sábado, 27 de mayo de 2017

Un hombre llamado Thorm (III)

París, Francia.

Tamara Didier se hallaba tomando café plácidamente mientras leía el periódico y llovía por la calle. En otro momento, una mesa exterior le habría molestado mucho, pero ahora disfrutaba ver las gotitas que habían caído cerca y a la gente que se refugiaba en los toldos mientras pensaba que deshacerse de Stendhal Trafalgar había sido lo mejor. A ese hombre no lo soportaba ni Dios.

-¿Más café? - preguntó el mesero.
-Por favor y un poco más de sopa de tomate, me gustó mucho.
-¿Con emparedado de emmental o camembert?
-Camembert.
-Desde luego.

Tamara echó un terrón de azúcar a su taza y se quedó pensando en Ricardo Liukin, o más bien, en ese mensaje donde le anunciaba su partida a Venecia y le pedía no revelárselo a nadie. Sobre aquello no estaba tan segura y releyó el artículo de sociales sobre Carlota y Marat Safin en la caridad, con la certeza de que tarde o temprano, eso causaría enojo en la familia Bessette y desconcierto extremo en Joubert, si un día planeaba despertar.

-Su sopa.
-Gracias.
-La señorita Carlota da de qué hablar estos días.
-Yo también leo tan entuasiasmada...
-Dicen que será una princesa.
-Suerte con eso.

El mesero se retiró contento y Tamara se apresuró a terminarse la sopa, recordando que tenía que pagar su estancia en el hostal del frente y revisar los papeles que le había dado su abogado para el juicio en Italia.

Dieron las nueve de la noche cuando, ya en su habitación, miró por la ventana la solitaria acera y los clubes de los que sólo escapaba el sonido al abrir las puertas. Parecía un día más en el que miraría televisión y se quedaría dormida hasta la mañana pero pronto, la conversación de dos tipos junto a un auto acaparó su atención. Era algo cordial, el simple encuentro de dos conocidos pero ella quiso distinguirlos, identificando al tal Cumber del otro día.

-Nos vemos luego, Thorm - dijo éste al partir después de encender un cigarrillo y el otro aguardó un poco, como si aun no decidiera su rumbo.

-¿Thorm? - se preguntó Tamara a sí misma y contempló al hombre sin lograr distinguir su cara, pero con la intriga por tal nombre. Cuándo éste quiso ir a su izquierda, ella reaccionó gritando y como él fuera corriendo, Tamara salió detrás, no sin tropezar en la banqueta.

-¡Thorm, Thorm, espérame! - exclamó fuerte y él aceleró su paso, obligándola a correr más.

-¿Por qué no te detienes? ¡Te he buscado estos días! Thorm, soy yo, Tamara ¡perdona lo del mapa!

Eso último hizo que ambos se detuvieran y él se le acercó con cara de pocos amigos.

-¿Viste el mapa?
-¿Qué? No.
-Casi lo pierdo.
-Creí que lo olvidabas.
-¡Stendhal Trafalgar tuvo que dármelo!
-¿Por qué lo dejaste con mis padres?
-Ese no es el punto.
-¿Por qué?
-¿Siempre tocas cosas que no son tuyas?

Ella suspiró.

-A veces lo hago.... Pero está bien, lo recuperaste, creo.
-Tu padre lo iba a corregir.
-¿Para qué es ese mapa?
-Pensé que Stendhal te lo diría.
-Sólo que te lo pidió.
-Bueno, asunto arreglado, adiós.
-Oye, no.

Tamara había sujetado la mano de Thorm.

-¿Qué pasa?
-Thorm, perdón por aburrirte en la granja.
-Fue divertido, todavía tengo sidra.
-¿Te llevaste una caja?
-Dos.
-Sabía que te gustaría.
-Llevarías una mejor vida en el campo que aquí.
-Yo tengo otras cosas que hacer.
-Supongo que fue un gusto después de todo.
-¿Te vas a ir así?
-¿Qué dices?
-Es que yo quería...
-¿Mmm?
-Nada, puedes irte.
-De acuerdo, adiós.
-Adiós.

Tamara lo vio dar la vuelta, intentando no paralizarse. Thorm era tan diferente al chico que llegó a Hesparren que dudaba añadir algo más y hasta le parecía tosco, pero recordó entonces que había estado buscándolo y quedarse sólo con el saludo iba a ser una pérdida de tiempo. Además, si ella lo deseaba, él debía comportarse amablemente.

-¡Thorm Magnussen! - gritó severa ésta vez y se le aproximó.

