domingo, 22 de abril de 2018

Las cosas han cambiado (Incancellabile)


-¡Katarina, por Dios! ¿Qué hiciste?
-Firmará un contrato ¿qué más iba a hacer?
-¡Suéltala! ¡Te lo ordeno, Satanás!
-Ella dijo que sí.
-¡Katarina, te está engañando!
-Un poco de sangre y le doy más de lo que pidió
-¡Déjala en paz!

Esa era la discusión entre el Diablo y la guardiana de Katarina Leoncavallo mientras rodaba sangre de ésta por sus piernas. La joven no podía parar llorar y estaba fuera de sí, por lo que el enfrentamiento entre el bien y el mal se fortalecía a medida que intentaban convencerla de tomar una decisión.

-Oye Katarina, eres de mis mujeres favoritas ¿crees que el cielo te daría lo que mereces?
-¡Cállate, Satanás!
-¿Qué te metes, angelita idiota?
-Katarina, te mintió una vez ¡estás sufriendo!
-Acabó mal porque es imbécil
-¡Le prometiste algo que nunca será! Maurizio no iba a corromperse.
-Eres inútil, Katarina - dijo el Diablo acercándose a la joven Leoncavallo, misma que no detenía su llanto inconsolable en la regadera mientras el agua tibia corría por su cabello y cubría su pecho, tocaba sus mejillas y salpicaba sus pies.

-Te admiro y te odio tanto, mujer... Eres tan atroz que serías mía si no sintieras ese horror llamado amor.
-¡Katarina no ama a Maurizio!
-¿Lo oyes? Hasta tu "angelita de la guarda" subestima tus más nobles sentimientos ¿No amas a tu hermano? ¿En serio? ¿No le has ahuyentado a tanta víbora que quiso quedárselo? ¿No lo contrataste cuando casi se queda en la calle y sin trabajo? ¿Quién lo cobijó cuando su equipo le dio la espalda por tanto tiempo? ¿Quién ha llegado a matar para que no se rían de él?
-¡Ella no ha hecho eso!
-¿Olvidamos convenientemente que Katarina asesinó en vida al gran amor de su Maurizito?
-Ese fue un accidente.
-Sabemos que no... Fue brillante, esos gritos son una melodía.
-No hay día que Katarina no se arrepienta.
-Repasemos.
-No te atrevas...
-Katarina ¿cuántos años tenías cuándo empezaste a sentir que sin Mauri no podías respirar? ¿once? ¿Y cuántos la primera vez que te excitaste porque él se quitó una inocente playera frente a ti? ¿doce?
-Estaban nadando, no la confundas.
-Guarda silencio, angelita. Apenas inicio y ya hubo dos momentos que me dan la razón... Katarina bonita, te entiendo tanto ¿Recuerdas cómo empezaste a morir por darle un beso, por mirar la luna con él? Mauri te amaba ¿o no era así pequeñita? Te llevaba de la mano, te miraba largas horas y corrían en Milán, él te enseñó lo que sabes de patines y si algo te hacía llorar, te cuidaba.
-¡Es natural! ¡Es su hermano mayor!
-Esos ocho años de diferencia los han separado y a ti te duele tanto ¿por qué no eres un poco más vieja? ¿por qué no naciste en otra familia? ¿por qué te has sentido sucia toda tu vida? Lo amas con el deseo ardiente de una mujer y no con la dulzura cándida de una hermana ¿por qué se te tortura de esa manera? ¿tanto mal hiciste de chica?
-Katarina no merece vivir así.
-Al fin estamos de acuerdo en algo tu angelita de la guarda y yo.

Katarina Leoncavallo sollozó más fuerte.

