desastre, ni aquí hay lugar.
-No te desanimes, niña.
-Debí guardar jugo.
-Al mío le cayó agua del canal.
-¿Por qué nos pasó eso?

Ella tomó asiento en un escalón y se quedó reflexiva mientras se llenaba más la plaza. En un momento dado, Marat le anunció que buscaría comida y ella ni siquiera se levantó, argumentando que prefería esperarlo. Sin embargo, se dio cuenta luego de algunos instantes que no quería dejarlo solo y le acompañó a paso lento hasta una esquina.

-Venden sándwiches aquí ¿de que te gustaría el tuyo?
-De pollo con ensalada.
-Invito.
-Gracias, Marat.

Se formaron en una fila pequeña a pleno rayo de sol y en un momento dado, ella creyó escuchar una melodía que le era muy familiar, proveniente de un violinista que estaba detrás suyo.

-Joubert compuso eso.
-¿Qué?
-Me la regaló cuando estuve en coma.
-¿En coma?
-Luego perdí el disco en Hammersmith ¡pero esa melodía es de Joubert! Le daré algo a ese músico, es precioso lo que hace.

Carlota se acercó al violinista y le dejó un billete antes de quedarse atenta escuchándolo mientras se despojaba de sus sandalias. Justo cuando más conmovida se hallaba, la joven se animó a danzar como podía, quizás sin percatarse de que el resto notaba su talento para el ballet. Marat en cambio, tomaba imágenes de ella y se alegró cuando los demás paseantes la aplaudieron fascinados.

Carlota acabó muy emocionada y enseguida, abrazó fuertemente a Marat.

lunes, 8 de mayo de 2017

El día de la boda


Tell no Tales, Exterior de la Iglesia del Sagrado Corazón en la plaza de la avenida Piaf, 9:00 am

-Te ves hermosa de rosa, Courtney.
-A ti no te gusta este color.
-Eras la dama de honor más bella.
-¿Qué voy a hacer con este vestido?
-Venderlo en Dubrova.
-Es buena idea pero ¿no traerá mala suerte? La boda de la doctora Mazza se canceló.
-Eso sólo aplica con el atuendo de la novia.
-¡Matt Rostov! ¿No sigues esa superstición?
-Alguna debía tener.
-¡De verdad lo crees!
-Es que tiene sentido.
-Me sorprendes todo el tiempo, eres un hombre raro.
-Soy humano.

Courtney miró a Matt sin decidir entre sonreír o creerlo sarcástico y lo contempló arreglándose la corbata, como si estuviera cómodo y le interesara ser un poco vanidoso. No era en balde pensarlo, esa mañana Matt Rostov había aparecido con la cabeza rapada.

-¿Supiste que el tal Juan Martín se fue a emborrachar con tu primo Moussa?
-¿Cómo sabes eso, Matt?
-Me invitaron.
-Me alegra que no fueras.
-Juan Martín estaba muy mal.
-No lo culpo, estoy tan incrédula como él.
-Espero que no nos pase lo mismo.

Courtney se sobresaltó un poco y optó por seguir a Matt hacia la calle, tomándolo del brazo mientras recibían miradas de extrañeza. El color de piel de ella era la causa.

-Matt, nos perdimos el buffet que iban a servir.
-Esa es la verdadera tragedia.
-Lo peor es que pedí el día y ahora nada tengo que hacer.
-Tenía pensado ir por ahí después de comer.
-¿A dónde?
-Un paseo en el museo.
-Qué bonita rima.
-Pero ahora podemos tomar un café.
-Y comer un pastel de té.
-Buena idea, vamos.

Courtney hizo más rápido su paso para que Matt pudiera encontrar la pastelería y de paso, esquivar otras bodas porque en las capillas de la calle Piaf había parejas esperando turno y otras que salían en medio de lluvias de arroz.

-Ja ja ja, tengo comezón con tanto que me ha caído.
-Bueno Courtney, iremos a tu casa a arreglarlo.
-No es necesario.
-Qué alivio.
-¿Perdóname?
-¿Me acompañas a la alcaldía?
-¿Qué?
-Ja ja ja, creo que me río de nervios.
-Igual yo.
-Me quedé con las flores de los pajes.
-No lo había notado, Matt
-Mira, te sienta bien el ramo.

Courtney miró a Matt dulcemente y él la tomó de la mano. La alcaldía no estaba tan lejos.

Alcaldía de Tell no Tales 10:32 am.

-Veré si hay una cancelación pero si no, tendrán que tramitar una fecha y eso va a tardar cinco días, más lo que diga el juez.
-¿Si hubiera una cancelación?
-Pagarían el trámite exprés porque el juez se retira inmediatamente si los contrayentes no llegan.
-¿No hay tolerancia?
-No.
-¿Cuánto cuesta?
-300 €.
-¿Qué?
-Es que estarían tomando un turno de último minuto.
-Revise si hay una.
-Claro.

