sábado, 2 de septiembre de 2017

El regalo más grande.


A las 6:40 am terminó la estancia en Burano, al menos para Carlota Liukin. Después de salir por la ventana como en la fiesta del sábado, su padre la llevó a la Fondamenta dei Squeri a tomar el vaporetto junto a Yuko inseguro de dejarlas solas. El sol apenas se asomaba.

-Si no entiendes algo, sólo haz lo que veas.
-Está bien, papá.
-Yuko dejará este sobre en la dirección mientras tu conoces a tus profesoras y tus compañeras, no te separes de ellas en el cambio de salón por favor.
-Eso es seguro.
-Te veo a las doce en el hotel Florida.
-Llegaré.
-Te llamaré cuando salgas de clase de todas formas.
-¿No veré a Marat, verdad?
-Su tren sale a las doce.
-Despídeme de él, por favor.
-Por supuesto.
-Nos vemos.
-Ven aquí.

Ricardo abrazó a Carlota igual a la primera vez que la llevó a la escuela  de pequeña y la ayudó a subir al bote sin querer que se fuera. Ella no había desayunado pero él le había dejado un panino en la cartera y cepillo de dientes, mismos que la joven descubriría mientras se hacía el peinado de coleta con listón obligatorio y se aseguraba de que sus ballerinas negras relucieran. Con su uniforme de vestido recto azul y su suéter amarillo, ella creyó recordar el casi idéntico estilo de Judy Becaud al ir a misa.

-Creo que deberías comer.
-Eso haré, Yuko.
-Tu padre también me preparó un panino, es muy considerado.
-¿A dónde irás luego de dejarme en el colegio?
-Al casino a trabajar.
-Creí que estarías en un hotel.
-Me terminaron mandado a las apuestas.
-Suerte.
-Igualmente.

La Laguna di Venezia lucía muy solitaria y mientras ellas desayunaban, la tripulación se notaba un poco desconcertada. El hermano de Elena Martelli había vuelto al trabajo y miraba a Carlota Liukin con insistencia desde que abordó en el muelle, en parte porque su padre seguramente volvería a verla.

-No sonrías mucho - aconsejó Yuko y la chica se limitó a ver el paisaje mientras se preguntaba como llegaría a la escuela. Lo único que sabía era que no iría a la que estaba junto a Santa Maria di Gesuati y que debía tomar un segundo vaporetto para el barrio San Marco en donde Yuko la llevaría a algún portón verde o gris y entregaría la recomendación que la secundaria de París había tenido la gentileza de enviar.

Al distinguir Murano, Carlota y Yuko dieron un último vistazo a sus pertenencias y luego a las cúpulas rojas que anunciaban la cercanía de Venecia mientras los vaporetti iban trasladando a unos pocos burócratas todavía. En la Fondamenta Nove iniciaban las actividades diurnas de la guardia marítima y en la distancia le asignaron al bote el atracadero seis, junto a un vehículo de la polizia.

-Siamo arrivando! - anunció el capitán - Buona fortuna a tutti!

Carlota se puso de pie y cuando el vaporetto se detuvo, saltó fuera muy contenta. Yuko prefirió tener cuidado y enseguida la llevó de la mano a la taquilla para adquirir tarjetas recargables y los billetes a San Polo. Para sorpresa de ambas, su bote estaba por partir y darían un enorme recorrido por la Fondamenta a la izquierda para navegar por el Canale di Cannaregio y el Gran Canale, dándole a Carlota entre quince y diez minutos para llegar al colegio si no se perdía. Luego de correr y provocar que las esperaran un poco, ambas se quedaron de pie casi en el borde y la marcha del bote inició con cierta velocidad, probablemente porque a las ocho el lugar se llenaría y el Canale di Cannaregio era el primero en congestionarse. En ese vaporetto viajaban ya algunos clientes del Mercato Rialto y las dos procuraban no ver a nadie para evitar devolver saludos. No había más niñas abordo.