-Tamara, debo irme.
-Hoy no - respondió ella y con un arrojo casi feroz, le besó largamente.

-Esto fue genial; era lo que tenía que hacer, Thorm vamos por ahí.
-Yo no...
-Aquí tú no eres el que manda.
-Me tengo que ir.
-No voy a desperdiciar esto.
-Tamara, entiendo pero...
-Cállate y sígueme.

Thorm sostuvo la mano de la mano a Tamara y caminó por París, prácticamente dándole un beso en cada esquina y riéndose por nada, mientras conversaban de cualquier cosa.

-¿Estás en pijama?
-Thorm ¿quien usa gabardina con playera?
-Llueve.
-Ya no.
-¿Qué te propones?

Ella le habló al oído y él pareció responder al reto robando un vehículo al que abandonarían más tarde en el periférico parisino.

Aun sonrientes entraron al bosque de Boulogne y fueron a lo más profundo, en la isleta de un lago cuyos árboles eran muy frondosos.

-Tenemos fuego - anunció él.
-Hay que devolver el bote.
-Ya habrá tiempo.
-Debimos hacer esto en Hesparren.
-Pero no me dijiste.
-Perdón por perseguirte.
-No es nada.

Tamara abrazó a Thorm y ambos quedaron tendidos bajo un árbol, sin decirse nada hasta que él apagó su fogata. Ella le besó la espalda y cuando Thorm quiso corresponder, Tamara se quitó la playera y comenzó a tocarlo para dominarlo.

En la mañana dejó de llover y ambos se contemplaron con la luz del sol, únicamente para confirmar que se hallaban lejos de terminar su velada. Tamara había extrañado mucho a Thorm, aunque ambos tuvieran vidas tan dispersas para tener algo más personal.

jueves, 18 de mayo de 2017

Es mediodía en Venecia


Inspirado en Rima Baransi

Venecia, Italia. Calle Priuli Ai Cavalletti, recepción del hotel Florida. 

-¿Te gustó tu habitación, Carlota? - preguntó Marat al notar que la joven estaba acalorada.
-Está muy pequeña y la cama de Adrien queda en mi nariz, Andreas está en mis pies y mi padre rentó otra igual para meter a Tennant y a Miguel.
-Te fue bien.
-Podrían pintar las paredes y dar algo para la claustrofobia.
-¿Qué querías por 50€?
-La única vista que tengo es al edificio del frente.

Carlota y Marat se rieron y ella tomó su bolso clutch en medio de un resignado suspiro.

-¿Recuperaste tu otra bolsa?
-Sigue perdida en Mónaco, no creo verla de nuevo, Marat.

Carlota miró el reloj y resolvió salir del hotel sin esperar a nadie. Afuera había un pequeño local de bebidas y con un poco de valor, se acercó porque no quería pasar más tiempo con sed.

-Un vaso con agua - pidió pero nadie pudo entenderla así que Marat decidió hacerse cargo.

-Acqua per favore.
-Acqua è migliore in canali.
-Necessitiamo qualcosa, succo di frutta?
-Abbiamo bibite di ciliege, dattero e mirtillo.
-Ciligie è l'opzione e necesso altra di mirtillo.... Hablar esto es complicado.
-2€ per favore.
-Grazie.
-Siete turisti?
-Similare.
-La signorina è bellissima.
-Grazie?
-Questi sono i bibite, ciao!
-Ciao...

Carlota, por supuesto no sabía que había sucedido y tomó de la mano de Marat un vaso con un líquido rojo oscuro.

-Me duele la cabeza de hablar italiano.
-¿Qué te dijeron, Marat? ¿Qué pasó?
-Que el agua está mejor en los canales.
-¡Yuck! De acuerdo.
-Pero conseguí jugos de cereza y arándano.
-Me tocó el de arándano.
-No pongas esa cara.
-Es que ya sé porque huele a fauna muerta.

Carlota tenía una fuerte expresión de asco y dudaba de dar un sorbo mientras caminaba en la calle más estrecha que le había tocado ver.

-También me dijeron que eres bonita.
-¿De verdad?
-Parece que tendrás éxito en este país.
-No entiendo lo que dicen y como que no está muy limpio por aquí.
-Es sal.
-Pero hay charcos en todos lados, debería ponerme tenis.
-Estás muriendo aquí, las sandalias están bien.
-Voy a repetirme que la ciudad es bonita y que no dijiste lo de morir.

Carlota caminaba con sumo cuidado, deseando llegar al Ponte degli Scalzi que estaba próximo y al parecer, lleno de turistas. El embarcadero también se hallaba repleto y se anunciaba que no había lugares en "i vaporetti" que irían a Ponte di Rialto.