Matt Rostov volvió a su sitio y a su alrededor las parejas no dejaban de entrar y salir de las salas que el área de Registro Civil tenía para celebrar bodas y registros de nacimiento. Cada ceremonia duraba poco menos de ocho minutos y los jueces se retiraban a las tres para descansar un poco.

-Matt ¿estás seguro? Podemos venir otro día o en un año.
-Courtney, cásate conmigo, ahora.
-¿Tienes fiebre?
-No.
-Tú y yo necesitamos tiempo.
-Dime que no quieres.
-Matt...
-Y enseguida nos vamos.
-¿Es en serio?
-Courtney, quiero casarme contigo.
-¡Se te ocurrió hace media hora!
-Y a ti también, por eso estás aquí.
-Es la adrenalina del momento con tantas bodas que hemos visto.
-¿Fiebre matrimonial?
-Sí.
-¿Mañana se nos pasa?
-Eso creo.

"Señor Rostov" llamó la recepcionista del Registro Civil y él se levantó a prisa.

-¿Qué ocurre?
-Si se va a casar le sugiero que pague y entre en la sala dos a las 10:50.
-¿Tan rápido?
-¿Lo toma?

"Sí" contestó Courtney vacilante y él se apresuró a pagar, recibiendo de la recepcionista un comprobante rosa y un prendedor blanco.

-Felicidades y suerte señor.

Matt sonrió y tomó a Courtney de la mano, precipitándose en ir a la sala dos al terminar unas nupcias ajenas.

Mientras tanto, Bérenice Mukhin y su familia entraban en la alcaldía. Ella, con su vestido y el bebé Scott de pajecito cosechaba halagos de quienes la veían y no tardó en hallar a Claudia Muriedas y a Kovac en recepción.

-¡Claudia, viniste! - gritó Bérenice.
-No me iba a perder tu boda ¿por qué no me dijiste que Kovac es el padrino?

Bérenice iba a contestar cuando el mismo Kovac dijo que la familia debía reunirse para una foto antes de entrar a la sala dos, aunque todavía faltaban algunos minutos. La atmósfera era muy romántica.

-Es una lástima que Marat no esté - comentó Luiz sin darse cuenta de que Micaela y Roland Mukhin suspiraban de alivio porque así fuera. Ese hombre era capaz de interrumpir la boda por cualquier pequeñez.

Bérenice continuaba platicando con Claudia hasta que el flash de la cámara se dejó ver y la instantánea resultante capturaba varios gestos divertidos.

-Esto ameritará un brindis de jugo en honor a los novios - agregó Kovac y enseguida repartió vasos con un líquido amarillo muy espeso, que afortunadamente no era de naranja.

-Bérenice, te ves muy nerviosa - susurró Luiz.
-No es nada, palmerita hermosa.
-Oye ¿invitaste a alguien más?
-No ¿por qué?
-¿Recuerdas al tipo que te dio un balonazo?

Bérenice volteó y se encontró con que Lleyton Eckhart se aproximaba a Claudia y Kovac, con la intención de permanecer con ellos.

-¿Qué hace aquí?
-No lo sé, tal vez le dijo tu amiga.
-Es su jefe.
-¿Cómo sabes?
-Ella me contó, Luiz.
-Como sea, entre más gente mejor.
-¿Por qué?
-Es más entretenido.

Bérenice fingió la sonrisa, tratando de mirar a Luiz y sin hablar mucho, únicamente para asegurarse de que su bebé continuara tan feliz como siempre.

-Relájate, es sólo una boda - mencionó Micaela Mukhin.
-Es cierto, es cualquier cosa.... Voy al baño.
-¿Justo ahora?
-Dame dos minutos.

Berenice corrió hasta un tocador cercano y sin dudar, humedeció su rostro mientras se le corría el maquillaje y las chicas presentes pensaban que estaba llorando.

-Tranquila - le repetían y ella secaba su rostro como podía, preguntando la hora.

-A las once me caso, me siento fatal ¿Alguien tiene labial?

Bérenice secó las gotas de sus rostro y después de recibir un lápiz rojo prestado, se miró al espejo por última vez.

-Gracias, estoy muy nerviosa, yo debo apresurarme.

La chica salió con prisa y corrió por el pasillo, casi segura de que era hora de presentarse con el juez. Su madre la esperaba ya.

-¿Dónde estabas?
-Me retoqué el maquillaje.
-Creo que se nota.
-¿El señor Lleyton ya se fue?
-¿Quién?
-El jefe de Claudia.
-¿Tu amiga?
-Ese.
-Kovac le dijo que se quede.
-¿Qué?
-La única que puede decirle que se vaya eres tú.
-No creo hacerlo.
-¿Por qué?
-Luiz quiere más gente.
-A ese Luiz le gusta estar rodeado de personas, qué suerte tiene.
-¿Suerte?
-De que la familia tiene amigos.

Bérenice disimuló su creciente incomodidad y le sonrió a Luiz al acercársele nuevamente, tomando su mano.

