miércoles, 11 de enero de 2017

Las noches de Mónaco: The path in the wind (Fin de la serie)


Los Liukin miraron el Palacio Real de lejos. Monaco - Ville era un barrio tan pequeño que ninguno atinaba a descifrar las razones del por qué casi nadie se daba tiempo de conocer todo, tal y como habrían hecho de no tener inconvenientes. La parte más alta del país estaba a unos escalones de distancia y el Boulevard du Jardin Exotique estaba repleto de edificios de departamentos y pequeños locales de souvenirs que vendían caro, además de un tránsito ligeramente pesado. Marat relataba que la gente bajaba hacia Montecarlo, Fontvielle, Larvotto y La Condamine para trabajar y que, salvo algunas callecitas de Le revoires, el norte de Mónaco era habitado por la clase media. Los Liukin notaban apenas el contraste; se hallaban en el vecindario de Moneghetti y parecía una extensión de cualquier barrio opulento de Tell no Tales.

Conforme seguían, más gente hallaban que reconocía a Carlota y la paraban para pedirle autógrafos o una foto, sin ignorar a Marat Safin que atraía a las chicas. Adrien se les pegaba para ahuyentar a las coquetas y los jalaba al frente para recordarles que no tenían mucho tiempo. El parque cerraba temprano.

-Oye Tennant, ¿estás bien? - Recordó Ricardo preguntar mientras reconocía la entrada y la taquilla a unos metros de distancia.
-Sí, mucho mejor.
-Hoy te ves un poco decaído.
-No he dormido.
-Creo que nadie.
-Gracias.
-De nada, Tennant.

El joven Lutz estaba tenso y por un momento deseó que su olfato lo engañara. Se estaba llenando de pánico porque no lograba distinguir de donde provenía lo que lo inquietaba.

-¡Carlota y Marat, terminen ya! - ordenó Ricardo y ambos apresuraron sus garabatos para juntarse con los demás en la entrada del jardín y recibir sus boletos. A esas alturas era muy normal que ambos estuvieran riendo sin razón alguna y caminaban uno junto al otro sin adelantarse o atrasarse entre sí.

-Carlota, tú vienes conmigo - ordenó Ricardo y la tomó de la mano, entrando al jardín.

-¡Vamos a ver cactus Marat! - dijo ella con cierta emoción y su hermano Adrien se pegó a él y a Yuko para que nadie se atreviera a apartarlos. Andreas y Miguel no tenían interés y mejor charlaban con Tennant sobre chicas.

-Señor Safin, quiero agradecerle las atenciones que tuvo con nosotros - señalaba Ricardo - Queremos despedirnos de usted.
-No fue nada.
-Respondió por nosotros en la Comisaría, le debemos ese favor.
-Créame, está bien, lo hice porque ¿usted cree que lo sé? No lo sé, sólo pasó y la verdad yo agradezco que me acompañaran a la recaudación. Estamos a mano.

Carlota apretó más a su padre y comenzó a contemplar algunas flores cuyas placas decían que provenían de África. Ella las conocía bien, algunas florecían en Tell no Tales en verano y en su enredadera crecían orquídeas rojas de vez en cuando.

-Me siento en casa - confesó ella y pronto descubrió una rana en una fuente.

-¡Ay por Dios quiten esa porquería! - gritó, causándole risa a su familia.
-Es un lindo animal - contestó Marat sosteniéndolo con sus manos y aproximándoselo a la cara.
-¡Déjalo en donde lo encontraste!
-Tú lo hallaste, hasta se parece a ti.
-Claro que no ¡quítalo!
-Es inofensivo.
-Esa cosa es del diablo.
-Ja ja ja, ¿qué tiene que ver?
-Ahora imagina como se pone cuando ve un sapo - comentó Andreas socarrón y Marat soltó a la rana en la fuente, procurando que Carlota no la viera más.

-¿Por qué te dan miedo? - quiso saber.
-No lo sé, me causan pesadillas.
-No te creo.
-En serio, ni siquiera las tolero en peluches.

Ricardo abrazó a su hija y le susurró que estaban por entrar a la sección de "Cactáceas de África Austral", pidiéndole que se calmara en añadidura y respirara hondo. A partir de ese momento, el jardín se convertía en un relajante paseo en un estrecho puente de madera que conectaba con pequeños andadores y pabellones con cactáceas de todos tamaños, más las que se hallaban alrededor de ese mismo puente. Los Liukin, sin embargo, aun no podían ver nada hasta llegar justamente al siguiente módulo.

-¿Todo está bien con ustedes, Andreas? - consultó Ricardo.
-Tennant se está retrasando.
-Deténganse todos ¿ahora qué?

Era cierto que Tennant caminaba despacio pero aun no manifestaba su resistencia a adentrarse más.

-Tomé agua, perdón - se excusó.
-¿Te sientes enfermo?
-Descuide, señor Liukin, sólo tengo sueño.
-Controla esos bostezos.
-Sí, perdón - concluyó Tennant, retomando el camino e ignorando el susurro de Miguel de que podía ayudarlo. Entre más se aproximaban al primer módulo del jardín, el olor más alertaba al joven Lutz y sudaba frío mientras la mirada se le extraviaba. Quería correr pero el cuerpo sólo le respondía para ir hacia adelante.