-¿Qué es un vaporetti?
-Botes.
-¿En serio? ¿Cómo vamos a llegar a San Marcos o al Lido? - preguntó Carlota mientras Marat no alcanzaba a traducir media palabra más y ella se enredaba con un mapa al revés.

-Hay más vaporetti en el Ponte della Costituzione... ¿Entendí bien?
-¿Y dónde está eso?
-A la derecha y muy lejos.

Él señaló el rumbo y Carlota abrió la boca en señal de incredulidad y desaprobación.

-Creo que me levantaré temprano mañana para dar un buen paseo.
-Me iré a las once.
-Lo sé, Marat.
-Podemos ir a Cannareggio todavía.
-¿Está cerca?
-Hay que caminar un poco.
-¿Por dónde?
-Rio Terà Lista di Spagna, justo aquí atrás.
-¿Cómo entiendes el mapa?

Marat se rió justo después de contemplar a Carlota resignándose a no caminar por el puente y cruzar a una parte de la ciudad que estaba realmente ansiosa de ver. No se burlaba de ella.

-Caminemos, a lo mejor compras algo - sugirió él y la chica lo siguió mientras terminaba su bebida pensando en el consejo recibido sobre el agua y sobre el sol que brillaba más que en París y sofocaba más que en Tell no Tales. Rio Terá Lista di Spagna era una calle larguísima, peatonal, con abundantes pasticcerie, bares, tiendas de regalos y kioskos de postales. El lugar estaba tan saturado que no se podía ver nada y desalentada, Carlota caminó con la cabeza baja hasta que Marat la tocó por el hombro.

-Vayamos por aquí.
-¿Por dónde?
-Salizada di San Geremia.
-¿Seguro?
-¿Ya viste lo que hay?

Ella finalmente sonrió y con prisa, se introdujo con Marat en una calle con pequeños hoteles y que desembocaba al Ponte delle Guglie. Estaba cercana la "Fondamenta Venier" del barrio Cannareggio y algunos botes atracaban al lado de la estrecha banqueta en la cual los lugareños se saludaban unos a otros. Cerca un señalamiento decía "Canale di Canareggio" y una familia parecía despedir a un joven que iría a otro barrio a recoger un encargo.

-¡Hay una góndola, Marat! ¿Alguien estará a cargo?
-¡No suban! - gritó el chico del bote y Carlota y Marat se le acercaron por curiosidad.

-¿Siete turisti?
-¿Qué? - preguntó Marat.
-¡Turistas! Se salvaron, no querrán ir en góndolas a ninguna parte ¿son franceses? ¿Me entienden?
-Claramente.
-Por poco pagan 80€.

Carlota casi se ahogaba escuchando eso.

-Es muy caro - siguió Marat.
-El gondolero cobra aparte y si quieren canciones o un instrumento, pueden terminar con el doble ¿Por qué no toman los vaporetti?
-No hay en Santa Croce.
-Puedo llevarlos ¿Dónde quieren ir?
-San Marcos.
-San Marco! Yo debo ir por unas telas, puedo dejarlos.
-¿En serio?
-Los llevo por 7€, es lo mismo que el vaporetto.
-¿Por dónde nos iremos?
-Por el Gran Canale, luego Rio di Salvador, Rio delle Ferali y Rio delle Procuratie.
-Parece lejos.
-Estamos a veinte minutos, es buena hora ¿Vienen? Soy Geronimo.
-Eso no sonó bien.
-Ma per certo, la signorina è bellissima, qual è il suo nome?
-Carlota e io sono Marat, suo fratello.
-De acuerdo, suban.

Carlota y Marat abordaron el bote y se colocaron cómodamente en medio, mientras su guía encendía el motor y comenzaba un lindo recorrido con la Iglesia de San Geremia como inicio.

-Llegaremos pronto a la Fondamenta di Labia y al Ghetto Vecchio, sosténganse cuando les diga que entramos al Gran Canale porque los barcos agitan el agua.

Carlota comenzaba a ponerse feliz cuando Marat le comentó que el conductor la consideraba hermosa.

-Le dije que soy tu hermano.
-¿Por qué?
-Porque no conocemos nada y mejor evitamos problemas.
-De acuerdo.
-Tienes que aprender italiano rápido.
-Compré un diccionario en el tren.
-No te ha servido.
-No.
-Al menos hoy te ayudo.

Carlota abrazó a Marat de forma amistosa y se dedicó a mirar con asombro la ciudad, sobretodo cuando la lancha giró a la izquierda y el bullicio del Gran Canale la hizo abrir la boca.

