lunes, 31 de julio de 2017

El descanso en Burano (Primera parte)


El retorno al Hotel Florida por la noche fue muy extraño. Se repetía el desfile de vaporetti y de lanchas pequeñas, las luces estaban prendidas por todos lados y no había forma de concentrarse en los pensamientos propios. Los Liukin aprendieron que los italianos hablan mucho y apoyados por remarcados gestos que para el extranjero común podían ser amenazantes sin serlo, que varios gritan para llamar la atención en las discusiones amistosas y que las riñas resultaban serles extrañas si sucedían por una mujer. Los oídos ya les dolían.

-Dicen que Santa Croce es un barrio silencioso - dijo Ricardo cuando el bote dio la vuelta en Cannaregio y Carlota le preguntó si se instalarían ahí. Él no lo tenía claro.

Su charla era una de las tantas que se perdían ante el escándalo cuando repararon en algo: Habían pasado seis días luego de abandonar París ¿Cuántas personas podían decirlo? De volver a Tell no Tales aquello sería como una hazaña y de presumir los viajes a Mónaco y Venecia seguramente la gente se acercaría para trabar amistad. Los Liukin entendieron desde sus asientos que su país natal era muy chico y que no habían visto el mundo; ni siquiera Ricardo de joven o cuando supo de la casa en Capri. Irse de Venecia iba a ser una cobardía y de repente, él sacó un mapa.

-Niños, invitados y Yuko, no nos queda dinero, estamos en una ciudad cara e iniciarán sus clases el lunes. Estoy buscando un alquiler pero los más baratos están en Cannaregio y no tienen baño, el día de hoy volví a olvidar sus nombres y cuando pagué la cuenta del café le pedí prestado a Marat ¿Les parece mandar todo al diablo e irnos a la isla Burano a pasar el fin de semana? Está aquí mismo pero hay menos gente y por 60€ nos podemos hospedar en un hotel de dos estrellas con piscina.

Carlota miró a su padre con asombro.

-Hay peces, chicas, restaurantes caros y encajes bordados ¿Qué dicen?
-Si voy a ser pobre, que sea con estilo - añadió Andreas y los demás entendieron que pasara lo que pasara, harían ese pequeño viaje. No habría escalas ni en Murano ni en Torcello, nada de comprar souvenirs ni bocadillos y se abstendrían al máximo de hacer otra cosa que no fuera caminar o tirarse al sol. Burano era una isla cercana, a cuarenta minutos desde la Fondamenta Nove y sin salir de la laguna de Venecia. Tres días con sus noches y el lunes el colegio se admiraría de la puntualidad de Carlota. Era un plan simple y perfecto.

-¿Le diste dinero a papá? - susurró Carlota al oído de Marat pero con el bullicio, la respuesta fue inaudible.

Día siguiente, 9:00 am.

Ricardo batalló pero logró que el dueño del hotel Florida entendiera que los Liukin pasarían tres días en Burano y que regresarían a las mismas habitaciones que de todas formas habían sido apartadas y pagadas por anticipado; por tanto quedarían cerradas y no devolverían las llaves. Si no fuera por Carlota, aquella petición habría sido rechazada como la de pintar de nuevo las paredes en los pasillos. En realidad, los Liukin no adivinaban que gran parte de su suerte se debía a que ella despertaba las reverencias y el instinto protector de casi todo el mundo; por tanto, se desvivían en hacerle cualquier favor sin exigirle retribución.

-De menos tienen sitio de regreso - le dijo Marat a la joven y ambos salieron a la calle a preguntar por la línea del vaporetto que los llevaría a Burano. Tennant Lutz los seguía por detrás mientras bebía un jugo y constataba que mientras en París su facha era demasiado formal, en Italia era trendy y para aumentar el encanto se colocó gafas de sol. Las chicas querían acercársele y las volteaba a ver con un poco de arrogancia con tal de mantenerlas cautivas mientras pensaba que si Marat no estuviera tan concentrado en la joven Liukin, seguramente le robaría la atención. Bueno, lo había hecho con la única chica que le interesaba pero de todas formas no duraría. Marat se iría el lunes también.