-Tennant - se oyó en un murmuro y éste se apresuró en alcanzar en Miguel hasta el primer pabellón.

-¿Cuándo veré un cactus? - consultaba Adrien antes de callar y percatarse de una sombra detrás de Tennant que parecía a punto de tomarlo por la cintura.

-Papá, tenemos un problema - dijo.
-¿Otro?
-Atrás de ti.

Los Liukin voltearon y contemplaron a un chico abrazar a Tennant para después colocársele enfrente y besarle los labios.

-No se preocupen, los Liukin somos gay friendly - dijo Andreas incómodo cuando el desconocido le guiñó un ojo.
-Tennant, ven aquí - ordenó Ricardo y el chico se le aproximó con la cabeza baja y el rostro alterado.

-¿Quién es? - preguntó Miguel adoptando una posición protectora.
-Veo que no me conocen, juraría que Tennant olvidó mencionarme.

Marat entonces contempló al joven Lutz, advirtiendo que éste intentaba no perder el carácter.

-Soy Stendhal, vine a ver a Tennant.
-Entendemos pero estamos en un paseo familiar.
-Lo siento, señor Liukin.
-Si gusta hablar con él, será más tarde.
-Seré paciente.... ¡Te amo Tennant!

Todos abrieron la boca con sorpresa.

-Qué directo - reaccionó Marat.
-¿No cree que es inoportuno, Stendhal? - continuó el señor Liukin - Podría esperar a que salgamos y luego aclarar lo que guste.
-Tennant es quien debe decidirlo ¿no cree?

Pero el joven Lutz giró sobre sí, intentando recordar lo que había pasado en París.

-Vete Stendhal - musitó y el otro sonrió incrédulo.

-Que te vayas.
-No es en serio.
-Sal de aquí.
-No.
-Si me amas, vete.

Tennant nunca había sonado tan suplicante.

-Yo te necesito.
-No te me acerques Stendhal y no hagas una escena.
-Tú no quieres que me dé la vuelta.
-Es lo mínimo que podrías hacer, estás molestando a las damas.
-¿Esa idiota de China y Carlotita tonta?
-¡Basta, lárguese! - gritó Ricardo.
-¿Qué pasa, Tennant? ¿No puedes defenderte solo? ¿Eres ese cachorrito con el que pasé la noche?
-Suficiente, llamaré a seguridad.
-¡No se meta, Liukin!
-¡Me meto desde que ofende a mi hija!
-Siempre me he preguntado por qué Carlotita tontita es el centro de atención y ahora lo entiendo.
-¡Cállese ya!
-¿Ella les duele, verdad?
-No voy a contenerme.
-¿Qué te hace especial, Carlota? Me tienes celoso por Tennant.
-¡Carlota, adelántate! - gritó Ricardo y la chica sostuvo a Adrien mientras Yuko los cubría.

-¡Fuera de aquí o no respondemos! - amenazó Ricardo.
-Los hombres Liukin se toman en serio su papel. Oye Tennant ¿te adoptaron o qué?
-Puedes meterte conmigo, con Carlota ni con el pensamiento - le respondió el aludido.
-Eso quería escuchar.

Stendhal se descompuso en aquél instante y llenándose de ira, golpeó a Tennant en el pómulo derecho, llevándolo al piso.

-¡La odio, la odio, la odio! - exclamó el enloquecido Stendhal y con tal de llegar donde Carlota, se abalanzó sobre Andreas y Miguel. Por defenderlos, Ricardo se lanzó a atacarlo frontalmente pero fue derribado y Stendhal esquivó a Marat, entrando al pabellón.

Carlota y Adrien corrían sin detenerse mientras Yuko le pedía a los encargados de seguridad que fueran a la entrada a controlar a un desquiciado. Los gritos de los Liukin se percibían por todos lados, Stendhal dio alcance a la mujer y la aventó a un cactus nutrido de espinas. El obstáculo que restaba era Adrien y este determinó enfrentar al otro para ganar tiempo.

-¡Corre Carlota! - gritó y justo Stendhal estaba por pasarlo cuando se le ocurrió aventarle un pescado de plástico como proyectil directo a los ojos. El otro respondió sacándolo del pabellón y arrojándolo por el puente aunque el niño se sostuvo y como pudo se puso a salvo.

-¡Carlota! - vociferó Stendhal y la joven no miró atrás. A ella le parecía absurdo que el desconocido deseara herirla y no se quiso imaginar que había hecho Tennant para enfadarlo así. Al llegar a otro pabellón lleno de turistas, él le sujetó de la blusa, rompiéndola.

-¡Suéltame!
-¡Te odio!
-¡Me estás lastimando!

Stendhal estaba por atizarle un derechazo a Carlota cuando un golpe seco de ella le fracturó la nariz. Lleno de rabia, él le devolvió el empellón y pretendió apuñalarla. Stendhal consideraba una afrenta que alguien le tocara y si podía darle una lección a Tennant y a los Liukin era momento de hacerlo.

