sábado, 3 de febrero de 2018

E lei ha detto: Arrivederci! (Primera parte)



Luego de un par de días, los Liukin abandonaron Mestre. En Venecia concluían las labores de limpieza y era viable reanudar el abasto de agua mientras volvía la actividad en el Mercato Rialto y los vaporetti trasladaban a la gente a su trabajo. Aquella semana fue muy calmada, con escasos turistas y poco ruido y en el hotel Florida todo estaba tal y como los Liukin lo habían dejado. De regreso al colegio, Carlota reanudó las pruebas para los equipos deportivos y luego de resultar buena en volleyball y dardos, fue admitida en hockey sobre pasto. Para Ricardo esa era una buena noticia y también lo fue saber que Adrien estaba en el grupo de avanzados de la escuela de autistas; Miguel y Tennant buscaban trabajo y Andreas no faltaba a clases. Yuko por su cuenta, no se quejaba del casino y parecía que nadie iba a molestar pronto.

Luego de mucho insistir y de ver puertas cerradas, Ricardo Liukin halló un jueves una vacante en una decadente gelateria de San Marco llamada "Il Dolce d'oro" en la que compraban niños pequeños y atendía una mujer de cabello rizado cuyo padre se negaba a retirarse. Luego de sentir que regresaba en el tiempo y de que, al menos, las máquinas eran nuevas, el hombre aceptó ser ayudante y no dudó en anunciarlo a la familia por la tarde... Pero la impresión de los demás osciló entre la fatalidad y la pena ajena al conocer aquel local que daba la impresión de quedar destartalado a cada segundo.

-Bien por ti, ya me voy - dijo Andreas y huyó mientras Adrien y Carlota elegían la lástima y se sentaban ante una mesa luego de ordenar un par de copas de gelato de mantequilla con pasas. Tennant, que no conseguía reponerse, quedó de pie frente al mostrador y Miguel, quizás intentando ser entusiasta sacó una maceta de algún lado para alegrar las paredes blancas. Yuko sonrió por compromiso pero se propuso no añadir comentarios mientras se le ocurría algo que pretextar si le preguntaban.

El viernes en cambio, fue una jornada muy diferente. A la una era la cita entre Romain Haguenauer y Carlota y por evitar que su padre la descubriera, Andreas se ofreció a llevarla a condición de cubrirlo con el evento de surf del sábado. En la Piazza di San Marco, desierta todavía, esperaba Haguenauer con una caja de botines nuevos y parecía tener el tiempo contado porque revisaba su reloj constantemente. Cerca de él, la madre de Elena Martelli iba juntando a un pequeño grupo para el habitual tour por las atracciones venecianas y no tardó en mirar a Carlota corriendo para llegar a tiempo.

-Bueno, te ves.
-¡Andreas!
-Quedé con Levina, adiós.
-¡No me dejes aquí!
-¿Sabes usar navaja?
-¿Qué dices?
-Nos vemos en casa, Carlota.
-¡Oye!
-Haguenauer, ya calma a la cucaracha.

Carlota iba a lanzarse contra Andreas cuando Haguenauer la sujetó por una muñeca para tranquilizarla.

-Creí que habían dejado el drama en París.
-¡Andreas es un idiota!
-Nada que no sepa ¿Me vas a saludar?

Carlota abrazó a Haguenauer antes de sentirse observada y optó por alejarse de ahí.

-¿Dónde me llevas, Liukin?
-Es que ahí está la mamá de una niña que encontraron muerta en el Gran Canale.
-Qué horrible.
-Y su otra hija casi se lanza de una ventana.
-¿Por qué me cuentas cosas tan trágicas?
-Es que vi cuando sacaron a Elena Martelli del agua y de lo otro, se lo oí a papá.
-¿Quieres decirme que Venecia es más peligrosa que París?
-Quitando los suicidios de la semana pasada, es una ciudad que está más bonita, mira.

Haguenauer se impresionó de que Carlota tomara esas cosas de manera tranquila y le hizo compañía hasta un costado del Palazzo Ducale, con vista a Lido y Dorsoduro; había que aprovechar que los cruceros no atracaban.

