sábado, 30 de junio de 2018

El traficante de diamantes


-El Gobierno Mundial está muy interesado en el caso de unos diamantes que aparecieron primero en las joyerías de Tell no Tales y luego estuvieron disponibles en París. El último reporte indica que han llegado a Venecia y al igual que los lotes detectados, no hay certificados de propiedad auténticos - le comunicó Alondra Alonso a Maurizio Maragaglio cuando este se disponía a pasar la tarde con sus hijos. El juego de hockey había terminado pocos minutos atrás.

-¿Quieren que nos hagamos cargo? - preguntó él con resignación.
-Que cooperemos con la Marina.
-¿Quién lleva la investigación?
-El Almirante General, Stendhal Trafalgar - contestó ella con interés.
-Será un fastidio.
-Puedo adelantarme un poco y hacer preguntas en las joyerías San Zito y La fantasia de San Marco.
-¿Se llegó a vender alguna pieza?
-Volaron, al igual que con los lotes anteriores.
-Dime que sospechas de una mentira.
-El modus operandi sigue el mismo esquema en las tres ciudades: Llega un vendedor, ofrece un lote de entre diez o trece diamantes con factura falsa y las joyerías pagan entre doce mil y veinticinco mil euros luego de la valuación.
-¿Cuántos diamantes suelen ser adquiridos cada vez, Alondra?
-Entre dos o tres.
-¿Han detenido a alguna persona?
-No porque las transacciones parecen legítimas al principio. Lo que llamó la atención del Gobierno Mundial no son unos vendedores distribuyendo unas piedras seguramente robadas o usadas para lavar dinero. Lo que llamó la atención es que los diamantes son consistentes en tamaño, forma y pureza, no están en bruto y la última vez, la banda intentó sacar ganancias de un diamante dorado.

La cara de incredulidad de Maragaglio se parecía más al desaliento y no tardó en avisar a su esposa que no podría llevar a los niños a celebrar Halloween. Alondra en cambio, esperó por su hija y se despidió de él mientras le aseguraba que lo vería en la oficina.

Por otro lado, una golpeada, risueña y muy cansada Carlota Liukin salía de la secundaria Giuseppe Garibaldi en compañía de su padre y de Maurizio Leoncavallo, quien le preguntaba si podía entrenar más tarde. Ella no dudó en decir que sí.

-Bueno, en ese caso comeremos algo y descansas un poco. Jugaste muy bien, cielo - pronunció Ricardo Liukin y Leoncavallo sonreía luego de que le extendieran la invitación. Atrás de ellos iban Katarina y Miguel mientras Andreas, Adrien y Tennant miraban a aquella joven por la que portaban botes de insecticida en la mano, por si las dudas.

Justo afuera, Maurizio Maragaglio se encontró con ellos. Disimulando su disgusto con su primo, recibió el abrazo de Carlota en saludo y le dio la mano a Ricardo con la actitud cortés que ocasiona la hipocresía. Al igual que ellos, él también tenía la intención de llenarse el estómago antes de reanudar sus pendientes.

-Conocemos un bacaro en Rialto donde nos tratan bien por tener un buzo en la familia - añadió Tennant mientras pensaba que los secretos se podían oler y sabía algunos de Maurizio Maragaglio. El chico recordaba el aroma a flores de azahar de la señora Maragaglio y su marido en cambio, estaba cubierto por una apenas perceptible esencia de naranja de un perfume femenino de calidad discutible. También la camisa polo de ese desconocido era nueva y no podía esconder el espectro de sus feromonas exaltadas. Al fin y al cabo, un infiel ordinario.

-Si nos apresuramos, le dará tiempo a Carlota y al señor Leoncavallo de estar listos para la práctica - añadió Ricardo y el grupo caminó hacia la Fondamenta Nove para tomar el vaporetto que los dejó en Ponte Rialto veinte minutos después.

