lunes, 26 de junio de 2017

Venecia o Joubert


Venecia, Italia.

Carlota Liukin salió temprano del hotel y caminó sola hasta la Fondamenta Dei Scalzi con el fin de abordar un vaporetto e ir al barrio de San Polo a hacer unas compras. No había desayunado y lo único que tenía en mente era volver rápido para no ser descubierta. En la taquilla sólo se había limitado a decir "San Polo" y esperó su turno mientras revisaba un mapa y veía a las escasas chicas venecianas que acudían a la escuela. Los demás pasajeros eran a lo mejor burócratas o empleados de los hoteles que llevaban bajo el brazo el semanario "Oggi", algo así como la versión francesa de Paris Match.

-Bote 63.... Es aquí ¿Tomaré asiento? - se preguntó Carlota y revisó nuevamente el plano para ubicar un embarcadero conocido como "Mercato Rialto" porque a partir de las diez o un poco antes la ciudad se abarrotaba.

Mientras el bote zarpaba, ella también pensó en Marat. Desde la tarde anterior no le dirigía la palabra y le daba pena hablarle, no obstante, él hubiera decidido marcharse en dos noches para arreglar las cosas.

El canal no estaba tan lleno cuando Carlota notó que el ambiente se agitaba. Había llegado un nuevo crucero y los turistas no tardarían en aparecer. El vaporetto inclusive, aceleraba su marcha en medio de las quejas de la tripulación y las malas caras de las estudiantes, como si necesitaran descanso inmediato; la joven Liukin no sabía que la gente puede ser una plaga pero si llegaban a mirarle a ella, lo hacían con la misma conmiseración que a cualquier habitante que le tocaba padecerlo.

-Mercato Rialto - anunciaba el capitán del bote y Carlota salió de su desconcierto, dándose cuenta de que Canareggio era demasiado próximo y el Ponte Rialto aun quedaba a varios metros, es más, ni siquiera habían entrado en la curva del día anterior en el Gran Canale. Consciente de que era la única que descendería, se apresuró a dar un salto fuera y constatar que el piso era muy húmedo para andar con sus simples sandalias, arrepintiéndose de volver a dejar sus tenis en la maleta. Pese a todo, no tardó en intuir que el mercado era el edificio a su derecha y se adentró enseguida, viendo en el acto a los vendedores de pescado colocando los precios y gritando para llamar la atención, de tal forma que al cambiar de pasillo, Carlota sentía que los seguía escuchando.

Frutte fresche! 5€ le ciligie, 2€ chilo di arance - exclamaba una vendedora entusiasta que para convencer incautos, extendía vasitos diminutos con jugo para probar que sus productos eran del día.

-Succo per la signorina - señaló cuando Carlota se detuvo a admirar unos melocotones. Curiosa, la chica lo tomó y su reacción fue la cubrir su boca para no escupirlo.

-¿Es naranja?
-Vuoi un chilo di arance?
-¿Qué? No le entiendo, no me vuelva a dar nada de eso, por favor.
-Acqua per lei! - siguió la vendedora y pronto, su ayudante llegó con otro vaso que Carlota deseaba rechazar por la advertencia sobre los canales.

-È acqua minerale di Asti, si può bere.
-Creo que comprendí eso, gracias.

Ella sólo deseaba irse pero no sabía como hacerlo sin ser grosera y pronto tomó su teléfono para pedir ayuda.

-¿Vendrías por mí? No sé qué decir - confesó en su llamada y se quedó de pie frente a una columna mientras agitaba su cabeza para contestar "no" a cualquier cosa que le dijeran y repetía "grazie" sin cesar. Al menos, desde su sitio lograba ver dónde se vendían conservas y artículos de aseo personal.

El Mercato Rialto era un edificio muy sencillo, con un enorme patio sin techo en que los vendedores de verduras atendían con prisa a sus clientes y al igual que los empleados del vaporetto miraban con profundo pesar el reloj. La gente que estaba de compras apresuraba las mismas y algunos llegaban a correr a las calles de atrás para completar sus listas cuando alguien gritó: "Sei arrivato una crociera!"

-¿Qué? - preguntó Carlota intrigada y el chico del anuncio le contestó.

-Una crociera, il MSC Sinfonia, sta in Giudeca! - y se retiró enseguida a esparcir la noticia en los pasillos de mariscos. Por su lado, la vendedora de frutas tomó un gran sorbo de licor de café directo de la botella y enseguida dejó de hacer jugo, regalando el que quedaba entre sus vecinos.

-I turisti sono un mal di testa - le comentó a Carlota y ésta asentó únicamente mientras, contagiada por el ambiente, revisaba su propio reloj. Apenas serían las nueve de la mañana cuando el bullicio comenzó y la joven Liukin entendió que debía salir de ahí antes de ser atrapada por lo que adivinaba, sería una multitud.

-¡Carlota! - oyó llamar y para su alivio, Marat se le acercó con prontitud.

