lunes, 20 de febrero de 2017

The sound of silence


Venecia, Italia, 1:23 pm, día anterior del arribo de los Liukin.

En una callecita del barrio de San Polo, en el número 73, correspondiente a una casa pequeña con jardín en la terraza, vivía Novak Maizuradze, hijo de Elijah Maizuradze, hermano de Viktorette Maizuradze y sobrino del teniente Ilya Maizuradze. Los vecinos le conocían por ser amable y le invitaban a animar las fiestas por su habilidad cómica, razón que mantenía ocupados sus fines de semana con frecuencia. A diferencia de su hermana, Novak tenía ojos aceitunados, de tamaño ordinario y de tanto vivir fuera del espejo, parecía un humano igual de normal, que asistía a una escuela de tenis, no destacaba mucho en la multitud y hablaba ruso con fluidez porque alguna extravagancia caracteriza a cualquier mortal, sin descontar la muy habitual ausencia materna, suplida por una hermana omisa que, esa soleada tarde, le hizo llegar correspondencia.

Novak la recibió de propia mano mientras barría la entrada y hasta tiempo le había dado de ofrecer un vaso con agua al cartero, mismo que se quejaba del calor y añoraba el invierno que a veces congelaba lo que se dejaba. El chico le comentaba que de no ser por el cielo despejado, los turistas nunca visitarían Venecia y que después del invierno llegaban las lluvias y peor, el carnaval que volvía intransitables las rutas del Gran Canale, que todos usaban.

-Puede que tengas razón - le replicó el cartero devolviéndole el vaso y Novak se introdujo en la casita, interesado ya en leer la misiva.

Viktorette Maizuradze tenía la molesta costumbre de usar sobres amarillos para todo y mandar una hoja aun más amarilla con el mensaje. Aquello lastimaba la vista si no se era un rápido lector, pero Novak estaba acostumbrado. Desdobló la página y de inmediato se conmocionó, echándose a gritar en el piso.

Día siguiente, 11:00 am, barrio de San Polo.

Novak regresaba vestido de negro y con enorme llanto mientras su hermana Viktorette le abrazaba con silenciosa tristeza. A esas alturas, los vecinos se habían enterado ya del funeral de Elijah Maizuradze y daban sus condolencias mientras depositaban flores en la puerta. Atrás de ellos, venía Ilya Maizuradze que, al enterarse de lo acontecido había decidido ir a Venecia unas horas. Al igual que a sus sobrinos se le notaba afligido y pronto los hizo entrar a la casa, yendo los tres al jardín.

-El Gobierno Mundial me notificará cuando a la Marina se le pegue la gana - inició el teniente Maizuradze.
-Al menos le hicieron honores - replicó Viktorette.
-¿Alguien sabe porque su mujer no vino?
-La desinvité.
-Está bien Viktorette, sólo preguntaba.

El teniente Maizuradze se asomó por la terraza y logró ver a los vecinos murmurar, sin molestarle del todo.

-Sólo a Novak le caía bien esa mujer - había continuado Viktorette y su desdén era tal que su hermano le replicó en voz baja que olvidara el asunto.

-¡Dormías con ella! - dijo la chica bruscamente y el teniente Maizuradze miró a ambos con asombro, más a Novak que siempre había sido muy tranquilo.

-Paren ya, que si van a hablar mal de alguien háganlo en su cara.
-No tengo problemas, si vuelvo a ver a Bérenice Mukhin le diré que es una zorra.
-¡Basta Viktorette! Ten respeto por tu hermano al menos.
-Ay Dios, sólo te falta felicitarlo como papá.

El teniente Maizuradze no pudo contener la risa.

-¿En serio lo hizo?
-Dijo que prefería verla con Novak antes que con Matt Rostov.
-¿Quién era ése?
-Su doctor.
-¿Fue al que le destrozó la cara?
-No, ese fue un tal Marat que después quedó un poquito más guapo.
-¿Te gustaba ese hombre, Viktorette?
-Ahora está prendado de la "princesita Liukin", me da asco.

