martes, 11 de julio de 2017

La ciudad del espíritu sonriente


Venecia, Italia.

Eran las tres de la mañana y la ciudad no olía a sal ni a la fauna de los muelles; se desprendía más bien un aroma a caramelo en medio de una apacible y poco espesa oscuridad en la que la guardia nocturna realizaba sus recorridos en los canales. Curiosamente, sólo había una panadería abierta en Cannaregio y de ahí se desprendía tan amable olor que relajaba a los que si podían pernoctar. Varias ventanas estaban abiertas.

Justo salía de aquel local un joven perteneciente a la Guardia Marítima cuando, a contraluz, vio claramente algo flotando y no era una bolsa de basura o alguna desafortunada mascota perdida. Tampoco era una boya de las que se habían desprendido durante una inundación o una pelota de plástico olvidada. Un poco asustado, prendió su literna e iluminó el agua, encontrando enseguida que se trataba de un cuerpo en una corriente que lo arrastraba a gran velocidad. Sin dudarlo, llamó enseguida refuerzos.

3:20 am

Hanno trovato la ragazzina, hanno trovato la ragazzina! - gritaba un vigilante de Cannaregio y agitaba una campanilla, cuyo repicar se tornaba insoportable. Tan efectivo era que los Liukin se levantaron enseguida cuando aquél llevó la noticia frente al hotel Florida.

-¿Qué pasa? - preguntó Carlota al salir al pasillo.
-Voy a preguntar, intenten dormir de nuevo - señaló Ricardo y Miguel fue detrás, haciendo la seña de que se quedaran ahí.

-"Han encontrado a la niña" - susurró Marat y Carlota lo miró enseguida, comprendiendo extrañamente que debía cubrirse con algo porque la humedad perdonaba menos que el viento.

-Creo que hay que ir - dijo Ricardo al volver.
-¿A dónde? - preguntó Tennant.
-No sé pero gente de toda la ciudad se está reuniendo, el vaporetto nos lleva.

Ricardo procedió enseguida a colocarse un suéter y lo imitaron los demás, con excepción de Marat que aguardó a una Carlota que se aparecía con el cabello sujeto, blusa negra y su abrigo rojo, segura de que se trataba de un asunto muy grande.

-No creo que a esta hora las noticias sean buenas.
-¿Por lo de la niña?
-Porque todavía es de noche.

Ambos bajaron a la recepción y esperaron a los demás unos escasos minutos, coincidiendo con que el dueño del hotel también acudía a tan inesperada cita. Los Liukin, en suspenso, se dejaron llevar hasta el embarcadero adyacente al Ponte Degli Scalzi y un vaporetto, a toda prisa se dirigió al barrio de San Marco.

Cuando algo inusual sucedía en la ciudad, los habitantes se trasladaban hasta el sitio indicado, como si sus rutinas fueran a trastorcarse sin remedio. La madrugada parecía un desfile de embarcaciones y las orillas del Gran Canale concentraban a una muchedumbre que portaba velas, lámparas y cualquier cosa que sirviera para ver lo más posible mientras el alumbrado público se concentraba en un punto muy cercano al Ponte Rialto, en dirección al Fondaco dei Tedeschi.

El vaporetto con los Liukin atracó demasiado cerca de la escena y pronto, un oficial habló con la tripulación del mismo. Por sus reacciones, Ricardo supo enseguida que el asunto era grave y descendió con cautela, sin calcular como siempre que sus hijos serían mucho más curiosos y se meterían entre la multitud, intentando adivinar que era lo que no podía sacar el equipo forense del canal. El cuerpo se había hundido y aquello daba paso a las especulaciones: Si en realidad era un tesoro o el turista suicida de hacía un mes; una falsa alarma o un maniquí; todo había pasado antes y no se descartaba una broma.

-¿Estás bien Carlota? - preguntó Marat sin una razón en especial cuando ella logró colarse a la segunda fila pero no recibió respuesta y como los demás, quedaron en silencio, expectantes.

Ho bisogno di aiuto per tirare fuori la ragazzina dal canal! - exclamó un buzo aproximándose al borde y enseguida, otro compañero se sumergió con él, tardando ambos en el objetivo.

-Una ragazzina, é terribile - murmuraba la muchedumbre y Ricardo atinó a voltear hacia los empleados del servicio de vaporetti, cuyas caras se dirigían a un punto más distante y opuesto al agua. De pronto llegó con ellos otro hombre al que no podían darle razón y una mujer que guardaba demasiado sus cabales al tiempo que un chico, del que se adivinaba, era hijo de tal matrimonio, se arrojaba al agua para ayudar y era expulsado en el acto.

-Sei sicuro, Vittorio? - oyó Marat decir al muchacho.
-Abbracia tua madre - replicaba el buzo y el chico salió de prisa, sin poder pronunciar más.

La espera se volvía eterna y se entendía la resistencia por no revelar totalmente lo que ocurría a pesar de que los buzos no mentían al asegurar que no lograban zafar el cadáver de una red que lo mantenía atrapado junto a un montón de desperdicios, inclusive un forense determinó sumergirse dada la tardanza y poco a poco, las luces se fueron apagando.