-¡Gracias por venir! - dijo ella y le dio un abrazo.
-De nada ¿en qué te puedo ayudar?
-No comprendo nada.
-Bueno, vamos.
-Antes debo agradecer el jugo.
-¿A quién?
-La señora de aquí enfrente.
-¿Debes algo?
-No sé.
-Dame un minuto, por favor.
-Claro.

Marat se aproximó a la vendedora y después de dos o tres frases que Carlota no pudo entender, la mujer se despidió de ella.

-¿Es cierto que no te gustan las naranjas?
-¿Qué te dijeron?
-Todos se dieron cuenta de que las odias.
-Son horribles.
-Carlota, no hablas en serio.
-A nadie en Tell no Tales le gustan.
-¿Y esa bebida amarilla que todos toman allá?
-Es mango.
-Bueno, aquí en Italia no es común.  Oye ¿es cierto que tomaste agua?
-Era mineral.
-¡Por favor!
-¿No era de Asti?

Marat no respondió y Carlota enseguida pensó que "Asti" era la marca y aquél líquido de ligero ámbar y brillante era de factura veneciana.

-Quita esa cara.
-Tomé agua del canal.
-Sí, claro.
-No te burles.
-Te urge aprender italiano.

Ella no captó la broma y oprimió sus pensamientos hasta la abarrotería, en donde los precios del jabón y el shampoo casi la hacían retroceder.

-¿11€ una pastillita?
-No es tanto.
-En París cuesta menos.
-Usas productos especiales.
-Tengo la piel sensible, Marat.
-¿Por qué no fuiste al supermercado?
-Porque no sé de ninguno.
-Estás haciendo berrinche.
-No pero mi shampoo cuesta 20€.
-Ahora imagina que quisieras comer algo.
-El capuchino está en 2€ ¿Habrá un desayuno decente?
-Los italianos sólo comen un pan y toman un espresso.
-¿Cómo sabes?
-Se nota.

Marat señaló una de las cafeterías del mercado y Carlota notó que los comensales estaban siempre de pie y comían a prisa.

-Quiero un croissant y un capuchino.
-Bueno, te acompaño.
-Recuérdame jamás salir sin desayunar.
-No voy a estar todo el tiempo.
-Marat, gracias por venir, otra vez.

Carlota decidió pedir más cosas en la abarrotería antes de aproximarse a un café y Marat tomó fila en uno en el que, al ordenar, casi casi le gritaban:

-Il cappuccino è per la signorina?
-Per questo.
-Siete turisti?
-Lei no.
-Sicuramente vorrà un croissant ripieno di cioccolato.
-Io voglio un espresso e altro croissant.
-Sono 7€.

Justo Marat pagaba cuando una mujer se paró junto a Carlota.

-Los rumores son ciertos - murmuró ésta y la chica giró a su izquierda, desconcertándose de que Alena Bessette fuera quien le hablara sin saludar.

-Realmente te hace compañía el señor Safin.
-Es un amigo.
-Me habían dicho que desde Mónaco te ha guiado hasta aquí.
-Me ha ayudado mucho.
-Fue enorme mi sorpresa cuando me enteré de tu partida en París, creí que Joubert siempre recibiría tu visita.
-Mi padre eligió marcharse.
-Joubert responde cuando le hablamos de ti.
-¿Qué hace?
-Mueve el brazo.
-¿Ya?
-Es probable que despierte de un momento a otro.
-No voy a verlo.
-Tal vez lo traslademos aquí.

Pero el rotundo "no" de Marat fue suficiente para que una Carlota perpleja expresara un escueto "hasta luego" y saliera del mercado a toda prisa. En el embarcadero, Marat abordó a un gondolero y pronto, iniciaron un camino del que ella no sabía si era de regreso.

-Te compré un pan con chocolate.
-No, gracias.
-Carlota, debes comer para pensar con claridad.
-¿Perdóname? ¡Tú te metiste en esa charla!
-¿Cuántos años tienes?
-¿Qué tiene que ver?
-¿Vas a perder tus tardes y Venecia, por Joubert?
-No te entiendo.
-Lo noté desde Mónaco pero nadie quiere decírtelo como es.
-¿Qué cosa?
-¿Por qué te aferras a Joubert Bessette?
-No lo hago.
-¿Te sientes culpable?
-Debimos ir a casa en lugar de cenar.
-¿Cuántas veces te lo repites al día?
-Ninguna.
-¿Cuántas veces llamas para saber cómo está?
-Dos o tres.
-Si llega a despertar ¿seguirías siendo su novia?
-Sí.
-¿Cuánto tiempo vas a esperar?
-Se recuperará pronto.
-¿Y si no?
-¿A dónde quieres llegar?
-A que tienes ¿catorce? y en serio, los Bessette te quieren atar como mártir ¿te vas a perder Venecia por Joubert?

Carlota no logró controlarse y propinó una cachetada a Marat, poniéndose a llorar en el acto.