-Me sé este camino de memoria - sonrió Carlota.
-¿De verdad?
-Lo recorrí con Marat el día que llegamos.
-¿Él te cayó muy bien, verdad?
-Lo voy a extrañar.
-No llores.
-No estoy llorando es que no dormí bien.
-El tren a Mónaco sale a las doce.
-Y yo de clase a las once y media.
-Eso pasa.
-Yuko ¿Por qué no me contaste antes lo de Marat?
-Porque es muy personal.
-¿Te puedo confiar algo?
-Sí.
-Tengo otro vestido abajo del uniforme y me aprendí el horario del vaporetto para llegar a tiempo.
-¿Vas a despedirte de Marat?
-Lo quiero mucho.

Yuko sabía que esa información valía oro y que el general Bessette esperaba algo así.

Cuando el vaporetto rebasó la parada del Mercato Rialto y se introdujo al Gran Canale, Carlota reconoció su propio destino muy cerca del Ponte di Rialto, en el Fondaco dei Tedeschi. Según la dirección que Ricardo le había anotado, debía dirigirse al Campo Salvatore y ubicar un edificio de ladrillo rojo con muchas ventanas. Incluso le decía que lo más rápido era irse por Riva del Ferro, Calle Larga Giuseppe Mazzini y Calle del Lovo

-Fondaco dei Tedeschi! - exclamó el capitán y Carlota y Yuko salieron corriendo a la izquierda, con el temor de que sus minutos de sobra se agotaran de ir con cautela. Riva del Ferro era una calle muy amplia junto al Gran Canale y aun vacía pese a la fila que comenzaba a formarse para tomar los vaporetti a Giudecca o Lido.

-¡Carlota, voy a romperme los tacones!
-¡Luego te compras otros!
-¡No gano tanto!
-¡No voy a llegar!
-¡Dobla a la izquierdara!
-¿Voy derecho?
-¿Ves otra calle?
-¡Hasta el fondo!
-¡En esa te vas también a la izquierdara!
-¡Sólo a mi padre se le ocurre meterme en cada escuela tellnotelliana que encuentra!

Carlota presentía que no llevaba prisa y de pronto, se topó con que el resto de la gente de Venecia estaba por salir de sus casas.

-¿A qué hora entra todo el mundo al trabajo?
-A las nueve.
-¿Perdóname?
-Tu padre quiere que pases más tiempo en casa, por eso no te inscribió en ningún colegio italiano.
-Lo peor que te puede pasar en Tell no Tales es llegar tarde a clases.
-En Japón también.
-¿Y los ponen de castigo a lavar retretes?
-¡Corre más rápido!

Carlota hizo lo que pudo y llegó al Campo Salvatore pronto, ubicando la escuela también a la izquierda, con ayuda de un letrero que decía "Istituto Marco Polo, scuola di educazione pubblica tellnotelliana".

-¡Llegué! - dijo Carlota muy contenta y aguardó de pie a Yuko que batallaba con sus zapatos. Había dos profesoras pasando asistencia junto a una puerta pequeña de madera que lucía ridícula con el enorme edificio que custodiaba y contemplaron a Carlota sin saber quien era, intrigadas por el sobre verde claro que la otra mujer después de unos traspiés les extendía jadeante.

-No sabía que coría bien con zapatillas - ironizó Yuko y las profesoras optaron por verificar si la chica rubia era parte del alumnado.

-Come ti chiami?
-¿Qué?
-Tuo nome, per favore.
-Nome... se parece a name... ¡Ah mi nombre! Carlota Liukin.

Ambas docentes revisaron un par de veces el apartado de la letra "L", encontrando "Liukin" pero acompañado de tantos nombres que enseguida la hicieron pasar a la dirección, que era una oficina bajo una escalera.

-Lamento la inconveniencia - dijo Marcella Mariani, directora del colegio - ¿Es usted Giulietta Eglantine Charlotte Jacqueline Bérenice Cleménce Léopoldine Liukin - Cassel et Alejandriy, la alumna recomendada por el Colegio Tellnoteliano de Francia?