-Ya casi termina la boda de allá - pronunció Luiz mirando al salón dos - ¿Nos acercamos?
-Es una buena idea ¿Traes la licencia de matrimonio?
-Y el papel de tu cambio de apellido.
-Qué alivio.
-Te ves hermosa, Bérenice.
-¡Y yo te amo, mi palmerota preciosa!

La joven le dio un pequeño beso a Luiz y se colocó frente a la puerta, contenta de que ya era su turno y Lleyton se iría pronto. Apenas se recuperaba de tenerlo cerca cuando la pareja previa se daba la media vuelta con el acta de matrimonio y superado el contraluz se logró ver quiénes eran. Bérenice posó su mano en la silla de ruedas de su padre para no desmayarse.

-¡Fue tan rápido! - exclamó Courtney con una enorme expresión de alegría - ¡Tenemos que avisar en mi casa!
-Señora Rostov, usted decide esas cosas.
-¡Ya eres parte de la familia, Matt!
-De acuerdo pero primero hay que decidir a dónde vamos o si celebramos primero tú y yo.
-Iremos con mi madre.
-Bien.
-Y te comerás todo lo que te sirva...
-¡No!
-¡Lo harás!

Courtney guardó silencio de golpe y Matt posó sus ojos en Bérenice, impresionándole su figura y adornos, viéndose igual a como la imaginó si un día se hubieran casado. Sólo Lleyton Eckhart parecía darse cuenta del desconcierto de aquellos dos y antes de que siquiera Micaela Mukhin lo advirtiera, se aproximó a Bérenice para darle la buena suerte.

-Gracias, Lleyton.
-No te interrumpo, entren ya.
-Cierto, tengo que hacerlo... ¡Luiz vamos! ¿Dónde está Scott?
-Yo lo tengo - contestó un igualmente desconcertado Roland Mukhin y su hija se aferró a Luiz, caminando con prisa frente al juez, que se abstuvo de cerrar el libro de registros.

-Un minuto más y suspendo la ceremonia - bromeó.
-Pero llegamos, trajimos la licencia de matrimonio y el cambio de apellido de mi esposa - dijo Luiz, mostrándolos.
-Aun no los caso.
-Perdón, señoría.

Bérenice por su lado, no pudo evitar volver su cabeza a la puerta, topando sus ojos con los de Matt Rostov, que ya se iba de la mano con su esposa mientras intentaba resistirse a preguntar por la coincidencia. Courtney creía angustiarse cuando él sostuvo la puerta pero fue únicamente por cerrarla.

Al interior de la sala, el juez decía cosas que Bérenice no atendía como "de acuerdo a la Constitución de Tell no Tales, "la ley civil vigente establece términos" o "adoptar el apellido de uno de los contrayentes está contemplado en todos los ámbitos legales de la administración nacional" al tiempo que le rondaba por la cabeza el por qué Matt si podía casarse con otra y nunca con ella, más aun ¿por qué no había salido a perseguirlo y quedarse con él? Courtney jamás sería su competencia de recuperar a Matt y... Bérenice acabó llorando de verdad en su propia boda, arrepintiéndose más que nunca de haberlo traicionado en ese estúpido concierto. "¡Yo debería estar aquí con él!" pensó y enseguida, Luiz, por alguna razón de emoción genuina le apretó la mano izquierda.

-Si están de acuerdo con las cláusulas expuestas para la consolidación del matrimonio civil, la ley requerirá de su aprobación mediante la firma de la siguiente acta - expuso el juez, extendiendo un documento en papel rosado que parecía impreso por un artesano y no una copia ordinaria del formato gubernamental.

-Lo haré primero - declaró Bérenice y plasmó un garabato para luego ver a Luiz escribiendo su nombre.

-En orden de ley, Bérenice y Luiz Marinho han manifestado conformidad y el Estado declara la validez del matrimonio civil a partir de esta audiencia, felicitaciones - anunció el juez y la joven estrechó a Luiz con enorme fuerza, coincidiendo con la risa del bebé Scott, a quien sostuvieron igualmente. Otra pareja ya aguardaba su turno.

miércoles, 8 de marzo de 2017

Los adornos para la novia

 

Tell no Tales.

Micaela Mukhin salió del espejo el domingo a mediodía y llegó pronto a una cafetería en la calle de Dubrova en donde Bérenice la esperaba con un vaso lleno de té. Era muy extraño que se citaran fuera de casa y Micaela creía que su hija se traía entre manos algo raro.

-¡Te compré un cha lat!
-¿Chai latte?
-Eso creo.
-La gente y sus cosas raras, es mejor un simple té.
-Yo me compré uno verde con leche.
-Bérenice, no importa, está bien. Ahora ¿me puedes explicar porque saliste de casa temprano y me pediste que viniera?
-Compré un broche de pluma.
-Es bonito.
-Bueno, no le he dicho a papá pero necesito ayuda.
-¿Tiene que ver con el broche?
-Me caso el martes.
-¿Qué?
-Y no tengo vestido.
-¿En dos días?
-Es que ayer me avisaron que me daban esa fecha en la alcaldía.
-Tu padre se va a querer morir.
-¿Por qué?
-¿Cuándo pensabas contarme?
-Mañana.
-Ay vida, tu padre te va a matar.
-¿En serio?
-No le gustan las bodas.
-¿Nada, nadita?
-A duras penas llegó a la nuestra.