-Los Liukin saben golpear - comentó él.
-No me vuelvas a hablar de Joubert de esa forma.
-Alguien tenía que hacerlo, Carlota.
-Llévame con papá.
-No hasta que pienses.
-¿En qué?
-¿Conociste París?
-Vivía allí.
-¿Fuiste al Louvre, viste la ciudad desde Sacré Coeur, navegaste en el río, te colaste en el metro?
-No fui al Louvre.
-Sólo falta que no hayas visto la Torre Eiffel de cerca.
-¿Qué dices?
-¿La viste o no?
-Desde las ventanas.
-¿Nunca de frente?
-Es cierto, no fui a Champs Elysée, ni al Arc de Triomphe, ni vi la tumba de Balzac.

Carlota permaneció quieta unos segundos. De pronto, lo que Marat decía no sonaba insensible ¿Qué más no había visto de París? Orsay, Le Marais, el Bosque de Bologne, el barrio chino, el museo Rodin.... Todos estaban tan paranoicos que no la dejaban sola en casa de Haguenauer y a raíz de lo de Verlhac su vida se había confinado al hotel Odessa, entrenar en INSEP y luego, con Joubert, a ir a la escuela, a las prácticas y al hospital.

-No vi mucho, quería estar con Joubert - admitió Carlota y luego añadió - Si lo traen aquí, no me negaría a cuidarlo.

Entonces ella contempló a su alrededor y se dio cuenta. De repente, era una absoluta certeza que Joubert estaría mejor en los cuidados intermedios de Bércy ¿por qué moverlo de ahí cuando no vería siquiera la pared de su habitación de ladrillo decorada con sal? Incluso si se atrevían ¿Quién le anunciaría tal cambio, cómo lo sentiría, quién le describiría los canales? ¿Ella? La vida había continuado sin él y seguiría así por bastante más. El mismo Joubert cambiaría lo suficiente para replantearse todo si no salía del coma inmediatamente. A diferencia de Carlota, que siempre dio señales de volver pronto, él, desde su distancia no parecía estar dispuesto a menos que resolviera algo que llevaba mucho tiempo meditando. Carlota lo intuía entre negación desde el comienzo y nunca lo había expresado por miedo a ser una mala persona; no obstante fue abrumadoramente liberador respirar profundo sin sentir lástima. En medio del Gran Canale, a punto de ver a la turba apoderarse de todo y con el café ya frío, Carlota Liukin lloró por Joubert Bessette por última vez, aceptando que por el momento, su historia había terminado.

Marat la abrazó para aligerar el momento y ella resolvió dejar de hacer una escena frente al gondolero, que curiosamente los ignoraba desde el inicio.

-¿El pan está bueno?
-Delicioso y el chocolate te deja sin palabras.
-¡Está mejor que en Francia!
-¿Qué tal tu bebida?
-¿Dónde vamos, Marat?
-Pedí tour completo.
-¡No!
-Querías conocer el Ponte dei Sospiri.
-Pero ¿de verdad veremos de todo?
-Hasta el Palazzo Ducale y el Lido y todo.
-¡Quiero conocer el Lido!
-¿Por qué?
-¡Las estrellas de cine se juntan allí!
-No es temporada de festival.
-Pero filman ahí ¿te imaginas conocer a Alain Delon?
-Ya está retirado y viejo.
-Pero se la pasa en la playa y tal vez Raoul Bova ande por ahí.
-Y Monica Bellucci.
-Ella no.
-¿Qué tienen todas las chicas en contra de Monica Bellucci?
-¿Todavía preguntas?
-¡Ja ja ja! No sabía que eras así.
-Mmm.
-¿Te puedo hacer otra pregunta?
-¿Cuál?
-¿Por qué compraste tinte rubio y de qué color es tu cabello?
-Esas son dos preguntas.
-Soy curioso.
-Tengo ganas de ser rubia, combina con mis ojos.
-¿En serio?
-Sí, de verdad.
-¿Y lo otro?
-No me vas a creer.
-Sí, sólo dime ¿De qué color es este cabello?
-Soy pelirroja.
-¡No es cierto!
-En serio, mira este mechón desteñido.
-¿Por qué no lo dejas crecer?
-No lo sé, estoy acostumbrada, mis papás siempre lo pintaron.
-¿No te dijeron por qué?
-No pero igual no me imagino con el pelo a la Kirsten Dunst.
-O Julia Roberts.
-Eres el único que lo sabe ... Bueno, después de papá y tal vez Tennant que es muy observador.
-Mira, llegamos a Giudeca.
-Por Dios, qué bonito.
-Sostente, entraremos al Canale San Marco.
Dorsoduro está allá!
-¿Ya ves el Lido?
-Es hermoso.
-Pasaremos detrás del Palazzo Ducale si ese crucero no es problema.
-Ay, lo conozco.
-¿Has estado a bordo?
-No pero fue el que anunciaron en el mercado.
-Volete andare al Ponte dei sospiri? - intervino el gondolero al aproximarse a Giardini Reale.
-Per questo, la mia amica desidera vederlo.

Carlota vio a ambos con intriga y prefirió acabar con su desayuno mientras admiraba el jardín de nuevo. Marat entendió de alguna forma que más valía guardar silencio y esperar a que ella siguiera reaccionando al paseo, guardándose los suspiros románticos hasta el puente correspondiente. Por la gracia de la hora, en aquél lugar todavía se paseaba en soledad.

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