El teniente Maizuradze recordó la portada de una revista que había visto en la mañana con Carlota Liukin bailando con Marat Safin en una beneficencia y se preguntó por qué esa niña atraía a un montón de gente que resultaba ligada entre sí por cualquier evento del pasado.

-¿Ya te sientes mejor, Viktorette?
-Supongo que sí.
-Discúlpate con Novak.
-Perdón.
-Así está mejor.
-Tío ¿crees que tu esposa pueda ayudarme con unos papeles? No entiendo nada de números.
-Por supuesto, le mandaremos copias.
-Disculpa por hacerte venir.
-Era mi deber, gracias por avisar.

El teniente Maizuradze casi derramaba una lágrima cuando Novak se quebró por completo, necesitando aferrarse a alguien para sobrevivir a esa crisis. Sólo una vez le había pasado lo mismo y Viktorette fue su tabla de salvación. Aconteció el día que Bérenice lo abandonó.

-Llevemos a tu hermano a descansar - Ordenó Ilya y Viktorette obedeció enseguida, ayudando a depositar a Novak en cama, aguardando lo suficiente para que durmiera. El balcón tenía vista al Gran Canale.

-¿Por qué odias a la mujer de mi hermano? - preguntó el teniente Maizuradze en voz baja.
-Porque se acostó con Matt Rostov.
-¿Ese Rostov te importaba?
-Mi padre se puso en sus manos.
-¿Confiabas en él?
-Con todo mi corazón.
-La traición es muy dura.
-Bérenice defraudaba a papá todo el tiempo; si no dormía con Matt, se iba con Marat.
-¿Y Novak?
-Mi padre invitó a Novak a pasar un verano y enseguida se enganchó con ella, luego mi padre los encontró en la cama y nada, felicitó a mi hermano por "satisfacer a su mujer". Casi me vomito.

Ilya Maizuradze entonces procedió a acordarse de Bérenice, de su sonrisa, su figura y sus atrevimientos. Aun le parecía sonrojar de evocarla levantar su vestido y mostrar su ropa interior al pedir un autógrafo a Sergei Trankov.

-¿Berenice te gusta, tío?
-Es muy hermosa.
-¿Habrías dormido con ella?
-No lo sé, tal vez....

La respuesta sonaba ambigua.

-Supe que Bérenice espera un bebé de Luiz Marinho.
-¿Lo conoces?

Viktorette volvió a llorar y su tío se limitó a abrazarla, comprendiendo que la historia con ella era siempre la misma. Al rato le gustaría otro chico y una joven más lista se le adelantaría, dejándola frustrada y a la espera del siguiente.

-Luego veo a Marat con Carlota Liukin y me da envidia.
-¿No hablabas de Luiz?
-Entre Bérenice y Carlota se las arreglan para arruinarme la vida.
-Viktorette deberías conocer más gente.
-¿Para qué?
-A lo mejor hay alguien que no le interesa a ninguna.

Viktorette miró a su tío con irritación y abandonó el lugar azotando las puertas. Ya regresaría más tarde a cocinar la cena o aventar comida comprada en la mesa.

Sin darle importancia a su impertinencia, el teniente Maizuradze permaneció en el cuarto de Novak, precisamente en el balcón, leyendo los documentos que ninguno de sus sobrinos comprendía. Bérenice Mukhin había heredado el dinero, Viktorette las joyas y Novak la casa.

Justo pensando en Novak se le había escurrido la tarde entera. Por alguna razón, Elijah Maizuradze había volcado sus mejores sentimientos a ese chico y todos intentaban descifrar por qué.