-¿Cómo estás?
-Con mucho trabajo, la Federación me regresó a Lyon.
-¿Te gusta vivir allí?
-Bastante más que en París, en INSEP nadie soporta a Guillaume.
-¿Por qué?
-No te rías.
-Perdón.
-Es que programa sus entrenamientos durante la madrugada, su entrenador no nos ayuda.
-¿El tal Simmond?
-¿Te acuerdas de él?
-Afortunadamente no es mi coach.
-Me alegro por eso.
-Lo malo es que no tengo uno y mi padre me vigila siempre.
-No está aquí.
-Le dije sería chaperona de Andreas.
-¿Consiguió novia tan rápido?
-Y los dos son surfistas.
-A tu padre le dio un ataque.
-No cae en coma porque no sabe que Andreas estará compitiendo mañana.
-¿Estás segura?
-Ayudaré a mi hermano a escapar.
-¿Te trajo hoy a escondidas?
-Se lo debo.
-Qué raro, tu padre me pidió tus patines nuevos.
-¡Gracias!
-¿Me mintieron?
-¿Tú que crees?
-Embusteros.
-Estoy impaciente por volver.
-Y la federación quiere que cumplas tu contrato.
-Causé baja de Milán.
-Me temo que sí pero te conseguí un evento aquí en Murano.
-¡Sólo tomaría un vaporetto!
-¿Un qué?
-Un bote.
-Va a ser muy difícil pero si consigues un puesto decente, pasaremos por alto que no consigas la segunda medalla a la que te comprometió Tamara.
-¿Decente?
-María Butyrskaya, Elena Sokolova, Sasha Cohen y Julia Sebestyen están inscritas.
-¿De verdad?
-No irás a Bompard tampoco.
-No lo sé ¿cuándo es?
-Antes del Francia - Rusia en el tenis...
-¡No es cierto! Marat juega hoy.
-A ese punto quería llegar.
-¿Cuál?
-No has entrenado por andar con él ¿o qué significa esto?
-Salí en el "Hola" y no me enteré.
-Hay gente que se muere por tu respuesta.
-Me invitó a una caridad.
-Y de buena fuente supe que tomó vacaciones contigo.
-¡Tennant!
-Adoro a ese bocazas.
-Marat es un gran amigo mío.
-Más te vale, ni yo toleraré que andes como loca por otro chico; suficiente tuvimos con Joubert y nunca reclamé por Trankov.
-¿Cómo sigue Joubert?
-¿No sabes?
-Nada.
-¿No has estado al pendiente?
-Mi padre bloqueó a los Bessette.
-Esto es duro.
-Puedo con ello.
-Bueno...Hace tiempo que no registra actividad, parece que lo declararán con muerte cerebral.
-Ay Dios.

Carlota llevó una de sus manos al rostro.

-Lamento darte este tipo de noticias.
-Y yo me negué a que lo trajeran aquí.
-¿Qué?
-¿Por qué le hice caso a Marat? ¡Yo tenía que quedarme con Joubert!
-¿De qué me perdí?
-Es que la mamá de Joubert vino a verme para decirme que lo internarían en esta ciudad y Marat le dijo que no; después yo creí lo mismo porque pensé que él tenía razón.
-¿Estás bien?
-Me urge un gelato.
-¿Qué dijiste?
-Mi papá trabaja aquí cerca.

Con la cabeza baja, Carlota dirigió a Haguenauer hacia "Il dolce d'oro" y encontraron a Ricardo barriendo la calle mientras salía un grupo de niños con grandes conos de gelati de fresas. El señor Liukin saludó confundido y su deprimida hija entró a pedir su propio gelato de almendras con miel.