Carlota pasó saliva.

-Soy yo.
-Entonces se entiende la confusión de hace un momento.
-No me acostumbro a un nombre tan largo.
-Comprendo ¿cómo suelen referirse a usted?
-Como Carlota Liukin.
-Carlota, así nos dirigiremos a usted.
-Gracias.
-El idioma será un problema pero aprobó el examen diagnóstico de la Unión Europea, eso ayudará.
-¿En qué grupo me toca?
-No manejamos ese sistema, únicamente establecemos horarios para cada estudiante.
-Qué diferente.
-Dada la hora, lo mejor será que entre a su lección de historia en el salón veintisiete .
-De acuerdo, gracias.
-Benvenuta, signorina Liukin.
-Grazie?

Carlota salió a buscar el aula y Yuko se quedó en la oficina, quizás para tratar otra cuestión a nombre de Ricardo. En aquel lugar la confidencialidad era imprescindible.

Algo se entendía al poco tiempo de andar por la escuela: ubicarse era tan fácil que por lo mismo era inadmisible asistir con retraso a las lecciones. Carlota no fue la primera en firmar su entrada al aula pero si en elegir un lugar en la segunda fila y constatar que su profesor no era precisamente el favorito de las chicas. Atendiendo el consejo de su padre, la joven copiaba del pizarrón, levantaba la mano y abría su libro cuando las demás lo hacían pero el maestro deliberadamente la ignoraba o le revisaba las notas, inhibiéndose de mirarla con tal de ser tan exigente como con las demás.

Luego de esa primera experiencia, Carlota tuvo lección de matemáticas con un docente bastante más amable al que sorprendió resolviendo un par de ecuaciones con comprobación y clases de física y química con profesoras que constantemente ponían a las chicas delante del pizarrón para reforzar lo que se exponía en clase. En la última media hora, se realizaban las pruebas para la materia de Cultura Física y Carlota lanzó dardos una y otra vez mientras recordaba que en Tell no Tales era una pesadilla siquiera pensar en integrar el equipo. Las niñas más insoportables siempre se reunían en los dardos y en Italia era la misma historia. Todas las chicas de la escuela serían seleccionadas para algún conjunto deportivo y la entrenadora del club de dardos anotó a Carlota entre sus candidatas.

-"Todo menos dardos, todo menos dardos" - cruzó dedos la joven Liukin y pronto se enteró de que se había perdido las pruebas para gimnasia y bádminton de la semana anterior.

Una campana sonó en punto de las once y media y las chicas formaron una fila inmediatamente. Si algo habían aprendido los cuerpos docentes de Venecia con Elena Martelli, era que ningún menor de dieciséis podía irse sin que alguno de sus padres o hermanos mayores se presentara y Carlota fue la primera en recibir su salida, sorprendiéndose de ver a Miguel y a Tennant esperándola. Al menos no era Ricardo.

-¿Qué tal las clases? - saludó Tennant.

Carlota lo ignoró.

-Miguel, me alegra que hayas venido.
-Gracias, señorita.
-¿Marat se fue?
-A juzgar por la hora, aun se encuentra en la estación.
-¿Crees que podría llegar a despedirme?
-Si quiere llegar en vaporetto, no lo encontrará.

Carlota no quería desalentarse y comenzó a caminar rápidamente pero optó por echarse a correr rumbo al Fondaco dei Tedeschi, esperanzada de que la parada no estuviera saturada pero en Venecia el mediodía significa ver el Gran Canale muy lleno. Los turistas de los interminables cruceros eran los responsables y se decía que del lado de Giudecca navegaba uno que no había podido quedarse en el canal San Marco.

-Voy a llegar - susurró Carlota y desató su cabello, cambió sus zapatos y se quitó el uniforme escolar, descubriendo un vestido verde pastel de manga corta, atrayendo varias miradas, entre ellas las de su profesor de historia, que aguardaba por su turno en el vaporetto.

