viernes, 21 de julio de 2017

El extraño caso de la niña con las cartas del Tarot


A Elena Martelli le gustaba cantar y le atraía el Tarot. Los espíritus decían que ella misma había predicho su muerte en cuanto aprendió a descifrarlo; su propia madre maldecía aquellas cartas mientras el forense se llevaba el cuerpo para la necropsia y no tardó Italia entera en conmocionarse cuando la noticia apareció como principal del programa matutino nacional a las siete de la mañana. "Gran tragedia a Venezia" se le llamó y al menos por ese día, los canales y el puerto de Giudecca se cerraron a la navegación.

Los Liukin se quedaron varados en el barrio de San Marco y por la ansiedad, encerrados en un café de los escasos que abrieron ese día. Llevaban varias tazas de chocolate caliente y raciones de pan de naranja cuando entró al local una niña idéntica a la desafortunada Elena. Pero no era ella evidentemente, si no la hermana dos años menor, a la que aun no le habían avisado. La acompañaban sus amigas, mismas que fingían calma al tomar una mesa para desayunar lo mismo que los Liukin. Al menos Carlota sintió un gran alivio cuando le llevaron un trozo de pastel de pistache; fácil suponer que era para no sentirse más triste.

-Mangeremo tutte - Pronunciaba imperativa la chiquilla y la encargada de la caja soltó a llorar en silencio, creyendo que sabía lo que pasaría cuando Lionetta Martelli se enterara del destino de Elena. No era la única en pensarlo.

-No sé ustedes pero se me fue el apetito - declaró Tennant y se limitó a beber el resto de su chocolate para luego salir de ahí y sacar el cigarrillo que le sobraba en lugar de salir corriendo. Si alguien detestaba ver a los familiares de los difuntos era él y luego de sospecharlo, desechó la idea de que conocía al culpable. Ninguno de los singulares Lutz podía ser; les asqueaban los niños.

Dentro del café, no obstante, sucedía algo más interesante. Lionetta Martelli había sacado el Tarot de su hermana y pretendía "leer" el futuro de quien se dejara, así sus compañeras no estuvieran de acuerdo. Los comensales mejor le seguían el juego y cuando fue el turno de Miguel, éste se opuso y la niña le contestó que de todas formas existía un "candado" que le impedía revelarle lo que le esperaba. Claro que Miguel no le entendió y los Liukin menos, ni siquiera Marat intentaba traducir media palabra.

-Sò già! Leggerò il tarocco per lei - anunció la pequeña y se colocó junto a Carlota, haciéndole la seña de que eligiera una carta.

-Házle caso - sugirió Ricardo.
-Sugiero que no - intervino Miguel pero la joven, por lástima, accedió.

-Espera, también escogeré una - dijo Marat y luego entre los dos sacaron una tercera.

-Lei ha il "Mondo" - siguió Lionetta Martelli - Si aspetta un gran succeso nel futuro, un trasloco forse? O sei arrivata ad un buon posto.
-¿Qué me dijo? - preguntó intrigada Carlota.
-Qué tendrás éxito o una mudanza... Algo así.
-¿Otra?
-Perdona, no entiendo todo.
-No importa, gracias Marat.

La niña sonrió y luego se dedicó a interpretar la elección de él.

-La Forza! è buona, augura forza fisica e successo.
-La risposta era molto facile.
-Ma predice anche amore.
-Amore? No, no.
-Perchè, non sei innamorato?
-No!
-Come vuole, ma uguale ti manca una lettera.

Marat hizo el gesto de que no podría sorprenderlo y de que se tomaba a juego eso del Tarot. Antes le habían descifrado la mano, leído el café y tirado las runas sin acertar en cosa alguna e improvisando "visiones".

-Voi sceglievate questa lettera -continuó la pequeña.
-No comprendo, Marat.
-Que escogimos esa carta entre los dos.
-A lo mejor nos sale algo bonito.
-De acuerdo, que la muestre.

Lionetta volteó la carta entonces y se echó a reír.

-¿Qué le pasa?
-No tengo idea.
-¿Qué significa la carta?
-Déjame ver, Carlota.
-¿Será buena?
-Está tan gastada que no alcanzo a leer.

La niñita los miró curiosa.

-È la lettera degli innamorati! Siete innamorati?
-¿Qué? A lo que dijo, es no - reaccionó Carlota
-Sei innamorata di lui? - señalando a Marat.
-¡No! A eso supongo que también le digo que no.

El señor Liukin iba a pedir que aquello se detuviera pero Lionetta prefirió continuar conversando con Marat.

-Sei innamorato di lei?
-No, è una ragazzina.
-Ambidue avete scelto gli innamorati.
-Coincidenza.
-L'amore sta nel suo destino.
-Non lo credo, noi siamo amici, c'è una differenza di sei anni.
-Non ci sono incidenti nel tarocco.

Lionetta Martelli se encogió de hombros e intentó que Ricardo Liukin hiciera una tirada completa con bastante éxito.

Al mismo tiempo, Carlota y Marat se miraron mutuamente y compartían el pastel.

-¿Qué tanto te decía de tu carta?
-Que me irá bien.
-¿Y de la última?
-Una tontería.
-¡Ay no! Cuéntame.
-No vale la pena, Carlota.
-¿Qué te avisó?
-El Tarot es fantasía.
-¿Por qué tomaste una carta?
-Diversión.
-¿Te habló de una novia?
-¡No! ¿Cómo crees?
-Oí que dijo "amore".
-No pienso tener una relación ahora.
-¿O lo del amor era para mi?
-¡Deja de pensar en eso!
-Es que sería increíble saber mi futuro.
-Después reclamarías por enterarte de algo que no te guste.

Carlota asentó como si quisiera contestar "buen punto" y enseguida vio a Lionetta Martelli con pena porque parecía tan contenta y entusiasta como porrista de un colegio. Sobre el Tarot, bueno, Marat oía que la hermana le había enseñado y las predicciones de Elena solían cumplirse con frecuencia.

En un momento dado, Lionetta salió del local al advertir a Tennant en la puerta. Los Liukin se asomaron desde sus sitios como pudieron y por una razón, comenzaron a reírse, quizás porque el joven había intentado esquivar a la niña de manera evidente.

Afuera hacía algo de calor cuando Lionetta se colocó frente a Tennant. Este no fue muy afable.

-¿No te han dicho que no te acerques a gente que fuma, niña?
-Prende una.
-No creo en eso.
-Perché non scegli una?
-No, grazie.
-Come vorrei ma credo che tu hai la curiosità.

Tennant apagó su tabaco e ingresó a local nuevamente. Había empalidecido y reanudó las tazas de chocolate enseguida, sin mencionar palabra. Para él no se lidiaba con circunstancia peor que la gente en luto y Lionetta Martelli, de ser una buena tarotista, seguramente se habría soltado a llorar de preguntarle a las cartas sobre Elena y en lugar de lanzar advertencias adivinatorias sin sentido, estaría tan deshecha como su madre. La niña se quedó al exterior un buen rato arreglando su baraja y regresó para al fin ponerse a desayunar.

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