-Espérennos - gritó Ricardo y aquellos tres vieron a Adrien aferrado a Yuko y Andreas y Miguel yendo a medio bostezar. Había que caminar por Calle Priuli Ai Cavaletti y luego atravesar el Ponte degli Scalzi pero era viernes y los viernes los cruceros atracaban en Giudecca y San Marco a las siete, y los trenes y ferrys desde Italia continental iban arribando.

-¿Otra vez? - preguntó Carlota al ver repleto y guió a los demás por Rio Terá Lista de Spagna, que poco a poco se iba llenando de turistas. Al menos pudo conocer la calle al fin y pasar a una pasticceria a comprar el desayuno para todos. El vendedor incluso le advertía llevar boccate a Burano.

-Parece que la comida es bastante más cara allá- dijo Marat cuando ella repartía panes a los demás y siguieron su camino por la Salizada San Geremia. De no ser por ese camino, los Liukin habrían sufrido para llegar a cualquier lado y poco después, se toparon con Geronimo, el chico del bote del otro día.

-Amici! - gritó éste.
-Ciao, come stai? - Respondió Marat.
-Tutto bene, ché state facendo?
-Vamos a Burano, queremos tomar el vaporetto.
-¿Por qué no piden que los lleve?
-No, no queremos molestarte, no cabemos.
-Pero ¿qué dices? ¡Somos amigos!
-Creo que me niego.
-Voy a Torcello por unos estampados, Burano me queda de paso, tengo combustible suficiente.

Los Liukin no supieron responder hasta que Adrien saltó a la lancha y se puso a jugar con su cubo de rubik. Se necesitaba fuerza sobrehumana para sacarlo de ahí y a pesar de que su padre trató, el niño se encaprichó con el lugar.

-Nos iremos en vaporetto, gracias por el ofrecimiento - señaló Ricardo y le pidió ayuda a Andreas para persuadir al hermano.

-El vaporetto cobra 12€ por persona, yo sólo pediría 30 por llevarlos - prosiguió Geronimo y el semblante de todos cambió enseguida. Era demasiado bueno para ser verdad pero Carlota y Marat ya habían estado en aquella lancha y era muy espaciosa; sobraría lugar pese a llevar casi una decena de personas con cierto equipaje y Tennant y Miguel abordaron enseguida, pagando entre los dos el traslado.

-¿Es en serio? - preguntó Ricardo y se convenció a regañadientes, situándose sin desearlo junto a Yuko y lejos de Carlota y Marat que no paraban de hablar con el tal Geronimo.

-¿Siempere hace lo que quieren los niños? - preguntó Yuko.
-Ellos mandan en mi casa desde que me acuerdo - contestó de mala gana y suplicó porque el vehículo no volcara.

Los Liukin partieron desde el Canale di Cannaregio hacia el Gran Canale y se introdujeron al Rio de Noale, en donde se veían edificios de ladrillos naranjas y un sinnúmero de balcones. A Ricardo le sorprendía que desde la lancha, Venecia se viera mucho más hermosa y el Palazzo Gottardi más cautivante de lo que era a pie.

Poco después se adentraron en el Canale Della Misericordia y el Porto di Venezia los recibió con la escalofriante escena de los cruceros que se aproximaban a los atracadores más populares de la ciudad. Ningún barco había chocado contra el puerto en siglos pero los colosales cruceros habían estado a punto de hacerlo la semana pasada según contaba un Geronimo que entonces prefirió tomar la Laguna di Venezia por la ruta de los vaporetti en la cercana Fondamenta Nove para sentirse más seguro. Era peor en Giudecca de todas formas y ni los vaporetti se metían en el puerto de Lido porque la salida al mar Adriático era peligrosa, con una corriente que sólo resistía otro embarcación de tamaño monstruoso.

-Esta parte es más tranquila - aseguró Geronimo y Carlota pudo constatar que le gustaba ver la ciudad desde afuera, con las cúpulas rojas que desde adentro no eran tan fáciles de encontrar. La misma sensación que había experimentado en el tren la invadía ahora desde la lancha y no paraba de señalar las construcciones con entusiasmo.