Micaela tomó su vaso y a la voz de "andando" comenzó un breve interrogatorio mientras intentaba no ver como los bomberos recogían los escombros de las calles aledañas y los amontonaban en la esquina de Dubrova.

-¿Estás buscando vestido sencillo, corte sirena, a lo Lady Di, con corsé o recto?
-¿Qué?
-También hay de corte medieval, falda con holanes, de flores ¿encaje?
-Sólo quiero con falda de plumas.
-¿Plumas? Para un vestido es corriente.
-Me gustan esas cosas.
-Con tantos modelos cambiarás de opinión ¿a qué tienda iremos?
-Me dijeron que en la calle Netrebko se puede comprar uno usado.
-¿No tienes dinero para uno nuevo?
-Quieren 3000 €.
-Es demasiado ¿cuánto cuesta el viejo?
-320 €
-¿Qué clase de tela es?
-Dicen que son los que nadie quiere.
-Encontraremos uno bonito.

Bérenice caminó dócil detrás de su madre y se entretuvo observando a los paseantes del barrio ruso que desfilaban con bocadillos o bebidas de oferta, cual día normal de sol.

-¿Luiz consiguió un traje? - preguntó Micaela al cruzar una calle y Bérenice respondió torpemente que sí.

-¿Sabes cómo es?
-¿El traje? Todo negro.
-¿Corbata o moño?
-Moño.
-Menos mal, elegiremos algo muy elegante ¿de qué color quieres el vestido?
-Blanco o de un color muy claro.
-¡Champagne rosé!
-¿Qué es eso?
-Es un gran color, entremos aquí.

Micaela jaló a Bérenice a una boutique de segunda mano y ésta quedó abrumada enseguida. Había vestidos colgados por doquier, en franco desorden y en un mostrador pequeño se colocaban diversos accesorios, también usados y recién reparados. La mujer que atendía contaba el dinero de la caja despreocupadamente y señaló que estaría con ellas cuando acabara.

-Los vestidos en descuento están junto al aparador - sugirió y Bérenice se tentó de buscar, pero su madre ordenó "quédate aquí", encargándole además su intacto vaso con té.

-Te olvidarás de las plumas con tanto que hay aquí.
-Pero quiero ver.
-Bérenice, quédate quieta.

Bérenice Mukhin tomó asiento en un puff frente a la puerta y ante la mirada de la vendedora, comenzó a tomar el té que le quedaba como si fuera una niña regañada.

-Hay vestidos muy lindos aquí - le dijo para animarla - ¿Qué te parece el del maniquí? Enmarca la cintura, la falda no tiene mucho vuelo y los hombros se cubren bien.
-Parece de enfermera.
-Bueno, hay uno recto con espalda descubierta.
-Tiene muchas flores, yo busco plumas.
-Hay strapless champagne estilo años veinte.
-Parece que tuviera una cortina de flecos.
-Es una cortina de flecos y tiene hilos plateados. Dame 1500 € por él.
-¿Más de mil? No tengo tanto.
-Hay uno similiar, sin flecos pero muchos bordados, se parece a uno que usó Miss Universo, 800 € es un precio justo.
-Tampoco puedo pagarlo.

La chica encogió de hombros pero volteó a todos lados, buscando algo que le gustara.

-¡Mira Bérenice! Encontré un vestido con capa - exclamó Micaela y se le aproximó con una prenda de estilo medieval, con bordados en blanco - ¡El velo es precioso!
-Parece una gorra.
-¡Pruébatelo!
-¿Qué?
-¡Quiero verte con él! ¡Póntelo!

Bérenice se levantó enseguida y se introdujo en el probador, desconcertada por el diseño,cuyo problema era ser demasiado pesado, con un hombreras un poco gruesas y un velo que tapaba su cabeza como gorra de natación.

-Te ves increíble - dijo Micaela y la vendedora parecía admirada, no obstante, trajera en los brazos un vestido de estilo griego que parecía una cortina enredada con tantos pliegues en la cintura. Como era natural, Bérenice también se lo puso.

-¡Parece una musa!
-Podemos deshacernos de este broche, las plumas no se ven bien en ninguna mujer.
-También tengo un traje años veinte divino, con brillos y un tocado de joyería.
-Tráigalo enseguida.
-A la orden.

Bérenice moría por salir de allí y corrió a cambiarse pero su madre insistió en que se colocara el vestido sugerido por la encargada y otro más, en tono champagne rosé, un strapless tan liso y simple que cuando la joven se miró en el espejo de la tienda, le pareció estar envuelta en un trapo o la toalla de baño.

-Ay no - expresó pero su madre y la vendedora no la escucharon y le colocaron la cola del vestido.