-Te tocas y sólo llegas al éxtasis pensando en él aunque intentas con otros hombres; anhelaste enamorarte de alguien más y no pudiste, quisiste tolerar a las novias de Maurizio y los celos te dominaron... Tenías trece años cuándo él se fue a Rusia a entrenar y cuando volvió a casa a pasar unos días, decidiste que le confesarías tu amor. Gastaste tus ahorros en un osito y en las flores más caras para que en la fiesta de bienvenida a tu hermano se le ocurriera presentar a la tal Jyri Cassavettes como su novia, una ojiverde que jamás olvidará.
-¡Detente, Satanás!
-Esa angelita tuya me tiene harto... ¿En qué estaba? Oh sí, en Jyri. A ti se te borró la sonrisa, dejaste tus obsequios en la mesita que estaba junto y lloraste como jamás volvió a pasar. Él se dio cuenta de tu tristeza de inmediato, supo que te rompía el corazón.
-¡No es cierto! ¡Él creyó que Katarina estaba emocionada!
-Hay algo que Katarina no sabe y tú sí y es que Maurizio conserva ese peluche como su pertenencia más preciada.
-¡No la manipules más!
-No la detuviste cuando fue tras de Jyri antes de que acabara ese verano.
-Pensé que entraría en razón.
-No metiste las manos cuando Katarina le arrojó esa vela al cabello.
-Ella trató de apagarla.
-No la paralizaste cuando tomó la decisión de prenderle fuego al vestido de esa mujer.

La guardiana de Katarina arrojó lágrimas de vergüenza.

-El rostro de Jyri se desfiguró, no volverá a hablar, es sorda del lado izquierdo, lidia con quemaduras en piernas y espalda y esos ojos verdes ¡Oh Dios! ¿Por qué no los salvaste? Los perdió de aquella forma tan cruel. Maurizio iba al hospital pero Jyri lo echó para siempre y él sufre aun hoy porque ese amor era verdadero, puro, de esos que nunca se agotan... En ganancia, nadie sabrá que Katarina lo hizo.

Katarina Leoncavallo no ocultaba su remordimiento.

-De todas formas, esa tragedia no acercó a Maurizio a ti. Él se alejó, prefirió soportar la altanería de la Fusar Poli, la lástima de sus entrenadores y las burlas de todos alrededor. Él siempre será el idiota que arrojó a su compañera al hielo en las olimpiadas de casa y luego se tropezó solito, menos mal que los otros fueron peores. Ahora lo defiendes con furia de bestia y a los demás les da pavor siquiera pensar mal de él, mejor que hablen de ti aunque sean pestes. Vale más ser temida y odiada que permitir que Maurizio sea la alfombra de la multitud.
-Katarina, no puedes seguir escuchando a Satanás ¡Él se dedica a alimentarse de ti!
-¿Por qué en el cielo creen que los humanos son estúpidos? ¿Katarina no decide por sí misma? Yo no intervine con esa vela ni encerrando a la tal Kati Winkler, tampoco amenacé a Sasha Cohen con tijeras ni le di una paliza a Courtney, esa otra mujer con la que Maurizio casi se va.
-Te has dedicado a envenenarla.
-¿Qué haces tú?... Oh sí, nada. Los ángeles de la guarda son tan inútiles, ni echarme pueden.
-La aconsejo, siempre estoy con ella.
-¿Por qué no contienes su llanto? Tu trabajo es darle consuelo y mantenerla feliz; Dios no ha de tenerte en buenos términos si no cumples con una labor tan fácil.
-Katarina, yo te ayudo, ven.
-Señorita Leoncavallo ¿recuerdas a quien le debes lo que tienes? Te hice más hermosa que todas las mujeres que rodean a tu hermano, te volví atractiva para despertar sus apetitos, te di la voz, la personalidad, los modales que él siempre ha deseado para una esposa. Eres fértil para esos cuatro hijos que anhela, hueles a miel porque ese olor lo pierde y eres todo lo que imaginó y soñó... Y ni así le gustas un poco.
-¡Es tu hermano, mujer!
-¿No saben decirte otra cosa? "Es tu hermano, es tu hermano" ¿y qué? Sigues siendo la que se reprime salvajemente porque él eligió a Karin aunque no la ame y ahora a Carlotita por encima de ti
-Katarina, esto es basura.
-Una gota de sangre y haré realidad lo que deseé. Soy su esclavo, Satanás, mi señora.
-¡No!

