sábado, 7 de enero de 2017

Las noches de Mónaco: Vamos a conocernos.


¡Feliz Navidad Ortodoxa!

El amanecer iniciaba en Mónaco y Marat Safin caminaba por la playa sin más pretensiones que la de pensar. Iba solo, callado, tan absorto en sí que no atendía los primeros rayos de sol al detenerse para mojar su pies. Bérenice acaparaba su mente e imaginaba recorriendo con los dedos su espalda y sus labios. Contrario a lo que se podía suponer, aquella no era una fantasía nostálgica ni lujuriosa; era una llamada de atención personal de que más valía tener claro que ella lo había abandonado y de una manera un tanto humillante si era honesto. No es pertinente contar la historia, Marat mismo omitía los detalles y hacerse mala sangre con Matt Rostov era lo más estúpido que había hecho. En el espejo los sentimientos suelen durar bastante más tiempo; el amor se agota tan despacio que Marat se había librado sin darse cuenta y justo se hallaba allí para aceptarlo en calma.

Él pasó parte de la madrugada en casa de Anna, terminando con ella definitivamente. Recordaba que después había ido a su apartamento por una ducha y Adrien Liukin le había llamado para invitarlo a pasear en Monaco-Ville y pasar al Jardín Exótico, aceptando en el acto. Eso último le confortaba porque no tenía que lidiar con los Safin, mismos que desde las cuatro lo molestaban queriendo saber que le pasaba por la cabeza. Y de vuelta al asunto de Anna, lo cierto era que Carlota Liukin le había infundido el valor; durante la cena había tenido el detalle de aconsejarle no dar ilusiones. Claro, era una recomendación inocente, ella había tenido una buena intención; él quería agradecerle de todas formas.

Al dar las nueve, Marat se colocó sus sandalias y caminó hasta el hotel Métropole, enterándose por un reflejo que Mikhail Safin lo seguía. Optando por ignorarlo, saludó como si nada a Tennant Lutz y Andreas Liukin.

-¿Han visto a Carlota?
-¿A ti te gusta mi hermana? - se burló Andreas.
-Otro más ¡que no!
-Adrien lo anda diciendo.
-¿Por qué le haces caso?
-Porque es un niño raro.
-Toda tu familia es rara.
-Lo que pasa es que nadie nos veía pelear.
-Adrien me dijo que irán por licor de granada.
-Ese enano es un chismoso.
-Sé dónde conseguirlo.
-¿En serio? - preguntó un irónico Tennant Lutz.
-En la parte vieja de la ciudad hay una o dos calles peatonales en las que vive gente común y corriente.
-Qué novedoso.
-Tennant, hay una puerta verde de madera en la que hay que preguntar, pasaremos por allí.

Marat percibía la hostilidad de Tennant pero no le prestaba atención y mejor se dedicaba a bromear con Andreas sobre el casino, contándose mutuamente las farras. En ese punto, el mismo Tenant se preguntaba por qué sentía envidia y Marat parecía el blanco perfecto de un puñetazo, no obstante, cada que le daban ganas de concretarlo, se acordaba de que aquél había pagado su multa y Carlota intentaba retribuirlo como podía.

-Te debo una, Marat - pronunció Tennant resignado y se cruzó de brazos hasta que Ricardo Liukin apareció con Yuko y Adrien, que se rehusaba a dejarla ir y se aferraba a su cintura.

-Se nota que el enano es hombre - comentó Andreas y Marat y Tennant rieron con él.

-Carlota viene en un momento, está haciendo un drama porque se le cayó un broche del pelo - dijo el niño, que enseguida se echó en brazos de Marat.

-Eres el primer novio de Carlota que me parece un buen tipo ¿cuando le vas a regalar a flores?
-Tu hermanita es muy pequeña.
-¡Pero te gusta!
-¡No!
-¿A Carlota le gustarás igual? Si le compras violetas, será tuya hermano.
-No, no, a Carlota la respeto mucho.
-No te quejes si Tennant te la gana.

Marat y Tennant se miraron en suspenso, incómodos por la impertinencia de Adrien, a quien Ricardo, discreto, comenzó a reprender. En realidad, Carlota se había retrasado un poco a causa de un mensaje que había recibido desde París pero después de un breve instante, se le vio salir hacia la escalinata con el semblante serio.