-Te odio, Carlota.

La joven Liukin temblaba de miedo y se defendía con sus delgadas manos, sobrepasada por la rapidez de Stendhal que, al decidir en que lugar clavaría su navaja fue sorprendido por un poderoso puñetazo con el que le sangró la boca.

-¡Marat! - gritó Carlota al incorporarse y ver a aquél golpeando sin tregua a Stendhal, hasta dejarlo casi inconsciente.

-Carlota, toma mi suéter.

La chica cobró sentido de que estaba expuesta y se cubrió enseguida. Llena de vergüenza, se echó a correr cuando Marat se distrajo.

-¡Adrien!
-Anda, que Marat sabe pelear.
-¿Todos están bien?
-Ya vienen así que creo que sí.
-Su amiga viene adolorida.
-Le ayudaré con las espinas.
-¿Qué vamos a hacer con este idiota?
-Que lo decida Tennant.

Ricardo, Miguel y Andreas miraron impresionados la escena y Tennant se llevó las manos a la cabeza.

-¡Nadie lo puede tocar!
-¿Qué?
-¡Stendhal no es normal!
-¿Qué dices?
-Marat, este imbécil pertenece al Gobierno Mundial.
-No trae insignias.
-¡Si se entera de que eres ruso te va a usar de advertencia!
-¿Qué tan importante es este tipo?

Tennant susurró al oído de Marat y este comenzó a dar pasos hacia afuera.

-¿Dónde fue Carlota? - notó Yuko
-¡Carlota, Carlota! - llamaron todos y abandonaron el jardín velozmente, seguros de que ella había decidido perderse, tal y como hacía en Tell no Tales.

Marat Safin sin embargo, decidió no ir al mirador del barrio de Saint Michel ni a Roquebrune, en donde los demás suponían que la jovencita se hallaba. Subiendo hasta el borde de un acantilado, imaginó que Carlota estaba en una diminuta pradera de Moneghetti por la que rara vez pasaba alguien, el pasto y la tierra eran resbalosos y la inclinación era de tomar en cuenta.

El viento comenzó a soplar en Mónaco con un poco de violencia y Marat caminó despacio en cuanto vio a Carlota llorando entre las flores y un árbol. El suéter le quedaba tan grande que parecía un vestido.

-Carlota....
-¡Marat! ¿te lastimó? ¿Cómo te sientes?
-Pregúntale al otro, yo gané.
-Gracias.

Carlota se echó en brazos de Marat.

-Tu padre está preocupado.
-¿No le hicieron daño?
-Nada.
-Temí que ....
-Ya pasó.
-¡Me sangró la nariz, me duele mucho!
-Estarás bien ¿todavía respiras?
-Sí.
-Al menos no te la destrozó.
-¡Tennant no me gusta ni nada!
-No fue por él.
-¿Fue por mí?
-Quiso molestarlos contigo, creyó que tú les dolerías más.
-¿Por qué?
-Porque ese tal Stendhal es un prepotente, nadie le ponía un alto.
-No le hicimos nada.
-Él no necesitaba motivos.
-¡Gracias Marat!

Carlota besó a Marat en la mejilla y no lo soltó en mucho tiempo, como si envolverse en sus brazos le hiciera sentir segura. Él no se sentía capaz de despedirla y le permitió tranquilizarse mientras una esencia de violetas comenzaba a hipnotizarlo.

-Tu perfume es ...
-No uso, Marat.
-Hueles a flores.
-Ha de ser mi shampoo.
-Ja, ja, tu cabello huele a cereza.
-Esto es curioso.

Ambos se soltaron y se levantaron pero el viento sopló más fuerte y desde el norte, sin advertencia, una lluvia de hojas y flores rosas comenzó en Mónaco, cubriendo la padrera en primer lugar.

-Marat ¡se parecen a las flores de los cerezos!
-¿Cerezos?
-¡Le dije a Yuko que no sólo se dan en Japón! Toma una, son hermosas.
-Mejor observa el cielo.

Un color rosa, algo intenso, comenzó a verse en todo Mónaco y la lluvia de flores cubrió las calles y el mar, impresionando a propios y extraños que tomaban fotos por lo inusual del suceso.

-Qué hermoso.
-No veo mis pies.
-Tampoco los míos.
-Carlota ¿quieres un ramo?
-Juntemos flores.

Carlota y Marat levantaban ramitos cuando la fragancia de violetas envolvió a los dos y los acercó cara a cara.

La sensación de embriaguez que siempre acompañó a las mujeres Liukin en momentos similares, traicionó a Carlota. Y es que se trataba de una embriaguez que despojaba a su dueña de la voluntad y la convertía en presa fácil de una sensibilidad extrema en la piel.

Carlota perdió la noción del tiempo, de sus pensamientos y de sus nervios, sólo reconocía a Marat frente a sí y a las flores que no paraban de tocarlos al caer.

El viento se percibió por última vez y ella cerró los ojos. Marat, hipnotizado, se le aproximó un poco más. Les bastó un roce de manos.

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