-Que bueno que no estamos cerca de Guidecca porque los cruceros son peligrosos y algunos atracan casi frente a San Marco, acá lo más que hay son las lanchas que lo vuelcan a uno.
-¿Por qué compraste un bote?
-Mi familia vende telas en un taller de San Marco y acaban de terminar unas para el carnaval en febrero.
-Cuánta anticipación.
-Es una lástima que la signorina no lo vea.
-Tal vez sí, ella se quedará a vivir aquí.

Carlota tomaba fotos mientras tanto y de repente contestaba uno que otro mensaje en su celular, preguntándose como le haría para aprenderse mínimo los nombres de las atracciones más conocidas por si se le ocurría pasear de nuevo. La ciudad poco a poco la iba embelesando y el canto de los gondoleros aumentaba sus suspiros.

-Amo las cúpulas rojas - comentó cuando el encanto se rompió por un turista que se había arrojado desde un vaporetto al agua y salpicó a la chica, dejándola un poco asqueada.

-Rispetta la signorina, idiota! - gritó Marat y ahuyentó al inconciente arrojándolo de vuelta a la cubierta de su embarcación de origen.

-Carlota ¿Estás bien?
-Supongo que sí ¿Cómo hiciste eso?
-¿Qué?
-¡Regresaste a ese botarate a su bote!
-¿Botarate?
-Lo aprendí en un libro.
-Bueno, eso significa que yo no tengo una buena respuesta porque sólo vi el vaporetto y lo aventé.
-Mi vestido está húmedo.
-El agua está bien sólo en los canales - añadió el guía.
-Ya lo sabemos - contestaron los dos al unísono y prefirieron disimular su propio disgusto porque el Ponte Rialto se vislumbraba ya y su belleza dejaba muda a cualquier persona.

-He visto este puente en tantas fotografías, Marat.
-Es precioso.
-Tómense su tiempo, no llevo tanta prisa - anunció Geronimo y sus tripulantes aprovecharon para volver a relajarse y tomar imágenes del puente, los gondoleros, los edificios y ellos mismos. Por allí se alcanzaba a admirar a un conjunto musical con flauta y lauto y a una cantante que interpretaba "Nisi Dominus" de Vivaldi y cosechaba aplausos infinitos.

-En Venecia jamás escucharán mala música - siguió Geronimo y Carlota y Marat observaron impresionados como entre las multitudes de las orillas había gran cantidad de artistas revelándose con diversos espectáculos. Desde teatro hasta hip hop, malabarismo y ópera.

-No puedo creer que vine hasta aquí - comentó Carlota y nuevamente, los turistas se encargaron de arruinarlo. A algún estúpido se le ocurrió arrojarse desde el Ponte Rialto y otros más lo imitaron mientras caía basura y una que otra botella de cerveza al mismo tiempo. Carlota acabó empapada y ocultando su rostro para que el agua no llegara a su boca y Marat recogía los restos de vidrio que había junto a ellos.

-Qué asco, qué asco, qué asco - repitió la joven y pronto se enteró de que aquél era un problema recurrente en toda Venecia y los lugareños estaban hartos de llamar a la policía y salvavidas.

-Me disculpo a nombre de toda Italia - señaló Geronimo antes de ver a otros más lanzándose por diversos lugares. Era increíble que aun no muriera alguien por semejante idiotez.

-Vamos a entrar al Rio di Salvador, es mucho más pequeño - y tranquilizándose un poco, Marat prometió a Carlota pasar a algún lugar a asearse un poco. Ella sólo miró al frente, furiosa, casi sin advertir que el guía tomaba el Rio delle Feralli y había mucha menos gente.

-Casi llegamos, lo más conveniente es dejarlos en Marzaria de L'orologio y dejarlos caminar derecho, la plaza está al final de la calle.

Los pasajeros aceptaron desalentados y desembarcaron en una esquina que anticipaba una calle larga pero sin sol y Marat pagó a Geronimo, recibiendo un último consejo.

-En Italia no pidan cambio, nunca lo dan, de mal gusto es pedirlo.
-Te di 10€, qué idiota
-No te preocupes, yo te devuelvo el sobrante pero mejor paguen lo justo, es un consejo.
-Gracias.
-Casi ningún negocio en Italia acepta tarjeta, sólo hoteles y negocios grandes.
-Lo tomaremos en cuenta.
-Y reitero mis disculpas a la signorina.
-Está bien.
-Buena suerte, ciao.
-Ciao?