-¡Buscaremos un velo con perlas! - se emocionó Micaela y la vendedora fue con ella al fondo de la tienda, en donde había velos sueltos, diademas y otros accesorios que aun no se habían inventariado.

Bérenice ni siquiera se atrevía a moverse por miedo a arrugar tan rígido vestuario y después de un rato sintió que había hecho por fin el ridículo. Un joven entró a la tienda y la observó enseguida, sonriendo apenas.

-Bonito vestido.
-¿Gracias?
-Vengo más tarde.
-Diré que vino.
-No es necesario, con su permiso.

Pero la encargada ya había visto al muchacho y se aproximó para no dejarlo ir.

-¡Juan Martín! Tengo tus arras, permíteme - y Bérenice vio a la vendedora buscando en unos cajones pequeños, sin darse cuenta de que su madre le colocaba un broche con perlas en la cabeza.

-Te ves bonita, Bérenice - dijo Micaela y el chico volteó donde ambas.

-Mamá, siento que me aprieta.
-No lo sentirás mañana.
-No me gusta.
-Es el mejor vestido que hay.
-Parezco envuelta en un trapo.
-Probablemente te falte algo.
-Mamá...
-Iré por una estola.
-Detente, yo...
-Mejor un collar, espérame.

Y Micaela volvía a la búsqueda de un accesorio que a su hija le interesaba poco.

-Juan Martín, aquí están tus arras... ¿Estás viendo a esa chica? - siguió la vendedora.
-Sí, se ve hermosa.
-Tu novia se verá igual.
-Gracias, pero estas no son las arras que encargué.
-¿Cómo que no?
-Las que yo encargué son doradas.
-¡Ay perdón! Las dejé en el mostrador de atrás, permíteme.
-Por supuesto.

La encargada también desapareció entre los vestidos y Juan Martín siguió contemplando a Bérenice.

-Su novio va a dar el sí apenas entre a la iglesia.
-¿Me habla?
-Sí, disculpe.
-No se fije.
-¿Cuándo se casa?
-El martes, en la alcaldía.
-Pensé que en la iglesia por tantas cosas que le ponen.
-Sólo me alcanzó para el juez.
-Hay muchas bodas por acá, los derrumbres no han cancelado ni una.
-Hace un mes pregunté por la boda y ya, en dos días es.
-Yo me caso el martes también.
-Buena suerte.
-Gracias.
-¡Estás nervioso!
-Que me poné nervioso, hace un año propuse matrimonio y se me fue todo rápido.
-Luiz y yo lo decidimos hace tres semanas.
-Con el juez es ma' fácil.
-¿Me ayudas a desabrochar el vestido? De verdad me ahoga.
-Ah... Claro, ponete de espaldas.
-Primero quítame el broche, por favor.
-Ya está.
-Me dolió el cabello.
-Está bonito el velo.
-Yo quiero usar plumas.
-Este vestido tiene muchos botone'
-Es una tortura traerlo.
-Mirá que te dejó marcas.
-Ay, gracias.

Juan Martín rozó sin querer la espalda de Bérenice y ruborizó un poco, mientras ella volteaba para abrazarlo.

-Te lo agradezco, es horrible llevar eso puesto.
-De nada.
-Me cambiaré y buscaré un vestido yo misma porque me acabarán disfrazando de forro de sofá.

El hombre se alivió mucho de que Bérenice se introdujera al probador, sin advertir que luego ella saldría en short y blusa de estampado de pacman.

-Sigues aquí ¿no te aburre? - continuó ella.
-No encuentran mis arras.
-Ese es un problema.
-¿Vos irás a otra tienda?
-No tengo ganas.
-Pero todavía querés las plumas ¿no?
-¿Me ayudas?
-En lo que me traen el pedido.

Bérenice y Juan Martín comenzaron a buscar un atuendo con plumas y descolgaron cuanto hallaban, sin muchos resultados. Él la convencía de intentar con otros modelos y ella accedió con uno tan amplio que parecía figurilla de pastel.

-¿Se divierten? - interrumpió Micaela.
-Buscamos algo bonito - contestó Bérenice.
-¿Vas a quedarte con lo que traes puesto?
-De hecho ya me lo quitaba.
-Por lo visto nada te agradó.
-¿Quieres irte?
-Hay otros lugares en esta calle.
-Es cierto ¡guardé tu té!
-Supongo que está bien, quítate ese vestido y despídete.
-Claro.

Bérenice se retiró y su madre miró a Juan Martín con interés.

-¿De dónde saliste, niño?
-¿Hablá conmigo?
-No hay otro.
-Soy Juan Martín Mittenaere.
-Micaela Mukhin, un placer ¿Usted vino por arras?
-Unas doradas que mi novia me pidió.
-¿Las solicita en una tienda de usado?
-Conocen el taller donde las hacen.
-Bueno saberlo, tal vez a Bérenice le interese.
-Me dijo que se casará en la alcaldía.
-Será una boda muy sencilla.
-¿Planearon algo para celebrar?
-¿Por qué el interés?
-Me metí de socio en un restaurante de Láncry.
-Qué conveniente.
-Vendemos comida etíope.
-¿En serio, usted? ¿No le dicen nada por ser el único blanco en un barrio negro?
-No.
-Nosotros tendremos un fondue en el parque, Bérenice y Luiz tienen que regresar a trabajar.