-Romain, disculpe que no le dé la mano - prosiguió Ricardo.
-No se preocupe, entiendo.
-¿Qué lo ha traído a Venecia?
-Quería saber cómo estaban.
-¿Y esa caja que tiene mi hija?
-Un regalo de París que aun no abre.
-Lo veremos juntos en casa.
-De eso quiero hablarle.
-¿Quien le dijo que nos encontraba aquí?
-Judy Becaud.
-Le pedí que no le informara a nadie.
-No la culpe, yo insistí. Carlota tiene un contrato.
-Le pagaré cada centavo a la gente con la que firmamos.
-Le ofrecí a su niña una alternativa.
-¿Cuál?
-Una competencia aquí en Murano; sólo tiene que acabarla.
-Mi hija no vuelve a patinar ¿entiende?
-Señor, es sólo para que terminemos y usted no pierda dinero.
-Lo prefiero antes que verla otra vez ahí... Siempre debí hacerle caso a su madre.
-Señor, es una opción más económica.
-No nos interesa. Recoja su obsequio, Carlota lo rechaza.

Ricardo reanudó el aseo de la calle y Haguenauer ingresó a la gelateria en donde Carlota luchaba por no llorar.

-Oí todo, disculpa.
-Supongo que me llevo esto.... Anunciaré tu baja definitiva al volver a INSEP.
-¡No lo hagas!
-Carlota, tu padre decide esas cosas, yo no voy a meter a la federación en un problema y tú tampoco.
-¿Y lo que yo quiero qué?

Haguenauer se encogió de hombros.

-Bien, entonces haré todo sola.
-¿Qué? ¡Cálmate!
-¡Estoy harta!

Carlota tomó la caja con sus nuevos patines y se plantó frente a Ricardo.

-Voy a patinar.
-No lo voy a repetir, devuelve eso.
-¡No!
-¡Carlota!
-¡Me niego!
-No estás en posición.
-No puedes obligarme.
-Claro que sí, eres una niña.
-Sabía que no puedo decirte nada.
-¿Qué harás al respecto?
-Voy a patinar.
-No.
-Sí.
-¡No me faltes al respeto!
-¡Vete al diablo!
-¡Retráctate!
-¡Nunca!
-Si te vas ahora no habrá mesada ni permisos y te sigues olvidando de patinar.
-¡No me importa!
-No puedes moverte sin el dinero que te doy.
-¡Ni siquiera es tuyo!
-¿Perdona?
-¡Es de la cuenta de mamá!
-¿Quién te dijo?
-¡Desde el principio lo sé!
-Pero como beneficiario, también puedo negártelo.
-Bien.
-¿Dónde vas?
-A entrenar.
-¡No tienes permiso!
-Me interesa tanto...
-¡Vuelve acá!
-¿Cuál es tu maldito problema?
-Ya conversamos sobre esto.
-Nunca pasó.
-Dejé claro que yo no voy a permitir...
-¡No son tus cosas, déjame en paz!
-Esas decisiones no las tomas tú.
-Voy a practicar.
-Sólo yéndote de la casa.

Carlota pasó saliva.

-¡Me largo!
-Entonces devuelve tu celular y tu mesada, no puedo mantener a alguien que se va.
-¡Toma todo!
-¡No avientes nada al piso!
-¡Y te doy la chamarra y este gorro, hasta los tenis los compraste tú!
-Sigue con tu berrinche, Carlota, vas perfecto.
-¡Eres un idiota y no volveré a verte más!

Ricardo levantó lo que Carlota dejó tirado y no pronunció palabra. Haguenauer eligió igualmente el silencio y se fue sin despedirse.

La joven Liukin se dirigió a pie hasta el hotel Florida y aunque perdió unos calcetines en el camino, al llegar se limitó únicamente a tomar su maleta y seleccionar la ropa que había adquirido junto a su madre, dejando aquello que Ricardo le decía que era para ella. Atrás quedaban pulseras, abrigos, artículos de limpieza y la única muñeca que le quedaba luego de las mudanzas. El flamingo y el delfín rosa de la fiesta de Burano iban con su equipaje y escribió una nota para Andreas, no sin "tomarle prestado" algo de dinero para el boleto del tren y hurgar en los papeles de su padre hasta hallar su pasaporte, su visa y sus documentos escolares.