-¿Despertaste? - preguntó el teniente Maizuradze al anochecer.
-Soñé con lo de siempre.
-Hice una pregunta tonta.
-Me siento enfermo.
-¿Lo de siempre es Bérenice?
-A Bérenice la quiero.
-¿Tu padre no te quiso matar?
-Esa historia de la cama que le contó a Viktorette es falsa.
-¿Por qué lo hizo?
-Para molestarla, además de que mi padre sabía que su mujer me gustaba mucho y me dejó tener una relación con ella.
-¿Cómo novios?
-Como su mascota.
-¿Te enamoraste de ella?
-Me dolió mucho cuando terminó con papá porque la dejé de ver.
-¿Con ella sueñas?
-No, nunca.
-¿Qué te pasa por la mente entonces?
-Una niña con un abrigo rojo pero nunca la alcanzo.
-¿Qué?
-Siempre que la sueño, me enfermo.

Novak tenía fiebre y comenzó a quejarse de un dolor de huesos mientras su tío comenzó a angustiarse ¿La niña del abrigo rojo? Su hijo Anton también la había visto y entre los Maizuradze, esa era la señal que determinaba al guardián de una sangre pura.

-¿Le contaste a Elijah?
-No le interesó, así que no le dije.
-¿Qué?
-Creo que ha de ser un recuerdo, por eso no le prestó atención.
-¿También lo crees Novak?
-Sí.
-¿Cómo ves a esa niña? ¿Qué hace?
-Corre, hay cadáveres en todas partes y luego la atrapan ¿Sabes qué es lo raro? Que todos se asustan cuando me ven y ella le entrega su corazón a un hombre, me pide que lo proteja y yo sólo acepto. La niña se convierte en sangre después y se escurre por la alcantarilla.
-¿A un hombre?
-Él lo tiene, sólo alcanzo a ver un dije de plata en su cuello.
-¿Cómo es el dije?
-Es una mujer con flores sobre un bote.
-Qué detallado.
-A veces creo que Belgrado me persigue.
-No pienses en eso.
-No le he dado las gracias a Cumber.
-No le hacen falta.
-Me salvó.
-Novak, no le cuentes a nadie de tu sueño.
-¿Por qué?
-Aun no tienes madurez para entenderlo pero si un día ves el dije, avísame.
-¿Qué?
-Novak, hay cosas que la familia ha sabido siempre. Descansa.

El teniente Maizuradze colocó una compresa fría en la frente de su sobrino y salió a la calle a respirar, confundido. Tenía que decidir entre Anton y Novak una cuestión que ninguno de los dos comprendería y temía escoger al equivocado.

Mientras cavilaba al respecto, no se imaginaba que en casa, Novak abandonaba el colchón y dejaba que el viento frío le diese en el pecho. Le gustaba aquella sensación mientras intentaba descifrar el sueño y pensaba que en Venecia los abrigos rojos se ponían de moda al inicio del otoño, en navidad y en carnaval, Viktorette tenía el suyo y Bérenice también. Todavía pensaba que soñar con aquello era normal cuando recordó otro detalle: Hacía poco había hallado una mujer hecha de cristales de hielo que se desvanecía a placer e imprevistamente le había besado la frente; después se le había aparecido la niña del abrigo rojo y la persiguió por Venecia hasta un canal que se teñía de rojo por la sangre de incontables cadáveres llenos de ceniza. La pequeña no escapaba de él pero le pedía cuidar a un hombre.

Novak no quería saber por qué no podía recordar una alucinación de tal clase con más frecuencia y prefería pensar en un trauma de guerra no resuelto que se perdía en los abismos de su inconsciente antes de brotar nuevamente para recordarle de donde provenía.

-"No le cuentes a nadie" - murmuró y se colocó un abrigo antes de salir a recorrer parte del canal, hasta el sitio en donde ahora crecía un árbol y donde tuvo la visión o alucine que de repente lo preocupaba.

-¿Volveré a verla? - preguntó a sí mismo y entendió que nadie más le tendría respuesta. Si se encontraba el dije del sueño, estaba obligado a guardar silencio, casi como condición inmutable e individual.


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