A Micaela le gustaba hacer malas ironías y peores bromas a la gente que le caía bien.

-Bérenice es linda ¿no lo cree?
-Ah, sí.
-Lo vi cuando le desabotonó el vestido.
-Necesitaba ayuda.
-¿Le sirvió de práctica para auxiliar a su novia?
-No, no, eh....
-Se puso rojo.

Micaela se reía del hombre cuando creyó advertir que en un estante se escondía algo que podía ser del gusto su hija. Con bordado de hojas y corte sirena, un vestido viejo y champagne combinaba con el tocado de plumas que Bérenice había adquirido. Era una prenda de espalda descubierta pero primoroso y muy elegante.

-Mamá, ya estoy lista.
-Ve esto.
-¿Qué....?
-¿Era lo que buscabas?
-Tiene falda de plumas.
-¿Te gusta?
-Lo bordaron en oro.
-¿Bérenice?

La joven tomó el vestido y resolvió probárselo enseguida, un poco impresionada por lo refinado de los acabados. Al vérselo puesto, apenas creyó que podía ser suyo y al colocarse su accesorio en el cabello, le pareció estar frente a Luiz, firmando los papeles para ser su esposa.

-¡Mamá, mira qué bien me queda! ¡Este es el que quiero usar!
-Te falta un peinado y nadie va a decirte que no se casa contigo.

Juan Martín, a quien en ese momento le daban su pedido, le entró la curiosidad por saber qué entusiasmaba tanto a Bérenice, sonrojándose otra vez. La mujer lucía preciosa en su vestido de novia, como si en ese momento estuviera por entrar a la alcaldía. Tan distraído se hallaba que tiró su cajita al piso.

-¡Ay Juan Martín, qué desastre! Mientras no se te caigan las arras en la boda, estarás bien - regañó la vendedora, que igualmente reparó en Bérenice.

-¡Qué preciosa novia! ¿Este es el vestido que buscas?
-Sí ¿cuánto cuesta?
-Veré la etiqueta.
-Ni siquiera necesito un velo.
-486 €
-¡Me lo llevo!
-Te lo pondré en una caja.
-Iré a quitármelo.
-Disculpe ¿Tiene zapatillas champagne en talla tres? - intervino Micaela.
-Por supuesto.
-Agréguelos a la cuenta, no queremos que la novia vaya en tenis.
-Por supuesto... Juan Martín, en un momento te atiendo.

La vendedora corrió por los zapatos y Bérenice no tardó en abandonar el vestidor, abrazando a su madre muy feliz.

-Buscaremos un ramo luego.
-Ese lo eliges tú.
-Gracias, Bérenice.
-¿Crees que Luiz se desmaye al verme?

Y Micaela, risueña, le contó al oído:

-Juan Martín estuvo a punto.
-¿Quién es ese?
-El chico de las arras.
-¿De verdad?
-Si él se desmaya, Luiz se muere.

Las dos se rieron y comenzaron a beber té juntas. Juan Martín continuaba tan impresionado que no le quedó de otra más que mirar a Bérenice con una enorme sonrisa.

lunes, 20 de febrero de 2017

The sound of silence


Venecia, Italia, 1:23 pm, día anterior del arribo de los Liukin.

En una callecita del barrio de San Polo, en el número 73, correspondiente a una casa pequeña con jardín en la terraza, vivía Novak Maizuradze, hijo de Elijah Maizuradze, hermano de Viktorette Maizuradze y sobrino del teniente Ilya Maizuradze. Los vecinos le conocían por ser amable y le invitaban a animar las fiestas por su habilidad cómica, razón que mantenía ocupados sus fines de semana con frecuencia. A diferencia de su hermana, Novak tenía ojos aceitunados, de tamaño ordinario y de tanto vivir fuera del espejo, parecía un humano igual de normal, que asistía a una escuela de tenis, no destacaba mucho en la multitud y hablaba ruso con fluidez porque alguna extravagancia caracteriza a cualquier mortal, sin descontar la muy habitual ausencia materna, suplida por una hermana omisa que, esa soleada tarde, le hizo llegar correspondencia.

Novak la recibió de propia mano mientras barría la entrada y hasta tiempo le había dado de ofrecer un vaso con agua al cartero, mismo que se quejaba del calor y añoraba el invierno que a veces congelaba lo que se dejaba. El chico le comentaba que de no ser por el cielo despejado, los turistas nunca visitarían Venecia y que después del invierno llegaban las lluvias y peor, el carnaval que volvía intransitables las rutas del Gran Canale, que todos usaban.

-Puede que tengas razón - le replicó el cartero devolviéndole el vaso y Novak se introdujo en la casita, interesado ya en leer la misiva.