Katarina gritó fuertemente y levantándose, exclamó.

-¡Cállense los dos! Déjenme en paz, sólo están en mi cabeza.
-Mi señora...
-¡Tú vete, Satanás! O lo que seas, largo.
-¡Estoy a sus órdenes!
-¡Nunca vuelvas!

Como la señorita Leoncavallo había escogido qué hacer, su ángel de la guarda pudo arrojar al Diablo sin gran resistencia hacia la calle, en donde aquel se quedaba haciendo rabieta y juraba venganza. Pero al girar hacia Katarina, el panorama era igual de difícil.

-Katarina, estarás bien - pronunció su guardiana.
-No tengo fuerzas para vivir así.
-Es la segunda vez que te lastimas.
-¡Me duele mucho!
-La próxima vez podrías desgarrarte.
-No me pude contener, era tan placentero.
-Sé que es leve, el jabón ayudará.
-Tan mal se ve en el espejo.
-No te mereces esta inmundicia.
-¡Amo a Maurizio con todo mi corazón!
-Pero te hace daño.

Katarina Leoncavallo sintió que destruiría el espejo y regresó al agua a calmarse.

-Deshazte de la ropa de encaje... Bien, aséate, que nadie note ese desastre, estoy pensando qué sigue. Katarina, te pondrás un vestido muy lindo e iremos a caminar ¿te parece?
-Prometí que iría a la gala a ver a Carlota.
-De acuerdo Katarina pero no te vas a maquillar y te harás un peinado muy sencillo, nada de aretes ni anillos.
-Ni maquillaje.
-Exacto.
-¿Cómo me libro de lo que siento? Porque no sé.
-Es increíble que lo sugiera pero tal vez debas...
-Consultar un psiquiatra.
-Será una gran decisión.
-¿Qué ibas a decirme?
-Que buscaras un novio por ahí pero no me hagas caso.
-¿Un novio? Nunca he besado a nadie ni tenido una cita.
-No te creo preparada.
-¿Qué tenías en mente?
-Distraerte.
-¿Como?
-Mi idea era que desahogaras todo lo que llevas dentro pero el profesional de salud mental es perfecto.
-¿Un novio al cual hornearle pasteles de chocolate?
-No lo hagas.
-Al cual abrazar, al cual besar.
-No toques tu boca...
-Nadie me hace sentir algo así.
-Oh, vamos, seguro hay un hombre que te guste un poco... ¿Yo dije eso? ¡Ignórame!
-Que me guste al menos un poco...
-¿Qué hay de Mario Crosetti? ¿Era el gondolero? Sé que todavía se detiene para verte pasar ¡O Marco Antonini, el cristalero! Vive a unas puertas de aquí. Aunque lo despreciaste y juró no hablarte, aun le dice a todos que eres la más bella... ¡Evítalo, no recordé a nadie!
-¿Qué hora es?
-Casi las nueve de la mañana.
-Los Liukin llegarán por la Fondamenta Serenella ¿verdad?
-¿Qué tienes en la cabeza? ¡No te salgas!

Katarina Leoncavallo acabó su ducha y se colocó el vestido rosa pálido que tanto le halagaba Maurizio para luego abandonar su habitación a prisa. Por coincidencia, su hermano también estaba en el pasillo.

-¡Justo iba a preguntarte como sigues, Katy!
-Nos vemos luego.
-¿Dónde vas?
-A Serenella.
-¡Espera! Estabas enferma.
-Me puse bien.
-¿Lloraste?
-¿Cómo sabes?
-Tus ojos se ven cansados.
-Mauri, déjame ir.
-Pónte un suéter.
-Suéltame.

La voz de la joven sonaba suplicante pero su mirada se dirigía a la escalera y Maurizio sintió que no podría convencerla de quedarse así que, para sorpresa propia, la dejó ir sin despedirse o preguntar.