-¿Todo bien, Carlota?
-Era la mamá de Joubert, llamó para avisar que todo está igual.
-Lo siento pero ¿cómo supo que nos hospedamos aquí?
-Supongo que por la prensa de ayer.
-Puede ser.

Marat y Tennant continuaban mudos, al grado de que, al mirar a Carlota, ambos abrieron ligeramente la boca. No era por su cabello recogido con dos rizos sueltos para enmarcar su rostro, no era su atuendo de shorts y una playera de manga larga amarilla y claro, tampoco eran sus tenis de bota ni su bolso clutch.

-Más tarde te dejaré llamar a París.
-Gracias, papá.
-Bueno, saluda al sañor Safin que amablemente fue invitado por tu hermano Adrien a nuestra excursión.
-¡Marat!

Carlota estrechó a Marat por saludo y Adrien los apretó a los dos.

-¡Abracémonos los tres! Amo a mi cuñado nuevo.

Carlota soltó a Marat inmediatamente y miró a su hermano como si no le hiciera gracia, apretándolo en venganza cuando aquél retornó a su fingido autismo.

-Dejense de tonterías y compórtense - señaló Ricardo y Carlota se percató de que se hallaba junto a Marat todavía.

-Quiero que por una vez tomemos un pacífico paseo sin gritos, tirones de cabello, golpes a discreción o recriminaciones, no tienen cinco años - exhortó Ricardo, pero conociendo a sus hijos, advirtió:

-A la primera falta de respeto se quedan sin dinero por tres meses más, nada de chocolates ni clases de snowboard y confisco patines ¿quedó claro?

Los tres chicos Liukin asentaron enseguida y Tennant fue el designado para vigilar a Andreas. En ese momento, Adrien volvió a sujetar a Yuko y comenzó a ir con ella, obligando a los demás a caminar.

En Mónaco la gente no acostumbraba ir a pie y quizás esa diferencia volvía únicos a los Liukin ante los ojos de Marat, sobretodo cuando Ricardo decía que en Tell no Tales la gente vivía para recorrerlo todo con un par de zapatos.

-Es un país más grande, nosotros deberíamos ser los esclavos del semáforo.
-Conocí muy poco, así que no lo sé.
-Señor Safin, usted ya sabe como es Tell no Tales, sólo que no lo ha notado.

Marat se sorprendió un poco por la respuesta y continuó dando pasos hasta el cercano barrio de Monaco-Ville, la parte más vieja del principado y quizás la más bonita, la más clasemediera a momentos. A los Liukin les habían recomendado ir a la Rue Basse y como su tiempo era escaso, únicamente preguntaron a Marat cómo llegar. La Rue Basse era estrecha y por la hora, poco transitada. Era un sitio más de almuerzo que de desayuno pero no pintaba mal y justo al pasar por la pizzería "La tavernetta", encontraron que había una pequeña casa junto, en dónde vivían unos musulmanes ilegales que vendían el dichoso licor de granada sobre una gastada mesa de madera. La mujer que atendía reconoció a Marat y claro, la puerta verde estaba abierta.

-15€ para ti - le anunció y los Liukin lo miraron interrogantes.
-Es para un amigo... ¿Tennant, no estabas interesado?

Tennant se reía burlonamente y se aproximó a la vendedora para pedirle que le permitiera "sentir" el espíritu del licor.

-¡Prueben todos! - declaró la muchacha, extendiendo pequeños vasitos a los Liukin.

-Huele bien, es fuerte, me impresiona el destilado del alcohol, buen balance con el azúcar de caña, la cáscara de naranja y la canela, ¿tiene cardamomo?
-¡Ya entendimos cerebrito! ¿te gustó o no? - gritó Adrien.
-Es noqueador.

Ante tal definición, los Liukin se miraron mutuamente y con excepción lógica de Adrien, lo probaron de golpe.

-¡Quema, quema! - gritó Carlota.
-Tienen prohibido beberlo - declaró Ricardo cuando Tennant extendió un billete y le cubrieron la botella con una bolsa oscura.

-Es una sorpresa verte, Marat - continuó la vendedora.
-Vine con unos amigos a desayunar.
-¿Desayunar? Ese no es problema, mi hermano Yousef trabaja en "Le petit bar".
-Preguntaré por él.