Viktorette Maizuradze tenía la molesta costumbre de usar sobres amarillos para todo y mandar una hoja aun más amarilla con el mensaje. Aquello lastimaba la vista si no se era un rápido lector, pero Novak estaba acostumbrado. Desdobló la página y de inmediato se conmocionó, echándose a gritar en el piso.

Día siguiente, 11:00 am, barrio de San Polo.

Novak regresaba vestido de negro y con enorme llanto mientras su hermana Viktorette le abrazaba con silenciosa tristeza. A esas alturas, los vecinos se habían enterado ya del funeral de Elijah Maizuradze y daban sus condolencias mientras depositaban flores en la puerta. Atrás de ellos, venía Ilya Maizuradze que, al enterarse de lo acontecido había decidido ir a Venecia unas horas. Al igual que a sus sobrinos se le notaba afligido y pronto los hizo entrar a la casa, yendo los tres al jardín.

-El Gobierno Mundial me notificará cuando a la Marina se le pegue la gana - inició el teniente Maizuradze.
-Al menos le hicieron honores - replicó Viktorette.
-¿Alguien sabe porque su mujer no vino?
-La desinvité.
-Está bien Viktorette, sólo preguntaba.

El teniente Maizuradze se asomó por la terraza y logró ver a los vecinos murmurar, sin molestarle del todo.

-Sólo a Novak le caía bien esa mujer - había continuado Viktorette y su desdén era tal que su hermano le replicó en voz baja que olvidara el asunto.

-¡Dormías con ella! - dijo la chica bruscamente y el teniente Maizuradze miró a ambos con asombro, más a Novak que siempre había sido muy tranquilo.

-Paren ya, que si van a hablar mal de alguien háganlo en su cara.
-No tengo problemas, si vuelvo a ver a Bérenice Mukhin le diré que es una zorra.
-¡Basta Viktorette! Ten respeto por tu hermano al menos.
-Ay Dios, sólo te falta felicitarlo como papá.

El teniente Maizuradze no pudo contener la risa.

-¿En serio lo hizo?
-Dijo que prefería verla con Novak antes que con Matt Rostov.
-¿Quién era ése?
-Su doctor.
-¿Fue al que le destrozó la cara?
-No, ese fue un tal Marat que después quedó un poquito más guapo.
-¿Te gustaba ese hombre, Viktorette?
-Ahora está prendado de la "princesita Liukin", me da asco.

El teniente Maizuradze recordó la portada de una revista que había visto en la mañana con Carlota Liukin bailando con Marat Safin en una beneficencia y se preguntó por qué esa niña atraía a un montón de gente que resultaba ligada entre sí por cualquier evento del pasado.

-¿Ya te sientes mejor, Viktorette?
-Supongo que sí.
-Discúlpate con Novak.
-Perdón.
-Así está mejor.
-Tío ¿crees que tu esposa pueda ayudarme con unos papeles? No entiendo nada de números.
-Por supuesto, le mandaremos copias.
-Disculpa por hacerte venir.
-Era mi deber, gracias por avisar.

El teniente Maizuradze casi derramaba una lágrima cuando Novak se quebró por completo, necesitando aferrarse a alguien para sobrevivir a esa crisis. Sólo una vez le había pasado lo mismo y Viktorette fue su tabla de salvación. Aconteció el día que Bérenice lo abandonó.

-Llevemos a tu hermano a descansar - Ordenó Ilya y Viktorette obedeció enseguida, ayudando a depositar a Novak en cama, aguardando lo suficiente para que durmiera. El balcón tenía vista al Gran Canale.

-¿Por qué odias a la mujer de mi hermano? - preguntó el teniente Maizuradze en voz baja.
-Porque se acostó con Matt Rostov.
-¿Ese Rostov te importaba?
-Mi padre se puso en sus manos.
-¿Confiabas en él?
-Con todo mi corazón.
-La traición es muy dura.
-Bérenice defraudaba a papá todo el tiempo; si no dormía con Matt, se iba con Marat.
-¿Y Novak?
-Mi padre invitó a Novak a pasar un verano y enseguida se enganchó con ella, luego mi padre los encontró en la cama y nada, felicitó a mi hermano por "satisfacer a su mujer". Casi me vomito.

Ilya Maizuradze entonces procedió a acordarse de Bérenice, de su sonrisa, su figura y sus atrevimientos. Aun le parecía sonrojar de evocarla levantar su vestido y mostrar su ropa interior al pedir un autógrafo a Sergei Trankov.

-¿Berenice te gusta, tío?
-Es muy hermosa.
-¿Habrías dormido con ella?
-No lo sé, tal vez....

La respuesta sonaba ambigua.

-Supe que Bérenice espera un bebé de Luiz Marinho.
-¿Lo conoces?

Viktorette volvió a llorar y su tío se limitó a abrazarla, comprendiendo que la historia con ella era siempre la misma. Al rato le gustaría otro chico y una joven más lista se le adelantaría, dejándola frustrada y a la espera del siguiente.