Katarina Leoncavallo, sin embargo, corrió en medio del llanto, luchando contra la tentación de retroceder y apretar a su hermano para seguir demostrándole un amor inmenso. Por las calles de Murano se veían sombrillas de colores, kioskos con postales hechas de papeles rojos, gondoleros iniciando su jornada y los talleres de cristalería poniendo en venta jarrones y floreros mientras ella pasaba debajo de la ventana de Marco Antonini y Mario Crosetti la reconocía al atravesar el puente sobre el canal de agua podrida hasta la Fondamenta Serenella, con el muelle en el que los vaporetti realizaban sus primeros arribos. Buscando caras conocidas, la señorita Leoncavallo revisaba a los pasajeros que descendían sin importar que fueran turistas o los técnicos que inspeccionaban cada bote antes de vender los boletos de retorno a Venecia, no exenta de molestar o causar pequeños malentendidos que se arreglaban con un "disculpe". Todavía resistiendo a rendirse, dio vistazo a las lanchas, a otras góndolas y al final halló a los Liukin en el café del lugar, en donde el encargado del atracadero le solicitaba al tal Geronimo su permiso de navegación y Ricardo Liukin aprestaba un par de billetes en pago por unos jugos mientras una mujer a su lado parecía estar muy contenta de acompañarlo. Katarina Leoncavallo no conocía a Tennant Lutz ni a Andreas Liukin y se les acercaba con timidez cuando su angelita de la guarda intentó detenerla.

-No quieres esto.
-Guarda silencio.
-Katarina, no quiero que te equivoques.
-Yo quiero regar este amor.

Katarina Leoncavallo siguió dando sus pasos y sonrió al distinguir a aquella persona que anhelaba ver. La familia Liukin la observaba a la defensiva.

-¡Miguel! - llamó ella y lagrimeando otra vez corrió hacia él, deteniéndose para tocar su mejilla y en un segundo espontáneo de arrojo, juntar sus labios, así chocaran los dientes de ambos. Katarina abrazó al chico con una sonrisa y éste correspondió mientras una serie de sensaciones variadas y nuevas lo recorrían, comprendiendo de golpe a los ángeles que caían desesperados por algún hombre o alguna mujer. Si un beso breve y malo era tan poderoso ¿Cómo era lo demás? ¿Acaso había probado una insignificante pizca del amor humano? ¿Por qué su corazón latía tan rápido y se moría por nunca soltarse de Katarina? Y menos pudo responderse cuando la miró a los ojos y volvió a unirse a ella para dejarse seducir por su boca. De su altercado en Venecia y del enojo por lo del incidente con Carlota, Miguel no fue capaz de recordar nada.

-Es mi primer beso - confesó ella.
-También el mío.
-¿De verdad?
-Me siento acalorado.
-Te pusiste rojo.
-También tú.
-Vine para estar contigo.
-¿Por qué?
-He decidido ser tu novia y hacerte pasteles y darte regalos y abrazos... No tengo idea, no he tenido a nadie.
-Yo ... ¿y los novios se besan?
-Todas la veces que quieran.
-¿Se cuidan?
-Supongo que sí.

Miguel no supo el motivo pero tomó a Katarina de la cintura antes de besarse por tercera ocasión y él notara que la angelita de la guardia le advertía que aquello no era amor ni afecto, sino la más profunda desesperación. Él no tuvo intenciones de atender a su colega pero no por carecer de razón. Un beso para un ángel es como si entrara a disfrutar del paraíso.

Katarina en cambio, pensó en Maurizio, en todo ese amor que debía esconderse de él y usar en Miguel, ese hombre que le gustaba al menos un poco y que no tenía impedimentos para recibirlo hasta que se escurriera por completo. Katarina Leoncavallo sólo anhelaba ver a Maurizio feliz, aun a costa de sí misma, de su alma, de vivir con el eterno corazón roto.

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