Carlota volvió a tener la cabeza baja y cruzada de brazos, se dirigió a la plaza. Marat no se atrevía a hablarle más que para hacerle notar que se veía la Torre dell'orologio y que antes había una pequeña tienda de ropa a la que entraron sólo para que ella eligiera un vestido suelto lila.

Pero al salir, a Carlota le cambió la cara. La Piazza di San Marco era enorme y había una fila interminable para entrar al Palazzo Ducale así como una nueva multitud tomándose fotos frente a la Basilica di San Marco pero la Torre dell'orologio estaba solitaria y corriendo, se acercó para convencerse de que no era un sueño, de que de verdad había arribado a Venecia y que superaba por mucho los primeros desaires del viaje.

"Non mangiare in piazza", "non correre in piazza" y "non alimentare piccioni" eran las reiterativas instrucciones que los oficiales de policía gritaban en cada esquina y Carlota pensó que le llamarían la atención luego de oír lo poco que Marat podía traducirle. De todas formas a la sombra podía descansarse aun estando de pie y luego de un rato, comenzó a oírse más música alrededor.

-¿Ya tomaste fotos Marat?
-De la Basílica unas pocas, está imposible.
-Quería entrar al Palazzo.
-Alcancé a ver que no hay entradas y tampoco para el Museo Correr.
-Venimos en un pésimo día.
-En San Marcos venden boletos para entrar a ver el "Tesoro di Bizancio" y la "Pala d'oro", son como 5€ y también está a reventar.
-Quiero ir.
-¿Segura?
-Corre, ja ja.

Desobedeciendo las indicaciones e intuyendo que no encontrarían lo que buscaban, Carlota y Marat vieron como un empleado de San Marcos colocaba el letrero de "Biglietti venduti".

-¡No!
-Casi pone esa cosa en tu cara, chico.
-Entiendo "biglietti" pero la otra palabra...
-"Sold out" dijo el empleado y Carlota y Marat preguntaron como pudieron si aun podía ingresarse al atrio pero era tal el aforo que la respuesta fue que se dieran la vuelta otro día. Por ello, comenzaron a carcajearse de tal forma que acabaron en el suelo con todo y lágrimas.

-¡Esto es horrible!
Welcome to Venice, Carlota!
-¡Ja ja ja! ¡Y eso que ya vivo aquí!
-¡Nos cerraron la puerta de una iglesia en la cara!
-¡Ja ja ja!
-Esto es para contarle a los nietos.
-¡Ni en la Torre Eiffel, Marat, ni ahí!
-¡Ni en el Palacio de Mónaco nos corrieron, ja ja ja!

Los dos se controlaron poco a poco, más por el dolor de estómago que por otra causa y se levantaron para ir mínimo por un bocadillo a Giardini Reale. Desafortunadamente, intentar ver el Ponte dei sospiri detrás del Palazzo Ducale era también inútil.

-Llegaron tres cruceros hace media hora, por eso no vemos nada.
-Ni modo, comeremos algo.
-Te diré por dónde ir.
-Gracias, Marat.

Carlota tomó del brazo al joven Safin y caminaron por San Marco y Riva degli Schiavoni hasta Giardini, sorprendidos de que no estuviera concurrido y la vista del Canale di San Marco y Dorsoduro fuera tan limpia.

-Ay, al fin.
-Lo que te decía, es día de cruceros.
-Debimos llegar en uno, Marat.
-Por 17.000€ seguro.
-¿Así va a ser siempre?
-Mira ese barco, si pudieran lo metían a la plaza.
-Quería entrar a todos lados.
-Todos quieren entrar a todos lados.
-Dijimos "todos" muchas veces.
-Es que "todos" es para todos.
-Bueno, ya fue mucho.
-No hay comida aquí.
-Lo noté pero vemos completo el parquecito.
-Jardín.
-Parquecito.
-Tú ganas.
-Mira, hay un canal atrás de nosotros.
-Las góndolas no son románticas.
-Tampoco los botes.
-Hay que tomar un vaporetto.
-Aun tengo calor.
-¿Competencia de helados?
-¿Todavía te acuerdas?
-Me retaste, Carlota.
-Vamos.

Carlota y Marat abandonaron el Giardini y se fueron de nuevo a la plaza, atravesándola por el corredor San Marco, sin encontrar un sitio sin saturar. A la altura del Caffè Florian, Carlota se detuvo, casi sofocada por el sol.

-Me rindo, esto es un desastre, ni aquí hay lugar.
-No te desanimes, niña.
-Debí guardar jugo.
-Al mío le cayó agua del canal.
-¿Por qué nos pasó eso?