Transcurrieron unas horas entre el hallazgo y el primer viso de sol entre el cielo azul oscuro cuando uno de los buzos logró romper la red y ocultar hábilmente el rostro del cuerpo a la muchedumbre. En donde estaban los Liukin no se lograba distinguir que era lo que verificaba el forense y Carlota y Marat dieron unos pasos al frente, él sosteniéndola por los hombros para quitarle el abrigo. Pronto se les unió Miguel, que a diferencia de los mortales, había constatado ya la presencia de un ángel de la muerte frente al agua que se negaba a desvelar lo que su gran capa negra ocultaba a los espíritus etéreos. Por otro lado, esa multitud infinita de fantasmas miraba todo desde la orilla del barrio de San Polo, con la misma angustia latente de los vivos. Aquellos atormentados desde el primer segundo tenían claro que el ángel de la muerte no auguraba la libertad de alguno de ellos y era probable que el séquito recibiera un escarmiento por el morbo que les daban las tragedias. Para Miguel, no ignorar a tales condenados le era una tarea difícil; más de uno, si no fuera por las cadenas que ataban sus manos y pies y que el ángel de la muerte no quería retirar, sería arrojado al infierno o peor, al abismo del tormento eterno, en donde ni el diablo quería caer. Una de esas infelices, una fantasma barroca de amplia peluca y absurdo vestido esperaba ver si aparecía el espíritu de Elena para adoptarla en el acto porque siempre había querido tener en sus brazos una niña rubia.

-Haz lo que tengas que hacer pero no permitas que se vaya con ellos - ordenó Miguel a su colega y este sonrió apenas, sin poder pronunciar palabra. De hecho un ángel de la muerte siempre tendrá prohibido hablar así sienta que se quema por completo.

-¿Qué pasa? - preguntó Carlota a Marat luego de creer que Miguel hablaba solo.
-Tienen que sacar el cuerpo del agua ya lo retuvieron mucho.
-¿Por qué no quieren?

Marat guardó silencio y enseguida, se retiró el cadáver del canal, depositándolo en el suelo. Entonces, la mujer que estaba con los empleados del vaporetto intentó aproximarse pese a que la policía no se lo permitía y su hijo quedó atónito al distinguir el rostro de la niña ahogada. La mujer, al verlo, hizo acopio de gran coraje y forcejeando consiguió llegar hasta el cuerpo, con su marido tratando de contenerla.

No! ¡Elena no! - gritó la mujer y enseguida sostuvo a la pequeña, como si la reconfortara para que durmiera.

Amore mio, amore mio! - exclamó como si fuera a enloquecer y las personas a su alrededor se alejaron, contemplando la ciudad entera la desgracia de la familia Martelli.

-Creo que nos vamos - dijo Ricardo a Tennant y este enseguida fue por Andreas y Adrien. La mujer de junto soltó a llorar también y pronto él supo que era Yuko Inoue, misma que igual se quería marchar.

-No imagino lo que siente aquella madre - comentó ella.
-No la culpo si comete una imprudencia.
-¿Por qué una niña?
-Sería un desafortunado accidente.
-Espere ¿Usted no sabe?
-¿Qué no sé?
-Esta niña se perdió hace dos días, cuando llegamos.

Ricardo terminó por lamentar más lo acontecido y se enteró de la anécdota completa: Elena Martelli tenía once años, estudiaba en la primaria "Alberto Manzi" del barrio Cannaregio y el día de los hechos había acudido con su madre, una guía de turistas a la Piazza di San Marco y luego con su hermano, un trabajador del servicio de vaporetti que la había recogido para llevarla a casa y la dejó en la Fondamenta de Cannaregio, con dirección a la Calle del Forno, en dónde los Martelli vivían con los abuelos de la niña luego de que su padre, un antiguo cajero de banco perdiera su empleo poco tiempo atrás. Justo al dar las tres de la tarde, el abuelo preguntó por teléfono si habían enviado a Elena o ésta se hallaba con una amiga y comenzaron a buscarla de inmediato, sin que hubiera testigos de su desaparición. Se suponía que la pequeña portaba uniforme escolar y estaba peinada con trenza.

Sin embargo, lo que Venecia comprobaba era que la niña lucía muy diferente. Su pelo estaba recogido y su vestuario era negro, con una falda de flecos y medias. Sus aretes parecían de diamantes y en la mano portaba un anillo ostentoso, con una piedra verde y perlas. Por tales adornos, mucha gente creyó adivinar que la víctima había experimentado una canallada indecible y de pronto, Carlota Liukin reparó en algo: Elena Martelli tenía una marcada sonrisa en los labios, una que parecía de enorme felicidad.

-¿Por qué se ríe? - le expresó a Marat y él también quedó boquiabierto. En ese instante, Carlota no resistió y apartó la cara, siendo estrechada por él mismo y colocándole su abrigo en el acto.

-Vámonos - sugirió Miguel y los tres retrocedieron hasta hallar a Ricardo consolando a Yuko.

Mientras tanto, en el borde, el ángel de la muerte descubrió su capa. Decidido a cumplir con lo que Miguel le había ordenado, soltó al fantasma de Elena Martelli con una cadena irrompible y pesada en los pies, asignándole un sitio junto a una gran roca que se distinguía en el Gran Canale y advitiéndole que nunca se acercara a espíritu alguno hasta que él determinara que podía llevársela de ahí. Solamente Miguel Ángel entendió algo fundamental a distancia: Si el cadáver de un niño sonríe es por un alivio profundo y para Elena Martelli fue piadoso ser ahogada; casi podía imaginarla en el momento de dejar de respirar, con su verdugo queriendo hacerle más daño en lugar de aquel bien, así el precio para ella fuese renunciar al firme abrazo de su madre, cuyos gritos de "amore mio!" rompían el corazón.

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