A Maragaglio, no obstante, le capturaba el interés la historia de los diamantes e iba imaginando escenarios con Tennant Lutz por provenir de un singular clan criminal al que el negocio le resultaría especialmente lucrativo por el manejo de divisas internacionales. Sabía que Emma Lutz, hermana de Tennant, era ladrona de joyas y se había involucrado en el tráfico de arte. Era eso o unos contrabandistas africanos hacían de las suyas porque era coincidencia que el rastro de las piedras comenzara en Tell no Tales y pasara por París. En ambas ciudades habían estado los Liukin y quizás eran usados para ocultar las operaciones con el pretexto de sus mudanzas.

Quizás, la inquietud de Maragaglio contagió a los demás mientras entraban en la Rosticceria Gislon y tal como le habían dicho, eran recibidos con enorme agrado, especialmente Miguel, que al presentar a Katarina Leoncavallo como su novia, recibió un par de copas con vino de la casa de cortesía y colocaron flores para alegrar la vista.

-Tenemos ventaja - expresó Ricardo Liukin a Maragaglio luego de darle una palmada amistosa y le pidió a Tennant que ordenara la comida por todos. Maurizio Leoncavallo escuchó atento como ese chico hacía gala de etiqueta y escogía fritture miste, insalata della stagione, spaghetti alle vongole y seppie con polenta. Los demás tomaban sus lugares tratando de no quedar junto a Katarina y eso dejó a Carlota cerca de ella. Leoncavallo optó por acompañarla aunque eso significara darle un poco la espalda a su hermana y a Miguel y ver a su primo al centro de la barra con el señor Liukin.

Aun no había tema de conversación entre el grupo y Carlota y Maurizio se miraban uno al otro con el mismo gesto que los obligaba a recargar la barbilla en la mano derecha.

-¿Te sientes mejor? - dijo ella.
-Algo. Karin me dio un abrazo.
-Me quedé muy triste así que te hice un dije de botellita y le puse polvo del que cayó ayer.
-Muchas gracias.
-Le quiero dar uno a Katy pero no se despega de Miguel.
-Yo se lo paso.
-Aquí está.
-¿Te divertiste en los canales, Carlota?
-Vi un momento como caía la diamantina y me dormí.
-Recuerdo que estabas jugando en Cannaregio.
-¿Davvero?
-Esa lluvia me animó un poco.
-Estoy preocupada por Katy.
-Somos dos ¿Cómo reaccionó? Es que la llamé en lugar de decirle en privado.
-Se puso muy mal.
-¿Lloró mucho?
-No se movía.
-Debí saberlo, fue mi culpa.
-Claro que no, Maurizio.
-Jyri la quería.

Carlota abrazó a su entrenador.

-Gracias.
-De nada.
-Ni así te salvas de repasar "Anna Karenina", Carlota.
-Rayos, jeje.
-¿Cómo estás?
-Me duelen las costillas.
-Esas niñas se la pasaron golpeándote ¿te repondrás?
-Hay una tal Ariana Alonso que me tiró todo el juego. Debí enterrarle el stick en la espalda.
-Jajajaja, no seas agresiva.
-Me dejó moretones.

Maurizio Maragaglio volteó hacia Carlota al escuchar el nombre de la hija de Alondra Alonso y le fue inevitable sentirse un poco irritado. Durante el partido había apoyado a la secundaria Garibaldi y de buenas a primeras, un equipo mediocre como el Marco Polo propinaba una paliza incontestable. Alondra Alonso de seguro había recogido a la encantadora Ariana con una bolsa de hielo puesta en la cara.

-Me contaron que no le ganaban al Garibaldi desde hace tres años - dijo Maragaglio.
-Carlota pudo sola con esas niñas. El hockey es de familia - contestó Ricardo Liukin.
-¿Usted jugaba?
-Mis concuños le enseñaron a Carlota.
-Fueron buenos maestros.
-La niña Alonso lo pensará tres veces antes de volver a meterse con mi hija.

Los Liukin comenzaron a comentar lo ocurrido en el partido y Carlota se sonrojaba de pensar en las faltas que había cometido y recibido, pensando que, de no ser por la victoria, su actuación habría sido una vergüenza.