Ella tomó asiento en un escalón y se quedó reflexiva mientras se llenaba más la plaza. En un momento dado, Marat le anunció que buscaría comida y ella ni siquiera se levantó, argumentando que prefería esperarlo. Sin embargo, se dio cuenta luego de algunos instantes que no quería dejarlo solo y le acompañó a paso lento hasta una esquina.

-Venden sándwiches aquí ¿de que te gustaría el tuyo?
-De pollo con ensalada.
-Invito.
-Gracias, Marat.

Se formaron en una fila pequeña a pleno rayo de sol y en un momento dado, ella creyó escuchar una melodía que le era muy familiar, proveniente de un violinista que estaba detrás suyo.

-Joubert compuso eso.
-¿Qué?
-Me la regaló cuando estuve en coma.
-¿En coma?
-Luego perdí el disco en Hammersmith ¡pero esa melodía es de Joubert! Le daré algo a ese músico, es precioso lo que hace.

Carlota se acercó al violinista y le dejó un billete antes de quedarse atenta escuchándolo mientras se despojaba de sus sandalias. Justo cuando más conmovida se hallaba, la joven se animó a danzar como podía, quizás sin percatarse de que el resto notaba su talento para el ballet. Marat en cambio, tomaba imágenes de ella y se alegró cuando los demás paseantes la aplaudieron fascinados.

Carlota acabó muy emocionada y enseguida, abrazó fuertemente a Marat.

lunes, 8 de mayo de 2017

El día de la boda


Tell no Tales, Exterior de la Iglesia del Sagrado Corazón en la plaza de la avenida Piaf, 9:00 am

-Te ves hermosa de rosa, Courtney.
-A ti no te gusta este color.
-Eras la dama de honor más bella.
-¿Qué voy a hacer con este vestido?
-Venderlo en Dubrova.
-Es buena idea pero ¿no traerá mala suerte? La boda de la doctora Mazza se canceló.
-Eso sólo aplica con el atuendo de la novia.
-¡Matt Rostov! ¿No sigues esa superstición?
-Alguna debía tener.
-¡De verdad lo crees!
-Es que tiene sentido.
-Me sorprendes todo el tiempo, eres un hombre raro.
-Soy humano.

Courtney miró a Matt sin decidir entre sonreír o creerlo sarcástico y lo contempló arreglándose la corbata, como si estuviera cómodo y le interesara ser un poco vanidoso. No era en balde pensarlo, esa mañana Matt Rostov había aparecido con la cabeza rapada.

-¿Supiste que el tal Juan Martín se fue a emborrachar con tu primo Moussa?
-¿Cómo sabes eso, Matt?
-Me invitaron.
-Me alegra que no fueras.
-Juan Martín estaba muy mal.
-No lo culpo, estoy tan incrédula como él.
-Espero que no nos pase lo mismo.

Courtney se sobresaltó un poco y optó por seguir a Matt hacia la calle, tomándolo del brazo mientras recibían miradas de extrañeza. El color de piel de ella era la causa.

-Matt, nos perdimos el buffet que iban a servir.
-Esa es la verdadera tragedia.
-Lo peor es que pedí el día y ahora nada tengo que hacer.
-Tenía pensado ir por ahí después de comer.
-¿A dónde?
-Un paseo en el museo.
-Qué bonita rima.
-Pero ahora podemos tomar un café.
-Y comer un pastel de té.
-Buena idea, vamos.

Courtney hizo más rápido su paso para que Matt pudiera encontrar la pastelería y de paso, esquivar otras bodas porque en las capillas de la calle Piaf había parejas esperando turno y otras que salían en medio de lluvias de arroz.

-Ja ja ja, tengo comezón con tanto que me ha caído.
-Bueno Courtney, iremos a tu casa a arreglarlo.
-No es necesario.
-Qué alivio.
-¿Perdóname?
-¿Me acompañas a la alcaldía?
-¿Qué?
-Ja ja ja, creo que me río de nervios.
-Igual yo.
-Me quedé con las flores de los pajes.
-No lo había notado, Matt
-Mira, te sienta bien el ramo.

Courtney miró a Matt dulcemente y él la tomó de la mano. La alcaldía no estaba tan lejos.

Alcaldía de Tell no Tales 10:32 am.

-Veré si hay una cancelación pero si no, tendrán que tramitar una fecha y eso va a tardar cinco días, más lo que diga el juez.
-¿Si hubiera una cancelación?
-Pagarían el trámite exprés porque el juez se retira inmediatamente si los contrayentes no llegan.
-¿No hay tolerancia?
-No.
-¿Cuánto cuesta?
-300 €.
-¿Qué?
-Es que estarían tomando un turno de último minuto.
-Revise si hay una.
-Claro.