A los diez minutos, la isla Murano estaba muy cerca. Era como una hermana muy pequeña de Venecia, bastante parecida y con olor a quemado. En aquél lugar se elaboraba la cristalería más fina del mundo y el renombrado taller de Lavinia Swire tenía su sede en el centro. Geronimo contaba que no era más que una bodega grande que trabajaba bajo pedido y que los hoteles se peleaban por los escasos lotes de venta libre que salían en diciembre. No existía lugar en Venecia que no contara mínimo con un jarrón de tan notable marca ni familia que no obtuviera el suyo de regalo. Carlota comentó entonces que tenía unos aretes de cisne con tal firma y vio pasar Murano sin interesarse más puesto que volvería pronto.

Burano estaba treinta minutos adelante y se podían ver algunas islas en el camino que curiosamente no formaban parte de la administración veneciana y la Italia continental que era muy tentadora desde la distancia. Jessolo estaba a media hora yendo al este y Padua y Verona a noventa minutos al oeste, Milán a dos horas y Turín a tres; Trieste a cuatro. Geronimo les iba sugiriendo alternativas para viajar barato y algunos consejos sobre Burano: No comer en marisquerías, no comprar encajes bordados baratos, nunca alquilar habitaciones individuales en los hoteles y abstenerse de tomar paseos en góndola por los pequeños canales de la isla. Si una calle estaba solitaria, aprovechar para visitarla y evitar salir de noche si no estaban cerca del centro. En Venecia había rumores crecientes de que la mafia negociaba en Burano así que la gente común se encerraba y nunca se asomaba y en los hoteles la cena se servía en los patios para evitar problemas en los balcones. Sobraba decir que los negocios cerraban temprano y que no convenía entablar conversaciones con los lugareños.

-Sigue siendo un agradable lugar - dijo el mismo Geronimo y recalcó que era una zona libre de cruceros y no tenía playa porque todo estaba rodeado de rocas o muelles.

Los Liukin se repartían el protector solar cuando divisaron lo que era Burano. Era un lugar pequeño y desde lejos se percibía un fuerte olor a pintura mezclado con sal. Conforme se iban acercando, más reparaban en que la gente pintaba sus casas y muchos gatos aguardaban en las orillas, curiosos de los visitantes y cariñosos con los pescadores, que les proveían de camarones y restos de pescado. Como tenían que rodear la isla para llegar a la Fondamenta dei Squeri, vieron a varios felinos esconderse entre las esquinas después de comer, como si fuesen una guardia secreta lista para atacar en cualquier momento.

-¿La alarma de la ciudad es un simple "miau"? - confesó Tennant estar pensando cuando el bote desaceleró y atracó suavemente en el muelle. El capitán del puerto se acercó a Geronimo para registrar su llegada y verificar su permiso y poco después, los Liukin descendían en un lugar muy cercano a la parada del vaporetto. Ricardo sólo atinó a sacar su mapa para buscar el hotel.

-Debemos ir a la calle Galuppi y buscar un letrero del Hotel Mazzini ¿Alguien entiende cómo llegar?
-Creo que yo - contestó Marat - Debemos llegar a la esquina de la Calle II dei Squeri, caminar hasta la Fondamenta San Mauro e ir a la izquierda.
-¿Nos vamos por esa calle tan larga?
-Cuidándonos de no entrar en Babuini.
-¡Sigan a Marat! Si nos perdemos ya saben a quien culpar.

Los Liukin se rieron un poco y caminaron por una calle muy agradable, con piso de piedra y varias fachadas coloridas. Como el olor advirtiera desde la laguna, los buranelli estaban arreglando sus casas y cada familia escogía algún color al azar para su fachada. No tardó Carlota en notar que la habían salpicado un poco con pinturas verde, roja y morado y a Marat también mientras veían a Geronimo pasar con bastante cautela. En la parte de arriba se distinguían muy bien los tendederos y en una mañana de mala suerte, el turista podía encontrarse con que la ropa estaba mojada, no obstante, ese día era una afortunada excepción en la que de todas formas las molestias al pasar eran muchas. La gente tropezaba con los Liukin y no era afable, ni siquiera para pedir disculpas y los niños sin ningún pudor los tocaban para apartarlos. Pronto la marca de una mano en color rosa decoró el vestido con rayas verdes de Carlota y el rostro de su padre exhibía gotas amarillas.