-Luego veo a Marat con Carlota Liukin y me da envidia.
-¿No hablabas de Luiz?
-Entre Bérenice y Carlota se las arreglan para arruinarme la vida.
-Viktorette deberías conocer más gente.
-¿Para qué?
-A lo mejor hay alguien que no le interesa a ninguna.

Viktorette miró a su tío con irritación y abandonó el lugar azotando las puertas. Ya regresaría más tarde a cocinar la cena o aventar comida comprada en la mesa.

Sin darle importancia a su impertinencia, el teniente Maizuradze permaneció en el cuarto de Novak, precisamente en el balcón, leyendo los documentos que ninguno de sus sobrinos comprendía. Bérenice Mukhin había heredado el dinero, Viktorette las joyas y Novak la casa.

Justo pensando en Novak se le había escurrido la tarde entera. Por alguna razón, Elijah Maizuradze había volcado sus mejores sentimientos a ese chico y todos intentaban descifrar por qué.

-¿Despertaste? - preguntó el teniente Maizuradze al anochecer.
-Soñé con lo de siempre.
-Hice una pregunta tonta.
-Me siento enfermo.
-¿Lo de siempre es Bérenice?
-A Bérenice la quiero.
-¿Tu padre no te quiso matar?
-Esa historia de la cama que le contó a Viktorette es falsa.
-¿Por qué lo hizo?
-Para molestarla, además de que mi padre sabía que su mujer me gustaba mucho y me dejó tener una relación con ella.
-¿Cómo novios?
-Como su mascota.
-¿Te enamoraste de ella?
-Me dolió mucho cuando terminó con papá porque la dejé de ver.
-¿Con ella sueñas?
-No, nunca.
-¿Qué te pasa por la mente entonces?
-Una niña con un abrigo rojo pero nunca la alcanzo.
-¿Qué?
-Siempre que la sueño, me enfermo.

Novak tenía fiebre y comenzó a quejarse de un dolor de huesos mientras su tío comenzó a angustiarse ¿La niña del abrigo rojo? Su hijo Anton también la había visto y entre los Maizuradze, esa era la señal que determinaba al guardián de una sangre pura.

-¿Le contaste a Elijah?
-No le interesó, así que no le dije.
-¿Qué?
-Creo que ha de ser un recuerdo, por eso no le prestó atención.
-¿También lo crees Novak?
-Sí.
-¿Cómo ves a esa niña? ¿Qué hace?
-Corre, hay cadáveres en todas partes y luego la atrapan ¿Sabes qué es lo raro? Que todos se asustan cuando me ven y ella le entrega su corazón a un hombre, me pide que lo proteja y yo sólo acepto. La niña se convierte en sangre después y se escurre por la alcantarilla.
-¿A un hombre?
-Él lo tiene, sólo alcanzo a ver un dije de plata en su cuello.
-¿Cómo es el dije?
-Es una mujer con flores sobre un bote.
-Qué detallado.
-A veces creo que Belgrado me persigue.
-No pienses en eso.
-No le he dado las gracias a Cumber.
-No le hacen falta.
-Me salvó.
-Novak, no le cuentes a nadie de tu sueño.
-¿Por qué?
-Aun no tienes madurez para entenderlo pero si un día ves el dije, avísame.
-¿Qué?
-Novak, hay cosas que la familia ha sabido siempre. Descansa.

El teniente Maizuradze colocó una compresa fría en la frente de su sobrino y salió a la calle a respirar, confundido. Tenía que decidir entre Anton y Novak una cuestión que ninguno de los dos comprendería y temía escoger al equivocado.

Mientras cavilaba al respecto, no se imaginaba que en casa, Novak abandonaba el colchón y dejaba que el viento frío le diese en el pecho. Le gustaba aquella sensación mientras intentaba descifrar el sueño y pensaba que en Venecia los abrigos rojos se ponían de moda al inicio del otoño, en navidad y en carnaval, Viktorette tenía el suyo y Bérenice también. Todavía pensaba que soñar con aquello era normal cuando recordó otro detalle: Hacía poco había hallado una mujer hecha de cristales de hielo que se desvanecía a placer e imprevistamente le había besado la frente; después se le había aparecido la niña del abrigo rojo y la persiguió por Venecia hasta un canal que se teñía de rojo por la sangre de incontables cadáveres llenos de ceniza. La pequeña no escapaba de él pero le pedía cuidar a un hombre.

Novak no quería saber por qué no podía recordar una alucinación de tal clase con más frecuencia y prefería pensar en un trauma de guerra no resuelto que se perdía en los abismos de su inconsciente antes de brotar nuevamente para recordarle de donde provenía.

-"No le cuentes a nadie" - murmuró y se colocó un abrigo antes de salir a recorrer parte del canal, hasta el sitio en donde ahora crecía un árbol y donde tuvo la visión o alucine que de repente lo preocupaba.

-¿Volveré a verla? - preguntó a sí mismo y entendió que nadie más le tendría respuesta. Si se encontraba el dije del sueño, estaba obligado a guardar silencio, casi como condición inmutable e individual.