En la estación de Santa Lucía, la corrida a París iniciaba a las ocho de la noche y como era imperativo marcharse pronto, Carlota optó por abordar el tren a Turín y buscar alguna conexión que la dejara cerca de Francia si no hallaba otra más o menos directa; tenía contempladas también un par de escalas en Verona y Milán, haciendo que la duración del viaje se prolongara por seis horas. Después de buscar un asiento y pedir ayuda para subir su equipaje al compartimento superior, la joven miró su reloj y luego de diez minutos exactos, se inició la marcha sin aguardar a nadie.

La primera parada era Mestre, todos los trenes a Venecia o desde ella deben detenerse ahí, en donde casi nadie baja cuando se vuelve a la Italia continental. El vigilante del vagón revisaba los boletos y una vez que se entregaba el plan de viaje y se relevaba al maquinista, los paisajes eran lo único disfrutable. Irse de Mestre transmitía una sensación liberadora y los bosques, colinas y puentes de piedra provocaban que los turistas hablaran y hablaran sobre lo bellos que eran. Carlota lo apreciaba también, no obstante, se colocara unos audífonos para buscar una estación de radio en el que narraran el juego que tenía Marat contra un tal Rachid Mebarak. Aunque ella no entendía de tenis ni podía imaginar otra cosa que no fueran dos personas pasándose una pelota de un lado a otro, le gustaba escuchar que Marat iba ganando dos sets a uno y que gracias a su probable triunfo, la semifinal de Copa Davis sería contra Francia en el Palais Omnisports en noviembre. Si Carlota llegaba a París, tal vez podía verlo y saludarlo, además de presumir su emancipación. Lo primero que haría sería buscar a Judy Becaud para pedirle asilo y un empleo en su nuevo negocio; anotarse en alguna escuela cercana y ahorrar mucho para mudarse y no causar molestias. También podría audicionar para ser modelo de chamarras o pantalones o manos; algo saldría en el camino para pagar las cuentas y los entrenamientos en INSEP tal vez la harían candidata a una beca mayor a la de su contrato original. Así iba a ser, incluso estaba dispuesta a servir hot dogs, como Guillame le había sugerido.

En medio de las fantasías sobre su futuro, Carlota reparó en un detalle: el tren de Turín a París costaba 176€ y uno a Grenoble 120€; de Grenoble a París eran 108€ y la cuentas le indicaban una quiebra técnica total; no le alcanzaría ni para una lata de sopa caliente en una máquina expendedora a menos que tomara un autobús, que de acuerdo a una guía de viaje le saldría en 34€ o un taxi privado por un precio similar y cinco horas de camino a cambio de 45€ libres para gastos ¿y si todo salía al revés? ¿Si Judy no la recibía, iría con sus tíos de vuelta al hotel Odessa o le pediría ayuda a Gwendal? Todos la regresarían a Venecia sin excepción ¿Iría a una posada de 10€ la noche mientras se las ingeniaba cuatro días para conseguir dinero? ¿Qué pasaba con el aseo personal? ¿Y qué había de los Bessette? ¿No iba a ser ruin pedirles algo luego de dejar a Joubert atrás? Por supuesto, ella comenzó a morderse las uñas y se imaginó haciendo retratos y cantando en la calle ¿no iba a resultar mal, cierto?

Pero Carlota no se estaba arrepintiendo, al contrario. Tenía que irse para poder patinar, Ricardo se lo había dicho y la condición no era tan... digamos, difícil de seguir. Quizás eso fue lo que la motivó a permanecer en su lugar y revisar que nadie se llevara sus cosas en las escalas, a rechazar bocadillos y bebidas a la venta abordo y no abrir la boca para no levantar algún reporte. Daba igual no ver Verona ni Milán y no poder pisar los bosques que se presentaban en su camino. A las ocho, el tren arribó a Turín y decidida adquirió el billete a Grenoble en un trayecto próximo a iniciar; hasta tuvo que correr para alcanzar a entrar y perder la oportunidad de comer una sopa de tomate que lucía prometedora desde una máquina en el andén.

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