-¡Señorita, no se adelante tanto! -exclamó Miguel.
-¿Como veré a Marat en la estación?
-Hay tráfico y el puente está saturado.
-¿Alguna idea?
-¿Ir volando?
-¡Miguel!
-Es posible.
-Si no pasa un milagro, dejaré de ir a misa todos los días.
-Le conseguiré un bote enseguida.
-¿Cómo harás eso? ¿Pagarás una góndola?

Miguel corrió y Carlota lo perdió de vista muy pronto mientras un despreocupado Tennant se le aproximaba revisando el reloj.

-Faltan veinte minutos, tic tac, tic tac.
-¿Cuál es tu maldito problema, Tennant?
-¡Marat ya se va! Acéptalo ¿quieres?
-¡Le tengo que decir adiós!
-¿Por qué?
-Porque nos ayudó ¿no es suficiente?
-Pudiste despedirte ayer.
-Lo hice.
-¿Entonces?
-Tú jamás entenderías.
-No sabes lo que haces.

Carlota recordó que no le dirigía la palabra al joven Lutz y se dedicó a buscar transporte hasta que Miguel le llamó desde el canal. Él venía con, adivinaron, Geronimo que llevaba telas a un taller de Cannaregio.

-¡Carlota, principessa mia! - inició aquél - ¿Dónde vas?
-¡Por Marat!
-¡Ni siquiera debías pedírmelo, sube! Ya sabía que no es tu hermano.
-Somos amigos.
-¿Dónde fue?
-A la estación de tren.
-¿Se va de Venecia?
-Tengo que despedirme.
-¿Vas a confesarle tu amor?
-¿Qué?
-¡Eso no espera, vámonos!

Carlota saltó al bote y Tennant, impresionado hizo lo mismo, Miguel tenía demasiada habilidad para resolver cualquier retraso o anhelo que ella tuviera y Geronimo sólo aceleró para esquivar góndolas, mismas que frenaron la marcha de los vaporetti y despejaron la curva del Canal de Cannaregio, haciendo que la polizia persiguiera a los Liukin por exceso de velocidad.

-¿Cuánto falta?
-Cinco minutos.
-No llego.
-Carlota, te prometo que estarás frente a Marat. Cuando lleguemos comienza a gritar, detendremos el tren.
-Geronimo ¡eso sólo pasa en películas!
-¡Y en Italia!

Carlota se sujetó más fuerte en la siguiente curva y la lancha frenó frente a la estación, dando la oportunidad de que la chica corriera antes de que los carabinieri rodearan a los demás. Los gritos de "¡Marat, Marat!" comenzaron en la escalinata y la joven Liukin se abría paso en la multitud, en donde algunas muchachas, quizás enamoradas, se unieron en su llamado. La gente se contagió de una vibra muy especial y pronto, el grito llegó al andén, en donde el maquinista estaba por iniciar
la marcha. Carlota se asomaba por las ventanillas y pronto, las personas al interior del tren decidieron ayudar, encontrando a Marat en el segundo vagón. Él, asombrado por el alboroto, distinguió a la joven recorriendo el exterior y enseguida salió a recibirla.

-¡Marat! - dijo ella y ambos se aproximaron, estrechándose en el acto.

-¡Pensé que no te encontraría!
-¿Cómo llegaste?
-Geronimo me trajo.
-Qué oportuno es.
-Marat yo tengo algo....
-¿Por qué la gente nos aplaude?
-También me ayudaron.

Carlota estaba un poco nerviosa y Marat expectante, como si los demás esperaran una declaración o un beso. Los dos no sabían qué seguía y el maquinista advertía que se iría si no lo resolvían ya.