-Al menos tienen algo que presumir el fin de semana - añadió Maragaglio y Ricardo Liukin rió en respuesta. Los demás enseguida callaron y los miraron con tensión. Katarina y Miguel prestaron atención de la misma forma.

-Honestamente, no sé por qué haríamos eso - dijo el señor Liukin.
-Fue un buen juego.
-Un par de goles no son motivo de fiesta.
-Creí que esta era una celebración.
-Es un día normal y mi hija sólo hace lo que se espera en su equipo. Ella tampoco me felicita porque fui a trabajar.

Los Liukin se habían dado cuenta de que Maragaglio era tonto pero ahora sentían que Ricardo lo había puesto en su lugar y desconocían la causa. Katarina y Maurizio Leoncavallo se vieron entre sí con la misma percepción y Miguel leyó el alma de su padre para poder entenderlo.

-Yo también pensé que festejábamos - agregó el chico para que los demás se concentraran en él y acto seguido sacó de su bolsillo un pequeño detalle para Carlota.

-Felicidades por el partido - dijo el muchacho colocando sobre la barra una cajita rosa. Ella se puso contenta.

-¿Qué son? ¿Aretes?
-Le gustará.
-¿Uno? ¿Es un dije?
-No pero pensé que era momento de dárselo, señorita Carlota.

La joven retiró una tapa en forma de pentágono y los Liukin se maravillaron enseguida.

-¡No tenías por qué hacerlo, Miguel!
-Lo guardaba para una ocasión especial.
-Es muy bonito, no puedo aceptarlo.

Miguel entonces le dijo en voz baja:

-¿Por qué no? No fui el que lo escogió.

Carlota arrugó un poco la comisura de sus ojos y se colocó un pequeño anillo de diamante rosa que enseguida mostró a su padre.

-Es un lindo detalle pero no creo que sea apropiado, Miguel - dijo Ricardo Liukin.
-No pensé que sería incómodo - replicó el muchacho.
-Es un poco ostentoso ¿no te parece?
-Quería tener el detalle.
-Agradecemos tu intención pero ...

Ricardo no supo qué decir y Maragaglio decidió manifestar su curiosidad.

-¿Podría verlo? Se nota que es hermoso.

Carlota se retiró la sortija y enseguida se la dio a Maurizio Maragaglio sin sospechar nada.

-Es una piedra muy refinada ¿es de un quilate? - por la forma de observarlo, aquel delataba que no conocía de diamantes y para su alivio, el grupo tampoco.

-¿En dónde la conseguiste, Miguel? - prosiguió Maragaglio.
-En París ¿dónde más?
-Aquí en Venecia hay joyerías muy lindas.
-Me dijeron que ese diamante es de Hammersmith. La verdad es que no sé más.
-Debiste ahorrar mucho.
-Quería que la señorita Carlota lo recibiera cuando la operaron del oído pero preferí esperar a que estuviera más feliz.
-¿Tienes alguna factura? El Gobierno Mundial vigila mucho las joyas.

Miguel presintió que algo no andaba bien y se sumergió un segundo en el aura de Maragaglio, enterándose de la trama de los diamantes y de las intenciones de investigar más a fondo el origen de la piedra rosa. Ante eso, el chico aprovechó para susurrarle a Carlota que había un papelito oculto en la caja y ella la tomó de la barra, sacando el mensaje y leyéndolo enseguida, sin reparar en que Maurizio Leoncavallo se había dado cuenta.

-Me encantaría saber en que local de París puedo hallar otro anillo parecido. Sería para mi esposa en navidad - siguió Maragaglio y Carlota le extendió la caja, confiada en el listón rosa que la rodeaba y cuyas letras doradas anunciaban la marca.

-¿"Spiegealare" es la joyería? - preguntó Maragaglio.
-Sí, quizás tengan servicio de entregas - concluyó Miguel y el otro devolvió el diamante. Poco después, la comida arribó a la barra y el anillo terminó en el bolso de Katarina en cuánto le pidieron guardarlo. En ese instante, tanto Andreas como Ricardo Liukin se convencieron de que Maragaglio buscaba algo y fingiendo inocencia, lo inquirieron sobre su trabajo.