Marat se despidió de la chica y los Liukin lo imitaron, seguros de que se habían enterado de algo que no querían pero no iban a profundizar. Por supuesto, el joven Safin conocía "Le petit bar" y advirtió que la carta era pequeña, además de la dificultad de hallar una mesa. A los Liukin les daba igual, mejor le contaban a Marat las proezas de comer en Tell no Tales.

-¿Todos van a los restaurantes?
-Tres veces al día - aseveró Carlota.
-¿Ustedes también?
-Nos veían raro por tener cocina en casa.
-Es muy extraño.
-Yo iba al local de una amiga por la noche.
-Las filas de restaurante están en nuestro ADN - bromeó Ricardo y recorrieron la calle brevemente hasta dar con un edificio pequeño de cantera, con mesitas en el exterior y un enorme toldo que daba la impresión de cubrirlo todo. El sitio estaba lleno como siempre, la calle no.

-Bonjour, lamentamos hacerlos esperar, bienvenidos a "Le petit bar".
-¿Podría atendernos Yousef? - dijo Marat.
Ma per questo! Un minuto, per favore.

El hostess se retiró un momento.

-¿Qué dijo? - preguntó Carlota.
-Que "por supuesto" y que le demos un minuto"; en Mónaco mezclan italiano con francés.
-¿Sabes italiano?
-Nada pero de tanto vivir aquí aprendí algunas expresiones.
-También sabes español.
-Sí, viví en Valencia ocho años ¿cómo lo sabes? ¿Me escuchaste?

Carlota bajó la voz y comenzó a charlar en perfecto español ibérico:

-Leíste el letrero de un bar que abre en la noche.
-¿Me entiendes entonces?
-Demasiado, no lo digáis, nadie sabe.

Carlota y Marat rieron apenas, siendo interrumpidos por el hostess, que les asignaba una mesa junto a una ventana y se apresuraba en dejarles la carta.

-¿Alguna recomendación, Marat? - consultó Ricardo.
-La entrada de tapas es muy buena y el risotto de remolacha.
-Pediremos eso.
-Sugeriría la carne tártara con un tinto Chateau Montus Cuvée '96 de Madiran - intervino Tennant, sorprendiendo a Marat.
-Nunca he comido carne tártara aquí ¿Cómo sabes que es buena?
-Tengo un olfato original.
-Y eliges el vino porque eres un experto ¿verdad?
-No, ese también me lo indica la nariz.

Marat miró a Tennant fascinado por sus respuestas y mucho más cuando éste último ayudó a Adrien a elegir una hamburguesa para acompañar con agua de rosas. Cuando el mesero tomó la orden, el mismo joven Lutz le indicó como servir cada plato y bebida de forma tan educada que daban ganas de aprender modales.

-Gracias Tennant - dijo Carlota y aguardó con paciencia la llegada de los platillos, platicando con su familia de un disco de jazz que acababa de escuchar. Los Liukin jamás hablaban de sí mismos en la mesa y no tardaron en preguntarle a Marat sobre alguna exposición o curiosidad que hubiese visto, resaltando una vieja anécdota de una serpiente entre sus cosas durante un torneo en Australia.

-¡Qué horror! - exclamó Carlota.
-¿Por qué?
-¿Era venenosa?
-Sí, tuve que llamar al Centro de Control de Animales y me pusieron antídoto, la pasé mal.
-¿Estabas jugando?
-En una práctica del Torneo de Melbourne.
-¿Tienes la cicatriz?
-En el hombro, mira.
-No es necesario, señor Safin - pronunció Ricardo - Le creemos.
-¿Y ese tatuaje? - siguió Tennant.
-El símbolo chino del mono.
-Ese no, el que tienes en el otro brazo, abajo de un ojo.
-Es nada.

Marat no ocultó su desconcierto y se colocó su suéter verde de nuevo, reprochándose por querer mostrar la cicatriz descuidando un detalle inapropiado.

-Disculpe, señor Safin, no queríamos inportunarlo - se excusó Ricardo.
-Nada de eso, es mi camiseta, es muy traicionera.
-Suele ocurrir, ojalá no lo evidencie otra vez.
-No volveré a preguntar, perdón - señaló Tennant y Marat aceptó su palabra rápidamente.

Al percatarse de que su reflejo se distinguía bien en la ventana, Marat se juró ocultar el tatuaje a quienes se interesaran en él. No era un secreto que lo tenía, al menos que él decidiera relatar su significado.

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