Matt Rostov volvió a su sitio y a su alrededor las parejas no dejaban de entrar y salir de las salas que el área de Registro Civil tenía para celebrar bodas y registros de nacimiento. Cada ceremonia duraba poco menos de ocho minutos y los jueces se retiraban a las tres para descansar un poco.

-Matt ¿estás seguro? Podemos venir otro día o en un año.
-Courtney, cásate conmigo, ahora.
-¿Tienes fiebre?
-No.
-Tú y yo necesitamos tiempo.
-Dime que no quieres.
-Matt...
-Y enseguida nos vamos.
-¿Es en serio?
-Courtney, quiero casarme contigo.
-¡Se te ocurrió hace media hora!
-Y a ti también, por eso estás aquí.
-Es la adrenalina del momento con tantas bodas que hemos visto.
-¿Fiebre matrimonial?
-Sí.
-¿Mañana se nos pasa?
-Eso creo.

"Señor Rostov" llamó la recepcionista del Registro Civil y él se levantó a prisa.

-¿Qué ocurre?
-Si se va a casar le sugiero que pague y entre en la sala dos a las 10:50.
-¿Tan rápido?
-¿Lo toma?

"Sí" contestó Courtney vacilante y él se apresuró a pagar, recibiendo de la recepcionista un comprobante rosa y un prendedor blanco.

-Felicidades y suerte señor.

Matt sonrió y tomó a Courtney de la mano, precipitándose en ir a la sala dos al terminar unas nupcias ajenas.

Mientras tanto, Bérenice Mukhin y su familia entraban en la alcaldía. Ella, con su vestido y el bebé Scott de pajecito cosechaba halagos de quienes la veían y no tardó en hallar a Claudia Muriedas y a Kovac en recepción.

-¡Claudia, viniste! - gritó Bérenice.
-No me iba a perder tu boda ¿por qué no me dijiste que Kovac es el padrino?

Bérenice iba a contestar cuando el mismo Kovac dijo que la familia debía reunirse para una foto antes de entrar a la sala dos, aunque todavía faltaban algunos minutos. La atmósfera era muy romántica.

-Es una lástima que Marat no esté - comentó Luiz sin darse cuenta de que Micaela y Roland Mukhin suspiraban de alivio porque así fuera. Ese hombre era capaz de interrumpir la boda por cualquier pequeñez.

Bérenice continuaba platicando con Claudia hasta que el flash de la cámara se dejó ver y la instantánea resultante capturaba varios gestos divertidos.

-Esto ameritará un brindis de jugo en honor a los novios - agregó Kovac y enseguida repartió vasos con un líquido amarillo muy espeso, que afortunadamente no era de naranja.

-Bérenice, te ves muy nerviosa - susurró Luiz.
-No es nada, palmerita hermosa.
-Oye ¿invitaste a alguien más?
-No ¿por qué?
-¿Recuerdas al tipo que te dio un balonazo?

Bérenice volteó y se encontró con que Lleyton Eckhart se aproximaba a Claudia y Kovac, con la intención de permanecer con ellos.

-¿Qué hace aquí?
-No lo sé, tal vez le dijo tu amiga.
-Es su jefe.
-¿Cómo sabes?
-Ella me contó, Luiz.
-Como sea, entre más gente mejor.
-¿Por qué?
-Es más entretenido.

Bérenice fingió la sonrisa, tratando de mirar a Luiz y sin hablar mucho, únicamente para asegurarse de que su bebé continuara tan feliz como siempre.

-Relájate, es sólo una boda - mencionó Micaela Mukhin.
-Es cierto, es cualquier cosa.... Voy al baño.
-¿Justo ahora?
-Dame dos minutos.

Berenice corrió hasta un tocador cercano y sin dudar, humedeció su rostro mientras se le corría el maquillaje y las chicas presentes pensaban que estaba llorando.

-Tranquila - le repetían y ella secaba su rostro como podía, preguntando la hora.

-A las once me caso, me siento fatal ¿Alguien tiene labial?

Bérenice secó las gotas de sus rostro y después de recibir un lápiz rojo prestado, se miró al espejo por última vez.

-Gracias, estoy muy nerviosa, yo debo apresurarme.

La chica salió con prisa y corrió por el pasillo, casi segura de que era hora de presentarse con el juez. Su madre la esperaba ya.