-No puedo hablar mucho de lo que pasa en Intelligenza pero investigo todo tipo de cosas.
-¿Cómo qué? - dijo Andreas.
-El polvo de ayer, por ejemplo.
-Qué aburrido.
-He visto cosas que no te imaginas.
-¿Hay conspiraciones del gobierno?
-Jajaja, ese es otro cuento.
-Entonces ¿a qué se dedica?
-Asuntos clasificados.
-Suena a siesta.
-No lo es cuando hay sospechosos.
-¿Tiene algunos ahora?
-Varios en este momento.
-¿Podemos saber por qué?
-La Marina nos envió un caso y el almirante Trafalgar está a cargo. Tal vez me diga mejor de qué se trata cuando llegue.

Fue notorio que los Liukin no tomaban con agrado esa noticia y Maragaglio sonrió con la seguridad de que conseguía la insinuación de una pista y no la soltaría hasta desenmascarar a quien fuera. Tennant Lutz optó por tomar aire fresco y el apetito de Ricardo parecía irse mientras Carlota y Andreas disimulaban inútilmente que no les importaba. Miguel por su lado, intentaba mirar a Katarina sin el gesto confuso y Maurizio Leoncavallo, aun más desconcertado, observó a su primo como si le reprochara su impertinencia. El único que continuaba entretenido con su spaghetti era Adrien Liukin y pronto, le atacó una fuerte carcajada que nadie quiso detener.

-Me disculpo por esto - dijo Maurizio Leoncavallo a Carlota y de forma discreta, le sugirió ir a entrenar. La chica se despidió de su padre y abandonó la Rosticceria Gislon preguntándose sobre lo que acababa de pasar. Katarina iba detrás y Miguel alcanzó a recibir el anillo de vuelta al despedirse.

Maurizio Leoncavallo fue incapaz de decir algo camino al club de hielo y su hermana compartía el mismo silencio mientras Carlota tenía en mente a Stendhal Trafalgar y el asco que le tenía. Contrario a su costumbre, la joven creyó que podía rezar por no toparse jamás a ese hombre en la calle y mientras revisaba sus cosas, volvió a leer la notita que le habían enviado. Maurizio apenas se abstenía de abrir la boca ante esa falta de discreción.

Los niños con disfraces de Halloween se comenzaban a observar a cada extremo de los canales y en la pista de la calle Grigolina había una fiesta para las niñas del nivel novice que obligaba a Maurizio a llevar a Katarina y Carlota al área de gimnasio para practicar giros con arnés. El ruido era tan intenso que ninguna de las dos entendía media palabra y se conformaban con realizar calentamientos mientras sus otros compañeros iban llegando. Uno de ellos, Jussiville Partanen, iba maquillado como vampiro y no tardó en entregarle a la joven Liukin otro recado.

-¿Todo bien?
-Sí... Perdón, olvidé tu nombre.
-Jussiville.
-Gracias.

Carlota dobló ese nuevo papelito y el chico no dudó un segundo más en murmurarle "me dijeron que es de un amigo tuyo".

-¿No sabes cuál?
-¿Todo está bien?

Ella no se sentía tranquila y salió enseguida a refrescarse el rostro. Su actitud era tan inusual que Katarina decidió detrás de ella y la encontró frente al espejo del baño, respirando agitada y tocando su pecho como si el corazón fuera a estallarle. Era tal la palidez de Carlota que fue necesario que Katy la sostuviera y se debatiera entre llamar al médico o hacerle beber un jugo sin intentar descubrir que la había puesto mal. Las dos se vieron mutuamente en el reflejo hasta que un grito se escuchó por todo el club junto con las expresiones de alarma de los presentes. Katarina creyó que vería un desmayo.

-¡Carlota! - repitió la voz y la joven Liukin inhaló profundamente luego de cerrar los ojos y armarse de valor para enfrentar lo que seguía. Con las manos temblorosas giró la perilla y salió en dirección al hielo, paralizándose en cuanto se apareció ante ella un hombre vestido con playera y pantalón negros, tenis gastados grises y los ojos irritados por no dormir.