-Benvenuti a Burano ... - susurró Marat con desgano y continuaron su ruta hacia una parte donde un grupo de ancianas tejían encajes que luego se usarían para decorar mesas. Ahí nadie pintaba pared alguna y la joven Liukin paró en seco. Aquellas mujeres usaban grandes bloques de hilo blanco sin otro apoyo y sus puntos eran tan refinados que tardaban días en completar pequeños manteles o servilletas. Las menos, utilizaban moldes pequeños para diseñar cuellos de blusas y Carlota se sentó junto a estas, tomando sin permiso algo de hilo y utilizando su propia aguja para improvisar algunas flores que tal vez colocaría luego en alguna bolsa. Por supuesto, imitaba a aquellas mujeres y estas le prestaron atención al notar que era muy rápida y no cometía errores; incluso comentaban que tenía "técnica de monja" y se preguntaban quien le había enseñado. En Burano, los encajes bordados se vendían en la Piazza Baldassarre Galuppi y Geronimo comentó que justo se dirigía allí y que se separaría en la Fondamenta San Mauro para poder llegar a tiempo al taller donde había pedido unas telas estampadas seis meses atrás. Aprovechando para dar unos últimos consejos: pedir el risotto di gò por ser platillo típico, consumir vino de la casa y nunca ir a los restaurantes que requirieran reservación, Tennant replicaría a Geronimo que contando con él, los demás comerían adecuadamente y no caerían en las trampas recurrentes que varios lugares solían aplicarle a los fuereños. Todos prestaban atención de aquella charla que concluyó cuando las ancianas aplaudieron a Carlota por su diseño y una de ellas le regalaría un gran carrete de hilo como halago adicional. Luego, los Liukin hallaron la esquina y la Fondamenta de San Mauro, siendo guiados al Hotel Mazzini en la calle siguiente.

-Me aparto aquí - señaló Geronimo y los demás lo despidieron con bastante gratitud, más Carlota y Marat que lo habían abrazado y dado la mano. La recepcionista alcanzó a ver aquello y enseguida recibió a los Liukin con enorme cortesía convencida de que, si se topaban de nuevo al muchacho de las telas, hablarían bien de ella. Esa chica llevaba enamorada tres años de él.

-Buongiorno, benvenuti al Hotel Mazzini, posso auitarli?
-Necessitiamo una abitazione doppia e due tripli per tre notti con doccia.
-Per questo, sono 60€ per notte.
-540€?
-Ma questa non e stagione turistica, avete fortuna, 50€ abitazione per notte.

Marat tradujo al señor Liukin y este de inmediato decidió tomar el alojamiento. Aunque aparecía en la guía turística, el encantador Hotel Mazzini era poco frecuentado y su piscina estaba siempre sola, así que los chicos se retaron a ocuparla primero. Carlota en cambio, reconoció el cuarto que compartiría con Yuko y luego de cambiar su ropa, salió a la calle, dispuesta a dar la excursión a la isla.

-Marat ¿vienes? - preguntó al hallarlo mirando al canal.
-¿Dónde vas?
-A caminar, esta vez traje zapatos.
-¿No tienes que pedir permiso?
-Tenemos que hablar.
-¿De qué?
-¿Es cierto que le prestaste dinero a papá?
-Carlota, no te preocupes, tu padre nunca me pediría nada.
-¿Por qué dijo que lo ayudaste con la cuenta del café?
-Es que Andreas no ha devuelto el dinero...
-¿Andreas qué?
-Nada.
-¿Él tiene nuestro dinero?
-Carlota, creo que es mejor que tu padre lo arregle.
-Pero todo lo que ganó en el casino...
-Mejor quédate tranquila.

Marat sonrió y Carlota prefirió confiar un poco en él, creyendo que tenía razón. De todas formas, se alegraba de que en Mónaco le hubieran devuelto su mesada y recuperando un poco el ánimo, comenzó a caminar, atravesando por un puente la Fondamenta San Mauro. El día era largo y había muchas casitas coloridas por recorrer.

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