-¿Estarás en Mónaco, verdad?
-He de reportarme para Copa Davis.
-Lo siento, por mi culpa no has tomado ninguna raqueta.
-Tengo un mes para eso.
-Gracias por salvarnos allá.
-Oye, no tienes que repetirlo...
-No sé si volveremos a vernos.
-Podemos llamarnos.
-Pierdo el celular a cada rato.
-Te dejé mi mail.
-Cierto.
-Carlota, me tengo que marchar.
-Sí.
-¿Hay algo que quieras decirme?
-Marat, yo te quiero.
-Carlota...
-Gracias por ser mi amigo.
-De nada.

Ambos se abrazaron nuevamente y Carlota, en un arrebato amistoso, le besó la mejilla mientras se le trababan los labios para decirle a Marat que no se fuera.

-Estás llorando otra vez - sonrió él.
-Lo sé, estoy conmovida.
-¿Por qué?
-Las despedidas no me gustan y te voy a extrañar demasiado.
-Carlota, nos veremos algún día.
-Vuelve a prometerlo por favor.
-Prometido.

Carlota extendió su meñique derecho y Marat enganchó el suyo para sellar el pacto.

-¡Cuídate mucho!
-También tú.
-Tengo un regalo para ti.
-¿Qué me hiciste?
-Un retrato - Carlota sacó una carpeta - Lo hice la primera vez que te vi. No había nadie ¿te acuerdas?
-¿En Mónaco?
-Quiero dártelo, es para ti, lo dibujé porque me llamaste la atención y estos días busqué en dónde conservarlo.
-¡Eres muy talentosa!
-Quédate con esto, por favor.
-Por supuesto.
-Suerte con tu torneo.
-Suerte con tus patines.
-Te tienes que ir.
-Ya nos tardamos.

Carlota apretó a Marat de nueva cuenta, sintiendo que al menos tenía que decirle adiós.

-Me pongo en camino.
-Entiendo.
-Retrasamos el tren.
-Van a matar al maquinista.
-Ja ja ja y él a nosotros.
-¡Me alegra mucho haberte alcanzado!

Ella no quería soltarlo y le sostenía las manos, maravillada de lo diminutas que eran las suyas en comparación, percatándose de lo pequeña que era, de que Marat la había rodeado todo el tiempo sobrándole cuerpo e inclinándose para escucharla. Recordó entonces que ese mismo hombre era capaz de protegerla y que a pesar de estar marcado de por vida, valía más que cualquier otro en el mundo.

En algún punto cercano a perderse a sí misma, Carlota se dio cuenta de que el viento olía a violetas y a cerezas. El cielo era rosa como en Mónaco y de golpe evocó lo ocurrido en ese claro luego de que él la hallara intentando cubrirse y con la ropa hecha trizas. No comprendía porque esa escena se escondía en su mente cuando inició una lluvia que le acariciaba la piel. Eran flores de cerezo nuevamente.

"¡Esto es un milagro!" gritó alguien y Carlota y Marat volvieron a carcajearse y lanzarse bolas de flores, a hacerse ramitos y a tomar fotos ¿cada cuánto se veían esa clase de tempestades? Ella adornaba su cabello mientras las lágrimas le brotaban más y más al detenerse a mirarlo.

-¿Pasa algo?

Carlota procedió entonces a persignar a Marat.

-Soy musul...
-Es para protegerte.
-Qué linda, gracias.
-Deseo darte algo.
-No, no...
-Marat, quédate con mi dije.
-¿Qué?
-Es tuyo, llévalo siempre.
-Carlota, siempre lo traes puesto.
-Significa bastante para mí.
-Guárdalo.
-Marat, siento que te pertenece ahora, es Santa María del Mar, cuando la mires piensa que yo te quiero y eres mi gran amigo. A esto quería venir, a regalártelo porque....

La voz de Carlota se ahogó y Marat consintió entonces colgar el dije en su cadena. En ese punto, él optó por no hacer más preguntas, mientras ella, emocionada, se dejaba llevar y jugaba en medio de la lluvia de flores, misma que iba llenando los canales, las cúpulas, las vías,  de una delicada y bella alfombra rosada.