-Joubert despertó - dijo él al tiempo que ella llevaba las manos a su boca a causa de la noticia.

-Quiere vernos en París.
-¿Joubert? ¿Estás seguro?
-No fue por eso que me arriesgué a venir. Carlota, tenemos que hablar.

Sergei Trankov, con su caminar tan grácil, con sus brazos tan firmes, con su rostro irresistible, se aproximó a Carlota Liukin con el propósito de llevarla consigo. Iniciaba en ese instante un frío que calaba hasta los huesos y la joven cerró los ojos cuando él tomó su mano. Aunque el tiempo parecía detenerse, los demás veían aquello con velocidad asombrosa, como si Trankov tomara a Carlota Liukin agresivamente. Pero el objetivo no se cumplió.

-Maurizio! - exclamó Katarina y Carlota cayó al suelo bruscamente, contemplando cómo Maurizio Leoncavallo y Sergei Trankov se enfrascaban en una batalla en la que Sergei se dejaba vencer para poder zafarse. Espantada, la chica Liukin los separó agarrando a Maurizio de los hombros y éste sintió enseguida como si un hielo se le incrustara por dentro, causándole tanto dolor, que no pudo hacer otra cosa que rendirse.

-¡Llama a Intelligenza! - pidió Leoncavallo a su hermana mientras Carlota suplicaba que no lo hicieran y sin pensarlo, fue detrás de Trankov hallándolo colgado de una lámpara.

-¡Sergei!
-Carlota, tengo que irme.
-¿Qué quieres que hablemos?
-No tengo tiempo.
-¿Cuándo puedo verte?
-Nos encontraremos en París con Joubert.
-No te vayas.
-¡Maurizio Maragaglio da muchos problemas! No pude vender este diamante, guárdalo y que nunca lo vea.
-¡Sergei, voy contigo!
-¿Qué dirá Marat?
-¿Marat?

Sergei subió al techo y comenzó a escapar con rumbo desconocido, logrando que Carlota corriera para no perderlo. En ese punto, las lágrimas de alegría rodaban por el rostro de ella y no tardó en detenerse en un callejón del vecindario San Marco para controlarse. El asunto era grave.

-¡Carlota! ¿Te hizo daño? ¿Estás bien?
-¡Maurizio!
-Oye ¿quieres explicarme por qué Trankov te conoce?
-¿Me seguiste?
-¿Qué escondes?
-¡No me toques!
-Déjame ver.
-¡No!
-¿Qué es esto?

Maurizio Leoncavallo apenas atinó a levantar una piedra brillante del suelo y observó con asombro como otras más corrían por las mejillas de Carlota y algunos la rodeaban como si se tratara de una fuente.

-Me duele mucho - confesó ella.
-¿Son cristales?

Carlota suspiró.

-Diamantes - confesó ella.
-¿Qué?
-Siempre que lloro, los fabrico sin parar.
-¿Trankov lo sabe?
-Él los vende por mí.
-Eso es malo... ¿Le has dicho a tu padre?
-Nunca.
-El Gobierno Mundial no lo tomaría bien.
-¿Tú crees?
-Recojamos todo, pensaremos qué hacer.
-¿Cómo puedo confiar en ti?

Ambos se apresuraron a ocultar la evidencia en la chaqueta de él y abandonaron el callejón a toda prisa tratando de no hablar del tema. En la banqueta de la calle Grigolina, no obstante, se presentaba Maurizio Maragaglio y en medio de la confusión por padres alterados y Katarina hablando de Trankov, halló en la banqueta, a punto de caer al canal, un diamante dorado que a simple vista evidenciaba su valor y que seguramente traía las huellas del guerrillero sin permitir espacio a dudas.

-Te atrapé - enunció y llamó a Stendhal Trafalgar para anunciarle el hallazgo. A los Liukin les llegaría el golpe sorpresa otro día.

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