-¿Dónde estabas?
-Me retoqué el maquillaje.
-Creo que se nota.
-¿El señor Lleyton ya se fue?
-¿Quién?
-El jefe de Claudia.
-¿Tu amiga?
-Ese.
-Kovac le dijo que se quede.
-¿Qué?
-La única que puede decirle que se vaya eres tú.
-No creo hacerlo.
-¿Por qué?
-Luiz quiere más gente.
-A ese Luiz le gusta estar rodeado de personas, qué suerte tiene.
-¿Suerte?
-De que la familia tiene amigos.

Bérenice disimuló su creciente incomodidad y le sonrió a Luiz al acercársele nuevamente, tomando su mano.

-Ya casi termina la boda de allá - pronunció Luiz mirando al salón dos - ¿Nos acercamos?
-Es una buena idea ¿Traes la licencia de matrimonio?
-Y el papel de tu cambio de apellido.
-Qué alivio.
-Te ves hermosa, Bérenice.
-¡Y yo te amo, mi palmerota preciosa!

La joven le dio un pequeño beso a Luiz y se colocó frente a la puerta, contenta de que ya era su turno y Lleyton se iría pronto. Apenas se recuperaba de tenerlo cerca cuando la pareja previa se daba la media vuelta con el acta de matrimonio y superado el contraluz se logró ver quiénes eran. Bérenice posó su mano en la silla de ruedas de su padre para no desmayarse.

-¡Fue tan rápido! - exclamó Courtney con una enorme expresión de alegría - ¡Tenemos que avisar en mi casa!
-Señora Rostov, usted decide esas cosas.
-¡Ya eres parte de la familia, Matt!
-De acuerdo pero primero hay que decidir a dónde vamos o si celebramos primero tú y yo.
-Iremos con mi madre.
-Bien.
-Y te comerás todo lo que te sirva...
-¡No!
-¡Lo harás!

Courtney guardó silencio de golpe y Matt posó sus ojos en Bérenice, impresionándole su figura y adornos, viéndose igual a como la imaginó si un día se hubieran casado. Sólo Lleyton Eckhart parecía darse cuenta del desconcierto de aquellos dos y antes de que siquiera Micaela Mukhin lo advirtiera, se aproximó a Bérenice para darle la buena suerte.

-Gracias, Lleyton.
-No te interrumpo, entren ya.
-Cierto, tengo que hacerlo... ¡Luiz vamos! ¿Dónde está Scott?
-Yo lo tengo - contestó un igualmente desconcertado Roland Mukhin y su hija se aferró a Luiz, caminando con prisa frente al juez, que se abstuvo de cerrar el libro de registros.

-Un minuto más y suspendo la ceremonia - bromeó.
-Pero llegamos, trajimos la licencia de matrimonio y el cambio de apellido de mi esposa - dijo Luiz, mostrándolos.
-Aun no los caso.
-Perdón, señoría.

Bérenice por su lado, no pudo evitar volver su cabeza a la puerta, topando sus ojos con los de Matt Rostov, que ya se iba de la mano con su esposa mientras intentaba resistirse a preguntar por la coincidencia. Courtney creía angustiarse cuando él sostuvo la puerta pero fue únicamente por cerrarla.

Al interior de la sala, el juez decía cosas que Bérenice no atendía como "de acuerdo a la Constitución de Tell no Tales, "la ley civil vigente establece términos" o "adoptar el apellido de uno de los contrayentes está contemplado en todos los ámbitos legales de la administración nacional" al tiempo que le rondaba por la cabeza el por qué Matt si podía casarse con otra y nunca con ella, más aun ¿por qué no había salido a perseguirlo y quedarse con él? Courtney jamás sería su competencia de recuperar a Matt y... Bérenice acabó llorando de verdad en su propia boda, arrepintiéndose más que nunca de haberlo traicionado en ese estúpido concierto. "¡Yo debería estar aquí con él!" pensó y enseguida, Luiz, por alguna razón de emoción genuina le apretó la mano izquierda.

-Si están de acuerdo con las cláusulas expuestas para la consolidación del matrimonio civil, la ley requerirá de su aprobación mediante la firma de la siguiente acta - expuso el juez, extendiendo un documento en papel rosado que parecía impreso por un artesano y no una copia ordinaria del formato gubernamental.

-Lo haré primero - declaró Bérenice y plasmó un garabato para luego ver a Luiz escribiendo su nombre.

-En orden de ley, Bérenice y Luiz Marinho han manifestado conformidad y el Estado declara la validez del matrimonio civil a partir de esta audiencia, felicitaciones - anunció el juez y la joven estrechó a Luiz con enorme fuerza, coincidiendo con la risa del bebé Scott, a quien sostuvieron igualmente. Otra pareja ya aguardaba su turno.